Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Somewhere far along this road, he lost his soul to a woman so heartless.
How could you be so heartless?
~The Fray
Capítulo 12: Confusión
Caminaba por la vacía acera, cubierta por el manto que le ofrecía la noche. Las luces de las casas y edificios comenzaban a escasear, a pesar de que no era muy tarde. El tiempo había corrido especialmente lento aquel día. Su vuelo había sido retrasado por irracionales causas alegadas por las azafatas que no lograba entender; su mente estaba muy lejos, dividida entre el malestar que le ocasionaban las náuseas y su próximo destino.
El hotel en el que había reservado una habitación estaba demasiado cerca del apartamento de Edward como para solicitar un taxi; era un desperdicio de dinero. Además, le haría bien caminar un poco; necesitaba despejar su mente y desenmarañar sus ideas. Había practicado tantas veces la conversación a la que se acercaba más a cada paso que no tenía idea de cómo empezarla.
Decidió seguir el consejo de Hilary y llevo el hilo de sus pensamientos por otra parte. Ella, sin saberlo, le había dado los consejos más útiles en mucho tiempo. No estaba segura de cuánto tiempo permanecería ahí, en Massachusetts. No le desagradaban los hoteles, pero a la larga resultaba incómodos. Cada vez que entraba a su habitación sentía el frío de la soledad golpearla; la impersonalidad de ésta la hacía estremecer. Los hoteles le hacían añorar su hogar, al otro lado del país, en Washington.
Sabía que Edward insistiría en que debía quedarse en su apartamento; era demasiado cortés para dejarla pagar su estancia. No le mortificaba la posibilidad, por el contrario, le alegraría. Pero le incomodaría el constante pensamiento que vendría a interrumpir las actividades cotidianas de Edward. Negó con la cabeza tratando de disipar semejantes ideas; su estado la estaba volviendo más sentimental. O quizá era paranoia, más que sentimentalismo.
El edificio era altísimo. Nunca había llegado al último piso y lo agradecía. La claustrofobia de estar encerrada en un elevador por doce pisos la haría perder la cabeza. Era una suerte que el de Edward estuviera en el número cuatro.
El anciano portero la saludó alegremente. Ella estaba segura de que la confundía con alguna inquilina pues habían sido pocas las veces en que habían cruzado más de dos palabras. Edward se quejaba constantemente de su inminente curiosidad y su afición por el bulo, únicamente por diversión propia. Sus ojos azules, saltones, estaban cubiertos por una finísima capa grisácea que era difícil distinguir a través de sus gruesos anteojos que resaltaban aún más el tamaño de éstos.
El vestíbulo era amplio, decorado ostentosamente. Era obvio que no habían escatimado en gastos. Era casi doloroso pisar las baldosas relucientes. Éste era tan concurrido como una avenida principal, aunque ahora estuviera prácticamente vacío. Se detuvo frente a los elevadores y espero con paciencia a que alguno tuviera la voluntad de abrirle sus puertas. Se reflejó en las puertas cromadas de éstos y pudo ver, vagamente, la expresión tan descompuesta de su rostro. Estaba tan nerviosa… Se animó con el positivismo que Hilary había tratado de inculcarle y, cuando se forzó a esbozar una sonrisa, pudo hacerlo con sinceridad. ¿Había alguna razón para no estar feliz? Si tuviera que describir su estado de ánimo, dejando de lado su nerviosismo, diría que estaba más que rebosante de alegría; la euforia era el único sentimiento que su corazón emitía, además de la ilusión.
Cuando, finalmente, puso subir al elevador, le pareció ver caminar al vecino de al lado de Edward hacia la puerta, pero las puertas ya se habían cerrado. Presionó con suavidad el botón marcado con el número «4». Se distrajo observando el resplandor alrededor del número; era un brillo inesperado, que casi nadie notaría, pero significativo. Ella era ese número «4», exactamente igual a los demás, sin ninguna cualidad que la hiciera resaltar, pero con su propio destello; y ése era la personita en su interior.
Entonces, el fulgor volvió a su mirada, a través de los cuales podías deducir sus emociones. Conocía de memoria el camino. El número en la puerta del apartamento estaba grabado en su cabeza, había sido el único en el que había pensado las últimas semanas.
Tocó el timbre con delicadeza, como si eso fuera a aminorar el volumen de éste a repiquetear, temerosa de encontrarlo en un mal momento. Mordía su labio con fuerza, esperando el momento en que él se asomara por el umbral. Sin embargo, él nunca abrió. Ella miró ceñuda el timbre, como si éste fuera el culpable. Volvió a accionarlo pero tampoco obtuvo respuesta. Nunca se había detenido a pensar la posibilidad de que él pudiera estar fuera de casa. Se había negado rotundamente a llamarlo, deseando que fuera una sorpresa.
La tercera vez que llamó a la puerta sin ningún resultado se rindió. Rebuscó en su bolso, tratando de ubicar el duplicado de las llaves que él le había dado alguna vez y jamás había sido sacado de su cartera. Nunca la había necesitado. Escuchó pasos ligeros acercarse a ella pero no le prestó atención. Sonrió victoriosa cuando logró encontrarlas en una pequeña y recóndita bolsita de plástico.
Le sorprendió ver a una mujer observándola con detenimiento. Había una chispa de reconocimiento en sus ojos, aunque ella estaba segura de no haberla visto antes. Tenía unos hostiles e imponentes ojos azules violáceos que la recorrían de pies a cabeza, como si estuviera dentro de un delirante sueño interminable. Era más alta que Bella. Era la clase de mujer que contrastaba con ella. Podías adivinar su porte alzado aun a la distancia; su forma de vestir le decía que no era, en absoluto, una persona tímida. Ella desbordaba prepotencia y presunción.
—Disculpa, ¿quién eres? —dijo la mujer con voz dulce, aparentando una introversión que no iba con su papel, aunque su actuación era formidable.
La desconocida tenía la mano derecha en el pomo, con claras intenciones de girarlo, pero lo desasió y dejó que su mano cayera, flácida a su costado.
—Mi nombre es Isabella Swan —se presentó educadamente. —Estoy buscando a la persona que vive aquí, él es mi… —quiso explicarle, pero ella la cortó con un gesto.
—Buscas a Edward, ¿cierto? —le dijo ella, envolviéndola con su tono zalamero, en el que se escondían otras intenciones que Bella, ni por asomo, podría descifrar. —Soy Heidi Dawson, un placer —le tendió su mano izquierda con deliberada lentitud. Dejó que la sostuviera un momento, en un gesto excesivamente formal. A Bella le llamó la atención el suntuoso anillo que adornaba su dedo anular. No era la primera vez que veía ese anillo; y podía recordar exactamente donde lo había visto antes. —Soy su prometida —agregó con orgullo. Había una sonrisa placentera en su boca que matizaba su declaración.
Bella soltó su mano de inmediato, como si esta le repeliera. Tenía la mirada fija en el dedo anular de Heidi. Su voz melodiosa le hizo un par de preguntas que ella no escuchó. En su mente se repetían sus palabras, pero extinguiendo el tono melodioso de su voz, lo decía con dolo, con una energía lastimosa. Sentía una grieta abrirse paso en su corazón y pensó que lo mejor sería retirarse antes de humillarse más a sí misma. Estaba completamente segura que era el anillo que Alice le había mostrado el verano pasado, explicándole que había pertenecido a la familia de su madre desde hace más de un siglo. Era ése. Era completamente inconfundible e inolvidable. Y Bella simplemente no podía despegar los ojos de él.
—Edward nunca se lo daría a nadie sin estar plenamente a casarse con ella —le había dicho Alice aquel día. Después había añadido algo acerca de que estaba segura de que esa mujer sería Bella, pero justo en aquel momento la opinión de Alice no importaba.
—¿Estás bien? —la escuchó decir. —¿Pasa algo malo?
—No —contestó con tanta firmeza como le fue posible. —No sabía que estuviera comprometido —agregó con frialdad. —Enhorabuena, señorita Dawson —la felicitó, forzándose a entablar una conexión visual. —Si me disculpa, tengo cosas que hacer. Con permiso.
— ¡Oiga! Pero, ¿no quería hablar con Edward? —la detuvo Heidi, arqueando sus cejas.
—Ya todo está dicho —argumentó, mirándola por encima de su hombro.
Sus manos se aferraron a su abdomen, como si quisiera protegerse a sí misma y a su bebé. La euforia de la noticia había durado muy poco. Había lágrimas en sus ojos, amenazando por desbordarse y recorrer su rostro compungido. No lograba asimilar las palabras de Heidi. Había un dolor punzante en su pecho, naciente.
Ardía.
Ardía tanto, que solamente deseaba salir de aquel lugar desmoronarse lejos de ahí. Quería volver a casa y no saber nada más de Massachusetts otra vez. No estaba dispuesta a creerlo. No lo haría; no hasta hablar con Edward. Sin embargo, miró hacia atrás y la echó un vistazo una vez más: ella era perfecta. Era hermosa y elegante; ella su antítesis. Heidi Dawson era la viva imagen de lo que ella siempre había creído que Edward merecía. Pero ella aún creía en él. ¿Por qué no hacerlo? Edward la amaba casi tanto como ella a él. Pero una sola duda asaltaba su mente: ¿por qué ella debería de mentirle? Ni siquiera la conocía. Heidi no sabía quién era ella. Pero ahora Bella sabía quién era Heidi. Era la prometida de su novio. Y, ¿cómo desmentirla si llevaba la ineludible prueba colgando de su dedo? Él nunca le habría dado ese anillo a nadie más que a la mujer que quisiera desposar, Alice lo había dicho y después Edward se lo había confirmado en un indirecta. Y esa mujer era Heidi. ¿O había alguna otra razón para estar comprometido en estos días?
Comprometido.
La palabra taladraba su cerebro. Le hacía daño. Quizá debiera buscarlo y echárselo en cara. Cada minuto se convencía sí misma más de que no había razón para que aquel hecho no fuese verdad. Lo correcto sería buscarlo, sí, pero, ¿para qué? Sólo para reiterar un hecho que solo le causaría más daño. Sentía su interior caerse a pedazos. Apenas conservaba fuerza para seguir caminando. Se hundiría en el sufrimiento tan profundo que atacaba su pecho y tomaría el siguiente vuelo a Nueva Jersey.
Si su mente ya estaba confundida por la cantidad de pensamientos que había tenido en los últimos días, ahora era un total caos. Había escenas creadas en su cabeza, imaginando su reacción cuando se lo contara mezcladas con los más melosos recuerdos, rellenos de encomios y elogios. Sentía una parte de ella morir lenta y tortuosamente.
Moría junto con las memorias; su corazón latía irracionalmente aprisa. Solo debía conseguir llegar a su hotel. Sufrir en silencio se le daba bien, pero no estaba segura de poder soportar un dolor semejante. Y aún con el cúmulo de sentimientos dentro de ella, las lágrimas fluyendo rápidamente, sabía que no podría olvidarse de él tan fácilmente, aunque tratara con todo su esfuerzo. Adentro de ella había un recordatorio permanente del que estaría orgullosa de portar.
¿Acaso él la había tomado en cuenta antes? No estaba segura en qué momento su relación había terminado, pero el hecho era que ya no existía. Había dejado de existir cuando él se comprometió con alguien más. Sería justa. A ella tampoco le importaría su opinión. Evitaría verlo cuanto pudiera y así el sería muy feliz con Heidi; mientras que ella disfrutaba el resto de su vida lejos, muy lejos.
Las lágrimas empañaban sus ojos, dificultando su visión. Sentía sus pasos dobles, pero lo ignoró. Sólo faltaban un par de calles para resguardarse en la seguridad del hotel y dejarse derrumbar. Pronto habría llorado todo lo que tenía que llorar y mañana sería otro día. Mañana levantaría una coraza impenetrable a su alrededor y no dejaría que nadie la atravesara. No se permitiría volver a pensar en él. Pero todos esos planes, comenzarían mañana. Hoy, el desgarrador sentimiento la aturdía hasta un punto en el que no podía pensar con claridad. Soltó un par de sollozos reprimidos.
Cuando sólo faltaba una cuadra para llegar a su tan esperado destino, se dijo a sí misma que era una verdadera y completa imbécil. Edward siempre había sido fiel, no tenía por qué ser diferente esta vez. Le daría el beneficio de la duda. Después, si confirmaba lo dicho —que en su interior se decía que era lo más lógico —entonces lo dejaría atrás y seguirían por caminos separados. Sería fuerte; por ella y por el niño.
No tuvo tiempo de analizar la situación. De pronto, se encontraba en la mitad de la calle frente a su hotel, con un par de deslumbrantes faros cegándola. Después, olvidó el dolor, el pesar, el sufrimiento y dejó de sentir para sumirse en una benévola inconsciencia que le otorgó el sopor momentáneo que necesitaba. Pero ese alivio lo pagaría muy caro.
—Edward —murmuró Heidi, curvando sus labios hacia abajo en un gesto de preocupación. Estaba envuelta en una impecable bata blanca aunque había olvidado ponerse esa máscara de serenidad que usaban los doctores. —Oh, Edward, lo lamento tanto.
Había un par de lagrimillas bordeando sus ojos. Él, frustrado, le exigió una respuesta ante su temible silencio. Heidi había creído que lo más prudente sería llamarlo. En un principio estaba completamente paralizada. Había seguido a Isabella, sin que ella misma supiera por qué. Sólo sabía que debía seguirla. Lo último que esperaba era ver cómo era arrollada. Su primer pensamiento racional fue llamar a emergencias y mantenerla con vida hasta que pudiera llegar al hospital. Después, lo llamó a él.
Tenía que decírselo a Edward; no podría soportar verlo a los ojos sabiendo que ella estaba en cirugía por un accidente. Le aseguró que, mientras caminaba hacia su apartamento, había visto por casualidad un accidente y había hecho cuanto había podido pero necesitaba el apoyo de alguien. Heidi en verdad estaba asustada y esa sería su única defensa.
Fue cuestión de tiempo que él se reuniera con ella. Era un excelente amigo. Si había sido corto el periodo de espera para encontrarse, lo fue aún más el que tuvo que transcurrir para que él pudiera reconocer a la paciente. Se había vuelto loco, maldiciendo en voz alta, como nunca antes; lloraba y suplicaba. A pesar de que en ese hospital hacía su internado, no le fue permitido atenderla como su doctor debido al a relación personal que tenía. Heidi, en el tiempo que llevaba de conocerlo, nunca lo había visto tan fuera de sí.
Trató de olvidarse de quien era ella e hizo su mejor esfuerzo por salvarle la vida. Era una mujer brillante, cuyos objetivos siempre eran alcanzados. Sin embargo, ella no contaba con una complicación semejante: Bella estaba embarazada. Podría jurar ante un altar que hizo cuanto estuvo en sus manos pero no le fue posible salvarlos a ambos. Era ella o el producto dentro de ella, el cual era demasiado pequeño para sobrevivir. Además, sabía que Edward nunca le perdonaría que la dejara morir; no a ella.
Aquella noche, fría, húmeda y oscurísima había habido un accidente gigantesco en una calle excesivamente transitada que había involucrado a tantas personas que los dedos de las manos no alcanzaban, incluso si los usabas dos veces; por lo que los doctores y las enfermeras corrían de un lado a otro salvando cuántas vidas podían. Y por razones que únicamente el destino podría explicar, ella, y únicamente ella era responsable de esa la responsable de que su corazón siguiera palpitando, pero no fue capaz de lograr lo mismo con su hijo no nato. Incluso sintió la necesidad de pedirle perdón en voz baja. Ella podía ser Isabella Swan, la futura esposa de Edward; podía sentir un repudio inevitable hacia ella pero no podía evitar sentir lástima por la pérdida de su hijo. Ella era mujer y podía ponerse en su lugar por solo ese instante.
En los meses que llevaba ejerciendo nunca había tenido que hacer nada tan difícil como decirle a Edward lo que estaba sucediendo. No se sentía lo suficientemente fuerte para informarle la verdad, pero debía hacerlo. Pero, ¿qué iba a decirle, cómo iba a explicarle? Cuando la había visto ahí de pie, frente al apartamento, no podía creer que fuera ella. Sólo quería entregarle a Edward el abrigo que había olvidad, pero en su lugar simplemente actuó con un cinismo que hasta a ella le impresionó. Sabía que estaba en un aprieto, uno muy serio.
Siempre había sido buena actriz pero jamás había usado esa habilidad para un fin tan protervo. Pero no se podía echar para atrás, ya no. No podía perderlo. Desde que había concebido la idea en su mente sabía que era descabellada pero cuando sus ojos se encontraron y vio en ellos el mismo sentimiento que Edward solía expresar a cada momento, recordó su profundo rencor, la envidia y la ambición. Ella ni siquiera se esforzaba por conseguir algo de él y, aún así, estaba completamente a sus pies.
Sabía que lo que estaba haciendo —y lo que haría —sería lo más ruin y cruel que jamás haría en su vida, pero cada vez que la veía le asqueaba su ternura, su simplicidad, su humildad. Ella era todo lo que ella nunca podría —y nunca desearía ser. Ella no era nada.
—Ella estará bien —suspiró finalmente, dando por terminado la angustia de Edward. —Pero era muy tarde para el pequeño —agregó con pesar.
— ¿De qué me estás hablando? —indagó, completamente desorientado. A ella le sorprendió más darse cuenta de que él tampoco lo sabía.
Tomó una bocanada aire, preparándose para continuar. Tuvo que comenzar por informarle de su embarazo y prosiguió describiendo el estado en que había ingresado. Trataba de hablar pausadamente para mantener la calma. Sentía su corazón partirse con cada lágrima que él derramaba, pero se animaba pensando que todo valdría la pena después de un tiempo. O eso esperaba.
—Ella tenía once semanas de gestación —murmuró, evadiendo su mirada, a la espera de su reacción. —Lo siento mucho, Edward.
—Tenía… —dijo en un susurro ahogado, marcando el pasado con un dolor deprimente.
—No importa si hubiera sido atendida antes, no se podía hacer nada… Ella había estado administrándose abortivos—puntualizó formando un gesto inexpresivo. Pudo ver la duda y la incredulidad que emanaba su rostro y añadió—: Mandé una prueba de sangre al laboratorio.
Eran demasiadas noticias para una sola noche. Él ni siquiera sabía que estaría en la ciudad, ¡y ahora pretendía que asimilara que Bella, su Bella, había abortado! Había tantas cosas en su mente que lo abrumaban; en aquel momento no importaba lo que ella pudiera haber hecho, solo quería verla y asegurarse de que estuviera bien.
—Quiero verla—exigió, modulando su voz. Reprimió un gemido lastimero, pensando en todo lo que había pasado de un segundo a otro. Dio un paso hacia adelante para dirigirse hacia el cuarto donde debería estar pero Heidi no se lo permitió.
—No puedes —murmuró. Cerró los ojos y, con su mano en su hombro, explicó —: Ella no quiere verte. No quiere saber nada de ti, Edward. Cuando le dije que estabas aquí me pidió, me exigió, que no te dejase entrar. Tú sabes que no puedo dejarte entrar si ella no lo permite.
Él la miró completamente pasmado; no podía creerle pero la realidad era que ella no tenía una razón para mentir. Retrocedió el paso que había avanzado; y a éste le siguió otro y otro y otro más.
—Edward, no sé qué pretendía viniendo aquí —murmuró con voz temblorosa. —Pero definitivamente ella no deseaba continuar con su embarazo. Te lo digo como tu amiga, fue inducido.
El olor a penicilina y cloro le alertó que algo no iba como debería de ser. Ésa no era su habitación y tampoco era su cuarto de hotel. Su cuerpo estaba inundado de cables por doquier y el insistente chillido del indicador Holter comenzaba a desesperarla. Era excesivamente constante.
Sentía la presencia de alguien más a su lado pero tuvo que tratar en repetidas ocasiones abrir los ojos para conseguirlo. Sus párpados parecían pesar varios kilos cada uno y se negaban a abrirse, amenazándola con enviarla de nuevo a la oscuridad de la somnolencia.
Estaba de espaldas a ella, pero podía deducir por su marcada figura que era una mujer, a pesar su vaga consciencia. Su cabello caoba caía por su espalda, largo y brillante. Pronto la pudo reconocer como Heidi.
—¿Tú? —dijo con voz débil, casi inaudible.
—¿A quién esperabas, al hada de los dientes? —contestó sin dirigirle ni una sola mirada. Había borrado su careta de afabilidad y ahora se mostraba tal cual era. Había una expresión fastidiada en su rostro; sus labios estaban fruncidos en una mueca de repugnancia. —Tuviste un accidente.
—¿Dónde estoy? —le preguntó aturdida.
—¿Tú dónde piensas, idiota? —. Rodó sus ojos como si fuera obvia su ineptitud. —Estuviste sedada unas quince horas, dieciséis quizá. No me senté a contarlas y, en realidad, tampoco me importa.
—Accidente —repitió sin entenderlo aún. Fruncía el entrecejo, haciendo esfuerzo por recordar, pero a su mente solo venían imágenes de una pesadilla; una en la que Edward estaba comprometido. —¿Cómo está mi bebé? —quiso saber, acariciando su vientre, notando de inmediato que la firmeza que había adquirido con las semanas había desaparecido. Jadeó en búsqueda de ésta, pero no logró encontrarla.
—Murió —dijo con simpleza. Revisaba cada uno de los aparatos que la rodaba, de los cuales Bella no tenía idea de su utilidad, con desinterés. —Aunque no se puede llamar «muerte» a lo que sucedió con…eso.
Un gemido se atoró en su garganta. El nudo en su garganta era terriblemente doloroso, pero nada comparado con el de su corazón. Entonces, comprendió que no había sido un mal sueño, sino la pura verdad que la abrazaba con demasiada fuerza, haciéndole daño, asfixiándola.
Las lágrimas brotaron en silencio unos segundos antes de dar pie a lastimosos y sonoros sollozos interminables. Negaba en voz alta; maldecía su suerte y afirmaba desear terminar con todo esto en aquel mismo segundo.
—Velo por el lado positivo —le comentó Heidi con tono trivial. —No pasarás la vergüenza de que el padre de tu hijo te desprecie; seamos sinceros, no le inspiras mucho más que lástima. Le evitaste la pena a ese pobre niño de ser un bastardo.
Cada palabra la hería profundamente, enterrando más las dagas en su cuerpo. La respiración le faltaba y sentía —aunque ahora todos podrían escucharlo —su pulso acelerarse. De sus labios no salían palabras coherentes, solo lamentos desgarrados y lloriqueos que desgañitaban su garganta.
—Quiero ver a Edward —demando entre sollozos, aunque dejó ver la autoridad en su voz. Heidi rió por lo bajo.
—Pero él a ti no —afirmó. —De todas formas, él está en casa —sonrió con nostalgia, como si añorara su hogar. —Déjalo ya, niña, date cuenta que no hay nada que él agradezca más que haber podido deshacerse de la responsabilidad de ese bastardo. Tú sólo significas un estorbo en su vida, en nuestra vida.
Bella hiperventilaba y su corazón palpitaba desbocado; el cuarto estaba inundado por sus incesantes jadeos y el irregular sonido de su pulso.
—Le diré a una enfermera que te sede de nuevo, das menos problemas mientras duermes —dijo mientras anotaba rápidamente algo en un cuadernillo.
Salió de la habitación a paso lento, balanceándose a cada zancada como si no escuchara sus desesperados sollozos. Bella pensó que quizá lo estuviera disfrutando. Regresó pocos minutos después con una mujer mayor, claramente una enfermera, quien se apiadó de ella y le inyectó un sedante. La somnolencia logró acallar sus gemidos, aunque fue perfectamente consciente de la presencia de Heidi. La debilidad de su cuerpo la inundaba lentamente como si estuviera cayendo por un precipicio despacio. Sin embargo, la falta de energía para externar el profundo dolor que la hería no significaba que éste desapareciera. Por el contrario, permanecía ahí, incrustado en su pecho. Brillantes hilillos recorrieron su rostro, ahora sin más gemidos que sordos jadeos nacientes en su garganta.
—Una cosa más, Bella —acarició su nombre con los labios de una forma que resultaba ofensiva —. No vuelvas. Déjale olvidar que alguna vez fuiste parte de su vida; o que alguna vez estuviste embarazada. Aunque creo que ya lo ha olvidado, nunca le importó… Adiós, Bella. Espero no nos veamos nunca más.
Bella cerró los ojos, vencida por la pesadez de éstos. Se hundió en la oscuridad densa con el dolor palpitando en su pecho, desgarrando todo a su paso. Abría un herida tan profunda que, tenía la certeza, nunca sanaría. Y es que él no estaría ahí para ayudarla a curarla.
Buenos días, gente.
Bueno, sé que es algo fuerte pero eso fue más o menos lo que pasó. Bella me dió pena; aunque faltan algunos hechos de explicar. Como ven, Edward no es tan malo. Edward es víctima, no lo acusen. Ow, Edward, es una dulzura, de hecho.
No tengo mucho que decir sólo que había estado algo distraída por una idea de un OS para Nevermissme; pero no tiene mucha importancia. Realmetne espero que no se decepcionen. La idea original de esto fue escrito el 14 de abril de este año y fue leído por primera vez en un Starbucks por Nevermissme. Ese fue un buen día... Ese día Nevermissme dijo: tienes que hacer esto. Así que aquí estoy. Prongs, cariño todo es por ti, recuérdalo. Espero no decepcionarlas a ustedes porque son unas lectoras maravillosas, en serio lo son. Pero también es muy importante para mí la opinión de mi Prongs, siempre serás mi mejor amiga, siempre seré tu Moony...
Supongo que es todo... Ah, feliz cumpleaños retrasado para dory - 25. Felices diecisés, querida. Ya casi se vienen los míos... y el preestreno de Amanecer (sí, les presumo que tengo mis entradas desde hace una semana).
Gracias por sus 240 reviews, son maravillosos. Faltan poco capítulos, me pregunto si llegaremos a 300.
Gracias por todo una vez más
Liz
P.D.: Chicas, sé que mi Penname ess LizBrandon, pero no se dirijan a mí como "LizBrandon:..." Me la llamo Lizeth o Liz, como prefieran. :)
P.D.2: ME VAN A MATAR. En serio que sí. Escribí esta nota ayer, sábado, pero sólo lo subí en DocumentManager y no lo actualicé. Hoy no revisé mi correo en todo el día y no me dí cuenta de que no había subido nada. Lo lamento, es un verdadera estupidez. No volverá a ocurrir, ¿me perdonan? Gracias a Heart on Winter por hacermelo notar. Besos, que tenga una excelente semana.
06.11.11
