Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


Lying here with you so close to me it's hard to fight these feelings when it feels so hard to breathe.

Caught up in this moment; caught in your smile.

Lady Antebellum


Capitulo 7: Sólo un baile

Bella tomó sus cosas del escritorio guardándolas rápida y descuidadamente dentro de su bolso. Era tarde. El reloj rodeaba las cinco y media y aún le quedaban un par de aburridas horas de carretera. Si se apresuraba, quizá podría llegar a Forks cuando su madre aún estuviera despierta.

—Toc toc —murmuró Charlotte asomando su cabeza por la puerta entreabierta. —¿Puedo ayudarte?

—Casi termino —agradeció con una sonrisa dulce—. Debería haberme ido ya.

—¿Ansiosa por ver al bastardo? —preguntó ella mientras entraba y tomaba asiento en un sofá ubicado en una esquina. —Estará ahí, ¿cierto?

Bella tuvo que rodar los ojos, pero no pudo evitar reír a carcajada limpia. Charlotte nunca había tenido la confianza suficiente para preguntar directamente qué era lo que él había hecho y Bella tampoco se lo había dicho; pero sabía que cada vez que se encontraban era muy desagradable para ambos.

—Sí, estará ahí —confirmó. —Por el amor de Dios, es la boda de su hermano. Pero no tengo las más mínimas intenciones de verlo.

—Creí que era tu pareja —arguyó cruzando su pierna derecha sobre la otra. —No me has dicho su nombre.

—Es mi pareja; pero eso no significa que tengamos que revolotear de aquí para allá tomados de la mano—resopló con impaciencia. —Y no viene al caso mencionar su nombre.

Charlotte observaba sus movimientos rápidos y precisos, con un deje nervioso. Ambas sabían que nunca le había dicho su nombre porque parlotearía todo el día sobre él sin darle un minuto de descanso a Bella. No entendía su afán por recordarle su existencia, si ella hacía su mejor esfuerzo por eliminarlo de su mente.

—Tendrás un fin de semana interesante —apostó Charlotte. —Y con algo de suerte, también yo.

—No hagas nada de lo que te arrepientas mientras no estoy —advirtió. —Estoy segura de que Peter estará muy agradecido de que mamá se quede en casa con él.

—Sólo es una cena esta noche, ni siquiera llega a clasificarse como cita—explicó con un suspiro. —Aunque me gustaría —agregó resignada. —¿Cuándo regresas?

—Mi madre querrá que esté en Forks por lo menos hasta el domingo —declaró. —El lunes por la noche estaré en Seattle, seguramente.

—Significa que desayunarás conmigo el martes —casi ordenó. Bella apenas le dedicó una mirada y asintió. De todas formas comía con ella cinco veces a la semana.

—¿Quién es él? —abordó nuevamente el tema.

—El hombre más atractivo que he conocido —exclamó soñadoramente. Pasó sus dedos por su cabello, ligeramente alterada. —Y Peter lo adora; fue gracias a él que lo conocí. De verdad tengo que comprarle algo a mi hijo.

—Así que saldrás con un hombre que conociste por casualidad gracias a tu hijo porque es atractivo —caviló en voz alta. Por fin era libre de irse cuando quisiera. Apagó el computador y se levantó con premura. —Esa es definitivamente una decisión muy madura.

—Suena horrible si lo dices así —acusó. —No es exactamente como tú piensas.

—Pero me aproximo —aseguró Bella mirándola a los ojos con confianza. Se enfundó en su abrigo y tomó su bolso. —Te lo ruego, Charlotte Evans, no hagas nada idiota o incoherente.

—Lo mismo para ti —dijo con cariño. — No dejes que te lastime, Bella. No mereces eso.

—Trataré de ignorar cualquier cosa que diga o haga —prometió para ella y para sí misma. Caminó hacia la puerta con rapidez, preocupada por la hora.

—¿Y cómo ignorarás lo que tú sientes? —inquirió Charlotte. La pregunta se quedó en el aire, flotando hasta sus oídos, taladrando su cerebro. Esa era, sin duda, una pregunta que llevaría en su mente por un tiempo. Intercambió una mirada con Charlotte pero no dijo nada. No había nada que decir.

Pasó horas conduciendo sobre el límite de velocidad. El asfalto húmedo hacía incluso más estúpido el hecho, pero no tenía tiempo para las leyes de tránsito. Tenía que dormir. Rosalie estaría muy enfadada si no estaba a primera hora en casa de los Cullen. Sabía que, aunque se negara, se vería obligada a pasar horas y horas frente al espejo y a usar un vestido elegido por la novia que ella ni siquiera sabía el color. Malditas amigas controladoras.

Tal y como pensaba, su madre estaba despierta cuando llegó a Forks. Eran casi las diez y ella, usualmente, ya estaría envuelta en sus sábanas, dormida. Pero ahí estaba, sentada tomando un desabrido té de limón. Era risible lo mullido que lucía su cuerpo menudo, debajo de tantas capas de ropa. Hacía un frío endemoniado allá afuera.

Bella se preguntó si no sería en esa época cuando su madre extrañase más a Charlie. Su padre, por seco e introvertido que pareciera, solía tener mucho cariño dentro de él. Es sólo que nunca lo decía en voz alta. Bella estaba segura de que era él y la calidez de su cuerpo lo que hacía que Renée quisiera permanecer en la cama hasta tarde. Ahora, seguramente, sería muy duro para ella enfrentarse a una cama sola y fría por las noches. Bella reprimió un sollozo nostálgico; la ausencia de su padre estaba impregnada en cada pared de esa casa. Estaba internamente feliz de no vivir ahí, no podría manejarlo tan bien como su madre.

Su antigua habitación era acogedora. La rodeaba de recuerdos agradables y un pasado libre de dolor. A diferencia de su apartamento, ahí tenía una apariencia más joven de sí misma, más inmadura; incluso, probablemente, más feliz. Veía en los rincones lugares perfectos para el juego del escondite y en una de las paredes colgaba un cuadro que Rosalie había pintado para ella. Casi podía ver a Alice sentada en el suelo viendo fotografías. Los ecos de las risas de Emmett y los comentarios alentadores de Jasper seguían ahí. Y finalmente estaba Edward. En cada centímetro de la habitación se encontraba él, con sus sonrisas torcidas y miradas deslumbrantes; estaban sus palabras cariñosas y sus abrazos reconfortantes. Y es que ahí no dolía recordar, porque tenía diecisiete una vez más y el tiempo no había transcurrido; su corazón estaba entero y su alma tenía la tranquilidad de estar en buenas manos.

No iba a atormentarse por recuerdos tan felices; no iba a añorar un pasado muy pisado. Tomaría lo bueno y desecharía lo malo. Agradecería las bendiciones que su vida le había proporcionado y no las que le habían sido arrancadas. Saldría de su agujero y caminaría al futuro.

Las manos de Esme, tersas aunque nervudas, sujetaron las de Bella con delicadeza matronil. Había entrado al lado de Emmett a la casa de los Cullen, la cual sufría cambios drásticos desde tempranas horas. Removían muebles y se lustraban los pisos, nunca había visto los candelabros tan brillantes; había mesas por todos lados, destinadas a algún lugar del jardín. Había hombres trabajando de un lado a otro, dirigidos por la dulce voz de Esme. Era paradójica la firmeza de sus órdenes, considerando su tamaño y el timbre de su voz.

Había interrumpido sus trabajos para recibir a su hijo y a Bella. Miraba a Emmett con orgullo y admiración. Peinó su cabello acomodando sus rulos, alzando sus brazos lo más que podía para alcanzar la cabeza de su hijo. Emmett rió satisfecho y besó la frente de su madre. Esme veía, detrás de su mentón cuadrado y fuerte, su gran estatura y la madurez de sus facciones, al niño que ella había criado.

—Gracias por todo lo que estás haciendo por nosotros, mamá —murmuró Emmett en voz baja. — No hay forma de que Rose y yo podamos compensar todo lo que has hecho.

—Lo hará si está contigo el resto de su vida —comentó Esme. —Viviste aquí dieciocho años y te aseguro que no es un reto fácil vivir contigo, hijo.

—Creo que Rosalie sabe eso, Esme —secundó Bella. —Pobre chica.

—Llegas tarde, Isabella —exclamó Rosalie desde las escaleras. Bajaba con gracia escalón por escalón; su cabello atado en una coleta bailaba con cada paso apresurado. Lucía tensa y estresada.

Bella tuvo toda la mañana ocupada. Ayudaba aquí y allá, afinando detalles para que todo fuera como lo habían planeado. Aún no comprendía por qué Rosalie quería una fiesta de compromiso si tarde o temprano la gente se enteraría de su boda. Cuando se lo preguntó a Emmett él tampoco supo explicarlo. Dijo que si era lo que ella quería, entonces lo haría.

No sabía donde cabrían todas las personas que había invitado. Rosalie había tenido la fabulosa idea de invitar a cada uno de sus compañeros de preparatoria. ¡Cómo si hubieran forjado tan buenas amistades! Tenía la sensación de que su intención era demostrarles a los demás que, después de todas sus habladurías, ella sí llegaría al altar con Emmett Cullen. Rosalie tenía un ego tan grande como el jardín de los Cullen.

Rosalie parecía estar a punto de explotar. La hora fijada se aproximaba más y más y su cabello aún era un desastre y no tenía idea de donde estaba su vestido. Bella pensó para sí misma que ella ni siquiera sabía cómo era su vestido.

Todo era un caos. Las personas corrían en direcciones opuestas, arreglando detalles que nunca se le hubiera pasado por la mente. Veía un borrón pequeño de cabello oscuro correr tan rápido que si fuera a las olimpiadas, traería el oro a casa. Alice tenía más energía de lo normal. Jasper, por su parte, trataba de seguirle el paso pero, evidentemente, no era del todo posible.

La habitación de Alice se había convertido en un gran vestidor. Había maquillaje por todas partes; las pinzas para el cabello se amontonaban sobre el tocador y bolsas de vestidos colgaban del clóset llamativamente. Bella había traído consigo su pequeño alhajero y no fue hasta que lo sacó de su maleta que se dio cuenta que había tomado también un estuche

Lo reconoció de inmediato y no pudo evitar preguntarse cómo había llegado ahí. Lo abrió con discreción observando su hermoso contenido. La caja resguardaba celosamente su más grande tesoro. No era su valor monetario—porque estaba segura de que era bastante costoso—, sino sentimental lo que lo hacía invaluable. Sobre el terciopelo del estuche reposaba la pulsera de plata que Edward le había regalado cuando cumplió diecisiete años. El corazón cristalino que colgaba de ésta brilló a contraluz.

Aquél había sido el peor cumpleaños que hubiese tenido nunca. Entonces, había demasiadas preocupaciones que agobiaban su mente, con Alice inconsciente y un secreto que no tardaría en develar. Y, aún así, Edward había aparecido con una sonrisa en el instituto con ese estuche asegurando que no le había costado ni un centavo. Él, literalmente, le había dado su corazón. Después de ese día nunca se había quitado la pulsera, para el placer de Edward. Pero cuando había vuelto a Nueva Jersey con el alma hecha pedazos sin desear un solo recordatorio de él, la había guardado en lo más profundo de su armario.

No iba a usarla, por supuesto. Era maravillosa a la vista e inconfundible. Pero era por lo mismo que nunca volvería a ponérsela. Ahora carecía de significado y, si él la viera, la reconocería al instante. Esa era una humillación que no estaba dispuesta a vivir. Puso el estuche sobre el tocador, tratando de olvidarse de él y concentrarse en su cabello.

No estaba muy segura de saber cómo usar las ardientes tenazas; le aterraba quemarse los dedos o las orejas. Alice le había mostrado un par de veces cómo rizar su cabello pero lucía más sencillo de lo que en realidad era. Finalmente, tras varios intentos calientes y fallidos, logro asirla correctamente. Le tomó casi una hora arreglar su cabello correctamente, formando sinuosos rizos que caían por su espalda formando una cascada curvilínea. Veía por el espejo a Rosalie maquillar su rostro cuidadosamente, milímetro a milímetro; mientras, Alice se enfundaba en un sedoso vestido tan largo que casi rozaba el suelo aun cuando estaba usando los zapatos más altos que Bella nunca hubiese visto.

Se ignoraban entre sí, ocupadas en ellas mismas. Bella estaba orgullosa de lucir suficientemente decente para la ocasión sin haber necesitado ayuda. Quizá Alice tuviera razón y había aprendido bien a través de los años. Ni siquiera escuchó cuando Rosalie abandonó la habitación, seguida por Alice. Ellas tenían una lista muy larga de pendientes todavía, sin importar la hora.

Cuando llegó la hora de buscar su vestido, se encomendó al cielo, rezando porque fuera medianamente aceptable. Podía esperar desde un espantoso tono coral hasta un impúdico escote frontal. Suspiró agradecida al descubrir que era mucho más hermoso de lo que ella hubiera imaginado. El violeta mate contrastaría con su piel y parecía haber sido hecho a las medidas exactas de su cuerpo.

Se enfundó en él, comprobando la suavidad de la tela fina. Le sentaba bien, acentuando sus atributos y disimulando sus puntos débiles. El problema comenzó cuando descubrió que el broche se encontraba exactamente en el único centímetro de su espalda que no lograba alcanzar. Estiró sus brazos cuanto pudo en un vano esfuerzo de cerrar el vestido pero le fue imposible. Rendida, dejó caer sus brazos adoloridos a sus costados. La parte superior del vestido cayó en su regazo, sosteniéndose únicamente de sus caderas. Estaba tan concentrada que no escuchó que tocaban la puerta.

Estaba de pie, tratando de averiguar la forma de terminar con esto de una buena vez, comenzando a fastidiarse. Pegó un brinco cuando la puerta se abrió súbitamente.

—Alice, Esme te necesita en… —dijo Edward amablemente, interrumpiéndose a sí mismo, ofuscado.

Bella siseó, cubriendo su cuerpo con el vestido. La sangre se acumuló en sus mejillas haciéndole a él querer soltar una carcajada, pero se contuvo.

—Alice no está aquí; si no importa trato de vestirme —espetó alzando su mentón, en una lucha perdida por recuperar su orgullo. Estas cosas sólo le pasaban a ella.

—Fallidamente, por cierto —observó él.

Entró en la habitación contra la voluntad de su acompañante. Bella conocía sus intenciones que, por buenas que parecieran, no estaba dispuesta a dejarlas cumplir. No iba a dejar que le tocara un solo cabello. Asió con fuerza la tela de su vestido, enterrando sus dedos en su tersura mientras daba un paso atrás.

—No seas ridícula —resopló. —No voy a hacerte daño —agregó mirando la forma desesperada en que mantenía la tela pegada a su cuerpo, avergonzada de que la hubiese visto en ropa interior. —Vamos, Bella, no es como si fuera a ver algo nuevo.

—No necesito tu ayuda —dijo por lo bajo. Sin embargo, dejó que él se detuviera detrás de ella y cerrara el puñetero broche y subiera la cremallera que sus dedos no alcanzaban. Era eso exactamente lo que quería evitar: sus dedos. Sus dedos dulces y delicados contra su piel en una caricia implícita. —Gracias —se vio obligada a decir cuando él se hubiese alejado de nuevo.

—De nada —dijo con simplicidad. Dio un paso adelante cuando un objeto en especial en el tocador llamó su atención. Bella no necesitó seguir la dirección de su mirada para saber qué era lo que veía con tanto interés.

Tomó su maquillaje discretamente para llevarlos a su maleta. Con toda la discreción que le fue posible, tomó el estuche y quiso llevarlo a un lugar seguro pero su misión no llegó a su término.

— ¿Qué es eso? —inquirió curioso.

—No te incumbe, Edward —respondió con más brusquedad de la necesaria. Por la expresión en su rostro, supo que había arruinado su momentánea buena voluntad hacia ella. Su negativa sólo había despertado el irrefrenable deseo de saciar su curiosidad. Estúpida caja que arruinaría su ya estúpida vida.

—Yo he visto eso antes —murmuró para sí mismo. —¿Qué es? —insistió, ahora demandante.

Antes de que pudiera reaccionar tomó la caja de sus manos con tosquedad. Usaba esos movimientos ásperos, propios de él cuando ella estaba cerca.

—No es importante —replicó tratando de recuperar el estuche. Su semblante serio e imperturbable no era más que una máscara que caería en cualquier momento. El miedo corría por sus venas, como agua helada, tensándola de pies a cabeza.

Debía evitar a toda costa que abriera la caja. No solo su orgullo estaba en juego; no tenía idea de qué pensaría si descubriera su contenido. Quizá se reiría o la acusaría de nuevo con injurias sin sentido, atacando directamente su corazón. Ese corazón que le había costado tanto juntar los pedazos y, aún así, se mantenía roto tras las murallas que había construido a su alrededor, como una coraza inquebrantable; ese corazón que lo amaba con tanta intensidad como hacía muchos años atrás.

Él levantó el estuche por encima de su cabeza, riendo por sus vanos intentos de recuperarla. Sus carcajadas eran tan sinceras que no pudo evitar recordar aquellos días en el prado. Ésos, en los que reían de cualquier cosa; aquéllos lejanos días de primavera que bromeaban entre beso y beso; ésos en que él le susurraba en el oído cuánto la amaba.

Sin embargo, esa nota cínica que le partía el alma estaba presente, burlándose de ella. Sus risas habían dejado de ser compartidas, para ser dirigidas a ella. Su sonrisa encantadora, deslumbrante había dejado de pertenecerle hace mucho, ni siquiera ella podía saber exactamente desde cuándo; sabía que había sido antes, tal vez semanas, quizá meses, antes de aquél día. Aquél en que su mundo entero se había derrumbado como un huracán que llega repentinamente y arrasa con la costa.

Y, sin importar aquello, ella le seguía perteneciendo, centímetro a centímetro.

— ¿Qué escondes, regalos de todos tus enamorados? —insultó con sutileza, sabiendo que iría directo a su orgullo. La caja suave y tersa le era familiar pero no lograba recordar de dónde.

—Ya te dije que eso no te importa. Devuélvemela. Es mía.

—Tómala—desafió, sabiendo que su estatura era insuficiente.

—¿Cuántos años tienes, doce?

—Tal vez gasté demasiados contigo —la diversión en su voz se desvaneció. La amargura salió a flote instalándose en su rostro para no abandonarla otra vez.

Fue un golpe directo a su pecho, traspasando su caparazón y abriendo una enorme grieta en su corazón. Mas logró disimularlo. Su rostro no se movió ni un milímetro, manteniendo su careta. Por un segundo se preguntó si valía la pena seguir fingiendo, al fin y al cabo, él conocía cada rincón de su piel, sin dejar un solo secreto de su cuerpo sin desvelar.

—Eres un… —se cortó a sí misma sin tener la palabra adecuada para describirlo.

—Un, ¿qué? Anda, dilo. No está mi madre por aquí que pueda escuchar lo que en realidad eres.

—Un traidor —musitó después de unos instantes.

El falso odio que destilaba trataba de lastimar tan siquiera una milésima parte de lo que ella había sido lastimada. Se recriminaba cada noche pensando si en verdad sus palabras herirían a Edward; se maldecía, pensando en la estúpida que era por dañar a un hombre como él.

Después volvía a insultarse por caer en los juegos de ese hombre que la había engañado y ahora pretendía ser inocente culpándola a ella.

—¿Traidor? —indagó Edward con una sonrisa torcida. El comentario le parecía cómico o interesante forma de describirlo. —¿Por qué, por no consentir tus crueles deseos? ¿Por no permitir que me mintieras? ¿O por no caer en tus embustes? Eres una gran actriz, Isabella pero yo no soy idiota.

Bella pensó en su fuero interno que sí lo era, y mucho. La expresión de Edward vagaba entre la seriedad y el entretenimiento, formando una sonrisa jocosa intermitente, aunque ambas actitudes con ese aire de sufrimiento que disfrazaba tras el sarcasmo.

—Eres un traidor, o al menos así denominaría yo a alguien que miente y lastima de la forma en que tú lo hiciste.

— ¿Ah, sí? ¿Sabes cómo denominaría yo a lo que tú hiciste?

— ¿Debería importarme, amor? —remarcó el apelativo con la misma dulzura que solía usar años atrás.

Él la ignoró. Se negó a reconocer la daga que había incrustado en su torso con esa ironía; cuánto había deseado que ella repitiera eso sintiéndolo de verdad, tanto como lo sentía él.

—Asesinato —farfulló con tanto resentimiento que su rostro se volvió más duro de lo que jamás lo había visto. El rencor era visible en sus pupilas y el tono de su voz. Tan palpable como su rabia. Esa sencilla palabra había sido lo suficiente para soltar el antifaz que había llevado con tanto empeño. Sus ojos chocolate se humedecieron ante el recuerdo, pero trató de ignorar el dolor taladrando su pecho. — ¡Ahora finges que te duele! Por favor, a mí no me vas a engañar. Los dos sabemos exactamente cómo sucedió y la decisión fue completamente tuya.

—Tú no sabes nada. ¡No fue mi elección! Fue un accidente que no hubiera ocurrido si no hubieras estado burlándote de mí.

— ¡Yo ni siquiera estaba ahí, por el amor de Dios! Si no fuera porque Heidi me telefoneó yo…

— ¡Cómo tienes el descaro de nombrar a esa frente a mí! No me interesa qué clase de relación tengas con ella pero, ten claro, Edward, que no ella no es mejor que yo. Si yo soy una mentirosa ella…Ella es una cualquiera.

—No te permito que hables así de ella —gruñó.

—Oh, discúlpame, es que ella es tan buena… —exclamó con sarcasmo.

—Ella es una mujer de verdad.

—Ella te tiene en sus manos y tu eres tan imbécil que no te das cuenta —gritó con furia, dejándose llevar por los celos que la embargaban.

—Lo que no entiendo, amor —usó el mismo tono que ella había usado con aquel sobrenombre — es por qué no se lo contaste a nadie. ¡Ni siquiera a Renée! Ella hubiera dado todo por ti, ella y Charlie te hubiera apoyado hasta el final. No les hubiera importado lo despreciable que fueses.

—Ya te he dicho que no sabes nada. Si no le conté a mi madre fue porque no quería verla sufrir, pero claro, tú no sabes lo que es evitarle un dolor a alguien que amas.

—¡Qué dulzura, así no sabría la clase de persona que eres!—el desdén en su voz era insoportable. Quería tirarse al suelo y abrazar sus rodillas y así evitar desmoronarse de nuevo; quería suplicarle que aclararan todo y que le permitiera amarle abiertamente.

Pero el orgullo pudo más. Levantó su palma dispuesta a abofetearlo pero él sostuvo su muñeca apenas unos diez centímetros alejados de su mejilla.

—Cuidado con lo que haces —bramó.

—Cuidado con lo que dices. Si no te gusta mi presencia, bien, la puerta es muy ancha —. Zafó su antebrazo de su fornido agarre y señaló la puerta de la habitación.

Era la primera vez que se enfrentaban cara a cara de esa forma, sin reservaciones.

—Te has olvidado de un insignificante detalle, cariño —le acarició la mejilla melosamente y acercó su rostro al suyo como si fuera a besarla. Ella tuvo que resistir el impulso de recargar su cara contra su amable mano; tuvo que luchar contra el recuerdo de aquellas manos vagando y recorriendo cada parte de su cuerpo, exponiendo cada enigma que escondía su ser. —Ésta —habló con suavidad y frotó sus narices, dejándola completamente hipnotizada —es mi casa.

Dio un paso atrás inmediatamente, su prudencia se había ido a la basura. Tenía que aceptar que aún cuando trataba de disimularlo la atracción que sentía hacia a él era ineludible. Por un segundo había creído que iba a disfrutar del placer de sus labios.

—¿Lo es? —intervino la voz gruesa de Emmett.

—Emmett, ten la amabilidad de no meterte en donde no te llaman —reprendió su hermano como si le hablara a un niño pequeño

Bella se recordó a sí misma darle un enorme abrazo por salvar su dignidad.

—Yo no veo ninguna de tus cosas aquí, hermano —murmuró dando un sorbo a su copa de vino. —Que yo sepa, es la casa de nuestros padres.

—Pero… —él iba a replicar inteligentemente, pero Emmett se le adelantó.

—Que yo recuerde, los tres —señaló a Edward, después a Bella y por último a sí mismo — compartimos mucho tiempo en esta casa y Esme ama a esta mujer como si fuera su hija. Así que, ¿por qué no sería su casa?

Nadie habló por unos minutos. El silencio tenso llenaba el ambiente solo interrumpido por la incesante música que había comenzado a sonar unos minutos atrás en el piso de abajo. Bella tenía el impulso de reír incansablemente pues por primera vez en mucho tiempo, alguien había puesto al íntegro Edward Cullen en su lugar.

—Bella. —Dirigió su mirada hacia ella y le sonrió con una calidez que le recordó a Carlisle — ¿Por qué no vas abajo y disfrutas de la fiesta? Apuesto que Rosalie se sentirá hostigada por los empalagosos invitados y eso que recién llegan.

Ella asintió, contenta de que la liberaran de aquel desagradable momento. Emmett le guiñó un ojo y le abrió la puerta. Volvió a cerrarla con suavidad y dio media vuelta para encarar a su hermano.

—¿Qué demonios sucede contigo? —vociferó furioso mirándolo, fulminándolo.

—Estabas escuchando —reprochó Edward enfrentándolo sin muestra de intimidación alguna.

—Ese no es el tema, Edward. ¿Por qué le haces esto? ¡Por qué! ¿No te das cuenta del sufrimiento que le causas o lo haces deliberadamente?

—Sufrimiento —repitió esa palabra que conocía tan bien y soltó un bufido. —Tú le crees. Estás cayendo en sus mentiras, Emmett, así como yo caí.

—¿De qué diablos hablas? Ella es exactamente la misma persona que conocí cuando tenía siete.

—Ella nunca fue lo que creímos.

—¡Nos engañó a los seis años! ¿No merece un Óscar? —la ironía con la que hablaba era humillante. No daba ni daría ningún crédito a las palabras de Edward.

—No sabes lo que estás hablando —gimió, sintiéndose solo. Deseó no estar en aquella situación y abrazar con todas sus fuerzas a Bella pero los recuerdos invadían su mente impidiendo que la perdonara; odiándola por impedir algo que había deseado tanto. —No puedo creer que confíes más en ella que en mí, que soy tu hermano.

—Tú no has confiado en mí —contraatacó. Le sorprendió la determinación con la que hablaba Emmett, no era usual en él. Era bien sabido que él bromeaba hasta que la seguridad y la estabilidad de su familia fallaban. — ¿Qué fue lo que pasó?

Era la primera vez que alguien le preguntaba tan directamente lo sucedido. Le dio la espalda, escondiendo las lágrimas que se habían anegado en sus ojos.

—Ella hizo lo más ruin, lo más mezquino que puede hacer una persona. Hizo lo único que no podría perdonar.

Su voz no se quebró, pero su garganta amenazaba con soltar un sollozo. Emmett puso una de sus pesadas manos sobre su hombro. Lo último que deseaba era que Edward pensara que le daría la espalda por ella, pero tampoco iba a permitir que continuara actuando de esa forma tan cruel.

—Bella es la persona menos egoísta que conozco. Creía que por eso te habías enamorado de ella. Ella es diferente.

Él estaba siendo tan comprensivo como debía ser un hermano mayor. Pero había algo que no le permitía confesarle la verdad. No era vergüenza, no se sentiría expuesto con su hermano pues siempre se habían brindado un apoyo mutuo inexorable. Sin embargo, seguía sintiendo esa complicidad con ella, ese acuerdo silencioso de no revelar su secreto. Si ella no lo había hecho, él tampoco lo haría. Sería lo último que haría por ella; el último misterio que compartirían y sería el hito de su ruptura; el último símbolo de confianza y amor que le brindaría.

Bella se apresuró al piso de abajo, caminando con cuidad de que sus zapatos permanecieran en su lugar. La casa estaba repleta de personas enfundadas en finas ropas fingiendo sonrisas entre ellos. Había más gente de la que podría imaginar. El personal de servicio que asistía el evento iba de un lado a otro, llevando y trayendo bocadillos, atendiendo amablemente a los invitados. Sólo Rosalie estaría complacida con semejante parafernalia.

Vio a su madre hablando en voz baja con Esme, dirigiendo miradas al piso de arriba. Ellas lo sabían. Siempre se preguntaría cómo era que ellas podían saber el momento preciso en que algo trascendente estaba sucediendo. Renée la miró directamente a los ojos, a pesar de la distancia. La profundidad de sus ojos azules buscaban cualquier clase de emoción en su hija; una emoción que no encontraría. Edward tenía la razón en algo: había aprendido a actuar. Disimularía el resto de la noche y después correría a casa de su madre para desmoronarse sin testigos.

Tomó asiento en el jardín trasero, dispuesta a pasar el resto de la noche sentada ahí, quizá acompañada de una copa de champaña. Las horas eran largas, contabilizando minuto a minuto de tedio. Rogaba porque la noche terminara tan pronto como fuera posible, aunque sus deseos no eran exactamente fáciles de realizar. La luna estaba en su apogeo, redonda como un plato, destellando reflejos plateados sobre el jardín. El bullicio crecía embotando sus sentidos. Miraba su reloj de pulsera de cuando en cuando, agradeciendo cuando el minutero ya había dado la vuelta entera.

La música era suave, se deslizaba en el aire acariciando los oídos de los presentes. Rosalie estaba radiante. Había algo más que una sonrisa en su expresión. Ella era la viva representación de la dicha absoluta. Saludaba a los invitados con cortesía y le dedicaba tiempo a cada uno, como si fueran los únicos en todo el lugar.

Inconscientemente, lucía su anillo en cada saludo, en cada fotografía. Al final de la noche no habría un solo invitado que no hubiera sido cegado con el brillo de su anillo de compromiso. Aunque su tamaño no dificultaba mucho su tarea. Era sofisticado, elegante y exquisito. Era el anillo indicado para Rosalie. Parecía que hubiera sido hecho para ella, aunque la realidad era que había pertenecido a la familia Cullen por muchas generaciones.

Bella la observaba desenvolverse entre la gente. Lo hacía de maravilla. Había una sonrisa amable en todo momento, aunque Bella podía notar los momentos exactos en que se volvía hipócrita. Dio el último sorbo a su copa. No debería beber más si no quería arruinarle la noche a su amiga. El sabor dulzón del champán atravesó su garganta, irritándola un poco.

Acomodó un mechón de su cabello castaño detrás de su oreja. Estaba cansada de estar ahí, pero no podía simplemente irse como si nada. Ella era la madrina. Debería saludar a los invitados junto a Rosalie y disfrutar del baile. Pero no podía. No se sentía con ánimos de fingir con desconocidos una felicidad que no sentía.

Se preguntó si Charlie la instaría a bailar con él, aunque ambos fueran un desastre a la hora de danzar. Bella odiaba bailar, le hacía recordar su infancia, los tiempos en que había disfrutado bailando ballet. Pero siempre alguien hallaba una excusa para obligarla y, al final, lo disfrutaba.

El único detalle con aquella idea era que el único capaz de hacerla olvidar su nombre, estaba en alguna parte de ese salón, repudiando su presencia a cada segundo. Se descubrió a sí misma buscándolo con la mirada y se sorprendió al notar que estaba solo a unos cuantos metros de distancia. El episodio que habían protagonizado parecía no haberlo inmutado en absoluto.

Padrinos. ¿Quién había sido el estúpido que había estipulado que los padrinos deberían ser pareja? Lo descubriría y se encargaría de que recibiera su merecido. Edward intercambiaba palabras con Carlisle y otro hombre que Bella reconoció, después de unos instantes, como el doctor Gerandy. Su cabello oscuro se volvía ralo y había encanecido; había arrugas alrededor de sus ojos modificando notablemente su rostro. El doctor Gerandy ya no era el hombre que había conocido cuando era niña; ahora se acercaba más a ser un anciano que un hombre. Se preguntó si alguna vez había envidiado Carlisle, quien parecía que el tiempo no lo había cambiado en absoluto.

Edward sintió su mirada penetrante clavada en su nuca y, como adivinó, cuando hubo mirado hacia atrás era Bella quien lo contemplaba con interés. Creyó que ella se ruborizaría sintiéndose descubierta, pero no fue así. Por el contrario, ella soltó una risilla y le sonrió traviesa. Él arqueó las cejas, confundido. Bella nunca despegó su mirada de sus ojos verdes, había un tono pícaro en ellos. Cuando le regaló un guiñó y retiró la mirada, Edward confirmó que había estado bebiendo. Esa era la única explicación lógica a su comportamiento. ¡Ella quería estrangularlo sólo unas horas atrás!

Rosalie comprendió la misma idea que Edward, por lo que se disculpó con uno de los compañeros de trabajo de Emmett y se dirigió a ella. Bella atraía la atención de los demás. Lucía bastante entretenida estando sentada ahí, sola.

—¿Te encuentras bien, Bella? —dijo Rosalie con angustia, disimulando una sonrisa para los demás.

—Nunca estuve mejor, Rose—respondió. Rosalie se dio cuenta de su voz falsa inmediatamente, incrementando su preocupación.

— ¿Por qué no bailas? —sugirió, sentándose a su lado. —Diviértete.

—No hay nadie que quiera bailar conmigo —afirmó desafiante. —O nadie que tú aprobarías.

Había visto a Jacob en alguna parte mientras tomaba su segunda copa, pero ahora el recuerdo no era muy claro. Él era su única salida, pero ahora no estaba segura de si en verdad era él o sólo se le parecía.

—¿Qué quieres decir? —pregunto vacilante.

—Vamos, Rosalie —resopló. —No soy estúpida. Haré esto por ti porque sé que es lo que sueñas. Me pararé en la iglesia del brazo de mi «pareja» pretendiendo que estamos bien aunque no sea verdad. Lo haré por ti, pero no me pidas más. No me pidas que le diga al mundo lo malditamente enamorada que estoy de él —dijo con irritación, hablando a susurros. Sus ojos se habían tornado vidriosos e incluso ella se había sorprendido de sus palabras.

—No te estoy obligando —respondió comprensivamente.

—No —confirmó. —No va por ahí, Rose. Lo haré y estaré contenta de verte feliz. Pero, a pesar de lo que piensan todos, él y yo no encajamos juntos. Ya no.

La contempló por unos segundos, esperando uno veredicto. Sus ojos violáceos temblaron con arrepentimiento. Su pequeña discusión se vio interrumpida por la repentina irrupción de una nueva voz.

—Emmett necesita hablarte —susurró Edward con dulzura.

El orgullo que sentía hacia Rosalie era tangible. Ellos siempre habían tenido una relación curiosa. Simplemente no se soportaban. Pero había un apoyo fraternal entre ellos inquebrantable. Rosalie siempre consideró que Edward era su pequeño hermano, como Jasper, pero un poco más insoportable y un poco menos callado.

Ella le sonrió, aun con las dudas en la cabeza acerca de lo que les estaría haciendo a Bella y a él, forzándolos a estar juntos. Secretamente guardaba la esperanza de que el tiempo que compartieran les ayudara a recuperarse mutuamente.

—Ya tuve suficiente de ti por ésta noche, ¿no crees? —dijo fastidiada, haciendo un mohín. Rosalie se contuvo de replicar. Ese no era su asunto y Bella estaría colérica si trataba de meterse.

—Deberías dejar de beber —recomendó a Bella cuando Rosalie se hubo escurrido entre la gente, con cierta lástima en la voz.

Ella lo miró indignada. ¿Por qué todos creían que estaba ebria? Había tomado tres copas y media hasta ahora. Y sólo porque no tenía nada mejor que hacer. ¿O habían sido cuatro y media?

—Deberías meterte en tus asuntos —respondió en tono mordaz.

—Deberías disimular—dijo en tono persuasivo. Ella quiso creer que estaba alucinando cuando se dio cuenta de que era el tono seductor que quería usar para convencerla de hacer algo.

—¿Sabes? —dijo inspeccionando su aspecto. —Eres más lindo cuando mantienes la boca cerrada.

—No podría habértelo dicho mejor —concordó. —Baila conmigo —sugirió tendiendo su mano con delicadeza.

—Estás de broma —aseguró incrédula.

—No recuerdo la última vez que bromeé contigo, Bella —murmuró impaciente. —Baila conmigo —repitió aterciopeladamente.

—¿Hay alguien más voluble? —preguntó para sí misma. Ella era perfectamente consciente de que él sería el héroe de la noche una vez más, salvándola a ella y a los novios de la humillación pública. No quiso buscarle explicación a su comportamiento; sabía que buscaba que dejara de llamar la atención de la gente y con eso era suficiente. No veía la razón para buscarle tres pies al gato.

Bella dudó unos instantes pero asió su mano. Él no pudo evitar notar que sus manos aún eran tersas y su roce ligero como una pluma. Se puso de pie con cierta torpeza, pero él la ayudó apoyarse posicionando su mano en su espalda desnuda. Debía recordarse respirar y no quedársele viendo más de lo necesario. No pensaba que fuera educado que Bella notara su irregular respiración.

Se golpeó mentalmente por no haberse esperado aquella visión. Ella era hermosa. Siempre lo había sido. Él debía aceptar que nunca había conocido a alguien como Bella. Ella tenía una belleza sencilla, natural. Ella lucía más hermosa cuando era sólo ella misma. Se preguntó cómo era posible que no lo hubiera notado antes, mientras estaban en el segundo piso. Después se recordó que había estado ocupado recriminándole el pasado de la forma más hiriente que había encontrado. Tal vez Emmett tuviese razón y ella merecía una disculpa. No volvería a meterse con ella.

Bella tomó una bocanada de aire, antes de dejar que Edward rozara su cintura con los dedos e hiciera que pusiera su mano en su hombro. Sus manos libres se entrelazaron, junto a ellos, brindándole un sentimiento de protección incomparable. Podía recordar la última vez que habían estado en la misma posición. En su mente se coló el pensamiento de que, aquella vez, él la miraba cariñosamente y depositaba constantes besos en sus labios.

Él era un bailarín innato. La hacía sentirse cómoda entre sus brazos, sin importar la canción que sonara. Sus pies se deslizaban en el piso con gracia, sin un solo error, como una coreografía perfecta. Se obligaba a no mirarlo a los ojos para que de su boca no se escaparan las palabras equivocadas. Ella misma tenía que aceptar que, quizá, estuviese un poco ebria.

Inconscientemente recostó su cabeza en su hombro, inspirando profundamente. Su olor no había cambiado. Ese aroma que la envolvía y la hacía caer a sus pies se conservaba. Era parte de él. Sentía su nariz rozar sus largos cabellos peinados en un estilizado arreglo. Creyó haberse vuelto loca cuando los labios de Edward rozaron su oreja. Él no había hecho eso, seguramente había sido su imaginación.

—Lo lamento —murmuró tan bajo que no estuvo segura de haberlo escuchado.

—¿Qué?

—Lamento haberte hablado de esa forma —volvió a susurrar. —No fue correcto.

—Hay una diferencia entre lo correcto y lo adecuado.

—No fue correcto —repitió. —Eres una mujer y debería haber respetado eso.

—¿Por esto querías que bailásemos? —inquirió en cierta forma ofendida. Preferiría que no hubiera dicho nada.

—No, no fue sólo por eso.

No supo en qué momento se acercaron tanto que sus narices casi se rozaban. Era consciente de que él la miraba a los ojos pero ella no le devolvía la mirada. La canción era tan íntima que los hacía sentir que no había nadie alrededor. La música iba despacio, como si quisiera que ellos estuvieran de esa forma un largo rato. En sus acordes finales, él la hizo girar hábilmente, haciendo que su vestido volará en el aire y después cayera graciosamente en su lugar de nuevo, rozándole los dedos de los pies.

La atrajo hacia él de nuevo en un movimiento preciso y certero, envolviéndola con sus brazos en algo más parecido a un abrazo que una simple posición de baile. La había acercado con tal fuerza que no cabía ni un centímetro entre ellos.

Sus sincronizados movimientos se detuvieron al mismo tiempo que la música. Permanecieron uno frente al otro sin atreverse a mover un solo músculo. Bella temió que si respiraba, su cuerpo estaría incluso más cerca del de él. Pensó que sufriría una combustión espontánea.

O, en el peor de los casos, caería a sus pies una vez más.

Una repentina, aunque inconmovible, determinación apareció en ella: nunca volvería a caer a sus pies. Jamás. Nunca permitiría que la hiciera pedazos como había hecho antes. Jamás se hundiría destrozada por su causa. No volvería a derramar una sola lágrima por él, se prometió. Aunque, dentro de ella, era consciente de que, por la noche, mientras yaciese en su cama, lloraría como una niña anhelando su presencia.

Ella desearía haber caído, pero no era prudente. No era lo mejor para ella y para los pequeños pedazos de su corazón.

Vio la forma en que el rostro perfecto de Edward se acercaba a ella peligrosamente. Su dulce y mentolado hálito la golpeó, instándola a derretirse ahí mismo. Su nariz rozaba la propia y sus ojos buscaban los suyos. Pero ella ahora solo veía sus labios acercarse. Se regañó a sí misma por ladear su cabeza ligeramente, permitiéndole que sus labios superiores se tocaran ligeramente. Por un instante, creyó que se volvería loca. Tuvo la consciencia suficiente de retroceder un centímetro, manteniéndolo lejos. Aunque el parecía tener la completa y firme intención de besarla.

—No lo hagas —suplicó en un susurro quebrado. Se sintió patética con semejante tono de voz. —Por lo que más quieras, no lo hagas.

Despegó la mirada de sus labios para levantarla y, aunque era un tanto complicado debido al exceso de cercanía, contempló su total desconcierto.

—No si quieres que conserve la cordura —quiso añadir, pero no le pareció un comentario acertado. Aunque a estas alturas le era difícil pensar con claridad.

Él reforzó su abrazo alrededor de su cintura, haciendo que sus huesos se volvieran esponjosos. Bella cerró sus ojos, con la inútil esperanza de que esto le trajera una solución coherente. Sin embargo, fue ella misma quien acortó la distancia un poco más.

—Edward, por favor —rogó.

Él se separó de ella lo suficiente para que su dedo índice pudiera presionar sus labios verticalmente, haciendo que guardara silencio. Cuando sus labios volvieron a estar libres, sin que pudiera controlarlo, murmuró:

—Yo te a…—se interrumpió a sí misma cuando se dio cuenta de lo que le iba a decir. Menuda estupidez. —Yo no soy tan idiota como piensas —se corrigió rápidamente adquiriendo cierta amargura en la voz. —No vas a alimentar tu estúpido ego haciéndome esto, Edward. Nunca más.

Con toda su fuerza de voluntad, lo empujó por los hombros suavemente, liberándose por fin de su abrazo. Giró en redondo torpemente y caminó hacia adelante antes de que su subconsciente la traicionara de nuevo.

—¡Bella! —la llamó a sus espaldas. En un acto reflejo, giró la cabeza para mirarlo. —También yo—prometió con seguridad antes de desaparecer entre la multitud.

Sus pies parecían estar pegados al piso, preguntándose a qué se refería. No fue hasta minutos después que lo relaciono con lo que estuvo a punto de decirle. Quería decirle que lo amaba. ¿Se refería él a lo mismo?

Quizá. Pero no permitiría que sus palabras derrumbaran lo que había construido en todo ese tiempo. Al final, ya no compartían nada. No había compartido nada más que un baile.


Buenas tardes, personas.

Is somebody still there? Tengo que aceptar que tuve el capítulo desde ayer a las 9 de la noche; pero tenía que revisarlo aún porque estaba segura de que está medio raro y bueno... Me entraron las náuseas y un terrible dolor de cabeza. Quizá esté embarazada... Bromeo. Lo siento, chicas, pero les dije que estaría aquí el ffin de semana, y aquí estoy. Si quieren culpar a alguien más por mi tardanza culpen a Milla Pattzn porque estuve leyendo El Chismógrafo. No me llevó mucho tiempo pero... bueno, no más excusas. Léanlo, es bueno. Nevermissme tiene la culpa de todo lo que pasó aquí. Ella quería un baile, así que ódienla a ella. La escena donde están en la habitación de Alice originalmente estaban en la oficina de Carlisle, pero la tenía que poner. Esa fue la primera escena que escribí :'). La modifiqué un poco pero conserva la mayoría de sus puntos.

Espero que les haya gustado. Es algo confuso y bipolar. Quiero decir, es raro que primero se quieran matar y luego bailen. Para las que no lo entendieron del todo, aunque Bella no lo acepte, estaba ebria. El siguiente capítulo se refiere un poco a Charlotte y a su casi-novio... Díganme qué piensan. ¿Conclusiones? La mía es que están tan enamorados como el señor y la señora Cara de Papa. También agradézcanle o recrimínenle a Nevermissme que ya tengo el final. Habá dudado acerca de la escena y tengo que modificarla pero ese es, definitivamente, el mejor final que se me ocurre.

Tengo que darles las gracias por todo. Pasamos los 100 reviews (soy ambiciosa y me gustaría saber si llegamos a los 150) y tengo alrededor de 140 favoritos en mi bandej de entrada. Muchísimas gracias a todas por sus ccriticas, comentarios alentadores y halagdores.

Quiero resaltar que escarlata ojala hizo un compentario muy acertado: si amas de verdad, perdonas. Ella lleva la razón, ¿uh? Pero en este caso hay mucho más que una simple disculpa. engo que reconocer que ustedes tienen razón, hay mentiras hay secretos, hay cosas que cambian su perspectiva por completo. Como le contesté a ella, les digo a ustedes: personalmente, sin una disculpa explícita, no creo que haya algo que perdonar. Quizá diferimos, pero eso es exactamente lo que quiero que me digan.

Btw, no olviden que el martes 13 (cumpleaños de Bella) se estrena el segundo trailer de Amanecer. Vi el teaser trailer y... 3 No espero mucho de Amanecer pero eso superó mis expectativas. Leí en un grupo que por la diferencia de horarios estaría disponible desde el lunes a las siete de la noche pero no comprendo eso del horario del centro y el del este... Así que estén pendientes:)

Que tengan una excelente semana.

Besos

Liz