Acto II: La compañía
Capítulo 9
Ya puestos en camino, Gandalf tomó la iniciativa y fue quien los guio por sendas que algunos de ellos desconocían, y otros no tanto.
El invierno acechaba y las temperaturas otoñales eran cada vez más heladas, enfriando los riachuelos que fluían a su alrededor y calando en sus pieles. Sin embargo, todavía podía soportarse con una prenda de abrigo. Hacia horas que habían dejado el camino tras llegar al Vado de Bruinen y caminaban por senderos de vegetación salvaje. Ligeramente dispersos pero sin separarse, la Compañía seguía el rumbo marcado y caminaba entre altos árboles desnudos y sobre marchita hojarasca. El aire era todavía puro, de brisa ligera y fragancia fresca. El ambiente distendido iba acompañado de amenas conversaciones entre ellos y pequeñas risas cada tiempo.
Abriendo la marcha, Gandalf y Frodo conversaban sobre temas que ninguno escuchó, pero por la forma de sonreír del mago más de uno interpretó que parecía intentar tranquilizar al moreno. Por otro lado, y unos pasos por detrás, Merry y Pippin acribillaban a Boromir a preguntas sin aparente sentido, quien respondía con simples monosílabos, apenas dejándole estos terminar una frase antes de lanzar su siguiente incógnita. Legolas y Aragorn acompañaban el camino del otro, pero en un cómplice silencio que los permitía sumergirse en sus pensamientos. A su vez, Gimli murmuraba por lo bajo cosas que nadie parecía escuchar. Y, al final, Blyana caminaba junto a Sam Gamyi, que sujetaba las riendas de su poni Bill.
La mujer veía como el rubio caminaba de forma automática, apenas consciente de su alrededor. Su semblante mostraba cierta preocupación que no pasó desapercibido para ella.
—¿Sería demasiado descortés por mi parte preguntar qué es lo que te mantiene en este estado? —Dejando a un lado la sutileza, la castaña intentó que el hobbit le devolviera la mirada.
Sam, sabiendo que había llamado inconscientemente la atención de quien lo acompañaba no pudo evitar sonrojarse.
—¿Tan obvio soy? —elevó la mirada y se topó con la sonrisa indulgente de la mujer. Suspiró. —En verdad no es gran cosa.
—¿Temes el destino de este viaje? —habiendo dado la mujer en el calvo, Sam asintió.
—En parte, lo hago— se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos. —En un primer momento, se suponía que regresaríamos a casa una vez el Señor Frodo devolviera el anillo a Rivendel. En cambio, ahora nos hallamos en camino a Mordor para destruirlo. Y, a pesar de haberme ofrecido a acompañar a Frodo en su misión, no puedo evitar el pensamiento de que este no es mi lugar. Quiero decir, es la primera vez que he salido de la Comarca, o que me he enfrentado a peligros que nunca pensé conocer más allá de las historias heroicas. Pero prometí a Gandalf que nunca dejaría al Señor Frodo, y Sam Gamyi nunca incumple una promesa. Aun así, temo no ser lo suficiente para el lugar al que nos encaminamos.
El puño que envolvía las riendas del caballo se había tornado blanco, a causa de la fuerza que el hobbit contenía impotente. A su lado, Blyana lo miraba en absoluto silencio, respetando su momento de expresarse.
—Pensarás sin duda que soy demasiado débil para esta misión— acabó por murmurar.
Blyana se mantuvo seria.
—No lo hago— afirmó, contundente. Sam la miró curioso y ella lo atravesó con sus orbes ámbar. —No hay mayor valor que enfrentar los propios miedos, Sam. Y tú no sólo lo has hecho, sino que a pesar de ser consciente continuas tu camino. No desestimes tu valía porque te sorprendería saber que todos los aquí presentes tememos lo mismo que tú.
—Pero vosotros sois guerreros experimentados, yo sólo soy un hobbit.
Ella negó.
—Haber combatido no te hace inmune al temor, simplemente te vuelve más seguro a la hora de enfrentarlo. De hecho, si no temieras tu destino en estos momentos, serías un incauto y un necio.
—Eso solo lo dices para tranquilizarme— arguyó el rubio. Ella rio.
—Créeme cuando te digo que no soy de esas personas que esconden la verdad tras palabras bonitas. En realidad suelo ser aterradoramente franca en ocasiones desafortunadas.
Sam dudó entonces, replanteándose las palabras de su compañera. ¿Acaso él era en verdad un valiente? Tan solo de pensarlo hacía que sus mejillas se tornasen carmesí.
—Gracias entonces, supongo— murmuró, todavía cohibido. Ella negó, de forma que su pelo, recogido en una sencilla trenza de raíz, volara de un lado a otro.
—No las des, no he hecho nada más que sacar a relucir la verdad. Pero, si me permites un consejo, cuando tu fortaleza decaiga, aférrate siempre a esa voluntad de hierro que tienes. Eres un ser de luz, Sam. De esos a los que se asía la gente cuando se siente perdida. Por ello, mírate a ti mismo de esa forma.
El hobbit abrió los ojos, sin duda sorprendido por las palabras de la mujer. Tras asimilarlas y procesarlas por unos instantes, asintió con vehemencia.
—Lo haré. En verdad, gracias.
Y, tras hacer un sutil gesto con la cabeza, aceleró el paso para llegar hasta donde su señor encabezaba la marcha. Blyana sonrió satisfecha e hizo lo propio, colocándose en el hueco que había entre sus dos amigos. Legolas y Aragorn le dedicaron una mirada similar.
—Deberías dejar esa inquietante manía de escuchar conversaciones ajenas— amonestó ella, sin estar en verdad molesta. Ambos desviaron su mirada de nuevo al frente.
—Simplemente hablabais muy alto— se defendió el montaraz.
—Y estabais muy cerca— imitó su acción el elfo.
Ella irguió una ceja.
—Sí, seguro que sí— replicó con ironía.
Y, de esa forma, el camino de la Compañía continuó.
Entre maleza y altas hierbas, el grupo se abría paso por el bosque. Habían decidido que, aunque les tomara más tiempo y su paso fuera más lento, aquellos caminos desconocidos por el enemigo eran los más seguros. Además, poco a poco la oscuridad fue cerniéndose sobre ellos, obligando a Aragorn a tomar la delantera y guiarles, puesto que conocía dichos caminos hasta sumido en la más profunda penumbra. Al final del día el cansancio era latente en los hobbits, que con su escasa estatura apenas podían igualar el ritmo de los otros. Por ello fue por lo que el mago tomó la iniciativa de terminar el camino de ese día y acamparon en medio del sendero.
Pippin y Merry se tomaron la noticia con absoluta alegría, pero toda la jovialidad se esfumó cuando descubrieron que no podrían hacer un fuego, puesto que podía delatar su posición, y por ende no podrían preparar una «deliciosa y nutritiva», como bautizaron ellos, cena. Rogaron a todos y, sin embargo, sus súplicas fueron en vano.
Instalaron el campamento, que consistía en los fardos extendidos libremente por la tierra, y nada más tomar una ligera comida la mitad de ellos cayó presa del sueño. Apenas quedaron en pie algunos, entre los cuales estaban Aragorn, que había ido a recorrer un poco más de camino para elegir cual sería el mejor para tomar al día siguiente; Legolas y Boromir, que habían salido a inspeccionar los alrededores para cerciorarse de que no había nadie tras ellos; y Blyana y Gandalf, que resguardaban el campamento y a los compañeros que en él dormían.
Como siempre, el mago fumaba en pipa mientras a su lado la mujer mascaba una hoja de menta, habiéndose hecho con más en Rivendel. Además, Blyana se encontraba deshaciendo la trenza, que se había deshecho a lo largo del día, para poder rehacerla de nuevo. Cerca de ellos Frodo y Sam dormitaban uno al lado del otro, en pleno silencio, al contrario que los otros dos hobbits, que entre murmullos y ronquidos hacían difícil encontrar la paz. A su vez, y un poco más alejado, se hallaba Gimli.
—Tu tuno de guardia no es hasta dentro de horas. Duerme de una vez— en un tono tosco pero carente de malicia el mago increpó a su compañera. Sin embargo ella continuó en su tarea peinando las hebras de su cabello.
—Esperaré a que lleguen los demás y confirmen que estamos solos.
Gandalf bufó y ella sonrió con suficiencia.
Fue en ese momento en el que el elfo y el hombre surgieron de entre la maleza.
—No hay rastro de enemigos en el perímetro este— informó Boromir.
—Tampoco en el oeste— añadió Legolas.
El Istari asintió conforme y miró así a Blyana, que ya parecía haber terminado en su tarea.
—¿Contenta ahora?
Ella negó con la sonrisa todavía pintada en sus labios.
—Buenas noches— fue su única respuesta. Se acostó en su fardo y aprovechó las horas de descanso que tenía hasta que le tocara hacer guardia. Los ojos del mago siguieron todos sus movimientos y, al saberla dormida, continuó fumando en calma su pipa.
A su vez, Legolas y Boromir ya se habían instalado en sus respectivos lugares. El elfo sería el primero en hacer guardia, según habían estipulado. Luego irían Aragorn, Blyana y por último Boromir.
El hombre se despidió de ellos en apenas un murmullo y no volvieron a escuchar nada desde su lugar. Legolas, en cambio, tomó posición en una de las ramas más bajas de uno de los árboles. Le gustaba observarlo todo desde arriba.
—¿No dormirás, Mithrandir?
El elfo observó como el anciano dejaba escapar de entre sus labios el humo de la hierba y, al acabársele esta, limpiar los restos de cenizas rascando en su interior. Gandalf había dejado su puntiagudo sombrero a un lado y se apoyaba contra el ancho tronco de un árbol.
—Espero la llegada de Aragorn.
Legolas asintió y se sumió entonces en la oscuridad, volviendose uno con la noche.
Los minutos fueron pasando y ya nada distinguía al campamento, ni siquiera el tenue resplandor de la pipa de Gandalf. Aragorn tardó un poco más que sus compañeros en volver, pero su viaje parecía haber sido igual de fructífero que el de los otros. A su llegada solo lo esperaba el mago, que aunque despierto se hallaba sumido en sus pensamientos.
—Tomaremos el camino del sur, bordeando las laderas occidentales de las Montañas Nubladas. Tal vez sea un viaje más costoso, pero sin duda no nos toparemos con nadie— confirmó el montaraz al mago cuando lo vio atento a él.
—¿Lo crees lo más conveniente? —bajo las espesas cejas canosas del mago se vislumbraba unos ojos brillantes. Él asintió.
—Lo hago— afirmó con convicción.
—Bien pues, nuestra ruta esa será. Informaremos al portador del anillo y al resto mañana cuando despertemos al alba. Por ahora, lo mejor será que descanses y recobres fuerzas.
De esta forma, las horas fueron sucediéndose. Las horas en las que el elfo resguardó a la Compañía apenas nada sucedió, simples animales nocturnos que merodeaban por sus tierras libres de preocupaciones. A su vez, cuando Aragorn tomó su turno, transcurrió con la misma calma, o incluso con más. Las estrellas lucían brillantes en el firmamento y el silencio se mecía con la brisa de la noche, rey en las entrañas del bosque, lejos de cualquier asentamiento que rompiera la majestuosidad de su reinado. Sin embargo, el despertar de cierta mujer trajo algo de inestabilidad a su insondable presencia.
Blyana abrió los ojos con pesadez y un profundo bostezo terminó por despertarla. Parpadeó con fuerza varias veces hasta situarse. Recordó entonces dónde estaba, con quién y la razón. Haciendo el menor de los ruidos, se levantó de su fardo y estiró los músculos, sacudiéndose cualquier agarrotamiento. Sintió como un mechón de pelo caía rebelde sobre sus ojos y bufó al notar su trenza de nuevo deshecha. Liberó su cabello del recogido y, esta vez, retornó a su habitual cabello suelto a excepción de la pequeña trenza tras la oreja derecha, la cual recogió con la cinta y cuentas.
Bebió un sorbo de agua de su orbe y se echó un poco en el rosto, terminado así de desperezarse, preparada para tomar el relevo en la guardia.
Miró a su alrededor en busca de Aragorn, quien debía de estar en su puesto, y en efectivo lo encontró sentado sobre una gran rama caída, mirando a las estrellas y con algo brillando entre sus manos. Curiosa, se acercó hasta él para avisarle del cambio y de paso adivinar qué era lo que sostenía. Cuando llegó junto a él se sorprendió al ver que se trataba de un colgante de sencilla cadena de plata y un dije brillante de cristal. Los dedos del montaraz acariciaban con suavidad la superficie de la gema.
Es el collar de Arwen.
Notándolo consumido, no pudo evitar sentir compasión por sus sentimientos.
—¿Puedo? —la interrogante de la mujer pareció despertar al moreno de un profundo letargo. La miró sorprendido y, al final, acabó asintiendo. De esta forma ella tomó asiento a su lado. —Es el colgante de Arwen— señaló ella con evidencia. Él asintió.
—Me lo regaló tiempo atrás.
Ambos se quedaron en silencio por unos segundos.
—La echas de menos— ambos miraron el collar.
—Lo hago.
Esta vez, el silencio duró más.
La joya resplandecía a causa de la luz de la luna. Se trataba de una gema esculpida por los elfos de Lorien a pedido de Galadriel, abuela de Arwen, para la elfa. Había sido en honor a su nombre, «Estrella de la tarde», que el colgante había sido bautizado. Blyana no recordaba día en el que su amiga no hubiera llevado el collar sobre su cuello, y el saber que se lo había dado a Aragorn era una muestra del profundo amor que sentía por él.
Entre ellos no hubo palabra hasta que el hombre, cansado de cargar con sus pensamientos, habló.
—No debería estar en mis manos— susurró, todavía acariciando la joya. Ella lo miró sin comprender.
—¿Por qué lo dices? —Aragorn cerró los ojos con cansancio.
—Porque yo... No soy merecedor de su amor.
¿Qué no era merecedor de su amor?
Aquella afirmación la dejo ciertamente confusa. ¿Qué llevaba a Aragorn a pensar aquello? ¿Había pasado acaso algo entre ellos? Se había despedido de Arwen apenas unas horas atrás y su amiga no había mostrado indicios de que algo hubiera ido mal con el montaraz. Sin embargo, su amigo se veía realmente alicaído.
Comprendiendo que con meras suposiciones no llegaría a nada, intervino.
—¿Quieres hablar sobre ello? ¿O prefieres que te acompañe en silencio? —esperó paciente una respuesta. El montaraz no la miró, simplemente se quedó con el rostro bajo.
—No creo que esta noche sea capaz de conciliar el sueño— fue su única respuesta. Ella asintió, conforme, y se recostó contra el tronco más cercano, acomodándose para sus horas de guardia. —Pero tampoco creo que le mejor sea ahogarme en mis propios pensamientos.
Blyana observó al montaraz.
—Renunciar a Arwen tal vez sea lo más duro que he hecho en mi vida pero, sé que también ha sido lo mejor para ella— comenzó, hablando con lentitud y parsimonia. La mujer se dispuso a escuchar el relato antes de sacar conclusiones precipitadas. —Arwen me dijo que ya sabías sobre nuestra relación.
—Hablamos sobre ello hará varios días, así es— confirmó ella. Aragorn miró al cielo.
—Entonces sabrás como fue que se forjó la relación y aquello que tuvimos que pasar para conseguir la aprobación de su padre.
—Lo hago.
—Pero lo que tal vez desconozcas, es la razón por la que Elrond dispuso en verdad aquella condición.
Blyana lo miró, sosegada.
—Elrond siempre ha sido muy receloso en cuanto a Arwen. No con ello quiero decir que sus acciones no sean las correctas, pero siempre ha sido muy protector con ella— dijo ella, señalando una obviedad que no sorprendió a ninguno. —Pero supongo que esa no es la razón a la que te refieres, ¿verdad?
—No, no lo es.
—¿Y puedo conocerla o es algo en lo que no debería inmiscuirme?
Aragorn dudó por unos instantes.
—Cuando yo tenía dos años, mi padre fue asesinado por una manada de orcos— la repentina confesión logró pillarla desprevenida. Blyana abrió los ojos al escuchar cómo había muerto el progenitor de su amigo, y no pudo evitar que se le encogiera el corazón al notar la similitud que había entre ambos. Por primera vez desde que había comenzado la conversación, Blyana se mostró menos estoica. —Mi madre buscó refugio en Rivendel, y ella me crio en la soledad de la viudez.
Sin saber exactamente que decir, ella se mantuvo en silencio y le dejó continuar.
—Elrond fue testigo del sufrimiento de mi madre, y a causa de mi mortalidad no quiere que su hija sufra el mismo destino.
Una resolución tan simple a la vez que dolorosa. Ese era el gran tabú y la razón por la cual hombres y elfos no congeniaban; la amargura de la inmortalidad, el miedo a la soledad y el dolor de la pérdida. Tal vez Arwen y Aragorn pudieran compartir más años que cualquier otra pareja de esta índole, pero a pesar de eso la muerte acabaría por llevarse al hombre y sumiría a la elfa en un letargo de dolor que acabaría por consumir su alma. ¿Qué padre pues, querría presenciar tal desvanecimiento de su hija?
—No lo culpo, en verdad— continuó el montaraz. —Yo también soy reacio puesto que no seré yo quien viva con el sufrimiento a la espalda, y mi amor por ella me impide atarla a tan funesto destino. Sin embargo, pensar en una vida sin ella merma mis fuerzas y enturbia mis pensamientos.
Sus puños se cerraron y la gema desapareció entre las grandes manos del hombre. Ella lo miraba desde su posición, comprendiendo esa mezcla de sentimientos contradictorios que confundirían hasta la voluntad más férrea.
—¿Qué pasó entonces, Aragorn? Antes de partir.
Él se giró y por primera vez la miró a lo ojos. Blyana sintió como si una ola se estrellara contra ella y la desesperación en el gris de los iris de su amigo la ahogara. La serenidad habitual en la mirada del montaraz era ahora un cúmulo de emociones donde primaba el dolor y el desconsuelo. Ella sintió como se le caía el alma a los pies, avecinando cuales serían las palabras del hombre.
—Le dije que lo nuestro jamás podría ser y que ella debía estar junto a los suyos, camino de las Tierras Imperecederas.
Un silencio tan profundo los sumió que el ritmo de sus corazones podía llegar a ser escuchado.
Ninguno apartó la mirada del otro y no necesitaron de muchas palabras para entenderse. Aragorn creía haber hecho lo correcto, incluso si con ello sacrificaba una vida llena de amor. ¿Cómo podía ella reprocharle tal acto, conociendo de primera mano la huella que el sufrimiento por la pérdida de un ser querido podía generar en las personas? Lo vio en su padre durante muchos años, anhelando el amor de su mujer fallecida, y lo sufrió años más tarde ella misma, cargando todavía el dolor de una pérdida que todavía no había sido capaz de superar. ¿Cómo condenar un acto tan cargado de amor que era capaz de conmover a su propio corazón? Suspiró, sabedora de que no podía hacer nada para mermar cualquier dolor que acompañase tanto a Aragorn como a Arwen por el resto de sus días.
Se levantó de su asiento y caminó hasta ponerse frente a Aragorn. Él la observó en un principio sorprendido, pero luego simplemente siguió todos sus movimientos con atención. Ella extendió la mano y con la mirada señaló el puño en cuyo interior brillaba el colgante de Arwen. Él alargó su propio brazo y posó la joya en la pequeña mano de la mujer. Blyana sintió entonces el frio de la gema y el peso entre sus dedos. La acarició. Recordó entonces a su amiga, su amplia sonrisa y sus ojos brillantes. Recordó la conversación que tuvieron, cuando le habló del amor que sentía por Aragorn y cómo su rostro se iluminó. Recordó la felicidad que había en sus palabras y comprendió entonces que ambos, tanto Aragorn como Arwen, a pesar del gran abismo que los separaba, jamás sentirían un amor tan puro como aquel.
Una ligera sonrisa se pintó en sus labios.
—Tal vez, simplemente os hayáis rendido demasiado pronto— sujetó la sencilla cadena de plata del colgante e, inclinándose, la pasó por la cabeza del montaraz, devolviéndola al cuello del hombre. De esta forma la joya relució sobre el pardo de la ropa del moreno, brillante como una estrella y reluciente como su dueña. —O tal vez fuera la decisión acertada. Lo único que verdaderamente sabemos es que no habrá un tal vez para vosotros si no cumplimos nuestra misión.
Se alejó unos pasos de él y admiró la imagen del hombre con la gema de Arwen.
—Blyana...
—Nunca es tarde para luchar. Sin embargo, al final es tu decisión la que prevalece. Nadie mejor que tú comprende tus sentimientos, y nadie mejor que tú es capaz de interpretarlos. Toma una decisión y aférrate a ella con toda la voluntad que poseas. Esa es la única manera de sobrellevar la confusión que en estos momentos asola tu corazón.
Él selló los labios y ella le sonrió comprensiva.
—Gracias— habló él, al final. Ella amplió su sonrisa.
—Yo no he hecho nada, simplemente te he mostrado lo que en el fondo ya sabías.
Aragorn se unió a su risa cómplice y acabó por negar con la cabeza.
—Supongo que lo mejor será que duerma— dijo con pesadumbre.
—Aunque sea difícil, será lo mejor— corroboró ella.
El hombre entonces se levantó de su asiento y, despidiéndose de ella con un ligero apretón en el brazo, se encaminó a su fardo.
—Buenas noches, Blyana.
—Buenas noches.
§
El día siguiente, no se dio con tanta calma como el anterior.
La mañana inició con una discusión entre Legolas y Gimli, quienes peleaban sin sentido por un asunto tan banal como estúpido. Por otro lado, Blyana y Boromir también habían tenido una rencilla en el cambio de guardia, despertando a Gandalf en el proceso y amonestándoles por su «comportamiento infantil e impropio de adultos». Además, el camino que tomaron para llegar hasta las laderas de las Montañas Nubladas era más complejo de lo que en un primer momento Aragorn predijo. El sendero se estrechaba y pasado el mediodía unas espesas nubes negras se desplazaron hasta su posición y la lluvia torrencial caló a todos los integrantes de la Compañía hasta los huesos.
Esa noche consiguieron acampar en un pequeño abrigo rocoso proporcionado por la montaña, pudiendo resguardarse así de la lluvia. Como se hallaban ya en terreno seguro Gandalf les permitió hacer una hoguera, más para permitirles secar sus ropas y entrar en calor que para cocinar, sin embargo todos agradecieron una comida caliente que entibiara sus cuerpos. En aquella cena Sam preguntó a Legolas por la cultura de los elfos silvanos y de esa forma todos acabaron por contar historias antiguas, tanto de hombres por parte de Aragorn y Boromir, como de enanos gracias a Gimli. Además, para sorpresa y curiosidad de muchos de ellos, los cuatro hobbits les contaron su aventura en el Bosque Viejo en su camino a Bree y su encuentro con el misterioso Tom Bombadil. Gandalf les explicó que poco era lo que se sabía sobre aquella misteriosa criatura, puesto que también se desconocía su raza, y que su presencia en el bosque era parecida a la de los Ents como pastor del bosque.
De esta forma, los días fueron sucediéndose unos tras otros y el viaje fue alargándose. Las largas caminatas ayudaron a forjar nuevas y curiosas relaciones, como era la de Boromir con los dos hobbits más jóvenes, o fortalecer otras, como la de los tres cazadores que antaño encabezaban una travesía parecida. En cambio, la animosidad que había comenzado entre cierto elfo y cierto enano y al igual con la mujer y el de Gondor parecían evolucionar para peor. Las contantes riñas entre el rubio y el pelirrojo sonaban con relativa facilidad mientras que los sobrenombres de «Bruja» y «Cretino» se lanzaban cual dagas afiladas y envenenadas.
Por otra parte, Blyana había comenzado a entrenar a Pippin y a Merry como les hubo prometido. Lo que en un principio consistía en sencillas clases de lucha entre la mujer y los dos hobbits se acabó convirtiendo en un evento en el que todos acababan participando, ya fuera para enseñar o para aprender. Sam y Frodo también acabaron por aprender a defenderse y entre los experimentados guerreros hubo ciertos momentos en los que peleaban entre ellos con el fin de divertirse.
A pesar de ciertas relaciones el ambiente en la Compañía era distendido y hasta en ciertos momentos divertido. Con el paso de los días parecía que a pesar de las largas caminatas ninguno era verdaderamente consciente de su destino y disfrutaban de amenas conversaciones, conociendo más los unos de los otros, y relatando hazañas e historias.
Otro día, cansados de observar, Pippin y Merry increparon a la mujer por aquella curiosa planta que siempre se llevaba a la boca, sin fumarla ni beberla. Ellos afirmaron que aquel era un comportamiento de animales que pastaban y ella solo rio.
—Ahora la bruja también es vaca— aprovechó el hijo del Senescal para burlarse de ella.
Ella hizo caso omiso del hombre y les mostró a los primos el sencillo cofre con las hojas de menta en su interior.
—Es menta. Una hierba refrescante.
Las hojas verdes se superponían y los dos hobbits metían la nariz para poder obsérvalas mejor.
—Jamás había oído hablar de ella— dijo curioso el más pequeño.
—¿Y no se pueden fumar? —increpó el otro.
—Se suelen usar para las infusiones o incluso en ciertos usos medicinales, pero también son comestibles— cogió dos hojas y se las tendió. —¿Os gustaría probar?
Aunque en un principio se mostraron reacios, los dos acabaron por coger la planta y llevársela a la boca. Cuando sus lenguas tocaron la superficie de la hoja, un frescor parecido al del agua helada se expandió por sus bocas. Tras ese día, ambos se declararon fanáticos de la hierba y pronto el cofre de la mujer empezó a mermar en contenido.
Tras otro día de marcha, todos compartieron su conocimiento en folclore y cantaron canciones o versos que conocían. Aquella noche, frente a una fogata, las melodías de batallas antiguas, vidas pasadas o ritmos de taberna se entonaron al cielo con alegría y despreocupación. Lejos todavía de su destino, todos parecían querer evitar la pesadumbre. Sin embargo, la realidad acabó con todos sus deseos y los devolvió a ella con rapidez.
Llevaban cuarenta días de camino. Como bien habían dicho, siguieron los senderos al oeste de las Montañas nubladas con el fin de llegar al Paso de Rohan. Atrás habían quedado ya los caminos resguardados por bosque y habían sido sustituidos por sendas de piedra y roca, algo común en vías de montaña. Tras una ardua mañana de caminata, habían decidido parar a descansar en un conjunto de altas rocas que les proporcionaría un refugio en caso de encontrarse con alguien, cosa que dudaban puesto que desde que habían salido de Rivendel ni un alma se había cruzado en su camino.
Sobre una pequeña hoguera Sam preparaba varias salchichas y tomates, y a su lado Frodo lo ayudaba. Gandalf fumaba en pipa sentado sobre una de las rocas, en lo alto, obteniendo así una perfecta panorámica del campamento. El resto se hallaba rodeando y admirando el entrenamiento de la mujer con los dos hobbits.
Desde que Pippin y Merry habían comenzado a entrenar, habían mejorado indudablemente en sus habilidades de combate. Gracias a las lecciones de la mujer y los consejos del resto de guerreros de la Compañía, los cuatro hobbits eran capaces ahora de empuñar una espada y lograr salir victoriosos en un encuentro.
—¡Arriba! ¡Arriba! —Blyana ordenó al más joven de los dos que alzara más el brazo para así detener con mayor facilidad la estocada que ella pretendía atestarle. —El brazo no puede estar rígido, pero tampoco relajado. Encuentra el punto medio.
Dagas en mano, Pippin y Blyana estaban simulando una lucha, la cual ganaba la mujer. No era un hecho sorprendente, pero el hobbit había superado el tiempo de resistencia, lo que era un logro.
Él intentó arremeter y clavar el arma en el costado derecho de la joven. Viendo venir el ataque, ella desvió su daga y paró el estoque.
—Sorpréndeme Pippin, juega con tu inteligencia. Se más rápido, más listo, más ágil que yo.
Separándose, el mediano se dispuso a golpear su rodilla y desestabilizarla. Se agachó esquivando un golpe de ella y se lanzó a sus piernas. Sin embargo, la mujer saltó y el hobbit cayó contra el suelo, levantando una ligera nube de polvo. Lo siguiente que supo cuando abrió los ojos fue que Blyana se hallaba en pie sobre él y el filo de su arma apoyado sobre el suelo junto a su cabeza.
—He vuelto a perder— bufó cansado el hobbit. La castaña mostró los dientes en una amplia sonrisa y, ofreciéndole la mano, lo ayudó a levantarse.
—¡Pero has mejorado mucho! No te desanimes, estas convirtiéndote en todo un guerrero— lo animó, guiñándole con complicidad un ojo. Él asintió con más ánimo y convicción.
—Seguramente el problema sea tu entrenamiento, Bruja. Estoy seguro de que con un entrenamiento de verdad estos hobbits podrán vencerte sin ningún problema.
Boromir se encontraba apoyado contra una rama grande y seca, habiendo estado admirando la lucha en silencio hasta ese momento. Blyana desvió la mirada hasta chocar con la suya y sonrió con suficiencia.
El sol brillaba en lo alto y cierto calor agradable sustituía el ligero frio que los había acompañado desde el inicio de su viaje. Por ello, todos ellos se encontraban disfrutando de la sensación del calor en su piel. Blyana había aprovechado y, entre el calor y el entrenamiento, se había remangado las mangas de la camisa blanca y había dejado a un lado la casaca de piel y cuero. Sudando a causa de la pelea, se acercó amenazante hasta situarse frente a él.
—¿Crees que puedes hacerlo mejor? —increpó, más divertida que molesta. Con el paso de los días las riñas con el hombre habían pasado a ser más una pelea por ver quien de los dos no se rendía, a un verdadero sentimiento de odio. Era un hecho innegable que ambos eran terriblemente orgullosos. Él se levantó, sacando pecho, y le devolvió la sonrisa.
—No lo creo, lo sé— afirmó con seguridad.
Se quedaron observándose entre los dos, aguantando la mirada del otro, hasta que la mujer se dio la vuelta.
—Está bien. Que peleen contra ti. Si te vencen, eso demuestra que mi entrenamiento no es tan malo y me deberás una disculpa. Sino, seré yo quien lo haga. ¿Te parece bien?
Caminó hasta situarse tras los dos hobbits, que la miraban entre sorprendidos y extrañados por la propuesta. ¿En verdad creía que ellos podrían vencer a un aguerrido guerrero experimentado?
Boromir no pensó ni dos segundos la propuesta.
—Está bien— se pavoneó. Se quitó la casaca y desenvainó su espada.
A su vez, Blyana encaró a los dos hobbits.
—¿Por qué has hecho eso? Nosotros no seremos capaces de...
—Sí que lo sois— cortó ella, mirándolos seriamente a ambos. —Habéis estado acostumbrados a luchar contra mí, una mujer en cuyos combates se vale de agilidad e inteligencia y utiliza el ser más pequeño para vencer. Por ello os cuesta más derrotarme. Pero él no se espera eso. Sed listos, recordar lo que os he enseñado, y dadle una paliza a ese cretino de mi parte. Confío en vosotros chicos.
Posó las manos en un hombro de los hobbits y les transmitió su fuerza y ánimo. Ellos empuñaron las dos dagas con fiereza y le devolvieron la mirada cargada de determinación.
—Venceremos —aseguró Merry.
Ella les sonrió y salió del pequeño campo de batalla, tomando asiento junto al montaraz y al elfo, quienes habían observado todo en silencio.
—Hay momentos en los que me pregunto si esta compañía la conforman adultos maduros o niños pequeños— refunfuñó el mago por lo bajo a sus espaldas, en comentario a la interacción entre ella y Boromir.
Sin embargo, ajenos a ello, los dos medianos ya se habían lanzado contra el hombre, intentando derribarle. Lanzaron estocadas, puños, patadas y entre los dos se escabulleron de los intentos de ataque del hombre. A su lado Aragorn, que fumaba en pipa, los alabó.
—Son buenos— le comentó a su compañera, que tampoco quitaba ojo a la pelea. Sonrió orgullosa.
—Por supuesto que lo son. Nunca hay que subestimar a los más pequeños.
—Si a alguien le interesa mi opinión, aunque ya veo que no, diría que estamos dando un rodeo— Gimli bajó de un salto de la roca desde la que había estado observando el paraje y se acercó al mago, que lo miró ceñudo. Mientras, Frodo y Sam se incorporaron a observar la pelea entre sus dos amigos y el de Gondor. —Gandalf, podríamos atravesar las minas de Moria. Mi primo Balin nos daría una bienvenida de reyes.
El anciano bajó la pipa y escrutó sombrío la silueta de la montaña.
—No Gimli. No tomaré el camino de Moria a no ser que no haya elección.
—¡Vamos chicos, ya lo tenéis! —la mujer aplaudió y animó a los dos hobbits, quienes luchaban orgullosos de no verse aún vencidos por el hombre. Se sorprendió cuando Legolas, que había estado sentado a su izquierda, se levantó de un salto. —¿Ocurre algo?
El elfo corrió hasta subirse a una de las rocas y oteó a lo lejos, vislumbrando como una mancha negra se acercaba a ellos.
Justo en ese momento, Boromir logró desarmar a Pippin y el hobbit gritó sorprendido, haciendo creer al otro que le había herido. El rubio bajó la guardia y se acercó preocupado al hobbit, preguntándole si estaba bien. Fue es ese instante en el que los dos medianos, confabulados, se lanzaron a la vez contra el hombre y lograron tirarle al suelo, venciendo así en el proceso. Los que estaban de público aplaudieron y vitorearon alegres por la inesperada victoria.
Pippin y Merry continuaron abalanzados sobre el hombre mientras este se carcajeaba, complacido con la batalla. Aragorn se levantó entonces e intentó frenarlos pero, sorpresivamente, también fue víctima de los primos y acabó por caer al suelo. Sam, Frodo y Blyana rieron por el espectáculo.
—¡Esos son mis chicos! —gritó la mujer. Luego se giró a mirar a los otros dos. —Y que sepáis que vosotros tampoco os librareis de entrenar hoy— acusó divertida. Ellos sólo pudieron sonreír, sabiendo que no tendrían opción.
Un extraño chillido llamó la atención de la mayoría y vieron en la dirección donde Legolas había avistado que algo se acercaba. Poco a poco, una mancha negra se aproximaba a gran velocidad hacia su posición.
—¿Qué es eso? —preguntó desconfiado Sam mientras entrecerraba los ojos para poder distinguir mejor. Sin embargo, la claridad del día impedía apreciar bien el cielo a no ser que se tuviera la vista agudizada.
—Nada, sólo un jirón de nube— respondió despreocupado el enano. Blyana se levantó con lentitud mientras admiraba ese supuesto «jirón de nube». Forzó la vista para verdaderamente distinguir lo que era.
—Se mueve veloz— añadió Boromir, ya repuesto del combate contra los hobbits. —Y contra el viento.
Cada vez más intranquilos, la tensión fue invadiendo los cuerpos de todos ellos.
—Eso... eso no es una nube— la afirmación de la mujer alarmó a todos. Legolas, a su vez, acabó por desentrañar el misterio que los atañía.
—¡Crebain de las Tierras Brunas!
Confirmándose entonces que se trataba de un enemigo, el pánico los puso en marcha.
—¡Escondeos! —la orden de Aragorn fue seguida a rajatabla.
—¡Merry! ¡Pippin! —Boromir cogió a los primos y les escondió junto a él tras unos arbustos espesos, cubriéndose lo mejor que podían con sus capas. Por otro lado, Gandalf y Gimli se internaron entre las rocas, ocultándose en las sombras.
—¡Frodo! ¡Sam! —el montaraz corrió hasta donde la mujer junto con los hobbits intentaban recoger las cosas. —¡A cubierto!
—¡Escóndelos! Yo me encargaré de esto— gritó la joven, dejando que su compañero arrastrara y buscara donde refugiar a los hobbits mientras ella escondía los fardos entre las altas hierbas y escondía al poni para evitar llamar la atención.
El aleteo de lo pájaros cada vez se escuchaba con mayor claridad, alertando de su proximidad. Si los avistaban, sería un problema.
—¡Blyana! —Legolas apremió a la mujer, escondido bajo un saliente de roca a poca distancia de ella. La mujer miró el cielo, presa de la urgencia y pisó las ascuas del fuego con fuerza para extinguirlas. —¡Vamos!
Ya estando casi sobre ellos, Blyana corrió y sin pensarlo se dejó caer en el agujero desde donde el rubio la llamaba. Se deslizó por la tierra y de la rapidez impactó con fuerza contra Legolas, haciéndola gruñir a causa del golpe. Sin embargo él, en un acto reflejo, la agarró con fuerza por la cintura e impidió que se moviera.
Todos contuvieron la respiración.
El silencio fue roto cuando una gran bandada de ruidosos cuervos aleteó sobre sus cabezas, graznando. Un centenar de pájaros negros revolotearon en el cielo en busca de cualquier rastro de su presencia.
Aquellos que se ocultaban entre arbustos, vieron como los alados seres se movían frenéticos por el cielo. Ninguno osó moverse.
Finalmente, y tras varios segundos que se sintieron eternos, la bandada pareció abandonar el lugar para continuar su búsqueda y camino. Aun así, todos permanecieron sumidos en el mayor de los silencios y en la más absoluta quietud. Desde su extraña posición, Blyana era capaz de escuchar el martillear del corazón de su compañero, apoyada como estaba contra su pecho. Poco a poco los segundos fueron pasando y parecía que las aves no retornaban.
—¿Es seguro salir? —apenas susurró la mujer, levantando la cabeza y mirando a su amigo, quien miraba al exterior con recelo y concentración. Él no respondió hasta pasados uno segundos.
—Creo que sí— la miró con sus iris claros y ella asintió.
—Me asomaré para cerciorarnos— murmuró. Hizo el amago de separarse del elfo y fue ahí cuando él se percató de dónde tenía las manos. Avergonzado, las retiró con rapidez, lo que provocó una leve risa por parte de ella.
—¿Es la primera vez que abrazas a una mujer?
Legolas la fulminó con la mirada y ella se tragó la carcajada, consciente de que todavía podía quedar algún crebain fuera. Asomó poco a poco la cabeza y analizó cada rincón del que había sido su antiguo campamento. Una vez hubo acabado, gritó a todos.
—¡Despejado! Podéis salir.
Tras escucharla, todos fueron saliendo de sus escondites e incorporándose, mirando todavía recelosos el cielo despejado.
—Espías de Saruman— gruñó Gandalf. Todos se reunieron en torno a él. —El paso del sur está vigilado.
Ante la mala noticia, sólo pudieron mirarse entre ellos con pesar.
—¿Y qué haremos, Gandalf? —la pregunta de Merry era un pensamiento común.
—Podemos tomar la ruta alternativa— propuso la mujer. —Tras el concilio propusimos tanto Caradhras como Moria.
El mago se picó el puente de la nariz y pensó, frunciendo el ceño.
—Considero que lo mejor sería el paso sobre la montaña antes que atravesarla, en verdad. Sin embargo, es el portador quién ha de tomar la decisión.
Todas las miradas se posaron en el hobbit y él se cohibió. Creía que era una estupidez preguntarle a él cuando no tenía conocimiento de los caminos fuera de la Comarca. Por ello, confió en lo dicho por Gandalf.
—El paso sobre la montaña— eligió. Todos asintieron.
—Que sea así, pues. Tomaremos el Paso de Caradhras.
NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO
Vado de Bruinen: es un río ubicado en la región de Eriador y que nace en las Montañas Nubladas. En él es donde Glorfindel (en los libros) y Arwen (en las películas) se deshacen de los Jinetes Negros gracias a la magia que envuelve a Rivendel a causa del anillo Vilya.
Crebain: son grandes cuervos nativos de las Tierras Brunas.
Tierras Brunas: territorio situados al este de Enedwaith y al pie de las Montañas nubladas, hogar de los Dunledinos. Se las conoce así por la piel morena de sus habitantes.
