Capítulo 6

Luna de Plata

—Oye, Callie—Melita le empujó con su cuerpo suavemente a la altura de Escorpio, resoplando—. Acabo de caer en algo.

—¿El qué?

—¿Qué vas a llevarle al Patriarca? Soltaste todo ese rollo de la naturaleza y el canto de los pájaros para Athena, pero es obvio que eso era humo.

Calíope frenó en seco con los ojos abiertos de par en par y se dio con la palma de la mano en la frente. Lo había olvidado por completo.

—¿Crees que podrías componer algo rápido mientras yo estoy en la cocina? ¿O improvisarás?

—¿No vas a necesitarme? Son platos pesados de hacer.

Melita le dio una palmadita en el antebrazo, sonriendo.

—Me las apañaré, tú quédate en el templo e invéntate lo que sea para que no se crea que estabas escaqueándote de tus responsabilidades.

Calíope asintió y continuaron el ascenso en silencio, un sudor frío recorriendo su espalda.

Unos pasos más delante de ella, Anthea caminaba con la barbilla pegada al pecho, sus dedos trabajando ágilmente con las flores que había recogido. Tanto Carlos, ahora en el frente, como Galena le observaban boquiabiertos. Tenía la a veces terrorífica habilidad de concentrarse hasta el extremo que fuera necesario en la tarea que le interesase, y mientras sus manos trabajaran, su cuerpo seguiría moviéndose de forma instintiva, sin un solo tropiezo.

Al llegar a Piscis, Anthea volvió en sí misma y se giró hacia sus hermanas, se recolocó el pelo y el chitón y sonrió con timidez.

—¿Me veo bien?

Melita puso los ojos en blanco. Calíope no pudo contener la dulzura con la que se alzaron las comisuras de sus labios y terminó de atusarle el pelo, aseguró la rosa en la trenza y le acarició las mejillas.

—Siempre.

Los ojos de Anthea centelleaban, amatistas arrojando destellos bajo el sol de mediodía, su rostro arrebolado y desprendiendo tanta energía que parecía que ellas no llevaban horas caminando, que el susto que les había dado por la mañana no había sucedido. Volvió a encarar el pórtico de Piscis y se adentró en él con paso ligero, seguida de cerca por los dos guardias y sus hermanas.

Atravesaron el pasillo central poblado por columnas y en la apertura al ala izquierda encontraron a Afrodita, como les había prometido.

Estaba sentado en una mesita de hierro blanca con un cristal en el centro, decorada por enredaderas y flores metálicas, sobre la cual había un platillo de cerámica y una tetera. Afrodita sostenía con elegancia la taza cerca de sus labios, una pierna cruzada sobre la otra y sus rizos turquesa recogidos con una cinta sobre su espalda.

Carlos y Ezio hincaran una rodilla al instante frente a él con las cabezas agachadas.

Galena impidió que Anthea se arrodillara frente al caballero de Piscis también, aunque ninguna podría culparla por querer reverenciarlo: con los rayos de luz filtrándose por el patio interior y las motas de luz danzando alrededor de él parecía salido de otro mundo, un ser casi celestial.

Afrodita contempló entre sus tupidas pestañas a los soldados, su rostro una máscara perfecta de porcelana. Su cabeza fue girándose poco a poco hacia Anthea, la mirada tardando un poco más en acompañarla; cuando por fin pasó su atención a ella esbozó la más delicada de las sonrisas.

—Buenas tardes, doncellas. Es un placer volver a veros.

—Buenas tardes—repitieron ellas, haciendo una breve reverencia.

Afrodita depositó la taza sobre el platillo, descruzó las piernas y abandonó la silla. De pie, pudieron admirar su esbelta figura, la piel rosada de su pecho que asomaba entre los cordones cruzados de su blusa suelta tan negra como la noche, con el cuello lleno de jaretas y las mangas de farol cerradas con volantes a sus muñecas. Unos pantalones beige ajustaban el borde de la blusa a la cintura y hacían parecer sus piernas un deleite interminable.

Era increíble pensar que una figura como la suya pudiera encontrarse debajo de una pesada armadura de oro, y se atrevería a decir que era un crimen ocultarla con ella.

—El Patriarca me contó que os gustaron las peonías que preparé para vosotras—Afrodita cruzó los brazos sobre su pecho y sacó un poco la cadera hacia la derecha—. Me alivia que pudieras leerlas con tanta facilidad, Anthea, estoy seguro de que será una experiencia gratificante el enseñarle al fin a alguien que sí ama las flores y las escucha como yo.

Anthea recordó cómo se parpadeaba y habló arrastrando las palabras.

—¿Enseñarme?

—Así es. Hasta ahora me he encargado personalmente de las pocas plantas que son capaces de sobrevivir en este ambiente tan hostil además de mis rosales, pero no es una tarea que pueda llevar a cabo yo solo. Mi deber me obliga a abandonar el Santuario y puedo pasar meses sin regresar a mi templo, por lo que necesito de alguien que se haga cargo de esas tareas mientras yo sigo protegiendo a la humanidad. Cualquiera puede colocar cuatro flores en un jarrón por mera decoración, sin embargo, no todos saben cómo cuidarlas, cómo darles el amor que se merecen y usarlas de forma adecuada. Hasta que llegaste tú: superaste mi prueba con creces, Anthea, creo que eres digna.

Afrodita esbozó una suave sonrisa al acabar, clavando su mirada en la de Anthea, cuyos latidos desbocados eran oídos hasta por sus hermanas. Estaba tan enrojecida como la flor que descansaba sobre su oreja y le temblaba el labio inferior.

No pudieron contenerla aquella vez y Anthea se arrodilló a los pies de Afrodita, con la cabeza casi hundida en el suelo.

—¡Señor Afrodita! —sollozó ella, con la cesta todavía en el suelo y volcando sin querer sus flores—. ¡Juro por lo más sagrado que no le fallaré! ¡Gracias, gracias, mil gracias!

Se asombraron al descubrir un leve rubor apareciendo en los pómulos del caballero de Piscis, que se acuclilló frente a ella.

—Vamos, vamos, tampoco es para tanto—Afrodita pareció querer estirar la mano para ayudarla a levantarse, mas un par de ojos plateados de entre las doncellas le advirtieron silenciosamente que no fuera más allá. Terminó por dirigirla hacia la cesta volcada, alzando una ceja—. ¿Y esto?

Anthea se aguantó las lágrimas y descansó sobre sus propios talones, abriendo la mirada al comprobar que Afrodita cogía su pequeño ramo de flores silvestres y lo observaba con delicadeza, estudiando las flores, sus colores y disposición, el trenzado que había hecho con los tallos.

—No son más que anémonas, pero quería agradecerle de alguna forma la ayuda que me dio cuando hicimos el peregrinaje. Si no llega a ser por usted quizás no estaría ahora aquí, y que vaya a tener el lujo de recibir más de su sabiduría me llena de dicha—el sonrojo de Anthea se profundizó, el temblor en su voz aminorándose hasta volverse firme—. La noche de nuestro recibimiento estaba tan nerviosa… Sin embargo, sentí su presencia en las flores que nos rodeaban y mis inquietudes se calmaron. Sé con certeza que no podría aspirar a nadie mejor que usted para guiarme.

Él asintió y se acercó el ramo al rostro, aspirando con suavidad su aroma y dejando escapar un suspiro satisfecho.

—Una flor hermosa que anhela ser amada, mas los vientos se las llevan de la tierra para que no conozcan amante. Otra ninfa ajusticiada a causa de celos y envidia por algo sobre lo que no tenía control, o quizás, nacidas de aquello mismo que las destruye… Quién sabe. Es un hermoso regalo, Anthea, y no importa cuán simple sea su origen o lo lujoso de su envoltorio: lo que le da su valor es el corazón puesto en ello. Gracias.

Afrodita se puso en pie con un movimiento fluido mientras Calíope se acercaba para ayudar a Anthea a levantarse. Vieron cómo el caballero se perdía por un instante tras uno de los arcos del patio y reaparecía con pequeño jarrón de cristal con agua: lo colocó en el centro de la mesita donde había estado momentos atrás y depositó en su interior el ramo.

—Me cuesta creer que nadie más haya sido apto de estudiar jardinería bajo su tutela, mi señor —comentó Calíope.

Afrodita agachó la vista y exhaló.

—Podría decirse que tengo uno, sí, que mata más plantas de las que cuida. Es un dolor de cabeza al que no sé por qué me someto.

—E—espero conocerlo pronto—titubeó Anthea.

Afrodita se echó a reír, un sonido hermoso y suave que acompañaba bien la profundidad de su voz.

—Oh, florecilla, créeme que no querrás. Pero con el tiempo que pasarás aquí terminarás viéndolo inevitablemente; hablando de lo cual, esperaba poder empezar mañana mismo. No tenemos tiempo que perder.

—¡Sí, cuando usted quiera! De hecho, hay algo que quería darle…

La cara redonda de Anthea se iluminó, su sonrisa tan radiante y los ojos brillosos tan sinceros que Afrodita casi pareció retroceder ante su fuerza.

—¿Vendrá esta noche a la cena? —le preguntó ella.

En cuestión de un segundo, con tan solo unas palabras, regresó la máscara de porcelana sobre las facciones de Afrodita, que se cruzó de brazos de vuelta y dio un paso atrás.

—Me temo que otros asuntos me atan a mi templo una noche más. Habría adorado poder acompañaros, pero otra vez será.

Anthea hundió los hombros.

—Hemos invitado al caballero de Orión—intervino Calíope. Afrodita le miró como si de repente recordase que no estaban solos él y Anthea para después alzar una fina ceja.

—¿A Saiph? ¿Para esta noche? —inquirió sin ocultar su tono de incredulidad.

Afrodita se llevó los dedos a los labios e hizo una mueca, apretándolos y rozando uno con otro. Un leve temblor apareció en sus comisuras. Se llevó la coleta a su hombro para jugar con sus propios rizos y les apartó la mirada, todavía aguantándose la risa.

—Lo conocimos esta mañana en el bosque. ¿Pasa algo con él?

—Oh, no, no es eso. Saiph es una persona bastante… particular, nada más. Os tendrá entretenidas, eso seguro, por muy difícil que sea conversar con él. Ya me contaréis como fue con él y el Patriarca.

Era obvio que había algo más detrás y que cierta oscuridad nublaba sus ojos a pesar de todo, pero encontraron inútil insistirle.

Tras quedar para el día siguiente con Anthea e indicarle qué debía traer, Afrodita las despidió con una floritura. Si Anthea iba horas atrás dando saltitos, ahora flotaba, y al llegar al templo y despedirse de los guardias, resolvieron que mantener una conversación con ella de momento era imposible.

Como ellas se habían ausentado, las demás doncellas seguirían cubriendo sus tareas de la mañana, dejando el templo vacío hasta que dieran las una. Anthea se tiró en su cama con un suspiro y los ojos cerrados, Galena se fue a la sala común a separar y categorizar lo que había conseguido y Melita y Calíope se dirigieron a la cocina.

Melita empezó lavando y cortando las partes innecesarias de los boletus mientras Calíope hacía lo mismo con las frutas del bosque. A Calíope le dio por mirar de reojo y se percató de una seta muy distinta a las demás, con el sombrero blanco y el tronco de un intenso rojo.

—¿Qué es eso?

—Nuestra arma secreta—respondió Melita, alzándola con un pañuelo en el aire y una sonrisa triunfal—. Boletus Satanas.

Las cejas de Calíope se alzaron tanto que la frente empezó a dolerle.

—Eso suena peligroso.

—Porque lo es—Melita envolvió con cuidado la seta y le hizo un nudo—. La guardaré al fondo de mi arcón. Te lo digo por si yo no puedo acceder a ella.

—Ibas completamente en serio antes.

—¡Por supuesto que sí! Y ya has visto que no es nada descabellado, una parte está hecha, Anthea y Afrodita se entienden.

Calíope fue a responderle sobre lo poco ético que era aprovecharse de los sentimientos de su hermana y la caballerosidad de Afrodita para sus propósitos, pero escucharon pasos, a Thalía resoplando y Briseida quejándose de su espalda, y ambas se callaron.

Thalía fue a acosarlas sin dejar de hacer preguntas, como si lo del día anterior no hubiera sucedido. Calíope no se vio con fuerzas de responderle nada, no cuando Hatria mandaba dagas de hielo con sus ojos desde el marco de la puerta.

Tras un almuerzo rápido, Melita se fue al templo principal a continuar con los preparativos de la comida, llevándose con ella a Briseida y Anthea. Galena se quedó en la cocina preparando un mejunje que no olía especialmente bien y que le daba dolor de cabeza, así que Calíope decidió encerrarse en los dormitorios para intentar componer.

Melita confiaba ciegamente en que sería capaz de sacar algo en las horas con las que contaban: Calíope, no tanto.

Había sonado hermoso en su arrebato la forma de describir el bosque, y pensó en su objetivo original, con la lira a un lado y pergamino en otra para apuntar, buscando la forma de realmente llevarle a Athena aquello que no deseaba o no se le permitía conocer.

Y así, las pocas ideas que pudiera tener se teñían de rojo.

Aire. Luz. Árboles, pájaros, flores, agua, vida.

Athena. Sangre. Arles. Lujuria.

Muerte.

Miedo.

Arrugó el tercer papel de la tarde y arrojó la bola contra la pared soltando un gruñido de exasperación. Se hundió los dedos en el cabello, en la piel, como si pudiera entrar en su propio cerebro y arrancarse todos esos pensamientos invasivos.

Como si pudiera arrancarse la conversación con Melita y el inminente peligro.

Si Arles lo era o no más allá de su reprochable actitud con ellas, estaba por ver: pero Melita era experta en encender la chispa de problemas que antes no existían y si se empecinaba con algo, no iba a parar hasta conseguirlo.

Cuando hasta rasgar las cuerdas de la lira se le hizo molesto, se puso en pie, estirándose como los gatos mientras salía al patio de la segunda planta. Todo estaba sumido en el silencio y el olor había desaparecido casi.

—¿Lena?

Nada.

Volvió a repetir el llamado sin éxito, asomándose por el barandal. Parecía que la habían dejado sola.

Se echó hacia atrás con un suspiro y su mirada se detuvo en la puerta que encabezaba el ala izquierda, franqueada por una diminuta pila de piedra que contenía agua purificada. Dio unos pasos y se acercó a ella, soltando un quejido ante el contacto con el agua fría: llevó a cabo la ablución lavando sus manos a conciencia y atravesó la puerta hacia la sala de culto a la diosa que allí tenían.

Modesta y austera, de paredes desnudas y velas poblando la estancia, su corazón era el altar con una miniatura tallada en piedra de Athena, cubierta por el peplos de las vírgenes, portando el libro con los preceptos de las doncellas en su mano derecha y con un búho sobre su hombro izquierdo. Su rostro inflexible pero gentil, diosa de la sabiduría y virgen entre aquellas paredes.

Calíope encendió las velas a sus pies y se colocó frente a ella, de pie, con los ojos abiertos, mirando al techo, a un cielo cubierto. Alzó ambos brazos por encima de su cabeza y respiró el silencio.

—Canto a Parthénos Athena, diosa virgen, de cuerpo inmaculado y ojos brillantes, custodia de las mujeres que no han sido manchadas por el deseo, que castigó con firmeza a todos aquellos que se atrevieron a contemplar su cuerpo y nos inculcó el pudor y la humildad. Ruego a tus pies y bajo los preceptos de las doncellas que comparten tu corazón puro que me llenes de tu saber, que alivies mi pesar y arrastres las tinieblas de mi corazón al Hades para que te pueda venerar. Te ruego que…

Un nudo se le hizo en la garganta. Cerró los ojos con fuerza.

—Te ruego que no dejes que las sombras te atrapen y que nos permitas traerte a la luz. Te ruego que-

No pudo contener el sollozo, ni la angustia constriñendo su pecho.

—No nos dejes solas, por favor.


Para las ocho ya se había bañado y acicalado, soltándose el pelo y haciéndose ondas con un cilindro caliente. Se puso un chitón verde claro que enganchó solo de un hombro, dejando el otro al descubierto. Cogió su lira por la correa, enhebrada por Anthea cuando era niña, y la transportó con cuidado asida por uno de sus brazos.

Sentía los ojos hinchados y el cuerpo pesado. Estaba agotada física y mentalmente después de ese día y lo único que deseaba era acurrucarse entre las sábanas y dormir.

En vez de ir directa al comedor del Patriarca, decidió que esperaría a Saiph al principio de las escaleras. El sol se escondía en el horizonte, tirando del manto oscuro de la noche de tal forma que, si alzaba la cabeza, podría ver el cuarto menguante de plata ocupando su posición poco a poco.

No tardó en ver el pelo verde oscuro de Saiph aparecer entre las empinadas escaleras y las rosas inactivas.

Le extrañó, eso sí, la cabeza rubia que iba un poco más adelantada que él.

Aparecieron así los dos hombres al poco. Calíope alzó una mano y la agitó con timidez, gesto que Saiph correspondió con más efusividad. El hombre rubio le obligó a bajar el brazo, sacando el suyo propio de una llamativa capa violeta.

—Estate quieto, ¿no has hecho ya suficiente? —le regañó, su voz grave mas melodiosa—. Hay que tener poca vergüenza para querer presentarte ante nuestro señor así.

Decir que estaba confusa era poco. Viéndolo más de cerca, el acompañante de Saiph le recordaba en cierta forma a Afrodita, con el pelo largo y rubio lleno de cuidadas ondas, sus iris aguamarina resguardados por largas pestañas más oscuras. Tenía un gesto burlón grabado en las cejas finas y los labios voluminosos, sobre los cuales estaba segura llevaba algún brillo coral. Bajo la capa portaba una reluciente armadura de plata sobre mallas rosas. Había tanto donde mirar que inevitablemente opacaba al sencillo Saiph, con su túnica en tonos tierras, pantalones negros y botas de cuero.

Al igual que le ocurrió con Afrodita, se quedó mirándolo con los labios entreabiertos. No había punto de comparación entre ambos, ni nada igualaría el momento en que, atardeciendo también, Afrodita le dejó sin respiración entre sus rosas y sonrisas, pero la belleza y el porte de aquel hombre eran indiscutibles.

Cuando estuvieron ante ella, el rubio emitió una risita autosuficiente.

—Oh, lo sé, lo sé, suelo causar esa impresión—hizo un gesto grácil con su mano para apartarse los mechones de la capa—. Soy Misty, caballero de plata de Lagarto.

Calíope parpadeó de nuevo y le sonrió con cortesía.

—Un placer conocerle, señor. Mi nombre es Calíope, doncella de Athena.

—¿Con que Calíope? —Misty se puso una mano en la cadera—. Este de aquí no supo decirme el nombre de nadie. Por tu pelo, voy a asumir que eres la que describió como un «zorro de ojos verdes».

Calíope pasó a mirar a Saiph, que tenía la vista perdida en el cielo y hacía como que silbaba. Solo había visto zorros en las ilustraciones de los libros, y no supo si ofenderse o encontrar como entrañable que la describiera así.

—Según él está invitado a cenar con vosotras y el Patriarca, lo cual, cuando me lo contó esta mañana, tomé con bastante escepticismo. Pero por tu reacción y el mero hecho de estar aquí parece que sí era cierto. Muchos caballeros van a perder dinero por esto, nadie apostó a favor suyo excepto yo, que me ofrecí a venir a corroborarlo. Se lo agradezco, señorita Calíope.

Saiph abrió y cerró la mano como si fuera una marioneta que no dejaba de hablar. Misty puso los ojos en blanco y soltó un pequeño bufido.

—Así es, yo misma le invité. Y ya que ha venido con él, le invito a que nos acompañe también. Sería descortés por mi parte dejarle marchar sin más.

Misty la recorrió con la mirada, estirando un poco más la comisura del labio que tenía alzada en una sonrisa ladina.

—Si insistes.

Los dos caballeros de plata le siguieron, Saiph sin dejar de mirar a su alrededor, aunque no parecía lo suficientemente asombrado como para decir que era la primera vez que veía más allá del salón principal donde el Patriarca recibía siempre sus visitas. Los tacones de las botas de metal de Misty hacían eco en los pasillos de piedra, su capa ondeando tras él e irrumpiendo en el espacio personal de Saiph, que en uno de sus despistes, casi pareció comerse una de las esquinas.

Los encontraron a todos en el amplio espacio que conectaba con la sala de guerra, una habitación cuadrada y blanca con columnas repartidas en su contorno. En el centro, con los otros dos arcos flanqueándola, había una cortina gigantesca con una cuerda de oro que pedía a gritos ser usada.

El casco del Patriarca se confundía con el carmesí de la cortina, y, aun así, seguía destacando entre todas las personas que le rodeaban, con su altura, con su porte, la túnica azul y la capa blanca enrollada en un brazo.

Él giró su rostro de metal hacia Calíope lentamente y el nudo que creía haber conseguido deshacer reapareció. Las manos empezaron a sudarle y la boca se le secó. La hostilidad oculta tras los falsos ojos rojos, la postura tiesa y los movimientos tensos eran difíciles de ocultar.

Agachó la mirada mientras Saiph y Misty hacían la reverencia de protocolo, hincando una rodilla en el suelo y agachando sus cabezas. Si detrás de la máscara Arles los miró, no podía saberlo, mas su rostro siguió apuntando en su dirección.

No escuchó el saludo que Misty le diera, ni la cháchara entre las demás doncellas. Se abrazó a sí misma con la piel ardiente, con las palabras que había intercambiado con Melita haciendo eco en ella, con su plan muy presente y evitando que pudiera volver a cruzarse con él sin querer salir huyendo. No reaccionó cuando Melita se le acercó con el ceño fruncido, confusa por la aparición de un segundo caballero de plata.

A pesar de estar en un lugar imponente y de techos imposibles, Calíope sentía que había sido encerrada en una caja de cerillas y que, en cualquier momento, Arles encendería la llama con la que todos terminarían asfixiándose.

Cuando tiraron de la cuerda y el cuadro fue revelado, el sonido de los aplausos y los halagos le ensordecieron tanto como náuseas le trajeron. Melita le pellizcó para que volviera aunque fuera un poco en sí, para disimular. Calíope le dedicó un aplauso vacío a su horrible e imponente cuadro. Una sirvienta pasó con una bandeja, ofreciendo vino. Arles tomó de su copa usual y Misty se sirvió en otra de oro más sencilla.

Calíope vio como Saiph cogía una, se la acercaba la nariz y la arrugaba con disgusto nada disimulado. Pensó que, si se enfocaba en observarlo a él durante un rato, su malestar desaparecería.

Melita había vuelto a la cocina para ir preparando el servicio en el comedor. Thalía dijo algo que hizo reír a todos menos a Saiph, que no lo entendió. El Patriarca continuó tan callado como ella estaba.

—Palidece comparado con la magnificencia de su persona, su ilustrísima—halagó Misty, haciendo girar la copa y el vino que tenía en su interior, ubicado a la derecha del Patriarca.

A su izquierda, Saiph imitó la postura de Misty, con la cadera ligeramente sacada a la izquierda, moviendo también su copa y asintiendo con los ojos cerrados a cada cosa que Misty dijera.

—Hmm—zumbó el Patriarca en voz alta.

—Ha capturado su grandeza con mucho detalle, eso sí. Se nota la experiencia del pintor en las pinceladas. ¿Cree que podría darme el contacto del artista? Llevo un tiempo queriendo hacerme un retrato para ponerlo en la sala común del cuartel…—Misty se mojó los labios con el vino y cerró los ojos, disfrutando de él.

Saiph bebió con no tanta mesura y empezó a toser. Misty se inclinó hacia delante para poder verlo con el ceño fruncido.

—Saiph, si solo vas a molestar, ¿por qué no te vas al comedor? Estamos teniendo una conversación de adultos aquí.

Esta vez fue Saiph el que rodó los ojos, volviendo a hacerle aquel gesto con la mano. Su superior le devolvió otro acompañado de un «shoo, shoo». Calíope pensó que, por mucho que tratase a Saiph como un niño ignorante, Misty era el que se encontraba haciendo el ridículo. Estaba monologando, no hablando, pues el Patriarca no le respondía a nada, tan solo apretaba cada vez más su copa.

Saiph dejó la bebida en una mesita y se le acercó con la cabeza ladeada. Calíope dio un repullo cuando estiró un dedo hacia el espacio entre sus cejas y presionó la arruga que empezaba a grabársele por el tiempo hasta que desapareció. Saiph le sonrió mostrando sus dientes, los colmillos ligeramente afilados, e hizo una floritura exagerada ante ellos dos mientras ponía cara solemne.

«¿Nos vamos?», entendió que dijo.

Calíope volvió a sonreír y asintió.

—Le sigo, señor Saiph.


Durante la cena, Misty y Thalía se disputaron el puesto de quién hablaba más. Anthea lo miraba con desconfianza, y en cierto momento de la noche, cuando Briseida le preguntó por qué esa reacción al hermoso caballero, Anthea replicó que aquel caballero no era más que una burda imitación del magnífico Afrodita de Piscis y además carecía de su saber estar.

Misty la ignoró, pero supieron que la había escuchado por la vena que se hinchó en su frente y el tic que apareció en sus párpados. El Patriarca debió escucharla también, pues hizo el primer gesto de la noche al apartar la máscara de metal de ellas. Los estuvo viendo comer, haciendo como si prestase atención de vez en cuando, sus manos entrelazadas ante él y los codos sobre la mesa.

Saiph se comió dos boles de sopa de setas y caldo de pollo con el pan casero como si llevara tiempo sin probar bocado. Misty le regañó sobre sus modales y en respuesta, Saiph se sentó lo más tieso que pudo, cogió la cuchara con el meñique levantado, y dio un minúsculo sorbito. Cuando se llevó la servilleta a los labios y le dio toquecitos para limpiarse al mismo tiempo que Misty, ellas estallaron en carcajadas y Misty se enrojeció de la ira.

En cierto momento, Saiph se señaló la cara, hizo como si se quitase algo y después apuntó con la barbilla al patriarca.

—No tengo apetito ahora mismo—habló por primera vez en la noche el Patriarca.

Melita y Calíope intercambiaron miradas. Saiph lo contempló con seriedad, como si con ello la máscara fuera a desaparecer de su rostro. Al poco, se puso a palmearse las piernas, como si buscase algo.

—¿Te has dejado las tizas en casa? Vaya, qué lástima—dijo Misty, claramente encantado con que no las tuviera.

—¿Tizas? —inquirió Galena.

—Oh, sí, siempre las lleva. Así es como suele comunicarse. Le encanta profanar tierra sacra para sus mensajitos.

—Mejor entonces, lo que nos faltaba, ¡intentar sacar la tiza de las paredes o el suelo! —se quejó Briseida.

—Podría ir a buscarte un papel y—

—Calíope.

Galena se mordió la lengua con la interrupción del Patriarca, su voz tan tranquila pero ronca que al instante las puso en estado de alerta. La nombrada dejó el trozo de la tarta de moras que iba a llevarse a la boca para mirarlo como un conejo asustado.

—Veo que Melita ha preparado una deliciosa cena que disfrutaré más tarde. Anthea ha decorado exquisitamente el salón y Galena ha preparado un remedio para mi pintor, que sufría de mareos por la pintura. ¿Tú a qué te has dedicado, si puede saberse, además de invitar a gente a mi templo sin consultármelo?

Calíope palideció, así como Misty, que le dedicó la mirada de alguien que iba a ser ejecutado por culpa de otro. Melita empezó a levantarse, dispuesta a defenderla, pero bajo la mesa, Calíope le apretó la mano para que se estuviera quieta.

—¿Cómo fue lo que dijiste ayer, exactamente? ¿Qué le traerías a Athena aquello que llevaba sin disfrutar tanto tiempo, la canción del bosque?

Apretó los puños sobre la mesa y agachó la barbilla. Melita se inclinó hacia ella, empujando con suavidad su pierna.

—Vamos, Callie, toca lo que has compuesto.

Hincó sus uñas en la palma de las manos.

—¿Y bien? ¿A qué esperas para tocarla? ¿O para eso sí necesitas mi permiso?—apremió Arles, perdiendo cada vez más cualquier rastro de temple en su voz.

El ambiente se volvió sofocante, cargado con la hostilidad del Gran Patriarca que tanto estaba abandonando sus modales para con sus invitados. Arles se echó hacia atrás en su asiento, con los brazos sobre el pecho y las piernas cruzadas. Meneó el pie que asomaba con impaciencia.

—No tengo nada que ofrecerle ni a usted ni a Athena, su ilustrísima—dijo al fin Calíope, su voz diminuta y trémula—. Y no creí que invitar a los caballeros sería un problema para usted, pensé que…

Melita frunció el ceño, así como sus hermanas. Thalía, que había estado distraída trazando círculos en el filo de una copa, alzó la vista hacia ella con el ceño fruncido y los labios tensos.

¡Maldición! No necesito que me mires con lástima. Seguro que en el fondo lo está disfrutando.

Arles se incorporó con la lentitud de un depredador acechando a su presa.

—Piensas solo para lo que te complace, doncella insolente. Voy a tener que enseñarte cuál es tu—

Briseida se puso en pie de golpe, arrastrando la silla tanto que chirrió hasta un punto doloroso, provocando un sobresalto en la mayoría y que tanto Galena como Saiph se cubrieran los oídos por instinto.

—Creo que será mejor que demos la velada por terminada o nos comeremos su cena también, Patriarca.

Su tono ligero lo distrajo lo suficiente como para aliviar la presión sobre Calíope, que se levantó como un resorte de su asiento y salió a zancadas del comedor, sin mirar atrás, con las lágrimas quemando sus ojos, sin prestar atención a quienes clamaban su nombre.

Cuando alcanzó el exterior, tomó una bocanada de aire y apoyó su frente contra las columnas, su pecho subiendo y bajando agitado.

La única cosa para la que era buena y no había podido hacerla.

¿Los había decepcionado, a Athena y al Patriarca, con su inutilidad, con su falta de modales en un acto que ella creía había sido cortés?

La imagen que Shion y Dionne habían construido para ella del Santuario se resquebrajó: aquello no era un nuevo hogar. No estaban a salvo, y hasta la propia Athena se ocultaba en su interior ante los peligros que los acechaban.

Alzó la vista hacia la luna de plata que la observaba.

Sintió una presencia, cálida y familiar, acercándose con pasos cautelosos.

—Calíope.

La voz de Melita, llena de pesar, de preocupación; sus ojos, reflejos de luz de luna, diciéndole aquello que no se atrevía a pronunciar.

Bajo el manto estrellado y bañadas en plata, Calíope le prometió a su hermana que la acompañaría en su cruzada.


Y con esto cerramos del todo el primer arco introductorio, espero que no se haya hecho pesado.

A partir de aquí, veremos a las doncellas maquinar y relacionarse más con los dorados en aras de conseguir apoyo para "rescatar" a Athena. El desagrado hacia Arles va en aumento, mientras Afrodita es cada vez más simpeado (?), y con motivo. Por cierto, si habéis leído Episodio G Assassin, sabréis quién es su mata flores.

Siento mucho el retraso, regresé a clases y me atasque editando este capítulo: agradezco muchísimo a todos los que léeis, ¡ya son casi 100 lecturas y aun no me lo creo!

Nos vemos la próxima vez con un capítulo algo especial...

Interludio I, Nacido de un deseo.