Disclaimer: Los personajes perteneces a Stephenie Meyer.
I barely recognize my own reflection; scared of love, scared of life alone.
Seems I've been playing on the safe side, baby; building walls aroud my heart to
save me...
~Lady Antebellum
Capítulo cuatro: Fluoxetina
Todo estaba en penumbra cuando Rosalie entró al apartamento. Las cortinas de la sala estaban corridas y a través de la tela a pena se filtraban un par de rayos de luz de Luna. Dejó sus llaves sobre el mesón que adornaba la entrada y colgó su chaqueta en el perchero.
Supuso que Emmett estaría dormido por lo que trató de no hacer demasiado ruido. Se quitó los zapatos y colgó las correas entre sus dedos para evitar en el molesto tamborileo de los tacones contra la madera del suelo. Sus piernas dolían y algo le taladraba las sienes con tal fuerza que creyó que moriría. Odiaba ese maldito resfriado.
Cuando entró a su habitación se sorprendió de ver a Emmett despierto. Estaba sentado en la cama, iluminado únicamente por las lámparas de noche a cada costado de la cama. Usaba únicamente los pantaloncillos de su pijama, haciendo a Rosalie preguntarse si no tendría frío. Leía pacientemente unos documentos en sus manos, fijando la vista detrás de sus gafas de descanso.
—Buenas noches, Rose —dijo sin levantar la vista de los papeles. Garabateó algo sobre el documento impreso y cerró la carpeta. La puso sobre la mesita de noche, a un lado de sus anteojos para dedicarle una mirada por primera vez. —Te ves mal —admitió observándola. Sus gruesas cejas se fruncían con preocupación sobre sus ojos.
—Gracias —respondió con cierta ironía. —Tú siempre tan prudente, cariño.
—No te casas conmigo por mi prudencia —le recordó señalando su anillo. Se puso de pie, rodeando la cama, para poder envolverla en sus brazos. —Te extrañé —afirmó besando su nariz roja. Ella la frunció en respuesta, no quería iniciar una nueva ronda de estornudos.
—También yo —murmuró por lo bajo. — ¿Por qué no me dijiste que habías hablado con Edward?
—Porque es mi hermano y hablo con él todos los días —explicó con confusión. —No sabía que tenía que decírtelo.
—No me refiero a eso —suspiró. Se alejó de él, con paso cansino mientras se quitaba la blusa. Lo único que quería era ir a dormir. Rebuscó en el cajón del buró su pijama y se enfundó en ella rápidamente.
El calefactor estaba encendido pero los dedos de sus pies estaban tan helados que necesitaría más de uno minutos ahí para descongelarlos. Cuando se hubo cambiado se dejó caer en la cama, rendida. Ni siquiera se dio cuenta cuando Emmett la siguió y se recostó a su lado. Apagó la lámpara, dispuesta a sumirse en la negrura junto a él.
—Le pediste que fuera nuestro padrino —murmuró Rosalie en medio de la oscuridad.
—Y él aceptó —concluyó Emmett. —Creí que habíamos hablado sobre esto y estabas de acuerdo.
—Lo estoy —se apresuró a añadir. —Pero no le explicaste lo que implicaba, Emm.
—No podía permitir que se negara. —Su pecho vibró en una risilla traviesa que a Rosalie la hizo sonreír.
Debajo de las mantas podía sentir la calidez de Emmett, que era exactamente lo que le había estado haciendo falta todo el día. Lo abrazo cariñosamente, con claras intenciones de dormir, aunque sabía que tenía muchas cosas en las que pensar antes de lograr conciliar el sueño.
La luz del sol aún iluminaba vagamente la ciudad, estaba a punto de desaparecer detrás de las montañas. El taxi se detuvo frente al concurrido restaurante que Edward había sugerido por teléfono. Sabía que estaría ahí antes que Edward, pues se hallaba muy cerca cuando acordaron verse, pero así tendría tiempo de aclarar sus ideas y actuar con cautela.
Una mesera bajita y morena la condujo hasta una mesa para dos, en un rincón del local. Las voces de los otros clientes armaban un revuelo discreto aunque, para el silencio que Rosalie esperaba, era desesperante. Reían, conversaban e incluso discutían temas que a ella no le interesaban.
Tomó asiento con un nerviosismo atravesándole el estómago mientras esperaba a Edward. Miró dentro de su bolso el pequeño frasco cilíndrico de color naranja traslucido que contenía aquellas píldoras. Lo observó cuidadosamente. No había nada que le diera una pista de qué eran esas diminutas pastillas.
Repasó con calma lo que había visto en el apartamento de Bella. Decía con una caligrafía un tanto rebuscada el nombre de Bella, el nombre del producto y finalmente la fecha. Había sido recetado en 2009, pero la tinta estaba corrida lo que le impedía saber el mes. Sólo sabía que la primera letra era «M».
Los minutos pasaban lentos y no había nadie conocido en todo el lugar. Miró su reloj y todavía faltaban diez minutos para la hora acordada cuando vio, a lo lejos, a Edward entrar al establecimiento.
—¿Bella es idiota? —pensó en voz alta. —Es atractivo, rico, dulce y puntual. Si no me fuera a casar con su hermano me casaría con él…
La misma mesera morena lo guió hasta la mesa donde Rosalie aguardaba por él. La saludó a distancia con una sonrisa cansada. Se sintió culpable, pensando que había interrumpido sus pocas horas de sueño. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, no le permitió ponerse de pie y se inclinó para besar su frente.
—Siento haberte hecho esperar —se disculpó con elegancia.
—Llegué hace poco —le restó importancia.
Lo contempló mientras se sentaba frente a ella y él le devolvía la mirada. Tardó un instante en darse cuenta que estaba esperando que ella ordenara primero. Su aspecto le preocupaba. Parecía no haber dormido en días; sus sonrisas eran pobres y parecía no tener ánimo de estar ahí. Rosalie estaba segura de haber visto lo mismo antes cuando observó su mirada vacía.
—Me sorprendió que llamaras —aceptó Edward cruzando sus brazos sobre la mesa.
—Hay muchas cosas que me sorprenden de ti a diario, Edward—murmuró adoptando la misma posición.
—Suenas como mi madre. —Negó con la cabeza, sin establecer un contacto visual con ella.
—Me preocupo por ti tanto como ella —concedió Rosalie.
—Pero no me llamaste por preocupación —discrepó astutamente. —No por mí.
—En cierta forma sí —dijo cariñosamente. —Aunque tienes razón, hay un par de cosas de las que quiero hablarte.
—Soy todo oídos, Rose. —Hizo un ademán con sus manos incitándola a hablar pero ella no lo hizo. Pensó muy bien sus palabras mientras observaba su rostro demacrado que, increíblemente, conservaba una belleza deslumbrante.
—Trabajas demasiado, Edward, mírate —dijo en un reproche ligero. —No era lo que querías hace unos años; no así.
—Hace unos años pensaba algo diferente —contestó con calma. —Estoy muy bien, sólo un poco cansado.
—Un poco —repitió Rosalie para sí misma. —Necesito saber algo, Edward y sé que tú eres la persona indicada para responderme. —Edward la miró interrogante, viendo cómo la camarera se acercaba para servirles su comida. Rosalie finalmente suspiró—: Estoy enferma. Y, bueno, hablando con alguien, me recomendó tomar un medicamento pero no quise hacerlo sin saber qué era.
—¿Me estás diciendo que querías verme para una consulta? —la interrumpió Edward. Escondió su irritación, escondiéndola detrás de la curiosidad acerca del tema.
—Si digo que sí, ¿tendré que pagarte? —indagó, pensando en qué forma hablar para no revelar más de lo necesario. Edward rió por lo bajo pero movió la cabeza negativamente. —Excelente. No me he sentido muy bien y quisiera saber si me recomiendas eso —mintió con descaro sin que él lo notara.
—¿Cómo se llama el medicamento? —preguntó, jugueteando con su tenedor.
—El nombre… —pensó en voz alta. No se había puesto a pensar en ello, era un nombre muy complicado para recordarlo. Echó una rápida ojeada dentro de su bolso que a Edward no le pasó desapercibida. —Prozac —murmuró, no muy segura cómo pronunciarlo. —Es algo con fluotexina
—Fluoxetina, Rosalie, no fluotexina —corrigió haciéndola rodar los ojos. Era exactamente lo mismo. —No sé quién te habrá dicho eso pero probablemente quiera dañarte.
—¿Dañarme? —tartamudeó perpleja.
—Bueno, creo podría ser inofensiva, pero las dosis son determinantes —señaló pensativo. Rosalie pensó que Edward hablaba tan extraño como Carlisle. —Rose, dime algo. ¿Necesitas un antibiótico o tratamiento psiquiátrico?
—Qué amable —se quejó con sarcasmo. —Y sólo estoy resfriada. ¿O luzco como si sufriera un trastorno obsesivo-compulsivo?
—Acumular cosas que no necesitas es parte del trastorno —dijo, con la clara intención de hacerla enfadar. —Entonces sí deberías usar Prozac.
—¿Para qué sirve? —interrogó. —¿Es muy fuerte? ¿Qué tan común es? ¿Tiene muchos efectos secundarios? —Las preguntas salían una tras otra de su boca sin detenerse siquiera a tomar aire.
—¿Tengo cara de científico? —la detuvo, abrumado por tantas preguntas. —Soy pediatra, Rose, no químico.
—Pero, ¿no se supone que deberías de saberlo? —resopló por la falta de información. —Tienes muchos libros, los que son gruesos y letras pequeñas como los que le gustan a… —Cerró la boca sin atreverse a decir ni una palabra más. Edward suspiró resignado. Tenía que aprender a vivir con eso.
—Dilo, no me importa —la instó. —Como los que le gustan a Bella.
—Lo siento, Edward, no quería molestarte—farfulló avergonzada. —Háblame de la… —miró una vez más a su bolso — fluoxetina.
—Es un Inhibidor Selectivo de la Recuperación de Seratonina —contestó rápidamente.
—Qué bonito hablas —lo felicitó con inconformidad. —Ahora en cristiano, por favor.
—Es un antidepresivo —suspiró.
—Depresión—musitó Rosalie para sí misma, analizando sus palabras.
—Qué observadora, Rose —se burló. —Pero no sólo se usa contra la depresión, aunque sí es uno de sus usos más frecuentes. También se prescribe para personas con desórdenes de ansiedad, como el trastorno obsesivo-compulsivo o los trastornos alimentarios.
»También sirve para tratar algunas fobias, trastorno por déficit de atención… La lista es larga. Pero si de algo estoy seguro es de que tú no deberías usarlo. Te prescribiré algo para el resfriado —prometió. —Consigue mejores compañías, Rose. Quien te haya recomendado eso, no es tu amigo.
—Sí, lo haré —contestó, sin prestarle mucha atención. Evaluaba las opciones. Según Edward, cualquiera de esas era tan posible como otra. — ¿Por qué no debería consumirlas, específicamente yo?
—Bueno… —trastabilló. Sus mejillas tomaron un color rosado, que a Rosalie le traía recuerdos de cuando eran niños. —Emmett me dijo que estabas tratando de embarazarte.
—Sí —confirmó confundida. —¿Qué hay con eso?
—Deberías tener cuidado con lo que tomas, en general —advirtió. —Si estuvieras embarazada podrías dañarlo irreparablemente.
—No me había puesto a pensar en eso —aceptó. —Lo tomaré en cuenta, gracias.
—¿Puedes mostrarme las píldoras? —dijo amablemente.
—¿Qué píldoras? —se desentendió.
—Las que llevas en tu bolso. —Sonrió complacido por la mueca de horror de su amiga. —Muéstramelas —insistió.
—No llevo nada, Edward. Alucinas —bufó. Miró su comida, tratando de olvidar el tema.
—Hazlo —pidió. —Sólo quiero evitar que te suicides o algo.
—No lo haré —se soliviantó.
—Entonces sí las llevas —la encerró en su juego de palabras.
—No te mostraré nada, Edward. No tiene importancia.
Rosalie acomodó su bolsa de mano en una de las sillas desocupadas, fuera del alcance de Edward. Pensó en un tema de conversación que le hiciera dejar esto de lado. Sin embargo, fue Edward quien rompió el silencio:
—Emmett me dijo que aceptaste —dijo, contemplando fijamente el anillo en su mano izquierda. Su voz profunda parecía melancólica. —Felicidades. Me alegro por ustedes.
—Supongo que no había forma que pudiera decirle que no —admitió. Casi desbordaba orgullo y su sonrisa era tan grande que parecía ocupar la totalidad de su rostro.
—También me pidió que fuera su padrino —agregó tímidamente. —Si estás de acuerdo con eso…
—No me casaría si no lo fueras —le aseguró. —No creí que accederías tan fácilmente pero me alegra que hayas entendido que…
—¿Por qué no? —indagó curioso. —Emmett es mi hermano, haría lo que fuera por él. Y por ti.
—Lo sé —dijo con seriedad. —Y te lo agradezco. Creí que te molestaría que tu pareja fuera…
—¿Pareja? —preguntó. —Tengo a alguien en mente pero no sé si sea buena idea.
—Emmett no te lo dijo —suspiró ella. ¿Por qué siempre debía ser ella quien dijera las malas noticias?
—¿Qué debería decirme?
Rosalie tomó una bocanada de aire. ¿Cómo debía decirlo? Podía ser rápida y precisa o lenta y concisa. Quería plantearlo de la mejor manera y que él no pudiera negarse. Ella realmente deseaba que fuera su padrino.
La camarera volvió a interrumpir su charla, asegurándose de que no les hiciera falta nada. Edward aprovechó el cortísimo segundo que Rosalie se distrajo para contestar cortésmente para, en un solo movimiento, obtener el frasco de cápsulas.
—Edward, suelta eso. Ahora —rogó. Sabía que no debía llevarlo consigo, debía haberlo dejado en su lugar. —Edward, por favor.
—Sólo es curiosidad —rió. — ¿Quién está deprimido?
—Edward, no —imploró en un intento inútil de arrancar el frasco de sus manos.
—«Prozac. Fluoxetina. Fecha: 2009. Isabella Marie S…» —dejó que la frase incompleta flotara en el aire. Estaba completamente boquiabierto.
Hacía algún tiempo había estudiado el medicamento y había estado tratando de evitar recordar todo. Había muchas cosas que Rosalie no entendería y no le iba a explicar punto por punto. Además estaba seguro de que a Rosalie no le interesaba. Pero, de pronto, todos esos datos hicieron mella en su memoria. Pasaban por su mente como si estuviera leyendo una vez más uno de sus gruesos libros de farmacología.
Y hubo un pequeño dato que encajó en sus pensamientos, inundándolo de esa rabia que no había sentido en más de dos años. Fue entonces cuando se recordaba por qué no estaba junto a ella; por qué su interior repudiaba cualquier cosa que estuviera relacionada con ella. Ella no era quien aparentaba, incluso cuando los demás no quisieran reconocerlo. Ella era la persona más cruel que había conocido. Isabella Swan era la persona que más daño le había hecho, aunque no lo reconociera en voz alta.
—¿Estás bien? —murmuró Rosalie frente a él. Observaba cómo su rostro se tinturaba de un rojo profundo y cómo su mirada pasaba del vacío a la rabia. —¿Edward?
—Tengo que irme —espetó apretando sus puños, aún con el frasco en su mano derecha.
—Edward, pero aún no te he dicho quién es tu pareja —exclamó, angustiada. Su frase captó la atención de su compañero, quien abrió los ojos desmesuradamente. Parecía fuera de sí.
¿Qué era lo que había hecho?
—¡¿Que Edward qué?! —chilló Bella. —De ninguna forma. Rosalie no mencionó nada ayer.
Su voz fuerte retumbó en las paredes de su recientemente redecorada oficina. Llovía ligeramente, no lo suficiente para causar un ruido trascendente, pero si coloreaba el cielo de gris.
—Es lo que Rosalie quiere, a mí no me mires —dijo haciendo ademanes con las manos. —Prometí que haría que todo fuera perfecto y lo será. Sólo será un día, no morirás si finges que se soportan por diez minutos.
—Alice, tú no lo entiendes —insistió ella. La contemplaba vacilante, a la expectativa de su respuesta. Alice era parte de su familia por lo que no podía entender los deseos que Bella sentía de poder borrarlo de su vida para siempre.
—Entiendo que no confías lo suficiente en mí para decírmelo —dijo. Aunque no se lo recriminaba, no parecía contenta del todo. —Entiendo que el estúpido de mi hermano hizo tu corazón un confeti. Pero no vas a arruinar la boda de Rosalie por eso —advirtió, adquiriendo un aire amenazador.
—¿Qué se supone que haga? —dijo retóricamente. —¿Charlar de lo fabulosas que son nuestras vidas desde que dejamos de interponernos en la vida del otro? No lo creo.
—Vamos, sólo tienes que caminar al lado de él en la iglesia —suplicó. —Ni siquiera tienen que sentarse juntos.
—¿Por qué no puedo ir con Jasper? —resopló.
—Porque es antinatural que yo vaya con Edward porque él es mi hermano—explicó lentamente, dejando un espacio entre cada palabra.
—No lo haré —afirmó. —No con él.
—Está bien —accedió. Se puso de pie y caminó hasta donde estaba Bella, sentada detrás del escritorio. Levantó el teléfono que reposaba en su base y se lo tendió a Bella. —Entonces, llama a Rosalie y dile que no lo harás.
—Eres tan chantajista —negó con la cabeza. Tomó el teléfono y lo volvió a poner en su lugar con cuidado, pensando dos veces lo que haría. —No lo haré y tampoco la llamaré.
—Date cuenta de lo que haces —alegó. —No quieres hacerlo, de acuerdo. Nadie te obligará. Pero si vas a desertar lo menos que puedes hacer es decírselo a Rosalie con antelación para que ella consiga a alguien que sí quiera.
—No se trata de si quiero o no estar junto a Rosalie —explicó. —Es que no entiendes lo que es tener que pasar tiempo con Edward.
Alice iba a responder cuando alguien tocó la puerta de la oficina. Sin esperar a que alguien hablara Charlotte se adentro en la habitación alegremente. Su rostro era la viva imagen de la vergüenza y la poca comprensión cuando vio a Alice. No creía haber conocido nunca a alguien tan especial como la chica parada junto a Bella.
—No sabía que estabas ocupada —farfulló cabizbaja. —Lo siento —trastabilló.
—No importa —intervino Alice. —Yo ya me iba. Tengo una dama de honor que encontrar.
—Seré su dama de honor, con todo lo que implica —dijo Bella finalmente. —Alice, ella es Charlotte; Charlotte ella es Alice.
Alice la escrutó veladamente. Ella le parecía conocida y sabía que ese presentimiento no auguraba nada bueno. Sin embargo, haba oído a Bella hablar de Charlotte en varias ocasiones y ella sabía cuando alguien era importante para Bella y la mujer frente a ella parecía serlo; esa era la única razón para guardarle alguna clase de cariño.
—Charlotte Evans —confirmó alzando su brazo hacia Alice. Ella, dudosa, lo tomó.
—Alice Cullen —murmuró con orgullo. —Es hora de que me vaya, disculpen. Bella, piénsalo. Tampoco quiero que hagas lo que no quieres. Aunque las dos sabemos que hay más de una razón para no querer estar cerca de él.
—Y, ¿cuál es esa razón? —preguntó confiada de que no podría atraparla esta vez.
—No quieres darte cuenta de cuánto lo quieres porque eso sería incluso más doloroso — dijo con nostalgia. —Y estoy muy segura de que mi hermano aceptará.
—¿Una predicción? —dijo Bella con burla. Charlotte intercalaba miradas entre una y otra sin comprender una palabra.
—Una corazonada.
Dejó el edificio caminando con calma por la acera. Tenía suficientes cosas en la cabeza como para lidiar con una más. Le angustiaba pensar que ese par de cabezotas arruinaran su trabajo. Ellos siempre habían encajado muy bien el uno con el otro, incluso antes de ser pareja. Se ajustaban entre ellos sin decir una palabra y siempre tenían la respuesta a las preguntas del otro. Ellos eran perfectos juntos, no entendía cómo podían estar separados.
No presionaría a Bella y mucho menos a su hermano. Ya había ido una vez a exigir que le dijera que le había hecho a Bella y como resultado no le había hablado en meses. Podía ser ciega en muchos temas con respecto a ellos, pero el único que era completamente claro era que trataban de rehuir del otro para no martirizarse. No podía encontrar una razón válida para que terminaran de esa forma.
Caminaba despreocupadamente cuando escuchó el repiqueteo del móvil. Era Rosalie, no necesitaba ver el número para saberlo. Últimamente la llamaba todo el día.
—¿Sí?
—Alice, estuvo en depresión —gimió la rubia a través del teléfono, sin siquiera saludarla.
—¿De qué me estás hablando?
—Bella —urgió. —Estuvo en depresión. O tuvo bulimia… O un trastorno obsesivo-compulsivo.
—¿Perdiste la cabeza? —dijo incrédula. Antes de que pudiera escuchar la respuesta de Rosalie alguien chocó contra su hombro, haciendo que su teléfono cayera al suelo.
—Lo lamento —dijo la chica.
—No importa —contestó distraída. Levantó la mirada y sonrió levemente antes de agregar—: No te preocupes, Heidi.
Buenas noches, una vez más.
No tengo idea de porque siempre actualizo a esta hora... Bien, como habrán notado, es domingo. Tuve una primera semana de clases interesante... Bien, no tuve mucha inspiración y eso lo escribí como en cuatro horas. Las que escriben saben que cuatro horas es un tiempo muy, muy corto para escrbir un capitulo... Son nueve hojas, el pasado fueron catorce, sé que es mucho menos pero es importante y no lo podía omitir y tampoco alargar.
Estoy realmente triste porque desde que empecé a escribir es la primera vez que digo Liz... que poquitos comentarios tienes. Sé que algo va mal conmigo pero noes para tanto xd. Tengo una etapa personal algo dura y quizá se esté reflejando un poco aquí. No se supone que sea TAN deprimente... pero bueno, quizá sea más interesante así. Quizá no.
Hay cosas que me gustaría aclarar y la primera es que Bella no es drogadicta. O sea, yo sé que la gente se hace dependiente dde los fármacos y eso es una drogadicción pero Bella no es adicta a nada —excepto quizá al café. Y otra es que esta historia la clasifiqué como T porque hay un tema más adelante que no estuve segura si se podía clasificar como K+, incluso consideré clasificarlo como M, pero creí que era inadecuado. Lo que quiero decir es que es T por este tema que les digo, no hay violencia, ni agresiones, ni groserías y por supuesto, nada de sexo. Me preguntaron si lo iba a incluir y mi respuesta fue: claro que por supuesto que desde luego que NO. Siento decepcionarlas pero yo no quiero eso para Forever and Always ni para mis historias, así que no lo haré. Yo respeto mucho su opinión porque ustedes son quienes me leen y quienes piden y todo eso pero no puedo esta vez.
Creo que se perdería lo que yo dejo de mí, ¿me siguen? Ya no sería algo de LizBrandon.
Pero bueno... ¿Qué les pareció? ¿Por qué está enojado Edward? ¿Ustedes también creen que cuando se enoja es sexy? Yo concuerdo con Rosalie. Demonios, yo sí me casaba con él... Y apareció por quien todas lloraban: Heidi :) ¿No es un personaje genial? nevermissme me reclama por haber publicado que ella inspiró a Heidi. Le contesté: Hey, tenía que culpar a alguien si quería seguir viva. Heidi no es tan mala como parece ;)
Amo a Emmett/Rosalie y tenía que poner algo sobre ellos. Son tan... aww 3
Bien, las dejaré y nos vemos el próximo sáb... fin de semana. Trataré de tenerlo para el sábado pero las cosas no están saliendo muy bien para mí pero seguro que el finde tiene capitulo :)
Muchas gracias a todas
¿Reviews?
Besos
Liz
21.08.11
