Bien, he vuelto, 15 de Febrero, justo a tiempo, hehe. Espero que hayan tenido un lindo día de San Valentín- aunque en realidad no lo veo para nada como un día especial…- En fin.
Este capítulo es bastante más largo que los dos anteriores, me atrevería a decir, y puede resultar un tanto fuerte para personas sensibles – aunque si leyeron el capítulo VII y sobrevivieron a él, este apenas les dará cosquillitas, haha.-
Bien, quería hacer unos cuantos avisos, breves, antes de dejarlos con el capítulo X de mis desvaríos mentales.
Primero, el próximo mes entro a la Universidad- a estudiar psicología, ¡yay!- Por lo cual no sé qué si podré ser taaan constante en las fechas de actualización, aunque prometo que haré lo posible. Lo otro, cambié el modo de separar escenas y en vez de poner una línea, he escrito "XXXX" para indicar dichos cambios.
Lo último. No creo que a este fanfic le queden más de tres o cuatro capítulos, y debo admitir que este ha sido uno de los más cruciales hasta ahora y, debo agregar, ciertamente, que disfruté bastante escribiéndolo x)
Espero que ustedes disfruten leyéndolo también, y, como siempre, les agradezco sus reviews que siempre consiguen poner una sonrisa en mi rostro 3!
Saludos!
Despiadado
Capítulo X
Brooklyn caminaba con pasos vacilantes a través de los pasillos del psiquiátrico. Su mirada perdida se posaba sin ver sobre objetos, personas, sombras, figuras sin bordes y manchas que corrían por su lado. Los ruidos en su cabeza parecían intensificados por mil. Ecos provenientes desde todos los rincones de aquellos distorsionados pasillos le hacían sentir aturdido, graciosamente desorientado, magnánimamente perdido. Nunca se había sentido de esa manera. ¿Eran las pastillas? ¿Eran los esfuerzos desmedidos de Kai Hiwatari para hacer que Brooklyn Masefield se recuperara? ¿Desde cuando Brooklyn se resistía? ¿Desde cuándo….?
-¿Sabes, Brooklyn…?-
Murmuraba mientras avanzaba. Se sentía invisible. La gente que pasaba por su lado ni siquiera volteaba a verle, parecían no notar que él existía, todos se habían olvidado de su presencia. Todos eran una amalgama de colores que corría a su lado, mezclándose con las partículas en el aire y desapareciendo entre estas. Se sentía maravilloso ser invisible. Podía entonces hacer lo que quisiera, ¡como un fantasma! Tal vez podría buscar a Hitoshi y enterrarle un cuchillo en el pecho… O simplemente seguir caminando entre esos graciosos colores que pasaban por alto su penosa existencia.
-¿Sabes, Brooklyn…?-
Repitió, su voz aumentando el tono, aunque en los últimos segundos había comenzado a dudar si en verdad estaba hablando. Se apoyó en una pared y reposó su cabeza en esta, respirando agitado mientras el torbellino de colores a su alrededor pasaban como si estuvieran en cámara rápida. La gente se desvanecía. Se sentía raro, como si estuviera drogado; una sobredosis, una catarsis. No sabía, no sabía nada.
-No, no sé…- Desde el fondo de su cabeza, una voz temblorosa respondió. Esa era la voz real de Brooklyn, inseguro, algo afligido. ¿Qué estaba pasando?
-No sabes nada, ¿verdad?- El pelinaranja rió entre dientes, maniáticamente, sus ojos abiertos de par en par. Aquella carcajada hizo eco en el pasillo, en todo el edificio, en todo Japón, el mundo entero podría haber escuchado a Brooklyn Masefield, o a quien fuera el lunático que en ese momento usurpaba su cuerpo. Su risa era una mezcla de sentimientos, un revoltijo de burla, duda, rabia, tristeza, nerviosismo. La respiración se le cortaba mientras su cuerpo parecía dar espasmos cada vez que dejaba salir de su garganta aquel escalofriante sonido. Se cubrió la boca con una mano. No resistía la ignorancia, la ira, la suciedad. Se odiaba a sí mismo, odiaba ese cuerpo, odiaba ese lugar. Quería matarse. Quería matar a Brooklyn.
La risa lentamente se convirtió en un gruñido, sus puños se apretaron al igual que su mandíbula.
-¡Eres un puto ignorante! ¡Un jodido imbécil! ¡Nunca has sabido nada!- Golpeó la pared con uno de sus puños y se mordió el labio inferior. La herida en su boca se había abierto nuevamente, pero aquello daba igual. Todo daba igual.
Decidió continuar su camino en dirección a la cocina. Sus hombros estaban caídos y sus brazos yacían inertes a sus costados. Se tambaleaba, tropezaba con las paredes, pero no importaba, la cocina era su objetivo y no pararía hasta llegar ahí.
-¿Sabes?- Era esta vez la voz de Brooklyn la que llenaba los pasillos del centro psiquiátrico. El ente que guiaba el cuerpo del pelinaranja se detuvo, dispuesto a escucharle.
-¿Qué sé? Sé mucho más que tú-
-No, no sabes.- Esperó unos momentos antes de volver a preguntar.- ¿Sabes?-
-¿Qué?-
-Tengo miedo… de ir a la cocina.-
-¿Por qué?- Dejó escapar un hilo de sangre desde la comisura de sus labios, mientras su rostro se fruncía en asco, en molestia. ¿Miedo? Detestaba el miedo, a la gente que sentía miedo. Excelente; tenía otra razón para seguir odiando a Brooklyn.
-No quiero entrar y encontrarme a mí mismo dentro de ella. Tengo miedo de verme ahí dentro, sosteniendo un cuchillo. Yo no quiero morirme.-
Brooklyn –o ese ser que se hacía llamar Brooklyn- rió estridentemente y asintió con la cabeza. Entendía y le agradaba hacerlo, y le causaba gracia. Rió al oírlo a él, por primera vez, hablándole, y diciéndole que tenía miedo. Era más débil de lo que pensaba.
-No es como que puedas evitarlo.-
Dobló un pasillo mientras seguía riendo por lo bajo. La voz de ese verdadero Brooklyn fue nuevamente opacada, adormecida, como había estado por todos esos años pasados, desde que había sido sometido a violaciones, golpes y gritos. ¿Dónde estaba el verdadero Brooklyn Masefield en esos momentos?
-En el fondo de mi cabeza, mi cabecita, esa que tu tío forzaba a bajar entre sus piernas…- Se acarició el cabello de la misma forma que Matthew le acariciaba y rió burlesco, mientras se mordía con fuerza el labio inferior. Rápidamente la risa se transformó en un quejido trastornado, casi en un chillido precedente al llanto y volteó golpeando lo primero que encontró; una mesa que tenía encima un par de lindos floreros que quedaron hechos trizas en el suelo. La mesa estaba dada vuelta ahora, y las flores, azules y horrendas para él por el simple hecho de ser plásticas, a dos metros de donde hace sólo segundos habían estado.
-Cuando tu tío me forzaba, nos forzaba, ¡a ponernos de rodillas ante él!- Podría continuar por horas. Era una especie de autohumillación a la que usualmente se sometía, como cuando una anoréxica se mira al espejo y se grita que está obesa, que tiene que dejar de comer, que debe hacer ejercicio para bajar los kilos de grasa que, según ella, le sobran. Él se autohumillaba y en base a golpes quería dejar de sentirse tan pisoteado, tan lleno de rabia. Esos kilos de ira que cargaba los tenía que sacar de sus hombros de alguna forma, y la manera adecuada para él no era precisamente el ayuno, pero tenía resultados más o menos parecidos. Se acababa de romper dos dedos de la mano izquierda, pero parecía no importarle. Mientras consiguiera sentirse menos pesado, le daba igual lo que le pasara a su cuerpo, que en realidad nunca había sentido como suyo.
Avanzó, sintiéndose cada vez menos pesado, por el pasillo. Por cada paso que daba, su mente se sentía más y más despejada. Veía al fin la puerta de la cocina. Las sombras, aquellas siluetas inidentificables de personas pasando presurosas junto a él se desvanecieron de un momento a otro. Todo era más claro ahora que el verdadero portador de ese cuerpo había vuelto a quedarse dormido momentáneamente, ahora que había dejado de luchar. Su alter ego debía admitir que se había sentido extraño, débil. Era primera vez que Brooklyn oponía resistencia, primera vez que Brooklyn parecía tomar un estado de semi-inconsciencia mientras uno de sus "otros yo" lo dominaba. Por suerte no había resistido y había vuelto a quedarse callado, quieto en lo más recóndito de su cabeza.
Sonrió y dejó que la sangre siguiera cayendo por la comisura de sus labios. Atravesó, esta vez sin tambalearse, el marco de la puerta. Ya no habían figuras borrosas ni ecos extraños que le aturdieran, que mantuvieran embotados sus sentidos. Una vez que la voz de Brooklyn se apagaba, todo pasaba a ser nítido, exquisitamente definido y claro. Ahora podía caminar con desenvoltura, podía correr si quería. Se dio cuenta de que las figuras de personas habían sido solo producto del trance entre él y su otro yo. Ya no quedaba nada más que la ira en su pecho, el deseo inextinguible de acabar con todo, todo ese odio que había estado condenado a cargar porque Brooklyn Masefield no había podido lidiar con él. Brooklyn, Brooklyn, Brooklyn, todo era culpa de Brooklyn; débil Brooklyn, frágil Brooklyn, tan delicado y hermoso, vulnerable y sonriente Brooklyn. Sucio, asqueroso, podrido y maldito, mil veces maldito Brooklyn.
Sus pasos hicieron eco en las baldosas de la cocina mientras avanzaba, escrutando el cuarto con los ojos abiertos de par en par. Caminó de un extremo a otro, apegándose a sólo centímetros de distancia de todos los objetos que encontraba, hasta que podía ver su reflejo en ellos, o hasta que sentía su piel chocar con estos. Recordaba haber hecho muchas veces lo mismo cuando estaba así de enfadado. Lo había hecho con Hitoshi y todas las personas que le habían cuidado antes, su propio primo incluido. Le hubiese gustado pasar el resto de su vida así, frotando su cara contra diversos objetos, sintiendo esa piel hacer fricción contra algo. Tenía que asegurarse, de alguna manera, de que ese cuerpo lo estaba manejando él, necesitaba verse, necesitaba sentirse y saberse dueño momentáneo de ese escuálido cuerpo y mal nutrido organismo.
Rió y escuchó cómo las paredes le devolvían la risa. Estaba solo, completamente solo y disfrutaba de aquella soledad. Cuánto hubiese dado por quedarse siempre solo, observando únicamente su reflejo en un espejo, en el agua o el vidrio de una ventana hasta dejar de sentirse despersonalizado consigo mismo. Cómo le habría gustado tener su vida comprada y vivirla solo. Sin Brooklyn Masefield. Sin Matthew. Sin recuerdos.
Pero no, al contrario, estaba condenado a permanecer en una cárcel de colchonetas blancas y sedantes, donde lo único que podía rozar era la apretada tela de una camisa de fuerza, de sábanas fétidas a orines y excrementos, vómito, sudor y lágrimas. Estaba atado a resistir ahí, rodeado de enfermos y enfermeros inútiles. En un mundo así no había cabida para la soledad física. No había manera de acallar los gritos que en la noche cruzaban la oscuridad y despertaban a quienes dormían.
No había manera de sanarse.
Su cara se detuvo ante un mural con las dietas de todos los pacientes del centro que requerían alguna atención especial, que estaba colocado junto a una alacena donde, el alter de Brooklyn suponía, estarían guardados los condimentos para las comidas. Observó con detención la impecable caligrafía que estaba impresa, en tinta negra, sobre aquellos papeles amarillentos, que iban encabezados por el nombre del paciente, su edad y su diagnóstico. Uno a uno, el pelinaranja los fue arrancando con la punta de sus dedos para luego dejarlos caer al piso. Observaba cada uno de los papeles revolotear en el aire antes de chocar contra el suelo, y reía más, y se mordía los labios con ansiedad, y seguía votando papeles. Cinco, diez, catorce papeles en el suelo y el último que quedaba era el que tenía su nombre. No había diagnóstico impreso junto a los números que indicaban su edad.
Su rostro se transformó en una mueca de desagrado sin precedentes aparentes. ¿No había diagnóstico? ¿Por qué él era el único al que le faltaba un diagnóstico? Maldita sea, había pasado más de una semana desde que el psiquiatra le había diagnosticado, ¿y aún no lo habían escrito ahí? Tal vez para cualquiera aquello habría sido una nimiedad, pero para Brooklyn Masefield, era algo inaceptable, una negligencia, una falta de respeto en contra de su persona. ¿Acaso el era menos que el resto y por eso no se interesaban en poner ahí su diagnóstico?
-Me asquea su sistema para tratar con el resto, ¡me asquea este lugar!-
Con una fuerza inusitada, e ignorando las heridas y huesos rotos en su mano izquierda, descolgó el mural y lo arrojó al suelo, provocando que el hermoso borde de madera color beige que el objeto poseía se desprendiera y quedara unos cuantos centímetros lejos en el suelo. Todo lo que le causara molestia tenía que irse, desaparecer, porque su paciencia tenía un tope, y ya lo había alcanzado.
Continuó su travesía por la cocina, respirando hondo, rápido, ruidoso, maldiciendo en voz baja y apretando con rabia sus puños y su mandíbula. Abría cajones y alacenas, revolviendo todo lo que encontraba, palpando con sus manos, sintiendo contra su piel, oliendo y mirando. Se quedó quieto frente una cajonera enorme y pesada, de color blanco, tan blanco como la nieve. Había algo que le llamaba poderosamente la atención de aquel mueble. ¿Qué era? ¿Su color perfecto, limpio, puro, que parecía mofarse de él? ¿O era la forma robusta y compacta que tenía, todo lo contrario a la suya, escuálida y débil? Se acercó a la cajonera y se arrodilló ante ella, pegando su oreja izquierda en contra de la fría madera de la que estaba hecha. Frunció el ceño al no escuchar nada en su interior. Le había parecido, por un breve momento, que dicho mueble poseía vida propia, que le llamaba con la voz de un niño, risueña y tranquila, y que entre risas le decía "ábreme, ábreme".
Se mordió el labio y observó con angustia el mueble. ¿Cómo podía poseer esa voz tan frágil e infantil? Con su mano derecha, temblorosa, llena de moretones y rasguños, alcanzó el primer cajón y lo abrió con delicadeza, deslizándolo con cuidado y observando cada pulgada de su interior. Una expresión de regocijo le llenó los ojos, le desfiguró el rostro. De sus dientes apretados salió una risa que fácilmente se podía confundir con el llanto. Sus hombros temblaban mientras sus párpados se separaban cada vez más y más.
-Ho-laaa…- Musitó con voz cantarina. La misma mano con la que había abierto el cajón se abrió paso entre temblores corporales en dirección al precioso objeto que había captado su atención.
Ahí, dentro del cajón, yacía un cuchillo, precioso, muy filoso, limpio y refinado. Tan elegante en su color plateado, su mango negro que se ajustaba a la forma de su manos. Hermoso, precioso cuchillo de treinta centímetros de largo. La palabra perfección no podía quedarle mejor.
Acercó el objeto a su rostro hasta que vio su sonrisa reflejado en este. El filo parecía sonreírle de vuelta con una mueca propia, distinta, que le incitaba a querer usarlo. Le susurraba al oído "úsame, úsame…"
-Hola… amigo…- Rió entredientes y el filo le devolvió el saludo con un destello a contraluz. Parecía un guiño adulador e insinuante. Definitivamente ese cuchillo quería ser usado y se lo pedía a Brooklyn de la misma manera que una prostituta cara seduce a su próximo cliente. Qué elegante, que simpático y qué traicionero podía resultar un cuchillo.
Pasó el dedo pulgar de su mano izquierda sobre el brillante filo del objeto, ignorando el punzante dolor que sus dedos medio y meñique le provocaban por las fracturas. Apenas el roce de su dedo con el metal logró hacer que su piel se abriera con lentitud, majestuosa y pulcramente, dejando correr con libertad un hilo de sangre tan fino como una hebra de cabello. Sonrió ampliamente, asintiendo en aprobación ante la efectividad del filo y la herida en su boca se abrió más. Tragó la sangre que se le acumulaba bajo la lengua, ignorando el dolor, ignorando todo lo que no fuera ese cuchillo. ¿En qué podía utilizarlo primero?
Volteó para observar el desastre que había provocado en la cocina mientras seguía enterrando el filo del arma contra la piel de su mano izquierda con suma paciencia y cuidado. Sus ojos verde agua viajaron por cada uno de los artefactos regados por el suelo, los cajones revueltos y las alacenas y estantes con sus puertas abiertas de par en par. ¿Sería apropiado abrirle la garganta a Brooklyn en ese ambiente tan desastrozo?
-Por supuesto, por supuesto.-
Miró el cuchillo de nuevo, apreciando con sumo detenimiento su reflejo en el metal, sin una sola mancha que no fuera la de su propia sangre. La mueca de demencia que le devolvía el arma era una retorcida, que hacía que se viera a sí mismo como un gracioso payaso, con una sonrisa amarga en los labios, los ojos excesivamente grandes y la nariz demasiado larga para aceptar cualquier proporcionalidad en su rostro. Se veía horrendamente gracioso, simpático, adorable.
"Tap tap tap tap"
La respiración del pelinaranja se detuvo por unos segundos al igual que sus acciones. Su sonrisa había dejado de existir ya en ese rostro que ahora estaba totalmente ensombrecido. La insania de sus ojos de apagó y ahora sólo una mirada iracunda era la que había pasado desde el filo del cuchillo hacia el umbral de la puerta. Reconocía ese sonido, podía decir a ciencia cierta qué era y no le gustaba la idea de ver sus planes opacados precisamente porque a algún inútil se le había ocurrido que aquél era un momento apropiado para aparecer la cocina.
"Tap tap tap"
Los pasos se acercaban. Brooklyn sentía el latido de su corazón zumbando en sus oídos. La sangre se bombeaba a todo su cuerpo con frenesí, su respiración estaba agitada, su mandíbula apretada.
"Tap tap…"
En cosa de segundos podría ver quién osaba interrumpirle. Sólo era cuestión de tiempo para saber quién era el bastardo que se atrevería a asomar la cabeza en esa cocina. Cuestión de segundos… 3… 2… 1…
"Tap…"
Los pasos se detuvieron en seco. Para cualquier persona, cuerda o no, el encontrar a alguien que, según se sabía, no estaba sano mentalmente, en una cocina desordenada, parado mirando la puerta y con un cuchillo asido por el mango, se le haría una imagen apabullante, un tanto terrorífica, inquietante. Pero para la persona que acababa de entrar en dicha habitación y que ahora permanecía boquiabierto en el umbral de la puerta, aquella imagen era lejos, su peor pesadilla hecha carne y hueso.
En tanto, Brooklyn apenas había visto entrar a dicho individuo en el cuarto, sintió cómo una estampida de sentimientos se agolpaba en su pecho y mente. Era aquella una amalgama que recorría desde la furia, pasando por la ansiedad, hasta la burla, la idea de diversión máxima realizada frente a sus ojos. Sí él era pesadilla, el que estaba frente a sí era sueño. La mirada de desconcierto y temor en los ojos cafés de la persona que estaba dándole la cara, le ofrecía a Masefield el más contrariado de los espectáculos. Podía sacar provecho de la presencia de ese ser que se hacía llamar persona en aquel momento para estrenar, con sus propias manos, esa hermosa pieza de acero inoxidable que hace rato gritaba con una voz cada vez más aguda y molesta que necesitaba ser utilizada en el menos convencional de los actos que la mente humana pudiera concebir. El alter del pelinaranja tenía varias ideas en mente ya, ¿y qué mejor que ponerlas en práctica con ese tipo que tanto asco le provocaba?
-¿Qué estás haciendo, Brooklyn?- El recién llegado trató de mantenerse sereno. No había sentido en salir corriendo, ponerse a gritar o ser agresivo. Sabía que si usaba violencia, el mayor respondería con violencia, pero temía saber que había un 98% de posibilidades de que aunque usara pasividad, recibiría violencia de vuelta de todas formas.
-Me alegra, me causa un placer absoluto, un regocijo que jamás podrías dimensionar, el que me preguntes qué estoy haciendo, querido.- Sus labios resecos, llenos de sangre coagulada se juntaron formando una sonrisa ladina y exagerada, lejana a aquellas tan dulces que Brooklyn siempre mostraba. – Pero creo que la pregunta más acertada no es esa.
-¿Ah no?- Suspiró y caminó dentro de la cocina. Él había ido ahí a buscar un par de tenedores para llevarlos al comedor y eso haría. Intentaría ignorar al pelinaranja y salir lo más pronto posible de ese cuarto. Dado que era la hora de la cena, todos estaban en el comedor, incluidos los encargados de cocina que se mantenían presentes ahí para asegurarse de que todo marchara bien. Las paredes eran gruesas, y sabía que si algo salía mal nadie lo escucharía gritar, aunque el mismo comedor estuviera a menos de un pasillo de distancia.- Momento, ¿qué estoy pensando? ¿gritar? Claro, tiene un cuchillo, lo mínimo que puedo pensar es que me hará gritar si piensa usarlo en mí, ¿no? – Pensaba el desafortunado individuo mientras daba cautelosos pasos por la enorme cocina, observando de reojo a Brooklyn.- No, no. Él no hará nada… tomaré los tenedores y me iré. Brooklyn, o bueno, quien sea ese, no me hará daño, no se atrevería.- Llegó a uno de los cajones, cuyo contenido estaba bastante revuelto, para alcanzar el par de tenedores.
Grave error.
En ese nimio momento en que había bajado la vista para coger los cubiertos que necesitaba, el inglés había atravesado a grandes zancadas la habitación y acababa de cerrar la puerta, haciendo un ruido seco, echándole el seguro.
Clic.
El reloj se ponía en cuenta regresiva.
Hitoshi Kinomiya tenía los minutos contados.
XXXX
Nada. No estaba, parecía como si la faz de la tierra se hubiese tragado a Brooklyn Masefield de un momento a otro. Llevaba quince minutos corriendo y buscando y Kai Hiwatari aún no conseguía hacerse una idea de dónde el pelinaranja podía estar.
-Brooklyn…- Murmuró su nombre mientras se detenía en medio de un pasillo, tratando de recuperar el aliento, no porque quisiera, sino porque era necesario. Su respiración agitada, el corazón acelerado, palpitando con fuerza hasta casi salírsele por la garganta y las gotas de sudor que caían por su rostro no podían en realidad importarle menos, incluso aquel molesto zumbido que llevaba escuchando hacia rato en sus oídos, provocado por la presión sanguínea, había pasado a ser una tontería, una nimiedad cualquiera al lado de la preocupación que le embargaba.
Repasó mentalmente los lugares que había revisado ya. Luego de haberse dirigido, en primera instancia, al jardín y haberle dado dos vueltas completas hasta cerciorarse de que el mayor no estaba allí, se había devuelto a la enfermería para después pasarse a la recepción y luego al pequeño gimnasio del psiquiátrico, aunque a esas alturas sabía que las posibilidades de encontrar al inglés en esos lugares eran casi completamente nulas.
El oji-carmín había pasado por alto de manera inmediata la cocina y el comedor, porque a esas horas estaban repletas de gente, y, con lo que conocía a su paciente, este probablemente buscaría estar solo. Ya había revisado el segundo piso, y tras colarse en más de diez habitaciones de distintos pacientes y en el mismo dormitorio del pelinaranja, Kai desistió de seguir buscándole ahí. Masefield no estaba, no le hallaba y eso estaba comenzando a angustiarle tal vez de una manera poco convencional.
El peliazul en esos momentos no estaba enterado, ni había terminado de darse cuenta, de que a la persona que estaba buscando no le correspondía precisamente el nombre "Brooklyn". De haber sido su paciente el que había huido de esa fría y deprimente enfermería, Kai le habría encontrado con toda seguridad en el jardín.
Su mente paranoica empezó a trabajar con el mismo entusiasmo que un niño sale a jugar luego de la hora de almuerzo. Poco importaba si aquello hacía que Kai se sintiera aún menos tranquilo. Era algo que se le salía de las manos, una de las tantas cosas de las cuales aún no estaba consciente de no poder controlar. Los pensamientos que comenzaban a inyectarse en su mente le aceleraron de súbito la respiración de nuevo, a pesar de que sólo estaba caminando mientras mentaba por lo bajo por no poder encontrar al inestable inglés. ¿Y si a Brooklyn le daba otra crisis mientras estaba solo? ¿Y si se hacia daño? ¿Sería culpa de Kai, no? Sería culpa suya por descuidarlo, por dejarle solo. Sabía, sabía que no tenía que haber ido a dejar a Garland a la puerta de la recepción. Había sido algo sumamente innecesario. Debería haberse quedado con su paciente. Ahí era donde le correspondía estar. ¿Desde cuando se había vuelto tan inepto? No estaba en él descuidar sus actividades, e inevitablemente comenzó a sentir que en el último tiempo las había estado descuidando. Tal vez Brooklyn había huido por la actitud fría que Hiwatari había empezado a llevar con él. Tal vez, lejos de ayudar a su paciente, el ruso-japonés no estaba haciendo más que empeorar su situación. ¿Era eso posible? ¡Si él, Kai Hiwatari, nunca hacía las cosas mal! No, no. Algo andaba mal. Si a Brooklyn se le ocurría hacer alguna estupidez –por culpa de Kai, porque en su mente no lo concebía de otra forma- este no podría estar ahí para detenerle, y la sola idea de ello le provocaba escalofríos, angustia y también un enorme enfado. Sí. Estaba enfadado porque, después de tanto reclamarle a Hitoshi lo descuidado que había sido con el pelinaranja, y lo inepto que era incluso al estar al cuidado de Max, ahora él mismo estaba cayendo en exactamente los mismos malditos errores, dignos de alguien incompetente, de alguien en quien Kai Hiwatari, con su complejo perfeccionista, no quería convertirse.
-Cálmate, idiota, estás empeorando las cosas.- Se talló los ojos con ambas manos, intentando concentrarse, reprochándose a sí mismo.- Bien, dudo que esté en el tercer piso. Todas las habitaciones están cerradas con llaves y para conseguir una copia debería haber pasado por recepción o la oficina del director de este centro, que está al lado, y ahí nadie le había visto…- Murmuraba mientras se detenía apoyando la espalda en una pared.- ¿Entonces dónde?-
Sacudió la cabeza. Si no estaba en el tercer piso, entonces estaría en el sótano. Era el único lugar que se le ocurría revisar antes de volver a repasar el primer piso, esta vez por completo.
-El sótano- Pensó el ruso-japonés mientras sus ojos se abrían de par en par.
El sótano, claro… ¡El sótano! Ese enorme pasillo teñido de un blanco cegador, con muchas puertas, señaladas con placas, que de vez en cuando había encontrado sin seguro por la negligencia de sus colegas, y que resguardaban grandes habitaciones repletas de depresores, cientos de docenas de cajitas con drogas, agridulces pepitas que, bien sabía Kai, Brooklyn no dudaría en usar en exceso si se le daba la gana, si estaba lo suficientemente cansado de parpadear, intentando ver mas allá de la oscuridad del agujero en el que estaba sumergido desde hacía años, como para decidir de una vez por todas poner a dormir, anestesiar ese inaguantable peso de tener que vivir arrastrándose con falsos ánimos día a día desde la cama al baño, tratando de encontrarle un sabor a esa horrenda comida insípida que a veces Kai tenía que obligarle a comer, probando jugar a encontrar una diferencia entre cada uno de los días que pasaba sentado frente a una pared o una hoja de papel, entre las horas, minutos y segundos que había malgastado en contar cuántas inhalaciones y exhalaciones aguantaba antes de caer rendido ante el sopor de las drogas.
Un nudo se le hizo al ruso en la garganta mientras volvía a correr, escaleras abajo, directamente hacia el sótano. No podía perder más tiempo. Si se apresuraba tal vez conseguiría salvar a su paciente si este ya había procedido a consumar lo que el menor tanto temía. Si no, bueno, si no, todo sería su culpa, porque no había otra razón. Él se había descuidado y si a su paciente le pasaba algo, todos los ojos caerían sobre él, toda la culpa sería suya...
Sacudió la cabeza. No, lo encontraría, tenía que encontrarlo. No podía seguir gastando energías en pensar en fatalismos, aunque toda su vida se había construido en base a ellos. Brooklyn no estaría muerto. Ya lo podía imaginar. De seguro estaba por ahí, sentado, con esa expresión relajada, distraída, con esa sonrisita principesca sobre los labios, su aire risueño y un tanto fastidioso a veces, que tan familiar se había vuelto para Kai. Esas actitudes y miradas tan extrañas, cautivantes, que sin tener intención alguna, habían acabado por abarcar todos los pensamientos de su enfermero.
Kai se había dejado arrastrar por la locura de Brooklyn. Sí, Masefield era un manipulador, no era novedad, pero Hiwatari lo negaría aún ante tanta evidencia. Y por más que alguien le dijera que se tenía que mantener al margen, no podría.
-Brooklyn, ¿dónde mierda te metiste?- Frunció el ceño cuando llegó al gran pasillo del sótano, encontrándolo desierto.
Se precipitó hacia la primera puerta, continuando con su carrera contra el tiempo.
XXXX
Hitoshi tragó saliva sin levantar la vista de sus manos, que aún sostenían los tenedores que había ido a recoger, al escuchar el ruido que hacía el seguro de la puerta al cerrarse. Maldita la hora en que a Max se le había ocurrido prestar sus cubiertos a otro paciente. Maldita la hora en que había dicho "Quédate acá, Max, iré a por unos cubiertos y vendré enseguida". De seguro al ver que estaba tardándose de más, el rubio le iría a buscar. Las cosas no podían ir peor.
Se volteó de apoco hasta hacerle frente al pelinaranja, que se había apoyado de espaldas en la puerta, con esa sonrisa exagerada sobre los labios, haciendo bailar el cuchillo entre los dedos de su mano derecha mientras la izquierda la mantenía quieta, levemente sangrante, colgando al costado de su cuerpo. Recién entonces, Kinomiya logró darse cuenta de todas las magulladuras en los nudillos del inglés. Conocía las maneras en que esa parte de él se sacaba la frustración de encima y la verdad, no se le hacía una muy buena idea estar encerrado con el inglés, a solas, mientras este sostenía un enorme cuchillo carnicero en sus manos.
-Estamos solos, como en los viejos tiempos, Hito.- La voz ronca del menor envió escalofríos a lo largo de la espina dorsal de Hitoshi. Sintió su corazón dar un brinco y un vacío en el estómago, como esos que dan luego de que uno se salta por error el peldaño de una escalera.
-Como en los viejos tiempos- Pensó Kinomiya mientras apretaba con fuerza los cubiertos en sus manos, con la simple excusa de necesitar aferrarse a algo. "Como en los viejos tiempos" sólo podía significar una cosa; insultos, juegos mentales y la culpa. Ya lo había vivido, sabía qué armas era capaz de usar Brooklyn en su contra, y las palabras que utilizaría. Tal vez podía con él. Sólo tenía que asegurarse de deshacerse del miedo que él camuflaba como simple nerviosismo. Era cosa de respirar hondo y ordenarle a sus rodillas que no comenzaran a tiritar. –Claro, Brooklyn, como en los viejos tiempos.-
Masefield sonrió y ladeó la cabeza, asintiendo apenas, complacido. Su mirada recorrió de pies a cabeza a Kinomiya y soltó una risita entredientes, mientras se pinchaba una mejilla con la punta del arma que sostenía.
-Estás… tan muerto de miedo que ni siquiera eres capaz de despegarte del mueble en el que estás apoyado.- La voz del inglés rebotó en las paredes enlozadas del cuarto y fue seguida que una risa escalofriante y llena de sorna.
Sabía que tenía razón. El tiempo que había compartido con Hitoshi había hecho que aprendiera a descifrar cada una de sus miradas, sus actitudes, sus sonrisas y también las veces que fruncía el ceño. Masefield tenía esa ventaja, y sabía que la tenía y la aprovechaba. Su ex cuidador no era capaz de leerlo, nunca había sido capaz de comprender cómo actuar con él y por eso había terminado donde estaba.
En tanto, Hitoshi que parecía de piedra, efectivamente, apoyado al mueble de donde había sacado los cubiertos, hacía esfuerzos por ignorar los intentos del pelinaranja para desarmar su inestable ánimo emocional. No admitiría que tenía miedo, porque eso lo dejaría en desventaja, y contestarle sería enardecer los ánimos del otro. Se mordió la lengua y ladeó la cabeza. Sólo atinó a encogerse de hombros y mirar con expresión estoica al ojiverde.
-¿No me vas a decir nada?- Brooklyn sacudió la cabeza, manteniendo siempre su sonrisita de payaso desquiciado. Sujetó con fuerza el mango del cuchillo y suspiró.- Eres igual que tu hermanito, cuando tiene miedo se queda calladito, calladito, como si le hubiesen comido la lengua los ratones, como si él mismo se hubiese tragado su propia lengua.
Kinomiya apretó con fuerza sus puños alrededor de los tenedores que sostenía, y entrecerró los ojos. No se atrevía a abrir la boca porque estaba al tanto de que cualquier palabra que dijera sería usada en su contra, fuera pasiva o agresiva, eso sólo haría que Brooklyn, o bueno, el alter ego de este, se sintiera pleno de saberse escuchado y temido.
-Apuesto a que te estás mordiendo la lengua, y al igual que haría tu hermanito, estás apunto de explotar en insultos y gritos. No te gusta que jueguen contigo, ¿verdad, Hito Hito?- Dio otro par de pasos hasta que no más de dos metros estaban separándole del mayor.- Pero, ahh, a ti sí te gusta jugar. ¿No es injusto?- Borró su sonrisa y fingió un puchero, poniéndose la punta del cuchillo sobre los labios, apenas rozando su piel con esta.- Es muy injusto, Hito Hito… Eres malo, malo…
Hitoshi abrió grandemente los ojos y tuvo que hacer acopio de fuerzas para no gritarle al menor que cerrara la boca. Esa era la forma en que su hermano le llamaba cuando estaba triste, envuelto en llanto y tembloroso luego de sus crisis. "Hito Hito, eres malo, muy malo" Sintió el corazón hacérsele trizas cuando recordó esa voz, casi como si fuera la de un niño pequeño, rompiéndose entre sollozos mientras tiritaba frenéticamente en medio de sus brazos.
-No me des más pastillas Hito, Hito…- La voz del inglés se transformó a propósito en un tono quebradizo y angustiado, mientras hacía gestos con el rostro como si estuviera a punto de llorar. No pensaba detenerse con sus provocaciones hasta se su ex enfermero estallara, era sólo cuestión de tiempo. El punto débil de Hitoshi estaba tan expuesto a la vista de todo el mundo como el mismo Everest, y era tan fácil de dominar como la tabla del cero.- Ey, ey, Hito Hito, ¿por qué no intentaste con golpearlo a él también? Tal vez ahora no estaría internado si lo hubieses hecho. Piénsalo, tal vez si hubieses hecho que lo encerraran en un cuarto de aislamiento no se habría arrancado de ti para saltar desde el tercer piso.- Rió. Rió con tanta fuerza que Hitoshi sintió ganas de romperle la cara contra el suelo. Comenzó a respirar de manera errática. Tenía que salir de ahí si no quería que algo malo sucediera.- Pero claro…- continuó Brooklyn luego de recuperarse de su carcajada.- Hehe… él sigue acá gracias a tus grandiosos cuidados.
-Cállate, Masefield.- Kinomiya, al fin, había dejado que las palabras salieran de su boca. Fue apenas un murmullo mientras desviaba la mirada, con el ceño fuertemente fruncido y los puños tan apretados que sus nudillos se habían vuelto blancos.
-¿Cómo dices, Hito Hito? No te escuché…- Echó la cabeza hacia atrás mientras aquella mueca de burla se volvía a dibujar de a poco en su rostro.- Si tuvieras la amabilidad de repetir—
-¡CÁLLATE!- Avanzó, sin mirar al pelinaranja, directamente hacia la puerta, maldiciendo por lo bajo lo fácil que podía Brooklyn Masefield podía hacerle flaquear. Tenía una mezcla de sentimientos horrendos por ese sujeto. Sabía que no había hecho nada bien mientras le había cuidado, y por ello mismo sentía culpa, pero a la vez, odiaba, le llenaba de ira pensar en el hecho de que ese individuo, tan jodido de la cabeza, se sintiera con el suficiente poder como para sacarle su pasado, sus errores, y jugar con su humor cada vez que se le daba en gana.
Alzó la vista cuando estaba pasando junto al inglés sólo para divisar la puerta, pero algo frío y filoso haciendo presión contra su garganta detuvo sus pasos en seco. Los dos tenedores que sostenía en sus manos cayeron al suelo provocando un breve estrépito. Tragó saliva y antes de que pudiera reaccionar, Masefield le empujó con todo su peso, haciéndole trastabillar hasta que tropezó inevitablemente, cayendo de espaldas en el piso. Rápidamente sintió el peso de Brooklyn sobre su estómago, sus rodillas haciendo presión encima de sus antebrazos.
-¿Dónde crees tú que vas?- Ya no sonreía. Su mirada, ensombrecida, no se despegaba de los ojos llenos de sorpresa de Hitoshi. El pelinaranja apretó con fuerza sus dientes hasta hacerlos rechinar. -¿Vas a huir? ¿Cuántas veces has intentado huir? Antes no huías, me enfrentabas, ¿recuerdas?- Presionó el cuchillo contra la piel del cuello del peliazul. Con el simple roce, su piel se abrió suavemente, y un fino hilo de brillante color carmesí resbaló hasta caer en gotitas sobre el piso.
-¿Qué tan débil se puede volver una persona, Hitoshi? Si me preguntas, te pondría a ti mismo como un magnánimo ejemplo.- La cara de Brooklyn estaba en esos momentos a sólo centímetros de la de su ex cuidador. Podía sentir la respiración agitada de este chocando sobre su piel. Olía su nerviosismo, su miedo, y sentía cómo el corazón estaba apunto de salírsele del pecho con aquellos latidos histéricos en insanos que daba. La voz del inglés era un siseo áspero, y sus ojos, demoledores. Estaban abiertos de par en par, acechando con sus irises tan hermosos cada una de las reacciones que Kinomiya tenía. Continuó hablando.
-Eres tan débil que resultas incluso más inútil que antes. Totalmente inútil. ¿No piensas que estarías mejor muerto? Rei Kon hace un mucho mejor trabajo que tú con tu hermano. ¿Por qué sigues acá? ¿Por qué eres enfermero?- Brooklyn hizo una pausa para apreciar maravillado cómo los brazos de Kinomiya estaban, de apoco, empezando a temblar. Ladeó la cabeza y se acercó más a su rostro hasta que sus labios ensangrentados casi rozaron los del individuo que yacía nervioso bajo él-
-Nadie, absolutamente nadie te necesita. –Continuó.- Ni siquiera Max, y los sabes. ¿Te das cuenta de lo reemplazable que eres? Max llorará por ti dos días antes de que llegue alguien más a quien se le cuelgue. Y, vamos, vamos, seamos honestos, a ti no te interesa que se sane en verdad. Sólo quieres remediar todas la idioteces, todos los errores que cometiste mientras cuidabas a tu hermano y luego, cuando me cuidaste a mí. – Entrecerró los ojos y presionó con un poco más de fuerza el cuchillo contra la piel de Hitoshi, abriéndole un poco más la naciente herida que hacía unos instantes Brookyln le había empezado a propinar en el cuello.- Pero ¿sabes algo? Mizuhara no está consciente de ello, él no te va a agradecer, porque no se da cuenta, así como tú no te has dado cuenta aún de lo superflua, inútil, desagradable y reemplazable que resulta tu patética existencia para toda la gente de este puñetero manicomio.- El inglés escupía las palabras, lleno de rabia, lleno de resentimiento. Quería hacer daño, quería dejar al mayor tan devastado como para que la idea de un suicido, el llanto, volvieran a aparecer en él. Necesitaba devolverle todos esos meses de dedicados cuidados, gritos, insultos y fuertes golpes, pero sentía que por mucho que hiciera, nunca sería suficiente.
-Deberías ser tú el que tiene una maldita camisa de fuerza rodeándote el pecho, apretándote los brazos contra el cuerpo, cortándote la respiración. Deberías ser tú a quien lo aturdan con pastillas hasta que pierde el conocimiento, deberías ser tú al que le rompen el estómago con más y más caramelos agridulces que te dejan viendo colores en el techo hasta que te desmayas de dolor mientras vomitas sangre. Deberías haber sido tú el que saltó del tercer piso, y debería haber sido yo la cuerda que alguna vez rodeó tu cuello. Me habría asegurado de no soltarte, de no romperme y me habría reído gustoso con tal de que mi risa fuera la última cosa que oyeras antes de que tu asquerosa existencia llegara a su final.- Los ojos de Hitoshi Kinomiya eran, en esos momentos, dos grandes pozas de agua. Su herida en el cuello ardía, escocía, y el peso de Brooklyn sobre él le estaba comenzando a resultar dificultoso para respirar. Hacía ya varios segundos atrás que estaba temblando, y no era capaz de mover ni un solo músculo por voluntad propia por miedo a que el menor terminara de abrirle la garganta con ese temible cuchillo que se presionaba contra su cuello. Respiró hondo y cerró los ojos por unos segundos, intentando contener su llanto, sus gritos. Quería ser racional como lo había sido años atrás, pero ahora, Kinomiya no era más que un manojo de sensaciones contrariadas, un ser confundido que daba tumbos ante cada piedra que se le presentaba en el camino de su vida. No tenía futuro y su pasado se había enterrado. Sabía que Brooklyn tenía razón. Era reemplazable. Su hermano no le necesitaría y probablemente apenas se daría cuenta si él se moría o no. Reprimió un sollozo y volvió a abrir sus orbes castañas, sólo para observar esos formidables y asesinos ojos sobre él. A Masefield aún no le bastaba. Seguía hablando.
-No soporto verte, Kinomiya, nadie, absolutamente nadie necesita de tu presencia acá. Estorbas. Ya tuviste el valor de subirte a una silla con una cuerda en el cuello, ¿por qué no intentarlo de nuevo? ¿No crees que tengo razón? Apuesto a que sí, tus ojos llenos de lágrimas me hablan, y me dicen "Sí, Brooklyn, quiero llorar porque tienes toda, toda la razón. Soy un inútil, Takao no me necesita…"- Sonrió ladino al ver los esfuerzos tan vagos que Hitoshi hacía por tragarse sus lágrimas. Se mofaría de eso también. Se mofaría de todo lo que tuviera que ver con ese bastardo que se había encargado de humillarle. Lo haría llorar, gritar hasta que rogara que lo matara.- Vas a suplicar, Hitoshi, vas a suplicar…- Pensó antes de que más afiladas palabras salieran de su ensangrentada boca.
-¿Quieres que te mate o prefieres matarte tú? ¿Mh? ¿Mh? ¿Vas a llorar?- Rió.- Sí, sí, llora, a ver, dime, ¿te duele el cuchillo en tu cuello, no? – Lo enterró un poco más. La sangre comenzaba a caer de a poco ya no en finos hilos, si no a chorros.- ¿Quieres que le pongamos un nombre al cuchillo? ¿Cómo lo llamamos?- Hitoshi no contestaba, sólo se limitaba a temblar mientras abría y cerraba la boca, en busca de aire, mas a Masefield no le importaba. Él ya no se detendría.- ¿Qué tal Takao? ¿Te gusta ese nombre? Takao y Brooklyn se encargarán de ponerle un alto a tu jodida vida... Tu patética existencia llega hasta acá…- Y al fin, Hitoshi estalló en sollozos. Ya no podía soportarlo. Estaba muerto de miedo, de tristeza, abatido y poniéndose poco a poco más y más pálido ante la pérdida de sangre. El dolor en su cuello comenzaba a parecerle mucho más agudo que segundos antes. Quería gritar, rogar por ayuda, pero no podía. Sabía que nadie le iba a escuchar.
Brooklyn sonrió y con el dorso de su mano izquierda, cuidando no pasar a llevar sus dedos rotos, le secó las lágrimas a Kinomiya con un aire casi maternal.
-Sssh… sólo tomará unos segundos, no llores, no llores si no me quieres dar en el gusto, Hito Hito, que me encanta, no tienes idea de cuánto me encanta verte llorar…
XXXX
Kai había ya terminado de revisar todo el sótano sin resultados positivos. Seguía sin tener la más mínima idea de dónde estaba su paciente, aunque al menos se había tranquilizado un poco por no haber encontrado al inglés botado en el suelo, con espuma en la boca y los labios y las uñas azules por una sobredosis de pastillas. Aquello habría sido un golpe bajo para el primerizo enfermero y habría puesto en la cuerda floja todos sus nervios y forma de llevar su vida.
Agotado, pero sin querer darse por vencido aún, corrió hacia el primer piso y fue a revisar de nuevo la enfermería. Entró y encontró en su interior al mismo sujeto que, durante los primeros días en que había estado en el centro psiquiátrico, le había conseguido a Kai una cita con el nutriólogo para Brooklyn.
-¿Brooklyn Masefield no está acá?- Preguntó, tratando de parecer tranquilo, aún cuando su desastrosa apariencia daba a conocer todo lo contrario. Inspiró hondo mientras veía como el sujeto, sin siquiera levantar la vista, respondía lacónicamente-
-Soy el único en este cuarto.-
Dio un portazo y salió de ahí sin perder más el tiempo. Pasó de largo las salas de estar, donde parecía no haber más que unas cinco personas y llegó al comedor. La mayoría de los pacientes y enfermeros estaban ahí. Desde el umbral de la puerta, paseó sus ojos por cada uno de los ocupantes de dicha sala. Divisó a Rei Kon que charlaba con una sonrisa sobre los labios con su Takao y, dos mesas mas allá, sentado solo estaba Max Mizuhara, con un notorio puchero en los labios, los ojos llorosos y jugando nerviosamente con sus manos.
Maravilloso, Max estaba a punto de explotar en llanto porque Kinomiya le había dejado solo de nuevo. Tal vez Brooklyn estaba igual. Bufó tras haber escudriñado con la vista el comedor y se decidió a salir de ahí. Claro, él estaba siendo igual de incompetente que Hitoshi.
-Maldita sea…- Musitó frustrado, enterrando sus uñas en las palmas de sus manos. Hitoshi andaba por ahí, dándose vueltas por ese enorme lugar mientras Max le esperaba, lloroso y solo en el comedor…
Se detuvo en seco y abrió desmesuradamente los ojos. Repitió el pensamiento en su cabeza. "Hitoshi estaba dando vueltas, probablemente solo, por el edificio… al igual que Brooklyn…"
Se devolvió corriendo hacia el comedor y atravesó a grandes zancadas el salón, atrayendo varias miradas curiosas. No era común ver a Kai Hiwatari tan acalorado, con semblante un tanto afligido y la respiración entrecortada. Llegó hasta donde estaba Rei y puso una de sus manos en el hombro de este, haciéndole voltear sin demasiada delicadeza.
-¿Sabes dónde está Hitoshi?- Fue directo al grano. Su mirada rojiza, demandante y seria dejó al chino atónito por unos segundos.- Responde, Rei, ¿has visto a Hitoshi?-
-B—Bueno, él dejó acá a Max un rato, Mystel está encargándose de él.- Volteó a ver a Max para asegurarse de que Mystel estuviera con él, pero el rubio mayor ahora estaba atendiendo a otro de sus pacientes.- Uhm… ahora que lo pienso, es raro que Hito esté tardando tanto…- Los rodeos de Kon estaban haciendo que la poca paciencia que le quedaba a Kai se evaporara hasta salir despedida de su cuerpo tan rápido como el agua en un géiser.- … él dijo que iría a la cocina para…
No le importaba para qué, sólo le importaba el lugar. Dejó a su colega con las palabras en la boca y antes de que Rei le llamara extrañado, el ruso-japonés ya había salido del comedor. ¿Así que había ido a la cocina y se estaba tardando más de lo esperado? Su mente paranoica de nuevo trabajaba a toda máquina, llenándole la cabeza de más y más fatalismos que, esta vez, no estaban tan lejos de ser acertados.
Dio la vuelta al pasillo y sintió su corazón dar un vuelco al notar que la puerta de la cocina estaba cerrada. Había un silencio sepulcral ahí. A pesar de que el comedor no estaba tan lejos, las voces que llenaban dicho cuarto habían pasado a un segundo plano. Eran nada más que un mero zumbido, como el que hace una estación de radio mal sintonizada. Algo no andaba bien ahí, Kai lo sabía.
Dejó de correr y se aproximó hacia la puerta cerrada de la cocina lo más silenciosamente que pudo. Sus pasos apenas hacían ruido sobre el suelo. El silencio, hasta ese momento, se mantenía inalterable. Las gotas de sudor le caían por el rostro y sus manos temblaban de ansiedad. Temía ver qué iba a encontrarse luego de abrir esa puerta. No quería ser testigo de cómo su paciente era maltratado, ni tampoco quería ver a su paciente maltratando a alguien más.
Contuvo la respiración y alzó de apoco su mano derecha hasta el pomo de la puerta, todo seguía en el mismo silencio sepulcral hasta que…
-¡AAAAAAH!-
Kai dio un salto de sorpresa. Aquél grito, que reconocía claramente como el de Hitoshi, le había dejado claro que ahí dentro las cosas no estaban para nada bien. Escuchó otro grito, casi gutural, lleno de dolor y desesperación, y lo aprovechó para girar la perilla del trozo de madera que le separaba de aquella escena que no estaba muy seguro de querer ver.
Pero la puerta no se abrió.
Para esos momentos el sistema nervioso de Kai estaba sólo un poco menos alterado que el de Hitoshi. Otro grito llegó a sus oídos, y aparentemente, el ruso japonés era el único que los podía oír. No tenía tiempo de ir a buscar una llave, no tenía tiempo de ir a por los encargados de la cocina. Tendría que usar fuerza bruta si quería evitar lo que fuera que estaba pasando ahí dentro.
Dio un paso hacia atrás para tomar impulso y de una patada echó la perilla al suelo. La puerta se abrió de inmediato. Ignorando el dolor punzante en su pie, se precipitó al interior de la cocina.
Se quedó de parado en el umbral de la puerta, boquiabierto. No tenía palabras. Parpadeó un par de veces y se abalanzó sobre su paciente, empujándolo con fuerza a un lado.
El cuchillo salió disparado de la mano del pelinaranja mientras este intentaba ponerse con torpeza de pie. Kai tomó el cuchillo y miró a Hitoshi.
-Kai, Kai…- Hitoshi le llamó con los ojos rojos, hinchados, llenos de lágrimas. –Lle—llegaste…- Tenía el cuello y la cara ensangrentadas, al igual que sus manos. Pudo notar que de las palmas de estas la sangre salía a borbotones. Después de todo, su paciente era bastante capaz de hacer, en vida real, lo mismo que hacía en los sueños de Kai. El ruso tragó saliva y observó a su paciente… No. Ese no era su paciente. Ese no era su Brooklyn.
-Hola Kai…- El alter ego del inglés habló con una voz socarrona, pero con una mirada no muy complacida al ver que su entretenimiento había sido interrumpido.
-Brooklyn.- Llamó Kai, frunciendo el ceño y apretando el cuchillo con fuerza con su mano izquierda.-
-Brooklyn no está acá.- La contestación del alter, seguida por una risita, hizo que Kai se enfureciera. Pero a diferencia de Hitoshi, podía manejarlo mejor.-
-Brooklyn, sal en este preciso momento. No tengo todo el día para esperarte.-
-No te escucha.-
-Brooklyn, te estoy hablando.-
-No te escuchaa…- Rió mientras susurraba con voz cantarina.-
-Sé que me oyes, confío en que me oyes.-
-¿Dices que confías? ¿Tú? ¿Confías en mí?- Su sonrisa de burla no podía ser más amplia.
-Confío en Brooklyn.- Sentenció Hiwatari, sosteniéndole con firmeza la mirada.
El inglés guardó silencio, sin quitarle la vista de encima a Kai. Tragó en seco mientras relajaba su rostro. Esa sonrisa burlona, tensa, de apoco se desvanecía. Sus hombros bajaron. Se sintió mareado, con ganas de vomitar, mientras sus ojos brillantes de insania se apagaban lentamente. Un tropel de ecos rebotó en su cabeza. Era como escuchar cientos de voces entremezcladas a través de un tubo. Sintió como si de un golpe, de una bofetada, le devolvieran a la realidad.
Un tanto más aliviado, Kai dejó el cuchillo en el suelo y se inclinó a ver a su colega. Este respiraba y tenía los ojos vidriosos y entreabiertos pegados en el techo, su mirada era ausente. ¿Cómo haría para sacarlo de ahí? Alzó la vista hacia su paciente. Brooklyn tenía los ojos puestos sobre el mismo lugar donde hacía unos segundos atrás había estado la cabeza del ruso japonés. Ahora una mirada catatónica ocupaba esas hermosas orbes verdes, vacías, apagadas, perdidas entre la realidad y el sueño.
El ruido de pasos en el pasillo hizo que Kai suspirara aliviado. Alzó la mirada mientras se ponía de pie para ir donde Brooklyn. No se sorprendió al ver que, quien se asomaba por el umbral de la puerta, era Rei Kon seguido del encargado de la cocina.
Fue cosa de segundos para que estos entendieran todo lo que había ocurrido. El cuchillo lleno de sangre junto al moribundo Hitoshi, la apariencia de Brooklyn, lleno de magulladuras, ensangrentado e ido, la cocina completamente desordenada y Kai, poniéndose de pie del lado de su colega y observando con ojos levemente nerviosos hacia la puerta. Era una escena demasiado decidora como para siquiera preguntar qué había ocurrido.
-K—Kai…- Rei había empezado a hablar, pero el menor le atajó antes de que pusiera decir cualquier otra cosa.-
-Llévenselo de acá, me haré cargo de Brooklyn.- Llegó junto a su paciente y le tomó del rostro, obligándole a que le mirara directo a la cara.- Brooklyn…- Le llamó con voz firme, tragándose el miedo, el nerviosismo y las ganas de gritar y golpearse por su incompetencia para después, para cuando estuviera solo. Dejaría, como siempre, sus culpas y sus lamentos para la noche.
De apoco, Masefield sacudió la cabeza. Parecía haber recién despertado de un largo sueño. Había llegado recién de un viaje enorme, largo y demasiado intenso para el gusto de cualquiera, excepto para aquella parte llena de ira y morbosidad reprimida que yacía en esos momentos en lo más recóndito de la cabeza del pelinaranja.
-¿Kai?- La voz suave y pausada que salió de los labios cubiertos de sangre reseca del mayor hizo que una parte del alma de Hiwatari de relajara. De inmediato en inglés hizo una mueca de dolor por las heridas en su boca y en sus manos.
Sus manos.
¿Por qué tenían sangre?
Miró a su alrededor y descubrió que estaba en la cocina.
¿La cocina? ¿Que no estaba en la enfermería?
El ruido de una camilla metálica a las espaldas de Kai le sacó de su ensimismamiento y trajo todas las respuestas a las preguntas que buscaba. Sus manos ensangrentadas, un cuchillo… y Hitoshi medio muerto siendo cargando por un par de sujetos que Brooklyn no recordaba haber visto antes le decían explícitamente el desastre que acababa de hacer.
-No mires.- Murmuró Hiwatari y tomó el rostro de su paciente entre sus manos de nuevo.- Mírame a mí.-
El inglés observó a Kai mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Se mordió con cuidado el labio inferior y se abrazó a su cuidador. El ruso, aún sabiendo que estaba yendo en contra de lo que él mismo se había prometido, de lo que Yuriy le había sugerido y lo que el psiquiatra del inglés le había dicho, le devolvió el abrazo al mayor y dejó que llorara con libertad en su hombro, mientras sentía los ojos arder.
No podía exteriorizarlo bajo ninguna circunstancia, pero…
Él también tenía ganas de llorar.
