Acto II: La compañía
Capítulo 5
La pequeña compañía de tres hobbits, un hombre y una mujer siguió su viaje, caminando durante casi tres días más. Tras la marcha de Frodo, el desánimo y el temor los embargó a todos, pensando en todo momento cual habría sido el sino de sus amigos. Cuando, finalmente, avistaron a lo lejos la ciudad, sus corazones latieron en sincronía y un alivió común les invadió.
A su llegada fueron recibidos por varios sirvientes de Elrond. Los hobbits fueron enviados a sus aposentos, dispuestos ya varios días atrás a la espera de su llegada. Sam no paraba de preguntar por su Señor, sobre su paradero y salud, y para alivio de todos los sirvientes les contestaron que el señor Bolsón había llegado un día atrás, que ya había sido curado de todo mal y que en aquellos instantes reposaba para recuperar todas sus fuerzas.
Sam, Merry y Pippin no dudaron en ir a sus alcobas, para descansar al fin en una cómoda cama y no a la intemperie. Sin embargo, a Blyana y a Aragorn les hicieron saber que Lord Elrond les esperaba.
Se despidieron de los hobbits y, siguiendo a Lindir, el mayordomo de Elrond, se encaminaron hacia donde les esperaban. Rivendel se trataba de una sencilla ciudad oculta en medio de un valle, situada sobre un peñasco, con el río deslizándose bajo él y múltiples cascadas y afluentes formando parte de la ciudad. La Casa de Elrond siempre se había considerado un refugio para aquellos que lo necesitaban, un lugar donde rebosaba y se inculcaba la sabiduría, muchos elfos y Dúnedain habían habitado en sus salas, amantes de la música y el conocimiento, de las largas conversaciones y la buena poesía, el aullar de la naturaleza y el aire puro de la libertad. Ambos, mujer y hombre, habían sido parte de aquellos afortunados que podían considerar Rivendel su hogar; y al Señor de la casa su amigo.
Lindir los conducía por los impecables pasillos, de escasas paredes y grandes terrazas, altas puertas acabadas en arcos, con la hojarasca descansando en los suelos y las enredaderas vistiendo las sencillas columnas. Grandes tapices que relataban historias de épocas antiguas, olvidadas por los mortales pero muy vívidas para los elfos, esculturas de grandes guerreros convertían la casa en un recuerdo y una oblación a los Valar. Vastos jardines que se extendían, altos riscos de piedra que protegían la ciudad, sencillos senderos que no agredían la belleza de lo salvaje.
Ninguno de los dos sintió que se perdía entre los complejos caminos que trazaban los elfos, al contrario que tiempo atrás en las Estancias de Thranduil. Allí, sin embargo, sentían como sus pies se movían ligeros y sin vacile, conociendo cada roca que pisaban. Largo tiempo de sus vidas habían pasado entre esos muros y el sentirse como en casa les permitió, por primera vez en mucho tiempo, bajar la guardia.
Finalmente llegaron ante una sencilla puerta de madera de roble, con un pomo de plata y unos decorados de acabado refinado. El mayordomo tocó con dos suaves golpes contra la madera y, tras unos segundos, oyeron la amortiguada voz de otro elfo.
—Adelante.
Lindir abrió la puerta y, entrando él primero, los presentó.
—Mi señor, Estel y Amarië han llegado— desde su posición en el umbral de la puerta, los dos entrevieron como una figura salía de detrás de unas ligeras telas que separaban el balcón de la estancia.
Se trataba de un elfo adulto, de largo cabello azabache, recogido ligeramente por las sienes, y con una delicada tiara rodeando su cabeza. Vestía ropas cómodas pero elegantes, de colores rotos y grisáceos. Era de una gran altura y su porte le dotaba de cierto grado de intimidación, el cual él nunca ejercía a menos que la situación lo ameritase. Sus ojos, de una mezcla entre plata y tormenta, se hallaban opacados por el paso de las edades, sin embargo su piel seguía tersa y sin signo de haber envejecido, o de poseer más de seis mil años. Aun así, la sonrisa que les dedicó estaba cargada de respeto y afecto, muestra de su relación.
—Que pasen, Lindir, y que nadie nos interrumpa.
El elfo mayordomo se inclinó de nuevo, en una última reverencia, y salió tras invitarles a pasar.
Aragorn y Blyana caminaron hasta quedar frente al Señor de la Casa y, en signo de respeto, hicieron el saludo protocolario.
—Heru en amin (Mi señor)— levantándose la primera, Blyana sonrió con los ojos brillantes. Hacía demasiados años que no veía al elfo, en su afán por viajar y su gusto por las tierras del sur, pero ahora que lo tenía frente a ella, sintió como todo ese tiempo se evaporaba. Elrond la cogió las manos y las besó. —Anor sila lummen omentilmo (El sol brilla a la hora de nuestro encuentro)
—Es un placer verte de nuevo, Hiril vuin (Querida mía). Largo tiempo hacía de tu última visita. Lástima que este encuentro se deba a tan oscuros asuntos— Elrond estrechó una última vez las manos de la joven y luego pasó a saludar al montaraz.
—También es un placer volver a veros, Aragorn.
El elfo los miró a ambos por unos segundos, y luego se dio la vuelta para encaminarse a la terraza de la estancia, con ellos siguiendo sus pasos.
—Os he hecho venir nada más llegar porque considero que muchas de vuestras preguntas han de ser respondidas, y una explicación se os amerita. Como bien habéis averiguado estos días, el Anillo Único ha sido hallado. Gandalf descubrió hace poco tiempo que este estaba en manos de un hobbit de la Comarca, un amigo suyo, y le urgió a que lo sacara de allí puesto que se había visto comprometido.
—¿Cómo ha podido ser eso posible? ¿Acaso alguien más sabía del paradero de ese anillo mientras ni siquiera Gandalf era consciente? — perpleja, la mujer formuló incrédula su incertidumbre. Tenía muchas preguntas, y no pensaba dejar aquella habitación sin que todas ellas fueran resueltas. A su vez, Aragorn asentía, acorde con la muchacha. A pesar de que Gandalf le había pedido que acompañara a Frodo, este nunca entró en detalles y él, como siempre, prefirió no preguntar.
—Parece ser que el antiguo poseedor del anillo conocía la identidad del señor Bolsón, y cuando fue capturado por las fuerzas de Sauron no tardaron en conseguir la información que necesitaban. Desde ese entonces los Nueve peinan todos los caminos de la Tierra Media en busca del anillo para llevarlo ante su Señor.
El sol del mediodía deslumbraba en lo alto, calentando apenas. El otoño infundía sus bajas temperaturas y sus vientos helados, a pesar de no haber nieve o lluvia aún. Los árboles se mantenían en completa quietud, desnudos, sin ninguna hoja que diera la sensación de mecerlos al compás de la brisa. El chocar del agua entre los riscos acompañaba el cántico de los ruiseñores.
—¿Quién era?
Elrond dejó de contemplar el paisaje y la miró a ella.
—¿Quién era quién?
—El anterior portador del anillo— aclaró.
—La criatura Gollum.
Dos mandíbulas se desencajaron a la vez. ¿La criatura Gollum? El ámbar y el gris chocaron, quedando el montaraz y la mestiza mirándose el uno al otro con absoluto asombro. Aquello no podía ser casualidad.
—¿No tendrá acaso esto que ver con que Gandalf nos enviara en su búsqueda año y medio atrás? —por primera vez, Aragorn intervino. Elrond asintió.
—Cuando Gandalf descubrió que las fuerzas de Sauron habían apresado a la criatura, y que luego esta había escapado, creyó conveniente averiguar qué información era la que precisaban de él, y si tenía algo que ver con la identidad del señor Bolsón. Cuando lo apresasteis fue interrogado en las Estancias y allí confesó todo. Fue ahí cuando Gandalf aconsejó al hobbit que saliera de la Comarca y viniera aquí. Además, hemos tomado la decisión de celebrar un concilio para decidir el destino de dicho anillo, con representantes de todas las razas, con la esperanza de hallar una solución.
La castaña escuchaba con atención las palabras del elfo. Le resultaba difícil creer que el Anillo Único estaba ahora en sus manos, en vez de perdido en el mar como se creía. Todo aquello eran malas noticias. Terribles.
—¿Un concilio, mi Señor?
—Así es, Aragorn. Envié a mis hijos y a varios emisarios a lo largo de la Tierra Media para informar sobre él a aquellos que deben pertenecer a él. Por dicha razón Amarië se halla aquí— la mujer asintió, confirmando las palabras del Señor de la Casa. —Por supuesto tú también estás invitado a él. Estoy seguro de que vuestra presencia será necesaria.
—¿Y qué hay de Frodo? Nos han dicho que llegó a tiempo, pero no mucho más.
—El señor Frodo se halla ahora en sus aposentos, curado parcialmente de su herida, pero vivo a fin de cuentas. Un peligroso camino ha recorrido hasta llegar aquí— reconoció el elfo. —Sin embargo, a nuestro pesar, un camino todavía más lóbrego nos espera a todos desde este instante.
Sus palabras estaban cargadas de verdad. La presencia de ese anillo solo traía desgracias. Y ahora estaba en sus destinos determinar su fortuna.
—Pero no habéis de preocuparos ahora. Id a descansar, vuestros rostros muestran cansancio. Mañana ya hablaremos más tendido sobre esto— aconsejó, luego del largo silencio que había acontecido tras su auspicio. —Vuestros aposentos se hallan en el ala este de invitados. Cuando lleguéis os harán saber cuál os pertenece.
Dando por finalizada la conversación, Elrond se despidió de ellos con una inclinación y una sonrisa cordial. De forma recíproca, ambos hicieron una sutil reverencia y salieron de la estancia. Al otro lado de la puerta nada los esperaba más que silencio, al igual que en sus aposentos.
—No negaré que dejarme llevar por el sueño es lo que más deseo ahora— habiendo retomado el camino de vuelta, Aragorn habló. —Sin embargo, tras tales confesiones no creo poder hallar la paz suficiente para descansar— confesó.
Ambos caminaban a la par por los pasillos, con nadie en mucha distancia.
—Temo lo mismo— coincidió ella. — ¿Quién nos hubiera dicho que nuestra búsqueda de la criatura tendría un fin tan oscuro?
—Jamás lo hubiéramos previsto.
—Legolas tampoco parecía conocer la razón del interés por la criatura, ¿crees que ahora la conoce?
A paso firme, ninguno se detuvo. Aragorn bajó la cabeza y la miró.
—Lo desconozco.
Blyana apartó la mirada y no le quedó otra opción que mirar al frente.
—Esperemos que los Valar estén de nuestra parte, y que el asunto del anillo se resuelva para beneficio de los Pueblos Libres— fue lo único que se sintió con fuerzas para decir.
§
Al contrario de lo que habían previsto, y en contra de sus angustiantes pensamientos sobre el destino de la Tierra Media, ambos pudieron dormir esa noche. Las largas noches de guardia sin apenas descanso y las interminables caminatas ayudaron a que cayeran nada más tocar sus cabezas la almohada.
La mañana del día siguiente se presentó soleada. La tarde anterior, dedicada a descansar y sin salir de sus aposentos, fue de lo más tranquila.
Cuando Blyana se dispuso para ir a desayunar se encontró con los primos, Pippin y Merry, que venían de visitar a Frodo. Ella les invitó a comer con ella, y ellos aceptaron encantados, a pesar de haber comido ya antes de ver a su amigo. La mujer no pudo evitar la carcajada al ver la cara de desconcierto de los sirvientes al ver como los dos pequeños hobbits volvían a engullir otro desayuno habiendo comido apenas una hora atrás.
Estos le informaron que Frodo aún no había despertado, pero que tenían la esperanza de que lo hiciera pronto. Ella tenía planeado ir a ver al hobbit, pero no impidió que sus nuevos amigos le contaran sobre su estado. Para su alegría, el desayuno en compañía de Pippin y Merry fue de lo más entretenido. A los dos les encantaba hablar, y su especialidad era contar inverosímiles historias que tenían a ellos dos como protagonistas: los robos en el huerto de Maggot, aquella vez que consiguieron robar un fuego de artificio a Gandalf, sus trifulcas con un árbol que intentó engullirlos en el Bosque Viejo en su camino a Rivendel y un sinfín más de aventuras en su día a día.
Tras su amena charla, los hobbits la invitaron ahora a ella a acompañarlos en su paseo por los dominios de Elrond, puesto que el día anterior no habían podido hacerlo. En cambio, ella se vio rechazando su invitación y alegando que pensaba visitar a Frodo. Aun así les prometió que cuando acabase, y si ellos seguían recorriendo los terrenos, encantada les enseñaría los lugares más bellos de Rivendel. Satisfechos con la respuesta, los hobbits salieron silbando del salón.
Blyana agradeció a los sirvientes y se levantó de la mesa, emprendiendo así el camino hacia la habitación de Frodo. Esa mañana había dejado de lado sus desgastadas ropas de viaje y se había vestido acorde a donde se hallaba, con un delicado pero sencillo vestido de tela verde quebrado. Sentía el ondear de la liviana tela a cada paso, el vaivén de los rizos cayendo por su espalda, sueltos ese día y sin ninguna trenza que los apresase y, sobre su cuello, el frío metal de su inseparable collar, brillante como siempre. El impacto de sus zapatos contra el suelo era apenas nulo, gracias a su agilidad propia de los elfos.
Cuando llegó a la alcoba la puerta estaba abierta. Dudando en un principio, asomó sólo la cabeza para comprobar si había alguien, pero no había nadie a excepción del propio Frodo.
Se adentró a la habitación.
La luz entraba por la ventana que había sobre la cama, iluminando toda la estancia. El blanco de las sábanas resplandecía a causa de ello. En ella, Frodo descansaba, con el rostro sereno e imperturbable. Sus rizos oscuros caían sobre la almohada y sus negras pestañas destacaban sobre su pálida piel. Bajo sus párpados, veía el revolotear de sus ojos, sin llegar a abrirse, inquietos en su sueño.
Blyana no pudo evitar sentir cierta culpa, cierta desazón. Frodo había estado a punto de morir por una causa que ni siquiera era la suya. Había sido el egoísmo del hombre y el ansia de poder lo que los había llevado a esto. E incluso, si nos remontábamos más atrás, la maldad y corrupción de cierto Maiar. Sin embargo, ella no era estúpida. No culpaba a todos los hombres por ello, como otros hacían. Había vivido lo suficiente como para saber que había tanto luz como oscuridad en cada individuo, siendo él y sólo él el precursor de su naturaleza. Por ello le dolía ver como un hobbit, seres de inconcebible naturaleza oscura, había sufrido las consecuencias.
Otras de sus más recientes inquietudes salieron a flote al vislumbrar cierto destello dorado del cuello del hobbit. Un nudo se formó en su garganta. El Anillo Único había sido hallado, y Sauron lo sabía.
¿Qué significaría entonces aquello? ¿Qué fatalidades entrañaría? Ahora que se sabía la verdad, Sauron no descansaría hasta ver el anillo en sus manos. ¿Qué sería del destino de la Tierra Media? Los elfos partían de los Puertos Grises hacia las Tierras Imperecederas para no volver jamás, los enanos pocas veces se veían inmersos en estos tipos de contiendas, a menos que les afectara directamente, como ocurrió años atrás en la recuperación de Érebor. Por otro lado, los hombres hacía tiempo que se habían acomodado en sus reinos, dejando de lado las viejas alianzas y centrándose más es sus propias fronteras. Difícil resultaba poner a todas las razas de acuerdo en tiempos de paz, por lo que Blyana estaba segura de que esta vez resultaría menos sencillo.
No supo con exactitud cuanto tiempo estuvo mirando a Frodo, pero su atención se acabó desviando cuando sintió una presencia tras su espalda.
—Ha tenido mucha suerte de sobrevivir— la grave pero afable voz de Gandalf la obligó a girar el rostro y encararle. Se hallaba apoyado en el marco de la puerta, vistiendo sus usuales ropajes grises, aunque no tan desgastados, y sosteniendo su vara. La miraba con ojos brillantes, divertidos, y podía vislumbrar en ellos que se alegraba de verla.
No pudo evitar que las comisuras de sus labios hilvanasen una sonrisa.
—Yo también me alegro de verte, Gandalf.
Dejando la habitación, puesto que ninguno deseaba importunar el sueño del joven hobbit, ambos iniciaron un lento paseo por los terrenos de la Casa de Elrond. La mañana era espléndida, con el sol en lo alto y los pájaros cantando. Una mañana propicia para la celebración y la diversión, pero no para las preocupaciones y las desavenencias.
—¿Tú sabías de esto, cierto? De que el anillo podía no estar perdido como todos pensábamos.
Dos pobladas cejas canosas se irguieron.
—Directa como siempre, querida. Pero sí, me temo que lo sospechaba— asintió.
—¿Y cómo lo supiste? ¿Y cómo llegó ese anillo a manos de Frodo? Por lo que tengo entendido, su antiguo portador fue la criatura Gollum, y esta lleva encerrada más de un año en el Bosque Negro.
—El anillo llegó a manos de Frodo hace poco, pero más del que tú estimas. También parece ser que malinterpretaste la información de Elrond, aunque por una causa justificada. Frodo heredó el anillo de su tío, aquel que se lo robó a Gollum más de sesenta años atrás en las Montañas Nubladas, en la guarida de los trasgos.
Blyana se detuvo por unos instantes, analizando la información.
—Elrond dijo que el anillo perteneció al señor Frodo, no mencionó nada de otro portador— dijo, sintiéndose perdida.
—Antes de llegar a sus manos, se encontraba en las de su tío.
—¿Su tío?
—Así es— reconoció el mago. —El tío de Frodo partió de la Comarca en una misión, en compañía de trece enanos, y en su viaje se topó con el único objeto de la Tierra Media que podía cambiar el curso de la historia.
Los ojos de la joven se abrieron, sorprendidos e incrédulos.
—¿Me estás queriendo decir que el tío de Frodo es...?
Gandalf soltó una risotada, divertido por las expresiones de la joven.
—Bilbo Bolsón— concedió.
—¿Y Bilbo encontró a la criatura y se quedó el anillo? ¿Entonces el anillo lleva escondido en la comarca más de sesenta años? ¿Y tú no te habías percatado? —la incredulidad de la castaña era evidente.
—En mi defensa he de decir que cuando me mostró el anillo no tenía las runas grabadas. Parecía un simple anillo de poder más. Pensé que sería uno de los anillos perdidos de los enanos. No le di verdadera importancia, es cierto, y a causa de mi ineptitud nos hemos visto envueltos todos ahora.
Blyana lo miró con intensidad y, tras unos segundos de silencio, intervino.
—No es en verdad tu culpa, no cargues sobre tus hombros un peso que no te pertenece— le justificó. —Si tuviéramos que buscar culpables para esta situación, me temo que tendríamos que remontarnos más allá en el tiempo.
Incitados por ella, retomaron la marcha.
—De modo que nuestro intrépido Bilbo encontró el anillo. Y la criatura conocía su identidad, por ello Sauron pudo encontrarlo. Pero para ese entonces el anillo pertenecía a otra persona, ¿me equivoco?
—En absoluto.
—Los Nueve fueron enviados en su búsqueda y Frodo se vio en la situación de tener que huir. Por ello le pediste a Aragorn que lo esperara en Bree ¿no? Para que lo protegiera.
Gandalf asintió.
—Aragorn me dijo que también te esperaban a ti, pero que nunca apareciste. ¿Puedo preguntar por qué razón? No es algo propio de ti faltar a tus promesas.
Llegaron al final del camino que habían estado siguiendo, desembocando en un balcón con varios divanes donde poder disfrutar de la imagen de las cascadas descender por los riscos de piedra que defendían el valle. En la orilla, varios metros más abajo, el bosque se abría paso.
Gandalf se sentó en uno de los divanes, ahora con el ceño fruncido. Parecía molesto.
—Tras averiguar dónde se encontraba el anillo fui a ver a Saruman para pedirle guía y consejo. Sin embargo, una vez allí me encontré con algo que jamás esperé ver.
—¿Su consentimiento, tal vez? Ambos sabemos que Saruman es bastante reacio a aceptar las opiniones ajenas, Gandalf. Todavía no comprendo cómo puedes seguir escuchándole— bufó la mujer.
—Es el jefe de mi orden, y un sabio mago, aunque tú no lo consideres así. O por lo menos así era antaño.
Los iris ámbar de la castaña buscaron, de repente, ávidos los azules del mago. Blyana conocía a Gandalf desde que era una niña. Esta no era la primera vez que la joven mostraba su desacuerdo con el mago Blanco, pero sí la primera vez que Gandalf no lo defendía en tiempo presente. Las alarmas estallaron en ella.
—¿Qué sucedió Gandalf? —interrogó la mujer. —¿Por qué hablas ahora en pasado?
El mago titubeó. En un desesperado intento por calmar sus pensamientos, sacó de entre su túnica su larga pipa de madera. La encendió de forma aparentemente calma y dio una primera calada, dejando escapar después el humo de forma consciente.
—Saruman nos ha traicionado— confesó, al fin.
El pánico la inundó.
—¿Traicionado? ¡¿Cómo?!
—En sus manos posee un Palantir, y con él Sauron lo ha persuadido para unirse a él.
Blyana había quedado enmudecida. Jamás se hubiera esperado algo como aquello. Cierto era que el mago Blanco nunca había sido hombre de su devoción, pero era consciente del gran poder que poseía y que, a su forma cerrada de mentes, se preocupaba por el destino de la Tierra Media. Sin embargo, ahora...
—Eso es...
—Yo tampoco era capaz de creerlo, pero sí. Ha ocurrido.
—Entonces las cosas están más complicadas de lo que creíamos— anunció, sintiendo como el sentimiento de angustia que la acompañaba desde el día anterior se multiplicaba.
—Eso me temo— fue la simple respuesta del mago.
Tras eso se quedaron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos, a cada cual más oscuros.
—¿Sabe Elrond de esto? —reanudó, tiempo después, la conversación.
—Le informé nada más llegar a Rivendel. Mi viaje se retrasó. Saruman no era muy reacio a que yo me fuera.
—¿Cómo conseguiste escapar?
Una pequeña pero perceptible sonrisa se dibujó en los labios del mago, como si se deleitara con un pensamiento. Intentó esconderla llevándose la pipa a la boca.
—Con ayuda de una buena amiga, por su puesto.
No conforme con su críptica respuesta, la joven fue a rebatir. Sin embargo, en el último momento, se calló. Si Gandalf no decía algo tendría sus razones. De modo que solo asintió.
—Me alegro entonces de que lo consiguieras— dijo, con completa sinceridad. Luego, cambió su semblante y una comisura se elevó, pícara. —Me sorprende que Saruman te tuviera retenido por tanto tiempo. Debe mostrar una gran resistencia a tu conversación.
Lejos de sentirse ofendido ante la burla, el mago la miró con intención.
—Algunos saben apreciar mi sabiduría.
La mujer sonrió y negó divertida.
—¿Qué sabes entonces del concilio que ha convocado Elrond? —cambió de tema.
—Lo mismo que tú, puesto que no hay mucho más que saber. Varios representantes de las distintas razas de la Tierra Media han sido convocados para decidir el destino del anillo.
Reacia, Blyana sopesó por unos instantes sus temores.
—¿Crees que algo bueno pueda salir de esto? —expresó, finalmente. Gandalf posó su mirada en el paisaje ante ellos.
—Tus temores son justificados, y mentiría si te dijera que no rondan también mis pensamientos. Pero mi corazón me ruega por esperanza, y creo que está en lo cierto. Ten fe, querida.
—¿Sabes acaso quienes ha considerado Elrond como candidatos y han sido convocados?
—Bueno, por lo que tengo entendido envió emisarios al reino de Gondor, puesto que por su cercanía les conviene saber dicha información; a Lorien, pero no han enviado representante puesto que sabían que tú acudirías también a pedido de Elrond. Varios emisarios se repartieron hacia los reinos enanos, pero desconozco si vendrán. No suelen inmiscuirse en aquellos asuntos que no les atañe. Y también avisó a Thranduil, como gobernante del Bosque Negro y por su cercanía a las tierras de Dol Guldur. Sin embargo, desconozco quienes acudirán al llamado y quienes no. Pero eso no está ya en nuestras manos, Blyana, sino en sus voluntades.
Ella no supo que contestar.
—Esperemos entonces que estas no fallen.
§
Era de noche.
La luna no se veía en el firmamento y una espesa capa de nubes cubría el cielo estrellado. Aun así, Blyana observaba desde la distancia.
La Sala del Fuego estaba vacía, privada de cualquier sonido o diversión, como acostumbraba en los días de fiesta. A Blyana le resultaba acogedora, a pesar del pesado silencio que la envolvía, y siempre disfrutaba de ella cuando necesitaba pensar, o simplemente no hacerlo.
Los invitados al concilio iban llegando con el paso de los días y Frodo seguía sin despertar.
Hasta el momento sólo habían llegado el representante de Gondor, Boromir hijo de Denethor, tres enanos representantes de las Montañas Azules, a los cuales todavía no había tenido el placer de conocer, y dos enanos del reino de Érebor, a quienes tampoco había visto. Además, varios de los emisarios enviados por Elrond también habían regresado.
Sin embargo, poco tenían que ver los invitados con lo que aquejaba a la mujer. No. Eran un anillo y el destino de la Tierra Media lo que la mantenían en dicho estado de absorción y preocupación.
El silencio de la sala la ayudaba a pensar, pero con el paso de los minutos dichos pensamientos solo conseguían abrumar cada vez más a la joven, abstrayéndola de toda realidad. Fue por ello por lo que no se inmutó ante la intrusión de dos presencias en la habitación.
—¡Oh!
La exclamación de uno de los intrusos consiguió hacerla reaccionar, sorprendiéndola.
Al fondo de la sala, lejos de ella y ocultos en la oscuridad, la mujer distinguió dos figuras junto a la puerta. Una de ellas era alta y la otra mucho más pequeña, como si de un niño se tratase. Uno de ellos carraspeó.
—Lo lamento mucho, señorita. Mi compañero y yo veníamos en busca de inspiración. Compongo poesía, ¿sabe? Esta sala me ayuda dejar fluir mi imaginación, pero no esperábamos que hubiera nadie en ella. De nuevo me disculpo por la interrupción— se trataba de una voz desgastada por los años, mayor, pero no menos vivaracha que la de cualquier joven lleno de vida.
Viendo como los intrusos hacían el amago de irse, ella los detuvo.
—¡Esperen! —ante su llamado, se detuvieron. —No tienen por qué irse. No han interrumpido nada. Demasiado tiempo he pasado a solas con mis pensamientos, creo que ya es hora de que descanse de ellos. Quédense, por favor. ¿Les importaría si me les uniera y escuchara su poesía?
Ante su propuesta, Blyana no supo que esperar. Cierto era que se le hacía todo un respiro dejar de lado esas angustiantes inquietudes y centrar su atención en cualquier otra actividad. Y qué mejor que la poesía y el relato de historias para ello.
Pareció que su propuesta agradó a los intrusos, puesto que cerraron la puerta tras su espalda y se acercaron a ella. La figura pequeña andaba como si estuviera dando pequeños saltitos.
—¡Por supuesto que no! Siempre es bienvenido todo aquel que desee deleitarse con una buena historia.
Ya habiendo llegado ante ella, y con la escasa luz de los farolillos del exterior alumbrando la ventana, Blyana al fin descubrió la identidad de los desconocidos. Y cuál fue su sorpresa al encontrar lo primero el sonriente rostro de cierto montaraz. Abrió los ojos.
—¡Aragorn, apenas te había reconocido!
El hombre la sonrió con la mirada, un rasgo muy característico suyo.
—No has de preocuparte— desestimó. —Déjame que te presente a mi amigo, el Señor Bolsón— declaró, después, señalándole la pequeña figura que lo acompañaba. Sin poder evitarlo, los ojos de la mujer bajaron raudos hasta el compañero de Aragorn, llevándose una inesperada y grata sorpresa.
Se trataba de un hobbit anciano, de rostro arrugado pero afable. Sus rizos canosos formaban una maraña de pelo y vestía un traje parecido al de sus nuevos amigos. Su mirada estaba clavada en la de ella, y pudo distinguir unos familiares ojos castaños que brillaban ávidos de sabiduría y aventura. Unos ojos, que no era la primera vez que contemplaba.
—¿Bilbo?
Todavía sin dar crédito, la mujer se agachó hasta quedar a la altura del hobbit, analizándole. Aquello era imposible. Ese hobbit no podía tener más de ¿noventa? ¿noventa y cinco años? Bilbo debía ser mucho mayor. Sin embargo, esos ojos y ese movimiento de nariz eran tan únicos como él.
—Así es, mi bella dama. Por un momento pensé que no me reconocerías— bromeó el hobbit, soltando una sonora carcajada.
—Pero... es imposible. Tú... —ante su estupefacción, el hobbit pareció sentirse orgulloso. Se llevó los dedos índice y pulgar a los bolsillos del chaleco y se balanceó en los talones, con una sonrisa bailando en sus labios. Por unos instantes, Blyana entrevió a ese joven e intrépido hobbit que vagaba por la Tierra Media viviendo la aventura de su vida. —Oh, qué más da. ¡Es una alegría volver a verte!
Tomándolo desprevenido, la mujer lo abrazó con cariño. Él le devolvió la muestra de cariño en igual medida.
—Desconocía que estuvieras aquí en Rivendel. ¡De haberlo sabido te hubiera visitado!
—Llevo ya varios años viviendo aquí. La hospitalidad y cortesía de Lord Elrond me han permitido pasar mis últimos años entre estos bellos muros, rodeado de paz y tranquilidad— Bilbo sonrió. Justo en ese instante, e interrumpiéndolos a todos, dos pequeños individuos entraron en la sala como un huracán. Se trataban de Pippin y Merry.
—¡Señor Bilbo! —gritó entusiasta uno de ellos.
—¡Ya nos encontramos listos para una de sus intrépidas aventuras! —gritó el otro.
El anciano Bilbo dejó escapar un suspiro.
—Una paz y tranquilidad que, como podrá ver mi querida Blyana, me era difícil hallar en la comarca— susurró, para que sólo Aragorn y ella fueran receptores de sus palabras. Estos no pudieron más que reír.
Bilbo pasó a sermonear a los dos jóvenes, argumentando que no podían ir causando alboroto allí donde fueran puesto que se hallaban «en un templo de la tranquilidad». Aprovechando eso, Aragorn se acercó más a Blyana.
—Desconocía que el señor Frodo y sus amigos no eran los primeros hobbits a los que conocías. ¿Conociste a Bilbo hace mucho?
La mujer intentó reprimir la sonrisa que forzaba por dibujarse en sus labios al presenciar cómo su viejo amigo reprendía a los otros dos de una forma demasiado familiar. Miró al montaraz y asintió.
—Hará más de sesenta años.
—¡¿Conociste al señor Bilbo en su viaje a la montaña?!
Entrometiéndose, como siempre, uno de los dos primos saltó, haciendo gala de que no habían prestado la mínima atención a la reprimenda de Bilbo. Ella solo asintió.
—¿Y compartisteis viaje? —añadió el otro. Ella negó.
—Sólo me encontré con ellos y apenas compartimos varios días de camino, nada más— contestó, revelando la mitad de la verdad.
—¡Oh si! Menudo susto nos diste, querida.
La carcajada de Bilbo reverberó en la sala.
—Cierto es que no estuve muy acertada, pero siempre he creído que los Valar tienen curiosas formas de controlar nuestros destinos, y de enlazarlos a los de otros.
—Bueno, para encuentros extraños con Blyana está el nuestro. Seguro que ella no intentó matar a ninguno de vosotros en ese momento.
Tras las palabras de Pippin se hizo un silencio, que acabó por estallar segundos después en un dúo de risas. Blyana y Bilbo reían con gracia y los otros tres no pudieron más que mirarlos sin comprender. No entendían que podía ser tan gracioso.
—En eso se equivoca, joven Tuck— la voz de Bilbo se serenó, pero todavía quedaba cierto retintín alegre. —Sin duda, ninguna vez lo he contado, pero siempre hay una primera vez para recordar como cierta mujer irrumpió en una compañía de enanos y los puso de cabeza por una noche.
§
Los enanos eran, cuanto menos, muy ruidosos.
Llevaba viajando con ellos ya varios meses y, en momentos como aquel, parecía que no se había adaptado a su constante barullo. Cualquiera que los viera no pensaría que intentaban no ser detectados por una manada orca que les seguía el rastro desde su salida de las Montañas Nubladas.
Fili y Kili reían a carcajadas mientras se pasaban un trozo de queso que Bombur había estado escondiendo y del que de vez en cuando daba pequeña cuenta cuando nadie lo veía, sin embargo esta vez los hermanos le habían pillado. Por otro lado estaban Bofur, Bifur y Nori, hablando sobre cómo era imposible que una mofeta se muriera por su propio olor; los dos primeros argumentaban que eran algo posible, mientras que el segundo los tachaba de idiotas. Un poco más atrás estaban Oin y Dori. No se podría decir que estaban manteniendo una conversación civilizada, puesto que Dori solo gritaba cada vez más alto para que el pobre Oin solo negara e intentara arreglar su cacharro para oír mejor. Un poco más alejados del grupo estaban Nori y Gloin, pero Bilbo era incapaz de escucharlos. Dwalin refunfuñaba, apartado del resto, sobre su imprudencia a la hora de causar tanto escándalo, algo con lo que Bilbo estaba completamente de acuerdo. Y, para finalizar, Gandalf, Balin y Thorin encabezaban la marcha, liderando al grupo y tomando las decisiones sobre qué camino seguir.
Desde que se habían encontrado con Azog, Thorin estaba más taciturno de lo normal. El hobbit lo achacó a que seguramente no le trajera buenos recuerdos, y que le estaba resultando difícil deshacerse de ellos de nuevo.
Gandalf, al contrario, se mostraba optimista y vivaz. Parecía ser que el salir con vida de la trifulca con los orcos semana atrás le había subido el ánimo y devuelto ciertas esperanzas.
Desde su salida de la Ciudad de los Trasgos habían estado tomando caminos ocultos, siempre que podían entre maleza, buscando eliminar su rastro y rehuyendo cualquier vía cómoda de recorrer. Bilbo entendía perfectamente dichas medidas, pero sus pies no tanto.
Aquella noche acamparon alejándose un poco del camino que habían estado siguiendo. Se hallaban en un bosque, de altos árboles y robustos troncos; las raíces sobresalían de la tierra y dificultaban el camino, sin embargo aquella noche las encontraron cómodas para utilizarlas a modo de almohada.
Una pequeña hoguera crepitaba en medio del grupo, con un puchero lleno de guiso en su interior cocinándose sobre el fuego. Bombur, siempre encargado de las comidas, revolvía el guiso con esmero. Como todas las noches, cada uno tenía sus cometidos. Algunos habían terminado con las suyas, puesto que eran más transitorias, como recoger leña o prender la hoguera, mientras que otros continuaban con las suyas, como Fili y Kili haciendo guardia.
Todo ocurría con absoluta normalidad, nada parecía salirse de la rutina en la que se habían inmerso desde su salida de la Comarca. Por ello lo ocurrido aquella noche los tomó tan desprevenidos.
La cena transcurrió con normalidad, o bueno, la normalidad que implicaba a un grupo de enanos, y tras ella la mayoría de la compañía se dispuso a dormir. Todos estaban muy cansados ya, el ritmo había aumentado desde hacía una semana y ninguno se atrevía a pedirle a Thorin que redujera la marcha. Por ello aprovechaban esos cortos ratos de descanso para recobrar al máximo las energías; sin embargo aquella noche Bilbo no fue capaz de dormir.
Las horas pasaban y pocos eran los que mantenían los ojos despiertos. ¡Incluso Gandalf dormía ya! Acurrucado contra un tronco, apenas visible en la oscuridad.
Bilbo escuchó otro ronquido de Bombur y de un salto se puso en pie, harto de aquel ruido tan molesto.
—¿No puede dormir, señor Bolsón? —la voz de Thorin le hizo brincar. El líder de la compañía fumaba en pipa mientras miraba el fuego. Ni siquiera había reparado en él hasta ese momento.
—Eh... algo así —con cierta indecisión Bilbo se quedó en su sitio, balanceándose con los pies. —Simplemente tengo... Bueno, no es más que cosas mías pero últimamente tengo el presentimiento de que...
—¿Alguién nos sigue? —Thorin acabó por él la frase, pero Bilbo solo abrió los ojos nervioso.
—¿Seguirnos? Eh... no. Tenía la sensación de que había algo raro, pero no sé qué era. ¿Acaso crees que nos sigue alguien? ¿Azog?
La paranoia del castaño se agravó a pasos agigantados. Tal vez tuvieran una manada de orcos a pocos metros, dispuestos a descuartizarlos, o puede que los huargos los rastrearan y los habían encontrado, o incluso que... En la garganta del hobbit se quedó un grito de terror.
—No creo que sean los orcos— fue su críptica respuesta.
Bilbo se acercó a Thorin, con los nervios a flor de piel.
—¿Entonces? —el hobbit se sentó y esperó por una respuesta que le permitiera dormir esa noche. No pudo evitar arrepentirse de haberse levantado. Tal vez si hubiera intentado con más fuerza dormir lo hubiera conseguido.
Thorin, al contrario que él, parecía bastante tranquilo.
—Es solo una sensación, maese hobbit. Puede que solo sea a causa del cansancio o de la paranoia. Será mejor que duermas— le aconsejó, sin mirarle.
¡¿Qué durmiera?! ¿Pensaba que lograría pegar ojo después de decirle que creía que los seguían? ¡¿Acaso Thorin no tenía compasión de sus pobres nervios?!
Bilbo negó.
—No creo que pueda hacerlo, en verdad.
Apartando la mirada del fuego por primera vez en la conversación, el enano lo miró.
—Ve a hacerlo, señor Bolsón.
Bilbo se lo quedó mirando entre incrédulo y confuso. ¿A qué se debía tanta insistencia? ¿Acaso Thorin quería estar solo con sus pensamientos? Una luz se encendió en la cabeza de Bilbo y lo comprendió. Tal vez sí quisiera pensar sin compañía. Con rapidez se levantó de la roca.
—Ahora que lo dices, me acaba de entrar un sueño terrible— hizo el teatro de estirarse y bostezar con exageración. El enano solo lo miró impasible, pero Bilbo creyó distinguir cierta diversión en sus pupilas. —Buenas noches, Thorin.
—Buenas noches.
Bilbo se metió de nuevo bajo la manta desgastada y suspiró. Podía ser que contar ovejas le ayudase a dormir, o lo matase del aburrimiento. Aun así no osó levantar la cabeza.
A su vez, mirando el crepitar de las llamas, un enano padecía el mismo mal que el hobbit, aunque por aparentes causas contrarias. Desde hacía días, Thorin sentía sobre su nuca la mirada depredadora de un ser invisible. Era algo desconocido y perturbador.
Sabía que no podía tratarse de Azog, puesto que las manadas orcas no se caracterizaban por ser discretas, y menos pacientes. Si el orco les hubiera encontrado no hubiera dudado en atacar, en vez de acecharlo durante días. Además, a ese extraño hecho se le sumaba que nadie más parecía advertir de aquella presencia. Había dejado caer la insinuación a Gandalf, a Balin, a sus sobrinos, e incluso a Bolsón, pero todos le había dicho que no sabían de qué hablaba. De modo que Thorin sólo pudo llegar a dos conclusiones: o estaba cada vez más consumido por la paranoia, o el resto de sus compañeros tenían serios problemas para percibir el peligro.
El fuego partió una de las ramas en dos y varias cenizas todavía ardientes se desplazaron cielo arriba.
Una rama crujió a su derecha. Giró el rostro con rapidez, sobresaltado y sugestionado.
No había nada.
Suspiró, cansado. Tal vez sí debería dormir. Fili y Kili hacían guardia y nada ni nadie penetraría en el campamento esa noche.
Retomó su postura inicial y sintió la figura de alguien sentado en la roca que el hobbit había ocupado momentos antes.
—Señor Bolsón, le dije que fuera a dormir
Thorin fue a encarar a Bilbo, pero cual fue su sorpresa al no encontrarse con un rostro conocido, sino con una sonrisa cautivadora proveniente de unos labios femeninos. Se quedó estático.
¿Pero qué?
Tomado por sorpresa, el filo de una alargada daga élfica amenazaba su garganta.
—Hola, Escudo de Roble. Creo que ya era hora de que nos conociéramos.
La sonrisa se amplió y él hizo el amago de desenvainar su espada, pero el arma de su atacante se hundió más en su piel, a poco de rasgarla. Quiso gruñir de impotencia, pero no quería darle el lujo de demostrar su molestia. Advirtiendo entonces lo que su presencia en el núcleo del campamento significaba, miró con temor el lugar donde sus sobrinos debían de estar haciendo la guardia.
Ella pareció captar sus pensamientos.
—Oh, no has de preocuparte. Esos dos están bien, simplemente atados e inconscientes, pero sin un rasguño. No he venido a hacer daño a ninguno de tus amigos.
—¿A qué has venido entonces? —soltó, en un arruinado intento por controlar su furia.
—¿No es obvio? Es a ti a quién estoy amenazando con un arma.
—Así que eres tú quién me ha estado vigilando durante todo este tiempo— relacionó. Una de las cejas de la mujer se elevó.
—Lamento decirte que no.
Thorin no supo si creerla. ¿Si no había sido ella entonces?
—Es cierto que llevo tiempo tras tu pista, pero no ha sido hasta ahora que he dado finalmente contigo. Pero, a quién sí me he encontrado husmeando ha sido a un par de orcos. Como es obvio me he deshecho de ellos, así que ahora el campamento sí puede considerarse seguro. Deberías agradecérmelo.
Thorin prefirió pasar por alto el descaro al pedirle que le agradeciera. ¿Orcos? ¿Ellos habían sido los que los habían estado siguiendo en todo ese tiempo?
Rastreadores, concluyó.
Tal vez Azog no fuera tan poco inteligente, de modo que lo había subestimado. Thorin se prometió que aquello no volvería a suceder.
—¿Y cuál es tu propósito entonces? —viéndose completamente desprovisto de defensa, el enano solo encontró en las palabras una forma de descargar su irritación.
—Matarte, me temo.
—¿Temes? —Thorin no supo si aquella mujer estaba riéndose de él. Además, ¿en qué momento una mujer era capaz de vencer a un guerrero enano experimentado como él?
—Bueno, puede que esté equivocada, pero no creo que te apetezca especialmente morir esta noche— se encogió ella de hombros.
El enano solo se la quedó viendo con seriedad. No era capaz de creer que aquella mujer fuera verdaderamente una amenaza para él.
—¿Vienes a cumplir alguna venganza acaso? —intentando averiguar el porqué de su intento de asesinato, y para ganar tiempo para que alguno de sus compañeros se percate de la presencia ajena, siguió la conversación.
Ella rio. Sonó demasiado dulce para gusto del enano.
—¿Venganza? Eso es algo mucho más honorifico que la verdadera razón.
—¿Y cuál es, pues, esa razón?
—Dinero.
Las piezas encajaron en la cabeza del enano.
—Esto es por la recompensa.
—Algo así. Mi cliente vio la recompensa y me contrató para capturarte y matarte.
—¿Eres un mercenario?
—Esa es la forma de llamar a quienes venden sus servicios por dinero ¿no?
Usualmente— él asintió. —Pero creo recordar que es un término que se aplica sólo a los hombres, y que para las mujeres se aplica el de prostitución.
Al contrario de la reacción que él esperó por haberla desprestigiado de tal forma, ella no borró la sonrisa, sino que la afiló.
—Para tu desgracia, ese segundo término no se me aplica.
Thorin apretó los dientes.
—Pero será mejor que nos dejemos de cháchara. Dentro de poco tus compañeros despertarán y alertaran al resto de mi presencia, y eso es justo lo que no queremos ¿verdad?
—Creo que nuestros deseos difieren más de lo que consideras— ella se encogió de hombros. En sus ojos, el ámbar brillaba con diversión.
—Como soy una mujer compasiva, te permito hacer una última aportación a tu existencia antes de morir.
Él no abrió la boca, sino que se irguió. Ella asintió, comprendiendo.
—Está bien. Ha sido un placer conocerte entonces, Escudo de Roble.
El enano sintió como el filo abandonaba la piel de su cuello y, a cámara lenta, vio como el brazo de la mujer volaba en su dirección, esta vez con intención de atravesar carne.
—¡Alto!
Una voz aguda rompió esa sensación.
A unos pasos de ellos, Bilbo Bolsón miraba horrorizado como una desconocida intentaba asesinar a Thorin. Su grito alertó al resto del campamento.
De golpe había diez enanos en pie y contemplando la misma imagen que el hobbit. La mujer, consciente de que ahora venía la amenaza por su parte, voló hasta colocarse tras el líder de los enanos y el arma que antes pretendía atravesarlo había regresado a su anterior lugar en el cuello.
—¡Intrusa!
A medida que los enanos fueron tomando consciencia de la amenaza que impartía la mujer sobre su líder, fueron desenvainando sus armas y apuntando hacia ellos. Aun así ella tenía ventaja sobre ellos. Sonrió sobre la oreja de Thorin.
—Creo que a tus amigos no les gusto.
Un escalofrío recorrió al moreno, y la ira se acumulaba en su interior. Sin embargo, cualquier atisbo quedó sepultado cuando sintió una mano recorrer el interior de su abrigo.
—¿Pero qué? —¿acaso la mujer lo estaba toqueteando? ¿en aquel momento?
—No te emociones, maese enano. Soy lo suficientemente precavida como para no tener a un rival armado demasiado cerca de mí— dijo ella, a la vez que desenfundaba una de las dagas que él tenía escondida entre la camisa y el pantalón. —¿Debo buscar más abajo o me prometes que esa zona se encuentra limpia?
Thorin no sabía por qué estaba más avergonzado: porque esa mujerzuela le hubiera reducido y desarmado o porque sentía su mano en lugares demasiado íntimos. Su silencio pareció ser una respuesta para ella, puesto que sus dedos comenzaron un lento pero implacable descenso.
—¡No! —su grito sobresaltó a todos menos a ella, que sonrió de nuevo sobre su oreja. —Ahí no encontrarás nada— claudicó.
—Así me gusta.
Con la mano que había recorrido su cuerpo le arrebató la espada, siendo esta su última arma, que llevaba en el cinto, y la mantuvo bajo su pie.
—¡¿Quién eres!? ¡Suéltalo y te perdonaremos la vida! —Dwalin miraba con ferocidad al intruso, como si creyera que así pudiera amedrentarlo.
—¿Tu amigo no es muy listo, cierto?
—Pero sí es capaz de partirte en dos— amenazó él. No supo cuál fue su reacción, puesto que no podía verla el rostro, pero esperó que hubiera un mínimo rastro de temor en él.
—Está mal subestimar a quién tiene un cuchillo en tu garganta— fue, sin embargo, su única respuesta.
Llamando su atención, ambos vieron como el hobbit salía corriendo tras hablar con Balin, y se internaba en la espesura. Thorin, comprendiendo quién estaba allí durmiendo, no pudo más que sonreír. Esa mujer no sería rival para el mago gris.
—¡He dicho que lo sueltes! —haciendo gala de su infinita paciencia, Dwalin volvió a encarar a la intrusa.
—Me temo, señores, que tendré que llevarme a su amigo. Pero no se preocupen, su muerte apenas será dolorosa.
¿Aquello era una broma? Thorin sentía como los dedos le cosquilleaban, deseosos de sostener un arma y ser él mismo quien rebanase el pescuezo de aquella insolente.
—¿Preparado para irnos de aquí, Escudo de Roble? —la mujer comenzó a dar pequeños y cautelosos pasos hacia atrás, alejándose cada vez más del resto de enanos y encaminándose a la espesura del bosque. Él intentaba oponer resistencia, pero el filo en la garganta le dificultaba la tarea.
—No esperes que te lo ponga tan fácil maldita pu...
Cualquiera que fuera el insulto del enano quedó en el olvido cuando una figura alta e imponente salía del bosque acompañado de otra más pequeña. Para Thorin fue como ver la esperanza materializarse ante él.
—¡Gandalf! —el sentimiento pareció ser generalizado, puesto que el resto de la compañía mostró el mismo entusiasmo que él. Sin embargo, el mago gris parecía molesto.
—¿Qué es eso de que Thorin está siendo amenazado? —sonaba receloso, como si no creyera del todo lo que el hobbit le había dicho. Pero cualquier sentimiento contradictorio desapareció cuando siguió la mirada de todos hasta donde estaban él y su atacante.
Thorin pudo leer la comprensión en los ojos del mago.
—¿Por qué será que siempre a donde voy te encuentro ahí? —la voz de la mujer se mostró hastiada, un comportamiento para nada acorde con el esperado. La gente temía a los magos, no los trataba con fastidio. Y menos con familiaridad.
—Tal vez se deba a que siempre metes las narices dónde no deberías— increpó el mago. —¿Se puede saber que estás haciendo?
—Mi trabajo, por si no te has percatado.
—¿Y tú trabajo consiste en secuestrar a ese enano?
—En matarlo, de hecho— corrigió ella, con naturalidad. Gandalf arrugó el entrecejo.
—No puedes hacer eso— negó, dejando el bastón a un lado y tomando asiento en uno de los troncos que habían apilado al lado de la hoguera. Thorin no daba crédito. ¿No debería estar reduciéndola? ¿Matándola? ¿Acaso se conocían?
—¿Y qué motivo de peso, según tú, me lo impedirá? —el agarre de la daga sobre su cuello había disminuido.
—Porque ese enano al que estás apresando es Thorin, hijo de Thrain, hijo de Thor, rey bajo la montaña.
El silencio no fue roto ni por las respiraciones de los catorce presentes. Todos se habían quedado de piedra. ¿Gandalf había desvelado con tanta facilidad la identidad de Thorin?
—¿Qué? —la mujer sonó incrédula.
—Lo que he dicho.
—Pretendes que me crea que este enano es el hijo de Thrain, ¿acaso le has visto?
Thorin no supo si sentirse ofendido o sorprendido porque se refiriera con tanta familiaridad de su padre.
—¿Por qué habría de mentirte? —añadió, sin embargo, el mago.
A ojos de todos, Gandalf y la mujer desconocida parecían demasiado centrados el uno en el otro, aparentemente ajenos a la presencia del resto. Por primera vez en toda la noche el ceño de la joven se había fruncido, y ya no parecía poseer la seguridad que mostraba en un primer momento. Parecía que las palabras del mago estaban haciendo verdadero efecto en ella.
Pasó un minuto, o tal vez dos. Quién sabía, puesto que ninguno llevaba verdadera cuenta, pero cuando la mujer suspiró con rendición, el tiempo pareció pararse.
En un movimiento fluido hizo girar al enano. Thorin quedó de esa forma frente a ella, apenas unos centímetros más alta que él. En sus labios parecía juguetear una sonrisa divertida, pero el ceño continuaba fruncido, por lo que no supo qué pensar. En cambio, ella, ajena a sus temores y pensamientos, negó con la cabeza, sacudiéndola. Enfundó la daga y procedió a alisar las solapas del abrigo del líder de la compañía.
—Hoy es tu día de suerte, Escudo de Roble. Da gracias que Gandalf anduviera contigo, puesto que si no ya estarías apaciblemente muerto.
Y sin más, le dejó ir.
La carcajada de Gandalf retumbó por todo el claro y la mujer, aparentemente no temiendo que alguno de los once enanos presentes la atravesase con sus armas, caminó entre ellos hasta tomar asiento junto al mago. Él parecía francamente divertido, viéndose reflejado en su rostro, pero ella no mostraba tanta efusividad por ver a Gandalf.
—¿Te has propuesto acaso arruinarme todos mis encargos o simplemente no cuento con la gracia de los Valar? Estoy segura de que tus constantes intervenciones no son de gracia divina— alegó la mujer, recostándose en el tronco que había tras la piedra.
—Pura casualidad.
—Contigo nada es casualidad— refutó.
—Cierto es que no suele, pero has de confiar en mí si te digo que esta vez sí lo ha sido.
La mirada de ella no se despegó de la de él. Parecía estar meditando si creerle o no.
—Está bien, entonces. Creeré en tu palabra. ¿Pero qué te lleva a viajar con tantos enanos y un... ? —los ojos de ella, que hasta entonces solo habían estado sobre el mago o los enanos, se posó en la criatura restante —¿... hobbit?
—¡Suficiente!
El grito sonó profundo, irritado y muy muy enfadado.
Thorin no se había movido de su lugar, a excepción de agacharse para recoger su espada. Al fin se sentía libre para pagar la furia que sentía con aquella intrusa descarada, pero parecía que ella se había olvidado por completo de él. Además, su aparente confianza con Gandalf sólo consiguió enervarlo más.
—Thorin— a pesar de que el mago pareció prever lo que pasaría e intentó controlarlo, fracasó.
—¡No! Esa mujer entra en nuestro campamento, incapacita a mis sobrinos, me amenaza con matarme, ¿y al final resulta que debemos dejarla impune porque es una conocida tuya? Tienes dos segundos para explicarnos quién es esta mujer y la razón por la que no está muerta todavía.
La tensión era ciertamente palpable. Gandalf miraba a Thorin con intensidad, midiendo y calculando cómo intervenir para evitar un conflicto. A pesar de que era cierto que el proceder de Blyana no fue el más correcto, él no podía permitir que la compañía la mutilase, como estaba seguro de que pensaba hacer el enano. Además, parecía que la actitud despreocupada de ella, sentada a su lado, no ayudaba a menguar la antipatía de Thorin.
—Ella no es una amenaza.
—¡Ha intentado matarme!
—Si te sirve de consuelo, ya no pretendo hacerlo— Blyana abrió uno de los bolsillos de su fardo y sacó de una pequeña caja de madera una hoja de menta. Se la llevó a la boca mientras miraba a Thorin con apatía.
—¡Mereces un escarmiento! —gritó iracundo. No parecía muy convencido.
—¿Por algo que no he hecho?
Fue cuando las orejas de Thorin se colorearon de rojo que Gandalf decidió que debía intervenir con urgencia.
—Creo que lo mejor será que nos calmemos.
—Thorin, escucha a Gandalf— la inesperada intervención de Balin fue la que aparentemente surgió más efecto en el líder. Thorin miró sin comprender a su fiel amigo y este se vio en la obligación de explicarse. —Si Gandalf defiende a esta joven, tal vez sea por una razón consecuente.
El resto de enanos simplemente miraba y observaba la situación. Un poco alejado del mago, Bilbo era incapaz de quitar los ojos de la mujer que tanto alboroto había causado en el campamento. No era más que una joven. Una mujer que no podía haber llegado a la madurez adulta, sin embargo los había manejado a todos a su antojo y había estado a punto de matar a su líder. ¿Cómo? Afinó más el oído para intentar comprenderlo.
Los segundos pasaban y Thorin parecía sopesar la sugerencia de Balin. Intercalaba la mirada entre su amigo, el mago y la aparentemente risueña mujer que masticaba con tranquilidad una hoja de menta. Verla hacía que la vergüenza inundase su sistema, pero la parte cabal de su ser comprendía que Balin tenía razón, que no podía atacar a una amiga de Gandalf si no quería perder su apoyo. De esta forma se tragó su orgullo y, contra su deseo de venganza, se sentó al otro lado del mago, todo lo lejos que podía de ella.
Cuando se sentó creyó distinguir un atisbo de sonrisa en sus labios. Gruñó.
—Blyana es una mercenaria. Es su trabajo.
—¿Ese es tu argumento? Porque no sirve para evitar que la mate.
—¿De verdad crees que podrás matarme, enano? —en una clara provocación, la mujer elevó la ceja y esperó la reacción del otro. Thorin contuvo la rabia. La tensión era capaz de asfixiar al resto.
—Dame una espada y lo averiguaremos.
—¡Silencio! —el grito de Gandalf carecía de ese tono divertido que lo caracterizaba, lo que calló de inmediato a los otros dos. —Dejad de comportaros como niños, ambos.
Ante su mirada acusatoria ella se encogió de hombros y Thorin solo apartó la mirada. Comprendiendo que lo escuchaban, Gandalf continuó.
—Puede que Blyana haya intentado matarte, pero ha sido simplemente por su oficio. Ahora que sabe quién eres no lo hará. Y eso debe ser suficiente para ti.
—¿Y ya está? ¿Me pides que confíe en una mujer cuya profesión consiste en la falta de honor? —Thorin increpaba incrédulo.
—Sí.
—Pensé que los magos no tenían relación con desleales e infames.
—Y no lo hacemos— sentenció con firmeza el mago. —Puede que Blyana haya causado una mala primera impresión, pero a pocas personas conocerás en la Tierra Media más leales que ella.
—Perdona que desconfíe de una mercenaria.
A pesar de que parecía que Thorin no se hallaba muy contento con la presencia de la mujer y que los argumentos de Gandalf le parecían insuficientes, pareció rebajar su ira.
—Esto es más sencillo de lo que crees, Escudo de Roble— la voz de la mujer sonó ajena en ese instante. Se había echado hacia delante y apoyaba los brazos en las rodillas, mirando con fijeza y sin vacilación a Thorin. —Mi lealtad como mercenaria, se debe al dinero, pero mi lealtad como amiga, se debe a la devoción. Has tenido la mala suerte de encontrarte en un primer momento en mi punto de mira como mera transacción, pero ahora eso ha cambiado.
—Eso es una estupidez— increpó él. Sin embargo, le escocía en su interior reconocer cierto sentimiento de comprensión ante sus palabras. Pero jamás lo reconocería.
—¿Lo es? —los iris de ella brillaban, refulgían, y Thorin solo sentía como era engullido por ellos. —¿No hay nada de lo que te arrepientas mientras trabajabas por una causa?
La réplica quedó enterrada en la boca de Thorin. Sentía como aquellas emociones que enterró cuando hacía algo que aborrecía por el bien de su pueblo salía a flote. Sintió la ira, la vergüenza, la tristeza, la rabia. Todo lo que alguna vez enterró salió a la luz. Pareció que ella era capaz de ver a través de él, porque asintió en su dirección, como si lo apoyase. No supo qué lo enervó más: que ella lo comprendiera o que él pareciera no culparla tanto.
—Si me equivoco y te encuentras exento de arrepentimiento, puedes matarme. Pero si no, lo mejor será que dejes de juzgarme por algo tan nimio como es mi profesión.
Las llamas crepitaban aparentemente con mayor fuerza, porque el sonido jamás había estado tan presente.
Todos observaban la conexión entre las miradas del enano y la mujer, pero muy pocos sabían cuál sería el desenlace de aquella ofrenda. Los segundos se convirtieron en minutos, y nadie osó hacer el mínimo ruido. Finalmente, Thorin suspiró.
—El hecho de que no te mate no implica que confíe en ti— alegó, molesto. Ella solo sonrió victoriosa.
—Lo veo justo.
Bilbo sintió como sus pulmones decidieron soltar todo el aire de su interior. La tensión en sus músculos se distendió y al fin comprendió que aquella velada no terminaría en sangre. Casi rio del alivio, pero comprendió que lo mejor era mantener su alegría al margen.
Quién les hubiera dicho entonces que aquella aparente falta de desconfianza iba a terminar en un agradecimiento por haber salvado sus vidas. Ninguno lo hubiera creído, Thorin el último, pero en un futuro cercano el enano no tuvo más opción que tragarse sus palabras y agradecer el ofrecimiento de amistad que Blyana les extendió.
§
El sol deslumbraba en lo alto mientras una leve brisa refrescaba en aquellos días de otoño.
La noche había dado completo paso al día y la desolada casa de Elrond volvió a cobrar vida. Los sirvientes caminaban de un lado a otro haciendo de manera diligente sus tareas. Por otro lado, algunos invitados como Frodo o Sam ya andaban revoloteando por los jardines, mientras que otros continuaban descansando tras una larga y reveladora noche llena de historias de antaño.
Tras revelar Bilbo su primer encuentro con Blyana, Pippin y Merry no pudieron más que pedir extasiados más historias nunca contadas del increíble viaje de Bilbo Bolsón sesenta años atrás. Este, amante de las historias y de rememorar, accedió al pedido de los primos y ninguno de los cuatro se atrevió a detener la narración del veterano. Cuando quisieron darse cuenta, el cielo comenzaba a teñirse de rojo.
La mañana empezó transcurriendo sin relevancia, hasta que poco antes del mediodía Frodo Bolsón despertó al fin, lleno de energía y habiendo rehuido a la muerte. Todos se alegraron por él y fueron a visitarle. Ya era por la tarde cuando la cosa pareció ponerse más entretenida.
—¡Están llegando!
El grito entusiasta del joven Merry llamó la atención de Blyana y de Bilbo, que conversaban tranquilamente en una de las terrazas. Cerca de ellos Aragorn leía un libro y por otro lado Frodo y Sam descansaban en los divanes, dejando que el sol calentase sus pieles y la brisa los deleitara con aquellas desconocidas y maravillosas esencias. Todos se hallaban en una calma que fue rota por el más joven de los hobbits. Su primo venía corriendo detrás.
—¿De quién hablas?
La conversación entre la mujer y el hobbit quedó en el olvido, el montaraz despegó la vista de las páginas y la centró en el recién llegado, y Frodo y Sam se incorporaron. Ninguno supo distinguir si la mueca de Merry era de entusiasmo, pánico o mero cansancio.
—En la entrada. Están llegado hombres, elfos y más enanos. Elrond y Gandalf se dirigían con prisa hacia allí.
Solo cuatro de los seis presentes comprendió, en mayor o menor medida, lo que implicaba aquello. Aragorn y Blyana compartieron una mirada cómplice que ninguno de los hobbits advirtió.
Todos los invitados habían llegado. El concilio comenzaría pronto.
TRADUCCIONES
Heru en amin- Mi señor.
Anor sila lummen omentilmo- El sol brilla a la hora de nuestro encuentro.
Hiril vuin- Querida mía.
NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO
Maiar: son Ainur, una clase de seres espirituales creados por Iluvatar a partir de su pensamiento.
Puertos grises: son unos puertos construidos en la Segunda Edad, en el golfo de Lhûn, en Lindon, desde donde parten los elfos que desean ir a las Tierras Imperecederas, dejando atrás la Tierra Media para siempre. Los barcos que de allí parten no regresan nunca más.
Tierras Imperecederas: también conocidas como Amán, es otro de los principales continentes de Arda junto a la Tierra Media. Se las conoce como las tierras donde viven los Valar, siendo morada principal de los elfos, quienes se trasladan en barco desde los puertos grises. Su acceso está restringido a toda aquella criatura mortal, a excepción de que un elfo les invite.
Palantir: son las siete piedras videntes llevadas por Elendil y sus hijos a la Tierra Media.
Montañas Nubladas: son una gran cadena montañosa que se extiende desde el Desierto del Norte hasta el Paso de Rohan, encontrando así en la zona media las Minas de Moria y algo más al norte el Paso Alto y la Ciudad de los Trasgos.
