Disclaimer:Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


Wasn't it beautiful when you believed in everything and everybody believed in you?

~Taylor Swift


Capitulo 3: Charlotte

Caminó por la acera con aire pensativo. El sueño que la había despertado aquella mañana fría de noviembre había sido un tanto perturbador. Se sentía real. Demasiado real. No había tenido esa clase de sueños en meses, creyó que se habían ido para no volver. Pero ahí estaban, inundando su cabeza, torturando su frágil corazón.

Aunque quería pensar en ello como una pesadilla, no podía evitar recordar lo plácido que había sido. Era como si estuviera viviendo aquellos momentos en los que su corazón estaba sano y aun conservaba la cordura.

Su pecho se inundaba de alegría con semejantes recuerdos, más los caracteres que le añadía su imaginación. Pero cuando despertaba era como un balde de agua fría, se sentía más débil que nunca y aún así debía levantarse de la cama.

Una corriente de aire helado azotó su espalda haciéndola estremecer y abrazarse a sí misma tratando de buscar calor en su abrigo de lana que se ajustaba a su cintura y la envolvía en su calidez.

El edificio delante de ella era alto, aunque no tanto como los otros. Las paredes exteriores eran de un tono gris aburrido que hacía juego con las nubes en el cielo. Bella se estaba acostumbrando a ellas de nuevo. Las puertas de cristal estaban tan limpias que si no tuvieran una manija plateada hubiera seguido caminando como si no estuvieran ahí.

La temperatura interior era reconfortante, como si hubiera un sol ahí dentro que derritiera el frío que le calaba los huesos. Los pulcros pisos brillaban bajo la incandescente luz blanca desprendida por una lámpara que colgaba del techo, meciéndose imperceptiblemente.

Una mujer mayor tecleaba con una velocidad increíble datos en una computadora como si el teclado tuviera un imán que atrajera sus dedos sin dejarla despegarse un segundo.

—Buenos días —saludó amablemente a la mujer. Ésta despegó la vista de la pantalla, pero continuó presionando las teclas con la misma cadencia. Le sonrió de la misma forma y saludó:

—Buenos días. ¿Puedo ayudarte en algo, querida? —respondió con una calma hasta cierto punto maternal.

—Tengo una cita con el señor Divett —murmuró rápidamente. Su lengua se enredaba en sí misma debido al nerviosismo y sus manos sudaban a pesar del frío. La mujer soltó una risilla disimulada. —Mi nombre es Isabella Swan.

La mujer dejó de teclear instantáneamente y dirigió su completa atención hacia ella. La escrutó de pies a cabeza evaluando desde la punta de sus zapatos hasta el último de sus cabellos. Había vestido tan formalmente como había podido y arreglado su cabello de manera en que éste cayera graciosamente sobre su espalda.

Captó la atención de la mujer detrás del escritorio el hecho de que no llevara capas y capas de maquillaje y, aun así, su rostro fuera sorprendentemente hermoso. Su piel pálida contrastaba con el negro de sus ropas y podía ver sus ojos cafés brillar con antelación.

—Soy Heather Miller. La oficina del señor Divett está en el séptimo piso —anunció con calidez. —No creo que te sea difícil encontrar su oficina. Apresúrate; estoy segura de que te está esperando.

Bella agradeció en un susurro ininteligible y se dirigió al elevador cuyas puertas se abrieron cuando ella se acercó, como si le dieran la bienvenida. Mientras subía, vio su reflejo en las puertas metálicas de este. Se sintió como si fuera la primera vez que solicitaba un trabajo; aunque la verdad era que no iba a solicitarlo exactamente.

Cuando llegó al séptimo piso, comprendió las palabras de la señora Miller, todo el piso estaba dedicado a la dirección de la editorial. Estaba alfombrado y los muros estaban combinados en tonos beige y café dándole una presencia elegante y formal. Había cuadros dispersados por las paredes. Había varias puertas en las cuales se indicaba a qué estaban destinadas aquellas habitaciones, pero sin duda no podías dejar de reparar en la oficina del señor Divett.

Se anunció con una indiferente secretaria varios años menor que ella que la miraba con cierto rencor. Parecía que le molestaba cualquiera que la hiciera levantarse de su lugar. Bella no se tomó la molestia de aprender su nombre.

La oficina era incluso más sorprendente que el pasillo. Era espaciosa, lujosa y llena de luz. Detrás del gran escritorio que ocupaba ese hombre de cabello ralo y blanco. Había un enorme ventanal a sus espaldas que cubría casi la totalidad de la pared, permitiéndole ver el cielo gris y la ciudad moviéndose muchos metros más abajo. Tenía un mobiliario extraordinariamente limpio y bien acomodado. Había fotografías por todas partes, distribuidas estratégicamente en las que sonreían un par de chicas que, quizá, tendrían la edad de Bella. Se preguntó si eran las hijas del señor Divett.

El hombre levantó la mirada y le dio una sonrisa acogedora. Se puso de pie, rodeando el escritorio con un paso lento pero firme y se apresuró a tomar entre sus regordetes dedos la minúscula mano de Bella.

Estaba usando un traje que, seguramente, le habría costado más de lo que ella ganaría en un mes. Su rostro era amigable y la invitaba a confiar en él. Su piel blanca tenía un tono rojizo en ciertas áreas de su rostro, rodeando sus ojos azules. Era un hombre grande, por lo menos dos o tres veces el tamaño de Bella. Su barriga, sus gruesos brazos y su cuello que comenzaba a parecerse más a una papada lo hacían lucir como un mullido cojín.

Bella se preguntó si también tendría esa textura.

Su nariz ganchuda se fruncía ligeramente cuando sonreía tan alegremente. La falta de cabello hacía notar sus orejas, probablemente demasiado pequeñas para su cabeza. Parecía carecer de pómulos, con esa cara tan redonda como la de un bebé.

—Señorita Swan —saludó tiernamente. —Qué gusto que esté aquí.

—Igualmente, señor Divett —respondió con timidez.

Él le pidió sentarse con cortesía. No sólo su rostro se asemejaba al de un bebé —si ignorabas las evidentes arrugas—también su risa. Su risa era suave y despreocupada, increíblemente alegre.

—Llámame Matt —insistió con un gesto dócil. —Hannah me habló tanto sobre ti.

—La señora Schwartz tiende a exagerar —dijo con modestia, completamente avergonzada. Su antigua jefa era una mujer aparentemente fría, pero el tiempo que Bella había trabajado para ella la había hecho sentir como parte del equipo.

—Conozco a Hannah desde hace mucho y nunca la había oído hablar tan bien de alguien —comentó mientras tomaba asiento detrás de su escritorio. Se acomodó un par de gafas redondas sobre la nariz y agregó: —Sus razones tendrá, ¿no lo cree, señorita Isabella? ¿Puedo llamarla Isabella?

—Bella —murmuró automáticamente. —Sólo Bella.

—Muy bien, Bella —dijo mirando las carpetas sobre su escritorio. Ella distinguió que la que había tomado en sus manos tenía escrito su nombre en la pestaña. —¿Cómo han estado sus primeros días en Washington, cansados?

—A decir verdad fueron bastante interesantes —aceptó más para sí misma que para su nuevo jefe. —Bastante ajetreados.

—Al menos no se ha aburrido —dijo él con una sonrisa bailando en sus labios. Sus anteojos se deslizaron por el puente de su nariz cuando agachó a mirada para leer las solicitudes y el currículo que Bella había hecho. — ¿Qué le ha parecido la ciudad?

—Bueno, yo crecí en Forks. Está cerca de aquí —señaló con amabilidad. —Quizá haya estado ahí.

—Oh, claro —asintió. Frunció el ceño como si tratara de hacer memoria. Finalmente, restableció su sonrisa y la miro por encima de sus lentes. —Pintoresco lugar. Aunque aquí dice que nació en Phoenix, Arizona. ¿Es eso cierto?

—Nací en Phoenix pero sólo viví un par de años ahí —explicó. —Mi vida está en Washington.

—La noto nerviosa, Bella —dijo, deslizando sus ojos por los papeles. —No debería estarlo. Esto no es una entrevista; es sólo que me gusta conocer algunos detalles de las personas con las que trabajo.

Bella no dejó pasar el detalle que él mencionaba su relación de trabajo como si fueran colegas y no como si ella fuera su subordinada.

—Este es su expediente—indicó con paciencia. —Pero no está muy actualizado. Me gustaría que me confirmara algunos datos. —Suspiró y volvió a repasar la información básica. —Isabella Marie Swan nacida el trece de septiembre de 1985. Supongo que eso no cambia —rió. — ¿Soltera?

—Sin planes próximos para cambiar eso —dijo con cierta resignación.

—No trates de predecir el futuro —aconsejó, tomándole más atención de lo que Bella hubiera creído. —Nunca sabes qué te espera mañana. Cada día es una maravillosa sorpresa.

—No creo que siempre sea «maravillosa» a diario. ¿Usted sí? —debatió ella con incredulidad.

—Al final, ya no importa todo lo desafortunado o doloroso que hayas vivido —comentó. Pequeñas arrugas se formaron alrededor de sus párpados como si sonriera con sus ojos. —Sólo recuerdas los mejores momentos de tu vida.

Él siguió confirmando datos como si sus palabras no le hubieran dado más en que pensar a Bella. Preguntó su dirección, su teléfono y a quien debería llamar en una emergencia. Bella se preguntaba por qué no dejaba que todo ese procedimiento tan tedioso lo hiciera su secretaria. Ella le dio el número de la casa de su madre y el de Alice, esperando que no se molestara.

Contestó a cada pregunta con afabilidad. La voz del hombre, gruesa y fuerte, era tan dulce que resultaba irónico. Bella estaba segura de que la señora Schwartz había intercedido por ella para que recibiera semejante bienvenida.

—Casi terminamos —murmuró el señor Divett, observando su cansancio. —Sólo… Me gustaría que me explique algo, si no le incomodo. —Bella accedió de buena gana. Sus preguntas eran tan personales y poco privadas a la vez y las formulaba de una forma tan correcta que no podía evitar responderlas con toda sinceridad. —Sé que usted solicitó un puesto en otra editorial mientras trabajaba en nuestra compañía en Nueva Jersey. También sé que era un mejor empleo, mejor remunerado. ¿Estoy en lo cierto?

—Así fue, señor —asintió ligeramente. Nunca creyó que alguien fuera a preguntarle sobre eso; había sido una decisión un tanto estúpida pero había sido lo mejor.

—Era una mejor opción en todos los sentidos, aunque me cueste reconocerlo —dijo entredientes. —Por mera curiosidad: ¿por qué no aceptó?

—Porque tenía que mudarme a Boston —concluyó sucinta.

—Pero eso usted lo sabía desde el momento en que solicitó el empleo —dijo, sin entenderla. —¿Por qué buscar trabajo en otra ciudad, obtenerlo y después rechazarlo por la distancia?

—Lo rechacé por asuntos personales —aseveró con voz más fría de lo que pretendía. Observó lo embarazoso que resultaba para su jefe la situación y suspiró. Él sólo sentía curiosidad. —Iba a renunciar y mudarme a Boston por esos días. Había alguien por quien yo debía estar ahí pero, antes de que pudiera aceptar el puesto que me ofrecían, esa persona dejó de importarme.

—Lamento la indiscreción —murmuró con un ligero rubor en sus mejillas. Bella le sonrió tranquilizadoramente. —Una cosa más. Su informe médico es muy bueno, Bella. Tiene usted una excelente salud. Aunque Hannah mencionó que estuvo hospitalizada un tiempo hace poco más de dos años; me aseguró que estaba mejor que nunca, pero me preocupa un poco las secuelas que pudo haber dejado un accidente de tal mesura.

—No fue tan grave—aseguró. —Precisamente estaba en Boston cuando sucedió. Dejó algunos daños irreparables, pero no hablo de mi salud. No de mi salud física. Estaré bien, señor Devitt. Gracias por la preocupación.

Mathew Devitt decidió cambiar de tema drásticamente. Aquella joven parecía tener un pasado que prefería esconder, dejarlo atrás. Podía ver el sufrimiento reflejado en su rostro cuando hablaba de Boston. No quiso torturarla más y le habló de sus obligaciones con la editorial y sus honorarios.

Le pidió que fuera a firmar el contrato más tarde en el departamento de Personal. Pero, por ahora, le daría un recorrido por el edificio. Bella realmente le agradaba; estaba altamente recomendada y parecía una chica sencilla, sin muchas pretensiones.

Omitió un par de pisos que le parecieron innecesarios y prosiguió con los que serían su área de trabajo. Ella era la nueva Editora en Jefe del área de Literatura. Le presentó a algunos de los editores que trabajarían junto a ella y a su secretaria. La condujo por múltiples pasillos, cada uno tan elegante como los demás.

Paredes altas decoradas con majestuosas obras de arte y jarrones de jaspe adornaban las esquinas en perfectamente combinados con las tonalidades del entarimado. Cuando estaban a punto de llegar a la nueva oficina de Bella el señor Divett miró su reloj de mano. El elegante reloj de plata marcaba más de las once. ¡Era tardísimo!

Como si el cielo se hubiera apiadado de él, a su lado pasó una de sus colegas favoritas: la Editora en Jefe del área de Textos Escolares. Tomó su brazo con amabilidad para llamar su atención y ésta lo saludo con gusto.

—Buenos días, señor Devitt —dijo la mujer.

—Un gusto, Charlotte —asintió él. —Charlotte, ella es Isabella Swan; Bella, ella es Charlotte Evans —las presentó educadamente. —Bella, siento mucho no poder quedarme pero tengo una cita importante. Pero estoy seguro de que Charlotte te ayudará a sentirte como en casa. ¿O no, Charlotte?

—Claro que sí —dijo ella dulcemente. Extendió su mano y envolvió la de Bella con ternura, observándola con curiosidad. —Está en buenas manos —aseguró.

—Ha sido un placer conocerla —se despidió de Bella con un apretón de manos. Besó la mejilla de Charlotte con amabilidad y murmuró un incomprensible «con permiso». Parecía imposible que un hombre tan grande se moviera con tanta prisa. Le costó apenas un par de segundos alcanzar el elevador y desaparecer ahí dentro.

—Tenía prisa, ¿eh? —rió Charlotte.

Ella captó por primera vez la atención de Bella. Era ligeramente más alta que Bella y muy delgada. Se preguntó cómo era posible que los hombros de su chaqueta no se deslizaran por sus brazos teniendo ese tórax tan angosto. Su piel era blanca, sin una sola imperfección. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros en un corte moderno, rodeando su cuello que era largo, dándole un aspecto sofisticado y con clase, aunque su sonrisa contrarrestaba cualquier rastro de presunción. Sus labios finos rodeaban una dentadura blanca y saludable. Tenía una nariz respingada, aunque perfecta para su cara angulosa. Sus cejas cafés estaban ligeramente arqueadas bordeando esos ojos chispeantes de un azul profundo, casi acuoso.

—¿Ya te mostraron tu oficina? —preguntó, sacándola de sus pensamientos. Bella negó con su cabeza, temerosa de decir una estupidez. —¿Qué te parece si te la muestro y después vamos a almorzar? ¡Muero de hambre!

Charlotte hizo un gesto para que la siguiera. Caminó delante de Bella por el pasillo, dando pasos sordos sobre la madera que cubría el suelo. Le indicó cuál era su propia oficina y si necesitaba algo no dudara en recurrir a ella. Unos metros más adelante Bella visualizó a la joven que el señor Divett le había presentado como su secretaria. Se sintió ligeramente intimidada por el título: nunca había tenido una secretaria.

—Megan, —dijo Charlotte alegremente — ¿tienes las llaves de la señorita Swan?

Megan levantó la mirada de su lectura y sonrió. Aparentemente, Charlotte era la clase de personas que le agradaba a todo el mundo. No había visto a una sola persona cruzarse en su camino sin que la saludara o, por lo menos, le sonriera.

—No las pierdas si no quieres pasar una mañana entera aquí afuera —le advirtió Charlotte mientras le entregaba dos llaves doradas, exactamente iguales entre ellas además de una más pequeña del mismo color. Las dejó caer sobre su mano sin que hicieran un solo ruido. —Hablo en serio; lo he sufrido más de una vez —añadió burlonamente.

Su oficina era… bonita. Era mucho más pequeña que la del señor Divett pero daba una sensación de calidez que la reconfortó. Era completamente impersonal. Había persianas de un extraño color que Bella no supo definir si era beige o gris, cubriendo una alta ventana con una vista casi tan buena como la que había mirado con anterioridad. El escritorio de madera tenía cajones y una hendidura en la que, obviamente, debía entrar la tercera llave que le había dado Charlotte.

Detrás de éste había una silla que lucía bastante cómoda, negra y con un par de reposabrazos. Había un librero que cubría casi la totalidad del muro este. Cada mueble era exactamente del mismo tono que el anterior, sencillos pero juntos daban un aspecto formal y serio.

—Lo sé —dijo Charlotte interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. —Es fea y masculina. La mía también lo era pero un poco de color hará que se vea genial. Puedo ayudarte, si quieres…

—Gracias —respondió Bella alzando la voz por primera vez. —Creo que me vendría bien tu ayuda —concedió tratando de sonar amable. Le sonrió y añadió: —¿Quieres ir a almorzar?

Sintió una cómoda familiaridad con Charlotte. No tardó en descubrir lo abierta que era y que era casi tan parlanchina como Alice. Hablaba de cosas tan banales como interesantes. Era imposible no escucharla. Te miraba con esos ojos deslumbrantes y te persuadía de cualquier idiotez que se le pasara por la mente. Tenía una mente hábil e inocente. Parecía inofensiva y alguien con quien podrías distraerte fácilmente.

Ella sugirió a Bella un restaurante a sólo unas cuadras del edificio, aunque la verdad era que no le había dado ninguna otra opción. Parloteaba sin parar rodeándola de ideas enlazadas entre ellas aunque, al final, no había nada que uniera una conversación con la otra.

Charlotte se deshizo del molesto mesero, que las miraba lascivamente para seguir hablando. Había ordenado ensalada y limonada. Bella se preguntó si lo único en su dieta era lechuga para mantener su complexión.

—Entonces eres de Nueva Jersey, Isabella —quiso saber jugueteando con la pajilla en su vaso de cristal. —Nunca he estado ahí; debe ser bonito.

Bella pensó con cansancio que, seguramente, más de uno volvería a hacerle esa pregunta.

—Crecí en Washington —contradijo. —Me mudé a Nueva Jersey cuando fui a la universidad.

Charlotte observaba sus gestos tímidos y reservados. Parecía poder predecir sus movimientos y adaptarse a ellos. Ella le agradaba. Empezaba a pensar que era la clase de amiga que le estaba haciendo falta.

—¿Por qué regresarías a Washington? —preguntó retóricamente. —Estoy segura de que Nueva Jersey es un lugar mucho más interesante.

—No estaba en mis planes volver —aceptó cabizbaja. —Aún no sé si hice lo correcto. Pero tenía que regresar —declaró poniendo énfasis, como si fuera una obligación. —Mi padre murió hace poco y mi mamá estaba muy sola. Ella es un poco… irresponsable. No sé qué es lo que podría hacer aquí sin nadie por aquí.

— ¿Te refieres a dañarse a sí misma? —murmuró vacilante.

—Oh, no. ¡Claro que no! —objetó aterrada de la sola idea. —Ella es muy impulsiva y olvidadiza. Mi padre era su opuesto; supongo que se equilibraban el uno al otro.

—¿Dónde vive tu madre? —inquirió cuando el mesero se volvía acercar a ellas con su comida. Agradeció con una sonrisa helada y volvió toda su atención a Bella.

—En Forks —informó. —Ahí es donde crecí.

—Nunca he estado ahí —musitó Charlotte clavando su tenedor en un trozo de pollo. —Pero conozco alguien que vivía ahí. Falleció hace poco, pobrecilla —suspiró lastimosamente. —Era algo así como mi tía abuela. Visitaba a mi madre de vez en cuando, era una mujer muy dulce. De hecho, de ella heredé el nombre —soltó una risilla. —Excepto que su apellido era Smith.

Bella estuvo a punto de ahogarse con su bebida.

—¿Me estás diciendo que conoces a Charlotte Smith?

—Me alegra saber que me prestas atención —dijo con cierta ironía.

Bella lo observó por unos segundos. Su primer recuerdo de Charlotte, de su Charlotte era una mujer de edad con el cabello encanecido y el rostro arrugado. En cambio esta Charlotte era joven, se atrevería a decir que era menor que ella. Su rostro delgado era muy diferente pero, ahora que lo pensaba, tenía la misma sonrisa de su Charlotte.

—Creo que estás hablando de mi niñera —comentó para la sorpresa de su acompañante.

—¿Tu eres Ella? —averiguó boquiabierta.

Bella—corrigió. —Nadie me llama Isabella.

—Entonces, Bella, creo que tenemos más en común de lo que pensé…

Hizo que le contara cada detalle en el que hubiera estado presente la otra Charlotte. Bella relataba sus travesuras de niña y los fabulosos tés que preparaba. Soltó una que otra lagrimilla al recordar su fallecimiento, en las que esta Charlotte la acompañó.

Bella se sorprendió de la confianza que le estaba ofreciendo su nueva compañera, al parecer dispuesta a ser su amiga. Narró toda su historia desde que tenía dieciocho. Tal como Bella había predicho, era un año menor que ella. Charlotte tenía una historia de amor interesante, aunque trágica. Ella era, sin duda, una mujer que tomaba riesgos. Ella había hecho lo que Bella temía.

Como la mayoría de los jóvenes, había ahorrado para ir a la universidad. Pero ella, en vez de dejar escapar a la persona que amaba, se casó con él. Bella tuvo que forzarse a no abrir la boca como una estúpida. Se preguntó qué hubiera pensado Charlie si ella hubiera hecho lo mismo. Evidentemente, a Charlotte no le importaba lo que dijeran de ella.

Descubrió que su recién adquirida amiga tenía un hijo pequeño, llamado Peter igual que su padre. Charlotte se expresaba de ellos como si no hubiera más personas en su vida. Ambos eran todo lo que ella necesitaba. Hasta que Peter se fue.

Había muerto sin que nadie pudiera hacer nada para ayudarlo. Ni siquiera tenía idea de que él estaba enfermo. De pronto Charlotte había pasado de llevar una vida normal y feliz, a ser viuda con un pequeño bebé.

Era algo irónico la alegría con la que contaba su vida. Ella parecía ser feliz, a pesar de todo. Charlotte aprovechaba su vida y apreciaba lo que tenía. No desperdiciaba días y días compadeciéndose por un dolor irremediable. Reconocía que había sufrido cuando él se había ido, pero ella no lo había hecho. Ella seguía ahí. Ella estaba viva e iba a seguir adelante.

—Un día seré como tú —bromeó Bella cuando estaban por terminar su almuerzo. —Soy más de las que sufren en silencio.

—¿Cómo está el vaso, medio lleno o medio vacío? —murmuró mirando hacia su plato. —Siempre hay un lado positivo, por oscuro que parezca todo.

—Lo tendré en cuenta —aseguró Bella, pensando que no tenía idea de cuánto meditaría esa frase.

—He hablado tanto sobre mí que ya no sé qué más decir —admitió ligeramente avergonzada. Había un rubor natural en sus pálidas mejillas que la hacían lucir ingenua. —Dime algo sobre ti. ¿Tienes novio?

Bella hizo una mueca de disgusto. Todos parecían haberse confabulado para recordarle su fallida y, ahora, prácticamente nula vida amorosa.

—No —dijo con sequedad. —Y no creo tener uno en un largo tiempo.

—Lo lamento. ¿Tema difícil?

—Algo así —se resignó. —No tiene importancia; él era un imbécil —agregó, debatiéndose entre contarle o no la verdad. Nadie sabía la verdad completa, ni siquiera Hilary que vivía con ella por aquellos días y no se sentía capaz de decirla ahora.

—No tienes que decir nada —tranquilizó. —Pero a veces es más fácil olvidar las cosas cuando dices cómo te sientes. Tal vez suene loco porque te conocí hace un par de horas pero puedes confiar en mí, lo prometo.

—Gracias —dijo honestamente. —No será hoy ni mañana, pero un día sabrás sobre eso.

Le estaba haciendo una promesa más para sí misma que por complacerla. Un día, no sabía cuando, pero un día tendrían que decir la verdad. No podían dejarlo en la incógnita para siempre. Pero no sería ahora. Sería cuando Bella fuera lo suficientemente fuerte para afrontarlo; cuando hubiera olvidado el dolor y el sufrimiento. Entonces, estaría lista para decirlo en voz alta y, quizá, perdonarlo. Pero sabía que primero tenía que perdonarse a sí misma.

El trabajo era sorprendentemente agradable. Lo disfrutaba por completo. Ella y Charlotte habían entablado una especie de amistad exprés que se fortalecía con el día a día. Almorzaban juntas a diario y, en ocasiones, salían a cenar. Aún no había tenido oportunidad, pero estaba segura de que pronto conocería al pequeño hijo de Charlotte. Sentía una extraña ansiedad almacenada en el estomago pensando en el niño. Nunca se había puesto a pensar en lo mucho que le gustaban.

Extrañaba su antiguo puesto. Aunque su salario era menor, podía trabajar desde casa sin nadie presionándola. No podía quejarse, no tenía un horario de nueve a cinco de lunes a viernes pero no le agradaba la sensación de claustrofobia que le brindaba el estar muchas horas seguidas en la oficina. Era afortunada, ni siquiera tenía un horario.

Debía aceptar que Charlotte era la única razón por la que le interesara ir a trabajar. Tenía la teoría de que pasaba más tiempo en la oficina de Bella que en la propia. Charlotte era una persona curiosa. Interrumpía sus conversaciones en los momentos más inesperados para llamar a su madre y asegurarse de que Peter estuviera bien. Bella había visto más de una vez la sonrisa que se le dibujaba en los labios cuando el niño se ponía al teléfono.

Aquel día era uno de esos que no tenía la menor intención de salir de casa, menos de ir a trabajar. Podía resolver sus pendientes por teléfono y correo electrónico. Bendijo la tecnología internamente.

La lluvia azotaba los cristales de sus ventanas. Las gruesas gotas casi rebotaban contra el vidrio para después hacer un recorrido hacia abajo. Cerró con ahínco sus nuevas cortinas a juego con la alfombra de la sala para no ver el deprimente panorama. El golpeteo del agua caer era relajante.

Tomó su tercera taza de café por las cinco de la tarde, en un intento de mantenerse caliente. El calefactor estaba encendido entibiando el ambiente, pero no era suficiente para mantener sus pies calientes, aun cuando éstos estuvieran enfundados en sus acolchadas pantuflas.

Había terminado de desempacar todas sus pertenencias hacía un par de semanas y se había permitido comprar lo que hacía falta para poder llamar a su apartamento su hogar. Claro que había cosas que uno no puedo comprar, como la compañía.

Su madre había llamado, como lo hacía cada semana, esperando encontrar algún factor que volviera la vida de Bella más feliz. Después de Charlotte, no había habido uno nuevo. Bella siempre sonaba falsamente entusiasmada y rápidamente le cambiaba el tema para saber cómo estaba Renée. Recién había cortado la llamada cuando alguien llamó al timbre, sobresaltándola un poco.

Caminó con parsimonia hacia la puerta, curiosa de descubrir quien la había llamado. Seguramente sería uno de sus vecinos. No conocía a nadie tan estúpido como para visitarla cuando el cielo se estaba cayendo ahí afuera.

O tal vez sí.

No supo si reír o preocuparse cuando se encontró con Rosalie esperando por ella pacientemente. Su ropa estaba más que empapada, pegándosele al cuerpo. Una sombrilla rota colgaba de su brazo, escurriendo al igual que su cabello oscurecido por el agua.

—¿Puedo pasar? —tartamudeó, con sus dientes castañeando.

Bella se hizo a un lado para que pudiera entrar. No dejó pasar la satisfacción que esbozó su rostro al sentirse rodeada del calor del apartamento. Caminaba a pasos cortos e inseguros, con las piernas completamente entumidas por el frío. Su nariz estaba rojísima y sus labios congelados.

—¿Te importaría decirme qué haces aquí? —preguntó con tono serio. Rosalie suspiró a medias, sabía que le iba a dar un sermón por ser tan irresponsable.

—Pasaba por aquí… —se excusó.

—¿En medio de una tormenta, Rose? —reclamó con preocupación.

—Olvidé un sobre en la oficina y lo necesitaba —explicó. Alzó un sobre amarillo, tan mojado como ella, con su mano izquierda. Dejó caer la sombrilla rota y trató de desentumirse. —Supongo que fue en vano —agregó señalando el membrete con la tinta corrida y la fragilidad del papel. —Estaba caminando de vuelta a casa cuando comenzó a llover y pensé que podría venir contigo.

—Dios, estás chorreando —lamentó. —Tienes que ducharte ahora mismo —ordenó sin dar lugar a réplicas. —Toma algo de mi ropa; prepararé café.

Rosalie se quito sus zapatos altos y caminó de puntillas por el pasillo. Parecía incapaz de apoyar toda su planta en el suelo. Nunca se había visto tan pálida. Prepararía algo caliente para Rosalie, pero no sería café. Sabía que ella lo odiaba. Buscó bolsitas de té instantáneo pero no encontró ninguna. Rebuscó cada cajón por varios minutos hasta que se dio por vencida y se decidió por chocolate caliente.

Tuvo que reír cuando la vio entrar a la cocina con unos pantalones demasiado anchos para sus piernas y una sudadera holgada. Gruñó por lo bajo, quejándose de la vieja costumbre de su amiga de usar ropa varias tallas más grandes. No lo diría en voz alta, pero le resultaba cómodo.

Ató su cabello en una coleta improvisada y tomó asiento frente a Bella, quien le ofreció una taza de humeante chocolate.

—Creí que moriría de hipotermia —bromeó mientras daba un sorbo a su taza. —Salvaste el día, Bella.

—No sé cómo se te ocurrió salir —dijo con fingida decepción. Las comisuras de sus labios se elevaron cálidamente haciéndole saber que estaba feliz que estuviera ahí.

—Quería verte de todas maneras —puntualizó. Enderezó la espalda, mirándola directo a los ojos y añadió: —Necesito tu ayuda.

—Suena como algo que Alice y tú han estado tramando —adivinó. Cruzó los brazos sobre su pecho, expectante de lo que Rosalie pudiera decir.

—Algo así —admitió con una mirada traviesa. —Quiero que seas mi dama de honor.

A Bella le costó por lo menos un minuto comprender a lo que se refería.

— ¿Que sea tu qué? —murmuró estupefacta. Sus cejas se fruncieron hasta el punto que parecían una sola; su quijada cayó en el momento en que se cortó su respiración. —Pero tú… Emmett… Creí que habían peleado.

—Hace unas tres semanas discutí con Emmett, sí —declaró rodando sus ojos con impaciencia. —Lo saqué del apartamento y le dije que no quería saber nada de él. Estaba dramatizando las cosas. Él, muy maduro, fue con Alice y Jasper—dijo, omitiendo la parte en que Alice terminaba completamente fastidiada y lo enviaba al apartamento de Edward. — Creí que iría a casa al día siguiente y me pediría disculpas. Pero esta vez en verdad estaba enfadada y no estaba dispuesta perdonarlo.

»Pero no fue. No apareció tampoco el día siguiente a ese, ni el que le seguía. ¿Puedes creerlo? Incluso me pasó por la mente ir a buscarlo; sólo para saber que estaba bien, claro. No lo vi en toda la semana y la siguiente fue lo mismo. Recién lo vi hace tres días de nuevo. No le digas, por favor, pero lo extrañé tanto…

»Estaba saliendo de la oficina y ahí estaba, esperándome. Estaba muy serio. Me preguntó si quería cenar con él y lo rechacé. Lo ignoré y caminé por la calle como si no lo hubiera visto.

»—No te robaré mucho tiempo —gritó detrás de mí. —Será la última vez, Rosalie. Por favor.

»Estaba haciendo una escena. La gente que pasaba a nuestro lado se nos quedaba mirando; las personas que salían de la oficina me miraban a mí, como si estuvieran pendientes de mi respuesta.

»—Sólo quiero pedirte algo y luego podrás irte —me aseguró. Caminó los pasos que nos distanciaban y añadió suplicante: —Sólo eso.

»—Puedes pedírmelo ahora —desafié. Estaba avergonzada de que las personas nos rodearan, como si fuéramos un espectáculo digno de ver. —Tienes un minuto, Emmett. Habla ahora.

»—¿Estás segura de esto? —inquirió, señalando a las personas arremolinándose a nuestro alrededor.

»—Sí —dije con seguridad. Él dudó un instante, lo suficiente para acabar con mi paciencia. Bufé exasperada y me di la vuelta. Ignoré los murmullos que se oían entre la gente. Ya nadie tiene vergüenza, ni siquiera disimulaban que nos estaban mirando. No tenía idea de lo que quería decirme pero poco me importaba. O eso fue lo que le hice pensar. Me tomó desprevenida lo que dijo a continuación:

»—Cásate conmigo —casi gritó.

—Supongo que le dijiste que sí —interrumpió Bella su relato. Rosalie respondió asintiendo con la cabeza rápidamente. —Me alegro por ti.

—Pero no puedo casarme si no estás ahí —determinó. —¿Qué dices?

—¿Debo usar un vestido feo y organizar todo? —quiso saber entornando sus ojos. Rosalie vaciló:

—Sí, algo así —aceptó. —Pero prometo que será…

—Sí quiero —la cortó. Se puso de pie rápidamente y se tiró a sus brazos entusiasmada. —Muchas felicidades, Rose —dijo aferrando sus dedos en su cabello. —Serás muy feliz —afirmó separándose de su abrazo para mirarla a la cara.

Tomó su mano izquierda para observar su anillo. No tardó en corroborar que era el anillo de la familia de Carlisle. Era el que le habían dado a Emmett desde que era un adolescente. Se suponía que sería un secreto entre Carlisle, Emmett y Edward pero era muy bien sabido que los secretos entre ellos no eran muy duraderos

Lucía en sus estilizados dedos como la joya más valiosa que hubiera visto nunca. A nadie se le vería mejor que a Rosalie. Ella no era la persona más expresiva que conociera pero podía ver su euforia casi desprenderse de su piel mientras amas lo observaba destellar ligeramente bajo la luz de la cocina.

Un sonoro estornudo interrumpió su emocional escena. La nariz de Rosalie se tomó un tono escarlata, al igual que su contorno. Se sobó las sienes con incomodidad, tratando con dificultad de respirar por la nariz.

—El dolor de cabeza me está matando —gimió. Se recargó contra la pared tratando de respirar pausadamente. — ¿Tienes un analgésico?

—En el baño hay un botiquín —indicó Bella. —Busca algo, te llevaré agua.

Rosalie caminó por el pasillo. Se sentía realmente mal. Debió haber predicho que mojarse de esa manera le traería consecuencias pero nunca hubiera imaginado que tan dolorosas. Se introdujo en la habitación de Bella y siguió su camino hasta el botiquín que se encontraba detrás del espejo. Rebuscó en las repisas del éste algo que pudiera servirle. Un pequeño frasco captó su atención. Tenía escrito en una etiqueta lo que contenía, la fecha y el nombre de Bella. Obviamente había sido prescrito por un doctor. Rosalie nunca había visto esas palabras antes:

«Prozac. Fluoxetina»

—Suena como si fuera efectivo —murmuró para sí misma. Vio por el espejo que Bella había entrado a la habitación también. — ¿Esto es un analgésico?

Rosalie abrió el frasco para tomar una de las capsulas dentro. Vació unas cuantas pastillas verdes en su mano, esperando la respuesta de Bella.

—¡No! —exclamó ella arrancando el pequeño frasco de sus manos. —Es un antibiótico —murmuró con su voz ligeramente temblorosa.

—Bella, estoy resfriada —señaló su nariz y, como si hubiera sido deliberadamente, estornudó estruendosamente.

—Pero… Tienen muchos efectos secundarios —terció haciendo un mohín. —Te sentirás adormilada por el resto del día. No, no tomes eso.

Bella dejó sobre el lavamanos el frasco anaranjado y le tendió una caja de aspirinas. Rosalie la miró extrañada, pero lo dejó pasar, aparentemente. Se preguntó qué tan efectivo sería para que Bella reaccionara de esa forma. Algo estaba escondiéndole.

—Te agradezco todo, Bella, pero creo que es hora de irme. Emmett me está esperando—comentó, observando el nerviosismo de su amiga. —Te llamaré luego para comenzar los preparativos.

—Sí, es mejor que te vayas —dijo Bella son una sonrisa falsa. —Quiero decir, Emmett estará preocupado —se disculpó. Se golpeó mentalmente por ser tan idiota y obvia, además de grosera.

Rosalie recogió sus cosas con cuidado, observando los ademanes de Bella. Se puso su propia ropa, ahora seca, y volvió a agradecer a Bella.

Confía en mí —le dijo antes de irse. —Todo saldrá bien.

—Sí, tu boda será perfecta —declaró.

—Sí, sí, la boda…

Rosalie salió a las calles mojadas de Seattle, dispuesta a tomar un taxi hasta su apartamento. Investigaría lo que Bella escondía, de eso estaba segura. Y encontraría la respuesta con un experto. Tomó su teléfono y buscó el número indicado antes de llamar.

Maldijo en voz baja cuando Esme le indicó que Carlisle no estaba en casa y tenía guardia nocturna. No podía interrumpirlo para preguntarle algo que, quizá, fuera una estupidez. Pero tampoco podía esperar.

Subió a un taxi tan pronto como pudo para resguardarse del frío. Dio al hombre la dirección de su apartamento, pensando en otra solución. Mirando por la ventana una idea iluminó su cabeza. No estaba segura de que fuera la mejor opción pero se aseguraría de ser discreta.

Marcó un nuevo número y esperó que atendieran el teléfono.

—¿Hola? —dijo una voz cansada aunque musical a través del teléfono.

—¿Edward?


Buenas noches
Sé que dije que estaría actualizando los sábados y mantengo ese dicho, a pesar de que hoy sea domingo. Tuve problemas personales y, vamos, muchas lágrimas, lamentos pequeños episodios de depresión (?). Lo bueno del asunto es que encontré a mi propia persona a quien decirle: "Y no hay razón por la que yo quiera que te vayas". ¿Recuerdan eso? Capitulo 2 x) Además mañana es mi primer día de clases, ¿qué asco? Lo sé, lo es. Bueno, a todas las que inician clases mañana, les deseo suerte. Y hablando del capitulo... Yo sé que quizá sea cliché, dramático... Pero es el punto, ¿o no? ME gustaba la idea de Charlotte. El personaje en TCEUFDC me gustaba, siempre sabía qué decir y hacía buenos tés. Entonces, ¿les gusta mi nueva Charlotte? Ella es alguien importante. Como pueden ver hay muchos personajes creados por mí, pero son sin importancia, sólo necesito un nombre y una personalidad no muy compleja, son personajes ambientales, sólo eso. Emmett/Rosalie... ¿les gusta la idea? Aw, a mí sí. Ellos son como todo lo opuesto y son una pareja tan linda 3

Una vez más lamento no haber estado aquí el sábado pero trataré de que no serepita.

Muchas gracias por sus reviews, alertas y favoritos. Vamos en 47, cuanto creenque falte para llegar a los 100? Yo pienso que no mucho. Me harian muy muy feliz si me regalan uno de sus fabulosos reviews. De verdad me gusta leerlos y ustedes saben que los respondo todos :)

¡Que tengan bonita semana!

Besos

Liz