Nota de la autora: ¡Hola! Perdón la tardanza, se hace desear pero no puedo con todo. Espero que disfruten y comenten, y pongan alarmas y pongan favoritos y blablablá… ¡Suerte! ¡Cuídense y besos!
Vale, solo tengo que asimilarlo
-Es tan enfermo que ni porque lo diga yo mismo – Zoro estaba apoyado en la barandilla, el cocinero no había levantado la cabeza todavía – La verdad es que nos parecemos mucho, demasiado como para pasarlo por alto.
- No quería decírtelo por eso mismo – tenía que afrontarlo, ahora él lo sabía podían hablarlo como personas civilizadas que eran. – Hasta hace un par de días ni siquiera recordabas que nos conocíamos.
-No me lo contaste, ni preguntaste, ni diste muestras de conocerme – Realmente, ahora mismo Zoro solo podía pensar en cómo demonios iba a afrontar esto, es difícil levantarte un día, enterarte que tienes una hija desde hace doce años…- Necesito ron. Hablaremos de esto por la mañana.
Se sentó entre los piratas de Akagami, como todos sus nakamas y robo una jarra de ron por ahí. Bebió la primera, luego la segunda, y la cuenta siguió, pero se perdió por la vigésimo séptima o así, no quería recordar la conversación de hacía diez minutos con Sanji, se deprimiría. Joder, tenía veintitrés años y una hija de doce. ¿Qué decía eso de él? Que era un irresponsable, bastardo, que había manchado el honor de la persona que le gustaba, a la que quería. Tenía que restituir sus errores. Aunque mirándolo bien, Sanji estaba embarazado de nuevo, y ese no era su error. Habría un crío con la cara de otro tipo en la vida del rubio y él no se tenía que hacer cargo de eso. Necesitaba más ron, estaba pensando demasiado.
Nova se levantó entre los brazos de Sanji, no recordaba haberse quedado dormida, se levantó y después de una ducha y vestirse con su ropa de entrenamiento, unos pantalones cortos, una camisa de asillas y las botas, todo de negro, salió a cubierta para empezar con su rutina. Parecía que había tenido lugar una fiesta.
-Y yo durmiendo – se asomó a todos los rincones del barco, nadie. – Estarán en el barco de Akagami-sama.
Saco las espadas y las giro, reflejaban la luz naciente del día, fascinante. Las colocó juntas, sin un solo desequilibrio. Las coloco contra sus brazos, estaban heladas, eso le sacó un gemido. Empezó a moverlas a la vez con los ojos cerrados. Se sentía como si estuviera bailando el vals, paso adelante, a la derecha, atrás, izquierda. Se concentraba en mantener la respiración relajada, pero en cuanto escuchó pasos detrás de ella cambio su modo de moverse a otro nivel, se movió más rápido de lo que pensaba y las hojas de las espadas estaban contra el cuello de Sanji.
-Señorita, quita las espadas de mi cuello – obedeció avergonzada, casi le rebanaba el cuello a su padre – A desayunar.
-Lo siento, estaba entrenando y te oí y reaccione más rápido de lo que pensé – lo siguió hasta la cocina desierta que estaba llena de comida, pero si solo hacía quince minutos que se había levantado… ¿cuándo preparó su padre todo eso?
-Venga, siéntate y come antes de que…
-¡Sanji! – la tropa lo interrumpió, parece que el capitán es altamente sensible en lo que refiere a la comida y ya tiene sus horas para comer, se sentaron entre risas, Franky con pintas de pirata malo desde que le cambiaron la cola por ron en su neverita, Brook con la mandíbula desencajada y Chopper todo mojado.
-Se lo pasaron bien, ¿no? – Del que no había nada era de Zoro, ¿dónde se había metido ese espadachín? – ¿Y Zoro?
-Todavía está bebiendo con Shanks, Ben y Yasopp, llevan toda la noche a ver quién aguanta más - ¿De verdad está en una competición de alcohol? – Es divertido porque ya no pueden decir sus nombres.
Y Luffy se lo toma a risa, realmente es para reírse, los cuatro bebiendo como cosacos y sin saber decir cómo se llaman. La cocina se llenó de risas irremediablemente.
-Termine – Nova se levantó y cogió las espadas, sin esperar a que el resto terminase.
Subió al barco y sí, como lo había previsto, allí estaban los cuatro piratas, sentados en círculos y bebiendo, rodeados por una montaña de botellas de ron y sake. Se acercó y los miro, estaban sonrojados por el alcohol y hablando tonterías, ni siquiera se les entendía, pero podía reírse un rato.
La puerta se abrió y salió el cocinero, Lucky Roo, con su eterno trozo de carne, seguro que para llamar a los borrachos a tomarse una buena comida y a dormir la mona.
Ella por su parte se acercó a Zoro, tendría que llevarlo a la cocina para que su padre no se preocupara.
No llego a decir nada porque en cuanto el espadachín la vio saco Shuusui* y apunto directamente a su cuello.
-No te me acerques – claramente se podía ver una vena en la sien de la chica, nadie la apuntaba con una espada así como así y menos borracho.
El pobre Zoro no estaba en condiciones para sostener una espada, así que una simple patada fue suficiente para que la soltara y fue a acabar entre las piernas de Yasopp que se alejó a la velocidad del rayo.
-Si vuelves a amenazarme así te rompo los brazos, papá está esperando en la cocina, estúpido – El tono frío y amenazante hubiese sido capaz de helar al más valiente, pero, algunos valientes son idiotas.
-Te amenazo si me da la gana, tengo el derecho, soy el primero o el segundo…da igual, soy mayor que tú, respétame – Idiota, bocazas y muy borracho, eran los tres adjetivos que calificarían muy bien al peliverde en ese momento.
No había dejado de pensar en lo que había hablado con el cocinero anoche y todavía lo tenía en la mente. La chiquilla plantada frente a sus narices, que lo amenazó era su hija, era carne de su carne y sangre de su sangre. Sonaba enfermo.
-No sabes lo que estás diciendo, idiota – la chica tenía también lo suyo, plantada delante de un hombre armado como si nada – Estas borracho, pero ni con esas voy a pasar por alto que me pongas esa katana en el cuello.
-Mira niña – se levantó, algo tambaleante, le habían cambiado el centro de equilibrio – Yo mando, tu solo estas aquí de adorno y no te consiento que me hables así, ni a mí ni a nadie.
Nova se hartó y le pateo una rodilla, sin fuerza, solo el gesto que hizo que se cayera, pero intentando ponerse recto cayó sobre la chica, en una posición incómoda.
-No le cuentes esto a tu padre – y se rodó para irse tan tranquilo.
Después de dormir, de dormir la mona, se levantó con la certeza de que le había metido mano a su propia hija y que debía arreglarlo todo con Sanji. Roronoa Zoro no era un bastardo irresponsable, tenía una hija, una hija muy liberal con la persona que le gustaba, y eso era lo esencial. Ahora solo tenía que asimilarlo y aceptarlo.
