Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


People are people and sometimes it doesn't work out

Nothing we say is gonna save us from the fall out

~Taylor Swift


Capítulo 9: Love is in the air

Peter dejó caer con suavidad su vaso de plástico sobre la mesa. Agradeció en voz baja la cena con un gesto que Bella creyó que era lo más adorable que había visto. Sus pequeños labios carnosos se abrieron en todo esplendor y cerró sus ojos soltando un corto bostezo.

—¿Estás cansado, cariño? —murmuró Bella con noble preocupación. Tomó una servilleta y limpió las mejillas de Peter con tiento. Sus ojos azules lucían apagados, sin esa chispa refulgente que los caracterizaba. Él apenas asintió con la cabeza, como si no tuviera energía para realizar cualquier otro movimiento. —Mamá volverá pronto —prometió, mirando el reloj consternada.

Charlotte había prometido volver tan pronto como la convención a la que había sido invitada finalizara. La tarde caía en una puesta de sol asombrosa. Los rayos de sol traspasaban la ligera llovizna, que multiplicaba sus rayos rojizos de una forma espléndida.

A pesar de que tenía una habitación extra, llevó a Peter a su propia pieza y, tras deshacerse de sus zapatos, lo ayudó a acostarse y lo cobijó amablemente. El niño cerró sus ojos en cuanto su cabeza hubo tocado la almohada, entrando en un sueño completamente pacífico. Su expresión de absoluta paz lo hacía lucir como un pequeño querubín. Su piel pálida contrastaba con sus labios rosas que estaban entreabiertos y sus mejillas tenían un leve color rosado.

Bella tuvo un sentimiento dulce embargando su cuerpo viéndolo yacer algo tan pequeño en una cama tan grande. Charlotte había pasado horas pensando en si sería correcto pedirle a Bella que lo cuidase, sin saber lo placentero que le resultaba a ésta. Bella despeinó los cabellos lacios y oscuros de Peter contemplándolo un momento. Él había tenido un día muy largo, era comprensible que no pudiera mantenerse despierto.

A pesar de que era demasiado temprano, no tenía el corazón para dejarlo solo en una habitación que desconocía, por lo que se recostó a su lado y, poco a poco, cayó dormida ella también. No era un sueño profundo ni mucho menos, pero sí uno libre de malos sueños en el que podía descansar plácidamente.

Despertó poco más de una hora después, cuando el timbre tuvo como único propósito perturbar su tranquilidad. Había olvidado cerrar las cortinas, por lo que notó que el sol se había ido por completo, siendo reemplazado por la luna y sus fieles compañeras, las estrellas. Para su sorpresa, Peter se había acurrucado contra su cuerpo como si buscara la calidez que su cuerpo emanaba. Se desasió de sus bracitos regordetes cuidadosamente y se calzó las pantuflas para acallar al insistente timbre.

Peinó su cabello con los dedos, esperando que su aspecto no fuera tan abúlico como lo era por las mañanas. Frotó sus ojos, desperezándose, mientras abría la puerta.

—Charlie —dijo con una alegría inaudible debido a lo irregular que le salió la voz.

—Lamento mucho la hora—se disculpó, adentrándose en el apartamento. Su impermeable escurría y ella temblaba ligeramente. — ¡Parece que se va a caer el cielo!

—Pescarás un resfriado —advirtió Bella. Hizo un gesto para que la siguiese y ambas se adentraron en la cocina, donde Bella se apresuró a preparar café humeante para su invitada. —Peter se ha quedado dormido. ¿Qué tal la convención?

—Tú sabes cómo son esas cosas —resopló tras beber gustosa un poco de su café. —Aburridas, eternas, con gente idiota que cree que todos sabemos quiénes son y nos interesan sus discursos políticos sin sentido alguno. Pero obtuve unos cuantos ejemplares de libros que parecen ser muy buenos.

—Estarás cansada —supuso. —Iré por Peter, volveré en un segundo —dijo levantándose de la mesa pero cuando pasó a su lado, Charlotte la detuvo por el brazo.

—No —pidió. —Me gustaría hablar contigo sin que él esté revoloteando de aquí allá, escuchándonos.

Bella la miró curiosa. Volvió a tomar asiento, en una posición desgarbada que acentuaba su desaliñado aspecto decorado con una pantalonera verde y una blusa holgada. La contempló con atención, tratando de adivinar sus pensamientos, sin éxito alguno.

—Vi a Edward —soltó de pronto. —Almorcé con él.

—Charlotte, eso es algo que, sinceramente, no me interesa —murmuró tajantemente. —Yo sé que le pediste que se alejara de ti y no creo que haya sido lo más sensato pero fue tu…

—Y yo sé que te besó—la interrumpió con calma. —Sé que hicieron un espectáculo en la oficina y que todo el personal observó la escena dentro de tu oficina en la que ustedes se besaron y después él se fue y tú derramaste un par de lágrimas.

—Y ahora todos creen que tu novio te engaña conmigo, lo sé —confirmó Bella con exasperación. —No me interesa lo que ellos piensen sobre mí, pero sí lo que tú creas; no sé qué explicación darte a eso, excepto que no estuvo en mis manos.

—No quiero una explicación —argumentó. —No acerca de ti y él. En el momento exacto que me supe la relación que había entre tú y él, dejó de parecerme tan maravilloso.

—No comprendo por qué lo mencionas ahora ni adónde quieres llegar — puntualizó Bella, entrecruzando su mano izquierda con la derecha.

—Él te ama —aseguró con tanta firmeza que a Bella le fue difícil contradecirla.

—Él me amó —contraatacó. —Pero eso fue hace mucho tiempo y estoy algo cansada de que todo el mundo piense que conservamos algo de lo que fuimos. Nadie parece comprender que ya no queda nada que salvar.

—Deberías de hablar con él —pidió. —La forma en que habla de ti, cómo sus ojos se pierden como si estuviera viéndote fijamente; la manera en que te vio aquel día, tan delicadamente… Tú eres cada uno de sus pensamientos.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió. —¿Cómo sabes que se trata de mí? ¡Cómo sabes que la persona de la que habla soy yo! Estoy segura de que no menciona mi nombre. El solo pronunciarlo le asquea, así como a mí el suyo.

—Edward no habla mucho, creo que eso lo sabes. Pero lo poco que me ha contado es que tú fuiste lo más importante en su vida; y sé que eres tú porque su historia concuerda con la tuya. Sé que eres tú porque habla de ti como tú lo haces de él. Tienes razón, no pronuncia tu nombre jamás. Sólo lo ha hecho una vez y el hacerlo parece dañarlo, como si le provocaras deliberadamente un sufrimiento que es incapaz de sobrellevar. No es que me haya hablado mucho sobre eso, pero creo que tienen puntos de vista ligeramente distintos sobre lo que sea que haya sucedido en Massachusetts. Quizá deberían hablar y aclarar todo.

—¿Hablar? —dijo Bella tan sarcásticamente que casi soltó una carcajada. —¿Crees que es posible hablar con ese asno? No hay nada que aclarar, Charlotte. Las cosas son como son; y aunque ahora podamos arrepentirnos nunca nada reparará los daños hechos. No me interesan sus disculpas ni a él las mías. No quiero nada de él, ya tuvimos suficiente de esto.

—No creo que ustedes hayan terminado realmente con todo —opinó Charlotte en voz baja. —Nunca será suficiente, Bella.

—Veinte años creo que lo son —discrepó, entornando sus ojos. —Nunca conocimos otra vida que no nos involucrase a ambos; y todo eso no fue suficiente para él. Yo no fui suficiente para él. No voy a seguir regalándole mi dignidad.

—¿Es dignidad o es orgullo? —inquirió pensativa. —Hay una línea muy delgada entre el orgullo y la soberbia.

—¡Ya basta, Charlotte! —exigió. Se puso de pie hoscamente para darle la espalda. —Me equivoqué. Fui estúpida y quizá en eso Edward tenga razón: fui inmadura y escapé en vez de afrontarlo. Pero ya no tengo nada porque pelear.

—En su defensa puedo decir que estaba realmente sorprendido que fuésemos amigas —apeló cautelosamente. —No es tan malo como tú piensas.

—Sé que fue idiota de mi parte pensar que se había acercado a ti por mí —suspiró. Se dio la vuelta una vez más tratando de recuperar el aliento. —No te bases en mí y en todo mi rencor para desairarlo. Él es una persona impresionante y creo que merecemos olvidar lo que nos hemos hecho a nosotros mismos y si eres tú la persona para él, estará bien para mí. Él y yo no somos más que dos extraños ahora. Y tú… Tú quizá seas lo que él necesita. Aunque, siendo sinceros, yo soy la menos indicada para decir eso después de todo.

Charlotte se quedó en silencio, jugando con la cuchara dentro de su taza de café. Había tantas cosas que podría decir pero no tenía las palabras adecuadas para ninguna. Vio a Bella morderse el labio, como cada vez que se ponía nerviosa. Entonces, se armó de valor y preguntó sorpresivamente:

—¿Quién es Heidi?

Bella casi rió de su pregunta. Relajó su postura y volvió a sentarse frente a ella cruzado los brazos sobre la mesa.

—Heidi es la mujer más cruel que haya conocido nunca —dijo con una sonrisa sarcasmo. —No sé si su odio esté dedicado al mundo o exclusivamente a mí, pero es una persona fría, seca, sin una gota de piedad en sus venas. Edward la tiene en un pedestal… ¡Pobre idiota! Quizá al final haya descubierto la clase de persona que era y esa sea la razón por la que…

—¿Por la que qué? —la instó Charlotte.

Bella iba a abrir la boca para terminar su oración, pero entonces escuchó el timbre repiquetear. Bella sonrió con disculpa y se puso de pie. Se preguntaba quién podría tocar su puerta a esa hora. Miró distraídamente el reloj colgado en la pared. El péndulo se mecía en un movimiento oscilante y perezoso. En un par de minutos daría las diez campanadas. No podía creer que el tiempo hubiese pasado tan rápido.

Afuera aún llovía. El ventanal delantero estaba empapado. Las gruesas gotas de lluvia se deslizaban con gracia hacia abajo. Con fuerza, jaló las pesadas cortinas de seda marrón. El sonido del timbre era continuo como si hubieran dejado su dedo sosteniendo el botón. Era increíble como un solo movimiento podía ser tan molesto.

Se apresuró a la puerta, temiendo que pudiera reventarse los tímpanos. Se asomó por la mirilla pero no había nade. La curiosidad le picaba. Quizá fuera estúpido abrir la puerta a esa hora de la noche a alguien no identificado, pero ella era Bella Swan. Estaba segura de que no sería nadie interesante.

O quizá sí.

—Buenas noches —dijo el hombre en la puerta con voz gruesa, con un tono misterioso. Su capucha negra estaba sobre su cabeza escondiendo su rostro. Sus pantaloncillos y zapatos de deporte estaban tan mojados que estaba segura de que si caminaba dejaría charcos tras de sí. — Estás sola —advirtió con malicia. Pasados unos segundos agregó—: ¿Puedo pasar?

Bella estuvo a punto de caerse al suelo desternillándose de la risa. El hombre subió la mirada y la observó con inocencia en sus ojos. Había una nota de humor en sus ojos ensombrecido por la duda.

—Claro que sí, Emmett —dijo trastabillando por la risa. —Interesante horario de visita —observó. Lo llevó a la cocina, donde Charlotte permanecía en la misma posición erguida y relajada, bebiendo café.

—Buenas noches —saludó ella cortésmente. —Charlotte Evans.

—Soy Emmett—dijo con amabilidad, observándola con diversión. —Disculpen si interrumpo su noche de chicas. ¿Hablaban sobre algo importante?

—Charlotte me daba un discurso sobre la vida de Edward, ¿te gustaría unírtele? —murmuró Bella con sarcasmo, haciendo que Emmett soltara una carcajada.

—No tengo nada que decir sobre la vida de mi hermano —comentó sorprendiendo a Charlotte. El hombre parado frente a ella no tenía ni un solo parecido con Edward, excepto quizá, su innegable atractivo. —Es bastante aburrido cuando se lo propone.

—También hablábamos de Heidi —mencionó Charlotte, expectante de conocer algún dato adicional sobre ella.

—Oh, Heidi —suspiró Emmett. —Ella es sin duda una de las mujeres más hermosas que he conocido, y mira que conozco mujeres.

—Si Rosalie te escucha…

—Me volvería a sacar del apartamento —suspiró con decepción. —¡Juro que no hice nada! Sólo quise tomar su mano y de pronto comenzó a llorar y a decir que ya no la quería y que no le veía el sentido a que estuviéramos juntos si yo sólo la veía como uno más de mis estúpidos amigos. Esa chica tiene un problema.

—Sólo está nerviosa, Emm —apoyó Bella. —Casarse contigo es lo único que quiere en la vida, te lo aseguro.

—Ya es la tercera vez que me saca en el mes —se quejó con cierta desesperación.

Charlotte no pudo reprimir una risilla. Bella negó con la cabeza con desaprobación.

—Y aún no se casan… —dijo bajo su aliento. —Sólo tienes que ser paciente con ella y recordarle más seguido cuánto la quieres.

—Bella, —la miró a los ojos con simpatía —yo no soy Edward.

Bella estampó la cuchara de metal que así contra su cabeza, estirándose todo que pudo para llegar a su meta exitosamente.

—Cállate o tendrás que pedirle asilo a Alice —amenazó. —Discúlpalo, Charlie, no sabe lo que dice.

Un brillo de comprensión relució en los ojos de Emmett. Escrutó cada centímetro de Charlotte sin pudor alguno, haciéndola ruborizar.

—Es ella, ¿cierto? —inquirió curiosamente. Bella comprendió su pregunta observando la sonrisa burlona que se formaba en su cara que trataba de esconder su consternación.

—Sí, es ella —confirmó con una seca cabezada manteniendo una expresión indescifrable.

—¿Les molestaría hablar en cristiano? —intervino Charlotte ligeramente molesta por la exclusión.

—Tú eres la novia de mi hermano —afirmó Emmett sin una gota de tacto.

—Temo que se equivocan; yo no tengo ninguna relación con Edward —acotó. —Sólo somos amigos.

—Es ella —reafirmó Emmett mirando a Bella, haciéndola reír.

—Creo que es hora de que «ella» se vaya —murmuró Charlotte. Reprimió un bostezo que le recordó lo terriblemente cansada que estaba. —Bella, ¿quedamos para mañana?

—¿Mañana?

—Mañana es martes, Bella —dijo lo obvio, como si tuviera un trasfondo que para Bella pasó totalmente desapercibido. —Películas en mi casa. Tú, Peter y yo.

—Seguro. ¿Quieres unírtenos, Emmett? —preguntó amablemente girándose a mirarlo.

—Mañana es mi última oportunidad para que Rosalie me perdone —suspiró con un ligero entusiasmo. —Pero gracias.

Charlotte se marchó pronto, con un Peter somnoliento caminando a su lado en vuelto en una sudadera gruesa que lo hacía lucir adorablemente mullido. Era tarde cuando Bella y Emmett decidieron que era hora de irse a la cama. Emmett prometió no ser una molestia e incluso para cuando Bella desertase él ya se habría ido, aseguró. Bella le restó importancia; estaba tan cansada que casi no escuchó lo que decía. Pero fue su último comentario lo que captó su atención:

—Me alegra que tengas planes para mañana. No quería que estuvieras sola —dijo con ternura envolviéndola en sus gruesos brazos en un abrazo cálido y depositó un beso en su coronilla.

¿Quién demonios hacía planes para un martes?

La cama se le antojó extremadamente confortable como para abandonar su calidez por la fresca brisa mañanera; sin embargo, una pequeña parte de su mente le recriminaba por su irresponsabilidad, haciéndole saber que no era opcional.

Sabía que había una razón específica para querer evitar ese día en especial, pero no lograba atraerla a su cabeza. Era de esos hechos implícitos, que no era necesario mencionarlo para dar a entender su naturaleza lastimosa; pero, justo ahora, le gustaría saber qué era lo que se le estaba escapando, sin importar lo que fuese. Entre sueños había escuchado ruidos anómalos que la habían sobresaltado, pero se dijo a sí misma que sólo era Emmett que debía haberse marchado. Se giró en la cama y se acurrucó una vez más.

Los grandes números rojos del despertador en la mesilla le informaban que era demasiado temprano para abandonar su lecho caliente y suave; aunque tarde para llegar al trabajo a tiempo. Lo que más extrañaba de Nueva Jersey eran las poco asiduas visitas a la oficina; su nuevo puesto podría traerle cuantos beneficios de los que su jefa había parloteado por más de una hora, pero debía madrugar, lo que contrarrestaba cualquier aumento de sueldo.

Se recordó una vez más que no se había trasladado del otro lado del país de vuelta casa por ella misma, sino por su madre. Su propósito de Washington era regresar esa sonrisa vivaz, jocosa, tan característica de Renée Swan, a sus labios delgados.

No se sentía especialmente activa aquella madrugada, pero se dio ánimos bajo el pensamiento de que nadie lo estaría a las siete de la mañana. Su madre la reprendería, diciendo que era demasiado tarde para que siguiera en la cama. Salió del montón de mantas revueltas para sentir un estremecimiento recorrerle la espalda.

No se apresuró en la ducha; por el contrario, tardó más de lo necesario. Estaba muy cansada. El efecto del agua hervir sobre sus hombros no fue tan revitalizante como esperaba, pero al menos le había espantado la tremenda somnolencia que hostigaba sus párpados.

El apartamento estaba en penumbra cuando salió del cuarto de baño. Encendió las lámparas, aún cuando las cortinas abiertas le hubieran brindado más luz. No tenía ánimos de sentir la mirada del vejestorio del edificio de al lado fija en su ventana, observando cada uno de sus movimientos mientras buscaba cualquier cosa para usar. ¡Y ella que lo había considerado un inocente ancianito cuando lo conoció! Y había resultado ser su mirada lasciva la que sentía por las mañanas mientras se desnudaba. Había sopesado la idea de denunciarlo, pedir una orden de restricción o algún documento legal que la defendiera de semejante acoso, pero decidió que era más sencillo mantener las cortinas cerradas.

Después le haría llegar su factura de luz al carcamal.

Trenzó sus cabellos marrones con cuidado; odiaría cuando se encontrara con Charlotte y ella comenzara a bromear con respecto a su peinado. «La inmaculada Bella Swan» diría entre risas en cuanto apareciera dentro de su campo de visión, pero no le importaba. Después, huiría de su amiga para evitar que tratara de arrancar las horquillas de su cabeza. «No te pega, Bella» le aseguraría cuando lo hubiera conseguido.

Haría su mejor esfuerzo para que, cuando lograse su cometido, hubiera terminado su jornada y pudiera regresar a casa. Le fastidiaba el obstáculo que representaba su cabello suelto mientras leía; en realidad, le fastidiaba cualquier cosa que interrumpiera su apacible y sosegada lectura.

Rosalie le había dicho que debía de terminar con esa insulsa amistad con Charlotte, era demasiado infantil para su edad; no tenía la madurez que su puesto ameritaba, ni las que sus condiciones de vida requerían. Aunque después, con una risilla ahogada, le había pedido que olvidara sus comentario, mientras Alice llegaba, dando piruetas jubilosas.

Alice y Charlotte eran exactamente la clase de personas que necesitaba en su vida. Ellas emanaban alegría, una dulzura inocente difícil de resistir, una visión del futuro tan próspera que no dejaban —ni dejarían—de soñar jamás, aunque no se perdían de las maravillas de su presente, dejando de lado lo negativo.

Ellas eran tan parecidas que juntas harían corto circuito; si ellas gobernaran el mundo, habría invasiones de muñecos de felpa en lugar de sanguinarias guerras. Sin embargo, era ese parecido entre ellas lo que no les permitía llevarse bien, además de los estrictos prejuicios de Alice. Ella no era de las chicas que perdonaban fácilmente una traición, y consideraba que Charlotte había traicionado a Bella. Fingía llevarse bien con ella, con el único fin de manejarla a su conveniencia y mantenerla alejada de su hermano. Después, reflexionaría el hecho de perdonar su crimen.

Bella esbozó una tímida sonrisa en el espejo cuando terminó de pintar sus labios. Una repentina ola de satisfacción la envolvió al pensar en Alice y en Rosalie. Debía buscar un buen momento para verlas, le hacían falta. Quizá debería involucrarse un poco más en la organización de la boda de Rosalie.

Otro beneficio de su puesto —que tampoco compensaba el hecho de tener que madrugar—era que si se retrasaba un poco, nadie la vería severamente, cuestionándola, ni le descontaría el día. Podía beber su café con calma mientras miraba el noticiero.

El reportero era un hombre robusto, con un bigote espeso y negrísimo, al igual que su cabello. Su nariz se extendía por su cara y brillaba en el sol; sus labios gruesos dibujaban una sonrisa los cortos segundos que no hablaba. Sus pómulos eran anchos y, a su parecer, asimétricos. Sus ojos castaños estaban entrecerrados, probablemente por el exceso de luz. Hablaba pausadamente aunque con cierta énfasis que te arrastraba entre sus palabras, llamándote a prestarle atención.

La noticia que anunciaba era una que a Bella no le importaba, pero no pudo evitar volver su cabeza hacia el televisor cuando el hombre dijo alegremente:

—Eso es todo. Que tengan buen día, Seattle; y feliz día San Valentín.

Bella se atragantó con el café, quemándole la garganta. De inmediato, buscó su agenda y no demoró en comprobar que el gordo reportero llevaba la razón: era catorce de febrero.

—Demonios —suspiró.

El año anterior, por esos días, había estado hundida en un manuscrito que la editorial le había proporcionado. Había invertido tantas horas en él, que no se había percatado de los días pasar. Cuando recordó el día de los enamorados, el calendario marcaba el dieciseisavo día del mes. No quiso molestarse en recordar el de tres años atrás, en el que había estado rodeada de regalos con melosas tarjetas, escritas con letra pulcra e impecable. Pero era inevitable que éste permaneciera pegado a su mente.

—Catorce de febrero 2009 —suspiró.

Y es que ése había sido la última vez que había visto a Edward con ojos de amor. Él le había regalado el mejor día de San Valentín que hubiese tenido nunca y se había sentido tan dichosa que creía estar soñando. Esa fue la última vez que se encontraron frente a frente creyendo que compartirían muchos años más juntos. Pero no fue así, y no se sentía con ánimos de martirizarse tan temprano.

Tampoco se detuvo a meditar el hecho que su mente había concebido recién. Salió apresuradamente de su apartamento hacia la oficina. Creyó que sería fácil ignorar la fecha, pero erró. Las calles estaban inundadas de globos, flores, y cajas de dulces. Los corazones la rodeaban como si estuvieran estampados en los muros.

Los miró sin prestarle atención. Se enfocaría en sus actividades diarias y sería como cualquier otro día. En el edificio en el que trabajaba, las cosas no eran muy diferentes a la calle. Había montones de regalos en recepción, esperando por ser entregados a sus respectivas y enamoradas dueñas. Y la cosa no paraba ahí; no había una sola mujer en aquel lugar que no hubiera dedicado más tiempo a su aspecto ese día. Incluso la señora de la limpieza, una mujer que rondaba los sesenta, había rizado sus pestañas y empolvado su nariz.

Megan, por su parte vestía orgullosa una blusa tafetán rosado, demasiado fastuosa para el cargo que ocupaba. La empalagosa sonrisa que adornaba sus labios rojos era imperturbable, indeleble.

—Buenos días, Bella—saludó, zalamera. —Qué buen día, ¿no?

—Glorioso —contestó, correspondiendo su sonrisa con un deje imperceptible de ironía que Megan no logró captar.

—Bella, yo me preguntaba si sería posible…—suspiró, vacilando un segundo ante su petición. Bella suspiró y la cortó antes de que pudiera terminar, evitándole una embarazosa escena.

—Te necesito por una hora o dos después del almuerzo; después podrás irte —le aseguró, condescendiente. Ella debía que admitir que, si bien ella no tenía nada que celebrar, no podía arruinar la efusividad ajena.

Ahora entendía a lo que Charlotte y Emmett se referían la noche anterior.

Su mente sagaz maquinaba rápidamente múltiples cuestiones que se habían suscitado en el transcurso de la mañana. Charlotte, como cada día que cumplía su desigual jornada en la oficina, le hizo interminables visitas tratando de restaurar cualquier clase de fulgor en sus ojos, pero Bella permanecía inflexible. Rehuía su mirada, escabulléndose de sus interrogatorios tan impredecibles.

Había captado la insistente mirada de Tom Wilson perforar la ventana; él no podía verla pero ella a él sí. Se le formaba un agujero en la espalda cada vez que debía levantarse del escritorio y salir por algún motivo y él seguía sus pasos tan cerca que ni siquiera era posible disimularlo.

Se preguntaba que hacía ahí; su área estaba en otro piso. Lo había conocido el día que comenzó a trabajar en aquel lugar, pero jamás había cruzado más palabras con él —fuera de una junta— que un «buenos días» o «con permiso».

Cada vez que pasaba junto a él podía escuchar como su respiración se atoraba en su nariz afilada; trataba de dedicarle una sonrisa fugaz para no sentirse tan incómoda y sin embargo, los labios de él, gruesos, rosados y rodeados por una barba incipiente, permanecían inmóviles. Se mantenían entreabiertos mostrando una parte de sus relucientes dientes.

Veía por el rabillo del ojo con curiosidad como los ojos grises de Tom la contemplaban, delirante. Moría por desgañitarse la voz y exigirle una explicación por su inusual comportamiento. Una par de gotas de sudor caían por su frente, dándole un ligero brillo a su piel trigueña. Se rascaba constantemente la parte trasera de su cabeza, desordenando ligeramente su perfectamente acomodado cabello oscuro.

—No parece un mal bicho —le comentó Charlotte durante el almuerzo. —Es bastante atractivo; aunque tiene una mirada acongojada que no termina de convencerme —pensó en voz alta, desviando sus ojos al techo del acogedor restaurante, con ese deje soñador en su expresión. —Deberías salir con él —agregó unos segundos después echándole un vistazo a Bella.

Su pequeña mandíbula se desencajó, dejándola muda por unos segundos. Cada día creía menos en las absurdas calamidades que Charlotte decía y, por más que las pensaba, parecía ser lo más prudente en aquel momento de su vida.

—Sí, es lo mejor que puedo hacer —replicó, irónica. Hubo un momento tirante después de murmurar esa frase que fue interrumpido por una carcajada sincronizada por parte de ambas. Bella se aclaró la garganta y trató de expresar sus ideas de forma sucinta: —Ni siquiera me habla, sólo me mira y eso me asusta.

—Vamos, Bella —la instó matizando su frase con ademanes con las manos —. No puede ser tan malo; es San Valentín.

En su mente divagaba por cualquier sitio que estuviera muy lejos de ahí mientras volvía a la oficina. Se sobresaltó al sentir el roce de unos dedos cálidos rodear su muñeca. No se esperaba era que Tom rompiera su eterno mutismo tan súbitamente con un tímido y escueto:

—Hola, Isabella.

Ni siquiera recordaba haberle escuchado decir una frase lo suficientemente larga para apreciar su voz. Era mucho más alto que ella, de cabellos rizados y oscuros. . Por primera vez pudo observarlo lo suficientemente cerca para comprender lo que Charlotte afirmaba: su falsa sonrisa era contrarrestada por un velo de angustia. Podía sentir el ligero temblor de sus manos al sostener su muñeca, como si fuera un adolescente de grasiento cutis acercándose a una animadora pedante.

Ella le dirigió una difusa sonrisa cortés. Tenía que mirar hacia arriba para poder verlo a la cara, lo que le era muy incómodo. Su mano callosa se negaba a soltar su muñeca como si eso le brindara algo de confianza adicional. Intercambió con él un par de frases que, estaba segura, eran las más largas que había dicho en su vida. Se quedó callada unos instantes cuando las palabras salieron a borbotones de la boca de Tom como si fuese incapaz de detenerlo; Bella tuvo que rechazar su confusa invitación a cenar, asegurando que Charlotte y ella tenían planes de antemano.

En cuanto lo dijo se arrepintió. Los ojos grises de Tom se volvieron triste y había un rubor en sus mejillas tan tenue que podía confundirse con su tono natural pero Bella podía leer su vergüenza en sus miradas gachas. Tartamudeó un poco antes de retirarse, dejando a Bella con un sentimiento de culpabilidad.

El silencio atrapaba sus oídos. Podía ver a través de la semi transparencia de la puerta que las luces habían empezado a apagarse. Escuchaba el lejano murmullo del parloteo del personal, dispuestos a retirarse enseguida. Megan había corrido en cuanto Bella le había indicado que ya no la necesitaba. Nunca creyó ver una mujer correr tan rápido en tacones; y aún así, su cabello no se movió ni un centímetro. Megan era la persona más eficiente que había conocido en años, siempre llevando la delantera a sus peticiones y esforzándose por cada penique de su sueldo.

Se alegró de confirmar otro beneficio de su trabajo: no debía cumplir un horario ni asistir seis días a la semana. De hecho, ella pasaba demasiado tiempo ahí, únicamente para entretenerse, aunque la mitad de sus actividades podía hacerlas desde su casa. Pero seguía odiando que el horario de oficina comenzase tan temprano.

Charlotte había estado tan contenta de no pasar el día de los enamorados sola. Peter era lo suficientemente adorable para despejar sus mentes por un par de horas mientras disfrutaban de sus películas de dibujos animados.

Bella estaba cansada y deseaba fervientemente poder enfundarse en su pijama; el tobillo le había estado doliendo todo el día y sólo quería olvidar todas sus responsabilidades. Iría a buscar a Charlotte y ya sería luego cuando pensara en su oficina de nuevo. A diferencia de lo que pensaba, cuando giró la llave en el pestillo por fuera, no era la única ocupante del pasillo. Tenía tres acompañantes, aunque solo dos habían captado su atención.

—No estoy segura de que sea correcto —susurraba Charlotte.

—Hazlo por mí —contestó Edward de la misma manera. —Por favor.

Él tenía ese aspecto patético que solía actuar cuando realmente quería algo y adoptaba cualquier actitud que, supiera, fuera convincente.

—Por favor —repitió con ese tono hipnotizador que cautivaría a cualquier mujer. Hablaba tan bajo que debía inclinar su cabeza y acercar sus labios al rostro de Charlotte para que ella pudiera entender sin dificultad.

Bella los ignoró olímpicamente fingiendo buscar algún objeto en su bolso de mano.

Entonces reparó en la presencia de Tom al otro lado del pasillo. La sonrisa que brotó de sus labios fue tan sincera que él no tuvo otra que devolvérsela. Una sonrisa pequeña, tímida; apenas curvó sus labios hacia arriba, viéndose tan tierno y sensual al mismo tiempo.

—Isabella —dijo dubitativo.

—Isabella —repitió haciendo un mohín. —Dime Bella.

—Parece que tu amiga ha encontrado algo más que hacer —murmuró casualmente. Su aspecto taciturno hacía imposible creer que hubiera cualquier clase de malicia en su comentario. —Después de todo es San Valentín.

—¿A quién demonios le importa el estúpido San Valentín? —dijo por lo bajo tan rápido que apenas ella misma pudo entenderse. Tomó una bocanada de aire y miró en dirección a Charlotte. Ella deliberaba algo con Edward en voz baja haciendo efusivos ademanes con las manos. —Sí, creo que encontró algo mejor que hacer.

—A menos que quieras frustrar su cita, no creo que sus planes sigan en pie. Sólo es una cena y…—comenzó a decir, como buscando palabras adecuadas para convencerla.

Bella creyó que necesitaba un par de clases para poder una cita de verdad sin humillarse en el intento.

—Muero de hambre—confirmó. Echó una última ojeada sobre su hombro antes de tomar el elevador a la planta baja. Ellos tendrían un bonito día de los enamorados. Era tiempo de dejarlo ir; de dejarlo ser feliz. —Tienes razón. No frustraré su cita. No intervendré entre ellos nunca más.


Buenas noches, gente.

En mi país es sábado desde hace veinticinco minutos. Soy cool, ¿uh? Por fin me digné a subir algo. Tengo una explicación a eso y creo que todas hemos pasado por eso: cierre de bimestre. Cristo, es lo más espantoso de la vida. Espantosisisissimo, diría mi querida Johana.No he tenido un minuto para respirar. Además estoy medicada, chicas, cada precioso segundo libre que tenía lo invertía en dormir. Y justo ahora me caigo de sueño. siento si tanta espera para eso las ha decepcionado, de verdad lo lamento :( No he respondido ningún review, pero lo haré en algún momento. Vamos en 168, guau, gracias. Chicas, no den por hecho que lo que piensan es verdad. Que yo no les diga que no es cierto no significa que esten apegados a mi realidad.

En fin, tienen este capítulo para especular y el siguiente. No sé si el siguiente yo vaya a insertar algo o simplmente vaya directo a lo que nos interesa: la verdad. El capítulo donde se dice "el secreto" se llama Cena Familiar. Probablmente sea el siguiente, quizá hasta el otro. Diez u once, no estoy segura. Si no se me ocurre nada lo suficientemente bueno para poner en el diez iré directo a Cena Familiar.

Tengo que comentarles algunas cosillas:

La primera es que estoy pensando en una nueva historia que se llama The Girl in the Picture que la empezaré a subir cuando terminé con Forever and Always (la cual consta de, máximo, 14 capítulos). The Girl in the Picture es una historia con mucha dulzura es TAAAN Disney. A mí me encanta la idea porque es como el romance de cuento de hadas. Debo agregar que la idea no fue mía sino de HanaPoison. Algunos sabrán que ella ahora está retirada y como este era un proyecto que realizaríamos juntas heredé los derechos de la historia y yo la voy a desarrollar con la asesoría de mi amada hermana chilena. Es sobre un coleccionista de pinturas y la magia de un corazón herido.

Mi otro comentario es que yo quiero creer que recuerdan que yo ya tenía un final, ¿no? Pues resulta que Forever and Always tiene tres finales: uno muy cursi (como los que me gustan :)), uno no tan cursi (que tendría que pensar) y uno que es trágico. Entonces lo quiero someter a votación. En sus reviews me pueden decir qué final prefieren: cursi, no ta cursi o trágico. El original es el muuuuy cursi pero me gustaría saber su opinión sobre esto.

Creo que eso es todo por ahora, gracias por su paciencia. Estaré actualizando la sigueinte semana, ya que mi bimestre ya terminó y puedo respirar un poco. Espero que aún siga por ahí algun alma caritativa que me lea.

Besos

Cambio y fuera

Lizeth

P.D.: Disculpen las faltas de ortografía, gramática o algún error que noten. Estoy demasiado cansada, de verdad.

¿Reviews?


08.10.11