Disclaimer: Los personajes perteneces a Stephenie Meyer


I know I can't take one more step towards you,

'cause all is waiting is regret

~Christina Perry


Capítulo 5: Navidad

—Te vas a helar aquí afuera —reprendió Renée. La calidez que envolvía su voz le hacía recordar sus vagos regaños cuando era menor.

Diciembre había traído insufribles vientos y un par de nevadas. El hielo se expandía por toda la calle, creando sobre ella una peligrosa capa brillante. El vaho brotaba de sus bocas a cada respiración. La temperatura no dejaba de bajar, empañando los vidrios hasta no permitir la visión en absoluto, congelando cada miembro desnudo de su cuerpo.

Estaba sentada cómodamente sobre una colcha extendida en el suelo del balcón. Veía los ligeros copos caer de cuando en cuando. Entre sus manos enguantadas se encontraba un viejo ejemplar de uno de sus libros favoritos.

Vestía una chaqueta gruesa sobre una sudadera, los pantalones de franela de su pijama y más de un par de calcetines. Había amarrado su cabello en una coleta improvisada y llevaba un gorro tejido verde botella. Encontraba especialmente grato aquel lugar; era relajante y hogareño.

Acomodó el separador en la hoja que había tratado de leer por lo menos tres veces, pero no lograba concentrarse. Alzó la mirada para encontrarse con la de su madre, escrutándola.

—¿Qué estás haciendo? —inquirió curiosa.

—Sólo quería pensar—aceptó encogiéndose de hombros ligeramente. —Y leer un poco —añadió mostrándole el libro en su mano derecha. —Me hacía falta.

—Supongo que lo último que haces a diario es leer, siendo editora —concedió Renée sarcásticamente.

—Me refería a pensar, mamá —corrigió con tranquilidad. —Hace tiempo que dejé de hacerlo coherentemente.

—Pensar trae muchos problemas —comentó con una sonrisa traviesa bailando en sus labios delgados. —Esa es la razón por la que no lo hago con frecuencia.

—Lo he notado en los últimos veinte años —asintió Bella, devolviéndole la sonrisa.

—Esme quiere que le ayude con las decoraciones de Navidad —mencionó casualmente. —Creo que le haría muy feliz que estuvieras ahí; como antes.

—Yo no estoy tan segura de eso, madre.

—Alice está aquí—insistió. —No has pasado mucho tiempo con ella los últimos meses. Se lo debes.

—Iré —accedió con cierto pesar. Se preguntó si era tan manejable como para que todos la persuadieran de hacer lo que ellos querían. Tenía que empezar a trabajar con su voluntad. —Dame veinte minutos.

No pasaría la misma vergüenza del primer fin de semana que volvió a Forks. Se aseguraría de que su ropa estuviera completamente limpia y presentable. No era como si le importara, Alice la había visto en sus peores condiciones; pero eso no significaba que tuvieran que acostumbrarse a esa imagen.

Podría conducir a la casa de los Cullen con los ojos cerrados sin temor a perderse. Pero si cerraba los ojos, temía que hubiera pensamientos abrumadores que encerraran su mente.

La casa, tan imponente como hermosa, parecía sacada de una postal. El jardín delantero era una extraña combinación entre el verde y el blanco. La escasa nieve que aún estaba ahí acumulada le daba un toque navideño que ninguna clase de decoración podría mejorar.

Volvió a sentir esa incomodidad al pararse frente a la puerta. ¿Debía tocar el timbre? No recordaba la última vez que lo había hecho. Edward siempre estaba con ella cuando visitaba esa casa y él, por obvias razones, no necesitaba llamar antes de entrar.

Para su suerte, en ese momento la puerta fue abierta por Esme. Sonreía abiertamente, con sus ojos chispeantes de alegría, como los de Alice. Parecía llena de energía y con una absoluta disposición para trabajar en la decoración todo el tiempo que fuera necesario. Esme amaba la Navidad.

—Sabía que vendrías —casi la felicitó cuando se hizo a un lado para que entraran.

Renée había estado muy callada todo el camino, como si quisiera hacer uso de toda la prudencia dentro de ella y no importunar a su hija. Pero todo se terminó en cuanto vio a Esme. Se enfrascaron en una conversación interminable de temas tan diversos que Bella no lograba seguir el hilo de la conversación.

Agradeció al cielo cuando Alice apareció, salvándola de la conversación ajena. Detrás de ella, estaba Bree. Lucía más pálida de lo que Bella recordaba pero, en cuanto sus ojos se encontraron, su rostro perdió el color por completo. Se disculpó y desapareció de la habitación tan rápido como había venido. Era como si hubiera visto a un fantasma.

—¿Hice algo malo? —preguntó Bella en voz baja, para que solo Alice escuchara. —Parece enfadada.

—Qué va—resopló. —No está molesta—le aseguró caminando detrás de su madre, aunque sin seguir su rumbo. —Pero no sabe cómo mirarte a los ojos, está avergonzada.

—No comprendo —dijo ella, con su ceño completamente fruncido.

—Es Edward —explicó Alice. Bella no pudo contener un bufido: Edward era la causa de todos sus problemas. —Pero no es lo que tú piensas. Bree es muy discreta y no está muy enterada de la relación que mantienes con él…

—Yo no tengo ninguna relación con él —contradijo apresuradamente.

—Lo sé—suspiró. —Lo que quiero decir es que ella cree que la odiarás por tener un enamoramiento con mi hermano —expuso riendo por lo bajo.

—¿Un enamoramiento? —preguntó atónita. —¿Bree está enamorada de Edward?

—No está enamorada —corrigió, negando con la cabeza, repetidas veces. —Sólo tiene un enamoramiento pasajero. No sabe cómo enfrentarte. Entiéndela, ella creció con la idea de que ustedes estaban juntos, no le es fácil creerlo.

—Para mí tampoco lo es —dijo para sí misma.

—Le facilitarías las cosas si le haces saber que no te molesta —sugirió cortésmente. —Porque no te molesta, ¿verdad?

—¡Por supuesto que no! —declaró con rapidez. —Pero es extraño saberlo.

—Lo es.

Recorrieron casi toda la planta baja, hablando entre ellas. Intercambiaron experiencias recientes y cortas anécdotas, riéndose una de la otra. Sabían que Renée y Esme no las necesitarían por un rato. Paseaban por el pasillo cuando el recordatorio de por qué no debía ir a esa casa se detuvo frente a ella.

—Creo que me tendré que acostumbrar a verte por aquí —dijo con resignación.

—Hola, Edward —suspiró de la misma forma. ¿Por qué tenía que estar ahí, no tenía que trabajar?

—Si me disculpan, vuelvo en un segundo —se excuso Alice, incómoda entre ambos. Ella no iba a ser quien los detuviera de decirse cuanta idiotez se les ocurriera; no iba a estar en medio.

—Me iré pronto —murmuró Bella a modo de promesa.

—Supongo que mi madre te pidió que vinieras, ¿no es así? —predijo. No necesitó una respuesta para proseguir: —No seré yo quien le robe la esperanza que le traen las fiestas.

—¿Debería agradecer por tu cortesía?

—Deberías decirme cómo lo haces —contestó observándola fijamente, hasta el punto de perturbarla.

—¿Cómo hago qué, Edward? —inquirió con hastío. No quería iniciar una discusión carente de sentido.

—Para que todos crean tus mentiras —murmuró sin malicia, sino con genuina curiosidad. — ¿Cómo puedes parecer lo que no eres?

—No soy lo que tú crees —confirmó. —No soy tan idiota como piensas.

—Hablé con Rosalie —comentó casualmente. —Está preocupada por ti. Bien hecho, la convenciste de que eres la víctima.

—No estoy entendiéndote —musitó. La sangre comenzaba a hervirle, debido a su descaro. Sus manos se convirtieron en puños fuertemente apretados.

—Lo haces —aseguró. —Y yo no estoy para darte explicaciones.

—Edward, no entiendo y, sinceramente, me importa un comino lo que sea que quieres decirme —puntualizó con seriedad. —Pero será mejor que dejes de agredirme si no quieres arruinar la boda de tu hermano.

—Entonces aceptaste —dijo en un susurro. Dentro de él había albergado la esperanza de que no lo hiciera, pero quizá ella había pensado lo mismo sobre él. —Qué placer, ¿no lo crees?

—Vete al infierno —le espetó, a punto de perder la paciencia. —Iremos a la maldita boda juntos, nos guste o no. Así que, ¿por qué no aprendes a cerrar la boca y nos haces esto más llevadero?

—Como gustes —dijo con un encogimiento de hombros. Le brindó la mejor de sus sonrisas, aunque ella veía el sarcasmo en sus ojos.

Como le era costumbre ya, decidió que era tiempo de huir. Siguió el pasillo por donde Alice había desaparecido. Éste la condujo hasta la sala, donde ella, Renée y Esme charlaban tranquilamente. Parecían estarla esperando.

—Hace falta comprar un par de cosas para el Árbol de Navidad —puntualizaba Alice. —Y será mejor darse prisa antes de que se terminen las esferas.

—¿Estás de acuerdo, Bella? —preguntó Esme con cautela. Parecía ser consciente de que había protagonizado una nueva y pequeña discusión con su hijo. —No tomará mucho tiempo.

Bella no sabía qué responder. Esa casa ya no le brindaba la seguridad que le daba antes; ya no era ese lugar confortable donde pasaba días y días sin importarle nada. Se sentí ajena, una intrusa. Asintió ligeramente con una media sonrisa. Tomó asiento fingiendo poner atención a la discusión que mantenías acerca de qué objetos precisamente debían comprar. Ella daba vagas y neutras opiniones pretendiendo estar al corriente.

Pensaba seriamente en la boda de Rosalie. ¿Cómo saldría viva? Tendría que ir del brazo de Edward de un lado a otro, sonriendo de oreja a oreja, saludando personas que no conocía así como viejas amistades que los atosigarían con preguntas. Casi podía escucharlos: ¿Siguen juntos? ¿Cuándo se casan? ¿Están comprometidos? La gente era entrometida y sólo lograrían meterla en una bochornosa situación.

Estaban por dirigirse al centro comercial cuando algo sorprendió a Bella.: a sus oídos llegaron las suaves notas del piano. Los acordes inundaron el aire en una melodía pacífica y cadenciosa. Pudo distinguir la pieza como aquella que Edward había compuesto para Esme hace tantos años.

Conocía esa sinfonía de memoria. Amaba que Edward tocara para ella y él insistía en enseñarle a tocar. Aunque nunca aprendió, podía distinguir las notas en el aire. Pero también se daba cuenta que el compás era más lento de lo que debería y torpe.

—¿Qué es eso? —inquirió pasmada.

—Es Bree —explicó Esme rebuscando sus llaves dentro de su bolsa. —Le gusta practicar por las tardes.

—¿No viene con nosotras?

—No —intervino Alice. —Está resfriada y ha tenido fiebre estos días. Hay que cuidar su salud —especificó dándole una mirada que le daba a entender las razones. Bree era muy pequeña cuando había superado el cáncer, pero siempre debía tener precauciones. Quizá exagerara pero era mejor así…

La canción era triste, melancólica, mezclada con una especia de calidez que envolvía tu cuerpo con cada nota, inspirándote.

—¿Por qué no te quedas con ella? —volvió a decir Alice. —Quizá sea una buena oportunidad para que hables con ella.

Bella no lo pensó dos veces. Quizá Bree, tan ajena e inmiscuida en su mundo al mismo tiempo, podría distraer los pensamientos tormentosos que arremolinaban su cabeza. Era consciente de que en alguna parte de la casa estaba Jasper, probablemente mirando el televisor y, cerca, también se hallaba Edward.

Se dirigió al salón donde se encontraba el piano. Se detuvo en el umbral súbitamente, tomando una bocanada de aire. Había vivido tantas cosas maravillosas en esa habitación… Estaba ligeramente atemorizada de que todas sus memorias la golpearan con fuerza, una vez que se encontrara adentro.

—Bree —llamó. —Alice me dijo que estarías aquí.

—Hola —susurró, desalentada, con un tono tan deprimente que era contagioso.

Estaba sentada frente al viejo piano de cola. El ébano, reluciente, brillaba bajo la suave luz del candelabro. Su espalda delgada estaba perfectamente recta; su cabello caía hacia abajo dividido en dos partes, dándole una apariencia simétrica. Rozaba con sus dedos las teclas de marfil, impecables. Ella estaba sentada elegantemente, digna de cualquier pianista respetable.

Desde que se habían ido a la universidad, la casa de los Cullen había sido privada de los largos conciertos espontáneos proveídos por su hijo menor. Él había dedicado parte de sus cortas estancias en Forks para enseñarle a la pequeña Bree a tocar. Sin embargo, esta vez sus dedos no produjeron un solo ruido. Acariciaba las teclas como si estuvieran hechas del más fino cristal.

— ¿Qué ocurre? —inquirió Bella, adoptando una actitud maternal. —Creí que estarías feliz de ayudar a decorar todo por Navidad.

—Estoy algo preocupada —confesó, aún sin mirarla.

—Las preocupaciones van y vienen—comentó. —Esme está realmente alegre de que colabores; ella ama decorar el Árbol de Navidad. Cuando era niña, Alice, Rosalie y yo pasábamos horas haciéndolo.

—No sé si sea una buena Navidad—contestó en voz baja. Bella no dejó pasar que su voz se había cortado en un par de ocasiones. —Mi madre no se ha sentido bien.

—Oh, Bree, sólo es una gripe estacional —prometió. —Las madres nunca paran. Siempre están preocupadas porque todo esté funcionando correctamente y se olvidan de ellas mismas. Pero son fuertes.

—Se ha desvanecido —informó, con el pesar embargando su voz, transmitiendo su preocupación a cada letra articulada. — ¡Se ha desvanecido, Bella!

Entonces fue cuando Bella notó la gota cristalina que adornaba las teclas marfiladas y que era acompañada por unas cuantas similares, y próximamente rodeada de las indetenibles venideras.

Cualquiera pensaría que Bree era paranoica. Pero, ¿cómo culparla? Su infancia había sido truncada por una enfermedad que podría haberla llevado a un destino muy diferente al que vivía. Su niñez, a partir de los siete años, había estado llena de desmayos, sangrados frecuentes, visitas al hospital incesantes… Había tenido que seguir adelante con el optimismo de que, quizá, el día siguiente volvería abrir sus ojos.

—Oye, ella estará bien —animó, aunque con cierta inquietud presionando su pecho. —Esme estaría muy triste si supiera que estás tan preocupada. Ella siempre consiente a todo el mundo a su alrededor y le enferma ver que los demás sufran.

» Vamos, además cuentas con Carlisle. Ellos te adoran y no permitirían nada que te hiciera sufrir. ¿Crees que Carlisle dejará que algo le suceda a tu madre? Pienso que lo conoces mejor que eso; él es una persona compasiva, ama a su familia más que a él mismo. Y tú eres parte de ella. Por Dios, nunca vi que una persona amara a otras de la forma en que él lo hace.

«Sólo a Edward» pensó, pero desechó el pensamiento inmediatamente. El hecho de que su nombre viniera a su mente le recordó un comentario de Alice.

No fue hasta entonces que reparó en que Bree se negaba rotundamente a mirarla a los ojos, aún cuando estuvieran cara a cara.

—Mañana estará como si nada —afirmó. —No tienes idea de la forma en que los Cullen protegen a quien quieren.

—Son muy unidos —admitió ella, fingiendo que la miraba, aunque en realidad su mirada estaba perdida.

—Y muy atractivos —agregó Bella, bajando su rostro hasta quedar a su altura. — ¿O no?

—Bue… Bueno, —trastabilló un segundo —nunca me había puesto a pensarlo. —Hablaba apresuradamente, como si quisiera abandonar el tema lo más pronto posible.

—He visto cómo miras a Edward —mintió, instándola a hablar, con una sonrisa pícara. Le alegraba haberle hecho olvidar el asunto de su madre. —Él es realmente guapo.

—Yo no sé adónde pretendes llegar —evadió el tema una vez más, con su rostro completamente tintado de un escarlata profundo.

—Oh, vamos, no creerás que estoy enfadada o algo…

—¿No lo estás? —se sobresaltó. Ella esperaba un sermón acerca de la edad y la relación que alguna vez mantuvieron.

— ¡Claro que no! —rió. Quizá se hubiera sentido celosa, sin derecho alguno, si se hubiera tratado de alguien más. Era lógico que se tratara de un enamoramiento platónico. —En realidad, la mitad de las mujeres que conocen a Edward lo encuentran irresistiblemente atrayente.

—¿Te incluyes? —dijo, intentando bromear.

—¡Demonios, sí! —exclamó. El ambiente se había relajado, haciéndolas sentirse cómodas la una con la otra. —Edward es aparentemente perfecto.

—¿Aparentemente?

—Bueno, es humano, se equivoca —aceptó, dándole ventaja y olvidando por un segundo cada lágrima que había derramado por él. —Es excesivamente sobreprotector; y agradablemente celoso. Demasiado posesivo; puede llegar a ser tan arrogante que quisieras romperle su hermosa cabeza con un florero. En ocasiones, puede ser demasiado conservador, tú entiendes —movió sus cejas de forma sugerente, tal como Emmett lo hubiera hecho. Soltó una carcajada al ver el rostro desencajado de Bree y agregó—: Sólo bromeaba. De la misma forma, puede ser el hombre más dulce del planeta; es condenadamente empalagoso cuando está de buen humor, pero es genial. Es detallista, jamás olvida tu cumpleaños o el aniversario. Si se lo permites, te compraría un país entero. Tiende a exagerar.

»Edward es un buen tipo. Es la clase de chico que no importa si todos sus amigos tienen planes, prefiere quedarse en casa contigo, haciendo cualquier cosa que tú quieras hacer. Es muy inteligente. ¡Dios! No creí que la combinación fuera posible porque, también, es muy guapo.

—Parece que lo conoces bien —dijo ella, impresionada de la seguridad con la que hablaba, aunque jamás se nombró a sí misma en la descripción. —Es lastimoso…—no se atrevió a continuar, temiendo herir sus sentimientos, pero Bella captó el mensaje.

—Quizá—concordó. —Pero siempre pienso que era lo mejor.

—¿Por qué…? —comenzó, pero Bella la cortó.

—¿Por qué rompimos? Bueno, conozco cada milímetro de Edward, y no estoy hablando físicamente. Estuvimos juntos por… ¿siete, ocho años? Siempre funcionó muy bien; peleábamos continuamente, no lo voy a negar. Pero yo iba corriendo a llorar con mi madre y al día siguiente él aparecía en mi casa con un lindo ramo de flores, disculpándose y diciendo que era un tonto. Funcionó por un tiempo incluso cuando estábamos muy lejos el uno del otro. Pero las relaciones requieren de ambas partes, cuando una de ellas deja de cooperar todo se va al demonio.

—¿A qué te refieres?

—Todo fracasó cuando uno de nosotros dejó de amar al otro. Después de tantos años, es obvio que no fue de la noche a la mañana. Simplemente uno de los dos tenía un tiempo deseando cortar de raíz todo y aquí estamos.

—¿Lo odias?

—Oh, claro que no —bufó, recriminándose a sí misma por externar tantos sentimientos. —No estoy lista para confesar lo que sucedió y, tal vez, nunca lo esté. Pero sé que no me arrepiento de nada a pesar de todo. No puedo. Edward fue mi mejor amigo cuando éramos niños y fue de verdad el mejor novio que pude haber tenido. No estoy enfadada contigo, es imposible no caer bajo sus encantos —le guiñó el ojo con complicidad.

—No es exactamente lo que tú piensas —explicó, aún abochornada. —Él me pone nerviosa.

—A todas, Bree —rió. —Y lo más importante, —agregó acercándose a ella, a modo de secreto aunque sin bajar la voz— es excelente besando.

Bree la acompañó en sus risas. Se sentía aliviada de saber que Bella no estaba enfadada. Ella, en un gesto dulce, limpio los restos de lágrimas en sus ojos.

—Es es la razón por la que no viniste el día de Acción de Gracias, ¿cierto? —se aventuró a preguntar. —Y por la que Edward cambió.

—¿Lo hizo? —inquirió. Era obvio que su actitud hacia ella no era la más educada, pero ellos eran un caso especial.

—No es la persona que recuerdo —señaló Bree. —No lo he visto tocar el piano desde hace años. Creo que evade venir a casa, como si no estuviera cómodo.

—¿No toca? —dijo impresionada. —¿Nunca? Pero… No lo entiendo.

—Creo que nadie lo hace —murmuró en voz baja. —Quizá te extrañe —sugirió con ingenuidad.

—Sinceramente no lo creo —aceptó. Soltó una risa involuntaria. ¡Sonaba tan ridículo! Tanto que nunca se lo había planteado.

—Yo sí—discrepó. —La forma en que te mira... Tal vez quisiera que estuvieras con él.

—Él no me mira —discutió. No necesitaba que una niña le metiera ideas en la cabeza. —Se acabó, Bree. No hay forma en que pueda olvidar, aunque pudiera perdonarme a mí misma. Ya nos hicimos suficiente daño.

—Y aún así irás con él a la boda de Rosalie —señaló. —Muy inteligente.

—Lo sé —bufó. Decidió dejar el tema, ya tenía muchos enredos en u cabeza para darle la oportunidad de confundirla más. —¿Por qué no llamas a tu madre y te aseguras de que esté bien? . —le sugirió—. Dile cuanto la quieres y, estoy segura, será más que suficiente para que ella se mejoré.

Bree le sonrió comprensivamente, le dio un abrazo que, aunque corto, fue sincero. La estrechó apenas un segundo para salir del salón en dirección a las escaleras. Bella volvió a sentarse en el banquillo, dándole la espalda al piano.

Masajeó sus sienes, cerrando los ojos, aún sin creer todo lo que había dicho. Se sentía mejor con ella misma después de haber hablado con Bree. Había requerido decirlo en voz alta para aceptarlo ella misma.

—Así que soy bueno besando —la interrumpió la voz aterciopelada que conocía tan bien.

—Olvidé mencionar esa mala costumbre que tienes de escuchar conversaciones ajenas —objetó, sin abrir los ojos.

—Tú me enseñaste —contraatacó. Por primera vez desde hace tiempo no le hablaba con frialdad. Atribuyó dicha actitud a que había alimentado su ego. Ella podía recordar perfectamente cada ocasión que habían escuchado—a escondidas— a Charlie y a Renée hablar.

—No fue exactamente de ese modo…

No tenía mucho más que decir así que no volvió a abrir la boca. Sentía su mirada, escudriñando cada movimiento, prediciéndolo. Tenía la necesidad de romper ese silencio tan tenso que la abrumaba así que dijo lo primero que se le vino a la mente:

—Solía funcionar bien, ¿no lo crees? —murmuró mirando a sus pies. Elevó sus ojos, tratando de augurar su reacción. Sin embargo, cuando él le devolvió la mirada, le pareció demasiado penetrante así que volvió a bajarla.

— ¿Alguna vez pensaste en casarte conmigo? —inquirió en respuesta, serio.

— ¿Es una propuesta, Edward? —inquirió, escondiendo su decepción. —Creí que eras un poco más romántico.

Él rió amargamente, apenas despegando sus labios, mostrando su blanca dentadura. Ella jugaba nerviosamente con sus manos.

—Definitivamente no es una propuesta.

Ella sabía que no lo era y que jamás escucharía esas palabras salir de sus labios. Nunca lo había pensado hasta el día en que todo terminó; todos aquellos meses la pregunta le había atormentado: ¿por qué nunca se habían interesado en el matrimonio? Pero no fue hasta entonces que se dio cuenta que nunca se preguntó si ella hubiera aceptado.

—Contéstame —la instó, con genuina curiosidad; ella podía escucharla en su voz, desde que nacía en su garganta hasta que su muerte en el aire.

—Si me lo hubieras pedido, quizá hubiera aceptado—susurró, tamborileando sus pies contra el entarimado. —Entonces era lo suficientemente estúpida para creer en ti.

—Y yo para pedírtelo —concordó.

—Creo que justo ahora rompería tu cabeza con un florero —amenazó; era una conversación que preferiría no tener. Creyó que volverían a sumirse en el silencio pero él no lo permitió:

—Tampoco puedo odiarte —confesó con inseguridad.

—¿A qué viene eso?

—Tú me hiciste saber que no me odiabas —declaró. —Me parece justo que tú también lo supieras.

Llevaba un caro pantalón de cachemir color negro acompañado de una camisa azul marino. Aún no se habituaba a verlo vestido de esa manera tan formal. El azul le sentaba perfecto, al igual que el corte de sus pantalones. Él usaba esos zapatos que ella odiaba, pues hacían parecer que sus pies eran demasiado grandes.

—Estoy de acuerdo contigo —admitió. Ella se sorprendió y sus ojos volaron hacía los de Edward, para confirmar que no lo había soñado. —Cuando uno de los dos dejó amar al otro todo se fue al demonio. Lo que me ha confundido es la forma tan lastimosa en que lo has dicho.

—¿Quién dice que fue lastimoso?

—Estuvimos juntos por… ¿siete, ocho años? —repitió sus palabras.

—Creo que sabes perfectamente a quién de los dos me refería —le desafió sacando a flote su orgullo. —Y en realidad fueron siete años y nueve meses.

—Tampoco me arrepiento —agregó, bajando su mirada. —No me arrepiento de nada. —Se acercó a ella y, para su sorpresa, depositó un beso en su coronilla. —Absolutamente nada.


Buenas tardes.
No tengo mucho tiempo justo ahora pero quería subirlo antes de que se me fuera el día en nada. No estoy muy segura de qué tan bueno sea pero quería dejar algunas cosas claras... Muchísimas gracias por todos sus comentarios, alertas, favoritos... A las uqe no he contestado, sólo esperen un poco, lo haré. Todas sus dudas y opiniones
son bienvenidas.
Me gusta la actitud de ambos al final, porque bajan la guardia solo un segundo. No significa que tengan alguna clase de tregua, sólo fue una debilidad momentá que les guste, el siguiente capitulo CREO que se llamará Compromiso y quizá lo divida en dos porque tengo dos escenas muy importantes ahí. Una de ellas, de hecho, fue lo primero que escribí.
Muchas gracias a todas por todo, una vez más.
Besos

Liz