DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling.

Párrafos de "Harry Potter y el cáliz de fuego" incluidos en la historia.

Notas: Ha pasado un año, ¡cuánto tiempo! Mis disculpas, sé lo que he dejado atrás y lo descontentos que han de estar.

Aún así, les agradezco su paciencia.

Espero les guste, espero sus Review.


El cáliz de fuego.

14/03/2023

31, octubre-. 1997

Cabaña de Hagrid.

12.45 p.m.

Draco Malfoy no podía recordar con exactitud cómo terminó bebiendo un asqueroso té y unas galletas secas a favor de no ofender a Rubeus Hagrid, un semigigante que fungía como guardián de llaves y profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.

La cabaña se componía de una sola estancia. Del techo colgaban jamones y faisanes, una cazuela de cobre hervía en el fuego y en el rincón había una cama enorme con una franela hecha de remedios.

Fang, el sabueso de Hagrid, y Athos protagonizaban un juego que básicamente trataba de quién mordisqueaba durante más tiempo la pata del otro.

-Me disculpo una vez más -pidió Draco, tomando otra galleta del recipiente sobre la mesa. Les había agarrado el gusto.

-¡Tonterías! -dijo Hagrid, haciendo un ademan desdeñoso con la mano.

Draco Malfoy se había despertado esa mañana sin encontrar a Athos en ningún lugar dentro del barco. Un horrible dolor de estómago lo acompañó toda la mañana hasta que encontró al Crup comiendo de las calabazas en el huerto del semigigante, con Hagrid gritándole con angustia al perro.

-Estar encerrado tantos días altera a los perros -dijo Hagrid, bebiendo de su propia taza de té-. Comprendo la actitud de tu Athos.

-Gracias -murmuró Draco con voz baja, agradecido por encontrarse a otra buena persona que comprendía las necesidades de su mascota.

-Eres muy valiente -felicitó Hagrid, masticando una galleta y cambiando de tema-. No todos están dispuestos a cruzar tres peligrosas pruebas para ganarse un par de galeones y la promesa de grandeza.

Draco se encogió de hombros muy incómodo.

-Gracias -repitió, recordando el calor del Cáliz de fuego de la noche anterior. Karkarov los había hecho regresar una vez la luna estuvo en su máxima altura, todos echando sus papeles con sus nombres al cáliz al cobijo de las sombras.

-No te ofendas, pero no te pareces mucho a tu padre -negó Hagrid sin desanimarse en que la plática era prácticamente unilateral-. Siempre escondido bajo el apellido Malfoy -se burló-. ¡Tú, en cambio! ¡Eres el campeón del mundo!

-Gracias -volvió a decir Draco, las mejillas rojas de la vergüenza.

No se sentía ofendido, sino todo lo contrario. Era bueno saber que lo único en común con Lucius era su apariencia, y estaba agradecido porqué el semigigante vio más allá de su cabello platinado y del apellido Malfoy plasmado en su rostro.

-He escuchado mucho de ti por parte de Snape -admitió Hagrid, apuntándolo con un dedo gordo. Draco tomó otra galleta y la comió en silencio mientras el semigigante seguía balbuceando-. Solo se necesita un eco de tu nombre y los ojos le brillan, ¡está muy orgulloso! ¡Pareces más hijo suyo que de Lucius!

El té empezó a perder el sabor amargo e hizo una inesperada combinación con las galletas secas dentro de su boca.

-¿Ya has ido a verlo? -preguntó, sorbiendo el té con descuido.

-No -negó Draco-. Quería preguntarle, ¿sabe dónde queda el despacho de mi padrino? -preguntó-. Me temo que no conozco la estructura del castillo, y podría llegar a perderme.

-¡Por supuesto! ¡Yo puedo guiarte! -aceptó Hagrid, siempre orgulloso de que alguien necesitara su ayuda.

Unos golpes en la puerta interrumpieron la charla de una sola vía y Hagrid se levantó con una gracia distinta para alguien de su altura. Dando un solo paso, abrió la puerta y saludó a sus visitas.

-¡Ya era hora! -exclamó Hagrid, dejándolos pasar-. ¡Creí que no se acordaban de dónde vivo!

-Hemos estado muy ocupados, Hag… -empezó a decir Hermione Granger, pero se detuvo de pronto, estupefacta, al ver a Draco Malfoy dentro de la cabaña.

El rubio palideció, no habiendo previsto encontrarse con el famoso trío dorado en menos de veinticuatro horas. Harry Potter mantuvo brevemente su mirada en el extraño traje peludo que portaba Hagrid antes de desviar su mirada sobre Draco. Ronald Weasley hizo una doble toma sobre el platinado antes de empezar a enrojecer.

-Eh… -balbuceo Weasley.

-Les presento a mi invitado -dijo Hagrid orgulloso, señalando con una enorme mano a Draco-. Draco… eh… Malfoy.

-Sí, ya nos conocemos, Hagrid -admitió Potter con desconfianza. El rubio le dio otro trago a su té para disipar la garganta seca ante las miradas horrorizadas del trío.

-¿Qué haces aquí? -preguntó Weasley con torpeza.

-Ron, no seas grosero -regañó Granger, pero la curiosidad también brillaba en su rostro.

Draco tragó saliva.

-Mi Crup encontró fascinante el huerto de calabazas -admitió, su voz siempre a un tono de lo condescendiente-. Si no fuera por Hagrid, ahora mismo estaría enterrando a Athos gracias a los escregutos que infestan el huerto.

-¿Aún tienes a esas cosas? -se lamentó Weasley con un escalofrío.

-¡Por supuesto! -dijo Hagrid, orgulloso-. Están cerca del metro. El único problema es que se han empezado a matar unos a otros.

-¡No! ¿De verdad? -se burló Weasley.

-Sí -contestó Hagrid con tristeza-. Pero están bien. Los he separado en cajas y aún quedan unos veinte.

-Bueno, eso es una suerte -comento Potter, tomando asiento al lado de Draco. Weasley se apresuró a tomar el otro asiento vacío junto a Draco y Granger procedió a sentarse sobre la cama, sus ojos sobre Athos.

El rubio no se perdió la mirada de absoluto horror cuando reparó en la falta de oreja y el ojo ciego del Crup, alzando la cabeza con fiereza y dejándola caer sobre Draco, quien rápidamente volvió su mirada a las galletas, tomando otra y llevándosela a la boca.

-No necesitas hacer eso -negó Weasley en un susurro cuando Draco empezó a masticar la galleta. El rubio enarcó una ceja y el pelirrojo enrojeció nuevamente-. Ya sabes, las galletas… son asquerosas.

-No son tan malas -defendió Draco, dándole un último sorbo al té para dejar su taza vacía en la mesa.

-Hagrid… quería hablarte sobre mi iniciativa de la P.E.D.D.O…

-¡Hermione! -riñó Weasley mientras Potter y él enrojecían. La castaña le disparó una mirada enojada por la interrupción a su amigo-. No hay necesidad de hablar de… eso… frente a Malfoy, estoy seguro de que ni él ni Hagrid están interesados en los derechos de los elfos domésticos.

-¿Los derechos de los elfos? -preguntó Hagrid, mirando entre ambos adolescentes-. ¿Qué derechos?

-¡Exacto! ¿Qué derechos? -empezó una vez más Granger para ser interrumpida.

-Nada, una tontería -negó Weasley, fingiendo que su amiga no había hablado-. ¿Ya has echado tu nombre en el Cáliz de fuego? -preguntó con entusiasmo a Draco-. Yo lo he hecho esta mañana.

-Ayer por la noche -respondió Draco en un susurro arrastrado, desviando su mirada a Harry Potter-. ¿Vas a participar, Potter?

-No es lo mío -negó Potter, haciendo una mueca cuando el semigigante empezó a servir té en otras tres tazas distintas.

-¡Ah! ¡Cierto, cierto! -gritó Hagrid cuando dejó la tetera de nuevo sobre el fuego, provocándole un susto a sus cuatro invitados-. ¡Las indicaciones al despacho de Snape!

-¿Por qué alguien querría las indicaciones al despacho de Snape? -preguntó Potter con desdén.

-¿Quién querría hablar con Snape? -se burló Weasley, codeando a Draco en un costado.

Hermione Granger reprendió a ambos adolescentes con la mirada, pero no salió en la defensa de su profesor de Pociones. Draco, en cambio, le disparó una mirada furiosa a Weasley quien rápidamente cambió su semblante alegre por uno confuso.

-¡Snape es el padrino de Draco! ¿Cierto? -dijo Hagrid, ajeno a los gritos sorprendidos del famoso trio dorado-. Está muy orgulloso de ti.

-Eso mismo dijiste antes -murmuró Draco en voz baja, ignorando las miradas conmocionadas de los tres adolescentes.

-Cierto, cierto -asintió el semigigante-. Frente al Gran Comedor hay unas escaleras, las bajas y tomas el desvío a tu izquierda. Sigues todo derecho y una vez más, bajas las escaleras del fondo y esta vez giras a tu derecha. A la mitad del pasillo encontraras la puerta del despacho de Snape.

-Gracias -dijo Draco, levantándose de su asiento sin dignarse a mirar al trio-. Vamos, Athos -llamó a su mascota, soltando un silbido bajo para atrapar la atención de Athos. El animal dejó de masticar la pata del enorme sabueso y saltó a los pies de Draco, sacudiendo ambas colas-. Con su permiso.

-¡Eres bienvenido cuando quieras, Draco! -gritó el semigigante, su voz sin desvanecerse a pesar de que el rubio cerró la puerta detrás de él. Bajó los escalones de piedra y metió ambas manos en los bolsillos del pantalón de cargo negro, su cuerpo encorvado hacia delante como si quisiera protegerse del frío.

La emoción de volver a ver a Hermione Granger quedó opacada fácilmente por el desprecio dirigido a su padrino. Severus Snape había sido su figura por seguir durante muchos años y el hecho de que su primer enamoramiento no este impresionada con su padrino no era algo que pudiera olvidar fácilmente.

Soltando un suspiro derrotado, apuró sus pasos al castillo.


-¿En qué estabas pensando? -la voz baja y oscura de Severus Snape desvió su atención del contenido irreconocible en el frasco hacía el rostro severo del mago-. No, no me respondas -dijo, alzando una mano para detener la respuesta antes de que llegara-. Es obvio que no estabas pensando.

Sus pálidos labios se transformaron en una mueca incomoda, fácilmente desviando una vez más su grisácea mirada al frasco de vidrio sobre la estantería de madera que se encontraba a espaldas de su padrino. El despacho de Severus era todo lo que Draco se había imaginado desde el día en que Lucius le informó que sus estudios mágicos los estaría cruzando en Durmstrang y no en Hogwarts.

Una manera de mantenerlo alejado del mago que se había convertido en la principal defensa del heredero Malfoy.

Era una estancia de tres paredes y un gigantesco ventanal donde se reflejaba el agua oscura del lago negro. El escritorio de madera de ébano se encontraba al fondo, frente a un gran mueble con muchas repisas que abarcaba toda la pared, de suelo a techo. Toda repleta de frascos de diferentes tamaños y formas, con distintos contenidos dentro.

El escritorio era rodeado por tres sillas acolchadas de color negro y respaldo alto. Una puesta entre la estantería y el escritorio, y las otras dos del otro lado del mueble.

La pared de piedra antigua contraría al ventanal constaba con distintos retratos que representaban los rostros malditos de los magos y brujas víctimas de distintos venenos. Debajo del único letrero en la pared que rezaba "No hay bien ni mal, sólo hay poder y personas demasiado débiles para buscarlo" en grandes letras verdes había una puerta negra parecida a la que había entrado y que probablemente llevaba a la habitación personal de Severus.

-Son mil galeones en efectivo -dijo Draco con vergüenza, sin atreverse a mirar los ojos decepcionados de su mentor-. Y mi nombre hecho gloria.

-Tú nombre ya es gloria -siseo Severus con enojo-. Eres tanto campeón del mundo como el más joven en conseguirlo. No necesitas el título "Campeón del Torneo de los Tres Magos" para completarlo.

Un suspiro tembloroso se deslizó por los labios de Draco, huyendo de la furia silenciosa de su padrino. Contrario a lo que la gente suponía; Severus era una fuerza por tener en cuenta cuando se enojaba. Destrozaba y maldecía, arrasándolo todo a su paso.

Era igual a Lucius en ese sentido, pero Severus siempre había sido cuidadoso en mostrar esa cara de su persona cuando Draco estaba presente. Si había algo que mantenía su furia contenida, era el dolor de ver el miedo reflejado en los ojos de su ahijado.

-Necesito ese dinero, Severus -dijo Draco, sus mejillas rojas de pena-. Podré ser campeón del mundo, pero soy tan pobre como la familia Weasley de la que Lucius tanto le gusta hablar -escupió-. No tengo ni un mísero knut en mi cuenta de banco y el tiempo se me acaba.

-Draco…

-No -interrumpió el chico, negando con la cabeza y alborotando su cabellera platinada-. Cumplí la mayoría de edad y la búsqueda de una esposa de sangre pura está tocando a la puerta. No quiero nada de eso -jadeo, las manos apretadas en sendos puños y su respiración irregular-. Yo solo quiero ser libre, Severus.

-Draco…

-¡Y moriré en el intento si es necesario!

-¡Draco!

Se estaba ahogando, el oxígeno no llegaba a sus pulmones. El corazón le latía a mil por hora y sus uñas empezaron a arañar su garganta en un intento para dejar pasar el aire a dónde debía ir; el mundo se desvaneció ante él y las lágrimas le picaron los ojos.

Escuchó la voz de su padrino cada vez más lejana y el fantasma de unas manos tratando de detener las suyas para que no siguiera haciéndose daño. Se estaba derrumbando, ahogando, muriendo…

El eco constante del murmullo a su alrededor empezó a traerlo de vuelta, y Draco se esforzó mucho por tratar de entender qué era lo que decía la voz. Trató de darle sentido a las palabras, reconocer la letanía que su padrino pronunciaba para él.

inhala…

inhala… exhala…

inhala… exhala… vamos, Draco, puedes hacerlo…

La garganta le ardía, los pulmones le ardían, la cabeza le ardía. Todo le ardía, sentía como si se estuviera quemando de dentro para fuera, pero aun así trato de inhalar y exhalar sabiendo vagamente que esa era la única forma de llevar oxígeno a sus pulmones y de paso a su cerebro, que parecía no funcionaba en este momento.

inhala… exhala…

eso es, Draco, lo estás haciendo bien…

ahora una última vez… inhala... exhala…

El mundo empezó a tener sentido una vez más, y pequeños puntos nítidos de luz empezaron a revelarse contra la oscuridad que amenazaba sus ojos. Aún estaba sentado en el sillón negro de respaldo alto, pero estaba encorvado hacía delante con la frente pegada al escritorio y la vista puesta en las baldosas de piedra ennegrecida por el paso de los años.

Una de las manos de Severus trazaba círculos en su espalda y la otra tenía como rehén a las manos de Draco, obligándolas a mantenerse sobre su regazo para impedirles el asalto contra su garganta. Sudaba frío y la camisa de algodón negra se le pegaba incómodamente al cuerpo.

Cuando sus músculos empezaron a tensarse por le incomodidad de piel sobre la suya, Severus se apartó consciente de lo mucho que a Draco le desagradaba que alguien lo tocara. Se mantuvo a unos pasos de donde el chico temblaba.

-Necesito ese dinero -graznó Draco con voz ronca. La garganta le ardía.

-No puedo dejar que te mates de esa manera, Draco.

-Entonces ayúdame -pidió, sin desviar la mirada del piso-. Ayúdame, por favor.


El Gran Comedor, iluminado por velas, estaba casi abarrotado. Habían quitado del vestíbulo el cáliz de fuego y lo habían puesto delante de la silla vacía del director Dumbledore, sobre la mesa de los profesores.

No fue una sorpresa cuando los rostros jóvenes y viejos repararon en la figura que acompañaba a Severus dentro de la estancia. Todos tratando de ver al famoso buscador de Inglaterra y muchos preguntándose por qué dicho jugador estaba siendo escoltado por el profesor de Pociones y no por el director de Durmstrang a la mesa de Slytherin.

-¿Dónde te habías metido? -gruñó Blaise como bienvenida, esperando solo pocos segundos después de que Severus se retirara a la mesa del profesorado.

-Estaba con Severus, ¿no es obvio? -preguntó Draco como respuesta, sentándose en medio de Vincent y Gregory dándoles la espalda a las otras tres mesas.

-¿Todo el día? -inquirió Blaise sin creérselo.

-Déjalo en paz, Blaise -pidió Theodore, intercediendo como siempre-. El colegio aún está muy excitado con la presencia de Draco en él, así que es mejor que se mantenga oculto mientras su presencia por los pasillos empieza a disminuir y volverse algo normal.

-¿Y de qué me servirá eso a mí? -espetó el chico de tez morena-. Los Gryffindor…

-… ya están conscientes de que Draco se sienta contigo y no con ellos -interrumpió Theo.

-Puedes sentarte con él durante las clases -aportó Vincent con voz gruesa.

-Así todos verán que eres cercano a Malfoy -asintió Gregory su acuerdo.

-¿Por qué parece que todos tienen algo que decidir sobre mi persona sin preguntarme? -siseo Draco frunciendo el ceño.

-Lo tomaré, pero me ofende muchísimo -advirtió Blaise sin hacerle caso a Draco y con la mirada puesta en Vincent. Se estrecharon las manos.

Draco resopló con enojo, pero no aportó más a la conversación mientras el banquete daba inicio. Todo el tiempo estuvo consciente de la expectación en el aire, y los nervios que había tenido durante la mañana habían desaparecido. Tanto Vincent como Gregory habían puesto el nombre de Draco en el cáliz, y eso aumentaba la posibilidad de ser elegido.

No le tomó mucho tiempo pensar qué escribiría a su madre una vez fuera elegido, como tampoco le tomó mucho tiempo pensar en la respuesta de Lucius. No podía atacarlo estando en Hogwarts, y Severus no permitiría que se acercara a él así Lucius pataleara, maldijera y amenazara.

Los platos de oro volvieron a su original estado inmaculado, tentando una vez más al rubio de tomar una cuchara y guardársela en uno de los bolsillos de su pantalón de cargo negro. Se produjo cierto alboroto en el salón, que se cortó casi instantáneamente cuando Dumbledore se puso en pie. Junto a él, Karkarov y Madame Maxime parecían tan tensos y expectantes como los demás. Ludo Bagman sonreía y guiñaba el ojo a varios estudiantes. El señor Crouch, en cambio, no parecía nada interesado, sino más bien aburrido.

-Bien, el cáliz está casi preparado para tomar una decisión -anunció Dumbledore-. Según me parece, falta tan solo un minuto. Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado -indicó la puerta que había detrás de su mesa-, dónde recibirá las primeras instrucciones.

Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas salvo las que estaban dentro de las calabazas con forma de cara, y la estancia quedó casi a oscuras. No había nada en el Gran Comedor que brillara tanto como el cáliz de fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de las llamas casi hacía daño a los ojos. Todo el mundo miraba, expectante. Algunos consultaban los relojes.

-De un instante a otro -susurró Gregory al lado de Draco.

De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito.

Dumbledore tomó el trozo de pergamino y lo alegó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.

-El campeón de Durmstrang -leyó con voz alta y clara- será Draco Malfoy.

Draco soltó el aliento que no sabía estaba reteniendo mientras una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Se levantó de la mesa entre golpes en la espalda por parte de Vincent y Gregory y caminó hacía Dumbledore. Se volvió a la derecha, recorrió la mesa del profesorado evitando la mirada de Severus y entró por la puerta hacía la sala contigua con la voz de Karkarov felicitándolo por encima del resto.

Era una sala más pequeña, decorada con retratos de magos y brujas. Delante de él, en la chimenea, crepitaba un fuego acogedor.

Cuando entró, las caras de los retratos se volvieron hacia él. Vio que una bruja con el rostro lleno de arrugas salía precipitadamente de los límites de su marco y se iba al cuadro vecino, que era el retrato de un mago con bigotes de foca. La bruja del rostro arrugado empezó a susurrarle algo al oído.

No estuvo ni cinco minutos dentro de la sala cuando el Gran Comedor volvió a estallar en aplausos y ni un minuto más tarde Pansy Parkinson entró a la sala.

-Malfoy.

-Parkinson.

Nunca habían sido cercanos. Lucius Malfoy y Bastián Parkinson eran socios comerciales, y Narcisa Malfoy y Ágata Parkinson habían sido amigas desde que entraron a Hogwarts. Draco siempre había pensado que Lucius haría un acuerdo matrimonial con la familia Parkinson, pero Lisandro Nott se había adelantado. No es que estuviera decepcionado.

Pansy podía tener ascendencia veela por parte de su abuela materna, pero Draco no veía un futuro con ello. Con nadie, de hecho.

Los dos se miraron fijamente unos segundos hasta que Draco retrocedió a la chimenea y miró los troncos arder con los nuevos aplausos y gritos provenientes del Gran Comedor.

El tercer campeón entró, con el rostro de Ronald Weasley como portador. A diferencia de otros días, Weasley no enrojeció cuando la mirada de Draco cayó en él, estaba demasiado absorto mirando a Parkinson como para reparar en la presencia del rubio.

El chico no pudo evitar soltar un resoplido burlón, volviendo el rostro a las llamas. Aquí estaba, siendo el campeón de Durmstrang. Ser seleccionado había sido lo más sencillo, y ganar contra aquellos dos no parecía un trabajo difícil.

La magia de Pansy era débil y la de Ronald apenas rozaba el nivel de lo competente. No eran rivales para él.

-¿Harry? ¿Qué sucede?

La voz de Weasley atrajo la atención de los otros dos campeones que se dedicaron a mirar a Harry Potter quién acababa de entrar. Se veía algo pálido y un aire nervioso lo envolvía.

-¿Quieren que volvamos al comedor? -preguntó Parkinson, echándose la gran melena oscura sobre el hombro.

Potter no respondió, se quedó allí, mirándolos.

De repente, se oyó un ruido de pasos apresurados. Era Ludo Bagman, que entraba a la sala. Tomó del brazo a Potter y lo llevó hacia delante.

-¡Extraordinario! -dijo-. ¡Absolutamente extraordinario! Caballeros… señorita -añadió acercándose al fuego-. ¿Puedo presentarles, por increíble que parezca, al cuarto campeón del Torneo de los tres magos?

Draco se enderezó con lentitud, Ronald Weasley le dedico una mirada desconcertada a su amigo y Pansy Parkinson soltó una risa condescendiente y dijo:

-¡Oh, un chiste muy divertido, señor Bagman!

-¿Un chiste? -repitió Bagman, desconcertado-. ¡No, no, en absoluto! ¡El nombre de Harry acaba de salir del cáliz de fuego!

Draco frunció el ceño y miró de soslayo a Weasley que empezó a enrojecer de ira. Por lo visto, el mejor amigo de Potter no estaba al tanto de lo que sucedía. Y no parecía gustarle nada.

-Pero es evidente que ha habido un error -dijo Parkinson con desdén-. Él no puede competir, Hogwarts ya tiene un campeón.

-Bueno… esto ha sido muy extraño -reconoció Bagman, frotándose la barbilla impecablemente afeitada y mirando sonriente a Potter-. Su nombre ha salido del cáliz de fuego… Quiero decir que no creo que ahora haya alguna posibilidad de hacer algo para impedirlo. Son las reglas, Harry, y no tienes más remedio que concursar.

Detrás de ellos, la puerta volvió a abrirse para dar paso a un grupo numeroso de gente: el director Dumbledore, seguido de cerca por el señor Crouch, Karkarov, Madame Maxime, la profesora de Transformación de Hogwarts, McGonagall y Severus Snape. Antes de que la profesora McGonagall cerrara la puerta, Draco oyó el rumor de los cientos de estudiantes que estaban al otro lado del muro.

-¡Madame Maxime! -dijo Parkinson de inmediato, caminando con decisión hacía la directora de su academia-. ¡Dicen que él -señaló a Potter- también competirá!

-Eso es trampa -intervino Draco, cruzándose de brazos y mirando con desconfianza a Potter-. Hogwarts no puede tener dos campeones.

-Cést imposible! -exclamó Madame Maxime, apoyando su enorme mano llena de sorbias cuentas de ópalo sobre el hombro de Pansy Parkinson-. Es absolutamente injusto.

-No recuerdo que nadie me explicara que el colegio anfitrión tuviera derecho a dos campeones -dijo Karkarov con una tensa sonrisa y sus azules ojos parecían pedazos de hielos-. ¿O es que no he leído las normas con el suficiente cuidado?

-No es culpa de nadie más que de Potter, Karkarov -intervino Severus con voz melosa. La malicia daba un brillo especial a sus negros ojos-. No hay que culpar a Dumbledore ni a Hogwarts del empeño de Potter en quebrantar las normas. Desde que llegó aquí no ha hecho otra cosa que traspasar límites…

-Gracias, Severus -dijo con firmeza Dumbledore, y Severus se calló, aunque sus ojos siguieron lanzando destellos malévolos entre la cortina de pelo negro.

Dumbledore miró a Potter, y éste le devolvió la mirada.

-Yo no eche mi nombre en el cáliz -dijo Potter antes de que Dumbledore pudiera empezar a interrogarlo-. Debe creerme, profesor Dumbledore.

Pansy soltó un resoplido burlón antes de gemir indignada cuando Dumbledore asintió en dirección de Harry Potter con una sonrisa afable.

-Te creo, Harry -dijo Dumbledore.

-¡Por favor! -escupió Karkarov-. Señor Crouch… señor Bagman, ustedes son nuestros jueces imparciales. Supongo que estarán de acuerdo en que esto es completamente irregular.

Bagman se pasó un pañuelo por la cara, redonda e infantil, y miró al señor Crouch, que estaba fuera del círculo iluminado por el fuego de la chimenea y tenía el rostro medio oculto en la sombra. Su aspecto era vagamente misterioso, y la semioscuridad lo hacía parecer mucho más viejo, dándole una apariencia casi de calavera. Pero, al hablar, su voz fue tan cortante como siempre:

-Hay que seguir las reglas, y las reglas establecen claramente que aquellas personas cuyos nombres salgan del cáliz de fuego estarán obligados a competir en el Torneo.

-Bien, Barty se conoce el reglamento de cabo a rabo -dijo Bagman, sonriendo y volviéndose a Karkarov y Madame Maxime, como si el asunto hubiera quedado cerrado.

-Entonces propongo que se considere el nombre del resto de mis alumnos -dijo Karkarov con expresión desagradable-. Vuelve a sacar el cáliz de fuego, y continuaremos añadiendo nombres hasta que cada colegio cuente con dos campeones. No pido más que lo justo, Dumbledore.

-Pero, Karkarov, no es así como funciona el cáliz de fuego -objetó Bagman-. El cáliz acaba de apagarse y no volverá a arder hasta el comienzo del próximo Toreo.

-¡En el que, desde luego, Durmstrang no participará! -estalló Karkarov-. ¡Después de todos nuestros encuentros, negociaciones y compromisos, no esperaba que ocurriera algo de esta naturaleza! ¡Estoy tentado de irme ahora mismo!

Draco desvió la mirada a Severus, no necesitaba a Karkarov para concursar. Su nombre ya estaba vinculado, y tal vez la lejanía de Karkarov podía beneficiarlo más que lamentarlo.

-Esa es una falsa amenaza, Karkarov -gruñó una voz, junto a la muerta-. Ahora no puedes retirar a tu campeón. Está obligado a competir. Como dijo Dumbledore, ha firmado un contrato mágico vinculante. ¿Te conviene, eh?

Alastor Moody acababa de entrar en la sala. Se acercó al fuego cojeando, y, a cada paso que daba, retumbaba la pata de palo.

-¿Qué si me conviene? -repitió Karkarov-. Me temo que no te comprendo, Moody.

A Draco le pareció que Karkarov intentaba adoptar un tono de desdén, como si ni siquiera mereciera la pena escuchar lo que Moody decía, pero las manos traicionaban sus sentimientos. Estaba apretadas en sendos puños.

-¿No me entiendes? -dijo Moody en voz baja-. Pues es muy sencillo, Karkarov. Tan sencillo como que alguien eche el nombre de Potter en ese cáliz sabiendo que si sale se verá forzado a participar.

-¡Evidentemente, alguien tenía mucho empeño en que Hogwag tuviera el doble de opogtunidades! -declaró Madame Maxime.

-Estoy completamente de acuerdo, Madame Maxime -asintió Karkarov, haciendo ante ella una leve reverencia-. Voy a presentar mi queja ante el Ministerio de Magia y la Confederación Internacional de Magos…

-Si alguien tiene motivos para quejarse es Potter -gruñó Moody-, y, sin embargo, es curioso… No le oigo decir ni medio…

-¿Ypor qué tendría que quejarse? -estaño Pansy Parkinson, dando una patada en el suelo-. Va a poder participar, ¿no? ¡Todos hemos soñado durante semanas y semanas con ser elegidos! ¡Mil galeones en metálico… ¡es una oportunidad por la que muchos morirían!

-No todos -dijo Moody, su ojo mágico aterrizó con seguridad en el rostro de Draco, quien rápidamente desvió la mirada-. Pero tal vez alguien espera que Potter muera por ella -replicó con un levísimo matiz de exasperación en la voz.

A estas palabras les siguió un silencio extremadamente tenso.

Ludo Bagman, que parecía muy nervioso, se alzaba sobre la punta de los pies y volvía a posarse sobre las plantas.

-Pero hombre, Moody… ¡vaya cosas dices! -protestó.

-Como todo mundo sabe, el profesor Moody da la mañana por perdida si no ha descubierto antes de la comida media docena de intentos de asesinato -dijo con voz alta Karkarov-. Por lo que parece, ahora les está enseñando a sus alumnos a hacer lo mismo. Una rara cualidad en un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Dumbledore, pero no dudo que tenías tus motivos para contratarlo.

-¿Conque imagino cosas, eh? -gruñó Moody-. ¿Conque veo cosas, eh? Fue una bruja o un mago competente el que echó el nombre del muchacho en el cáliz.

-¡Ah!, ¿y qué evidencia hay de eso? -preguntó Madame Maxime, alzando sus enormes manos.

-¡La evidencia de que consiguió engañar a un objeto mágico y extraordinario! -replicó Moody-. Para hacer olvidar al cáliz de fuego que sólo compiten tres colegios tuvo que usarse un encantamiento confundidor excepcionalmente fuerte… Porque creo estar en lo cierto al suponer que propuso el nombre de Potter como representante de un cuarto colegio, para asegurarse de que era el único de su grupo.

-Parece que has pensado mucho en ello, Moody -apuntó Karkarov con frialdad-, y la verdad es que te ha quedado una teoría muy ingeniosa… aunque he oído que recientemente se te metió en la cabeza que uno de tus regalos de cumpleaños contenía un huevo de basilisco astutamente disimulado, y lo hiciste trizas antes de darte cuenta de que era un reloj de mesa. Así que nos disculpamos si no te tomamos demasiado en serio…

-Hay gente que puede aprovecharse de las situaciones más inocentes -contestó Moody con voz amenazante-. Mi trabajo consiste en pensar cómo obran los magos tenebrosos, Karkarov, como deberías recordar.

-¡Alastor! -dijo Dumbledore en tono de advertencia.

Moody se calló, aunque siguió mirando con satisfacción a Karkarov, que tenía el rostro encendido de cólera.

-No sabemos cómo se ha originado esta situación -continuó Dumbledore dirigiéndose a todos los reunidos en la sala-. Pero me parece que no nos queda más remedio que aceptar las cosas tal como están. Tanto Ron como Harry han sido seleccionados para competir en el Torneo. Y eso es lo que tendrán que hacer…

-Ah, pego, Dumbledog…

-Mi querida Madame Maxime, si se le ha ocurrido a usted una alternativa, estaré encantado de escucharla.

Dumbledore aguardó, pero Madame Maxime no dijo nada; se limitó a mirarlo duramente. Y no era la única: Severus parecía furioso, Karkarov estaba lívido. Bagman, en cambio, parecía bastante entusiasmado.

-Bueno, ¿nos ponemos a ello, entonces? -dijo frotándose las manos y sonriendo a todo el mundo-. Tenemos que darles las instrucciones a nuestros campeones, ¿no? Barty, ¿quieres hacer el honor?

El señor Crouch pareció salir de un profundo ensueño.

-Sí -respondió, las instrucciones. Sí… la primera prueba…

Fue hacía la zona iluminada por el fuego. De cerca, a Draco le pareció que se encontraba enfermo. Se lo veía ojeroso, y la piel, arrugada y reseca.

-La primera prueba está pensada para medir su coraje -les explicó a Draco, Harry, Ron y Pansy-, así que no les vamos a decir en qué consiste. El coraje para afrontar lo desconocido es una cualidad muy importante en un mago, muy importante… La primera prueba se llevará a cabo el veinticuatro de noviembre, ante los demás estudiantes y el tribunal.

Draco avanzó un paso inconscientemente, sus ojos fijos en el rostro demacrado del señor Crouch.

-A los campeones no les está permitido solicitar ni aceptar ayuda de ningún tipo por parte de sus profesores para llevar a cabo las pruebas del Torneo. Harán frente al primero de los retos armados sólo con su varita. Cuando la primera prueba haya dado fin, recibirán información sobre la segunda. Debido a que el Torneo exige una gran dedicación a los campeones, éstos quedarán exentos de los exámenes de fin de año.

El señor Crouch se volvió hacia Dumbledore.

-Eso es todo, ¿no, Albus?

-Creo que sí -respondió Dumbledore, que observaba al señor Crouch con algo de preocupación-. ¿Estás seguro de que no quieres pasar la noche en Hogwarts, Barty?

-No, Dumbledore, tengo que volver al Ministerio -contestó el señor Crouch-. Es un momento muy difícil, tenemos mucho trabajo. He dejado a cargo al joven Weatherby… Es muy entusiasta; a decir verdad, quizá sea demasiado entusiasta…

-Al menos tomarás algo de beber antes de irte… -insistió Dumbledore.

-Vamos, Barty. ¡Yo me voy a quedar! -dijo Bagman muy animado-. Ahora es en Hogwarts donde ocurren las cosas, ya sabes. ¡Es mucho más emocionante que la oficina!

-Creo que no, Ludo -contestó Crouch, con algo de su sempiterna impaciencia.

-Profesor Karkarov. Madame Maxime, ¿una bebida antes de que nos retiremos a descansar? -ofreció Dumbledore.

Pero Madame Maxime ya le había pasado a Pansy un brazo por los hombros y la sacaba rápidamente de la sala. Draco las oyó hablar muy rápido en francés al salir al Gran Comedor. Karkarov le hizo una seña, y Draco se apuró a acompañarlo, mirando de reojo a Severus antes de posar su mirada en Harry Potter.

Los ojos color verde de Harry no dudaron en seguirlo, y Draco no pudo evitar entrecerrar la mirada con desconfianza. Si había alguien que pudiera ser un desafío para competir por la Copa, ese era Harry Potter.