Acto II: La compañía
Capítulo 6
Dos pares de pasos avanzaban sincronizados por los pasillos de la Casa de Elrond. Sólo uno de ellos hacía el sonido necesario para alertar de su presencia, mientras que el otro se mantenía imperceptible. Lo único que podía delatar la segunda presencia era el deslizar de la tela del vestido contra la piedra del suelo.
A su espalda, Aragorn y Blyana habían dejado a los cinco hobbits preparándose para el banquete que se celebraría esa noche en honor de los recién llegados invitados. Cuando Lindir había irrumpido en la terraza, apenas unas horas más tarde del aviso de Merry, informándoles del banquete para festejar la llegada, tanto el hombre como la mujer se despidieron de sus amigos alegando que debían prepararse para la celebración. Apenas quedaban unas horas para el anochecer.
Ninguno de los dos hablaba, puesto que no necesitaban llenar los silencios con conversaciones banales. Ambos se sentían cómodos en compañía del otro, incluso en el aterrador silencio. Cada cual se hallaba sumido en sus pensamientos, a pesar de no diferenciarse mucho entre ellos. El concilio y su proximidad llenaba de dudas e inseguridades a los dos.
Ambos habían sido invitados, pero ninguno de los dos estaba seguro de si su verdadero lugar estaba entre esos asientos. Ya habría otros hombres representando a su raza, se decía Aragorn, mientras que Blyana no comprendía como la dama Galadriel no había considerado oportuno enviar a alguien más cualificado en vez de permitir que fuera ella quien formara parte del Concilio. Además, el lacerante pensamiento del destino del Único también los inquietaba. Cualquier decisión que se tomara al día siguiente sería lo que marcaría el futuro de toda la Tierra Media, y eso podía generar cierta intranquilidad en cualquiera.
Por otro lado, los dos eran conscientes de que no debían dejar que la congoja nublara su pensamiento, de modo que decidieron enterrar aquellos pensamientos y centrarse en la celebración que habría esa noche.
Llegaron hasta sus habitaciones y cada uno se internó en la suya.
Blyana disfrutó de un reconfortante baño, limpiando su piel y perfumando su cabello. En sus constantes viajes nunca podía disfrutar de comodidades como aquella, por lo que cuando estas oportunidades se presentaban, las gozaba como si fuera su última vez.
Se vistió con un sencillo vestido de tela vaporosa, azul y fresco. Como pocas veces sucedía, el dije brillante de su collar podía apreciarse sobre la piel del esternón. La miniatura de la estrella de Nénar resplandecía como pocas veces hacía. Blyana acarició el frio dije y sintió la melancolía embargar su corazón. La voz de su ada sonó clara en su cabeza.
Nénar silla anealimë nurtalë Isil (Nénar es la más brillante cuando la luna se oculta)
Cuando ella no era más que una simple niña, no comprendía qué quería decir su padre con eso. ¿Cómo una estrella podía brillar cuando el sol estaba en lo alto? No fue hasta más mayor que comprendió la verdad. Nénar era la única estrella que se mantenía visible incluso a plena luz del día. Su padre siempre la llamó «la guerrera», y no fue hasta que ella regresó a Lorien tras su primera salida en solitario que él la entregó aquel collar y la proclamó su «pequeña estrella guerrera».
Pestañeó con rapidez para mitigar el picor en los ojos. La tristeza nunca resultaba buena compañera.
Desenredó la hebras del cabello con lentitud, recreándose en el hipnótico y relajante movimiento del cepillado, y luego procedió a recogerlo en una sencilla trenza que apenas llegaba a la altura de los omóplatos. Cogió el broche de plata que tenía en el tocador y con él enredó la trenza hasta convertirla en un moño, sujetándolo con el pasador.
Una vez terminado, se vio reflejada en el agua de la pequeña pila de porcelana. Se sorprendió momentáneamente al ver en ella a una Blyana demasiado parecida a aquella niña que fue, ajena al sufrimiento, cuya vida poco tenía que ver con su actual situación. Una Blyana cuyo corazón no se ahogaba de dolor por el asesinato de su padre y sin estar corroída por el sentimiento de venganza. Una Blyana en cuyos ojos sí había felicidad verdadera. Las ondas del agua destrozaron aquel espejismo y devolvieron su verdadera imagen: una mujer perdida, llena de dolor y rencor, que busca excusar sus actos y cuyo sentimiento de culpa la impedía volver a su hogar. Sin duda, había un gran abismo entre ambas. Un agujero tan grande, que ella nunca volvería ser la que fue.
Apartó la mirada e intentó evaporar esos pensamientos. Salió de la habitación.
Fuera la luna ya resplandecía en el oscuro manto, reinando la noche. Las estrellas hacían su guardia y acompañaban al astro, en un vano deseo por superar su magnificencia. Caminó por los pasillos, resguardada por aquella silenciosa batalla que se desarrollaba sobre sus cabezas.
A medida que se acercaba a la Sala de Banquetes, donde se celebraba la cena, el rumor iba convirtiéndose en un estruendoso bullicio lleno de alegría y regocijo. Atravesó las grandes puertas de la habitación y al entrar se encontró de lleno con una larga mesa colmada de manjares, las copas de vino rebosantes y los invitados llenos de júbilo. Cualquiera pensaría que al día siguiente estaba en sus manos decidir sobre el futuro de los pueblos libres.
Algunos ya habían tomado asiento, a pesar de no tocar la comida, puesto que faltaban invitados por llegar, mientras que otros conversaban animadamente en pie. Fue mientras buscaba un rostro conocido, que se encontró con dos similares que la llamaban en la lejanía. Sonrió al reconocerlos.
Caminó entre los grupos de invitados hasta llegar a una de las zonas más próximas a los grandes ventanales que comunicaban con las terrazas. Allí, un reducido grupo de tres elfos la observaban mientras se acercaba.
—¡Alabados sean los Valar! Mira quién ha regresado para deleitarnos con su presencia— la jocosidad del mayor de los gemelos consiguió sacarla una sonrisa verdadera.
—Yo también me alegro de verte, Elrohir.
Allí, frente a ella, los tres hijos de Elrond la miraban con cariño y familiaridad.
—Oh, pero mírate. ¿Cómo estás? Te veo demacrada. ¿Has estado cuidándote? Ambas sabemos que cuando andas por ahí sueles desatender tu salud.
Arwen la cogió de las manos, mirándola por todas partes buscando cualquier resquicio de cambio o herida. Sus pupilas se hallaban impregnadas de preocupación y alivio, una combinación extraña pero común cuando la veía. Ella apretó las manos de su amiga y negó.
—Estoy bien, Arwen. No has de preocuparte— intentó que su amiga desviara la atención de su estado y, recelosa, esta lo hizo. Una pequeña y delicada sonrisa se pintó en los finos labios de la elfa.
—No puedes evitar que lo haga.
Blyana le devolvió la sonrisa, comprendiendo sus palabras. Arwen era una mujer dulce, cariñosa y atenta con los demás, altruista y siempre velando por todos ellos. Desde que la conoció se sintió afortunada por considerarla su amiga.
—Hermana, debes comprender que Amarië ya tiene la edad suficiente para cuidarse sola— intervino el mayor de los gemelos. A su lado, Elladan asintió de acuerdo.
—Y tanto.
Tres pares de cabeza se giraron a mirar al que había dicho aquello. Elladan, consciente de ello, se ruborizó.
—Quiero decir, es algo obvio ¿no?
Ninguno dijo nada, y menos Blyana, que sabía que Elladan se refería a aquella noche, semanas atrás, cuando le había inmovilizado cuando entró a hurtadillas en su cuarto. Sin embargo, consciente de lo mucho que aprovecharía Elrohir esa información para martirizar a su gemelo, escondió aquella verdad tras una sonrisa.
Arwen alejó la atención de su hermano y la depositó de nuevo en Blyana. Enlazó sus brazos y cambió de tema.
—Tenemos que ponernos al día. Es cierto que hacía mucho que no venías por la casa de nuestro padre. ¿Ha ocurrido algo extraordinario?
¿Qué si había ocurrido algo extraordinario? La mujer pensó en los tantos encargos que había ejecutado, en las partidas de orcos que había perseguido, en los pueblos que había ayudado. Nada de aquello se salía de lo normal, a excepción de cierto viaje a petición de un mago.
—En general no. Pero sí que ayudé a Gandalf hará dos años en una búsqueda- se encogió de hombros, restándole importancia.
—¿Acudirás mañana al Concilio? —continuó preguntando la elfa. Asintió.
—Tu padre envió a Elladan en mi búsqueda, para convocarme. Galadriel quiere que yo sea la representación del pueblo de Lorien.
Aquella declaración sonó agridulce en sus labios. Arwen, consciente de la razón de dicho sentimiento, le acarició el rostro con cariño.
—Siempre has tendido a infravalorarte, mi querida Amarië. Eres más fuerte de lo que crees.
El azul eléctrico de sus ojos estaba cargado de significado e intensidad, y Blyana se sintió encoger.
Para alivio suyo, alguién sin saberlo llegó para salvarla.
—Mi señora Arwen, su padre solicita su presencia.
Lindir se mantenía serio mientras se dirigía a la hija de su Señor. La elfa asintió ante la petición del mayordomo de su padre. Les sonrió a los tres.
—Me temo que esta conversación ha de acabar aquí— sin embargo, antes de irse, miró directamente a la mujer. —Espero que mañana podamos hablar largo y tendido sobre estos años, estoy deseando contarte algo muy importante.
Ante la mención de aquello último, su rostro se iluminó. Blyana sólo pudo apreciar aquel cambio y sorprenderse. Nunca había visto a su amiga mostrando aquella emoción. Asintió y la dejó marchar. Arwen desapareció entre los invitados.
—Eso ha sido inesperado— la mujer expresó su sorpresa a los gemelos. Entre ellos se miraron con complicidad. —Así que vosotros lo sabéis.
—Por supuesto que sí. Todos aquí lo saben.
—Te has perdido algunas cosas, querida. Pero siempre hay momentos para ponerse al día.
Las palabras de los hermanos resultaron amargas para ella. Tal vez ellos no pretendieran hacerla sentir culpable, pero no pudo evitar hacerlo. Por su cobardía evitaba volver a su hogar, y a Rivendel también, y en consecuencia pocas eran las veces que disfrutaba de la compañía de sus amigos y familia. Ellos le habían confesado tiempo atrás que respetaban su decisión, pero en momentos como aquel, no podía evitar sentir vergüenza de sí misma. Pero no podía culpar a los gemelos por decir la verdad, de modo que se tragó sus oscuros pensamientos y pintó una sonrisa conciliadora en sus labios.
—¿Os parece si aprovechamos esta noche?
Y, de esta forma, durante la cena los gemelos y la mujer se sentaron juntos y conversaron, contándose todo lo que había sucedido en los últimos treinta años. Sus risas pasaron inadvertidas entre la conversación del resto, sumidos en sus propias charlas. Las horas pasaron más satisfactorias y agradables de lo que pudo esperar, y en cuanto quisieron darse cuenta la cena terminó y todos pasaron a la Sala de Fuego, perfecta para disfrutar de amenas conversaciones al candor de la chimenea.
En cierto momento de la noche Bilbo procedió a recitar poesía, de su propia autoría, relatando la historia de Eärendil. Cuando aquello Blyana se separó de los gemelos, puesto que estos habían visto a alguien entre el gentío y habían asegurado a Blyana que era menester que le contaran sobre sus hallazgos en las Tierras Ásperas. De esta forma la mujer quedó sola, deleitándose con la melodía compuesta por su viejo amigo.
Se hallaba alejada de la multitud que rodeaba al hobbit, recostada contra un pilar que separaba el interior de la sala con la terraza. El aire fresco de la noche acariciaba su piel, erizando su vello. El frio comenzaba a tornarse helado, pero ella no pareció preocuparse.
La noche había resultado más placentera de lo que esperaba, y Blyana sentía como sus labios se mantenían en una ligera curva, elevados, deleitados con la armonía de la imagen y el sentimiento de calidez en su interior. La anciana pero jovial voz de Bilbo fluía por la sala como un rio, embaucando a los oyentes con su dulzura. Blyana recordaba aquella forma tan peculiar que tenía el hobbit para hablar, sesenta años atrás. A pesar de no haberse visto de nuevo desde que se separaron ambos habían mantenido contacto por carta, impidiendo que aquella amistad se quedara en el olvido. Había sido en aquella correspondencia que el hobbit le había escrito varias de sus historias, pidiendo su opinión, y ella siempre quedaba fascinada por la facilidad que tenía por relatar aventuras de una forma tan sencilla pero apasionada; sin embargo, aquella pasión se hacía más evidente en aquella interpretación en vivo.
De esta forma, la mujer escuchó todo el relato de Bilbo hasta que este llegó a su fin. Las alabanzas llegaron por parte de aquellos que lo rodeaban y Lindir le pidió que repitiera.
—Hermoso, ¿cierto?
El murmullo a su lado la tomó desprevenida.
Blyana dio un pequeño respingo, sorprendida al percatarse de que alguien había llegado a su lado y ella ni siquiera lo había notado. Parecía ser que el hechizo de la poesía había resultado realmente profundo en ella. Giró el rostro y se dio de lleno con un rostro familiar y unos iris azules brillantes; como dos estrellas.
Estalló en carcajadas.
—¡Eres más escurridizo de lo que recordaba, Legolas! Apenas he notado tu presencia hasta que me has hablado.
Su amigo sonrió, visiblemente divertido por su reacción.
—He estado practicando— el rubio hizo una reverencia a modo de saludo. —Me alegra verte de nuevo, Blyana.
La mujer lo miró con intensidad, y sonrió, sincera.
—Yo también me alegro.
Legolas se incorporó y le devolvió el gesto. Blyana lo recorrió de arriba abajo, sin encontrar en él ningún cambio físico, algo común y poco sorprendente en un elfo, pero no se le escapó aquella falta de brillo en sus ojos, más opacos ahora que la última vez que los vio. Parecían haberse tornado distantes, más fríos y menos curiosos. Le entró curiosidad. ¿Qué le había podido ocurrir a su amigo en aquel tiempo que mermase esa llama vivaz que tanto lo caracterizaba dentro de los de su raza? A Blyana le hubiera gustado poder descubrirlo, pero era consciente de que tal vez no era la mejor forma de iniciar la conversación.
—Desconocía que fueras una de las pertenecientes al concilio. Me sorprendí mucho cuando Aragorn me lo dijo- para alivio de ella, fue él quien empezó a hablar. Le hubiera costado horrores dejar atrás su manía de expresar sus pensamientos.
—Sí, bueno, parece ser que alguien considera que debería formar parte de él. ¿Entonces ya has visto a Aragorn?
—Lo vi antes del banquete, y hemos pasado parte de la noche poniéndonos al día. Sin embargo los hijos de Lord Elrond llegaron, pidiendo hablar con él. Nos dijeron que acababan de dejarte, de modo que vine a verte.
Blayna recordó entonces que no había visto a Aragorn en toda la noche.
—Me alegra que lo hicieras entonces.
Ambos se miraron con complicidad. A su alrededor, poco a poco la conversación se iba animando.
—¿Te parece si damos un paseo? —la proposición de la mujer lo tomó desprevenido. —Hay demasiado alboroto para mi gusto.
Legolas se percató entonces de que muchos de los presentes, ya afectados en mayor o menor medida por el consumo de vino, mostraban mayor énfasis y alegría en sus palabras. Muchas de sus carcajadas retumbaban, habiendo dejado de lado la cortesía. Además, muchos se habían sumado al recital y las distintas voces se iban superponiendo, añadiendo más ruido al ambiente. Cierto era que la celebración se había tornado más ruidosa. Por ello, asintió conforme. Blyana le sonrió agradecida.
Juntos salieron por las puertas que llevaban a la terraza, llegando pronto a la sencilla red de caminos que entrelazaban la casa de Elrond con los espectaculares jardines. La noche ya estaba avanzada, de modo que la oscuridad apenas dejaba entrever; sin embargo la luna iluminaba como un candil, permitiendo que su agudizada visión les permitiera desplazarse con tranquilidad en la negrura de la noche.
Iban uno al lado del otro, dejando a cada paso el jaleo y la fiesta a su espalda.
—¿Cómo ha ido todo en este tiempo?
La primera en hablar fue Blyana, dejándose llevar como siempre por el impulso y la curiosidad. A veces le pedía a Eru que ejerciera sobre ella algún control o filtro sobre sus pensamientos, o que le permitiera censurar su boca. Pero en aquel momento no se sintió del todo mal con su pregunta, puesto que se trataba de un amigo, y Legolas conocía aquella molesta faceta suya.
El príncipe elfo delineó una sonrisa amarga.
—Poco emocionante, en verdad. Desde vuestra marcha los días se sucedieron con rapidez. Retomé mis deberes como príncipe del Bosque Negro y mi puesto en la guardia fronteriza.
—¿No conseguiste convencer a tu padre de que te permitiera volver a salir? —ante su pregunta, él negó con la cabeza.
—Ni una sola vez.
Blyana se tragó con mucha fuerza de voluntad la maldición dirigida al rey Thranduil. Ya comprendía aquella tristeza y opacidad en los ojos de su amigo. El padre de Legolas había cortado de raíz el sueño y los deseos de su hijo, alegando que era una necedad. ¿Cómo podía impedir algo así a su hijo? No pudo evitar pensar en su propio padre, en cómo en un primer momento le había negado salir al exterior, pero en aquel momento ella era una joven inexperta en asuntos del mundo, sin embargo su padre supo ver cuándo fue el momento en el que ella estuvo preparada y la dejó ir. Para Blyana una de las tareas fundamentales como progenitor es saber cuándo tus hijos son capaces de cumplir sus sueños, y dejarles explorarlos. Tal vez en aquel proceso uno acababa sufriendo, pero las desgracias también forman parte del desarrollo de cada individuo, y no se puede coartar eso. Si uno no marca su propio camino, no está viviendo su propia vida.
A cada paso que daban Blyana era más consciente de la tristeza de su amigo y sintió compasión por él.
—Lamento escuchar eso— él la miró y negó para quitarle importancia.
—Al menos conseguí que me dejara venir a Rivendel para el concilio— añadió. —En un principio mi padre pensaba enviar a un emisario para notificar a Lord Elrond y a Gandalf del escape de la criatura Gollum, pero cuando llegó Elrohir a las estancias alegando que su padre convocaba un concilio y que era menester la presencia de un representante del Bosque Negro él decidió que fuera yo dicho representante. Qué mejor que el propio hijo del rey para la tarea.
—¿Te han dicho a qué se debe dicha reunión?
—No. Elrohir tampoco conocía el asunto a tratar, pero parece que Elrond mostró cierta insistencia.
—¿Y cómo es eso de que escapó la criatura Gollum?
El elfo titubeó durante unos segundos antes de contestar.
—Eludió a los guardias en una de las salidas al bosque. Hacía tiempo que lo dejábamos salir de su celda durante unos instantes cada día, pero en una de ellas hubo una emboscada por parte de una manada de orcos y se escabulló aprovechando el caos.
Sin duda, no se le veía muy contento con aquel suceso. Tal vez le pareciera que era una forma de negligencia por parte de los soldados de su pueblo, o podía ser que no soportara la intrusión de orcos en sus tierras, pero la mujer no dijo absolutamente nada que pudiera alimentar cualquier pensamiento destructivo sobre aquel tema. De esta forma, sólo asintió ante la información.
Tras unos segundos de silencio, Legolas retomó la conversación.
—¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti en estos años?
Doblaron una esquina y fueron a parar al pequeño lago cuyas aguas se mecían al son de la brisa. En la orilla crecían pequeños juncos que bailaban al son de la naturaleza.
—Bueno, retomé mi camino y estuve vagando por las tierras del Este. Volví a una antigua aldea cerca de Ithilien, donde antaño pasé parte de mi vida y ayudé a los campesinos en varios asuntos relacionados con una manada de orcos que aquejaban la aldea y los alrededores. Luego hice varios encargos y tras el último en Framburgo me vine aquí. Por el camino me encontré con Aragorn y los hobbits y recorrimos la última etapa del camino en compañía.
Blyana intentó sonar lo más apática posible cuando mencionó su vuelta a la aldea de Ithilien. Desde aquella noche donde las pesadillas volvieron a atormentarla, había sentido que su deber era volver a la pequeña aldea. Obviamente en ella no quedaba nadie que la reconociera, ni nadie a quien ella pudiera recordar, pero aquello no impedía que su corazón se retorciese de dolor al admirar aquel pueblo que antaño sufrió tanto. Todavía era capaz de imaginar las llamas devorando las casas, los cuerpos mutilados, los cadáveres apilados, los gritos y sollozos, el olor a sangre y carne chamuscada, el hedor a orco. Un desenlace que la llevó a uno de los momentos más dolorosos de su vida; un recuerdo que quedó, literalmente, grabado en su piel.
La cabellera rubia de Legolas se mecía a cada paso, mientras que la de ella continuaba presa entre la trenza y el broche. Desde su altura, él podía ver con perfecta precisión los rasgos de la mujer. Tal vez para ella no fuera notable, pero su rostro se endurecía cuando hablaba sobre un tema que no quería tratar o recordaba algo que enturbiaba su mirada. Todavía recordaba aquella noche, en su viaje, cuando vio fuego en su mirada; un fuego impregnado de dolor y remordimiento.
En su momento no preguntó, le parecía indiscreto, y en aquel instante, mientras caminaban juntos, tampoco lo hizo.
Blyana se le antojó desde un primer instante una mujer curiosa. Nada en ella era común, y todo le sorprendía. Sin embargo, con el paso del tiempo, fue siendo más consciente de lo compleja que podía llegar a ser ella. Podía mostrarse en primera instancia como alguien imperturbable, duro o una persona a la que no te conviene molestar, pero cuando la conocías podías descubrir que había en ella un corazón humano y bondadoso, a pesar de su tendencia a maldecir o ironizar todo. Incluso cuando descubrías esa faceta de ella, donde mostraba lealtad y amistad, también se podía percibir una parte oculta. Una que escondía con recelo y que él no había podido descubrir. Como era obvio, siendo él un caballero, no presionó ni hizo amago por sacar esa parte oculta, respetando la intimidad de su amiga. Todo el mundo tenía secretos y todo el mundo quería ocultarlos.
Continuaron su paseo, dejando atrás cualquier conversación que pudiera llegar a incomodarles, y se centraron en aquello que lograra sacarles una sonrisa. Ella le preguntó a Legolas sobre Seren, sobre su vida en las Estancias y sus labores como capitán de la guarida; y él le preguntó sobre las aventuras que había vivido y los lugares que había recorrido. Un año y nueve meses había pasado, pero era curioso como sus vidas habían transcurrido de formas tan distintas. Él encerrado, coartado de libertad, esclavo de su destino, pero en cierta parte tranquilo en su consciencia; mientras, ella vagaba sin rumbo, ajena a su deber, compañera de la libertad, pero huidiza de sus sentimientos.
Caminos tan dispares pero tal vez recorridos por el alma errónea.
En cierto momento se cruzaron con Frodo y Sam, que se dirigían a sus alcobas para dormir. Fue ahí cuando ambos se percataron de que era tarde y recordaron que a la mañana siguiente debían acudir a cierto concilio. De esta forma Legolas propuso a Blyana acompañarla hasta su habitación y continuaron su conversación hasta que llegaron a la puerta. Una vez ahí se despidieron.
—Nos vemos mañana. Descansa— se despidió él, haciendo una leve inclinación como despedida.
La mujer pintó una curva agridulce en sus labios, consciente de las circunstancias en las que se verían al día siguiente. Tal vez Legolas no fuera consciente del asunto que el Concilio pretendía tratar, pero ella veía poco probable el dormir con tranquilidad esa noche. Tal parecía que las estrellas serían sus compañeras hasta la salida del sol.
Aun así, no pensó en importunar las últimas horas de tranquilidad de su amigo.
—Namairë (Adiós), Legolas.
Y, de esta forma, cada uno pasó la última noche antes de que sus destinos se vieran irremediablemente unidos al del resto de individuos que poblaban la Tierra Media.
§
Un semicírculo de asientos, todos ellos ocupados, se abría frente al asiento presidido por Lord Elrond, señor de Rivendel.
El día había llegado y todos los convocados se hallaban en una de las zonas más alejadas de la casa, resguardada por guardias que pretendían impedir que oídos curiosos adivinasen el motivo de tan secreta reunión. En una gran terraza, al aire libre, los invitados de Elrond esperaban ansiosos que se les expusiera la razón por la que habían tenido que recorrer gran parte de la Tierra Media para acudir a tan importante reunión. Pocos de los allí presentes conocían la razón, escasos comparados con el número en total.
Entre los ocupantes se encontraban dos hobbits, sobresaliendo entre el resto de convocados. Frodo y Bilbo Bolsón hacían historia, puesto que rara vez los de su raza se inmiscuían en temas relacionados con cualquier detalle situado fuera de sus fronteras. Por dicha razón muchos se sorprendieron al verlos allí. Junto a ellos se sentaba Gandalf el Gris, siendo así el único mago presente. Además también estaban Legolas, príncipe del Bosque Negro, junto a un par de elfos silvanos; Boromir hijo de Denethor, acompañado por tres hombres más, representaban a los hombres de Gondor; cinco enanos, dos representantes de Erebor, siendo estos Gloin hijo de Gróin y su vástago Gimli, y tres de las Montañas Azules. En el lugar de los elfos de Lorien sólo había una mujer, de apariencia humana, y a su lado, en su papel de simple montaraz, Aragorn tomaba su lugar como Trancos. Presidiendo el concilio Elrond estaba flanqueado por sus dos hijos gemelos: Elladan y Elrohir. Además, presenciando el concilio como mero observador se hallaba Glorfindel, consciente de que su criterio podía ser de ayuda.
Todas las razas que conformaban los pueblos libres tenían una voz en aquel encuentro.
Viéndolos a todos y a cada uno de ellos, Elrond los observó con gravedad. Tras el silencio de expectación, inició el Concilio.
—Forasteros de tierras lejanas. Amigos de siempre. Habéis sido convocados para atajar la amenaza de Mordor— de nuevo, paseó sus centelleantes ojos por cada integrante a medida que hablaba. —La Tierra Media se encuentra al borde de la destrucción. Nadie puede escapar a ella. Debéis uniros o pereceréis.
La fatalidad que impregnaban sus palabras no consiguió calmar la ansiedad de ningún presente. Entre ellos se lanzaron miradas de desconcierto, a expensas de saber qué podía ser aquello que amenazara sus vidas y futuros. El elfo continuó, consciente del impacto de sus palabras.
—Toda raza se enfrenta a este destino, a esta maldición— dio, entonces, por primera vez la espalda al resto y centró su atención en uno de los dos hobbits que se hallaban en la esquina. —Muéstranos el anillo, Frodo.
Captando la atención de todos, Frodo Bolsón descendió de su asiento y se encaminó reticente al centro, donde una sencilla mesa de piedra esperaba a que posaran sobre ella el objeto que los atañía. Cuando el anillo quedó sobre la superficie de piedra, ningún ojo fue capaz de despegar su atención de él. Todos los presentes sintieron como si un peso se cargase sobre sus hombros. Algunos además sintieron como en su interior algo ajeno se removía entre sus entrañas, otros sintieron la acuciante necesidad de apartar la mirada, inexplicablemente temerosos de algo, también los hubo que sintieron como el deseo y la codicia sonreía ante la belleza del oro refulgir por el sol, conscientes del poder que aquel sencillo adorno podía entrañar en sus vidas. Muchas fueron las emociones que arrollaron a los presentes, pero ninguna de ellas podía definirse como apacible.
Los murmullos y las exclamaciones fueron creciendo a medida que la influencia del anillo calaba en sus almas.
En particular, Blyana sentía como su corazón se encogía, sus pulmones se ahogaban y sus pensamientos se quebraban. Era una sensación horrible. Se permitió cerrar los parpados con fuerza y una imagen demasiado vivida de su padre se formó en la oscuridad. ¿Qué no podía hacer el mayor de los anillos de poder? ¿Tan difícil podía ser reclamar una vida?
En cuanto comprendió por donde se desviaban sus traicioneros pensamientos, se despertó del encantamiento, horrorizada. ¿En verdad había llegado a contemplar...? Que Eru la perdonase.
A su derecha interceptó la mirada de Aragorn, que parecía igual de turbada que la suya. Entre ellos entendieron la agonía de sus pensamientos. Cada cual cargaba con sus propios demonios, pero al final todos terminaban por transformarse en el mismo dolor.
Alguién osó levantarse y hacerse oír entre la multitud. Se trataba de un hombre; de Boromir, capitán de Gondor.
—En un sueño vi el cielo oriental oscurecerse, pero en el Este persistía una pálida luz. Una voz gritaba: «Tu maldición está cercana. El daño de Isildur ha sido hallado»
A medida que sus palabras eran escuchadas por el resto, él se acercaba con lentitud hacia el anillo. Sus oscuros ojos no eran capaces de despegarse de él y, cuando se hallaba extremadamente cerca, extendió la mano guiado por el afán de poseerlo. Alertados por ello, Elrond y Gandalf compartieron un crítica mirada. El elfo saltó de su asiento.
—¡Boromir!
A su vez, el mago también se levantó, sin embargo no fue un grito lo que salió de sus labios, sino más bien palabras en un idioma que pocos de los presentes comprendía.
Sobre ellos, el cielo se tornó negro. Una brisa helada apareció de la nada y, a medida que Gandalf recitaba, esa oscuridad parecía arraigarse en el corazón de los presentes. Sus mentes se vieron turbadas y sus sentidos despojados de albedrio, cualquier sentimiento de esperanza se evaporó y por segundos pareció que la maldad reinó sobre ellos, haciéndolos meros súbditos. Sin embargo, cuando los labios del mago se sellaron, la luz retornó. Todos se hallaban consternados, sintiéndose agitados.
—Jamás antes una voz dijo palabras en esa lengua aquí, en Imladris.
Elrond, al igual que el resto, parecía haberse visto afectado. Sus palabras sonaban acusatorias, poco contento con la intervención del mago.
—No he de pedir perdón, maestro Elrond— ambos, mago y señor de la casa, se miraron con intensidad. Tras unos segundos, el elfo tomó asiento. Gandalf se defendió con estoicismo. —La lengua oscura de Mordor puede ser oída en cualquier rincón del Oeste. El anillo es el mal en sí mismo.
Blyana se obligó a mantener la atención fija en Gandalf, sintiendo en todo momento como la presencia del anillo se imponía desde el centro del semicírculo. Era una sensación extraña la que causaba en ella. Parecía tener cierto magnetismo, tentándola a maravillarse con él, observarlo hasta desear acariciar el frio metal. Por ello, sabiendo de aquellos traicioneros pensamientos, no deslizó en ningún momento la mirada al anillo.
El mago había terminado ya de hablar, retomando su camino a su asiento. La mujer vislumbró como el joven Frodo parecía consternado, ciertamente pálido. No supo identificar si el hobbit se hallaba en aquel estado a causa de la herida en el hombro o por la presencia del anillo, pero cualquier cavilación quedó interrumpida por la reiterada intervención de Boromir de Gondor.
—Es un privilegio— aseguró, lleno de pasión.
¿Un privilegio? pensó ella, siendo incapaz de comprender qué consideraba él un privilegio en ese caso. El anillo de Sauron no era más que un augurio de desgracias.
—Un regalo para los rivales de Mordor— el hombre continuó, en un vano intento por convencerlos con sus palabras. —¿Por qué no usar el anillo? Largo tiempo mi padre, el Senescal de Gondor, ha contenido las tropas de Mordor. Gracias a la sangre de nuestro pueblo ¡vuestras tierras fueron seguras!
Blyana sintió a Aragorn removerse inquieto en su asiento y lo miró. Se rascaba la barbilla, intranquilo, mientras escuchaba el discurso del gondoriano. Fue entonces ahí cuando ella recordó que su amigo era el heredero de Isildur. ¿Cómo afectarías dichas palabras a Aragorn? Tal vez se sintiera angustiado al haber escuchado la dura reclamación de los hombres muertos en la frontera con Mordor. O podía ser también que no coincidiera con las opiniones del hijo del Senescal y se estuviera conteniendo. De igual manera, intentó establecer contacto visual con él, pero este parecía demasiado inmerso en sus pensamientos.
—Entregad a Gondor el arma del enemigo. ¡Usémoslo contra él!
Boromir parecía crecerse a medida que las palabras brotaban de su boca, mirando a todos en un intento por persuadir en su opinión. Fue ahí, tras aquella última exclamación que Aragorn, harto de escuchar tales barbaridades, exteriorizó sus temores.
—No puedes dominarlo— su intervención fue sorpresiva, sonando su voz más grave y profunda de lo normal, llevado por el sentimiento de angustia que se había estado acumulando desde hacía demasiado tiempo. Además, la presencia del anillo a pocos metros no colaboraba para mermar la tensión del ambiente. —Ninguno de nosotros puede. El Anillo Único sólo responde ante Sauron, no tiene otro señor.
Un silencio lleno de peso se instauró tras sus fatales palabras. Todos eran conscientes de la veracidad que había en ellas, por ello nadie osó contradecir la evidencia. Sin embargo, Boromir no pareció extremadamente complacido por aquella intervención capaz de echar por tierra su elaborado discurso.
—¿Qué sabe un montaraz de estos asuntos? —la afilada mirada del gondoriano se clavó en el moreno, mostrando cierta antipatía.
Aragorn selló sus labios, viéndose expuesto. No había podido evitar contradecir al otro, pero había llegado hasta cierto punto que su autocontrol no toleraba siquiera que se planteara una idea tan necia. Era imposible controlar el anillo, y aquel plan sólo les conduciría a la destrucción.
De esta forma, se halló frente a la ira de Boromir de Gondor, quién no sabía quién era y que deseaba que jamás lo descubriera. Sin embargo, parecía ser que hubo quién se tomó aquella interrogación como una ofensa en su nombre y salió en su defensa.
—No es un simple montaraz— Legolas se alzó, imponiéndose ante el hombre, y fulminándole con la mirada. —Es Aragorn, hijo de Arathorn. Le debes lealtad.
Y, en aquel instante, el semblante de Boromir manifestó varias emociones: desde la sorpresa hasta la incomprensión, tornándose finalmente en inquina. El resto de los integrantes mostró el mismo estupor. La identidad de Aragorn había quedado desvelada.
—Aragorn... el heredero de Isildur— parecía que poco a poco Boromir asimilaba lo que aquella revelación implicaba. A su vez, el montaraz no tuvo más opción que rescatar todo el orgullo que hubiera en él y levantó en mentón, preparado para cualquier comentario.
—Y heredero al trono de Gondor.
El ambiente parecía tornarse a cada segundo más pesado. Aragorn decidió entontes intervenir de nuevo.
—Havodat (Suficiente), Legolas.
Nadie osó decir nada. Todos los presentes observaban y alternaban la mirada entre el elfo, el montaraz y el hijo del Senescal. Por otra parte, Boromir sentía como el rencor y el desprecio se dirigían hacia aquel hombre, el heredero desaparecido. ¿Cómo podía siquiera negar el uso del anillo a pesar de no haber estado en Gondor, viendo morir a sus hombres y soldados, luchando en la frontera en favor del bienestar de su tierra? ¿Cómo siendo un forastero de su propia tierra creía tener derecho a reclamar nada? La ira bullía en su interior deseosa de dirigirse a un objetivo.
—Gondor no tiene rey. Gondor no necesita rey— finalmente dio la espalda a todos ellos y, tras lanzar una última mirada al hombre que decía ser el heredero de Isildur, tomó asiento de nuevo. Legolas lo imitó.
Parecía que el tema sobre qué hacer con el anillo volvía a retomarse, conscientes de que el tiempo pasaba. Por ello, Gandalf retomó la conversación inicial.
—Aragorn está en lo cierto. No podemos usarlo.
Elrond se levantó.
—Sólo os queda una opción. El anillo debe ser destruido.
Destruido.
La palabra hizo eco en todos ellos.
Boromir se picó el puente de la nariz, disconforme con esa decisión. Por otro lado los hubo que no pudieron resistir la tentación de contemplar el anillo, como Frodo. Blyana pensó irónica en lo fácil que sonaba decir eso, resultando verdaderamente una misión imposible. Otros, sin embargo, no parecieron verlo tan complicado.
—¿A qué estamos esperando? —uno de los enanos de Erebor sostuvo el hacha que antes descansaba contra la silla. Se incorporó y alzó el arma contra del anillo. En pocos segundos, y sin dar tiempo de reaccionar a nadie, el filo chocó con fuerza contra la pequeña superficie de metal. El impacto fue tal que el enano salió disparado hacia atrás. La conmoción estalló en la reunión.
Sobre la mesa de piedra el anillo se mantenía intacto, ajeno a su intento de destrucción, mientras pequeños restos del filo del hacha se hallaban repartidos a su alrededor. El horror se desató. Blyana sintió como la esperanza mermaba en su corazón a velocidades vertiginosas, viendo a cada segundo más imposible la destrucción del arma del enemigo.
—El anillo no puede ser destruido, Gimli hijo de Gloin, mediante las artes de que disponemos aquí. Fue forjado en los fuegos del Monte del Destino, y sólo allí puede ser fundido. Debe ser devuelto al corazón de Mordor y arrojado en el bárbaro abismo del que procede. Uno de vosotros deberá hacerlo.
La confesión resultó, como era previsible, impactante.
¿Uno de ellos debía llevar el anillo a Mordor? ¿Al propio Monte del Destino? Aquello no era solo imposible, sino suicida.
—No se entra así como así en Mordor— Boromir intervino, de nuevo, pero esta vez Blyana concordó con él. Ella había sido capaz de sobrepasar las fronteras de la tierra enemiga, pero había necesitado de mucha planificación, suerte y bendición de los Valar. Además, ahora que Sauron sabía de la reaparición del anillo Mordor estaría lleno de tropas para enviar en su búsqueda. Ir allí para destruirlo era, cuanto menos, la peor idea. —Son más que orcos los que guardan sus negras puertas. Habita en su seno un mal que nunca duerme. Y el gran ojo, permanece alerta. Es una yerma extensión pasto del fuego, cenizas y polvo. El aire que se respira es vapor venenoso. Ni con diez mil hombres podría hacerse.
Ninguno de ellos pudo negar como la imagen planteada por el guerrero se dibujaba en sus mentes, erizando sus pieles. Poco se conocía de la tierra de Mordor, pero lo que sí no era nada agradable.
—¿Tú qué opinas, Blyana? De los presentes eres la única que ha estado recientemente más allá de la Puerta Negra.
La mirada de Elrond estaba clavada en ella, en búsqueda de una opinión que a su juicio era más neutral. Ella suspiró. Podía sentir la atención de todos sobre ella, pero era el plan de Elrond lo que la preocupaba en esos instantes. Pensó detenidamente.
Ella había logrado cruzar las líneas enemigas un par de veces, siempre sola y oculta tras su identidad de mercenaria. Tal vez fuera cierto que hubiera sido mera suerte, o podía ser una buena oportunidad que aprovechar. Con un ejército, como había dicho Boromir, sería imposible, o poco probable, conseguir atravesar el Paso de los Espectros. Pero tal vez...
—Sauron deja paso libre a mercenarios y haradrim, siendo muchos de ellos aliados suyos, ya sea por interés o ideales. Puede que no sea un gran ejercito lo que necesitemos, sino un grupo pequeño. Un individuo sería irresponsable, pero varios... Sería nuestra mejor opción.
El elfo escuchó atento su opinión, sopesándola. Ella miró también a Gandalf y este hilvanó una sutil sonrisa en su dirección. Ninguno de los presentes pareció oponerse a su aportación, a excepción de aquel cuyo fin parecía ser pisotear todos los argumentos que no fueran los suyos.
—Es un disparate— Boromir fue incapaz de reprimir la incredulidad en su semblante. —Además, ¿qué va a saber una simple niña de asuntos de hombres?
A Blyana le hirvió la sangre. Odiaba ser subestimada, odiaba que la consideraran inútil por no ser un hombre. Ella era mucho más capaz que muchos de los hombres que tanto se reían de ella. Y si no fuera por la repentina intervención de Legolas, le hubiera roto la nariz a ese presuntuoso.
—¡¿No has escuchado nada de lo que Elrond ha dicho?! Si él considera a Blyana más capacitada que tú para ofrecer su criterio no deberías desestimarla de una forma tan ruin. ¡El anillo debe ser destruido!
—Y supongo que eres tú quien se ofrece a hacerlo— el ataque del enano pelirrojo crispó notablemente a Legolas, que lo fulminó con la mirada.
—Y si fracasamos ¿qué? ¡¿Qué pasará si Sauron recupera lo que es suyo?!
Uno a uno todos fueron poniéndose en pie. El ambiente comenzaba a caldearse y la tensión iba adquiriendo forma.
—¡Antes muerto que ver el anillo en manos de un elfo!
Y ahí, se desató el caos.
Elfos, enanos y hombres se alzaron junto a sus voces en pos de defender sus ideas y contrariar las opuestas. Los gritos iban elevándose cada vez más. ¡Incluso Gandalf se hallaba en pie! Simplemente los hobbits, Elrond, Glorfindel, Aragorn y Blyana permanecían ajenos a la discusión. La mujer suspiró.
—De esta forma jamás llegaremos a un acuerdo— murmuró, sintiéndose repentinamente cansada y rendida. Como bien había previsto, poner de acuerdo a las distintas razas sería imposible. Todas ellas tenías demasiado tiempo de convivencia, demasiados años llenos de rencillas, trifulcas y pérdida de amistad. Necesitarían de un milagro para dejar atrás todo aquello y mirar por el futuro de la Tierra Media. Se hundió en el asiento derrotada mientras admiraba la escena frente a ella.
—Nunca hay que perder la esperanza— alegó a su lado el montaraz. Parecía dispuesto a hacerla cambiar de opinión, pero pudo distinguir en su mirada como él también luchaba contra ese pensamiento negativo. Se le escapó una risa cargada de ironía y desazón.
—Yo hace demasiado que la perdí.
Aragorn sintió como un peso cayó sobre sus hombros, lleno de angustia. La visión insegura y negativa de la mujer estaba respaldada por la evidencia. Vivían en un mundo roto desde hacía mucho tiempo, y no sabía qué podía arreglar tanto rencor en tan poco tiempo. Sin embargo, él se negaba a rendirse. Todavía podían hacer algo, debía haber una solución.
La discordia manaba de todos ellos y el anillo de poder parecía amplificar ese sentimiento.
¿Qué milagro sería capaz de arreglar miles de años de odio?
—Yo lo llevaré.
Una chispa de esperanza se prendió en el corazón del montaraz.
Levantó la mirada y frente a él, tan pequeño, Frodo Bolsón intentaba hacerse oír entre los gritos.
—¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? —la incredulidad de Blyana logró sacarlo de su estupor. ¿Ella también lo había odio entonces?
—¡Yo lo llevaré! —esta vez más alto, Frodo continuó en su intento por calmar la discusión. Fue así como poco a poco las voces fueron mermando y el barullo desapareciendo. —Yo llevaré el anillo a Mordor.
Nadie parecía creer lo que estaban presenciando. Todos le observaban, atónitos, mientras trataban de comprender qué había pasado.
—Aunque no sé cómo voy a hacerlo.
Gandalf sintió como el corazón se le oprimía. Frodo se veía tan perdido, tan ingenuo en cuanto a la tarea a la que se había ofrecido. Sin embargo, aún había convicción en su mirada. Fue en ese momento cuando sintió una desmesurada admiración por los hobbits. Sin duda, nunca dejaban de sorprenderle. Y, por ende, no podía abandonarlo.
—Yo te ayudaré a llevar esta carga, Frodo Bolsón, mientras seas tú quien la lleve— palmeó el hombro de su amigo, colocándose a su lado mientras le dedicaba todo su apoyo.
A su vez, Aragorn se levantó por primera vez en todo el concilio y caminó con seguridad hasta el hobbit.
—Si con mi vida o mi muerte puedo protegerte, lo haré— caminó a paso seguro hasta el hobbit y, al llegar ante él, se arrodilló, mostrando todos sus respetos. —Cuenta con mi espada.
Gandalf pintó una sonrisa suficiente tras su larga barba y miró con intención a Elrond. Este le devolvió la mirada.
—Y cuenta con mi arco— Legolas dio un paso al frente y se unió, tomando por sorpresa a los dos elfos que lo acompañaban. Estaba seguro de que su padre no aprobaría esa decisión pero ¿dónde estaba el rey Thranduil para impedírselo?
—Y con mi hacha— Gimli, hijo de Gloin, también se pronunció. Caminó hasta colocarse junto al elfo y le dedicó una mirada condescendiente, causando que este frunciera el ceño.
Estática todavía en su lugar, Blyana observó como uno a uno iban arremolinándose junto al valiente hobbit. Frodo Bolsón iba a emprender el viaje más peligroso de su vida, pudiendo significar el final de esta. Sin embargo no parecía tener tanto miedo. Eso la obligó a recapacitar.
Tantos años llevaba dejándose guiar por el miedo, siendo incapaz de afrontarlo. Recordó su última vez en los bosques de Lorien, aquella vez que la Dama Galadriel le mostró su destino. Recordó aquellas imágenes de fuego, de sangre y tierras arrasadas; rememoró las palabras de su señora, fruto de la visión de la verdad: «En tu destino está la salvación de muchas vidas, Amarië, a su momento deberás enfrentar el sacrificio para hallar la felicidad». Fueron las palabras que le dijo tras la muerte de su padre. Tal vez ya era el momento de superar el camino del dolor que había seguido. Tal vez debía abandonar el deseo de venganza. Tal vez ya era el momento de enfrentar su destino. Tomó una gran bocanada de aire. No sería esta vez la que daría un paso atrás.
Salió de entre los demás invitados y se posicionó frente a Frodo. Le miró a los ojos y vio en ellos una vulnerabilidad tan pura, que todo su ser se encogió. Proteger a los débiles siempre había sido su ideal, y si tenía que morir cumpliéndolo, lo haría.
—Te llevaré hasta la misma cima del Monte del Destino, Frodo Bolsón. Aunque sea lo último que haga en esta vida.
La dulce sonrisa del hobbit fue como un claro de sol tras una pesada semana de lluvia. Atesoró esa imagen en su corazón y le devolvió el gesto con gratitud.
Tomó lugar junto a Gandalf.
—Por un momento pensé que no te unirías— el murmullo de su viejo amigo la llevó a enfrentarlo. Este la miraba con una mezcla de orgullo y diversión en los ojos.
—Ya es momento de enfrentar mi destino.
—Tu padre estaría orgulloso.
Sintió la afirmación del mago como una ola rompiendo contra ella. Todas sus defensas quebraron y se vio desnuda y desvaída.
—¿De verdad lo crees? —la voz apenas fue capaz de salir de su boca, rota. Él apretó su hombro.
—Estoy seguro.
Ambos se sonrieron, fruto del momento, y regresaron su atención a los asuntos del concilio.
—Tú cargas con nuestros destinos, pequeño. Si es esta la voluntad del concilio, Gondor la ha de ver cumplida.
Y, de esa forma, Boromir se unió al dispar grupo.
—¡Eh! —sorprendiendo a todos, una pequeña figura antes escondida tras los matorrales salió, desvelando la presencia de Sam Gamyi. Este corrió, esquivando a todos, hasta colocarse al lado de su Señor. —El señor Frodo no va a ningún lado sin mí.
Todos se mostraron asombrados por la presencia del nuevo hobbit, sin embargo aquellos que lo conocían solo pudieron evitar sonreír.
—Desde luego es casi imposible separaros. Aun cuando él ha sido convocado a un concilio secreto y tú no— a pesar de las palabras de Elrond, este se mostraba más divertido que molesto.
—¡Eh, nosotros también vamos! —otro grito más, llegando esta vez desde detrás de dos columnas, llamó su atención. Pippin y Merry salieron de su escondite y también corrieron a situarse al otro lado de Frodo. —Tendréis que mandarnos a casa atados dentro de un saco para impedírnoslo.
La cara de Elrond era para plasmarla en una pintura y atesorarla.
—Además, os hace falta gente inteligente para este tipo de misión... cometido... cosa.
—Pues eso te excluye, Pip.
La mujer no pudo evitar la pequeña risa que escapó de sus labios, acompañada por la sonrisa de Aragorn y la ceja enarcada de Gandalf.
—Diez compañeros— Elrond, pasando por alto que tres individuos se habían colado en una reunión secreta, los admiró a todos con atención. —Sea así. Seréis la Compañía del Anillo.
Los diez nombrados se miraron entre ellos y sonrieron con complicidad. A su vez, tres de los cuatro hobbits parecían satisfechos, pero a uno de ellos había algo que todavía no le había quedado claro.
—Bien, ¿a dónde vamos?
TRADUCCIONES
Nénar silla anealimë nurtalë Isil- Nénar es la más brillante cuando la luna se oculta.
Namairë- Adiós.
NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO
Nénar: denominación de la estrella Vega o Sirio.
Tierras Ásperas: también conocidas como Rhovanion, son una extensa región que se extiende desde las Montañas Nubladas hasta el Río Rápido, limitando con Rohan al sur, Eriador al oeste, Forodwaith al norte y Rhûn al este.
