7| LA FIESTA

El timbre de la puerta empezó a sonar ininterrumpidamente. Natsuki empezó a correr para contestar cuanto antes. Su amiga tenía la maldita costumbre de llamar así, como si pretendiera hacer partícipe de su llegada a toda la comunidad.

—¿Bajas o qué? —dijo Mai cuando descolgó el telefonillo.

—Sí, ya voy. Me calzo y bajo.

Se precipitó hasta su habitación y escogió los primeros zapatos que salieron del armario. Un abrigo ligero, no hacía frío; un último vistazo en el espejo y ya estaba lista. Había dispuesto de varias horas en su casa para prepararse, pero, como siempre, lo había dejado todo para el último momento. Los nervios del día anterior la habían debilitado tanto que cuando cerró la puerta de su casa no pudo evitar quedarse traspuesta en el sofá. Fue Mai quien finalmente la despertó con una llamada de teléfono para recordarle lo de la fiesta de cumpleaños.

—Dime que vas a venir.

—No sé, Mai… Estoy agotada. ¿Te importa si lo dejamos para otro momento?

—Eres una maldita, ¿lo sabías? Luego no vengas quejándote de que tu vida es una mierda. Desde que lo dejaste con Nao no hay quien te saque de casa.

Mai tenía razón. Y también sabía qué decir para hacerle sentir culpable. Le habría ido bien haciendo carrera en la mafia o en cualquier actividad delictiva. Su amiga era una perfecta chantajista.

Natsuki exhaló hondamente.

—Está bien, te acompaño. Pero esta me la debes.

—Claro, te lo pagaré en carne —bromeó Mai—. Te recojo en tu casa. La fiesta es por tu barrio.

—Vale, idiota.

—Yo también te quiero. —Y le colgó el teléfono.

Así que ahora Natsuki iba dando los últimos retoques a su maquillaje en el ascensor. Un poco de base, colorete y máscara de ojos, nada desproporcionado. Pero se encontraba guapa. O, al menos, todo lo guapa que le permitían las pocas prendas que habitaban su armario. A menudo se recordaba a sí misma que debía ir de compras, pero le podía la pereza y terminaba posponiéndolo. Como resultado, acababa usando la misma ropa una y otra vez, casi toda de color negro, por lo que Mai no aplaudiría su atuendo cuando la viera.

Su amiga la estaba esperando enfrente de su portal, junto a la zona de carga y descarga de un conocido teatro. Natsuki cruzó la estrecha calle y fue a su encuentro esquivando los coches que pasaban. Le dio dos besos en ambas mejillas.

—Hola. ¿Qué tal tu viaje?

—Surrealista. Ahora te lo cuento. ¿Nos vamos? Tú guías.

—Sí, espera, se está comprando un helado.

Mai señaló con su dedo índice el local al lado de su casa, una heladería que solía visitar casi a diario durante los meses de calor.

—¿Quién? —le preguntó extrañada. Miró hacia el interior del establecimiento, pero los vinilos del escaparate le impidieron ver nada.

—Una loca a la que acabo de conocer. Está como una tonta, pero es divertidísima. Dice que es de otro planeta. Mira, ahí está.

Natsuki sintió que su corazón se desbocaba. Esa descripción le resultaba tristemente familiar y cuando vio a Shizuru saliendo de la heladería con un inmenso yogur helado, sonriéndole y saludándolas con entusiasmo, creyó que podría desmayarse.

—Dios, Dios, Dios…

—¿A que es guapa?

Natsuki se giró hacia su amiga, aterrorizada:

—¿De dónde la has sacado? ¿Cómo…?

—Tranquila, Nat. ¿Estás bien? Te noto nerviosa.

Pálida, volvió a mirar a Shizuru que ya estaba cruzando la calzada para dirigirse a su encuentro.

—¿De dónde la has sacado? —repitió.

—¿Qué más da eso?

—Es más importante de lo que crees, Mai. Responde, por favor.

—Pues me la encontré perdida cuando salí de casa, estaba sentada en el portal de al lado, yo qué sé. Le pedí fuego, pero resulta que no fuma, ¿sabes? Pero nos pusimos a hablar y me pareció comiquísima. ¿Te he contado ya que dice que es de otro planeta? Lux, Dax, Fax, o algo que suena así, como a latín. Le he dicho que se venga con nosotras a la fiesta.

Típico de Mai, pensó Natsuki con frustración.

Su amiga era tan sociable y alocada que en ocasiones perdía toda cautela. Era habitual en ella confraternizar con gente que acababa de conocer y las consecuencias resultaban devastadoras. La última vez se había visto involucrada en una redada policial. Fue un milagro que no acabara entre rejas. Natsuki solía ponerse muy nerviosa cada vez que hacía esto.

—Esa chica es peligrosa, Mai —empezó a decirle—. Esa chica es…

Pero no pudo terminar la frase porque Shizuru acababa de sumarse a ellas.

—¡Ah! ¡Ya estás aquí! ¿Te gusta el helado? Mira, esta es la amiga de la que te hablé. Natsuki, te presento a Shizuru.

—Ya nos conocemos —afirmó Shizuru, chupando el helado con parsimonia, como si la cosa no fuera con ella—. Pasamos juntas una noche en Tokio.

—¿Ah, sí? —Mai elevó las cejas con sorpresa. Después se inclinó sobre el oído de Natsuki—. ¿Cómo no me dijiste nada, pillina? ¿Era eso lo que querías contarme?

—No, no era eso —puntualizó Natsuki con sequedad—. Y no es lo que piensas.

Quería llevar a su amiga a un aparte, explicarle lo ocurrido. El peligro que corrían. Estaba interpretándolo todo mal. Pero Shizuru las observaba con tal intensidad que se le formó un nudo en la garganta. De todos modos, Mai tampoco le dio opción:

—Bueno, parejita… ¿Qué tal si me lo cuentan todo de camino a la fiesta? —dijo—. Se está haciendo tarde y paso de llegar de última.

Echaron a andar, pero Natsuki se sentía tensa y anonadada. Tenía un ojo puesto en Shizuru y otro en Mai mientras trataba de valorar sus opciones. ¿Qué hacía en Fuuka? ¿Cómo había conseguido encontrarla? ¿La había seguido? Sí, por supuesto que sí, ¿qué otra cosa podía ser?, pensó con manifiesto nerviosismo. Le temblaban las rodillas.

Mai era quien guiaba, pues Natsuki no tenía ni idea de dónde era la fiesta. Quería encontrar un momento para detenerla y hablarle de Shizuru sin que esta se enterara, pero su amiga se había enredado en una de sus diarreas verbales.

Hablaba sin parar. Les contaba asuntos que le traían sin cuidado en ese momento. «Shiori es buena chica, eso está claro, pero a veces no hay quién la entienda. El otro día nos enrollamos y cuando me invitó a su cumpleaños parecía que lo hacía por compromiso. Yo qué sé».

Natsuki ni siquiera la escuchaba. Su mente solo retuvo la palabra "cumpleaños" y al mirar a Shizuru sintió escalofríos. Allí estaba. En su ciudad. Con su amiga. Caminando con ellas por la calle como si tal cosa. Chupando su helado con desembarazo. Era el colmo.

No podía tratarse de una casualidad. Shizuru sabía que tenía un tren que coger. ¿Lo habría comentado en sueños? Shizuru la había seguido, imposible que fuera de otro modo. Tal vez horas antes se había dejado engañar por su gesto inocente y amigable, por sus lágrimas de cocodrilo, pero en realidad se trataba de una mujer peligrosa. Ahora estaba segura de ello.

Su corazón volvió a palpitar desbocado. Natsuki sintió un sudor frío deslizándose por su espalda y se detuvo en seco, presa de su propio shock. Mai la miró molesta:

—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?

Sin pensárselo dos veces, la agarró por un brazo y la alejó de donde estaba Shizuru. Su amiga se resistió unos segundos, pero acabó arrinconada contra una pared de ladrillo que desprendía un desagradable olor a orín.

—¿Se puede saber qué te pasa? Joder, mira que estás rara.

—Necesito hablar contigo un momento.

—¿Y tiene que ser aquí? ¿Donde huele a pis? —Mai puso un gesto de asco—. ¡Vamos a llegar tarde!

Natsuki se pasó la lengua por los labios con nerviosismo, le importaba bien poco si eran las últimas en hacer acto de presencia en la fiesta. Echó un vistazo por encima del hombro de su amiga. Shizuru las miraba, pero no hizo ademán de acercarse. Parecía más interesada en un grupo de adolescentes que bebía mojitos a las puertas de un local cercano.

—Sí, es urgente que hablemos. Es sobre Shizuru. Mai fingió sentirse ofendida.

—No pienso enrollarme con ella, si es lo que estás pensando. Ya sabes que eso es sagrado. Los rollos de mis amigas están prohibidos.

—No tiene nada que ver con eso y ya te he dicho que no hay nada entre nosotras.

—¿Entonces? ¿Qué es lo que te pasa? ¿A qué viene esa cara?

—¡Que está loca! Me la encontré anoche, tirada en la acera, es lo que quería contarte. Yo creo que es una indigente, pero dice que es una extraterrestre.

—Sí, eso ya lo sé, me lo ha contado.

—¿Que es una indigente?

—¡No, joder, que es una extraterrestre! —dijo Mai, como si fuera completamente obvio.

Para desesperación de Natsuki, su amiga sacó un cigarrillo del bolso. Se lo llevó a la boca con parsimonia, le prendió fuego y le dio una calada tranquila, como si lo que acababa de escuchar no tuviera la menor importancia.

—¿Y? ¿No te parece un poco extraño que diga que es de otro planeta? Mai se encogió de hombros.

—¿Y qué si está loca? No lo veo tan grave. Déjala que sea feliz.

—¿Cómo que no lo ves grave? ¡Podría ser peligrosa! Está claro que me ha seguido desde Tokio.

Sabía que tenía que coger un tren. No sé cómo, pero lo sabía.

—A ver, Nat, si te ha seguido desde Tokio no puede ser una indigente, ¿no? Los vagabundos no tienen pasta para pagarse un billete de tren —intentó razonar Mai.

Natsuki se llevó las manos a la cabeza. El argumento de su amiga tenía sentido, ¿pero acaso no podía verlo? Nadie en su sano juicio diría que es una extraterrestre. Nadie con buenas intenciones seguiría a otra persona hasta una ciudad lejana. Pero Mai le restaba importancia a estos detalles que a ella le parecían fundamentales. Muy típico de ella. La loca de Mai. La insensata. No había cambiado nada desde el instituto.

—¡Pero relájate! —intentó animarla su amiga, acariciándole el hombro con suavidad mientras expulsaba una cortina de humo por encima de sus cabezas—. Venga, Nat, mírala. ¿A ti te parece que una chica así puede ser peligrosa?

Las dos amigas se giraron hacia Shizuru. La extraterrestre estaba arrodillada frente a un perro de raza indefinida. Charlaba tranquilamente con su dueño y acariciaba la cabeza del animal con suma ternura. Era una escena inocente, incluso bonita, y por un momento Natsuki sintió que sus músculos comenzaban a destensarse.

—¿Lo ves? Es inofensiva. —Mai, que se había cansado ya de su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo apagó con el tacón—. Venga, olvídate de lo de ayer. Vayamos a la fiesta y disfrutemos. Luego, si quieres, me lo cuentas mejor.

—Vale, pero a la mínima que haga algo extraño, se va. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo —masculló Mai al tiempo que ponía los ojos en blanco, pensando que Natsuki era demasiado nerviosa para relajarse y disfrutar del momento.

Haría bien en aprender algo de ella, pensó Mai cuando le dio un pequeño empujón en la espalda para que retomaran la marcha.

Hacía mucho tiempo que Natsuki no asistía a una fiesta tan multitudinaria. El cumpleaños se celebraba en la azotea de un edificio con vistas al río. La homenajeada vivía con unas compañeras de piso en un ático de pequeñas dimensiones pero con una gran terraza. «Se ve que aquí dan muchas fiestas», le explicó Mai mientras cruzaban el salón de camino al exterior. «Los vecinos tienen que estar hartos». Natsuki asintió con la cabeza, pensando que el volumen de la música estaba demasiado alto y el rumor de voces podía escucharse desde la calle.

Estaban a tres pisos de altura y la terraza le pareció un lugar de lo más agradable. Se habían preocupado de decorarla con farolillos de colores y banderines con varias letras que componían la frase Feliz Cumpleaños.

Natsuki pensó que no le importaría vivir en un lugar así. Su apartamento estaba bien, pero no dejaba de ser interior. En verano era fresco y se agradecía, pues la resguardaba de las altas temperaturas sevillanas, pero en invierno resultaba casi imposible de acondicionar. El calor de la calefacción se perdía en los altísimos techos de su apartamento, y a veces Natsuki se obligaba a salir a la calle solo para no morir congelada en el interior de su propia casa.

Allí, en cambio, la temperatura le parecía perfecta, y casi pudo imaginarse tumbada en una de las butacas de la terraza, el sol acariciando su cara mientras cerraba los ojos para relajarse con una taza de chocolate entre sus manos. Estaba tan concentrada imaginando la escena que por un momento olvidó la presencia de Shizuru. Cuando se dio cuenta, no fue capaz de encontrarla por ningún lado.

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—¡Shizuru! ¡Estaba aquí hace un momento!

—Bah, déjala, habrá ido a dar una vuelta —dijo Mai—. O al baño. Relájate, por favor, no eres su madre. Voy a saludar un momento, ¿vale?

Natsuki se quedó con un "pero" colgando de los labios. Una vez más su amiga la había dejado con la palabra en la boca y ya estaba en el otro extremo de la terraza, saludando a una chica de cabello oscuro y mechones rosas que enmarcaban su bonita cara redonda.

Miró a ambos lados, sin saber qué hacer. Hundió las manos en los bolsillos de su pantalón. Se encontraba en mitad de una fiesta en la que no conocía a nadie y por un momento se sintió desamparada, como la chica a quien nadie saca a bailar.

Echó un nuevo vistazo por si conseguía ver a Shizuru, pero la supuesta extraterrestre parecía haberse evaporado. La última vez que la había visto fue al entrar en la vivienda, pero ahora no era capaz de encontrarla. Natsuki empezaba a pensar que tenía el don de la confusión, la capacidad de desaparecer en cuestión de segundos, lo cual le provocaba una desconcertante sensación de irrealidad, como si hubiese perdido la facultad de distinguir lo real de lo

ficticio.

Meneó la cabeza con cansancio y decidió acercarse a la mesa de las bebidas mientras pensaba que Mai estaba en lo cierto. No era su madre. Se trataba de una mujer adulta y podía cuidarse sola.

La música que estaban poniendo le parecía atroz. Era de ritmo latino y Natsuki aborrecía este género, pero se dijo a sí misma que no estaba en disposición de quejarse. La fiesta no era suya y la casa tampoco, pero las bebidas salían gratis y aquella mesa estaba llena de botellas. Esquivó a varias chicas que se hacinaban a su alrededor. Cogió un vaso de plástico, unos hielos y empezó a mezclar el alcohol con el refresco. Hacía tanto tiempo que no bebía una copa que prefería ser prudente con la cantidad. De todos modos, ahora estaba segura de que no aguantaría mucho tiempo en la fiesta, cuando vio a su amiga Mai, charlando con la cumpleañera, y comprendió por qué habían ido allí y cuál era su papel. Quería a su amiga, pero le molestaba profundamente que la utilizara como dama de compañía cada vez que planeaba una conquista. Así que se iría pronto. Cuanto antes. Acabaría su copa y regresaría a su casa. Y que fuera Mai quien se ocupara de Shizuru. A fin de cuentas, ella la había invitado.

Enfadada, le dio el primer sorbo a su copa, observando al resto de la concurrencia. Parecía claro que llevaban ya varias horas allí y unos cuantos litros de alcohol fluían libres por sus venas. Era temprano pero la fiesta ya estaba incendiada. Había un grupo bailando como si la vida se les fuera en ello, una pareja se devoraba a besos aprovechando la oscuridad de una esquina, dos chicas hacían una competición de chupitos al lado de la mesa de bebidas y la cumpleañera acababa de pedir que subieran el volumen de una canción que le encantaba. Todo el mundo parecía estar pasándolo en grande, menos Natsuki, que se sentía completamente ajena a la escena que contemplaban sus ojos, como el observador de una bacanal que alguien hubiera pintado en un cuadro.

Dejó su vaso sobre la esquina de la mesa y se acercó a Mai. Le susurró al oído:

—Creo que me voy a casa.

Su amiga abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo que te vas a casa?

—Sí, estás ocupada y no conozco a nadie. Mejor me voy.

—¡Pero si acabamos de llegar!

—Mai, no insistas. Lo siento, pero hoy no estoy de humor.

—¿Y qué pasa con Shizuru?

—Pues tú sabrás. Tú la has traído y se ha evaporado. Ya te he dicho que no es mi responsabilidad. De repente, alguien gritó:

—¡Ahí! —Y un dedo señaló el trozo de tejado que sobresalía sobre la azotea.

Natsuki y Mai se giraron al unísono para comprobar qué era lo que llamaba la atención del grupito cercano. Entonces vieron a Shizuru, caminando con pasos temblorosos hacia la antena de televisión, sus pies inestables sobre las tejas. Natsuki sintió pánico al verla allí subida, a punto de tocar el metal. Al principio no pudo pensar con claridad. Todo lo que escuchaba eran las voces a su alrededor, que hacían afirmaciones del tipo: «¿No es peligroso?» «¿Quién es?» «¿Qué hace esa ahí?». Y entonces escuchó: «Pues mejor que no toque la antena, a ver si se va a electrocutar» y el pánico se apoderó de ella.

—¡Corre! ¡Tenemos que detenerla! —exclamó Natsuki al recordar la obsesión que Shizuru sentía por los aparatos eléctricos.

—¿Cómo que detenerla? ¿Piensas subirte ahí?

—¿Es que no lo ves? ¡Va a tocar la antena! —farfulló, antes de salir corriendo hacia la base del tejado.

Mai se quedó observando la escena anonadada. Sorbió su bebida y dio una calada al cigarrillo que sostenía entre sus dedos.

—Joder, pues sí que está mal de la cabeza… —comentó para sus adentros.

Mientras tanto, Natsuki se esforzaba en llamar a Shizuru. Pero el volumen de la música estaba demasiado alto, no podía escucharla. Enfadada, buscó la manera de llegar a ella y se dirigió hacia unos escalones de metal fijados a la pared de la terraza.

—¿Te has vuelto loca? ¡Podrías caerte!

Natsuki se giró y vio a Mai a sus espaldas. Su amiga tiraba de su jersey para impedirle que subiera al tejado.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que la deje ahí y que se mate?

Mai se encogió de hombros, esa posibilidad no le importaba. Pero a Natsuki sí. Por alguna extraña razón, se sentía responsable de Shizuru. Aunque estuviera loca, aunque su presencia la incomodara, aunque tuviese unas ganas inusitadas de que fuera responsabilidad de otros.

Con cautela empezó a trepar hasta el tejado, sintiendo que ahora todas las miradas estaban puestas en ella.

En ese momento, Natsuki maldijo sus escasas facultades atléticas. De pequeña nunca le habían llamado la atención los deportes. Sacaba aprobado raspado en la clase de Educación Física porque ella era más de interiores. De coches a control remoto, consolas y videojuegos. De la Game Boy y de la Nintendo. Más tarde de Internet, series y redes sociales. De aplicaciones móviles. De códigos y lenguajes de programación. Libros, cómics, mangas. Esa era su vida. Las alturas le daban pánico, los deportes le parecían una tortura y a veces incluso le molestaba si hacía demasiado sol. Y sin embargo, al llegar cerca de donde estaba Shizuru, se sintió sobrecogida por la belleza de aquel tejado.

Tenía una de las vistas más espectaculares que jamás hubiera visto. Un inmenso barco cargado de turistas iba dejando su rastro por las mansas aguas del río, que rielaban con su luz trémula, creando un suave oleaje en la orilla. Una brisa fresca acarició sus mejillas y las cosquillas le hicieron sonreír. Y la ciudad, llena de luces, la Torre del Oro, a lo lejos, parecían saludarla como si nunca hubieran estado allí, como si las estuviera contemplando por primera vez.

—Es precioso, ¿verdad?

Natsuki pestañeó un par de veces. Shizuru se estaba dirigiendo a ella. Se había sentado sobre las tejas, con las piernas cruzadas, el torso ligeramente inclinado hacia atrás, el peso apoyado en los brazos. Le sonrió.

—Sí… Fuuka siempre ha sido preciosa —replicó Natsuki, tomando asiento a su lado, comprendiendo que Shizuru no se encontraba allí para revisar la antena de televisión (o tal vez sí), sino para maravillarse con las vistas que ofrecía aquel tejado. Qué estúpida había sido pensando que iba a electrocutarse.

—Nunca me habían hablado de ella. De haberlo sabido, habría venido antes.

—¿Y por qué has venido? Me has seguido, ¿verdad? De algún modo sabías que iba a tomar ese tren, y me has seguido. ¿No es así?

Shizuru la miró un instante y esbozó una dulce sonrisa. Después guardó silencio y Natsuki no supo cómo interpretarlo. Le apetecía preguntarle en dónde había estado, o de qué sitio era, pero algo le decía que Shizuru no contestaría con sinceridad. Y de todos modos, el silencio era perfecto, mágico, y no le apetecía quebrarlo en ese momento.

Permanecieron varios minutos calladas mientras contemplaban aquella ciudad nocturna y maravillosa que se desplegaba ante sus ojos y sentían el viento revolviendo, juguetón, sus melenas. De vez en cuando Natsuki miraba de reojo a Shizuru, todavía intentando desentrañar su misterio, aunque inmediatamente volvía a centrarse en el paisaje, a disfrutar del silencio y contemplar su propia ciudad con la fascinada mirada de alguien que nunca la hubiera visto antes.

—¿Sabes que en el universo hay ochocientos mil millones de estrellas?

Natsuki elevó la mirada hacia la cúpula del cielo y abrió los ojos con sorpresa. En ese momento solo fue capaz de distinguir tres cuerpos celebres que brillaban con suma palidez; la ciudad no era el mejor lugar para cazar estrellas.

—¿Tantas?

—Sí. —Shizuru le dedicó una dulce sonrisa—. Los humanos siempre habéis creído que el número es inferior. Aunque también estáis convencidos de que la vuestra es la única forma de vida inteligente. Pero si te detienes a pensarlo, en un lugar tan inmenso como el espacio, ¿por qué tendría de haber solo una? El universo sería entonces un lugar increíblemente desaprovechado.

—No lo sé. —Natsuki suspiró—. ¿Tal vez porque siempre hemos sido una especie muy soberbia?

Shizuru sonrió tímidamente a su apreciación. Bajó la cabeza y contestó con un "sí" susurrado. Su respuesta le había hecho gracia.

Natsuki comprendía la base de su razonamiento, lo que decía tenía cierta lógica y algunos científicos estaban empeñados en descubrir la existencia de vida inteligente en el universo, vigente o ya extinta. Pero hasta el momento nadie lo había conseguido. Aunque, bien mirado, tampoco nadie había logrado demostrar la existencia de un Dios todopoderoso que hubiera creado la Tierra en cuestión de días y, sin embargo, la mayoría de la población se confesaba creyente.

Estaba claro que la fe podía ser una herramienta increíblemente poderosa y al contemplar con atención a Shizuru se cuestionó hasta qué punto debía tener fe en sus palabras.

En ese momento sintió la necesidad de hacerle muchas preguntas para ahondar en su rocambolesca concepción de la vida, pero su posible demencia le pareció un tema demasiado complejo para abordarlo durante una fiesta de cumpleaños. La música, aunque lejana, se coló entonces en sus oídos y le hizo recordar que sus disparates no eran su problema. Mai era quien la había invitado a la fiesta, así que tenía que ser Mai quien se ocupara de ella. Y como si la hubiera invocado con sus pensamientos, su amiga hizo acto de presencia en ese instante.

—¿Os habéis vuelto locas? ¿Qué hacéis aquí sentadas? —protestó, llamando su atención. Sus tacones no eran el mejor calzado para caminar sobre un tejado. Una de las tejas se movió y Mai estuvo a punto de resbalar. Afortunadamente, consiguió recuperar el equilibrio—. Me habéis dado un susto que te cagas.

—Estábamos contemplando la ciudad —le informó Shizuru con una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos brillaban como los de una niña y Natsuki no pudo evitar que le causara ternura.

Mai echó un vistazo alrededor, pero no pareció encontrar la escena igual de conmovedora.

—Sí, vale, muy bonito, pero cortad el rollo. Hay una fiesta ahí abajo, ¿recordáis? Y a la dueña del piso no le hace mucha gracia que estéis aquí subidas. Le podrían llamar la atención, así que bajad cuando hayáis terminado de… —Se detuvo un segundo. Le dio una calada al cigarrillo que sostenía entre los dedos y pareció escupir las siguientes palabras—: De lo que sea que estéis haciendo, joder.

¡Es peligroso!

Shizuru intercambió una mirada con Natsuki y ambas sonrieron con complicidad. Sin embargo, tuvo la sensación de que sus ojos azules encerraban cierta melancolía ante la idea de bajar, como si las alturas le hicieran sentirse cómoda, tal vez más cerca de su hogar, pensó al recordar su mirada melancólica en Tokio, aquellas pupilas azules bañadas en tristeza cuando le informó de que sus hermanos ya no regresarían a por ella.

Meneó entonces la cabeza con suavidad en un claro gesto con el que se reprendió a sí misma por haber tenido una idea tan descabellada. No es una extraterrestre, no se ha caído de una nave ni nadie va a venir a recogerla, se recordó en silencio.

Natsuki se levantó con cuidado de no desequilibrarse. Se limpió las manos en los bolsillos traseros de su pantalón y siguió a Mai, que de nuevo guiaba la marcha, esta vez por el tejado, con pasos tambaleantes sobre sus tacones con estampación de leopardo.

Lectores anonimos: Muchas gracias

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Pd: Si quieren otra historia adaptada o traducida no duden en pedirla.