Acto II: La compañía

Capítulo 10


Habiendo redireccionado su ruta, el camino hacia el sur por sendas de roca cambió drásticamente. A medida que pasaban los días el incremento de altura hacía que la temperatura fuera cada vez más baja, llegando hasta el punto de caminar sobre una densa capa de nieve.

Subieron por la montaña, caminando de noche y escondiéndose de día. Sabiendo de la presencia de espías enemigos no quisieron arriesgarse a ser vistos, por lo que partían poco antes del anochecer y paraban a descansar antes del mediodía.

El ambiente distendido que acompañaba a la Compañía había desaparecido también, tornándose ahora más complejo y tenso. Las amenas charlas ante el fuego habían sido sustituidas por noches sin hoguera y en silencio, el fácil caminar se complicaba a cada paso y algunos de ellos parecían verse cada vez más afectados por la presencia del anillo. Un ejemplo de ello fue el comportamiento de Boromir cuando Frodo resbaló a causa de la nieve y rodó varios metros, siendo atrapado por Aragorn, perdiendo la cadena y el anillo en el proceso. El hombre lo recogió y se lo quedó mirando, absorto en el reluciente metal.

—Boromir— Aragorn dio un paso al frente, intentando reclamar la atención de su compañero. Sin embargo, este se veía demasiado embelesado con el anillo.

—Qué extraño destino tener que sufrir tanto miedo y dudas por algo tan insignificante, tan irrisorio.

—¡Boromir! —exclamó ahora más alto el montaraz. El resto observaba, tensos, como se desarrollaba la escena.

—Suelta el anillo, Boromir— dijo con lentitud la mujer. Blyana sonó firme, llamando por primera vez al hombre por su nombre. Sus manos se habían movido hasta el mango de una de sus dagas, sintiendo el marfil de su empuñadura, a la espera de una reacción.

El hombre pareció salir entonces del trance y los miró a todos, uno a uno, con una extraña mueca en el rostro. Pareció sentirse avergonzado por su comportamiento, pero su orgullo no dejó que lo mostrara. De esta forma, forzó una risa de suficiencia y lanzó la cadena para que el mediano la interceptase.

—A sus órdenes— miró a la mujer. —No lo quiero de todas formas.

Blyana le sostuvo la mirada y fue él quien acabó por desviarla. Todos alejaron las manos de sus armas.

Tras aquella inquietante escena, continuaron la marcha.

El Paso de Caradhras era un camino relativamente sencillo; sin embargo, las grandes cantidades de nieve ralentizaban el paso. Algunos como Legolas y Blyana, al ser ligeros como plumas, apenas necesitaban de esfuerzo para caminar sobre ella, pero el resto no lo tenían tan sencillo. Por ello, lo que en circunstancias normales les hubiera llevado una semana, les llevó casi dos.

Cuando estaban al poco de comenzar a atravesar el paso, decidieron aprovechar para descansar y se detuvieron por la noche también. Montaron el campamento contra una pared de la montaña y dejaron que los hobbits, los que más estaban sufriendo aquella caminata, descansaran en condiciones. Los cuatro se arrebullaron los unos contra los otros y se abrigaron con sus capas y abrigos, evitando congelarse mientras dormían. Además se apoyaron sobre Bill, quien también dormitaba, y así descansaron sobre una fuente de calor.

Mientras, el resto se mantenía alerta y despierto, evitando también la congelación y velando por el sueño de sus compañeros.

—Algo se está formando en el interior de la montañas. Siento como el aire cambia a nuestro alrededor.

Legolas miraba el cielo sobre ellos, cubierto por una fina capa de nubes, lo que les impedía apreciar el estrellado firmamento. Por otra parte, el resto de sus compañeros parecían estar más preocupados por el aire que les azotaba sin cesar, revolviendo sus cabellos e impidiéndoles mantener una temperatura corporal estable.

—Qué fácil es hablar para los orejas picudas sobre el clima cuando ellos no se ven afectados por él— gruñó el enano, arrebujándose en su abrigo. Legolas desvió la mirada hacia él y frunció el ceño en su dirección.

—Basta. Hoy no estoy de humor para consentir otra de vuestras absurdas peleas— la interrupción de Gandalf cortó cualquier posible comentario, seguramente despectivo, por parte del elfo. Legolas selló los labios y se sentó.

Habían intentado quitar toda la nieve en un perímetro lo suficientemente grande para poder instalar el campamento, pero aun así la tierra continuaba húmeda y la piedra era capaz de competir contra el propio hielo.

Cualquiera después de eso habría esperado un silencio o comportamiento más formal por parte del resto al notar el mal humor del mago, sin embargo había quien parecía no temer las repercusiones.

—¿Qué te parece, Cretino? Gandalf todavía no nos ha reñido hoy por nuestro odioso comportamiento inmaduro. ¿Te apetece pelear un poco? —Blyana asomó el rostro de entre la gran capucha de su abrigo de pelo, mostrando una sonrisa burlona y mirando al susodicho. Mientras, Boromir, que estaba sentado a unos metros de ella, la fulminó con la mirada.

—Cállate Bruja.

—Ah, tu capacidad para herir mis sentimientos es abrumadora.

—Blyana— gruñó el anciano en una clara advertencia. Ella levantó las palmas de las manos.

—Está bien, está bien. Sólo pretendía animar un poco el ambiente— se defendió, de nuevo escondiendo el rostro tras la oscuridad de la capucha.

—Como el tiempo no cambie vamos a congelarnos en un par de horas— el comentario de Aragorn, que se hallaba en la misma situación de temblor que el resto, sacó una carcajada socarrona a la mujer.

—No os preocupéis que Aragorn también ha decidido animar la noche.

—¿Siempre eres igual de insufrible? —Boromir arremetió contra ella, molesto.

—Oh no, sólo cuando tengo frío, hambre y sueño. Por ello, aunque sé que te encanta pensar que todo lo hago por ti, no te lo tomes como algo personal.

—Lo digo en serio— atajó el montaraz, interrumpiendo lo que habría derivado en otro enfrentamiento verbal. —No hay que subestimar el poder del frío. Como no hallemos una manera de pasar la noche sin congelarnos no habrá un mañana para ninguno.

—¿Y qué propones pues? —Gandalf pareció rebajar su carácter malhumorado, consciente de la verdad en las palabras del hombre y en el problema que entrañaban. —No podemos encender una hoguera, delataría nuestra posición.

—El calor corporal es nuestra única opción. Si hacemos como los hobbits y dormimos unos junto a otros mantendremos nuestras temperaturas controladas— fue lo único que pudo aportar el hombre.

—Esto va a ser divertido— murmuró Blyana con sorna. —¡Me pido dormir abrazada al Cretino!

—¡Ni lo pienses, Bruja provocadora!

—Oh, así que afirmas que te provoco— medio ronroneó ella, disfrutando soberanamente la reacción del de Gondor. Gracias a su vista agudizada, y a pesar de ser de noche, ella pudo percibir el rubor en el rostro del hombre.

¿Hay acaso algo más divertido que suscitar confusión a un hombre? Ante aquel pensamiento, no pudo más que auto-corregirse. Sí que lo hay. Contrariar a un elfo.

—¡Suficiente! Ninguno de vosotros dos estará a menos de cinco metros del otro. Lo último que nos falta es despertarnos mañana y que os halláis matado entre vosotros— Gandalf gruñó, imponiéndose con firmeza. Los miró a todos. —Legolas, ¿habría algún problema por que esta noche hagas todo el turno de guardia?

El elfo negó con la cabeza.

—En absoluto.

—Perfecto pues. El resto dormiremos los unos junto a los otros y mantendremos el calor. Y, como ya he dicho, vosotros dos iréis por separado— el afilado dedo del mago señaló acusatorio tanto al hombre rubio como a la mujer.

—Una pena, supongo. ¿Tendría algún problema en permitirme dormir junto a usted, maese enano? —fingiendo, Blyana mostró una desazón falsa. Gimli, que tras muchas jornadas de viaje ya se había acostumbrado al carácter juguetón de ella, sólo asintió.

—Será un placer, mi señora— le siguió el juego mientras preparaba el fardo.

—¿Ves? Ya tengo compañero— miró a Gandalf y desestimó con rapidez aquello que parecía molestar al mago. —De todas formas, no veo con buenos ojos que Legolas haya de pasar toda la noche en vela.

—Es lo mejor, querida. El día de mañana será duro y necesitamos estar descansados. Legolas es el único que no necesita de tantas horas de sueño.

Los argumentos del mago eran lógicos, sin embargo ella continuó mostrándose reacia.Frunció los labios.

—Por lo menos permitidme estar estas primeras horas también despierta. La noche es muy cerrada y en estos casos cuatro ojos ven mejor que dos— persistió la castaña. Desde su cruce con los crebain se mostraba más alerta y desconfiada.

Gandalf suspiró, cansado.

—Haz lo que consideres. Si a Legolas no le importa yo no pongo objeción.

—Por supuesto que no— negó el elfo.

—Bien pues. Durmamos.

Gandalf, Aragorn, Boromir y Gimli se apoyaron contra el pequeño trozo de pared de la montaña y en pocos minutos todos ellos se habían sumido en sueños, quedando así el campamento en la más absoluta calma.

Blyana se levantó y tomó asiento junto a su amigo, que jugueteaba con una de sus flechas.

—¿En verdad no te molesta? A veces puedo ser muy cabezota y apenas me doy cuenta de que tal vez esté metiendo más la pata que otra cosa— los ojos de Legolas se posaron en los suyos y negó.

—¿Por qué habría de molestarme tu compañía? En todo caso, es agradable saber que contaré con alguien a mi lado aunque sea durante unas horas. La noche se tornaba larga y aburrida.

Ella asintió, conforme con saber que no se había sobrepasado.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Legolas hizo un leve gesto con la cabeza, dándole permiso para preguntar.

—Adelante— accedió.

—¿Por qué esa aversión por los enanos? No he podido evitar fijarme que tu mala relación con Gimli comienza ya desde nuestra estadía en Rivendel.

Tomando desprevenido al elfo por la elección de tema, él tardó en contestar.

—Digamos que nunca me he llevado bien con ellos. A mi padre tampoco le caen en gracia, y desde cierto incidente con la Compañía de Escudo de Roble esa animosidad fue en aumento. Se podría decir que tenemos diferentes formas de ver el mundo— tras pensarlo, contestó a la mujer. Ella lo observaba con interés.

—Bueno, eso es obvio. Quiero decir, lo que vosotros podéis ver a causa de vuestra altura es diferente a lo que ellos aprecian desde la suya— arguyó la castaña.

—No me refería a eso y lo sabes.

Blyana le miró con sorna.

—Por supuesto que lo sé. Aun así, aunque sea un enano, deberías intentar una tregua. Tal vez os llevéis bien.

—Eso también podría aplicarse a tu relación con Boromir— rebatió él.

—El hecho de que nuestra relación no avance no es mi culpa. Yo intento seducirle, pero él parece reacio a devolverme el sentimiento— bromeó, encogiéndose de hombros y aparentando verdadera consternación.

Un silencio por parte del elfo la obligó a mirarlo y se encontró con una mueca de confusión y vergüenza en su rostro. Ella se lo quedó mirando sin comprender el porqué de su reacción hasta que él acabó por apartar la mirada de ella bruscamente y aclararse la garganta.

—Desconocía tus intenciones con Boromir… Yo consideraba que…

Las palabras eran incapaces de salir de la boca del elfo. Blyana cada vez entendía menos qué llevaba a su amigo a actuar así hasta que una idea se deslizó en su cabeza. Abrió los ojos sorprendida.

—Legolas, ¿no habrás pensado que lo decía en serio, verdad? —Los iris azules del elfo se detuvieron sobre los suyos ámbar y Blyana no necesitó de respuesta. —¡Era una broma! ¿Cómo has podido considerar siquiera que era cierto que pretendo seducir a ese cretino?

Entre molesta e incrédula la mujer golpeó sin fuerza a su compañero, cuyo semblante había adquirido una sonrisa de vergüenza y se había tornado menos carmesí.

—Has de comprender que no estoy acostumbrado a ese tipo de bromas. Los elfos tenemos una comprensión de las cosas distinta a la de los hombres, y tú actúas como ellos. ¿Qué pretendías que pensara habiéndome dicho con tal solemnidad que tus intenciones eran esas? Por supuesto que lo he creído— se defendió él. Blyana se picó el puente de la nariz hasta que finalmente acabó por reír, rendida.

—Está bien. La próxima vez tendré más cuidado cuando bromee contigo.

Tal vez era cierto que tanto tiempo entre hombres habían hecho olvidar a Blyana la literalidad con la que se lo toman todo los elfos.

Una ráfaga de aire arremetió contra ellos y los dientes de la mujer castañearon. Se llevó las manos a los labios y sopló, intentando calmar el temblor que el frío provocaba en sus finos dedos.

—En verdad hace frío— Legolas miraba a su compañera y seguía cada uno de sus movimientos, llegando incluso a sentir esa sensación de debilidad que parecía asolarles a todos a causa del frío. A pesar del abrigo de pelo que ella llevaba, y de la bufanda que uno de los hobbits le había prestado para cubrir su garganta, ella continuaba tiritando e intentando detener el temblor de su cuerpo. En aquel momento Blyana se le antojó ciertamente delicada, incluso casi quebradiza. Ella hizo un amago de sonrisa ante su comentario.

—En momentos como este desearía haber heredado esa capacidad vuestra de ser inmune a las temperaturas. La cambiaría por otras menos útiles en estos momentos, sin duda— intentó bromear ella. Sin embargo, él continuaba atento a su figura y movimientos y menos a sus palabras. —Bueno, ¿hay algo de lo que te gustaría hablar?

Intentando iniciar una conversación, Blyana miró al fin a su compañero y se sorprendió al notarlo mirándola con tanta intensidad. Los iris azules de Legolas parecían haberse oscurecido y ella, absorta, los admiró como si fuera la primera vez que los contemplara. Inconscientemente recordó aquella noche, hará dos años en Osgiliath, cuando le dijo que sus ojos brillaban como la estrella Luinil. En su momento había resultado un comentario inocente, más para provocar una reacción en el elfo, sin embargo en ese momento sintió que no estaba equivocada. Un extraño sentimiento se asentó en su garganta.

—Tiemblas.

Sacándola de su ensimismamiento, y desvaneciendo la bruma que había confundido sus pensamientos, parpadeó confusa e intentó comprender lo qué Legolas le había dicho.

—¿Perdón? —él inclinó la cabeza en su dirección, como si la señalara.

—Quiero decir que estás temblando— ella comprendió entonces y se miró a sí misma. Era cierto. Toda ella se sacudía a causa del frío, en un involuntario movimiento para obligar a su cuerpo a generar calor. Devolvió la mirada al elfo.

—Es una obviedad a la que no sé como responder.

Legolas dibujó una sutil y casi imperceptible sonrisa, tal vez divertido por el comentario de Blyana, o tal vez al apreciar la cara de incomprensión de ella.

—Tal vez ya sea hora de que duermas. Cuanto antes vayas con ellos antes tu cuerpo entrará en calor. Yo puedo continuar solo— ante las palabras de su compañero, ella miró al grupo de dos hombres, un mago y un enano. Los cuatro dormían profundamente, tanto que hasta el último de ellos roncaba. Se habían movido desde la última vez que los prestó atención y el hueco en el que debía ir ella había sido ocupado por medio cuerpo del montaraz y el resto del enano. Difícil veía el encajarse ahora en aquellos pocos centímetros. Podía ser pequeña, pero tampoco era minúscula.

—Ya… Creo que eso va a ser un poco complicado.

Tanto Legolas como Blyana miraron en la dirección donde sus amigos dormían y admiraron el panorama. El elfo comprendió lo que la mujer decía. Miró entonces el lugar donde los hobbits descansaban y tampoco halló hueco disponible en el poni, que era donde estos se apoyaban. Frunció el ceño, culpándose por no haber previsto esa situación. En cambio, su compañera parecía haberse resignado muy rápido y no se devanó los sesos intentado encontrar una solución.

—Bueno, supongo entonces que te haré compañía por el resto de la noche— se encogió de hombros, resignada. Había sido su decisión acompañar al rubio antes de dormir, por lo que debía enfrentar las consecuencias.

—Pero aun así tendrás frío— increpó él. No comprendía como la castaña podía mostrarse tan tranquila. Él sentía aprehensión al verla tiritar incontroladamente pero ella no parecía inmutarse.

—Escucha, si tanto te preocupa, esperaremos a que alguno de ellos se mueva y me deje un sitio lo suficientemente grande para caber, ¿sí? —A Legolas no le quedó más opción que tragarse sus quejas y asentir. Era la opción más lógica. La mujer se mostró entonces satisfecha y se arrebujó más en su abrigo. —Bien.

De esta forma, Legolas y Blyana dejaron pasar las horas, sentados el uno junto al otro, vigilando el horizonte y charlando de vez en cuando. La fina capa de nubes que había al principio de la noche fue creciendo considerablemente, siendo cada vez más oscura y densa. Fue entonces, en un indeterminado momento de la noche, cuando pequeños copos de nieves, blancos y delicados, comenzaron a caer sobre ellos. No era una gran nevada, apenas unos resquicios de agua que quedaban en las nubes y que se detuvieron minutos después, pero fue cuando la mujer comenzó a estornudar que cierto elfo no pudo contener el impulso.

El rubio se movió hasta estar pegado a ella, tomándola sin duda desprevenida. Con su mano derecha agarró un extremo de su propia capa y, pasando el brazo por los hombros de la mujer, la estrechó contra él. De esta forma quedaron los dos en el interior de la capa del elfo, ella sumergida entre sus brazos y apoyada parcialmente sobre su pecho. Blyana se lo quedó mirando incrédula en un primer momento, procesando que Legolas el elfo que se había sonrojado al haber hablado sobre seducción la estaba arropando. Aun así, pasado el shock inicial, sintió un calor agradable en su pecho, sintiéndose agradecida con él.

No había nada provocador en el gesto, de hecho no había ni un mísero centímetro de sus pieles en contacto; sin embargo, ella fue capaz de sentir un ligero latido que desapareció tan rápido como llegó.

—Pensé que te avergonzaba abrazar a las mujeres— bromeó ella, intentando normalizar el ambiente, y elevando el rostro para mirarlo. Él desvió la vista, seguramente continuando avergonzado por el impulso. —Es una broma. Gracias por el gesto. Ahora me encuentro mejor.

Tras unos segundos dubitativo, el elfo giró el rostro y acabó por devolverle la mirada. En los ojos de ella encontró gratitud y no vio nada extraño, ni parecía que ella hubiese malinterpretado sus acciones. Agradeció que Blyana fuera una mujer lo suficientemente madura como para diferenciar la realidad de posibles fantasías. Acabó por sonreírla ligeramente, muy ligeramente.

—Estoy seguro de que si tu salud se viera comprometida ninguno de ellos me lo perdonaría— restó importancia, humilde. —No he hecho nada que otro no hubiese hecho.

Pasados unos segundos, Legolas abrió los ojos como platos y corrió a corregir aquellas palabras que tanto pie podían dar a confusión. Blyana tenía una ceja levantada.

—Quiero decir… No me refería a que es normal que los hombres te abracen. Es decir, tu no tienes esa clase de relación con los hombres… No por ello quiero llamarte nada indecoroso… Yo solo…

Obviamente, la estaba cagando.

Los intentos del elfo por enmendar sus palabras fueron peor de lo que pensaba. Exasperado, no supo qué hacer. Él era un elfo silvano, apenas había tenido contacto con el resto de lugares de Arda en su vida y las interacciones con hombres habían sido escasas, y con las mujeres todavía menos. Por ello muchas veces no sabía exactamente cómo actuar con Blyana. Desde que la conocía, ella siempre los trataba a todos con una familiaridad y camaradería que le hacían olvidarse de ella como una dama, y cuando parecía recordarlo se mostraba contrariado a la hora de enfrentarse a ella. Y, uno de esos momentos, era ese.

De pronto pareció ser consciente de que se hallaba arropando a una mujer entre sus brazos, ambos a una distancia claramente indecente para ser una joven soltera. Sin embargo, ella no lo había golpeado, ni gritado, simplemente había bromeado y le había agradecido. ¿No estaba eso mal?

—Puedo escuchar tus pensamientos desde aquí.

La suave voz de Blyana lo arrancó de toda cavilación. Ella parecía observarlo con seriedad.

—Lamento si mis palabras han podido malinterpretarse— se disculpó con rapidez. Ella negó.

—No has de hacerlo, entendí a la primera lo que querías decirme— la castaña pareció analizarlo durante unos segundos que para él resultaron eternos. Al final, suspiró con aparente derrota. —Escucha, Legolas, si te incomoda esta posición, no has de preocuparte. Agradezco la intención y la caballerosidad de tus actos, pero si por ello vas a sentirte mal, mejor me resfrío.

—¿Cómo has…?

—Tus ojos gritan pánico y todo tu cuerpo se ha tensado— respondió ella simple.—Para ser un elfo hay instantes en los que resultas muy fácil de leer.

Legolas vio como ella lo miraba con el semblante serio, esperando una respuesta, y tras pensarlo, suspiró. ¿Si ella no interpretaba erróneamente el gesto, por qué habría de sentirse mal? Él estaba ayudando a una amiga a evitar morir de frío. Tal vez, en otras circunstancias, el acto hubiera estado de más, ¿pero quién allí iba a increparlos? Borró cualquier rastro de temor o duda y negó con el cabeza.

—Ha sido una reacción exagerada por mi parte, pero no quiero que te congeles. Lo mejor sería ahora si aprovecharas también para dormir. Prometo velar tus sueños.

De nuevo, no fue consciente de cómo sus palabras podrían volverse en su contra. Y más cuando iban dirigidas a cierta mujer.

—¿Velar mis sueños? Palabras como esa hacen que me sonroje, maese elfo— Blyana pintó lentamente una sonrisa burlona y, para qué mentir, seductora, y acercó su rostro al del elfo. —Tal vez erré en mi objetivo de seducción y no sea Boromir el verdadero merecedor de mi atención.

Él cerró con fuerza los párpados y emitió un gemido lastimero.

—Por favor no hagas ese tipo de bromas que me confunden— rogó él.

Y, sin poder contenerse, ella estalló en carcajadas.

§

La noche pasó y el tan temido día siguiente llegó. Al final Blyana acabó durmiendo acurrucada contra el elfo, quien tuvo que dar múltiples explicaciones al despertar el resto y encontrar a la única mujer de la Compañía entre sus brazos. Ninguno perdió la oportunidad de reírse ante su obvia vergüenza, pero cuando Blyana despertó los hizo callar a todos y el elfo pudo respirar tranquilo.

El cielo parecía haber despejado, pudiendo distinguirse trazas azules entre los bancos de nubes.

La Compañía preparó un ligero desayuno, frío puesto que seguían sin encender fuego, y emprendió la marcha de nuevo. Apenas una hora después de haber empezado a andar ya se habían internado en el Paso de Caradhras. Continuaron el camino pegados al sendero que bordeaba la montaña, dejando a la derecha una profunda caída. Sin embargo, a pesar de haber comenzado en tan buenos términos, él día acabó por estropearse.

Las gruesas nubes negras volvieron a situarse sobre ellos y de esta forma una ligera nevada acabó por convertirse en una insoportable ventisca. La capa de nieve sobre la que caminaban fue elevándose cada vez más, hasta que llegaron a tal punto que Aragorn y Boromir se vieron obligados a abrir el camino al resto mientras apartaban el cúmulo de nieve. Siguiendo a los dos hombres, Gandalf caminaba tras ellos, seguido de los cuatro hobbits quienes aprovechaban la gran altura del mago para protegerse de las fuertes ráfagas de viento. Gimli cerraba el paso de los hobbits y se aseguraba de que ninguno de ellos desfalleciera a causa del esfuerzo. Mientras, Blyana cerraba el grupo y se hacía cargo del poni. Por otra parte, Legolas caminaba sobre la nieve y mostraba el camino a Aragorn y a Boromir.

Fue en un instante de esa brutal marcha que el sensible oído del elfo captó palabras que no debían ser escuchadas.

—¡El viento arrastra una voz cruel! —intentando hacerse oír Legolas avisó a sus compañeros de su descubrimiento.

Todos detuvieron su andar.

—¡¿Qué?! —sin haber escuchado nada, Boromir dejó de apartar nieve y miró a su compañero. Sin embargo, no fue el elfo quién contestó.

—¡Es Saruman!

Como si las palabras de Gandalf fueran acompañadas de mal augurio, la montaña bajo sus pies tembló. Todos se pegaron a la pares que había a su izquierda y agacharon las cabezas cuando varias rocas cayeron a pocos metros de ellos. De nuevo todo tembló y Bill relinchó inquieto, obligando a Blyana a sostener con más fuerza las riendas.

—¡Intenta derrumbar la montaña! —Aragorn miró al mago, intranquilo. Oteaba a su alrededor y no pudo evitar expresar su opinión. —¡Gandalf, debemos volver!

Sin embargo, el Istari no parecía compartir su juicio.

—¡No! —se negó con firmeza, pero también con cierta desesperación. Se separó del grupo y gritó a la montaña, llamándola a la tranquilidad e intentando combatir contra la magia del mago blanco.

Los hobbits se habían arrejuntado y tanto Boromir como Aragorn intentaban protegerlos de la tormenta. Todos se hallaban cubiertos de nieve y sus ropas se habían helado, estando a punto de causarles una hipotermia severa. Por otro lado, el poni parecía descontrolado y la mujer tuvo que recurrir a la ayuda del enano para intentar que no saliera desbocado, o que sus relinchos provocaran una avalancha.

—¡Quieto chico, quieto! —haciendo de su mejor esfuerzo, los dos intentaban hacerse oír sobre el fuerte viento para calmar al equino.

Mientras, las palabras de Gandalf parecían tener un efecto nulo.

—¡Esto es un suicidio! ¡Gandalf!

Cualquier intento de razonar con el mago desapareció cuando, a causa de la influencia de Saruman, un fuerte rayo iluminó el cielo y rasgó el aire para impactar contra la cima de la montaña. Un estruendo fue acompañado de grandes cantidades de nieve que se precipitaron a gran velocidad sobre ellos, sepultando a todos en su frío interior. Sin poder hacer nada, los integrantes de la Compañía sintieron impotentes como la nieve los enterraba y cualquier intento de moverla resultaba inútil.

La mujer sintió como el hielo desvanecia cualquier resquicio de calor de su cuerpo. Intentó moverse pero fue imposible. Sintiendo como la angustia trepaba por su garganta, volvió a intentar remover su cuerpo y salir a la superficie, donde podía tomar aire de nuevo.

Alguno de ellos lograron sacar sus cabezas y tomar bocanadas de aire para luego correr a ayudar a aquellos que carecían de fuerza para combatir la inédita solidez de la nieve. Juntos, los hombres desenterraron a los pequeños hobbits mientras Legolas ayudaba a Gimli y a Blyana. Por su parte, Gandalf pudo desenterrarse solo. La situación empeoraba por momentos y ninguno veía posible salir de aquel Paso con vida.

—¡Hay que descender la montaña! —el grito de Boromir fue secundado por el resto, que veían imposible continuar ese camino. —¡Tomemos el Paso de Rohan y crucemos el Folde Oeste hasta mi cuidad! —propuso.

—¡El Paso de Rohan nos acerca demasiado a Isengard! —se opuso sin embargo el montaraz. Boromir lo encaró y entre ellos comenzó una pequeña discusión sobre cuál era la opción más acertada: retroceder o no al Paso, donde la presencia de Saruman podría entrañarles problemas.

—¡Nos estamos congelando! —Blyana, cuyos labios se habían tornado ya morados al igual que a la mayoría de ellos, se acercó arrastrando con fuerza al poni, molesta por su actitud, y detuvo en el acto el enfrentamiento entre ambos hombres. —¡No es momento de discutir, sino de decidir!

Secundándola, Gimli intervino.

—¡Si no podemos pasar sobre la montaña, pasemos bajo ella! ¡Atravesemos las Minas de Moria! —recurriendo al mismo argumento que llevaba exponiendo desde la aparición de los crebain, el pelirrojo continuó terco en su propuesta de ir por el camino de los enanos.

Gandalf miró al enano y mostró el mismo recelo que había mostrado desde el principio, sin embargo la urgencia de la situación pareció desestabilizar la seguridad con la que antes se negaba. El silencio se extendió, simplemente roto por el silbido del viento. Nadie osó emitir palabra hasta esperar el veredicto del mago.

—Que el portador del anillo decida— concluyó. El rostro de Frodo era un poema.

Viéndose de nuevo en la tesitura de elegir un camino que desconocía y del cual parecían haber estado huyendo, Frodo comprendió que verdaderamente sólo quedaba una opción. Los brillantes ojos de Gandalf parecían rogarle que no lo hiciera, pero parecía que el destino quería que ellos tomasen esa senda. Lo pensó durante unos breves segundos y, sintiéndolo por su querido amigo, eligió.

—¡Atravesaremos las minas!


NOTAS FINAL DEL CAPÍTULO

Minas de Moria: conocidas también como Khazad-dûm en la lengua enana, son las minas más grandes construidas por los enanos en toda la Tierra Media.