Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


I never imagine we'd end like this
~Taylor Swift


Capítulo 11: Cena Familiar

Perdonar era algo que le parecía más difícil cada vez. Había sido traicionada tantas veces; había sufrido tanto tiempo en silencio que ya casi no sabía lo que significaba creer en alguien más. El calor estival era casi reconfortante para el frío de su interior. No lograría derretir el hielo que se acumulaba dentro de ella, pero trataría de que deshiciera la mayor parte.

La verdad era que se había escondido en ella misma una vez más porque todo el coraje que había tratado de mantener para seguir adelante, se había reducido a cenizas. Era el miedo la que la incentivaba a mantenerse en la oscuridad. Habían pasado ya tantas semanas desde aquella última cena con Edward en febrero que ya casi no recordaba el resentimiento que había sentido inicialmente hacia quienes se habían reservado para ellos mismos cierta información que le competía. Se estaba volviendo experta en el tema de aislarse de quienes la querían en verdad.

Sabía que Alice no resistiría mucho tiempo más llevando las cosas de ese modo; conocía la forma en que ella manejaba su vida y esperaba que cualquier día apareciese por ahí con una sonrisa excesivamente zalamera con encomios brotando de sus labios. Y no es que creyera que sus gestos fueran fariseos o hubiese cualquier signo de falsedad en sus ademanes, pero su entusiasmo irrefrenable lo que la asustaba.

Y así sucedió, un día de junio en el que el cielo despejado lucía un hermoso sol brillante. A pesar de la presencia de éste, el calor se había sido vencido por una constante lluvia que enfriaba las calles haciendo a cualquiera estremecer.

—Quiero que te levantes en este momento y salgas de esta claustrofóbica oficina —canturreó Alice, exigentemente. —Por favor —agregó, dándole una nota cortés.

Bella levantó la mirada del manuscrito sobre su escritorio. No le dirigió el saludo, así como ella tampoco lo había hecho. Sus anteojos para leer se deslizaron por su nariz. Había estado tan concentrada en la lectura que no la había escuchado entrar a su oficina.

La observó con una mezcla de enfado, interés y parsimonia reflejada en los ojos. Su atuendo era combinablemente colorido. El amarillo le iba bien; aunque podría decir lo mismo del verde y el azul. La verdad era que, enmarcado por un cabello tan perfectamente peinado y un rostro tan angelical como el de su amiga, nadie reparaba en su ropa. Quien lo hacía, se topaba con que el color palidísimo de su piel combinaba con cualquier color que pudieras derivar.

— ¿No te enseñaron a tocar? —indagó, mirándola por entre sus espesas pestañas, con la dulzura resaltando en su voz. Alice tenía esa aura encantadora que con una sola mirada la hacía caer a sus pies. Quizá fuese de familia. No supo si maldecir o reír cuando Alice esbozo una sonrisa traviesa tan contagiosa que tuvo que luchar por no devolvérsela.

—¿No te enseñaron a descansar? —contraatacó. Revoloteaba a su alrededor, recopilando lo que consideraba indispensable mientras estuviera lejos de la oficina. Tomó su chaqueta del perchero y, haciéndola ponerse de pie, le ayudó a ponérselo —. Vamos, vamos, casi puedo sentir la urticaria —apremió. Bella recordó la ridícula frase de su amiga, afirmando alergia hacia las oficinas; o mejor dicho a su oficina.

—Estoy ocupada —replicó, viéndose alejada de su amada silla frente al escritorio que se había convertido en su refugio. —Alice, necesito terminar esto.

—Es tu día libre —refutó, implacable. No estaba dispuesta a salir de aquel edificio sin compañía. —Esme estaría encantada de que vinieras a cenar, hace meses me lo ha estado repitiendo.

—No puedo irme así, de la nada —intentó persuadirla, fallando por completo..

—Hablé con Charlie —pronunció su nombre con un deje de rencor, aclarando que no había olvidado el episodio entre ella y su hermano—. Dijo que no tenías por qué estar aquí.

—Traidora —dijo bajo su aliento.

—Lo sé, —bufó —hace tiempo que no estábamos tan de acuerdo.

Bella no contestó. Sabía que su resentimiento hacia Charlotte sería indeleble hasta que ésta le demostrase lo contrario. Alice no dudaría ni un solo segundo de su culpabilidad. La contempló unos momentos esperando encontrar algún rastro de incomodidad o arrepentimiento, pero no había nada. Absolutamente nada.

—Escúchame, Bella —pidió tomando una bocanada de aire. —Tengo que ser sincera contigo: no me arrepiento ni un ápice de no haberte contado nada. Pero tampoco estoy orgullosa de habértelo ocultado. Yo sabía lo que significaría para ti y era más fácil dejar que Edward hiciera el trabajo sucio. Y no sólo yo creo eso. Fue inmaduro, irresponsable e incluso cobarde pero aún así, si pudiera devolver el tiempo, no lo cambiaría. No estoy dispuesta a verte caer ni una sola vez más. No quería verte llorar; creo que toda una vida juntas me ha enseñado cuan doloroso es verte sufrir y no tengo complejos masoquistas. Si estoy aquí es para levantarte no para darte la última apuñalada.

—Ya perdí irremediablemente lo que más amaba en mi vida; no necesito perder más —murmuró por lo bajo. Sonrió por primera vez y tomó la mano de Alice —Vamos.

—No creo que hayas perdido a Edward del todo; no todavía —respondió, observando que la sonrisa no llegaba a sus ojos, era más parecida a una mueca. Envolvió su mano con fuerza, brindándole un apoyo fraternal silencioso.

—No estaba hablando de Edward.

—No te preocupes, —calmaba Esme en la cocina, —Emmett no te dejará en el altar.

Rosalie, a su lado, picaba cuidadosamente un montón de verduras que formarían parte de la cena. Sus manos extremadamente cuidadas, se movían con agilidad, sincronizando sus movimientos con el constante golpeteo del cuchillo.

Lo hendía con fuerza sobre el tomate, salpicando un par de gotas de su jugo, seccionándolo en cubitos perfectos. Su mano izquierda se curvaba sobre el vegetal, luciendo el hermoso anillo de compromiso que Emmett le había obsequiado.

—Mamá, —dijo Alice—lo he logrado, he traído a Bella a cenar.

Esme volvió su cabeza hacia el umbral, distrayéndose un segundo de su tarea de condimentar la carne que cocinaría. Les dedicó una sonrisa satisfecha, formando pequeñas arrugas alrededor de su cara, enmarcando sus ojos verdes.

—Sabía que lo harías, querida —felicitó. El orgullo parecía desbordarse por sus ojos. —Me alegra mucho que hayas podido venir, Bella.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó, sintiéndose inútil. Alice había caminado graciosamente a la encimera para luego sentarse sobre ella, observando a Rosalie interactuar con Esme. Alice no era la clase de chica que metería sus dedos en carne cruda.

—No —contestó Alice antes de que Esme siquiera pudiera levantar la mirada. —Tú eres mejor cocinera que Rosalie y si Emmett sabe eso puede que cambie de opinión acerca de la boda —dijo con un fingido tono serio. Compartió un par de risillas cómplices con Bella, notando como Rosalie se tensaba volviendo sus movimientos mucho más rígidos e inestables.

Se ganó una mirada desaprobatoria por parte de su madre, quien añadió:

—No prestes atención. Sólo quiere ponerte nerviosa.

Cada día que pasaba sentía que los nervios carcomían más su cordura; cada día que pasaba era uno menos para su boda y sentía que cualquier excusa podría arruinar el día más esperado de su vida.

—Lo consigue —susurró.

Alice no hizo más comentarios sobre el tema, si bien le divertía verla estremecerse, no quería que sufriera un shock o algo.

La ensalada resultaba apetecible a simple vista a pesar de sus pocos ingredientes, aunque cuantiosos. Esme jamás olvidaba ni un detalle; siempre tenía presente cuanto odiaba Alice la cebolla y que Emmett era alérgico a las fresas; a Edward le asqueaban las aceitunas y a Carlisle le disgustaba el exceso de sal. Ella siempre encontraba la forma de complacer a cada miembro de su familia con un solo platillo.

Encontró la oportunidad de hablar con Bella en privado cuando Alice insistió en mostrarle a Rosalie los arreglos que había planeado para la recepción de la boda, tan próxima en estos días.

Había una comodidad en el ambiente que ofuscaba los pensamientos de Bella, que no iban en ninguna dirección específica. Sólo vagaban alrededor de su mente, dejándola completamente en blanco. Estaba algo cansada, había sido un viaje largo. No tenía idea de cuándo podría regresar a Seattle pero tenía que ser pronto. Tenía que admitir que las horas con Alice parecían minutos que corrían presurosos.

Removió mecánicamente el espagueti en la olla para evitar que se pegara en el fondo. El queso gratinado se escurría entre los fideos, dándole un ocioso entretenimiento en que ocupar su mente vacía. Esme pensó que era momento de hablar.

—Bella, cariño, —llamó su atención —estoy muy agradecida porque has aceptado nuestra invitación a cenar —empezó, un tanto nerviosa por lo que se sentía obligada a advertirle. —Sabes que siempre serás bienvenida aquí.

—Sí, lo sé—contestó, desconcertada por su declaración tan súbita. —De verdad lamento no haber venido antes —agregó; sentía la necesidad de disculparse por la tosquedad que había actuado últimamente.

—Creo que deberías de saber que Edward llamó —anunció, con la mirada clavada en sus ojos escrutando su reacción. —Cenará con nosotros —agregó con cuidado.

Bella permaneció impertérrita. Esme creyó que, por lo menos, haría un mohín, pero su rostro era la perfecta representación de ella misma carente de algún sentimiento.

—Él es tu hijo. —Rodó los ojos, pues eso era lo más evidente y estúpido que podría haber dicho—. Quiero decir, es obvio que él esté aquí y no me importa —se sinceró, cerrando sus ojos apenas un segundo. —No me importa si a ti tampoco.

—Ese no es el problema, Bella —explicó, con el rostro sonrojado y los ojos inundados de vergüenza. —Él me pidió que pusiera otro lugar en la mesa.

Bella, quien había vuelto a mirar el espagueti, giró el cuello hacia Esme como si tuviera un resorte. Comprendía perfectamente adónde iba esa conversación y era una que no iba a tener. No ahora. No ahí. No con ella. No con la madre de su ex.

—¿Representa un problema para ti que esté presente? —inquirió, dándole un giro inesperado al tema. —Puedo irme, si así se te facilitan las cosas. Iré a casa de mi madre.

— ¡No! —exclamó horrorizada. Su ceño se había fruncido y sus labios perfectos formaban una mueca de incredulidad. —No, no era lo que quería decir.

—Entonces, ¿qué era, Esme? —dijo, serena, mucho más de lo que Esme huera esperado.

—Si tú te sientes incómoda por esto yo…—suspiró, buscando una alternativa. —Yo puedo pedirle a Edward que venga solo.

Fue el turno de Bella para fruncir el ceño. Había soltado el cucharón con el que mecía los fideos, ahora sobrecalentados.

—No tienes que hacer eso —dijo, aturdida. —No puedes hacer eso.

—¿Por qué no? Es mi casa.

—Por el amor de Dios, Esme, ¡él es tu hijo! No puedes ponerme por encima de él.

—No te estoy poniendo por encima de él —arguyó Esme, como si fuera lógico. —Te estoy poniendo por encima de ella. Tú eres más que cualquier chica que pueda traer a casa, por cortés o agradable que sea.

—No estás siendo imparcial —discrepó. No podía creer que Esme estuviera hablando en serio. Estaba tremendamente agradecida pero era inverosímil.

—Edward tampoco lo ha sido contigo —contestó rápidamente.

Bella escudriñó su expresión, tan relajada como siempre, en busca de algún deje de broma. No lo encontró.

—Voy a cenar con ustedes —confirmó, evadiendo el tema. —No me importa quién o qué pueda traer a casa, es por ti, no por él.

Esme la envolvió en sus brazos, dándole su comprensión de forma física. Sabía que quizá no sería tan sencillo como parecía, pero lo trataría; trataría de ser paciente y guardar la compostura; trataría porque Esme merecía el intento.

Rosalie, Alice y Bella pusieron la mesa, asegurándose de que cada cuchara estuviera perfectamente acomodada sobre el amplio comedor de los Cullen.

Los platos se distribuyeron por la madera finamente tallada al igual que las copas y las servilletas. Era una mesa mucho más grande de lo común, tanto, que cualquiera podría asegurar que la mesa compartida por los Cullen era la más grande de Forks.

Apagó el fuego que mantenía caliente la sopa que había preparado para dirigirse después al comedor y reunirse con los demás. Tomó la única copa que había faltado y la llevó consigo.

—Supongo que recuerdas a mi hermano, Emmett—escuchó la voz de Edward resonar desde la sala. Evadió sus pensamientos que vagaban entre lo galante que sonaba y lo mucho que extrañaba que se dirigiera a ella con tanto cariño.

Se descubrió a sí misma parando en seco para escuchar la plática. Acomodó la falda de su traje sastre, tan usual en ella para trabajar. Se preguntó si su atuendo sería inapropiado y después se regañó a sí misma por ello. Estaba perfectamente formal y la presencia de Edward no la perturbaría.

En su camino hacia el comedor, escuchó un montón de pasos acercarse también, excepto que ellos entrarían por el otro lado. Suspiró, relajando sus hombros y preparándose mentalmente para conocerla a ella.

Quizá fuera tan encantadora como Charlotte; tal vez tuviera temas interesantísimos sobre los cuales hablar; probablemente fuera una de esas chicas humildes que sacrifican la mitad de su sueldo por ayudar a los desamparados.

Sus expectativas cayeron al suelo cuando levantó la mirada y la vio.

Era ella.

Su cuerpo escultural se veía envuelto en un vestido informal —mas no por eso menos fino. Sus piernas largas estaban descubiertas mostrando su piel bronceada. Su cabello color caoba caía por su espalda rizado; lucía como si hubiera invertido largas horas peinándolo. Sus rasgos finos e imperturbables eran hermosos. Pero esos ojos tan especiales, esos ojos violetas eran una característica que jamás olvidaría. Eran un color que jamás había visto, una extraña combinación entre el azul y el rojo dándole un púrpura profundo y penetrante. Eran esos ojos los que habían visto cómo su corazón se destruía y no habían reflejado ni un poco de misericordia.

—Heidi —pronunció con desdén. —No esperaba verte.

—Siento lo mismo, Isabella —contestó, refiriéndose expresamente al desagrado que le causaba tenerla frente a ella.

—Bella —le corrigió Emmett. La amiga de su hermano no terminaba por convencerlo, pero él le había asegurado que solamente compartían una amistad.

—No —se adelantó Bella antes de que ella pudiera asentir. —Isabella es perfecto —le espetó, ante la mirada asombrada de sus acompañantes. Ella siempre había odiado su nombre.

—Isabella, será—contestó con un cinismo que solo ella pudo apreciar. Edward le retiró la silla para ayudarla sentarse.

—Esme, ¿me acompañas un segundo? —suplicó sin mostrar lo miserable que se sentía en presencia de esa mujer.

Esme la siguió de inmediato disculpándose cortésmente. Le pisaba los talones alejándose de la mesa y de ella.

—No puedo hacer esto —confesó Bella, expresando su desesperación. —Sé que te dije lo contrario pero de verdad creí que era capaz de sobrellevarlo. Lo soy, pero no con ella.

—Bella, sé que es lamentable que tú y Edward…

—No —chilló en voz baja. —No se trata de él y yo; es sobre ella y yo. Ella…—vaciló un segundo en qué tanto debería contarle.

—Ustedes ya se conocían —dijo con seriedad. —Fue ella, ¿verdad? Ella fue la culpable de todo lo que sucedió entre Edward y tú —.No era una pregunta, lo decía con tanta firmeza que era como si conociera la historia de cabo a rabo.

—No exactamente —suspiró. —Por favor, no me hagas compartir la mesa con ella.

—No se trata de mí, hija —negó con la cabeza, susurrando. —No se trata de que tú compartas la mesa con ella, si no ella contigo. No sé qué haya pasado entre ustedes, pero no le des el placer de verte huir.

Bella tomó asiento, mirando con atención como Heidi ocupaba el lugar en el que ella siempre se había sentado, convencida de que Esme tenía razón. Ella misma había cambiado su lugar, prefiriendo permanecer lejos de Edward, pero no pudo evitar que una punzada de celos la embargara.

Asió sus cubiertos con dedos lánguidos y temblorosos; sus labios estaban hechos una línea tensa que no podría disimular, aunque se lo propusiera. El aroma del filete recién cocido era tan suculento que le haría agua la boca a cualquiera y, aún así, el nudo en su estómago la hacía vacilar entre cada bocado; su garganta se cerraba a cada sorbo de su copa. Nunca había sentido algo semejante. Nunca antes por compartir la mesa con alguien como ella.

Le enfermaba la forma en que su mandíbula se mecía casi imperceptiblemente mientras comía; le causaba náuseas la sonrisa que bailaba en sus labios escarlata después de cada uno de sus comentarios presuntuosos; sentía el impulso de querer asesinarla con cada mirada que Heidi cruzaba con él.

Ansiaba correr lejos de ahí y desmoronarse hasta que no le quedara una sola lágrima, una sola gota de la esencia de su ser, cada vez que él acariciaba su mano sobre la mesa.

Y, sin embargo, ahí estaba, escuchando y obsequiando su mejor sonrisa a la persona que más detestaba en el mundo, engullendo su cena sin siquiera notar el sabor de la salsa escocer en su lengua; lo camuflaba el de su corazón.

—Estuve en Italia el último año —dijo altiva. A Emmett le faltaba poco para sacar a flote su inmadurez y arrojarle un chícharo para que cerrar la boca de una vez por todas. —Es un país maravilloso… Pero basta de mí. Me gustaría saber de ustedes; Edward hablaba todo el tiempo sobre su familia.

—Edward es tan adulador —comentó Rosalie con acidez. —No sé cómo lo hace pero se relaciona con personas tan encantadoras. Por favor, síguenos hablando de tus maravillosos viajes por el mundo. ¡Apuesto que tienes sorprendentes anécdotas que contarnos!

—Ilumínanos, Heidi —apoyó Jasper desde el otro la de la mesa. —Quizá algún día seremos tan afortunados como tú de conocer tantos lugares extraordinarios como tú.

Ella sonrió con hipocresía, fingiendo no notar la ironía tangible en las voces de los hermanos Hale.

—Qué va —resopló. —Sé que tienen cosas más interesantes que contar ustedes. Por ejemplo, tengo entendido que Isabella trabaja para una editorial importante, ¿no es así? Me gustaría saber, Isabella, ¿no es un empleo muy solitario?

—Cuando aprendes a elegir tu compañía es difícil sentirse solo, Heidi —respondió con voz fría, casi escupiendo su nombre.

—Dudo que pases mucho tiempo sola —comentó Edward casualmente. —Estás saliendo con este chico…¿cómo se llamaba? Ah, claro, Tom.

Sus ojos se encontraron con los de él. Podía distinguir en ellos el afán de molestarla. Imaginó que era una pequeña venganza por las miradas que Heidi y ella habían estado intercambiando durante el transcurso de la cena. Entrelazó su mirada con la suya, permitiéndose recordar tan solo un segundo cómo solían conectarse entre ellos. Por un instante, creyó que él también se había sumergido en sus ojos como ella, pero retiró la mirada demasiado pronto.

—No tengo nada que decir sobre Tom.

—Es tu novio, ¿o no? —cuestionó, encajando su tenedor un trozo de carne. La miraba con interés, expectante de su respuesta.

—No —respondió con frialdad. ¡Era tan cínico! ¿Cómo se atrevía a interrogarla cuando había traído a cenar a esa mujer?

—Pero sales con él —insistió con una sonrisa pícara formándosele en los labios. Ella la identificó como falsa.

—Fuimos a cenar una vez —resopló, acallando sus insistentes preguntas. —Y sólo fue porque moríamos de hambre.

—¿Cuándo comenzaste a salir con hombres tan estúpidos, Bella? —dijo, después de un par de segundos de completo silencio. La interrogante había atraído la atención de todos hacia su interlocutor.

Bella soltó una risilla jocosa y, sobretodo, sincera. Lo miró, mordiéndose el labio para no soltar una carcajada aunque sin disimular una sonrisa. Él se la devolvió, aunque un tanto irónica.

—Cuando tenía quince años —declaró.

Las risas no se hicieron esperar. La expresión burlona de Edward decayó, indignado. Incluso Carlisle, quien había conservado un semblante serio, no pudo evitar reír, disimulándolo con una tos muy mal actuada.

—Yo creo que ella tiene razón —intervino Rosalie, con la mirada fija en su plato.

—Quizá —apoyó Esme, regalándole un guiño a Bella.

—Supongo que estás rodeada de hombres que te pretenden —murmuró con cierta irritación. —No me extrañaría.

—No vine aquí a hablar sobre esto —evadió la respuesta inteligentemente. No admitiría que después de él se había sentido demasiado deprimida como para intentar algo tan romántico con alguien más.

—¿Entonces a qué? —inquirió, empuñando el cuchillo tan fuertemente que sus nudillos se tornaron blancos. La interrogante había salido de sus labios antes de que pudiera siquiera analizarla. Se golpeó mentalmente por tratarla de una forma tan estúpida. —Estamos en familia, Bella. Puedes hablarnos de ti sin tener que avergonzarse. Después de todo, es lo más importante para ti, ¿no? Tú misma —agregó en un tono tan despreocupado y a la vez humillante que no pudo reconocerlo. Ella se quedó sin habla, completamente anonadada por su respuesta. —Siempre fue así.

Ella iba a responderle con algún improperio pero Esme se le adelantó.

—Basta, Edward —exigió, sin importarle la presencia de Heidi. —Fue suficiente. No habrá un solo insulto más en mi mesa. Si vas a seguirte comportando de una forma tan poco educada no quiero verte en mi casa.

—Señora Cullen, disculpe —se inmiscuyó Heidi—pero me parece que ha sido Isabella quien…

—Te voy a suplicar, Heidi —dijo con tono severo —, que guardes silencio por lo menos un segundo. Escúchame, hijo —prosiguió—no me importa si la señorita es tu amiga, tu novia o lo que sea; si ella no puede soportar a Bella, no está obligada a hacerlo, pero la que se va es ella, no Bella.

Edward soltó un bufido enfadado, exasperado por la actitud de toda su familia.

—¿Por qué todos se empeñan en defenderla a ella? —preguntó. — ¡Por qué!

—Porque la persona que está ahí sentada en el lugar de Edward, mi Edward, no la conozco —aseveró, retándolo con la mirada. A pesar de su arrogancia, Edward jamás se atrevería a desafiar a Esme. —La persona que yo crié era un hombre caballeroso, educado, que nunca ofendería a una mujer. Mi hijo, es alguien muy diferente a ti —declaró tratando de que su voz no se cortara. Sabía que sus palabras le herirían pero debía hacerlo entrar en razón. —Mi hijo era uno que se enamoró de Isabella Swan el día en que la conoció.

Su última frase movió el corazón de Bella, incitándola a derramar también lágrimas anegadas en sus ojos.

—Mamá, yo… —el arrepentimiento era palpable en su voz, sin embargo, no fue capaz de completar su oración.

—Eres lo suficientemente mayor para decidir por ti mismo —dijo, muy a su pesar. —Pero que quieras hacer de tu vida un lío, no significa que vaya a permitir que arruines la de Bella también.

—Está bien, Esme —la interrumpió Bella, apreciando lo que hacía por ella. Ella estaba haciendo por ella mucho más de lo que merecía. —Lo nuestro pasó hace mucho.

—Demasiado —agregó Edward.

—Lamentable, ¿no? —murmuró Esme, guardando la calma.

—Quizá si alguien hubiera querido dar un poco de sí y ser sincero… —dijo Bella, dejando que el comentario flotara en el aire, llenándolo de tensión.

—Tal vez si hubiéramos sido un poco menos egoístas hubiera funcionado —miró a Bella haciéndole saber que había sido ella la culpable. —Si hubieras pensado un poco en mí hubiera funcionado. Se arruinó, sí, ¡se arruinó cuando comenzaste a ser lo único importante para ti misma! —incriminó, una vez más exasperado, enfadado consigo mismo, pero sin alzar la voz. Trató de mantenerse impasible pero su mirada acusatoria era casi ofensiva.

—¡Tú lo arruinaste cuando decidiste que ella —se puso de pie, gritando y señalando a Heidi —era mejor que yo! ¡Tú echaste todo a la basura cuando me mentiste!

—Esto se pone interesante —susurró Emmett en voz tan baja que solo Jasper pudo escucharle. —Diez por Bella.

—Te doy veinte a que Edward fue el culpable—contestó Jasper de la misma forma. Ambos entrelazaron sus manos bajo la mesa, sellando el acuerdo.

—No trates de culparme por algo que tú decidiste, Edward —gritó, haciendo ademanes con las manos, con las lágrimas por fin aflorando por su rostro. —Yo fui lo suficientemente estúpida para creer en ti porque te amaba; pero eso no fue suficiente para ti.

—¿Yo decidí? —contestó de la misma forma, incrédulo por su afirmación. Había una furia en su interior que lo hacía más cruel con sus palabras; había un deseo dentro de él de echarle en cara lo ruin que ella había sido. —¡No recuerdo haberte pedido que te deshicieras de él! ¡Tú arruinaste cada sentimiento que pudiera tener hacia ti cuando abortaste a mi bebé!

Todos los ocupantes de la mesa contuvieron el aliento. La cara de Bella se crispó de dolor, recordando aquel suceso tan trascendente en su vida. Instintivamente llevó sus manos a su vientre como si quisiera proteger el producto inexistente dentro de ella. Tuvo que sostenerse con toda la firmeza que le brindaba sus manos para que sus piernas frágiles no la dejaran caer.

Heidi bajó la mirada, cerrando los ojos con fuerza, esperando la que la telaraña de mentiras que había construido se le viniera encima. Después de todo, quizá había perdido. Había perdido más de lo que nunca había ganado.


Buenas noches.
Bueno, queridas mías, ya saben lo que pasó. Bueno más o menos. Tuve que modificar el original para quitarlo lo agresivo a Edward porque en serio iba a matarlo. La verdad no lo leí así que disculpen cualquie error, falta... Hubo algunas que adivinaron lo que pasaba pero yo fui muy perra y les dije que no era eso :) La primera en sospecharlo fue Kote Cullen Swan pero ella realmente me impresionó quiero decir, lo adivinó en el tercer capítulo. Umm... qué más puedo decirles...

No he respondido sus reviews, lo sé, pero tuve una semana muy muyocupada. No crean que me la paso de floja tengo clases de lunes a sábado (sí, también los sábados) d de la tarde. Espero sinceramente que no se hayan decepecionado. Faltarán como tres capítulos para concluir pero noestoy segura todavía. Estoy feliz porque en realidad me gustaba la idea y bueno... aquí estamos. Por este tema es que la historia es T; quizá sea soso pero creí que no podía clasificarlo K+ por esto. Pero lo demás es completamente K+. Resolveré sus dudasen los siguientes capítulos. Hay un dato sobre todo esto del aborto (?) que nadie ha adivinado... Espero sus opiniones.

¡No me vayan a decir: me lo imaginaba pero no lodije antes por...! Porque no les voy a creer jaja. Gracias por todo chicas, faltan pocos capítulos y tengo la esperanza de poder llegar a los 250 favor, háganme feliz.

Estoy esperando por Amanecer ansiosamente, ¡oh, por DIOS! Espero poder terminar la historia para esas fechas. Ese sábado (diecinueve) es mi cumpleaños así que quizá pueda autoregalarme eso. ¡Ayúdenme con sus reviews!

Una vez más gracias

Que tengan bonita semana
Liz
P.D.: Yeih, en mi país aún es sábado...
29.10.11