Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


So I want to say thank you

'Cause it makes me that much stronger, maks me work a little bit harder

It makes me that much wiser

So thanks for making me a fighter

~Christina Aguilera


Capitulo 8: Gracias

Sus músculos estaban cansados. La mañana era fría, sin un solo rayo de sol. Sus cortinas, recién adquiridas, trataban de mantener el calor dentro, pero su gruesa tela no parecía ser suficiente en la interminable lucha contra la helada. Los vidrios ligeramente empañados lloraban, como consecuencia de la llovizna nocturna.

Sus huesos se sentían pesados a cada paso que daba. Se preguntó si Charlotte estaría muy enfadada si la dejaba esperándola. No había un motivo especialmente importante por el cual quisiera salir de casa. No tenía ánimos ni de pasarse por la oficina. No creía que su presencia fuese necesaria por este día.

Paseó por su habitación, buscando algo adecuado que usar. En el momento en que se deshizo de su blusa sintió como si alguien la mirara fijamente. Rodó los ojos para sí misma, estaba siendo paranoica. Nadie estaba ahí. Quizá estuviese nerviosa.

Ató su cabello en una coleta alta y descuidada. Lucía más desaliñada que de costumbre, pero no le importaba. Tomó su gruesa chaqueta del perchero, resignada a abandonar el hogareño calor de su apartamento. Tomó el pomo de la puerta principal pero, antes de que pudiera girarlo, timbró el teléfono.

El repiqueteo era estresante. Taladraba sus oídos perforando hasta su cerebro, donde el tintineante sonido retumbaba hasta volverla loca

—¿Hola?

—Bella —suspiró la voz femenina contra el auricular. —Me alegra que aún estés en casa.

—Estaba por salir —comentó amablemente. —¿Pasa algo, Charlotte?

—A decir verdad sí—confirmó apenada. —No podré verte hoy. Peter está ardiendo en calentura.

El corazón de Bella se encogió de ternura y preocupación. Peter era el niño más hermoso que hubiera conocido, con una alegría innata insuperable. Había algo en sus movimientos pueriles que brindaban una dulzura casi embriagante.

—Oh—gimió. —¿Hay algo que pueda hacer por ti? ¿Ya has llamado a un doctor?

—No mucho—refutó cortésmente. —Pero gracias. Lo llamé ayer por la tarde pero estaba fuera de la ciudad, debe estar por llegar. Y… ¿por qué no vienes aquí? —sugirió súbitamente. —Sí, claro. Ven a mi apartamento y prepararé algo para ambas. ¿No es una excelente idea?

—No lo sé, Charlotte; no quiero ser una molestia.

—Peter estará muy feliz de que estés aquí y me gustaría saber si mantuviste tu promesa de no dejar que te lastimaran. Por favor, ven —suplicó.

—Estaré ahí en veinte minutos —accedió de buena gana. Sabía que hablar con Charlotte le haría bien.

Después de colgar, se apresuró a su auto y recorrió las calles húmedas de Seattle. Serpenteaba entre los otros coches ágilmente hasta encontrarse con el edificio de Charlotte. Había pasado por una dulcería que visitaba ocasionalmente cuando necesitaba un incentivo para continuar su día. Compró un montón de golosinas que, estaba segura, Peter amaría. Eran la clase de dulces que ella comía cuando era niña. Ese pequeño era un glotón de nacimiento. Quizá le subiría el ánimo.

Consiguió aparcar justo enfrente del edificio, para su buena suerte. Cruzó la calle con cuidado, volteando hacia ambos lados antes de caminar. El viento había desacomodado sus cabellos, por lo que de su bolso tomó un pequeño espejo de mano. Observó su reflejo por un par de segundos, sin prestarle mucha atención. Fue algo más lo que captó su atención: un hombre que caminaba por la acera de en frente. Fue casi un reflejo girarse y buscar con la mirada a ese hombre alto y delgado que andaba despreocupadamente detrás de ella. Estaba segura de que era Edward. Lo buscó con la mirada pero ahí no había nadie. Quizá se estuviera volviendo loca de verdad.

El apartamento de Charlotte era parecido en constitución al suyo, pero tenía una esencia muy distinta. Siempre estaba limpísimo, a pesar de que Peter era un revoltoso de primera. Los colores chillones resaltaban sobre las paredes claras y las suaves alfombras. Era un lugar lleno de vida, en el que se respiraba una comodidad innegable. Era ligeramente más grande que el de Bella. Pero aún así, estaba segura de que Charlotte no resentía la soledad que inundaba las frías paredes del hogar de Bella de vez en cuando.

—¡Creí que no vendrías! —exclamó Charlotte cuando la hizo pasar. —Comenzaba a preocuparme.

—Lamento la tardanza —murmuró. —Luces más animada de lo que te escuchabas en el teléfono.

—El doctor se fue hace un momento. Le prescribió unas medicinas a Peter y dijo que para mañana estaría como nuevo —argumentó soltando una exhalación de alivio.

— ¿Está en su habitación? —inquirió ilusionada. —Me gustaría verlo.

—Estará radiante —aseguró Charlotte, haciendo un ademán para hacerle pasar.

Bella se introdujo al pasillo, vacilante. Quizá estuviese dormido y sólo lo molestaría. Asomó la cabeza por la puerta y lo descubrió sentado cómodamente en su cama, con la espalda recargada en la cabecera, mirando la televisión.

—¿Puedo pasar? —preguntó dulcemente, llamando la atención del niño. Peter posó sus grandes ojos azules sobre ella. Dibujó una sonrisa en sus labios tan contagiosa como la de su madre.

En general, Peter era muy parecido a su madre. Tenía esa mirada azul profunda que parecía poder desarmarte pieza por pieza mientras te analizaban. Sus labios delgados siempre estaban bailando en una sonrisa, y su risa era tan melódica como la de Charlotte. Su nariz respingada tenía un aspecto más tosco a pesar su edad y sus pómulos no eran tan marcados. Pero Bella sabía que Charlotte debía haber sido exactamente igual a su hijo cuando era una niña. Y, aún así, no podías dejar de notar cierto parecido con el hombre de la fotografía sobre la mesita de noche del niño. Charlotte le había comentado alguna vez que esa fue la última fotografía que se tomaron con el padre de Peter antes de que falleciera. El niño lo adoraba, a pesar de que no tuviera ni un solo recuerdo suyo.

—¡Bella! —gritó el niño en un chillido agudo. —Mamá dijo que vendrías.

—Ella no te mentiría, cielo —dijo severamente caminando dentro de la habitación. —¿Cómo te sientes?

Peter frunció el ceño con disgusto. Se revolvió entre sus sábanas de franela con estampado de dinosaurios, incómodo.

—Mamá me obliga a tomar medicinas —frunció los labios. —Saben horrible.

—Cuando era niña también me obligaban a tomarlas —lo apoyó, revolviéndole el cabello oscuro y lacio. —Pero siempre es mejor a una inyección, ¿no lo crees? —fingió estremecerse para darle énfasis a su oración.

—A mí no me gusta —se enfurruñó.

—Oh, Peter, pero el doctor dice que así te sentirás mucho mejor muy pronto —lo incentivó.

—Él me agrada —comentó. —No miente, como los otros señores con los que sale mamá.

—¿Charlotte sale con tu pediatra? —inquirió. Peter asintió vehementemente haciendo a Bella fruncir el ceño. —Traje algo para ti —dijo, queriendo distraerlo. Tomó de su bolso los dulces que había comprado para él y se los ofreció. —Pero no te los comas todos de una, o te enfermarás de nuevo —advirtió.

El rostro de Peter se iluminó. No era su cumpleaños ni Navidad y Bella le había llevado el mejor presente que podría obtener. Lanzó sus brazos alrededor de sus piernas, que fueron lo único que estuvo a su alcance al estar ella de pie junto a su cama. Bella se inclinó para devolverle el abrazo fuertemente.

Vio en su rostro la somnolencia dibujada, claros efectos de los medicamentos. Lo arropó con suavidad y apagó la televisión, deseándole dulces sueños. Depositó un beso en su frente antes de dejar la habitación.

Caminó despacio para no hacer ruido de vuelta a la cocina, donde Charlotte tarareaba una canción. La invitó a sentarse a la mesa mientras ella iba de un lado a otro preparando el desayuno. Bella miró el reloj: marcaba las nueve y cuarto. Su estómago gruñía, enviando vibraciones por su abdomen.

—Casi termino —declaró Charlotte señalando lo que fuese que se estaba guisando en la estufa. Lo cierto era que desprendía un muy apetitoso aroma que le recordaba a Bella que debía haber tomado un tentempié. —¿Quieres algo? —preguntó señalando su propia taza de café.

—Sí —admitió Bella. —Quiero mi vida, para llevar si es posible.

Charlotte la contempló por unos instantes antes de volverse hacia la estufa. Suspiró con preocupación. Tenía que hacer algo por ayudarla pero no podía si ella no se lo permitía.

—¿Tan mal estuvo?

—Fue peor de lo que hubiera esperado —jadeó, dejando caer su cara entre sus manos. —Casi le confieso cuán enamorada estoy de él. Claro, después de haber tenido una acalorada discusión en la que sacó a relucir el pasado de la forma más hiriente que pudo.

—No entiendo cómo puedes amarlo después de todo lo que te ha hecho —dijo con cierto reproche.

—Estuvimos tanto tiempo juntos… Nada de lo que hace o dice tiene sentido para mí. Yo tampoco lo entiendo, pero sé que él es irremplazable.

—Es un bastardo —confirmó con voz fría. —Debe ser especialmente difícil para ti, tomando en cuenta que es hermano de Alice.

—Entre él y yo siempre ha habido algo complicado—declaró, dándole un sorbo la taza de humeante café que Charlotte le había extendido. —De niños estábamos aterrados de decir en voz alta cómo nos sentíamos. Crecimos juntos y eso hizo que nos conociéramos como a ninguna otra persona. Mis padres lo adoraban y los suyos a mí.

»O era así hasta que nos convertimos en pareja. Mi padre nunca lo superó. Estoy segura de que lo apreciaba, pero supongo que no podía perdonarle que fuera precisamente él quien arrancase a su niña de sus brazos. Sin mencionar que fuimos descubiertos más de una vez en una situación comprometedora —agregó obligándose a soltar una risilla. —Cuando estábamos en la universidad llegó un punto en el que mi padre me prohibió salir con él. No es como si fuera a obedecerlo, tenía diecinueve años, sabía lo que hacía. Sé que dentro de él no podría siquiera desagradarle, él es carismático por naturaleza, pero cada vez que volvíamos a casa era una tortura estar en la misma habitación que él. MI madre decía que sólo eran celos.

»Cuando Charlie estaba agonizando mencionó que deseaba verme antes de irse. Muy a mi pesar, no encontré forma de llegar Forks a tiempo. Sólo quisiera haber estado con él más tiempo antes de que partiese, y no evadir ese bendito pueblo olvidado por ser tan cobarde. Quizá hubiera podido pedirle perdón por no haberlo escuchado cuando me pidió que me alejase de él. No lo hubiera hecho, pero merecía saber que tenía razón.

—Estoy muy segura de que tu padre estará feliz si tú eres feliz —murmuró Charlotte sirviendo el desayuno. —Sólo quería protegerte. —Bella no contestó, haciendo que se produjera una atmósfera menos tensa, bajó el sonido de los cubiertos golpear la vajilla. —¿Crees que lo extrañe?—inquirió súbitamente. — Me refiero a mi Peter. ¿Extrañará a su padre?

—No tiene recuerdos de él —caviló Bella. —Tal vez a la larga sea eso lo más doloroso. No tener una imagen a quien aferrarte más que a las creadas por tú imaginación. No anhelas momentos que nunca viviste, pero sí te preguntas cómo habría sido tenerlos. Supongo que estará bien hasta que crezca un poco.

—Entonces no fue un buen fin de semana para ti, en definitiva —concluyó Charlotte.

—Tengo la sensación de que el tuyo fue más agradable.

—Algo así —suspiró, pero Bella no supo si era un suspiro resignado o uno anhelante. —Él es todo lo que alguien podría desear. Pero no parece estar interesado en una relación seria.

—¿Cuándo lo conociste, hace una semana? —indagó Bella. — No puedes esperar que quiera algo serio contigo después de haberte visto dos veces.

—La verdad es que lo conocí hace casi tres años—narró con expresión soñadora. —Estuve en urgencias porque Peter se abrió la frente. Mi pobre bebé no dejaba de llorar. Él era practicante o algo así. Me parece que estaba por terminar el internado. Recuerdo que era el hombre más guapo que había visto en mi vida, a pesar de lo ojeroso y cansado que lucía. Fue cariñoso con Peter, aunque supuse que así trataba a todos sus pacientes. No lo volví a a ver en años. Ni siquiera recordaba su existencia.

»Cuando el pediatra de Peter falleció, me vi obligada a buscar uno nuevo. Una de las vecinas de mi madre me recomendó un pediatra que, a pesar de ser recién egresado, parecía ser toda una eminencia. Cuando lo conocí casi me voy de espaldas: era él. Estaba incluso más guapo ahora. Peter se enamoró de él en cuanto lo miró. Le inspira confianza y obedece todo lo que él dice.

»Nos encontramos por casualidad en un restaurante hace aproximadamente un mes. Iba solo y me pareció muy descortés no invitarlo a sentarse con nosotros. Después se ofreció a traernos a casa. Siente cierta fascinación por Peter. Dice que es su paciente favorito.

»Hemos salido un par de veces, a solas. La otra noche fue estupenda, es una persona muy inteligente y llena de temas de conversación. Le apasiona su trabajo de una forma sorprendente. Todo iba bien hasta que nos besamos.

»Creo que no se lo esperaba, pero fue lo suficientemente cortés de devolverme el beso. Pensé que estaría disgustado, pero insistió en que saliésemos de nuevo mañana por la noche. Él es de verdad una gran persona.

—Te ves feliz con él, me alegra mucho —comentó Bella, mientras jugaba con el tenedor con su desayuno.

La vida era irónica. Charlotte tenía lo que ella deseaba, pero no con el hombre que ella había amado pues éste había muerto. Bella tenía la oportunidad que le daba estar viva de permanecer al lado de la persona a quien amaba, pero las circunstancias los había mantenido alejados.

—Él no ha tenido mucha suerte —declaró Charlotte, pensativa. —Quizá sea viudo o haya perdido a alguien muy querido. No habla mucho sobre sí mismo.

—Averígualo —recomendó Bella. —Quizá tenga un oscuro pasado y haya estado en prisión o desertó del ejército.

Charlotte soltó una carcajada que terminó por amenizar el desayuno. Sí, estar con Charlotte era definitivamente muy alentador.

Como se había prometido a sí misma ni de chiste se acordó de la existencia de su oficina. Pero sabía que irremediablemente tendría que ir al día siguiente si no quería que la amonestaran por su irresponsabilidad. A veces odiaba ser adulta.

Afortunadamente la mañana del miércoles fue más tranquila que de costumbre. Pasó la mitad del día sentada frente a su escritorio enterrada en borradores que debía revisar. Sin lugar a dudas, era el mejor trabajo que pudiese haber conseguido. No era desgastante ni demandante, por el contrario, disfrutaba cada minuto de su estancia en la oficina. Pero le fastidiaba tener que transportarse a la oficina, pudiendo trabajar desde casa.

La tarde caía cuando llegó la hora de volver a casa. Nunca le había gustado mucho la idea de llegar a su edificio por la noche estando sola. Era una cobarde de primera, tenía que aceptarlo. El encargado del condominio era un hombre robusto de ojos dormilones que dudaba seriamente que vigilara quien entraba y quien salía.

Cuando caminaba por la acera, cuando pasó al lado del señor Stone. Ese viejecito era el hombre más dulce que había conocido cuando llegó a vivir ahí. Vivía en el edificio adyacente; Bella a veces lo veía por sus ventanas leer pacíficamente sentado en el sofá, al lado de su esposa. Él le sonrió ladinamente, como si quisiera decirle algo y se contuviera. Siguió su camino sin cruzar palabra con Bella, dando lentos pasos largos a través de la calle.

Rebuscó distraídamente las llaves de su apartamento, de pie frente a la puerta. Pasó una mano por su cabello mientras daba un bostezo. Se estremeció, soltando un grito y dejando caer las llaves, cuando una mano se posó sobre su hombro.

—Llévese lo que quiera pero váyase —suplicó Bella, tratando de contener la respiración.

Sus músculos tensos no se relajaron ni un ápice en los largos segundos que su interlocutor no habló. Pudo respirar con serenidad cuando escuchó una sonora carcajada en su oído.

—Jasper —dijo bajo su resuello. Se giró para encararlo y por fin tranquilizar a su corazón.

—Lo lamento, no pensé que te asustaría —murmuró él con voz sedosa, persuasiva, aunque con un eco de sus risas.

—Casi me matas del susto —recriminó. Se inclinó para tomar las llaves del suelo y encajó la adecuada en el orificio del picaporte. —Pasa —lo invitó, antes de abrir la puerta.

—En realidad, pasaba por aquí y creí que te gustaría dar un paseo conmigo —admitió dulcemente. Puso su mano sobre la de Bella, impidiendo que girara el pomo. —Si quieres.

—¿Un paseo?

—Tú sabes, caminar un poco y quizá podrías aceptar una invitación a cenar —ofreció con calma. Bella lo observó fijamente. Estaba usando pantalones de vestir y una camisa. Tal vez, como ella, venía del trabajo.

—Me gustaría —confirmó.

Jasper envolvió su delgado brazo con el suyo, haciendo que volviera al vestíbulo y saliera a la calle una vez más. Preguntó cosas triviales, al igual que Bella. Contestaba amablemente, sin dar muchos detalles. Su carácter reservado le impedía externar más de lo que ya hacía.

Bella adivinó a qué se debía su repentino interés hacia ella cuando comprendió el ritmo que llevaban sus preguntas discretas. Emmett le había contado lo que había escuchado y, en vista que Alice, Rosalie y Emmett no había logrado mucho, decidieron enviar a Jasper a la misión.

—Estoy bien, Jasper, lo prometo —dijo con convicción. —Es extraño que estés aquí conmigo, en vez de con Alice.

—Me preocupo por ti —susurró mirando sus pies. —Paso con Alice todo mi tiempo libre; estoy seguro que a ella le encantará saber que estuve contigo hoy.

—Eres afortunado —mencionó mientras caminaban alrededor de una plaza a unas cuadras del apartamento de Bella. —Por estar con Alice, quiero decir —respondió a su mirada curiosa.

—Alice dice que es el destino —pensó en voz alta. —No creo que haya sido así. Todos tenemos suerte en cierta medida, pero algunos sabemos aprovecharla mejor que otros. Nosotros somos afortunados, Bella, muy afortunados.

—No puedo creer que hables en serio —murmuró mirando el cemento bajo sus pies, encogiéndose contra su chaqueta.

—Tú has pasado por lo que la mayoría de la gente desea tener durante toda su vida —argumentó. —Te enamoraste y tuviste una tórrida historia de amor que aún no termina. Atravesaste el país para hacer lo que querías. La persona que amabas atravesó varios estados más veces que cualquier otra persona sólo para verte. Tienes un grupo de amigos más grande que el de la mayoría. Hay gente que te quiere por quien eres y no por lo que has hecho a tu alrededor. Eres más afortunada de lo que crees, pero a veces te empeñas en ver sólo lo que has sufrido. Pero hay algo más allá de quedarse viviendo de recuerdos para siempre.

¿Cómo está el vaso, medio lleno o medio vacío? Le había preguntado retóricamente su más reciente amiga el día que la conoció. Iba a contestarle cuando una voz ajena a ellos la distrajo: conocía esa voz.

—Peter, no —exigía la voz aguda que, definitivamente, pertenecía a Charlotte.

La buscó con la mirada instintivamente. Estaba sólo a unos metros de ahí, mirando severamente a Peter con sus brazos en sus caderas. Pero había alguien más, un hombre. Bella pensó que sería él con quien había estado saliendo su amiga. Charlotte suspiró vencida, viendo como su acompañante corría tras su hijo, tratando de alcanzarlo.

Sintió la mirada de Bella en su nuca, haciendo que su cabeza virase. Esbozó una sonrisa al encontrarse con ella y que, además estaba acompañada. Se olvidó por un momento de la persecución de Peter y se echó a andar hacia ellos.

—Veo que te decidiste a salir con alguien —puntualizó burlonamente. Escrutó a Jasper de pies a cabeza, detectando cada pormenor de su constitución. La discreción no era una de sus tantas cualidades —Charlotte Evans, un gusto.

—Él es Jasper Hale —presentó Bella. —Pero no es lo que tú piensas. Él es el novio de Alice.

Charlotte no pudo evitar una mueca de decepción, mientras estrechaba la mano de Jasper. ¡Parecía tan buena persona! Pero estaba ocupado. Todos los buenos lo estaban.

Los árboles que adornaban la plaza eran altos y brindaban una fría sombra extraordinariamente grande. Casi creaban un campo protector alrededor de los senderos. Bella veía a Peter caminar tan rápido como le era posible tomado de la mano del hombre, aunque él iba por las sombras y no lograba distinguirlo. Su expresión era de entusiasmo desmedido.

El tema de conversación que Jasper había sacado a colación captó su atención, quitándole la mirada de encima al pequeño hijo de Charlotte. Entonces todo pasó muy rápido y no fue capaz de deducir qué había sucedido primero. Peter gritó su nombre ilusionado, la cita de Charlotte tomó su cintura y cuando alzó la mirada, adoptó la misma expresión boquiabierta de Jasper y Bella.

—Es hora de irnos, Charlie —había murmurado, pero su voz murió lentamente restándole cualquier emoción a su voz.

—¿Él…él es…? —preguntó Bella mirando a Charlotte fijamente.

—Él es Edward Cullen —dijo con orgullo, ajena al encuentro que vivía. —Edward, él es Jasper Hale.

Jasper reprimió una sonrisa burlona y estiró su mano con intención de estrechar la de Edward.

—Me parece haberlo visto antes, señor Cullen —dijo con aire misterioso. Edward rodó los ojos, pero estrechó su mano fraternalmente.

—Fue en casa de sus padres, señor Hale —señaló Edward con formalidad. —El día que naciste.

—¿Se conocen? Vaya, el mundo es un pañuelo —comentó Charlotte alegremente.

—Sí que lo es—secundó Bella con desdén.

—Edward, ella es Isabella Swan —dijo con tanta amabilidad como antes.

—Nos conocemos, Charlie —interrumpió Edward. —Nos conocemos más de lo que tú crees.

—Esto es una broma, ¿verdad? —exigió Bella mirando a Charlotte. —Estás saliendo con Edward Cullen.

—No comprendo…

—¡Bien hecho, Edward! —felicitó ella. —Sedujiste a mi amiga. No creí que pudieses llegar tan lejos. Juega con ella, como lo hiciste conmigo. Te sale bien.

—No trates de culparme —advirtió. —Yo no sabía que se conocían.

—Es una lástima que no te hayas dado cuenta que ella no es tan estúpida como yo —bramó. —Ella no caerá, Edward. Yo no lo voy a permitir.

— ¿Estás diciéndome que él —señaló a su derecha el pecho de Edward —es el bastardo del que te enamoraste?

La discreción estaba oficialmente borrada de su lista de cualidades. Edward ignoró la parte final del comentario y dijo en voz seca:

— ¿Bastardo?

—Mamá, ¿qué es bastardo? —preguntó Peter mirando hacia Charlotte. Ella lo tomó en brazos y murmuró tan bajo como pudo que se lo explicaría después.

—No encuentro un mejor calificativo para una basura como tú —increpó fúrica. — ¿Cómo te atreviste? ¡Deja de meterte en mi vida!

—Estás siendo paranoica.

Tomó una bocanada de aire antes de actuar, escrutando todo su cuerpo y su cercanía. Estúpidos hombres y su estúpido orgullo.

Ella atizó un puñetazo en su mandíbula con todas sus fuerzas, hundiendo sus nudillos en su piel. Él giró su rostro como resultado y un incontenible gozo la inundó mientras los escuchaba gemir de dolor. Sus dedos estaban marcados en sus mejillas como rastro del golpe, regocijándola de su acción. Normalmente se sentiría infinitamente culpable por haber actuado sin pensarlo dos veces, pero esta vez se sintió liberada. Sólo Dios sabía cuánto tiempo había deseado hacer eso.

—Eso es por él —dijo en un susurro malintencionado. —Y por todo el daño que me hiciste. Considéralo la disculpa que nunca recibí.

—No creo que sea yo quien deba pedir disculpas —gruñó, pasando una mano por su barbilla y sobarla con sus dedos.

—Siempre tan encantador —suspiró. —Pero adivina qué: disculpas no aceptadas. Púdrete, Edward.

Jaló por el brazo a Jasper en dirección contraria. Quizá había sobreactuado; tal vez había exagerado la situación creando una situación que no existía. Pero estaba muy cansada de esto. Jasper la seguía en silencio, mirando hacia atrás de cuando en cuando, viendo que Edward se había enfrascado en una discusión con Charlotte.

—Bella…

—Ni una sola palabra de esto a Alice, Jasper Hale —amenazó bajo su aliento, intimidándolo.

—Mis labios están sellados —aseguró. Cruzaron la calle, aún con sus brazos enganchados.


—¡Te advertí que ella era una mala mujer! —chilló Alice contra la bocina del teléfono. —Te dije que te traicionaría.

—Alice, ella no hizo nada —repitió por cuarta vez. —Ni siquiera Edward es culpable.

—¿Y por eso lo abofeteaste? —inculpó. —Esa mujer

—Ella se llama Charlotte y es mi amiga —la cortó bruscamente. —Sé que es difícil de creer pero no ha habido mala intención de parte de nadie.

—Ella no me interesa en absoluto —dijo con sequedad. —Pero tú sí.

—Estoy mejor que nunca. Debo colgar, Alice. Te llamaré si te necesito —prometió. No quiso esperar a que ella contestara y añadió sencillamente: —Adiós.

Caminaba distraídamente hacia su oficina. Los adoquines de mármol eran resbalosos pero se había habituado a atravesarlos con cuidado. Esa mañana se había levantado con el presentimiento de que su día no iría exactamente de la forma que su agenda lo estipulaba, pero tenía demasiadas cosas en las que pensar como para obedecer un pensamiento tan trivial.

La primera señal de que su intuición no se equivocaba fue cuando tropezó con la esplendorosa aspidistra que adornaba la entrada, plantada en una suntuosa maseta de jaspe blanco, a juego con el resto de la ornamentación del vestíbulo. Se había maldecido a sí misma por usar zapatos tan altos; su tobillo se había torcido de una forma que parecía imposible y, aunque no se había lastimado, podía jurar que hubo escuchado su tacón crujir.

Su mente estaba muy lejos de nimiedades como el estado de sus zapatos. Vagaba por los amargos recuerdos; unos tan lejanos que permanecían pegados a su memoria y otros tan cercanos que era imposible eludirlos.

Pasaba nerviosamente sus dedos a través de su cabello. Lo había dejado suelto, contenta de haber descubierto que casi había vuelto a tener el mismo largo de antes. Hacía años que no lo peinaba de esa forma, regularmente le era incómodo hacer su trabajo. Siempre estaba picándole la cara o cubriéndole los ojos. Era sumamente fastidioso.

No se dio cuenta por dónde iba cuando se cruzó en el camino de un joven que jamás había visto antes. Apenas logró verle el rostro, pues el enorme arreglo de flores que llevaba en las manos no se lo permitían.

—Disculpe —dijo inmediatamente.

El interpelado la miró, asomando la cabeza por un lado, como si estuviera agradecido de encontrarla. El ramo tenía un aspecto bastante pesado.

— ¿Es usted Charlotte Evans? —preguntó en voz baja. Su rostro se crispaba, mostrando la dificultad que le representaba tener entre sus escuálidos brazos semejante adorno.

—No, —contestó apenada por el pobre muchacho —su oficina es en el tercer piso —. Sintió una oleada de compasión y añadió antes de que él pudiera lamentarse—: Voy para allá, puedo guiarlo.

El joven asintió, pero Bella no pudo verlo, escondido entre las ramas verdísimas y las flores. No fue hasta que estuvieron en el ascensor ella reparó en la clase de flores que llevaba: fresias. Se dio el placer de olfatearlas; estaban frescas y unas cuantas gotas de rocío las hacía lucir aún más hermosas. No se acercó demasiado, sabiendo los efectos alérgicos que tenían sobre ella, aunque las fresias habían demostrado ser bonachonas en ese aspecto, pues no le causaban ninguna reacción. Ésa era una de las razones, además de ser bellísimas, por las que eran sus flores favoritas.

La otra era que Edward solía regalárselas constantemente.

Prefirió no tomar en cuenta su último pensamiento y condujo por el pasillo al repartidor. Saludaba con sonrisas (no excepcionalmente sinceras) a los empleados que pasaban a su lado. El área de Textos Escolares estaba en el mismo piso que el suyo —Literatura.

Conocía muy bien la ubicación de la oficina a la que se dirigían, y no tuvo problema en abrirla aun cuando Charlotte no hubiera llegado todavía —tenía una copia de la llave. Mirando su reloj de mano, se dio cuenta de que era muy temprano para estar en aquel moderno edificio en el que trabajaba.

Dejó pasar al joven, cuyo nombre desconocía, para que depositara con delicadeza el arreglo de fresias sobre una mesita de cristal que estaba desocupada. Él lucía aliviado de haber cumplido con su entrega y poder marcharse.

A distancia, Bella no logró descifrar el nombre rotulado en su gafete, pero sí el logo de una famosa florería cerca de su apartamento. El hombre se encaminó hacia la puerta, donde ella estaba de pie. No había notado su gran estatura, casi debía inclinarse para no golpear el dintel. Le tendió una minúscula tarjeta, envuelta en un sobre blanco.

—¿Podría entregársela a la señorita Evans? Se las manda… —la miró, pensando, como si quisiera mantenerla intrigada deliberadamente. —Cullen, pero no puedo recordar su nombre. Ed…

—Edward —le corrigió ella, con la realidad golpeándola tan fuerte que le costaba disimular. Era tan obvio que no lo había podido adivinar.

—Sí, él —afirmó el muchacho, calmado. —Por favor, no olvide dársela. El hombre parecía bastante estresado…Gracias, señorita.

Se despidió con una frase educada que Bella no retuvo en su mente. Salió a paso lento de la oficina, para dirigirse a la propia. Distraerse era lo mejor que podía hacer; era lo que había hecho por muchos meses cada que cualquier trivialidad amenazara con derribar las paredes alrededor de sí misma que le daban sostén. Le entregó la tarjeta a la secretaria de Charlotte, para evitarse el bochornoso momento de dársela ella misma. No quería que ésta supiera cuanto le afectaba un detalle tan estúpido como ese. No permitiría que sintiese lástima.

Agradeció tener muchos pendientes por solucionar que ocuparían por completo su mente por lo menos hasta la hora del almuerzo. Estaba segura que durante esas horas encontraría una excusa lo suficientemente buena para no tener que salir con Charlotte.

Leía atentamente un manuscrito que le parecía prometedor; le intrigaba cada letra, envuelta en la historia que se desarrollaba frente a sus ojos. Un par de golpes en su puerta la sacaron del mundo mágico en el que se encontraba inmersa. Con su dedo índice acomodó sus anteojos para leer que se había deslizado por su nariz. «Pase» murmuró situando un separador en el manuscrito.

—Buenos días, Bella —saludó Charlotte con timidez.

—Buenos días —contestó, sonando mucho más indiferente de lo usual. —Siéntate —agregó, para contrarrestar su repentina hosquedad, aunque fue demasiado tarde.

—Creo que deberíamos hablar sobre lo de la otra noche…

—No hay nada de qué hablar, Charlie. —Remarcó el sobrenombre sin darse cuenta. Sentía que la rabia ardía en su lengua, desesperada por culpar a alguien; pero Charlotte era la única inocente en toda aquella cuestión. —Creo que todo es más que claro, ¿no es así?

—Pudiste habérmelo dicho—recriminó con paciencia.

— ¿Qué? —continuó disimulando su indolencia.

—Que era él de quien me hablabas —puntualizó, como si fuera obvio. —Que era él quien te había destrozado.

—No sabía que se conocían —se defendió ella, mirando el manuscrito sobre su escritorio. Fingía leer, pero ni siquiera estaba en la página en que se había quedado. —De todas maneras, no importa. Ustedes son una linda pareja.

— ¡Por supuesto que importa! —exclamó. —Nosotros no somos una pareja, no en el sentido estricto de la palabra.

—Están saliendo —le recordó. —Por mí, es perfecto. Eres una buena chica, Charlie, él merece alguien como tú…

— ¡No se trata de él y de mí! —chilló en voz baja consciente de lo delgadas que eran las paredes. —Tú eres mi amiga y créeme que no pretendía hacerte daño. ¡Y para de llamarme Charlie!

—Lo siento, Charlie. Edward y yo no somos nada, y me alegraría si llegan a algo—mintió descaradamente. Estaba sentada en su silla con la espalda recta y los hombros tensos.

Charlotte se levantó de la cómoda silla de piel para acercarse al escritorio y poder mirarla a los ojos. Bella no levantó la mirada, conservando su postura impertérrita.

— ¡Eres tan cabezota! —resopló. La forma en que le irritaba su actitud le recordó mucho a Alice. —Es lo que he venido a decirte, Edward y yo no somos una linda pareja, date cuenta de que nunca llegaremos a ser más que buenos amigos.

—Mala suerte —suspiró. —Estoy segura de que si tratan…

— ¡Nada, Bella! —gritó, perdiendo los estribos. —Nunca podremos ser nada; él nunca podrá emparejarse conmigo ni con nadie —le aseguró. —Él sólo piensa en ti, cada segundo lo dedica a recordarte. Sólo busca excusas para hablar sobre ti.

— ¿En serio? —respondió con sarcasmo, aún sin despegar la vista de su lectura. —Bien, creo que encontró un reemplazo.

—Bella, no quiero que estés enfadada conmigo —suplicó.

—No lo estoy. —Levantó la vista para enfocar sus ojos azules. —Pero no me importa lo que Edward haga de su vida. Hace mucho que decidimos que lo mejor era seguir separados.

—No creo que haya sido su más brillante decisión. —Charlotte estaba fuera de sí, hastiada de ver cómo tanto Edward como su amiga se lastimaban mutuamente porque su orgullo podía más que cualquier otra cosa.

Sorpresivamente, volvieron a tocar la puerta interrumpiendo su acalorada conversación. Charlotte se dejó caer en la silla, apoyando sus brazos en los reposabrazos de madera, sintiéndose derrotada. Nunca lograría vencer a alguien tan obstinado como Bella.

—Señorita Evans, —llamó la secretaria con voz monocorde —perdonen si interrumpo pero la buscan…

—¿Quién? —indagó, sobando sus sienes para tranquilizarse.

—Su apellido es Cullen. —Bella pudo ver en los ojos de la chica las emociones refulgir en su rostro. Eran exactamente las mismas que demostraban todas las mujeres cuando conocían a su actual ex novio. —¿Le digo que espere?

—No —contestó Bella con fluidez. —Nosotras ya hemos terminado de hablar.

—No, no lo hemos hecho—replicó, enfadada porque quisiera aprovecharse de la situación.

—Claro que sí —sonrió con cinismo mirando a la secretaria para luego volver su mirada hacia ella. —Anda, no lo hagas esperar.

—Sé lo que significan las fresias para ti —dijo, queriendo entablar de nuevo la inexistente conversación. —No fue mi intención.

—Las fresias, las rosas y las margaritas son todas iguales para mí —rió, simulando una perfecta calma que hasta a ella le sorprendió.

—No lo des por zanjado —le advirtió. —Retomaremos esta charla en cuanto Edward se haya marchado.

—Esperaré con ansias, Charlie.

Cuando Charlotte estuvo lejos de su oficina, se golpeó mentalmente por lucir sus sentimientos con tanta facilidad. ¡Edward no significaba nada para ella! Había sido su mejor amigo de niños y su novio de adolescentes, sí, pero ahora no eran más que dos extraños que dedicaban todo su tiempo juntos a hacérselo lo más amargo al otro que les fuera posible.

Charlotte era una buena mujer. Tenía muchos problemas pero también tenía muchas ganas de vivir y solucionarlos. Tenía esa actitud de siempre encontrar el lado positivo del asunto y tratar de seguir adelante que ella nunca había tenido. Bella era más de las que le gustaba sufrir en silencio. Ella solía acurrucarse en los brazos de Edward sin decir una palabra. Eso era suficiente para que él supiera que algo andaba mal. En cambio, Charlotte se lo diría con todas sus letras, sin tapujos.

Lo que Bella no estaba tomando en cuenta era que lo que él necesitaba era uno de esos abrazos, no que lo atosigaran todo el día con imparables platicas irrelevantes. Bella nunca decía cosas irrelevantes.

Agudizó el oído para escuchar por lo menos una parte de su conversación, pero se decepcionó al saber que ellos entrarían a la oficina. Tomó rápidamente su bolso y su saco para salir disparada directo a la cafetería en la que ella y Charlotte solían almorzar. Era perfectamente consciente de que había salido una hora antes de lo establecido, pero le daría el margen perfecto para no encontrarse con Charlotte y Edward, quienes seguramente almorzarían juntos.

No comió. El estómago se le cerraba cada que pensaba en el hermoso arreglo de flores dirigido a Charlotte. No era envidia lo que sentía, estaba contenta de que Charlotte pudiera ser feliz. Eran celos los que no la dejaban vivir; era el anhelo del pasado lo que no le permitían continuar. Empezaba a creer que estaba obsesionada, mucho más de lo que había pensado. Quizá fuera patógeno.

Volvió a la oficina después de tres tazas de café. A pesar de su intolerancia a la cafeína, tenía la esperanza de que éste despejara su mente. Su intento fue fallido pues lo único que consiguió fue una inmediata visita al sanitario.

Cuando llegó al tercer piso se dio cuenta de que sólo había estado cuarenta minutos fuera. Su premonición matutina volvió a su mente cuando chocó con un cuerpo del que se desprendía una loción conocida.

Su nariz s estrelló contra el pecho de éste, permitiéndole llenar sus pulmones de la inolvidable fragancia. Automáticamente, lo rodeó con los brazos para no caer. Él puso sus manos sobre sus caderas, sosteniéndola con firmeza.

Su tacón finalmente cedió, dando un chasquido que arremetió contra sus oídos. Su pie se dobló una vez más, en un ángulo mucho más doloroso que en la mañana. Soltó un aullido lastimero cuando sintió que ya no era el tacón el que crujía sino su tobillo.

Una pequeña parte de su mente registró que era el mismo tobillo que se había roto cuando tenía doce años, tratando de bailar ballet.

—Oh, por Dios, esto duele —gimió.

—Ay, Bella —suspiró. Ella quiso devolverle el comentario sarcástico, pero las lágrimas se anegaban en sus ojos y el dolor la aturdía. No quería soltar un sollozo porque volvería la situación incluso más vergonzosa.

Él se sorprendió cuando sintió que sus pequeños dedos se aferraban a su camisa, desesperados. Fue entonces cuando reparó en la posición de su pie. Él podía recordar perfectamente el tiempo en que ese tobillo había estado roto. Él mismo le había ayudado a moverse por semanas.

—Oye, esto se ve mal —dijo con preocupación —. Déjame revisarte.

—Estoy bien —anunció. —Llamaré a Carlisle cuando llegue a casa.

—Mi padre es doctor, no mago —dijo. Sentía una intensa necesidad de revisarla él mismo. —Además, si esperas a cuando llegues a casa, además de que no soportarás el dolo, habrás molido tu hueso por completo.

—¿Por qué siempre quieres llevar la razón?

—Siempre la llevo, Bella. — Con cuidado rodeó su cintura, que era más estrecha de lo que recordaba, y la alzó pasando un brazo por debajo de sus piernas. —Deberías recordarlo.

—Créeme, lo hago —gimió cuando miró su pie. Comenzaba a amoratarse.

Ella omitió el detalle de que cada día recordaba, además de terco, era indudablemente caballeroso, sobreprotector y atento. Miró hacia otro lado, viéndose obligada a rodear su cuello con los brazos. Nunca admitiría lo malditamente cómoda que encontraba su posición.

—No montaremos una escena, ¿de acuerdo? —exigió, sintiendo las miradas inquisitivas de todo el mundo posarse sobre su cuerpo. Captó la peculiar mirada de Charlotte, quien parecía a punto de tirarse al suelo a reír.

—Por supuesto —dijo, irónico. —Nosotros jamás montamos escenas, ¿cierto?

Ella sabía perfectamente a lo que él se refería, pero lo ignoró. Las últimas veces que se había encontrado habían protagonizado acaloradas conversaciones llamando la atención. Últimamente el drama era su fiel compañero.

Insistió en caminar por sí misma pero él se negó rotundamente. Ahora ella era su paciente, no la mujer de la que se había enamorado años atrás para luego terminar abruptamente en una situación no muy cómoda.

Dentro de su oficina la hizo sentarse en el sofá que adornaba la pared este. Literalmente, sólo adornaba pues no recordaba haberle dado uso en ningún momento. Se hundió suavemente bajo su peso.

Silenciosamente Edward revisó su tobillo, descalzándola con habilidad. Ella sintió cosquillas cuando las yemas de sus dedos rozaron la planta de su pie. La miraba fijamente, asegurándose de que no hubiera fractura. Pidió a la secretaría un maletín de primeros auxilios del cual tomó un par de vendas con las que envolvió el pie de Bella.

Trabajaba sin emitir ni una palabra, excepto un par de gruñidos por lo bajo. Sus dedos eran como el roce de una pluma. Él era verdaderamente profesional, tenía que reconocer. Bella prefirió pensar que, debido a su constante trato con niños, debía ser mucho más delicado.

— ¿Cómo lo haces? —preguntó, concentrado en su tarea de enrollar la venda en el tobillo de ella.

—¿Qué?

«Tenerme a tus pies con un solo movimiento» quiso contestarle.

—No entiendo cómo haces para que todo el mundo siempre esté de tu lado —explicó.

—Aún no comprendo…

—Charlotte quiere que me mantenga alejada de ella —expuso, soltando una risilla. A él no le importaba demasiado, sólo lamentaba no poder formar una amistad con alguien como Charlotte. —Lucía tan avergonzada.

—¿Que ella te dijo qué?

—Lo que escuchaste—dijo con paciencia. —Dice que prefiere dejar las cosas como están antes de perder a alguien como tú. No lo comprendo, pero si es lo que quiere…

—Yo tampoco lo hago—admitió sorprendida.

—Como sea, supongo que es cosa de chicas —aceptó, encogiéndose de hombros.

—Me siento culpable, de verdad lamento haberlo arruinado. —Él se tensó, preguntándose si estaba siendo sincera, negándose a mirarla y comprobarlo. Sin darse cuenta sus dedos presionaron mucho más bruscamente su pie. — ¡Idiota, eso duele!

— ¿Yo soy idiota? —cuestionó, ofendido. —Disculpa, pero yo no fui quien tropezó.

—Estúpido engreído —dijo para sí misma, aunque él pudo escucharla perfectamente. Bella observó su rostro, no había marca alguna del puñetazo que le había propinado y él no parecía tener ánimos de mencionarlo tampoco.

—No hay fractura ni esguince, pero sería recomendable que sacarás una radiografía —comentó, ignorando sus ofensas. —Sabes que tu pie es frágil y podría romperse con algún otro movimiento.

—Lo haré, gracias.

—Por tu zapato no hay nada que hacer —lo alzó para que entrara en su campo de visión. —De todas formas no es bueno que uses tacones. Ten cuidado.

—¿Por qué haces esto? —quiso saber, desconcertada por su repentina dulzura. —¿Por qué me ayudas?

—No te sientas tan importante —resopló. —Lo hubiera hecho por cualquiera que necesitara atención médica.

—No me siento importante —contestó. —Sé que para ti no tengo valor alguno. Pero te lo agradezco, Edward.

Sin importar lo que pudiera haberle advertido, se puso de pie, haciendo que su pie izquierdo soportara casi la totalidad de su peso. Le tendió la mano y espero a que él se decidiera a estrecharla. Fue un corto apretón, aunque no pudo evitar sentir la calidez de sus manos y la suavidad de sus dedos.

—Gracias —dijo solemnemente, mirándolo a los ojos en un intento de demostrarle su sinceridad.

—No hay por qué.

—No, sí lo hay —respondió, firme con una sinceridad rayana en el sentimentalismo. —Gracias por todo lo que llegamos a ser que, aunque ahora no queda nada, puedo creer que un día fue de verdad. Gracias por todo lo que me enseñaste. Gracias por cada día en el que tú fuiste mi única razón para levantarme de la cama y seguir adelante. Gracias por salvar mi vida en más de una ocasión. Mi más honesta gratitud es lo único que puedo ofrecerte, Edward. Eso y el recuerdo de lo que solíamos ser a pesar de que haya sido hace tanto tiempo que no queden ni siquiera los más ligeros vestigios.

Él no se sintió con las fuerzas suficientes para entablar una conversación y mucho menos recordar junto a ella el anhelo de lo que no fue. Sin embargo, tampoco se sintió lo bastante fuerte como para reprimir sus impulsos. Ya tendría tiempo después para recriminarse por ser tan estúpido.

—Gracias a ti —contestó en voz baja, inclinándose hacia abajo para estar más cerca de ella de lo que había estado en años.

No se detuvo a pensar en lo arrepentido que estaría después y los estragos que causaría en él. Juntó sus labios contra los de ella. Eran inclusive más tersos de lo que recordaba. Por supuesto, no esperaba que Bella lo rodeara con los brazos, correspondiendo a su beso. Un beso tan desesperado y expresivo. Delataba la forma tan inquietante que habían extrañado la proximidad el uno con el otro. Y, sin importar lo reconfortante que pudiera ser la cercanía, sus brazos rodeando su cintura, sosteniéndola sin dejar un centímetro de espacio entre ellos, ella sintió la despedida en sus labios. Ese adiós silencioso que era, quizá, más doloroso que simplemente verlo lejos.

Suavemente, desasió su abrazo alrededor de la menuda figura de Bella. Se permitió cerrar los ojos antes de enfrentarla; encararla y afrontar esos ojos curiosos de los que se había enamorado cuando era un niño.

—Eso —habló con ese tono circunspecto que no presagiaba nada positivo — fue el adiós que no nos dimos nunca. Hasta nunca, Bella.

—Hasta nunca —dijo con la misma serenidad, luchando contra sí misma y los irremediables deseos de tirarse a llorar. —Hasta nunca, Edward Cullen.

Lo vio partir, sabiendo que sus palabras iban mucho más allá de lo literal. Lo volvería a ver, de eso no había duda, pero se despedía de la más mínima posibilidad de que ellos pudieran volver a ser quienes eran. Había un pequeño indicio de esperanza dentro de ella que prefirió ignorar, sólo lograría romperla más. Quiso convencerse a sí misma de que lo mejor era dejar todo en el pasado.

Pero aunque se empeñara en negarlo, seguía teniendo fe en Edward y en todo los sentimientos que alguna vez se había profesado.


Buenas noches.

Primero que nada quiero decirles que son las 11:28 en mi ciudad, o sea que aún es sábado. Estuve muchísimas horas trabajando en este capítulo, no tienen idea del sueño que tengo. Soy como los Sims, que me caigo de sueño.

No tengo mucho que decir además de que yo amé escribir el beso. Y también amé a Charlotte, indiscretamente hermosa. Ummm, quiero darle las gracias a nevermissme una vez más porque sin ella esto no sería realidad. Gracias, bebé, te amo. Se queja un poco de que haya gente que la odie porque inspiró a Heidi y porque ella se sabe el final de la historia y ese rollo pero es la mejor consejera del mundo. No te preocupes, cariño, tu dirección está a salvo conmigo :)

Quisiera aclarar que las fechas que ppongo (los meses, las fiestas blah blah, blah) van de acuerdo a MI hemisferio que es el mismo que en Estados Unidos. En general las fiestas de México son las mismas que en Estados Unidos, pero están basadas en lo que sucede allá, porque la trama es allá. Sé que esto parece sin sentido, pero de pronto me dicen las chilenas que porque si es diciembre se están muriendo de frío; o las argentinas preguntan por qué si no celebran el día del amigo o el día del amor y la amistad que me parece que es por septiembre. En mi hemisferio no es así, así que por favor piensen en eso antes de echarme en cara todos mis errores en cuanto a las fechas.

Muchisimas gracias por todos sus rewiews eran 145 la última vez que chequé. Espero que podamos llegar a los 200 pronto :)

Siento si hay alguna falta de ortografía o alguna palabra mal escrita, de verdad muero de sueño. Tengo muchisimas horas pegada a la computadora haciendo esto. Mis ojos ruegan descansar.

Espero que les guste,

nos leemos pronto

Liz

P.D.: Las frases que pongo al principio, no las pongo porque me gusten. O sea sí me gustan, pero tienen algo relacionado con el capítulo. Gracias.


(aún)

17.09.11