Tras la visita de Guido, el resto del día siguió igual, comieron y luego reanudaron el trabajo, a Giulia le tocó repartir unos cuantos pedidos más, hasta que los peces se agotaron, y Massimo cerró la tienda a eso de las siete, para que los chicos pudieran aprovechar el festival.

—Solo me gustaría un poco de ayuda con las redes —mencionó, queriendo aprovechar las manos extras.

—Yo lo haré —respondió Alberto dando un paso al frente, después de todo, le agradaba el pescador, y quería pasar tiempo con él antes de irse.

Massimo sonrió y vio a los otros dos.

—Pueden esperarnos en la sala.

—De hecho… —empezó Giulia, la verdad es que no estaba tan segura de su idea, pero como era el último día que tendría con los chicos… Luca, más específicamente en este caso, iba a tomar el riesgo, sería doloroso, pero al menos no estaría sola—, hay algo que me gustaría enseñarle a Luca.

El castaño abrió los ojos en sorpresa.

Massimo asintió con la cabeza y luego miró a Alberto.

—No estás obligado a ayudarme, puedes ir con ellos.

—¿Es una de sus cosas nerds? —preguntó Alberto volteándolos a ver.

—Bueno, sí —respondió la pelirroja.

—Diviértanse —dijo mientras le daba unas palmadas en el hombro a Massimo—, vámonos grandote.

Y salió de la cocina, Massimo miró a los dos restantes con una ceja levantada, sus amigos solo se rieron nerviosamente, a lo cual Massimo hizo lo mismo, solo que sin los nervios.

—Diviértanse —fue lo único que les dijo antes de seguir a Alberto.

Cuando ambos estuvieron solos, se miraron el uno al otro, antes de estallar en un mar de carcajadas.

—Ai… ese Alberto —dijo Giulia limpiándose una lágrima del ojo.

—Lo sé… espero que nunca cambie —contestó Luca, haciendo lo mismo.

Tras eso, Giulia le pidió que subieran hasta su habitación, pues tenían que salir por la ventana hacia la azotea para llegar al lugar al que necesitaban ir. A través de su techo pasaron al de la casa vecina, con Giulia subiéndose al otro tejado para luego ofrecerle su mano al chico.

—¿Estás segura que esto es seguro? —le preguntó mientras lo ayudaba a subir.

—Sí, solía hacer esto todo el tiempo cuando era niña, solo no te resbales.

Era una ventaja que las casas de Portorosso estuvieran tan cerca, pues se la pasaron saltando de tejado en tejado hasta que llegaron a un balcón donde Giulia se bajó, Luca fue detrás de ella, y notó que su amiga sacaba una llave de su pantalón. Detrás de ellos había una puerta de madera pintada de verde, Giulia introdujo la llave en la llanura y la abrió, revelando que dentro había un objeto cubierto por una manta azul.

Giulia lo tomó y sacó, Luca solo la observó mientras lo hacía, pues no quería importunar a su amiga, la chica lo colocó en posición antes de voltearse a ver a Luca con una sonrisa, para después descubrir al objeto.

—Este es un telescopio, el viejo Bernardi me deja usarlo, solo que lo guarda por estas fechas para que no se congele —dicho eso miró por el ocular—, los objetos lejanos se ven de cerca, mira.

Todo el rato Luca solo se había quedado admirando el trabajo de Giulia, asombrado por la herramienta de su amiga, sin poder contener su emoción, Luca se acercó, sonriéndole, y pegó su ojo a la mira, notando las estrellas.

—Woah —dijo emocionado, nunca las había visto tan de cerca—, ¿Estrellas, verdad? —preguntó, recordando lo que Giulia le enseño mientras estaban en el laboratorio.

—Sí, gigantescas bolas de fuego —respondió emocionada.

—Como el sol.

Giulia asintió con la cabeza.

Y recordando otra lección de Giulia, el chico no pudo contener su entusiasmo y empezó a temblar un poco.

—¿Eso quiere decir que también se pueden ver los planetas?

Giulia sonrió y se acercó para buscar alguno, cuando lo encontró se hizo a un lado.

—Mira —le ofreció a Luca.

Cuando el chico se acercó, pudo observar un planeta con anillos.

—Es Saturno, es mi favorito, es el más ligero de los planetas, dicen que si hubiera un océano donde pudiera caber, ¡flotaría en él!

Luca se separó de la mira y se quedó mirando al cielo, como si aún pudiera verlo, Giulia no podía evitar más que sentirse feliz por él, instintivamente miró hacia el cielo, e inmediatamente se arrepintió, pues al ver las estrellas no pudo evitar en pensar en su mamá.

La gente siempre le decía lo mucho que se parecía a su madre, lo que solo hizo más difícil los primeros meses, pues siempre que se veía en el espejo, la veía a ella, otro recordatorio de que ya no estaba con ella, pasaron meses antes de que Giulia pudiera mirar su reflejo sin deprimirse; el cabello rojo, las pecas, el tono de piel, todo resonaba en su cabeza, al final Giulia se obligó a mirar, pensando en lo que tendría que hacer en el día para no tener que detenerse a pensar en los detalles.

Pero esto era peor.

Creyó que al tener a Luca a su lado haría todo más fácil, pero no, con las estrellas brillando sobre el fondo negro solo podía pensar en su mamá, en la primera vez que la llevó al campo para observar las constelaciones, fue por ella que nació su deseo por explorar el cosmos, y ahora, ya no estaba con ella, y jamás regresaría, jamás podría volver a escuchar su voz y…

Giulia se llevó una mano al pecho mientras retrocedía, no faltó mucho para que las lágrimas se formaran en sus ojos y empezaran a rodar por sus mejillas, sin quererlo, soltó un pequeño alarido, no fue muy alto, fue apenas audible, pero Luca lo escuchó. Hasta entonces, el chico había tenido los ojos puestos en Saturno, pero al escuchar a la chica, miró por encima de su hombro, viendo que había retrocedido hasta la puerta y respiraba con dificultad.

Sus ojos se abrieron mientras se le acercaba.

—¡¿Giulia, qué pasa?! —preguntó preocupado, jamás la había visto así de mal.

Giulia cerró los ojos, obligándose a controlarse, inhaló aire fuertemente, lo sostuvo un tiempo antes de soltarlo, al hacerlo se relajó. Luca la había tomado de los brazos, y la miraba fijamente, cuando la chica abrió los ojos, lo primero con lo que se encontró fueron los ojos de su amigo, sonrió, encontrarse con una figura amigable la hizo sentir mejor, a lo que Luca también sonrió.

— No te preocupes, ya estoy mejor.

Luca asintió con la cabeza y la soltó, aún se le veía preocupado. Giulia suspiró, si se atrevió a traerlo hasta aquí, es porque estaba dispuesta a contarle, sabía del riesgo, pero aun así lo tomó, era hora de pagar.

Suspiro mientras se sentaba en el suelo, abrazando sus rodillas con sus brazos.

— Lamento haberte asustado.

— No, no pasa nada —Luca no quería indagar, pues, fuera lo que fuera que estuviera pasando, era claro que era algo difícil para ella, y él no quería forzarla a nada, aunque le intrigaba.

Giulia suspiró apartando la mirada.

— Es por mi mamá — solo lo soltó, sabía que, cuando empezaba a hablar de algo, era difícil que se callara, así que no tuvo miedo y empezó—: Ella, era una mujer muy lista, y me pasó un poco de lo que sabía, ella me enseñó que era un telescopio y como usarlo… gracias a ella es que quise estudiar astronomía pero… ella…

Tenía la palabra atorada en la garganta, no podía sacarla por más que lo intentara, cerró los puños mientras empezaba a temblar. Luca se acercó, preocupado de que le diera un ataque, pero antes de que pudiera alcanzarla, Giulia finalmente habló:

—Falleció.

Luca se detuvo en sus pasos, al parecer, esa era una palabra que los monstruos marinos también conocían.

«Ahí está, lo dije, pensó Giulia, odiaba tener que hacerlo, porque le recordaba que era real.

Miró a su amigo, quien solo estaba parado, viéndola con compasión.

— Y desde entonces… no podía hacerlo otra vez, porque solo me recordaba que ella ya no esta aquí, y que ya nunca va a volver.

Dicho eso, enterró la cabeza entre sus rodillas, creyó estar preparada para esto, pero no, dudaba que algún día pudiera volver a hacerlo de verdad, ahora solo estaba aquí, sufriendo a cada paso.

Esperaba unas palabras compasivas de Luca, no la harían sentir mejor, pero al menos las agradecería.

—Peces.

Fue una palabra tan aleatoria, y que no tenía nada que ver con el momento, que Giulia no pudo evitar levantar la cabeza, y voltear a verlo.

—¿Qué? —preguntó.

Luca tenía la mirada perdida en el cielo.

—No son estrellas… son peces, al menos para nosotros.

Giulia ladeó la cabeza, ¿de qué le estaba hablando? Habían cambiado de tema tan repentinamente, que al menos la hizo olvidar su dolor momentáneamente. Luca bajó la mirada, no era ignorante a su dolor, por su mirada, era claro que le preocupaba el estado de su amiga.

—Acuéstate, quiero enseñarte algo —le dijo mientras se sentaba a su lado.

Giulia lo miró sorprendida, ¿Qué tramaba?

—Confía en mí —le pidió.

Giulia suspiro, le seguía el juego, al menos era buena distracción.

Se acostó a su lado, Luca sonrió y miró de nuevo hacia arriba, a pesar del frío, la nieve se sentía cómoda, y sus chamarras y gorros los mantenían calientes, así que no estaban congelándose.

«Como hacer muñecos de nieve» pensó Giulia, al menos ese fue un pensamiento reconfortante.

—Mira el cielo —le indicó Luca.

Giulia así lo hizo.

—En casa tenemos una creencia –continuó Luca—, que cuando uno muere, no es realmente el final, es solo un pasaje.

Giulia lo miró, un poco intrigada, tanto Massimo como Mónica eran cristianos, y educaron de esa misma manera a su hija, aunque ella jamás fue muy creyente, se consideraba una mujer de ciencia, incluso si a veces se encontraba rezando y poniendo su fe en un poder mayor. Aún con todo eso, saber un poco más sobre la religión de sus amigos le apasionaba.

—¿Lo es?

Luca asintió antes de continuar.

—Sí, cuando uno muere, su alma abandona su cuerpo, y sube al cielo para reunirse con El Gran Pez, quien lo acoge bajó su enorme aleta, para que pueda nadar a su lado por toda la eternidad, en el infinito océano de allá arriba, brillando por siempre.

Giulia lo miró mientras comprendía lo que quería decir, el chico también la estaba mirando.

—Para nosotros, eso son las estrellas —dicho eso, se quitó el guante—, ya sabes que yo tampoco soy muy creyente, prefiero buscarle a todo una explicación razonable, pero…

Hundió su mano desnuda en la nieve, la cual se transformó en la garra, Luca se la enseñó y Giulia la tomó, encontró el tacto reconfortante.

—Podemos hacer esto, y sabes que solo tenemos la leyenda como explicación, así que tal vez—, la miró a los ojos para esto—: tu mamá está allá arriba ahora mismo, jamás te ha dejado.

Ambos se incorporaron; en casa, esa no solo era una creencia, era un credo, Luca lo escuchó por primera vez cuando le preguntó a su mamá por el abuelo, Alberto también estaba confiado de que ahí estaba su progenitora; Luca jamás lo había creído tanto, pero… Si podían hacer el cambio, quizás todo era posible.

Giulia estaba pensando lo mismo, como había dicho, ella tampoco era creyente… pero… hace algunas semanas, tampoco creía que los monstruos marinos existieran, y ahora era amiga de dos, quizás…

—Tal vez, ella está allá arriba con mi abuelo, y con la mamá de Alberto —siguió Luca—, algunos también dicen que ellos jamás nos abandonan, que siempre están con nosotros, y nos guían.

En serio estaba poniendo su escepticismo de lado, cosa que no hacía desde que era más pequeño, y creía todo lo que Alberto le decía, pero si servía para hacerla sentir mejor, que así fuera.

—Así que quizás… gracias a ellos nos conocimos.

Giulia no dijo nada y solo miró al frente, Luca decidió volver a colocarse el guante y esperar, no sabía si había hecho lo correcto al decirle esto. Giulia pensaba, y pensaba, conocía a muchos escépticos que decían que ese tipo de creencias solo servían para apaciguar una cruda verdad, a veces se inclinaba a darles la razón, pero ahora…

—¿Sabes? Los humanos tenemos algo que llamamos… milagros —dijo—, se debe a que, según el cristianismo, Dios… nuestra versión del Gran Pez.

¿Era simplificarlo? Sí, pero estaba segura que Luca entendería el punto.

—Envió a su hijo, Jesús, al mundo para salvarnos, y en su camino curó enfermos, alimentó pobres, llamaron a sus acciones milagros, y desde entonces la gente usa esa palabra para referirse a cosas buenas que les pasan, aunque a veces parezcan imposibles.

Luca escuchaba atentamente, al igual que su amiga, estaba intrigado cada vez que sabía más del mundo humano.

—Y siempre me ha parecido difícil de creer que un hombre tuviera semejante poder… pero… ahora que los conozco a Alberto y a ti… la verdad es que creo que todo es posible.

Giulia volteó a verlo, Luca le respondió con una sonrisa.

—Así que quizás —se limpió las lágrimas de los ojos, solo que esta vez eran de felicidad—, nuestros ancestros nos condujeron hasta aquí, quizás ellos querían que nos conociéramos, o tal vez fue Jesús, o el Gran Pez… o quizás son el mismo, ¿quién sabe?

Giulia se encogió de hombros mientras sonreía.

—Solo sé que… todo es posible, todo.

«Ella puede estar ahí», pensó.

Luca sonrió, al parecer, si había servido después de todo, y tenía que admitir que él también empezaba a creer. La chica se le lanzó en un abrazo, lo cual tomó por sorpresa al chico, y los dos cayeron sobre la nieve, se rieron mientras se levantaban, y Luca se secaba las partes que se habían transformado.

—Gracias, Luca, por todo.

—No tienes nada que agradecerme, lo sabes.

Giulia rodó los ojos pero no replicó.

—Bueno… será mejor que regresemos, papá y Alberto ya deben estar esperándonos, y ya casi empieza el festival.

Luca no puso objeción, guardaron el telescopio y empezaron el camino de regreso a casa, mientras pasaban de techo en techo, Luca no pudo aguantar las ganas e hizo la pregunta:

—¿Podrías platicarme más sobre Jesús?

Giulia sonrió.