Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


I don't know what to be without you around;

I can't breathe without you, but I have to.

~Taylor Swift.


Capitulo 6: Amor Fraternal

El cansancio era abrumador. Comenzaba a pensar que Rosalie tenía razón y trabajaba demasiado. Pero era la única forma de mantener su mente ocupada y, los escasos ratos en que no estaba en el hospital, los pasaba durmiendo. No tenía excusas —ni tiempo— para pensar en algo diferente a sus minúsculos pacientes.

Los diminutos rostros de cada niño que hacía una visita al hospital le distraían, animaban, aunque no podía evitar sentirse melancólico. Sus facciones redondas y pueriles se contraían de dolor cuando tenía que inyectarlos y las lágrimas corrían por sus regordetas mejillas cuando cualquier clase de dolor los aquejaba. Cada uno de sus sollozos rompía su corazón haciéndole desear poder detenerlos.

Después, cuando su atormentado llanto cesaba, sus madres los cobijaban con sus brazos, consolándolos con paciencia. A veces deseaba ser uno de esos niños y poder esconderse bajo los cálidos y consoladores brazos de Esme. Pero él no era un niño para nada. Él tenía que manejar con cualquier obstáculo por sí mismo, como el hombre que era.

Tenía que seguir respirando aunque el aire se atorara en su garganta en cada exhalación. Tenía que sobrevivir, aunque eso no significara tener vida. Él había aprendido que eran conceptos muy diferentes.

Ansiaba llegar a su cama y dejarse caer en ella sin importarle su entorno. Al menos no por las siguientes diez horas. Pero tenía más de un impedimento que se interponía entre su amada cama y él. El primero era el rugir de su estómago. Apenas podía recordar la última vez que había comido algo decente; y con decente quería decir algo preparado en casa por completo. Quizá hubiera sido hace dos semanas, durante la cena de Fin de Año que había preparado su madre.

A primera instancia parecía que el Año Nuevo no le traería precisamente la vida perfecta. Había oído las doce campanadas, una por una, resonar lentamente contra sus oídos. Su corazón había insistido en latir al compás de éstas, esperando dejar atrás el año viejo. Moría poco a poco, aferrándose a los últimos instantes del treinta y uno de diciembre. Los segundos parecían ser especialmente largos esta vez.

Sostenía su copa en la mano derecha, afianzando firmemente la mano de su hermana con la izquierda. Ella sonreía rebosante de alegría. Alice lo miró por un segundo. Podía ver en su rostro la esperanza y la ilusión que sentía transmitida en su sonrisa imperturbable. Había cariño en su mirada, un amor fraternal incomparable. Justo antes de que sonaran las doce campanadas ella miró al frente, haciendo que él siguiera la dirección de su mirada.

La última campanada repicó gravemente en el instante en que pudo enfocar lo que Alice había contemplado un segundo antes. Vio de soslayo que ella se había envuelto en un cariñoso beso con Jasper, pero lo ignoró. Lo primero que había visto este año era a ella. Y ella lo miraba a él.

Bella le sonrió ligeramente, en una de esas sonrisas suyas que podía iluminar el mundo. Estaba a metros de distancia, pero eso no le impidió mirarla a los ojos. Alzó su copa hacia ella y articuló:

—Feliz Año Nuevo.

—Feliz Año Nuevo —respondió ella de la misma forma, sin que un solo sonido saliera de sus labios.

Se maldijo internamente por no poder sacarla de su mente. El hilo de sus pensamientos siempre desembocaba en ella. Cada objeto que le rodeaba le hacía recordar cada experiencia, cada beso, cada sonrisa que ella le había dado. Y lo que más le hería era pensar era que había sido una mentira. No sabía en qué momento todo había dejado de ser real, pero sabía que así había sido. Se decía a sí mismo que, en un principio, ella en verdad lo había amado.

Uno simplemente no puede mentir a tales dimensiones. El aroma de la carne que estaba cocinando lo trajo de vuelta a su apartamento. Ésta escocía sobre el sartén eliminando cualquier rastro de estar cruda. Tenía que admitir que cocinar se le daba bien. Una vez más, suspiró bajo el pensamiento de que había sido Bella quien le había enseñado a hacerlo.

Su estómago gruñó una vez más, exigiendo algo comestible. Se apresuró a poner la mesa, en la que, como siempre, cenaría solo. Sabía que la otra razón por la cual no podía ir a dormir plácidamente estaba por llegar.

Sabía muy bien que a ella no le importaría verlo en pijama. Sería bastante ilógico que le molestara. Esperaba que su visita no fuera muy larga. En cuanto saliera por la puerta caería rendido en la primera superficie que estuviera disponible.

Se sentó en la cama, acomodándose entre las almohadas y tomando el libro que reposaba sobre la mesita de noche. No podía encontrar el separador que, estaba seguro, había puesto junto al libro que comenzaría a leer esa noche. Rebuscó en el cajón, ansioso. Pero lo único que logró hacer fue crear un lío entre todos los objetos ahí contenidos. Sus dedos palparon la suave caja cuadrada de terciopelo que estaba escondida en un rincón del cajón.

Tenía que sacar eso de ahí. No podía seguirse torturando cada vez que necesitara algo de la gaveta. Abrió la diminuta caja, en la que reposaba el brillante anillo de su abuela. Era elegante y sencillo. Los diamantes relucieron bajo la luz de su lámpara, tan brillantes como la última vez que los había contemplado.

—Si me lo hubieras pedido, quizá hubiera aceptado—había declarado Bella, para su sorpresa.

Ella hubiera dicho que sí. Ellos hubieran tenido un futuro muy diferente si no se hubiera empeñado en arrasar con todo lo que los unía, sobreponiendo su egoísmo, su vanidad. No podía comprenderla, pero tampoco quería hacerlo. Los hechos era claros y no había nadie en este mundo que pudiera cambiar el pasado. No es como si ella lo hubiera cambiado, de todas maneras.

Dios sabía cuánto tiempo había tenido ese anillo en su poder. Y sólo Él sabía que desde el momento en que Elizabeth Masen se lo había entregado, cuando tenía diecisiete, había estado destinado a pertenecerle a Bella. O eso era lo que él había querido.

Suspiró con enfado. Ella no lo merecía; nunca había merecido nada de lo que él había hecho por ella. Estaba dispuesto a dar su vida por ella y ella no tuvo la decencia de decirle la verdad de frente. Ella era mala. Era cruel e insensible. Escondía todos esos sentimientos, fingiendo una ingenuidad e inocencia cautivadora. Pero todo seguía siendo mera actuación. Y descubrir cada mentira lo derrumbaba un poco más.

Ella había convencido a los demás de su inexistente sufrimiento. Había hecho falta sólo un poco de falso sacrificio y arreglar los hechos para quedar como la víctima. Pero todo estaba calculado, y él lo sabía. Pero ella era lo suficientemente inteligente para pretender demencia.

—Otra vez con eso, Edward —suspiró Alice recargada en el umbral. —Hola, hermano —añadió con dulzura, dándose cuenta de su sobresalto.

—No es nada —declaró. Cerró la caja de terciopelo y la depositó con cuidado en el cajón. —Me alegra verte.

—No parece —reprochó, mirándolo a través de sus largas pestañas con ternura. —No te levantes —pidió al ver sus ademanes.

Caminó con gracia por la habitación, como si rebotará sobre cojines mullidos. Se recostó junto a él, sin tomarse la molestia de quitarse los zapatos. Se arrastró por la cama hasta poder abrazarlo por la cintura y recostarse contra su pecho. Ya había olvidado la última vez que lo había abrazado únicamente por el placer de tenerlo cerca.

—Estaba esperándote —murmuró mirando directamente a la pared. Le devolvió el abrazo rápidamente, pasando sus dedos por los cabellos de su hermana. —Te he extrañado.

—No creo que sea a mí a quien extrañas —dijo en un hilo de voz. —No es por mí por quien sufres, hermano.

—No sufro, Al —prometió. —No por quien no lo merece.

Guardaron silencio por unos segundos. La piel de Alice estaba helada. Desenfundó sus delicadas manos de sus guantes de lana y los guardó en su bolso. Él le brindaba más calor que cualquier prenda.

—Yo pienso que sí lo merece —desacordó. —Si sólo le dieras una oportunidad…. Si dejaras de ofenderla todo el tiempo, se acercaría a ti. Y entonces te darías cuenta de cuánto te quiere.

—¿Por esto querías verme? —inquirió, decepcionado.

—Quería saber si estabas bien —contraatacó. —Aunque no te vea muy seguido, tú y Emmett son mis hermanos favoritos.

—No creo que vayas a casa de Emmett a interrogarlo sobre Rosalie —compitió una vez más.

—Eso es porque él y Rosalie están muy bien juntos.

—Oh, claro —bufó sarcásticamente. —Les doy una semana antes de que ella lo saque del apartamento otra vez.

—Pero esa es su forma de quererse —puntualizó. —Emmett es impulsivo e inmaduro en algunos aspectos. Él le demuestra a Rose cuánto la ama con cada sonrisa de disculpa. Tú… Tú eres su opuesto. Yo creo que tú puedes amar a alguien de una forma más convencional. Pero estoy segura de que lo haces incondicionalmente. Es la forma en que la amas a ella.

—¿Qué es lo que quieres que te conteste? —preguntó cansinamente. —Dímelo, Alice. ¿Quieres que te diga que la amo? Bien, la amo. ¿Quieres que te diga que no sé cómo he sobrevivido sin ella? Bien, no sé cómo; y no sé cómo haré para estar sin ella el resto de mi vida. Porque ella era mi vida entera. Si lo que quieres que te diga es que soy un idiota enamorado de la mujer inadecuada… Está bien, lo soy.

—Bella me dijo que hablaron —comentó tímidamente. —Parecía aliviada de que no la odiaras.

—Tú sabes que no puedo hacerlo —lamentó. —Un día ella leyó en voz alta uno de sus libros; dijo que debías amar algo de verdad antes de poder odiarlo Supongo que todavía no puedo terminar con la primera etapa. No entiendo cómo podría odiar cada centímetro de nuestro pasado, juntos.

—Hoy es uno de esos días, ¿cierto? —adivinó Alice. —Uno de esos en los que todo hiere con más fuerza que los demás; uno en el que cada simple objeto te trae montones de recuerdos que duelen.

—Hoy ha sido un mal día —confirmó. —Un muy mal día —añadió con un suspiro resignado.

—¿Pasa algo? —preguntó con preocupación. —¿Más problemas?

—Hoy hubo un accidente de tráfico en el centro —anunció con pesar. —Quizá lo hayas escuchado. Dos hermanos resultaron heridos: un niño y una niña. Eran como tú y yo cuando éramos pequeños—comparó dolorosamente. —Murieron unas horas después de haber ingresado al hospital, con apenas unos minutos de diferencia. Murieron bajo mi cuidado, entre mis manos. Era mi trabajo sanaran sus heridas y, en su lugar, fallecieron.

—No sé qué decirte —enunció impactada. —No son los primeros ni los últimos niños cuyos males no puedas curar. Verlo en el periódico o en la televisión es lastimoso; pero no creo que se compare con verlos dar su último aliento cuando deberían vivir más que nosotros. Lo siento tanto, entiendo que sea duro para ti. Pero no dejes que te afecte, tú eres más fuerte de lo que crees.

—Hoy fue un día terrible. Pero sigo teniendo la esperanza de que mañana será mejor, en todos los sentidos. No es como si fuera a desperdiciar el resto de mis días pensando en lo que no fue. Sería algo deprimente, ¿no lo crees?

—Absolutamente —suspiró. —Creo que sabes que eso es exactamente por lo que Bella atravesó: depresión.

—No puedo creer que también tú creas eso—resopló. —Ella miente constantemente y lo hace tan bien que ni siquiera tú podrías darte cuenta.

—Ella no me lo dijo—arguyó, levantando la mirada para toparse con la mandíbula tensa de su hermano. Tuvo que aceptar para sí misma que discutir con él era tiempo perdido.

—¿No lo ven? —preguntó al aire. —Ese es su juego. Quiere que saques tus propias conclusiones para que te apiades de ella. Pero créeme cuando te digo que ella no es la buena del cuento.

—¿Y quién lo es? —lo apremió con indignación. —No soy estúpida, Edward. Puedo ver cuando alguien quiere verme la cara. Puede que haya muchas cosas que no sé; pero sé que ella sufre más de lo que nosotros imaginamos. Por el amor de Dios, ¿qué tanto habrá resistido en silencio para que use antidepresivos?

—Maldición, Alice —bufó con exasperación. Se incorporó, enderezando la espalda y apoyando los codos en sus rodillas. Escondió su rostro entre sus manos, tratando de buscar una calma que, por ahora, no existía dentro de sí. —Ella no estuvo en depresión.

—¿Cómo estás tan seguro?

Hastiado, tomó el puente de su nariz entre su pulgar y su índice. Su hermana podía ser tan obstinada. Pero ella tenía razón: había muchas cosas que no sabía. Y no lo haría nunca, al menos no por su boca. Su vago conocimiento de la situación le impedía formarse un criterio genuino, pero él no estaba para gritarlo a los cuatro vientos. Se inclinó hacia un lado, abriendo una vez más el mismo cajón del buró. Tomó el frasco que, inconscientemente, había llevado consigo después de abandonar el restaurante donde había visto a Rosalie.

—Marzo 2009—señaló él con la voz más sosegada que pudo emitir. —No estoy involucrado en esto, o no de la forma que tú crees. Confía en mí, esto tiene más efectos de los que podrías imaginar.

—No puedo pronunciarlo y tú quieres que imagine sus efectos —gruñó incrédula. —La fecha no es muy significativa, además.

—Lo es—contradijo, sintiéndose victorioso. —Bella y yo rompimos en abril; es decir, aún estábamos juntos cuando adquirió esto. Y estoy bastante seguro que no lo usaba contra la depresión.

—Entonces, ¿para qué? —indagó Alice. Algo le decía que se estaban acercando a la verdad y tenía que obtener cuanta información le fuera posible antes de que cambiara de tema radicalmente.

—Es complicado—se excusó. —Pero cuando Bella estuvo en el Hospital General de Massachusetts, Heidi…

—Espera un segundo—interrumpió con brusquedad. —¿Bella estuvo en el hospital?

Edward suspiró profundamente. Eso era algo que, en definitiva, no debería haber dicho.

—Tuvo un accidente —explicó escuetamente.

—¡Y por qué nunca me lo dijiste! —exclamó con indignación. Se irguió en la cama, sentándose con sus piernas cruzadas para poder ver a su hermano a la cara. —Esto no es un juego, Edward; y ella no es un objeto inanimado.

—No sé qué fue exactamente lo que sucedió —dijo, tratando de defenderse. —Era de noche. Salí a algún lado, no recuerdo adónde, y Heidi llamó. Estaba asustada y no sabía qué hacer. Ella iba a mi apartamento y, cuando estaba cerca, vio que una chica era arrollada por un estúpido conductor ebrio, en la calle adyacente al Sheraton. Estaba tan nerviosa que olvidó que ella podía hacer algo por la chica.

»Pidió una ambulancia al hospital donde ella había conseguido una plaza recientemente, después de que cortásemos la llamada. Me había rogado que la auxiliara. Estaba bastante sorprendido ya que Heidi siempre fue muy capaz. Me reuní con ella antes de que la ambulancia llegase. Heidi estaba llorando incesantemente con un deje de culpabilidad que lo atribuí a la impotencia que sentía. Estaba tan seguro de mí mismo; sabía que yo podría manejar el estrés de la situación y ayudar a la niña.

»Pero después me di cuenta de que no se trataba de una niña. Era Bella. Era mi Bella quien yacía en el suelo, con su pulso casi inerte. Era ella quien estaba muriendo ahí sin que nosotros pudiésemos hacer algo.

»Heidi y Bella no se conocían —comentó dando un suspiro. —Bueno, Heidi había visto algunas fotografías, pero nunca tuve la oportunidad de presentarlas. Cuando ella parecía haberse calmado y entrado en razón, fue cuando yo entré en crisis. No podía creer que fuera Bella. Quiero decir, no se suponía que ella le pasara algo como eso nunca. ¡Y menos ahí! Ella debería haber estado en Nueva Jersey. Habíamos hablado unos días antes y dijo que me daría una sorpresa. ¡Y qué sorpresa!

»No pude hacer nada por ella —suspiró con pesar. —Una vez en el hospital Heidi fue quien se hizo cargo. Fueron largas horas de incertidumbre, rogándole al cielo que se mantuviera con vida. Después… bueno, no importa lo que pasó después. Gracias a Heidi ella sobrevivió. Es gracias a Heidi que Bella vive y, aún así, es lo suficientemente cínica para juzgarla. Luego de que la dieran de alta no la volví a ver hasta el funeral de Charlie.

—Heidi… —murmuró Alice, organizando sus ideas —Heidi, entre los seiscientos mil habitantes de Boston, fue quien encontró a Bella. Precisamente a Bella, con quien tenía una relación indirecta y que, en circunstancias comunes, no debería de encontrarse ahí. Y entre todos sus conocidos, amigos, familiares y colegas te llamó a ti. ¿No crees que sea una casualidad demasiado grande?

—Quizá fue un milagro —puntualizó. No iba a poner en tela de juicio la buena voluntad de Heidi, si lo único que había hecho era tratar de ayudar.

—No le veo lo milagroso —dijo Alice. —Heidi está aquí, en Seattle.

—Eso no es posible. —Edward negó con la cabeza, aunque su ceño se frunció ligeramente. —¿Qué te hace pensar eso?

—La vi —aseguró. Entrelazó sus ojos verdes con los de su hermano, retándolo a contradecirla. —No necesito saber sus intimidades para reconocerla. La he visto una vez en mi vida, cuando la llevaste a casa de mis padres, pero no es una mujer fácil de olvidar. Tropecé con ella y tuvimos una pequeña conversación en la que, por cierto, me pidió que no te dijera que estaba aquí.

—Y aquí estás, cumpliendo tu palabra —asintió Edward sonriéndole a su hermana traviesamente. —¿Qué está haciendo aquí?

—Odia Washington, eso es evidente —afirmó disconforme. —Pero vino porque quiere hablar contigo, reanudar lazos. Quiere arreglar las cosas. Captó mi atención algo que dijo pero no puedo recordarlo textualmente… Murmuró que había cosas que no tenían arreglo.

—En realidad fue una estupidez por la que dejamos de hablarnos —aceptó Edward. —Pero entonces creí que era lo acertado y lo reafirmo. Aunque ahora, quizá, podamos ser amigos de nuevo.

—Y, ¿cuál fue esa estupidez? —interrogó Alice. —Si no es indiscreción.

—Para ti no lo es, hermana —admitió. Lucía más animado, había una pequeña sonrisa en sus labios y su expresión no era tan decaída como al principio de la conversación. — Ella tenía intenciones románticas conmigo y yo le dejé claro, de la forma más cortés que encontré, que no le correspondía. Ella pensó que podría obtener algo de mí, pero no es exactamente como si yo estuviera desesperado por compartir con alguien más mi vida. Creo que he tenido suficiente por un tiempo.

— A mí no me parece una estupidez —resaltó Alice. —Es bastante serio, de hecho. No puedes botar a una mujer y esperar que siga teniendo buenos sentimientos hacia ti. Deberías de saberlo.

—Sólo se sintió atraída. No es como si estuviera enamorada de mí —aseguró con firmeza. — Sería risible.

—No creo que lo sea —objetó. —Pienso que sabes que no es la única a quien le atraes —dijo, disimulando una risilla. —Por lo que sé, me parece que escuchaste cierta conversación con Bree.

—«La pongo nerviosa» —dijo, a la vez que rodaba los ojos. —Es completamente ridículo. Ella es once años menor que yo. Tiene quince, ¿cierto?

—Cumplirá dieciséis pronto—secundó Alice.

—Como sea. Tanto ella como Heidi no tienen ni siquiera una razón para que yo les atraiga. Soy bastante antipático, de hecho. Pero no quisiera herir los sentimientos de Bree, por lo que trataré de ignorar el hecho. Ella es indiscutiblemente adorable, pero en la forma en que una niña lo es.

—Qué sabio eres —farfulló con sorna. —Y, a decir verdad, sí podrías hacer algo para mejorar tu carácter. Trata de ser un poco más optimista —instó amablemente.

—No ha habido muchos detalles positivos últimamente —discrepó, pensando en los pequeños que habían muerto frente a él aquel día.

—Sí que lo hay —afirmó esbozando una sonrisa feliz. —Te compré un traje. Seguramente lo enviarán mañana, espero que te guste.

—Gracias, Al —murmuró confundido. —Pero yo ya tengo muchos trajes. ¿Para qué quiero uno nuevo?

—Para la fiesta de compromiso de Emmett y Rosalie —soltó, incrédula. Apenas le cabía en la cabeza que lo hubiera olvidado

—Pero, Alice, para eso es…

—En una semana —le recordó, alzando sus cejas amenazante. —Si faltas Emmett nunca te perdonará —advirtió. —Apuntalo en tu agenda, señor Ocupado.

—Asistiré —prometió. —Aún con lo que eso implique.

—No seas melodramático —regañó, bridándole un suave golpe en el hombro. —Si a lo que te refieres es si Bella estará ahí, sí, lo estará. Y tienes que pasar tiempo junto a ella pero debes recordarte que no es por ti ni por ella, es por Emmett.

Alice miró el reloj digital sobre la mesita de noche con preocupación. Era tarde. Era hora de marcharse antes de que Jasper entrara en pánico. Nunca había conocido a alguien tan paranoico como él.

—Alice —llamó su hermano con timidez, sacándola de sus cavilaciones. —Gracias.

—Si necesitas hablar con alguien, sólo tienes que llamarme —lo alentó. —Quiero a mi hermano de vuelta y no voy a descansar hasta traerlo a mí.

—Es bueno hablar de vez en cuando —admitió. —Había olvidado lo buena amiga que eres.

—También yo había olvidado un poco esto —confirmó. Tomó su mano suavemente, dándole un débil apretón. —Aquí no hay lados, Edward. Ella es mi amiga y siempre lo será. Pero tú nunca dejarás de ser mi hermano; y esa es la única razón que necesito para apoyarte. Recuérdalo.

—Te están esperando, ¿cierto? —observó Edward, contemplando su repentina inquietud.

—No; pero no quiero que esté preocupado por mí—alegó con cierta nostalgia. Le gustaría quedarse ahí, en su dormitorio, como cuando eran niños y se protegían entre ellos. Quería arrancar del pecho de su hermano aquello que lo hería día a día y se negaba a externar.

—Me preguntaba… —comenzó dubitativo. —Me preguntaba si tú… Dios, hace tanto que no digo esto que ya no sé cómo hacerlo. ¿Querrías quedarte?

A Alice le sorprendió que él se sintiera de la misma forma. Tal vez aún quedaran los restos de la inexorable conexión que solían tener. Esperaba poder reconstruir lo que ambos habían contribuido a echar abajo. Su fraternidad había mermado con el tiempo y ninguno había hecho nada para detenerlo.

—Leíste mi mente —concedió. Le regaló una sonrisa tranquilizadora, prometiéndole que todo iría bien en silencio. Todo iría bien porque él era su hermano y lo protegería hasta el último de sus días. No permitiría que nadie lo dañara más. Ya no.


Buenas tardes, jóvenes amigas.

Sé que debí actualizar ayer pero tuve contratiempos... En fin, sonarán a excusas idiotas así que no daré muchas más explicaciones que estuve un poco enferma y una semana especialmente larga.

Primero quisiera decir que por aburrido y corto que se vea este capitulo, es importante. Y esta pequeñaconversación abarca nueve hojas de Word y me tomó mucho tiempo hacerlo. Sé que suena bastante patético pero... bien. Leí todos sus reviews y me pareció que era importante introducir un poco más aparte de Bella. No es como si aquí mi amado protagonista sea un reprimido, sin vida social sólo tuvo un mal día.

Qué más, qué más... Me siento mal por lo que sucedió en Monterrey, el incendio del casino. Creo que vamos de mal en peor, así que les pido a todas las que no son de mi querido México, rueguen por nosotros. Esto va muy mal.

Para las que no lo sepan el Sheraton Hotel es un hotel. No sé por qué puse esos, sólo fueron los primero que pensé, sin plan de publicidad o algo (?).

El siguiente capítulo ahora SÍ será "Compromiso". Creo que tienen una idea de lo que se trata. Me gustan las fiestas de comprommisos. Es como una oportunidad previa para arruinar las bodas...

Gracias por la paciencia,

Nos leemos

Liz

P.D.: Amo a Edward y a Alice.


04.09.11