Acto II: La compañía

Capítulo 8


Sobre una pequeña mesa de madera humeaban dos tazas, ambas rebosantes de té. Junto a ellas un pequeño plato con entremeses se encontraba incorrupto.

Habían pasado un par de días desde el concilio y poco a poco los preparativos iban llevándose a cabo. Glorfindel había reunido un grupo conformado por varios expertos rastreadores, entre los que se encontraban Elladan y Elrohir, y habían salido en busca de los Jinetes Negros, esperando no encontrar ningún rastro de su presencia en los alrededores, permitiendo así el inicio del viaje de la Compañía.

A su vez, como bien había prometido días antes, Blyana sacó tiempo libre y se reunió con Arwen. La mujer elfa la invitó a pasar juntas la tarde y, como bien habían dicho, ponerse al día. De esta manera, ambas jóvenes descansaban sobre distintos divanes en una de las terrazas de la Casa de Elrond, disfrutando de un afrutado té y de una amena charla. En un primer momento, Arwen pidió a la mestiza que le relatara todas sus aventuras, fueran livianas o más oscuras, y mientras esta lo hacía la dama elfa escuchó con verdadero interés. El tiempo corrió y las horas volaban, sin embargo pareció que allí, en aquel pequeño rincón, el pasar no afectó. Las dos rieron, hablaron y compartieron historias, pero no fue hasta que el ambiente quedó más distendido que Blyana recordó aquella curiosa reacción que tuvo su amiga noches atrás, en la fiesta de recepción, antes de ser convocada por su padre.

—Ahora ya me dirás, te viste muy extraña noches atrás cuando me dijiste que había algo que deseabas contarme, ¿de qué se trata?

La castaña vertió más té en ambas tazas y posó luego sobre la mesa el recipiente. En ningún momento apartó la mirada de su amiga, que pareció ruborizarse ligeramente ante su comentario. No pudo más que sonreír ladina, divertida por la reacción de la elfa.

—Veo que lo recuerdas— Arwen actuó con falso desinterés y cogió con delicadeza su taza, llevándosela a los labios. —En verdad es algo que quería contarte, pero no sabía cómo sacar el tema a relucir.

La timidez que aparentaba extrañó a Blyana. Arwen podía parecer una dama élfica dulce y delicada, puesto que en parte lo era, pero poseía una determinación y un arrojo que muchos envidiarían. Actuar de una forma tan ajena a ella era chocante.

—¿Y bien? Vas a conseguir que me preocupe— la morena dejó escapar una risa leve y cantarina, sin embargo Blyana no pudo más que fruncir el ceño.

—No es nada malo, en verdad. Simplemente he conocido a alguien.

He conocido a alguien.

Blyana no comprendía, ¿qué tenía eso de extraordinario? Ella también había conocido gente nueva recientemente y no comprendía lo extraordinario. Aun así, no fue hasta que escrutó el rostro de su amiga que halló de nuevo en sus ojos aquel peculiar brillo.

Arwen había conocido a alguien; alguien capaz de hacerle brillar los ojos... Oh.

—¿Te has enamorado? —siendo poco sutil, Blyana abrió los ojos desmesuradamente. Aquello no se lo había esperado. Arwen rio.

—A veces me pregunto cómo siendo tan poco discreta has podido sobrevivir en tu profesión.

—Suerte, supongo. Pero no me cambies de tema. ¿Quién es él? ¿Lo conozco? ¿No será Lindir verdad?

La elfa estalló en carcajadas y Blyana no supo si tomárselo como una afirmación o simplemente que se estaba riendo de ella. Aguardó impaciente una respuesta más aclarativa.

—No sé en qué momento has podido contemplar que me haya enamorado de Lindir, pero no es así. Lo conocí hace ya varios años. Me hallaba en el bosque, disfrutando de la soledad y la naturaleza cuando lo escuché, «Tinúviel», me llamó. Comprenderás que en aquel instante me sorprendí. Él me vio y afirmó haberme confundido con Lúthien. A partir de ese día fuimos conociéndonos, hasta que en un viaje a Lóthlorien nos juramos amor eterno. Él... es... jamás me había sentido tan profundamente unida a otro. Cuando estoy a su lado ardo en deseos de que el tiempo se detenga y su sonrisa nunca desaparezca. Sus ojos reflejan la felicidad más pura cuando me hallo a su lado y mi pecho se encoge. Es extraño, pero fascinante a su vez.

La elfa parecía volar más allá de donde estaban, sus mejillas arreboladas y sus labios curvados. En sus ojos podía vislumbrarse un sentimiento tan profundo y casto... y por unos instantes Blyana sintió como la envolvían a ella. Jamás, en todos los años desde que conocía a Arwen, había visto esa mirada en ella, y al comprender su significado, no pudo más que sentir dicha por su amiga.

—Eso es... Me alegro tanto por ti, Arwen. Te mereces toda la felicidad que puedas hallar con él— alargó los brazos e inclinó el cuerpo, cogiendo las manos de la elfa y apretándolas con cariño. La morena le devolvió la sonrisa y el gesto, cómplice. Blyana retomó su postura inicial. Cogió su taza de té y se dispuso a beber. —¿Y conozco pues a tan afortunado caballero capaz de encandilar el corazón de la bella Undómiel?

Arwen pareció divertida ante su pregunta. Blyana saboreó la bebida ajena a ello.

—Lo haces, en verdad. Aquel que ha robado mi corazón no es otro que Aragorn.

El caliente líquido se atragantó en su garganta, a causa de la sorpresa. Blyana tosió y miró a su amiga incrédula.

—¿Aragorn? —Arwen asintió. —Aragorn. Por Eru ¿y lo sabe tu padre?

No era que la mujer no creyera a su amigo un hombre adecuado para Arwen, al contrario. Sin embargo era consciente de lo que implicaba. Aragorn era mortal, aunque más longevo que cualquier otro hombre, pero seguía estando destinado a morir. En cambio Arwen, a pesar de ser una peredhil como ella, seguía siendo la hija de Elrond. El elfo podía resultar un hombre sabio y justo, pero siempre había sido muy práctico, y Blyana suponía que no sería tan fácil para la pareja que este aprobara su relación tan alegremente.

—Lo hace. Cuando hablamos con él puso una única condición para aprobar nuestra unión, y esta fue que él debía convertirse en el rey de Arnor y Gondor.

—¿Y qué ocurrió? —incrédula ante tal término, no pudo más que preguntar.

—Aragorn aceptó y salió en busca de sabiduría y experiencia. Estuvimos muchos años sin saber del otro, pero no fue hasta que nos reencontramos en Lothlórien que volví a verlo. Galadriel aprueba nuestra relación, sin embargo mi padre continúa manteniendo esa condición.

Tras aquella confesión, las dos se mantuvieron en silencio, presa de sus pensamientos.

En cierta parte Blyana comprendía las acciones de Elrond. Por todos era sabido que el Señor elfo sentía una cierta debilidad por su única hija, y que no dudaría en protegerla, ¿qué mayor peligro había para un padre que un hombre cortejando a su hija? Pero por otro lado Aragorn había demostrado madurez, respeto y verdadera fidelidad a Arwen. ¿No era acaso suficiente? Aun así, y pese a su opinión, Blyana sabía que esta no valía nada, de modo que no podía hacer más que apoyar a la pareja y velar por su felicidad.

—Siento escuchar eso— los pálidos ojos de la elfa se posaron en ella y le dedicaron un vano intento de sonrisa. —Pero tu padre es un elfo sabio, entrará en razón con el tiempo.

—Rezo a Eru todos los días porque eso pase— suspiró la morena. Necesitó de unos segundos para recomponerse pero, al comprender que dejarse arrastrar por la tristeza no la conduciría a la calma, borró todo rastro de desazón. Miró a su joven amiga.

Blyana se hallaba bebiendo, ajena al escrutinio de la otra. Arwen recorrió las delicadas facciones de su amiga, algo afiladas con el paso del tiempo. A la elfa siempre le había parecido fascinante la mirada de Blyana, con sus espesas pestañas y sus grandes ojos, contrarios a los ligeramente rasgados de los elfos. Además, el ámbar de sus iris parecía brillar por sí solo, como un candil de luz ardiente. No pudo más que sonreír con cierta malicia.

—¿Y qué hay de ti? ¿No hay ningún hombre que haya conquistado aún tu corazón?

Y, por segunda vez en la tarde, Blyana se atragantó.

—¿Yo? —incrédula por la pregunta, no supo que responder. ¿Un hombre en su vida? Muchos, pero ninguno había llamado su atención a nivel romántico. Nunca lo había pensado, puesto que nunca había buscado el amor.

Cuando vivía en Lorien no era más que una joven inexperta en muchos sentidos, y bajo el ala de su familia no encontró preocupación en ello. Años más tarde, pasada la tragedia y hallándose perdida, Blyana tenía demasiados problemas como para considerar la atención de los hombres. Cierto era que muchos habían intentado llamar su atención, pero a su modo de ver ninguno la merecía. No era tampoco que considerara a los hombres indignos de ella, simplemente no había encontrado a nadie capaz de causar en ella ninguno de los sentimientos y emociones que le había mencionado Arwen con anterioridad. Tal vez, y siendo lo más plausible, no era su momento aún.

—¿No ha habido nadie? —continuó indagando la elfa. Ella negó.

—Nadie.

—Entonces supongo que podremos remediar eso— rio la otra. Blyana palideció.

—¿Remediar? No hay nada que remediar. Estoy bien como estoy, no necesito en estos momentos de mi vida a un hombre.

—Es una pena, entonces. Siempre consideré que hacías una buena pareja con Glorfindel.

Ahí ya sí que la mujer creyó que iba a desfallecer. ¿Glorfindel? Si esto se trataba de una venganza retorcida de Arwen por haber bromeado con que se había enamorado de Lindir, no tenía gracia.

—No comprendo qué consideras tú hacer una buena pareja. ¡Glorfindel y yo es algo inverosímil!

—No es cierto. Tendrías que ver vuestras interacciones. ¿En verdad no lo considerarías? —Blyana puso los ojos en blanco mientras que la morena apenas podía evitar la carcajada.

—Su actitud hacia conmigo se podría asemejar más a la un padre con su hija que a la de un pretendiente. Eres cruel y retorcida y lo sabes— la señaló con un dedo, acusatoria, y Arwen se encogió de hombros, poco preocupada.

—Echaba de menos estas conversaciones.

Arwen suavizó un poco su expresión y sonrió con melancolía. Blyana imitó su gesto. Cierto era que el tiempo no había jugado a su favor. Conversaciones como esa no eran tan disparatadas entre ellas, cuando eran mucho más jóvenes. Aquellos años donde las preocupaciones eran escasas y su amistad cimentaba sus bases, ahora fuertes e inamovibles. Todas aquellas veces en las que Blyana ayudaba a Arwen a espantar pretendientes y en cambio la otra molestaba a la mestiza con encontrarla al amor de su vida. Eran jóvenes e ingenuas, y parecía que finalmente ya no habría más pretendientes para la elfa y pocos intentos por encontrar alguno a Blyana. Ahora sus futuros se veían peligrar, y la incertidumbre era una constante que debían soportar.

—Prométeme que te cuidaras.

La castaña la miró sin comprender.

—¿A qué te refieres? —el repentino cambio de tema la pilló desprevenida.

—En tu viaje. Sé cuál es vuestro destino y el temor me inunda a cada segundo que lo pienso. También soy consciente de que ya has realizado peligrosas misiones antes pero no puedo evitar seguir preocupándome. Hace apenas unos días que puedo volver a estar a tu lado y ya estoy perdiéndote de nuevo.

Arwen suspiró derrotada, con la mirada baja. Frente a ella Blyana la miraba en un estado de aparente impasibilidad, sin embargo si se prestaba la suficiente atención, podía percibirse como entre sus puños la tela del vestido estaba siendo apretada con incontrolable fuerza.

—Puede que mis palabras te resulten egoístas, pero estando las cosas como estarán, creo poder permitirme este deseo. ¿Tan descabellado sería si esta vez no intervienes directamente en el conflicto?

La mestiza se levantó de su asiento y caminó hasta situarse junto a su amiga. Con determinación cogió sus manos y la obligó a entablar contacto. Arwen sintió como su interior se revolvía al chocar con los brillantes ojos de su amiga. La determinación teñía sus iris, mientras que la comprensión dibujaba su sonrisa.

—Si no estoy ahí, ¿quién cuidará de tu hombre?

Arwen casi dejó escapar una risa, una mezcla de diversión y contención.

—Él también me preocupa, pero es a ti a quien me refiero ahora

—Estaremos bien— le cortó la castaña. Apretó el agarre y se llevó las manos de su amiga a los labios. —Estaré bien.

La elfa la miró, o mejor dicho la escrutó con la mirada. Eso era una promesa. No le quedó más opción que claudicar. Suspiró rendida.

—Te tomaré la palabra— amenazó. Blyana sonrió.

—Sé que lo harás.

§

Los días se fueron sucediendo y con ello continuaron los preparativos.

Todos y cada uno de ellos se esforzó por cumplir sus tareas y ayudar a los demás, haciendo más fácil la organización del viaje. Además, a pesar de las sonrisas y el intento de buen ánimo de la mayoría, era palpable la tensión en todos ellos. Pocas veces esa tensión se mostraba, sin embargo había ocasiones como aquella en las que resultaba imposible.

El grupo de rastreo había llegado hacía apenas unas horas y habían informado al Señor de la casa y al resto que no había rastro de los Jinetes, por lo que se concluyó que lo mejor sería que la Compañía partiese al día siguiente. Todos fueron a preparar sus cosas, y cuando el sol se hallaba a poco de ser relevado por la luna, la mujer se dispuso a ayudar a Pippin y a Merry en la contienda. Los primos eran los que más perdidos pero ansiosos parecían. No paraban de bromear y reír, lo que dificultaba el pensar que a la mañana siguiente se embarcarían en un viaje que podía ser el último de sus vidas.

De esa forma, Blyana ayudó y aconsejó a los hobbits como empacar y les mostró la manera correcta de vestir un cinto de donde colgarían unas dagas especialmente hechas para ellos allí en Rivendel. Ninguno de los dos sabía luchar, al igual que los jóvenes Bolsón y Gamyi, sin embargo mostraban un arrojo digno de envidiar.

—¿Crees que con esta hoja seré capaz de matar orcos?

Pippin y Blyana alzaron la mirada, puesto que la mujer se hallaba ajustando el cinto a la cadera del mayor de los hobbits. A unos pasos de ellos, Merry observaba con detalle el filo de su daga, con el ceño ligeramente fruncido a causa de la cuestión.

—Tal vez. Aunque esperemos no necesitar llegar a ese extremo— fue la simple respuesta de la mujer. Cogió uno de los extremos de la correa y con la otra ató con fuerza un nudo, impidiendo que se deslizara al mínimo movimiento de la cadera del hobbit.

—Gracias— ella le sonrió, restándole importancia.

—¿Nos enseñarías a pelear? —de nuevo, la cantarina voz del más joven sorprendió a los otros dos.

—¿Nos? —dijo Pippin.

—¿Pelear? —habló a su vez Blyana.

—Es una estupidez que nos deis un arma si no sabemos cómo usarla.

La lógica en sus palabras resultaba indiscutible, sin embargo la mujer solo encontraba amargura en lo que entrañaba. Merry le pedía aprender a luchar, pero él no era verdaderamente consciente que saber empuñar ese arma implicaría llegar a arrebatar vidas. Nadie lo hacía, en verdad. Por ello, vaciló.

—No creo que sea necesario.

—¿No crees que sea necesario que sepamos defendernos cuando nos dirigimos al mismo núcleo de Mordor, origen de todo mal?

Visto así.

—Somos cinco guerreros y un mago los que os acompañamos. Nosotros os protegeremos.

—Pero aun así, no quiero depender de nadie. ¿Y si vosotros no estáis y ocurre algo? ¿Y si nos separamos? ¿Y si hay tantos enemigos que sois incapaces de encargaros de todos? En ese caso, empuñaremos estas dagas, pero seguiría siendo inútil si sólo sabemos sacudirlas sin sentido.

Ahora ya no eran sólo los grandes ojos de Merry los que la taladraban, sino también los de Pippin. Blyana escuchaba sus palabras en silencio. ¿Cómo podía negarles algo tan evidente y necesario? No podía evitar recordar que, a pesar de parecer infantiles a sus ojos, ellos eran adultos capaces de tomar decisiones. Y, en este caso, cabales.

—Supongo que tienes razón— suspiró, consciente de que sus argumentos no eran válidos, aunque eso no hacía que se preocupara menos. Conocía a los hobbits desde hacía casi un mes, y no pudo evitar haberlos cogido cariño, por ello había salido a flote aquel instinto de protección que tan arraigado estaba en ella y que tantos problemas le había traído. —Os enseñaré a usar las dagas, ¡pero a modo de defesa! Si en verdad se dan algunas de las situaciones que has mencionado ya me ocuparé personalmente de no sepárame de vuestro lado, ¿comprendido?

Las dos cabezas de los hobbits asintieron sincronizadas y con entusiasmo. En sus rostros se reflejaba una emoción propia del ignorante. Sintió compasión por ellos, pero a su vez orgullo ante su valor de afrontar la verdad del camino que habían tomado.

—¡Gracias Blyana! Te prometemos que seremos unos alumnos aplicados y ejemplares.

Pippin frunció el ceño, pensativo.

—¿Alguna vez hemos sido alguna de esas dos cosas?

—¿El cuál?

—Aplicados y ejemplares.

Merry se rascó el mentón, pensativo.

—No, pero siempre hay una primera vez.

La mujer los miraba entre divertida e incrédula. Aquellas interacciones entre ellos a veces llegaban a rallar lo surrealista. El más pequeño de los hobbits la miró con los ojos brillantes de la emoción.

—¿Entonces empezamos hoy?

—Ah no, eso sí que no. La noche está a punto de caer y mañana salimos temprano. Os recomiendo que esta noche durmáis todo lo que podáis, porque a partir de mañana no tendremos sueños muy profundos y confortables, eso os lo aseguro.

Zanjado una vez el asunto, acabó por ayudarles y se despidió de ellos.

Recogió entonces su propia arma, que había posado en una esquina nada más entrar al cuarto, y se la recolocó mientras salía de la habitación. Aquel día había dejado ya atrás los vestidos y había retomado su costumbre de llevar calzas y una sencilla camisa junto a su casaca de cuero.

No fue hasta que había dado dos pasos que escuchó una voz.

—No sé qué es más inverosímil, qué esos pobres ilusos crean poder enfrentarse a los orcos o que tú les enseñes a defenderse.

Blyana se detuvo en el acto y divisó a su derecha, semioculto entre las sombras que empezaba a crear la noche, la figura de quien había osado decir tal ofensa. Frunció el ceño y una mueca de desagrado se pintó en su rostro.

—¿Nunca te han enseñado a no meter las narices en asuntos ajenos? —la brusquedad en sus palabras pareció molestar al otro, que se incorporó y caminó hasta ella, mostrando las duras facciones del hombre. Boromir de Gondor la fulminaba con la mirada y ella se la mantuvo, estoica, incluso llegando a levantar el mentón en un claro signo de desafío. Se mantuvieron en silencio por un tiempo indefinido, intentando intimidar al otro. Al final pareció quedar en empate.

—Todavía estás a tiempo de retractarte.

—De qué, no hay nada de lo que me arrepienta.

—Tu presencia en este viaje no será más que molesta.

—Creo que en ciertos aspectos consideramos lo mismo. No veo fin en que permanezcas junto a nosotros. A fin de cuentas eras el primer interesado en que el anillo no fuera destruido. Perdona si desconfió de cada palabra que sale de tu boca.

El hombre apretó los dientes, marcando así la ira que sentía.

—Cuida tus palabras, bruja— espetó.

Blyana abrió los ojos contrariada. ¿La había llamado bruja? ¿De dónde sacaba tal estupidez?

—¿Cómo me has llamado? —su voz, aunque serena, auguraba una amenaza implícita que poco pareció afectar al otro.

—He preguntado por ti. Parece que a pesar de tu aspecto vienes del bosque de Lorien, aquel que gobierna la bruja— a cada palabra que salía de su boca, la mujer solo sentía como la indignación crecía en ella. ¡Había osado llamar a su Señora bruja! —Por lo que no ha sido difícil desentrañar tu naturaleza.

¡La había llamado bruja simplemente por ser de Lorien!

Maldito ignorante.

—Oh, entonces la cosa va de adivinar qué es el otro. ¿Qué te parece que con mis tenebrosos poderes maldiga tu existencia? —avanzó dos zancadas y se posicionó a apenas unos milímetros del hombre. En su mirada pudo leer la sorpresa por su repentina cercanía, pero él no se apartó, consciente de que tal acto se tomaría como un indicio de derrota. —No eres más que un intento de hombre que considera su intelecto superior al del resto. Déjame decirte algo, cretino, subestimando a los demás sólo conseguirás que te maten.

—¿Cretino? ¿Qué clase de dama usa ese lenguaje?

—Oh, así que ahora soy una dama. Pensé que las brujas teníamos permitido expresar con libertad nuestra opinión.

—Eres una salvaje— la mujer rio.

—Salvaje o no esta bruja enseñará a esos hobbits a pelear. Y no serás tú quien me lo impida.

Empujó al hombre ligeramente, dejando una distancia prudente de nuevo entre ellos, y ninguno osó apartar la mirada del otro. La tensión era capaz de adquirir corporeidad en aquel instante.

—Tsk.

Finalmente, el hombre corrió el rostro y se dio la vuelta, marchándose de allí. Ella lo observó hasta que desapareció por el pasillo, en un caminar rápido pero firme.

¿Pero este hombre quién se ha creído que es?

—¿Problemas?

Aragorn la miraba desde el otro lado del pasillo, en dirección contraria por la que se había ido Boromir segundos antes. A lo lejos todavía se vislumbraba la figura del hombre. La burla en las palabras del moreno no pasaron desapercibidas para ella. Lo fulminó con la mirada.

—No creo que la convivencia entre ese hombre y yo vaya a ser la más placentera en este viaje— gruñó. Boromir de Gondor, ¿quién se creía que era? ¡La había llamado bruja! ¡A ella!

—Tal vez te sorprendas y acabéis por llevaros bien— intentó mediar. Ella irguió la ceja y el hombre captó con facilidad lo que opinaba. —Quién sabe —añadió.

—Me ha llamado bruja.

—Y tú a él cretino.

—De modo que estabas escuchando... Además, ¿tú de parte de quien estás?

Él rio, apenas preocupado por la irritación de ella. Blyana bufó y ambos escucharon como otro bufido lo secundaba. Segundos después vieron aparecer a un refunfuñado Legolas, que caminaba con el ceño marcado y fruncido. Al verlos pareció sorprenderse, pero el sentimiento se evaporó y les mostró de nuevo la molestia que sentía.

—Ese enano es de lo más desagradable.

Ahora sí, Aragorn estalló en carcajadas, incapaz de contener la diversión al ver a sus dos amigos y sus rabietas infantiles.

—¿He dicho acaso algo gracioso?

§

Finalmente la mañana llegó, y con ella la partida de la Compañía del Anillo.

Reunidos, los diez integrantes se hallaban ya en la entrada de Rivendel, acompañados por un pequeño grupo que había ido a despedirlos. El sol apenas salía y la claridad apenas era la suficiente, sin embargo allí se encontraban todos.

Arwen y Blyana se fundieron en un fuerte abrazo y se quedaron en los brazos de la otra en silencio, disfrutando de la sensación. Ninguna de las dos quería romperlo.

—Cumpliré mi promesa y volveré sana y salva— susurró la joven en el oído de la elfa. Esta la agarró con más fuerza.

—Sabes que buscaré el menor indicio de rasguño a tu vuelta. Más te vale no tener ninguno.

Ante sus palabras, Blyana no pudo más que reír. Se separaron.

—Lo tendré en cuenta— los ojos de la mujer captaron a la espalda de su amiga la silueta de Aragorn. —Anda, ve a despedirte de tu hombre, que se le ve alicaído.

Arwen la golpeó apenas sin fuerza y, tras dedicarse una última sonrisa, la dejó despedirse de los demás. Nada más desaparecer la elfa sus hermanos ocuparon sus lugar, ambos con una mueca pícara.

—De modo que ya lo sabes —canturreó Elrohir, haciendo referencia a la relación entre su hermana y el montaraz.

—Me lo contó el otro día— asintió.

—Inesperado, ¿verdad? —Elladan se sumó a su hermano.

—¿La niña se embarca en una peligrosa misión y vuestro único tema de conversación en su despedida es sobre la relación de vuestra hermana con Estel? —Glorfindel apareció tras ellos y colocó una mano en un hombro de cada gemelo. Los dos sonrieron al recién llegado elfo con cierto vacile.

—Obviamente nos íbamos a despedir apropiadamente de ella— se defendió el mayor. Giró el rostro y centró su atención en ella de nuevo. Sonrió. —Volveremos a vernos pronto, Blyana.

—Ten cuidado, ¿vale?

Dos rostros idénticos le dedicaron una sonrisa idéntica. Fue en ese momento en el que Blyana se preguntó cómo podía tener tanta suerte por tener personas tan maravillosas a su lado. Ella había huido años atrás, se había ido sin darles ninguna explicación a ninguno de ellos, y aun así todos continuaban preocupándose por ella. Sintió el pecho pesado, pero al fin comprendió su error años atrás y se prometió que jamás volvería a actuar de forma tan inmadura y egoísta.

—Lo tendré— prometió.

Ambos gemelos le dieron un abrazo de despedida y se fueron para despedir al resto. De esta forma, Glorfindel quedó frente a ella.

—No hagas nada estúpido.

Blyana frunció el ceño sin dejar de sonreír.

—¿Acaso no te fías de mí?

—No es de ti de quien no me fio, sino de esa capacidad inaudita que tienes para meterte en problemas.

—Es algo que no puedo controlar— se encogió de hombros. Glorfindel la miró con reproche.

—Más vale que lo hagas.

Ella rio y aceptó el abrazo del elfo. Este la estrechó con fuerza.

—Espero que nuestro próximo encuentro sea en tiempos menos oscuros— la despedida del rubio estaba verdaderamente llena de esperanza.

Sin embargo ella, a pesar de que le hubiera gustado poder responder afirmativamente, no pudo. Se tragó el nudo que tenía en la garganta y simplemente le miró. Él comprendió sus pensamientos.

—Nos vemos, Amarië.

—Adiós, Glorfindel.

El rubio acarició su mejilla y las palabras que salieron de su boca consiguieron conmoverla.

—Tu padre estaría orgulloso de ti.

El rubio dejó caer la mano en el hombro de ella y lo apretó con cariño. Tras ello, hizo una pequeña inclinación con la cabeza y se unió al grupo que se despedía del resto de la Compañía.

—Veo que has estado bien acompañada en esta despedida.

Elrond se acercó por su derecha y ella hizo una reverencia, a modo de respeto.

—No puedo quejarme— el elfo pareció divertido con su respuesta.

—En verdad espero que esta no sea nuestra última despedida, hiril vuin (querida mía). Que Eru os ilumine el camino y su voluntad acompañe la vuestra.

—Cumpliremos nuestra misión, heru en amin (mi señor)

En deferencia hizo otra inclinación y a su vez Elrond la imitó. De esta forma, todos los miembros de la compañía se reunieron y situaron en la misma entrada, listos ya para partir. A su vez, el señor de la casa encabezaba el grupo que los despedía y entre los cuales estaban todos sus amigos. Blyana admiró el rostro de todos aquellos que apreciaba y el deseo de protegerlos a todos manó de su interior. Se prometió que conseguirían llegar al Monte del Destino y destruir el anillo de Sauron, procurando así una vida llena de paz a todos.

—El portador del anillo se dispone a partir para el Monte del Destino— entre ellos se miraron, habiendo miradas cargadas de complicidad y otras no tan amistosas. —A los que viajáis con él ni juramento o atadura obliga a ir más allá de vuestra voluntad. Hasta siempre. Cumplid vuestro propósito, y que todas las bendiciones de elfos, hombres y los pueblos libres os acompañen.

El señor de Rivendel extendió su brazo e inclinó con respeto, anunciando así el inicio de su partida.

—La Compañía aguarda al portador del anillo— hablando alto, Gandalf llamó a Frodo a encabezar la marcha. Todos los integrantes dejaron paso al hobbit y este se situó junto al mago.

Dando los primeros pasos, Frodo Bolsón inició su viaje y lideró el excéntrico grupo que lo seguiría hasta el mismo fin del mundo.

—Mordor Gandalf, ¿izquierda o derecha? —ante la primera bifurcación, el hobbit no dudó en susurrar en busca de apoyo. Tras él, su amigo respondió.

—Izquierda.

De esta forma la Compañía del Anillo emprendió su largo viaje. Un camino de final incierto que cambiaría el rumbo de sus destinos y desentrañaría el mayor peligro de sus vidas. El inicio de un sendero que forjó la mayor amistad que la Tierra Media alguna vez hubiera albergado o que albergaría hasta el fin de Arda.


TRADUCCIONES

Hiril vuin –Querida mía

Heru en amin –Mi señor

NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO

Tinúviel: este nombre hace referencia a Lúthien, una antigua elfa que se enamoró de un hombre, Beren, quién la llamaba así. Se decía que era la elfa más bella de entre todos los hijos de Iluvatar que hayan vivido.

Undómiel: este nombre pertenece a Arwen, hija de Elrond, qué significa «estrella de la tarde»