Acto II: La compañía

Capítulo 7


El Concilió llegó a su fin tras la formación de la Compañía del Anillo. Elrond dio por finalizada la reunión y poco a poco los invitados fueron abandonando la estancia, quedando, de esta forma, aquellos que partirían en la misión del anillo, Glorfindel y el propio señor de la casa.

—Un viaje como este ha de ser planificado. No sería prudente partir sin un plan de acción— la sugerencia del señor elfo les pareció a todos acertada, por lo que le siguieron hasta llegar a una estancia en cuyo centro se erigía una sencilla pérgola hexagonal, que cubría a su vez una extensa mesa llena de mapas y documentos de carácter geográfico.

Una vez allí, cada uno tomó una posición rodeando la mesa.

—El camino más seguro sería llegar a las Montañas Nubladas yendo todo el primer trayecto lo más posible por el bosque. Una vez en las montañas atravesar el Paso de Rohan y cruzar por la tierra de los señores jinetes hasta llegar a Gondor. Una vez cerca de Ithilien ya no sabría qué camino es el más confiable.

Gandalf sacó de entre sus ropas la larga pipa de madera y prendió una chispa, empezando segundos más tarde a expulsar el humo. El ambiente pronto se impregnó de aroma a hierba.

—El problema no será cruzar Ithilien, sino llegar más allá de la Puerta Negra. Si queremos infiltrarnos en tierras de Mordor deberemos hacerlo en pequeños grupos, sino llamaremos demasiado la atención— la mujer apoyó la cadera contra el borde de la mesa y se cruzó de brazos, contemplando con el ceño ligeramente fruncido el desgastado mapa. —Y una vez dentro será igual, no más de tres personas juntas.

—Lo dices como si fuera sencillo atravesar esa frontera.

Boromir seguía mostrándose reacio en cuanto a la propuesta de Blyana, creyéndolo imposible. Situado como estaba frente a ella, clavó sus iris en ella ejerciendo presión. Sin embargo, ella hizo caso omiso del hombre.

—Si nos disfrazamos de mercenarios y actuamos como tal no habría de haber ningún problema— continuó. —Aunque tal vez fuera recomendable que alguno hiciera un reconocimiento previo antes de dar paso a los demás. Puede que Sauron no se espere un ataque tan discreto, pero seguro que estará preparado para cualquier otra cosa, y eso implica tropas enemigas en grandes números.

—En eso no yerras. En mi tiempo preso en Orthanc vi como Saruman preparaba un gran ejército en favor de Sauron. Estoy seguro de que él también debe andar reclutando tropas— Gandalf asintió, corroborando lo dicho por la mestiza.

—Entonces Sauron y Saruman pretenden cercar a los hombres por ambos flancos— Glorfindel señaló en el mapa la localización de las dos torres, arrastrando luego el dedo por el papel en una muestra del movimiento que podían realizar las tropas enemigas. Isengard contra Rohan y Mordor contra Gondor. —Con un ejército lo suficientemente grande podrían devastar ambas tierras.

—¿Es entonces seguro cruzar por el Paso de Rohan?

—Las Minas de Moria son también una opción— Gimli intervino, llamando la atención con su tono vibrante. —Mi primo Balin nos permitiría el paso.

—Si tomamos ese camino podríamos luego continuar por Lorien y seguir el Anduin hasta Ithilien. Serían varias semanas avanzando por el río pero estaríamos ocultos— Aragorn exteriorizó sus pensamientos, divagando sobre la alternativa de ruta que podían contemplar.

—En verdad preferiría no tomar el camino de las minas, maese enano. Uno nunca sabe lo que esconde la profunda oscuridad— Gandalf se opuso, sin embargo, a esa opción. Muchos lo miraron sin comprender.

—Gandalf tiene razón. Moria debería ser la última de vuestras opciones— apoyó Glorfindel, mostrando el mismo misterio.

—¿Y qué hay de Caradhras? También podría ser una opción— la mujer inspeccionó el mapa y halló escrito el nombre en tinta negra. En un principio no se le había ocurrido el paso a través de las montañas, pero podía ser una posibilidad.

—No sería mala idea— apoyó el montaraz. —Aunque cansado, es un camino aceptable.

—No encuentro forma de rebatirlo, pero aun así considero que el de Rohan es lo más recomendable— el humo escapaba de los labios del mago junto a las palabras.

Mientras, los cuatro hobbits observaban en silencio y alternaban la mirada entre los que hablaban. Aquella era su primera vez fuera de la comarca y, aunque inicialmente su plan era regresar a casa tras llevar el anillo a Rivendel, parecía que su expedición iba a expandirse un poco más. Por otra parte, Elrond también escuchaba sin intervenir.

—Tres rutas entonces son las propuestas.

El señor de la casa deslizó la vista por los tres caminos posibles, alternando los pros y los contras.

—Pero solo uno ha de ser tomado— Glorfindel miró a su señor y esperó cualquier orden o comentario. Sin embargo, este parecía tener otros planes.

—Que sea el portador del anillo quién tome la decisión— los penetrantes ojos de Elrond se clavaron con aparente calma en el hobbit. Frodo sintió de repente la atención de todos sobre él y, por primera vez, comenzó a vislumbrar lo que aquella tarea entrañaría en su vida y cuál sería su papel en cuanto a la Compañía.

Tres caminos.

Rohan, Caradhras o Moria.

Una única elección.

El joven hobbit sintió como las manos comenzaban a sudarle y miró a todos sus compañeros nervioso, sin saber qué hacer. No fue hasta que cruzó miradas con Gandalf que pareció serenarse lo suficiente y tomar una decisión.

—Atravesaremos el Paso de Rohan y de allí iremos hasta Gondor.

Sonó más seguro a como se sentía, pero no fue hasta que soltó las palabras que sintió como un peso desaparecía de sus hombros. ¿Qué hacía en verdad él allí? Estaba rodeado de experimentados guerreros, todos mucho más capaces que él, y sin embargo ninguno pareció poner objeción a su inexperta decisión. ¿Estaría él verdaderamente cualificado para llevar el anillo a Mordor? ¿No se había precipitado quizás a la hora de ofrecerse?

—No se hable más pues. La Compañía partirá como bien ha dispuesto el señor Bolsón.

Tras eso, la reunión no se alargó mucho más.

Una vez seleccionada la ruta, Aragorn recordó la posible presencia de los Jinetes Negros en los alrededores. Glorfindel entonces se ofreció a dirigir un grupo de guerreros que barriese las tierras de Rivendel en busca de enemigos, y cuando estas quedaran limpias y fueran seguras, la Compañía partiría en su viaje. Además hablaron sobre posible equipaje que llevar y descartaron materiales que no fueran convenientemente necesarios. Elrond aseguró que para antes de partir lograrían hacerse con todo lo necesario.

Y, tras ello, abandonaron la sala.

Frodo observó, habiéndose quedado en último lugar, como Lord Elrond y Glorfindel abrían paso, ordenándole el primero cómo debía organizar el grupo de exploración al segundo. Tras ellos, Gandalf reprendía a Pippin y a Merry a la par que Sam negaba con cansancio; Aragorn, Blyana y el príncipe elfo caminaban a la par, hablando entre ellos, hasta que la mujer se giró para llamar al enano e incorporarle en la conversación, hecho que no pareció agradar al rubio. Por otra parte, y siendo el último de ellos, Boromir de Gondor se mantenía cabizbajo y pensativo mientras desaparecía entre los caminos de la casa de Elrond. Frente a él todos sus compañeros se mostraban naturales, lo que causó una leve risa por parte del moreno. Tal vez había sido un error tomar aquella carga, pero con ellos a su lado a Frodo no le pareció tan pesada.

Llegó en silenció a su habitación, sumido en sus cada vez más enturbiados pensamientos. Apenas era consciente de lo que sucedía a su alrededor, y por ello se sorprendió cuando al cerrar la puerta se topó con la figura de su anciano tío en el interior.

—Tío, ¿qué hacéis aquí?

Bilbo Bolson apartó la mirada del paisaje de la ventana y la centró en su sobrino. Se le veía cansado y, si no sonara tan descabellado, Frodo hubiera apostado a que había envejecido en esas pocas horas.

—Oh Frodo, mi dulce Frodo. Lo lamento, lo lamento tanto— el anciano rompió la distancia que había entre ellos y abrazó con fuerza a su sobrino. Frodo no era capaz de comprender el actuar de su tío, pero aun así le devolvió el gesto con cariño.

—No hay nada por lo que debas disculparte— negó él.

—Sí, sí lo hay. Si yo no hubiera cogido ese anillo sesenta años atrás hoy esa carga no pesaría sobre ti. Si no fuera tan viejo podría haber sido yo quién emprendiera este viaje y tú no habrías de verte afectado. Si hubiera sido más cuidadoso, nada de esto habría pasado.

Bilbo sonaba verdaderamente arrepentido. Frodo se sorprendió ante aquel arrebato de culpa. Él en ningún momento se había planteado que todo aquello fuera culpa de su tío. Al contrario; él no había sido más que una víctima. Sin embargo, este parecía profundamente afligido por la situación.

—Tío...

—En verdad lo siento, mi querido Frodo... Espero que algún día seas capaz de perdonar a este pobre viejo.

Las manos del más joven rodearon las mejillas del más anciano. Frodo levantó el rostro de su tío y no pudo más que sonreírle con dulzura. Los ojos de Bilbo resplandecían a causa de la tristeza, pero él no se vio afectado por ella.

—No hay nada que perdonar. Nada de esto es culpa tuya, y ha sido mi decisión tomar esta carga. Prometo que lo cuidaré tan bien como lo hiciste tú todo este tiempo, y que al final lo destruiré.

Bilbo cerró los parpados y dejó que las palabras de su sobrino calaran en él. Frodo habló con verdadera pasión.

—Tú papel ya ha concluido, tío, ya puedes descansar en paz.

§

La noche ya había caído sobre la Tierra Media.

Tras un intenso día lleno de revelaciones, disputas, acuerdos y planificación, muchos de los pertenecientes al concilio se habían internado en sus habitaciones para conciliar el sueño. Sin embargo, hubo quién no pudo hacerlo.

Blyana, como tantas otras veces, observaba en silencio la inmensidad del cielo.

El silencio que reinaba en la Sala de Fuego permitía a la joven sumergirse en sus pensamientos y dejarse llevar por ellos, arrastrada por la corriente del pasado, ahogada por las palabras de antaño. Hacía horas que permanecía en la más absoluta quietud, pudiéndola confundir con una estatua; apenas se percibía el rítmico movimiento del pecho al respirar y el leve pestañear. A pesar de esto, de aquella aparente tranquilidad, en su interior ella era un hervidero de pensamientos y temores.

En tu destino está la salvación de muchas vidas, Amarië, a su momento deberás enfrentar el sacrificio para hallar la felicidad.

Las palabras de su Señora Galadriel se repetían una y otra vez, apenas permitiéndola descansar.

En tu destino está la salvación de muchas vidas, Amarië, a su momento deberás enfrentar el sacrificio para hallar la felicidad.

La imagen de aquel día no se borraba de su cabeza, grabada a fuego en sus retinas.

En tu destino está la salvación de muchas vidas, Amarië, a su momento deberás enfrentar el sacrificio para hallar la felicidad.

Sentía la angustia trepar traicionera por su garganta.

Ella en verdad no se sentía preparada para ello. ¿Quién verdaderamente lo estaba? Apenas hacía unos meses que había regresado a Ithilien y cada segundo allí había sido un desgarro en su interior. La culpa, la debilidad, los gritos, la sangre, el dolor, las cicatrices. Si apenas era capaz de superar aquello, ¿cómo iba a superar la muerte de su padre? Y Galadriel fue clara: "a su momento deberás enfrentar el sacrificio para hallar la felicidad."

Ella no había enfrentado el sacrificio, de modo que se hallaba muy lejos de encontrar la felicidad.

Aun así, no podía dar la espalda a su destino, no más. Llevaba años huyendo de la verdad y sin embargo esta la había terminado por alcanzar. Suspiró.

Todavía era capaz de recordar aquella noche de primavera, con la luna llena y las flores abiertas, cuando su Señora la despertó en medio de la noche. Quería que la acompañara, y ella no desobedeció. Hacía apenas tres días que su querido padre había sucumbido a una emboscada orca y ya no sentía más que frio y soledad. Aun así, siguió a la elfa escaleras abajo, llegando finalmente a un pequeño claro en cuyo centro se erguía una majestuosa pero sencilla pila a rebosar de agua. A su espalda, el caer de una pequeña cascada llenaba el pequeño estanque. Jamás había estado en aquel lugar, puesto que se hallaba dentro de los dominios privados de Galadriel, pero emocionalmente no se hallaba lo suficientemente estable como para admirarlo.

En su momento no entendía lo que iba a hacer, pero cuando la dama le pidió que mirara dentro de la pila acató sus deseos sin rechistar. Allí vio fuego, destrucción, dolor y masacre; admiró como el mundo se quebraba y como la esperanza desaparecía; vislumbró un destino terrible del que Arda difícilmente escaparía.

Todavía recordaba la conversación que aconteció a las imágenes.

¿Qué... qué es esto, mi señora?

Blyana tenía los nudillos blancos, comprimidos por la excesiva fuerza que aplicaba al agarrar los bordes de piedra de la pila. En ella, ahora, el agua se mantenía clara y cristalina, sin rastro de la catástrofe que había mostrado momentos antes.

La elfa se encontraba a unos pasos de ella, en pie, observándola con escrutinio pero sin resultar intimidante. El azul de sus ojos parecía taladrar sus pensamientos y desestabilizar su cordura.

El Espejo muestra muchas cosas, Amarië; cosas que fueron, cosas que son y otras que serán.

Y lo que acabo de ver... no comprendo.

La joven mestiza intercalaba la mirada entre el pilón y su señora, perdida y confusa. La elfa pareció apiadarse de su incomprensión y le sonrió benevolente.

Lo que acabas de presenciar es parte de tu destino.

¿Mi destino?

Galadriel pareció flotar sobre la hierba y se desplazó hacia ella, asomando también su mirada en el espejo.

—El futuro de la Tierra Media se halla en una inestable senda, donde cualquier mínimo desvío conducirá a la desolación. Te he mostrado la predicción del Espejo porque tu destino se halla entrelazado a esa senda. Tu deber está en impedir que Arda sufra los presagios de la destrucción. Pero no has de temer, puesto que junto a ti caminaran más elegidos, todos ellos con sus propios destinos, pero unidos por un fin común.

La castaña intentaba comprender aquello que le decía su señora, pero le era imposible.

Yo no comprendo. ¿Cómo puede ser ese mi destino? No soy nadie especial.

No se ha de ser especial para ser bendecido por los Valar.

Los Valar no me han bendecido, sino maldecido. Yo solo traigo desgracia.

¿Qué los Valar la habían bendecido? ¿A ella? Blyana no sabía si gritar de la impotencia, llorar desolada o reír por la ironía. ¿Salvar a Arda de la destrucción? ¿Ella? Desde que había salido al mundo sólo la acompañaban desgracias y desavenencias. El Espejo debía de estar equivocado.

Eso no es cierto.

Por mi culpa una aldea de Ithilien fue arrasada y quemada por los orcos. Por mi culpa familias enteras fueron degolladas por mera diversión. Por mi culpa Elmer y Amara se hallan ahora bajo tierra, habiendo padecido una de las muertes más dolorosas. Por mi culpa mi padre fue emboscado por los orcos. Por mi culpa mi padre fue ensartado como un simple animal. Por mi culpa las personas que quiero mueren en agonía. Ese es mi destino, traer dolor, no esperanza.

A medida que crecían sus palabras, creía su ira. Una furia irracional emanó de su interior y estalló. Todo el resentimiento que sentía, toda la aflicción, todo el desasosiego. Todos las emociones negativas que había ido acumulando se volvieron contra ella.

Ella era la culpable de todo. Nadie más.

No has de culparte por aquello que no puedes controlar, Amarië. La muerte posee una libertad que nosotros no podemos coartar. No cargues sobre tus hombros pesos que no te corresponden.

¡Pero yo los maté!

No lo hiciste. Tus manos no están manchadas de su sangre.

Pero...

Los Valar te han mostrado el dolor del sacrificio para aumentar tu fortaleza. En tu destino está la salvación de muchas vidas, Amarië, a su momento deberás enfrentar el sacrificio para hallar la felicidad.

¡No puedes decirme eso! ¡No después de lo de mi padre! ¡No después de lo de Ithilien!

Blyana sentía la rabia desgarrar su interior; notaba la garganta seca y los ojos aguados. Todo en ella rezumaba descontrol.

Amarië...

La Dama la observaba a unos pasos, respetando su espacio y velando por sus sentimientos. Los intensos ojos de la elfa solo la contemplaban con tristeza.

¿Cómo puedes pedirme esto? ¿No ves acaso que sólo traigo desgracia? —un sollozo escapó de sus labios, seguido de otro, y de muchos más. Las rodillas de la joven flaquearon y cayó contra el suelo, habiendo perdido toda su fuerza. Sentía las mejillas húmedas, la culpa atravesando su alma y el corazón roto.

Galadriel se arrodilló con delicadeza frente a ella. Sus largos cabellos rubios parecían iluminar hasta la oscuridad más profunda. Con sus suaves manos acarició el rostro de la joven y la obligó a mirarla. Una sonrisa dulce pintaba sus finos labios.

Las almas puras nunca traen desgracias, hérincë (pequeña). Sin embargo, muchas veces son puestas a prueba para llegar a alcanzar su máximo expendedor. Los Valar te tienen preparado un futuro lleno de luz, pero hay que dar para recibir a cambio— con palabras dulces y firmes, la sabia elfa rodeó con sus dedos todo el rostro de Blyana. La joven se sentía incapaz de apartarle la mirada, pero su reconfortante presencia no era suficiente para mitigar el dolor.

Pero yo no quiero un futuro de expendedor, sólo quiero... Los quiero de vuelta.

Cerró por un segundo los ojos y fue capaz de vislumbrar a Elmer con el rostro lleno de paja, los cabellos revueltos y la mirada pícara; también vio a Amara con su sonrisa conciliadora y sus hoyuelos marcados; y por último vio a su padre, erguido y riendo, con sus ojos llenos de amor. Sin embargo, al levantar los párpados sus imágenes se volvieron meros fantasmas.

Tu corazón es fuerte, como tu espíritu. Encuéntrate a ti misma y, cuando vuelvas la vista atrás, no habrá dolor sino calidez al rememorar las pérdidas del pasado.

Ella negó, todavía sujeta por la Dama.

Jamás desaparecerá el dolor.

Una pequeña risa escapó de los labios de Galadriel. Con cariño, acarició la piel de la joven.

El tiempo obra milagros, hérincë.

La brisa se levantó traicionera, desordenando los sueltos cabellos de la joven y despejando su mente. Dejó que el frio aire calara en sus pulmones y movió los dedos, sintiéndolos fríos y entumecidos.

El invierno cada vez se encontraba más cerca, trayendo grandes nevadas y gélidos vientos. A ella nunca le había gustado el frio, sin embargo a su padre le encantaba.

—Es inquietante saber que siempre te encuentras despierta.

A su espalda, una voz intrusa hizo acto de presencia.

—Habló quién duerme con los ojos abiertos.

Escuchó los pasos acercase y al final acabó por sentir la presencia del intruso a su lado. Giró apenas el rostro y la figura de Gandalf se mantenía en pie junto a ella.

—¿Qué haces despierta a estas horas? —el mago la miró con escrutinio, el sombrero puntiagudo había desaparecido y la vara también, habiendo en sus manos una tela grisácea. —Hace demasiado frio para pasearse a estas horas sin abrigo.

Extendió la tela y la colocó sobre sus hombros, tapándola por completo. En pocos segundos Blyana sintió como la piel y los huesos iban entrando en calor y recuperando una temperatura corporal estable. Miró sorprendida a su amigo, cuyos ojos parecían reprocharla por su irresponsabilidad. No pudo más que sonreír agradecida.

—Necesitaba despejarme— confesó, sabiendo que con Gandalf podía expresar sus inquietudes.

—¿Es sobre la misión del anillo?

—Algo relacionado.

La mujer se mordió el labio, inquieta. El mago pareció notar que ella tenía algo más que decir, por lo que no interrumpió. Los segundos se sucedieron con calma.

—¿Gandalf, recuerdas cuando me fui de Lorien?

—Como para no hacerlo, todavía recuerdo a tu tío maldiciendo de un lado para otro.

Ella bajó la mirada, sintiéndose culpable.

—Pero ¿alguna vez os dijo Galadriel la razón de mi marcha?

Gandalf frunció el ceño, sin comprender exactamente a dónde pretendía llegar Blyana con aquella conversación.

—Sólo dijo que debías hacer ese viaje para aclarar tu mente— el mago intentó que la joven lo mirara, pero esta parecía sentirse incapaz de levantar la cabeza.

—¿Y mi tío se contentó con eso?

—Sabes que no. Sin embargo, comprendió que si la Dama respaldaba tu elección debía ser paciente. Que algún día regresarías.

—Y sin embargo, no lo he hecho— su voz sonó amarga.

—¿Qué es lo que pretendes decirme Blyana? —la mujer hilvanó una ligera sonrisa.

—No es tan divertido cuando te hablan con acertijos ¿cierto? —el mago bufó y murmuró por lo bajo, llamándola «niña resentida». —Aquel día, la noche que me fui, la Dama Galadriel me mostró una visión en el Espejo.

Gandalf dejó de refunfuñar y le prestó atención, entendiendo entonces que la joven iba a explicarle la razón de su abrupta huida, del porqué abandonó Lorien y no regresó. Era una de las grandes preguntas que se hacían todos los que la conocían, sin embargo hasta ahora solo dos personas eran conocedoras de esa verdad. Y ninguna de ellas había hablado, hasta ahora.

—¿Qué fue?

La mujer se mantuvo unos segundos en silencio.

—En cierta parte, mi destino. Me dijo que debía enfrentar la pérdida para cumplir mi sino, pero yo no estaba preparada. En aquel momento solo sentía deseos de venganza. Los orcos me habían arrebatado demasiadas personas que quería, y la ira me cegó —hizo una pequeña pausa, conteniendo sus emociones. No le había contado a nadie aquello, pero ya era hora. —La Dama me dijo que debía encontrarme a mí misma, que me había perdido. Hui de Lorien porque pensé que hallar la venganza me ayudaría a aplacar el dolor.

Gandalf escuchaba en silencio, encontrando sentido al fin a muchas de sus incógnitas.

—Perseguí manadas orcas, rastreé incluso a orcos solitarios. Me hice mercenaria para poder sobrevivir y continuar con mi caza. Pero, cada vez que mataba no encontraba esa sensación de calma, ni el dolor desaparecía. Los años fueron pasando y finalmente comprendí que perseguir ese deseo de sangre no iba a devolvérmelos, ni a aplacar la pena. En aquel momento, la culpa y la vergüenza sustituyeron el dolor y la ira y, en vez de regresar a casa, vagué sin rumbo, continuando mi vida de mercenaria.

Blyana se alejó del resquicio de la ventana y se adentró en el cuarto. Apretó con ambas manos la manta que cubría sus hombros y se arropó en ella. No se sentía capaz de mirar a su amigo.

—No era capaz de reunir las fuera para enfrentarme a mi tío, no después de haberme ido sin dar una explicación. Actué de forma egoísta y ahora no soy capaz de enfrentar las consecuencias. Solo soy una cobarde.

El viento aulló y varias ramas crujieron en el exterior.

—Pero... Hoy, en el concilio, comprendí que era el momento de dar un paso al frente y dejar de huir. Tal vez nuestro viaje no nos lleve a Lorien, pero si soy capaz de ayudar a Frodo a destruir el Anillo Único ¿no podré acaso disculparme ante vosotros? Además, Galadriel auguró que mi destino era impedir que Arda sucumbiese a la destrucción, y que otros compartirían mi destino. ¿No es acaso esta situación a lo que ella se refería? ¿No será esa la razón por la cual no envió ningún representante de Lorien al concilio, sino que dejó que fuera yo? Tal vez me equivoque, pero aun así creo en esta misión y daré todo de mí. Cumpliré con mi destino, sea o no este de aquí.

Acabó por tomar una profunda bocanada y sintió que se ahogaba al escuchar el silencio que hubo tras finalizar su discurso. Sentía la presencia de Gandalf a su espalda, aparentemente imperturbable. Cerró los ojos con fuerza e intentó que los nervios no corroyeran todo su ser. Al fin se había sincerado, al fin le había contado a alguién todos sus temores y aquello que la avergonzaba. Podía ser que Gandalf la tomara por una mera niña, incapaz de enfrentar su realidad, o tal vez solo la comprendiera y no la juzgara por sus decisiones. ¿Pero cómo no iba a juzgarla si ella lo hacía a cada segundo? Había sido una necia, y en algún momento debía pagar las consecuencias.

No fue hasta que escuchó los pasos del mago acercándose que sintió como su corazón martilleaba en su pecho, a una velocidad y fuerza capaces de romper la piel y salir al exterior. Apretó con más fuerza aún la manta sobre ella y no se atrevió a mirar al mago, manteniendo los párpados fuertemente cerrados. Poco a poco escuchó como llegaba a ella y por instantes creyó que desfallecería de la tensión.

Tal vez se había precipitado y no era el momento de pedir perdón.

Tal vez había cometido un error al haber aceptado esa misión.

Tal vez no debía haberse sincerado con...

Abrió los ojos en shock al sentir como los brazos del mago la rodeaban con delicadeza. Gandalf la cobijó en su pecho y ella no era capaz de comprender por qué no se encontraba reprendiéndola. Levantó la vista, incrédula, para mirar el rostro de Gandalf. En él encontró una sonrisa dulce e indulgente.

—No debiste esperar tanto tiempo.

Y, con aquellas simples palabras, Blyana estalló.

Cualquier muro, dique o mero intento de contención se quebraron y miles de emociones entrechocaron entre sí, abrumando a la joven. Poco a poco sintió como sus ojos se aguaban y, viéndose incapaz de contenerse, escondió el rostro en el pecho de Gandalf y lloró. Lloró como hacía tiempo que no lloraba. Dejó que con aquellas lágrimas saliera todo su dolor, toda su frustración, toda la entereza, toda la vergüenza y todo el desazón. Agarró la túnica del mago y se sintió arropada por sus brazos y su presencia.

—¿Alguna vez podréis perdonarme, Gandalf?

Entre sollozos logró formular aquello que todavía oprimía a su corazón. Él dejó escapar una leve risa.

—No hay nada que perdonar, Blyana. Eres la única que parece no comprenderlo.

La mujer sollozó con más fuerza y, tras aquello, sacó todo lo que había estado reprimiendo durante años. Las horas se sucedieron, ajenas al inicio que estaba aconteciendo, hasta que Blyana se sintió al fin liberada.

Aquella noche la mujer dejó atrás el rumbo erróneo que años atrás había tomado, para encaminarse ahora en el sentido que le marcaba su destino. Tal vez todavía no era capaz de mirar atrás y recordar las pérdidas con cariño, pero sin duda se encontraba preparada para enfrentar aquello a lo que estaba destinada.

Algo para lo que a lo mejor tampoco estaba preparada.


TRADUCCIONES

Hérincë – pequeña

NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO

Orthanc: nombre por el que se conoce a la torre de Isengard.

Isengard: fortaleza situada al sur de las Montañas Nubladas, con forma de anillo y una única entrada, hallándose en el centro la torre de Orthanc.

Paso de Rohan: paso estratégico que une las tierras del Este y las del Oeste, separadas por las Montañas Nubladas.