Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


Open up next to you and my secrets become your truth

And the distance between that was sheltering me comes in

full view

~Sara Bareilles


Capítulo 13: Perdón

Sus piernas trémulas apenas podían soportar su peso. Tuvo que sujetarse de la orilla de la mesa para no desplomarse cual muñeca de trapo. Su respiración errática se dificultaba a cada segundo. Emmett, a su lado, se puso de pie para sostenerla por la cintura. De pronto se vio rodeada de personas que le suplicaban que se tranquilizara, pero ya no estaba en sus manos. Su corazón latía fuerte, como si quisiera apresurar los latidos que le quedaban y escapar de todo lo que le rodeaba.

El bullicio se había levantado, pero no lograba descifrar lo que los murmullos bajo sus alientos susurraban torpemente. Quiso decir algo pero no lograba encontrar su voz.

—¡Silencio! —quiso gritarles. Pero de su garganta no salió ni siquiera un gemido.

—Bella, cariño, respira —dijo Carlisle mirándola directamente a los ojos. —No los escuches, Bella. Sólo respira. No pienses en nada, justo ahora sólo quiero que respires. Vamos, hija, hazlo.

Bella se concentró en sus ojos azules que parecían poder atravesar su alma para llevarle algo de la calma que ya casi no podía reconocer. Carlisle acariciaba sus manos con ternura, como si sus caricias estuvieran yendo directamente a su corazón. Bella cerró sus ojos y dejó de escuchar lo que le rodeaba.

—Respira —le suplicó Carlisle en un susurro. Sentía que las lágrimas calientes deslizarse por sus mejillas. Había una desesperación dentro de ella incontrolable.

Edward apenas podía creer lo que veía. Trató de levantarse, con genuina preocupación, pero una mano envolvió la suya deteniéndolo.

—Deja que se tranquilice —murmuró Heidi inexpresivamente. —Sólo se pondrá peor, Edward.

Edward trató de analizar los movimientos de Heidi, pero no había nada que ver. Excepto quizá un pesar en sus ojos que era innegable. Pero tenía la sensación de que más que compasión por Bella era hacia ella misma. Había algo en su expresión que lo hizo dudar. Ella siempre se había mostrado abierta y sonriente, inspiraba la confianza que él necesitaba en alguien más.

—Emmett, llévala arriba —pidió Carlisle amablemente. —Haz que se recueste; y abre la ventana, le hará bien. Estará bien —prometió mirando hacia Esme.

—Vamos, pequeña. —Le sonrió alentadoramente, como si nada estuviera mal. Emmett la envolvió en sus gruesos brazos brindándole la seguridad de que nadie traspasaría el muro que le brindaba su amigo. La meció entre sus brazos tranquilizadoramente, tratando de que su respiración dejase por fin de ser superficial.

Edward se deshizo de la mano delgada que aferraba sus nudillos en un agarre firme aunque no lo suficiente para su fuerza. Quiso convencerse de que ella sólo estaba actuando, pero no podía. Una vez más, por más que trataba de decirse a sí mismo que no era lo que parecía, las pruebas eran irrefutables. Se puso de pie, siguiendo casi inconscientemente a Emmett.

—Edward —lo llamó su hermana en voz baja. Él detuvo sus movimientos pausados y vacilantes para girarse y mirarla. —¿Es cierto? Lo que has dicho, ¿es cierto?

—Temo que lo es, Al —dijo por lo bajo, en un hilo de voz que apenas se escuchaba sobre los comentarios ajenos.

—Tú la conoces —lloriqueó dando un paso adelante. —Tú sabes que ella no… ella no haría eso. Nunca. Y mucho menos si se trata de ti. No puedes haberlo creído, Edward. No.

—Me negué tanto como tú o quizá un poco más. Pero al final no te queda más que aceptar la verdad —respondió mirándola a los ojos, exactamente iguales a los de él. Se detuvo un segundo a observar cuánto había cambiado a través del tiempo y cómo sus facciones reflejaban una incredulidad mezclada con el dolor que lo hacían retorcerse. Él hubiera hecho todo porque Alice nunca lo supiera, pero simplemente no había podido contenerse.

—No creo que sea lo mejor justo ahora —intervino Jasper interponiéndose entre Edward y el camino que Emmett había seguido. —Hazle daño y olvidaré que somos hermanos.

—Si no te mueves también yo lo haré —respondió Edward de la misma forma, aparentemente sereno pero sin dejar de lado la nota amenazante.

—Jasper, esto es entre ellos —acotó Rosalie al otro lado de la habitación, captando la atención de sus acompañantes. —Quizá deberíamos dejarlos solucionarlo ellos mismos.

Edward caminó hacia las escaleras de caracol, sin importarle la barrera que suponía Jasper. Subió cuidadosamente, como si fuera posible que se perdiese. Su corazón amenazaba con fallar en cualquier momento. Siguió el pasillo, buscando la habitación adonde Emmett y Bella se habían dirigido, pero no había nadie aparentemente. Subió al tercer piso pero le pareció poco probable que ellos estuvieran ahí.

Le sorprendió que, efectivamente, Emmett la hubiera llevado hasta su habitación. Bella reposaba sobre la que había sido su cama, hundiendo ligeramente el edredón dorado con su peso. Tenía las manos acomodadas en su regazo y la brisa que entraba por la ventana movía sus cabellos.

—Emmett, estoy bien —argüía. —Sólo fue un momento de… debilidad.

—Será mejor que te relajes —pidió con paciencia. —Creo que la noche aún no termina. ¿Lo ves? —miró hacia el umbral, trabando su mirada con la de su hermano. Esbozó una sonrisa cordial como si le diera permiso de entrar a su propia habitación. —Esto será largo, pequeña, así que tómalo con calma.

—Gracias por tus consejos, hermano —dijo Edward recargándose contra la puerta, cruzándose de brazos. —Te aseguro que no nos asesinaremos el uno al otro, sólo me gustaría hablar con Bella, si no te importa.

—No creo que tenga que dar mi autorización —convino Emmett. —Pero ella sí.

—Sólo vete, Emm —pidió Edward afablemente.

Emmett asintió. Intercaló su mirada entre Edward y Bella antes de salir apresuradamente, como si de pronto estuviera incómodo entre ellos. Edward esperó a escuchar que bajaba las escaleras para introducirse en el cuarto y cerrar la puerta tras de sí. Esto sería privado.

— ¿Estás mejor? —inquirió.

—Como si te importara —respondió ella. Se incorporó lentamente para evitar marearse pero fue inevitable que el suelo pareciera moverse en círculos por un momento.

—No te levantes —pidió. —Tampoco quiero ser el culpable de que te golpees la cabeza y entres en coma o algo. Sólo necesito hacerte una pregunta.

—No es raro que busques evadir la culpa, Edward —acusó, sentada al filo de la cama, con sus piernas firmemente cerradas y sus tobillos cruzados. Su espalda estaba tensa y tan recta como le era posible. Su postura erguida le informaba cuan nerviosa estaba. — ¿Y qué si me niego a contestar?

—La duda me ha consumido por larguísimos meses, Bella; tantos que ha dejado de ser una duda para convertirse en un enigma indescifrable. Dime por qué. Sólo dame una razón válida para justificar lo que hiciste. Sólo una.

—¿Hacer qué, creerte? —dijo irónicamente. —Ser estúpida, ¿no es suficiente?

—Sabes que no me refiero a eso.

—Ilumíname —exigió con voz dura. —Y tú dime en qué fallé. Dime qué fue lo que hice para merecer tus mentiras, y no sólo eso, todo lo absurdo que has dicho antes, durante la cena.

—No trates de darle vueltas—pidió. —Lo pienso y lo pienso y aún no encuentro una excusa para hacer algo tan vil. Podrías habérmelo dicho, al menos…

—Espera —lo interrumpió. —¿Tú de verdad crees que yo…? —iba a completar su oración pero de sólo pensarlo un nudo se formaba en su garganta.

—¿Qué, tratarás de hacerte la desentendida ahora? —indagó con la furia naciendo en su estómago, amenazando por invadirlo. Pero necesitaba pensar con claridad, no dejaría que ella lo confundiera. —¿O tratarás de conmoverme?

—Edward, mentir constantemente hace que tú mismo creas tus mentiras —advirtió como si le hablara a un niño pequeño. —No sé de dónde hayas sacado una idea tan estúpida, pero no es así. Nunca fue mi intención terminar con la vida de mi bebé.

—Era nuestro —remarcó. —Debía ser nuestra decisión. No puedes pretender borrar eso con un par de palabras. Pudiste habérmelo dicho pero ni siquiera llegaste a eso, sólo actuaste por tu cuenta. Antepusiste tu propio bien sobre el de nosotros. Y no digo que esté mal, pero no puedes esperar que yo perdone tu egoísmo.

—¿Perdonar? —casi rió. —¿Tú a mí? Deberías de suplicarme por todo lo que me hiciste pasar. Negaré haber decidido abortar hasta el último día de mi vida porque no estuvo en mis manos, si lo hubiera estado no estaría aquí frente a ti.

Eso fue suficiente para que Edward se soliviantara. La miró casi con desprecio, tratando de atravesar la máscara de indiferencia que se había colocado y no parecía estar dispuesta a ceder.

—¡No trates de engañarme! —bramó. —Ya no, Bella. No puedo creer en ti después de todo.

—Y, ¿por qué yo debería creer en ti? —respondió con la misma furia brotando de su interior. No dejaría que pisoteara su dignidad una vez más. —No sólo te reíste de mí, me abandonaste. Me dejaste sola cuando yo suplicaba por ti. Me dejaste caer tan bajo que aun no he logrado escalar del todo. Dejaste que ella me atormentara con sus palabras frías y duras.

—¿Ella, Heidi? —preguntó un tanto desubicado. —¡Por favor! Ella sólo estaba preocupada por ti. Dime, Bella, ¿ni siquiera merecía enterarme? ¡Nunca lo mencionaste! Tenía el derecho a saberlo.

—¡Y qué demonios crees que hacía en Massachusetts en abril! —gritó, pensando que trataba de hacer comprender a la pared. —No sabía cómo ibas a reaccionar. Me tomó varias horas saber qué hacer. Por un lado, podías enfurecerte y sacarme de tu vida; por otro, podías decirme que hiciera lo que creyera conveniente pero que no te inmiscuyera; y finalmente podías alegrarte tanto como yo. Pensé que lo mejor era que lo decidieras tú mismo.

—Tardaste demasiado, ¿no lo crees? —dijo, dando por hecho que la había descubierto. —Once semanas son suficientes para pensar las cosas detenidamente. Nunca fuiste de las que le da demasiadas vueltas al asunto. ¿En todo ese tiempo no tuviste ni una sola oportunidad para mencionarlo?

—¡Yo tampoco lo sabía! —gimió. —Estaba asustada; pero no de que él arruinara lo que teníamos, sino de que no fuésemos lo suficientemente fuertes para afrontarlo juntos. Estaba aterrada de decírtelo, pero nunca me pasó por la cabeza deshacerme de él.

—Entonces explícame esto —vociferó tan fuerte que Bella creyó que los cristales de las ventanas se romperían. Él rebuscó en el cajón de la mesita de noche, donde él había escondido el frasco anaranjado para alejarlo de su vista diaria en su apartamento. Alzó el pequeño frasco semitransparente con su nombre escrito sobre la etiqueta.

—¿De dónde sacaste eso? —susurró, impresionada que estuviera en sus manos. Lo había estado buscando por semanas.

—Se lo diste a Rosalie para que ella investigara lo que habías pasado —acusó con voz filosa y llena de rencor. —Lo hiciste deliberadamente para que ella creyera que habías estado en depresión, aunque tú y yo sabemos que esto tiene más de un efecto. Rosalie se lo diría a Alice y ambas me culparían por ello.

—Edward, cariño, deberías ser detective —aceptó, con expresión rendida. —No seas estúpido —gritó, poniéndose de pie con su rostro deformado por la ira. —¿Cómo fue que llegaste a esa conclusión? Rosalie lo encontró por casualidad y nunca supe que había sido ella quien lo había tomado. Y si ellas creen que caí en depresión por un tiempo, entonces están en lo correcto.

—No sigas con esto —dijo con rudeza. —No me culpes a mí de tus motivos para auxiliarte de algo tan bajo como consumir esto para abortar. Ya nadie creerá que fue por mí tu depresión.

—¡Pero qué ego tan grande! —resopló Bella. —No te jactes de lo que no eres. ¡Por favor! Nunca fue por ti, Edward. Nunca. Era por él. Era por mi bebé, por el dolor de haberlo perdido que no encontraba la forma de levantarme. Era por él, nunca por ti.

—¿Por qué creería eso? —inquirió retóricamente. —Tú nunca quisiste un bebé. Ni siquiera te gustaban particularmente los niños. Cuando hacíamos planes para el futuro, nunca planteaste la posibilidad de un hijo. No había razón para que te aferraras a él como ahora aparentas, en vez de eso te deshiciste de él tan pronto como pudiste.

Sus palabras taladraron una nueva herida en el pecho de Bella. Ardía en su interior con la fuerza de y furia de un huracán. No le bastaba con lo que ya la había lastimado.

—Nunca creí que llegaría a desear tan fervientemente un bebé —admitió. —No lo supe hasta que supe que había uno dentro de mí. No sólo era un niño, era, como bien has dicho, nuestro niño. No sabía que podía amar tanto alguien que aun no nacía hasta que la prueba dio positivo. No sabía que podías hacerme tan feliz; yo lo amaba, Edward. Yo no quería un bebé, yo quería a ese bebé porque era nuestro. Porque antes de amarlo a él, te había amado a ti. No era consciente de lo mucho que deseaba ser madre hasta que tuve la oportunidad, así como no sabía lo que deseaba casarme contigo hasta que me lo preguntaste el invierno pasado.

—Te creería —admitió —si las pruebas no estuvieran en tu contra. Marzo 2009, Bella. Marzo.

—Cuando me enamoré de ti, pensé que eras inteligente, astuto, como nadie que había conocido. Ahora veo que eres más imbécil de lo que creí y, además, no sabes leer —dijo con acidez. Arrebató el frasco de sus manos y confirmó que la tinta se había corrido, haciendo imposible leer la fecha. —Dice mayo 2009, Edward. Yo no usé ningún abortivo, yo amaba a mi bebé.

—Heidi me mostró las pruebas, Isabella —el rencor que intentaba sentir hacia ella se había reforzado al ver todo lo que era capaz de inventar para que él le creyera. —Es innegable, yo lo vi con mis propios ojos.

—Heidi es una perra —afirmó sin ningún remordimiento.

—¿Cómo puedes ser tan malagradecida? Ella estuvo contigo todo el tiempo, asegurándose de que estuvieras bien, de que sobrevivieras.

—No sabes lo que deseé que no se entrometiera y me dejara morir —espetó. —Deseaba morir, era la única salida a mi sufrimiento. Era lo único que deseaba y ella también me lo arrebató. Heidi se encargó de hacer de mi vida un infierno. Y lo peor era que ella decía la verdad; no dejaba de decir lo agradecido que estabas de que mi bebé hubiera muerto. Ella nunca se preocupó por mí, sólo quería que me retorciera de tanto sufrir. Te ibas a casar con alguien más. ¿Cómo crees que me sentía?

— ¿Qué yo qué? Nada de lo que dices es verdad —acusó, con su mente ofuscada, diciéndose a sí mismo que ella no mentía, pero había creído lo contrario tanto tiempo que no concebía la idea de que ella hubiera salido lastimada en algún momento.

—Yo contesté tus preguntas, ahora contesta las mías —pidió, tomando una bocanada de aire para detener el llanto y hablar con claridad. —¿Por qué creíste en Heidi sin hablar conmigo? En el supuesto caso de que hubiera accedido a hablarte, claro —quiso excusarse y así conservar una pizca de dignidad.

— ¿Qué iba a hablar contigo?—contestó con sencillez, escrutando su rostro, tratando de encontrar indicios de engaño. No lo encontró. Encontró más sufrimiento y rencor del que hubiera visto en ella jamás. —¿Qué? Sólo para confirmar las pruebas que ya había visto.

—¿De qué pruebas me estás hablando?

—Análisis de laboratorio —respondió más que con el orgullo de haber ganado, con el pesar de confirmar la verdad.

—¿Por qué? —insistió. — Creíste todo lo que ella decía y ni siquiera te tomaste la molestia de saber cómo me sentía —incriminó descargando todo la aversión que había guardado dentro de sí. Fue consciente del significado de sus palabras y agregó —: Físicamente, claro está.

—¿Eso crees?

—Es lo que sé. Pasé muchas horas bajo el efecto de la anestesia, pero no te preocupes, tu amiga se encargó de decírmelo.

—Heidi es una buena persona. Es gentil, es amable, tú haces parecer que es lo contrario.

—¡Y si tan amable es por qué no te casaste con ella! —rugió, harta de que le repitiera constantemente las maravillosas cualidades de Heidi. —Escúchame —farfulló apretando los dientes — no me interesa si no me crees. Se feliz, Edward. Vete y cásate con ella como lo habías planeado. Sigue con esa boda que se arruinó por un malentendido —dijo, recordando que en alguna ocasión él le había dicho que esa había sido la razón de su distanciamiento. —Haz con tu vida lo que quieras, pero a mí déjame en paz.

—No comprendo lo que me dices.

—¿Sabes? —preguntó retóricamente, con sus ojos desbordando lágrimas. —A ella le quedaba mejor de lo que me habría quedado a mí. El anillo, quiero decir. Ella se veía mejor a tu lado de lo que yo jamás me vi. Ella, al final, sí era suficiente para ti. Sólo tenías que mirarla y luego mirarme a mí. Y cuando la conocí, con sólo verla mencionar tu nombre, pude ver cuánto te amaba. Así que no tiene caso que me lo niegues.

—¿Heidi y yo? —Su ceño se había fruncido con incredulidad. Eso era lo más absurdo que había escuchado. —¿Qué anillo? Yo nunca le di ningún anillo a Heidi.

—Yo lo vi, Edward —afirmó con su voz quebrada. —Ella misma me lo dijo. No quise creerle pero, ¿cómo no hacerlo después de lo que tú habías demostrado? ¿Cómo lo habría obtenido si no? Era el anillo. Explícame tú eso.

—Estás mintiendo —aseguró. Rebuscó en la cajonera de su armario hasta encontrar la caja de terciopelo. —Lo traje aquí el día de la fiesta de compromiso de Rosalie y Emmett.

Le tendió la caja, invitándola a comprobar su contenido. Él era consciente de que Alice había develado su secreto en algún momento por lo que Bella sería totalmente capaz de reconocerlo. Bella lo tomó, vacilante. Tardó unos instantes en abrirla, dudando en lo que encontraría.

—Que lo tengas no prueba nada —acusó. —Cuando rompieron su compromiso ella debió habértelo devuelto.

—Míralo bien —la invitó. —Míralo y dime si yo iba a casarme con Heidi.

Bella tomó entre sus manos el delgado anillo de oro. Era hermoso, tal y como lo recordaba. Brillaba a contraluz. Sus diamantes pequeñísimos formaban hileras que destellaban de la forma más sutil y hermosa que hubiera visto. Lo miró de arriba abajo pero no encontró nada. No hasta que lo miró por dentro. Pudo ver que estaba delineado perfectamente una letra E seguida de una I. La visión la hizo contener el aliento.

—Como puedes ver no era Heidi a quien yo quería desposar —gruñó.

—No comprendo —susurró. —Me mentiste, me abandonaste. Esto no tiene sentido. Me dejaste cuando más te necesitaba…

Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por el golpeteo de unos nudillos contra la puerta. Eran tímidos y dudosos. A Bella le costó un segundo adivinar quién era. Heidi abrió la puerta ligeramente dejando suficiente espacio para asomar su cabeza. Sus mejillas estaban sonrojadas y sus ojos vidriosos. Pidió permiso para pasar en voz baja, pero no esperó a que se le concediera para entrar.

—Disculpa si soy grosero —dijo Edward, apretando el puente de su nariz con sus dedos —pero tenemos aquí una discusión importante.

—Me parece que habrá detalles que no entiendan —contestó cabizbaja. —Por eso estoy aquí.

Bella la miro ceñuda. Su posición tan encogida y tan dubitativa no concordaba con la mujer fuerte de sus recuerdos. Esa no era la Heidi que ella había conocido. Tomó una bocanada de aire y volvió a tomar asiento en la orilla de la cama. Heidi hizo lo mismo sin ser invitada, sabiendo que tardaría un poco más que unos cuantos minutos ahí. Estaba en la otra esquina de la cama, dejando tanto espacio como pudo entre ella y Bella.

—Primero me gustaría decirles que fui estúpida —exhaló, acomodando su cabello detrás de su oreja. —Era inmadura e idiota; aún lo soy. Nunca fue mi intención que esto llegase tan lejos. Nunca quise destruir sus vidas en la forma que lo hice.

—No te estoy entendiendo, Heidi —murmuró Edward con cuidado, confundido por sus palabras, ofuscado y a la expectativa por la verdad.

—Edward —suspiró ella. —Oh, Edward. Nunca merecí la amistad que me ofrecías; no soy lo suficiente para lo que tú me dabas y, aún así, siempre aspiré a más. Estoy tan arrepentida. Esto no estaba en mis planes pero supongo que es lo único que me queda por hacer para remediar esto de alguna forma.

»Todo empezó hace unos años, cuando era estudiante de medicina —comenzó en voz baja, con la esperanza de que ellos no la escucharan. —Edward y yo lo éramos. Estudiar en Harvard era mi mayor logro hasta el momento. Nunca tuve una vida difícil; crecí creyendo que mis deseos debían ser acatados por todos quienes me rodeaban. En mi familia nunca conocí lo que era un «no». Nunca sufrí carencias y los mimos de mis padres me hacían sentir como si fuera lo único que importara. Era inevitable fijarse que los hombres me miraban. Pero como todos, no le di importancia a ninguno hasta que conocí al único que no me dedicaba ni una sola mirada.

»Había oído hablar de un Cullen, que era el mejor de todas su clases e irresistiblemente atractivo. Pero era un campus grande y no había tenido el placer de conocerlo. Faltaban pocos semestres para graduarme y la secretaria había impreso mal mi horario, poniendo ahí una clase que yo ya había tomado. Estaba muy enfadada por su inefectividad. Estaba especialmente irritable desde la muerte de mis padres. Cuando encontré el aula, ya todos estaban ahí y al profesor no pareció agradarle mi retraso, aún cuando traté de explicarle. Me hizo callar, mandándome al único asiento disponible. A mi lado había un chico, quizá de mi edad, concentrado en leer ávidamente el libro entre sus manos. El chico eras tú, Edward.

»Tardé casi lo que restaba de la clase en obtener su atención. Y fue sólo hasta el final que logré saber su nombre, y creo que sólo me lo dijo por cortesía. Él era más de lo que había esperado. Y, además, tenía toda mi atención por su aparente indiferencia.

»Hice que la secretaria me retribuyera el tiempo que me había hecho perder modificando algunas de mis clases para que coincidieran con las de él. Estaba orgullosa de que, una vez más, había conseguido mi propósito. Era cuestión de tiempo para que Edward se fijara en mí—confesó con una sonrisa triste de medio lado —. Me acerqué tanto como pude pero él ni siquiera parecía notarlo. Con el paso de las semanas el fue abriéndose un poco más, pero solamente al punto de saludarme con una pequeña sonrisa si me veía por los pasillos. Siempre estaba pensativo. Llegué a creer que era homosexual o algo. Había investigado todo lo que había podido sobre él. Nunca salía con chicas y sus amigos eran escasos. Y ellos no estaban dispuestos a decirme nada. Entonces decidí que la única forma era que él me viera como su amiga.

»Trabajé muy duro para entablar una conversación con él. Después supe que él era de pocas palabras. Conseguí hacer que me hablase de cuando en cuando y su número de teléfono. No había forma de pensar que no tenía uno, cada minuto libre que tenía estaba soldado a él. Pasaron meses antes de que él pudiera llamarme su amiga. Pero, una vez pasado esa frontera, me convertí en su incondicional compañera. Yo no se trataba únicamente del chico atractivo que no me miraba, ahora sabía que había algo detrás de su apariencia enigmática. Había un chico dulce, honesto, caballeroso y carismático. Había logrado traspasar las barreras de Edward Cullen. Su inteligencia era innegable, y puedo decir que sin él no habría llegado a donde estoy.

»Edward sabía todo de mí y yo sabía más que cualquier otro en el campus sobre él. Y no sé en qué momento esa amistad tan sincera se volvió en un enamoramiento. Al principio creí que era pasajero pero con el transcurrir de las semanas y ver que no desaparecía ese sentimiento sin precedentes, lo tomé como si fuera platónico. Quizá lo admiraba solamente. Pero fue la primera vez que fui a su apartamento que supe que era más que eso.

»Él siempre se negaba a llevarme a su piso, como si fuera una falta de respeto. Tanto para mí como para él mismo. Era algo que ningún hombre había hecho por mí. Pero aquel día que entre por primera vez, me quedé pasmada. No era lo lujoso que era o el exquisito gusto con el que estaba decorado lo que me impresionó. Yo estaba acostumbrada a esa clase de cosas y no hubiera esperado menos, siendo honestos. Lo que me sorprendió fue la cantidad de fotografías que había por todas partes.

»Sabía que Edward tenía hermanos y un par de amigos a quienes extrañaba a diario —cerró los ojos, como si su mente se trasladará a aquel momento. —Contemplé las fotografías y pude adivinar sin vacilar quién era cada uno. Pero había una quinta persona para quien no tenía una personalidad que asignar. Una mujer sencilla y sonriente que me miraba desde el portarretratos, con su cintura envuelta por los brazos de mi amigo. Sentí una punzada de celos pero me calmé diciéndome que tenía fotografías para recordarlos y a mí me veía a diario, no necesitaba recordatorios.

»Pero cuando le pregunté su nombre su respuesta me dejó helada.

»—Ella es mi Bella —me dijo sin vacilar, esbozando una sonrisa casi soñadora. —Es mi novia.

»Fue en ese momento que me di cuenta de que en realidad me había enamorado de Edward. No era un estúpido capricho como lo había sido toda mi vida. Lo amaba. Pero él amaba a alguien más. A partir de entonces, nunca dejó hablar de ti, Bella. Conocí toda su vida juntos. Jamás hablaba de otra cosa. Lo vi sufrir por ti tantas veces que yo no podía hacer más que odiarte. Odiarte porque tenías lo que yo anhelaba y no sabías aprovechar. Edward desperdiciaba horas y horas viajando para verte. La perspectiva era inmejorable cuando se iba, pero cuando regresaba, siempre tenía ese brillo decepcionado. Y no es que tú hicieras algo mal, es sólo que él nunca tenía suficiente de ti.

»Cuando tú viajabas a Massachusetts a verlo yo desaparecía de la faz de la Tierra. Edward insistía en presentarnos pero yo no estaba dispuesta a ver los derrochar amor con sólo intercambiar una mirada. Conocía tu voz mejor que la mía, oí más de una conversación por teléfono. Te conocía por fotografías y sabía todo de tu personalidad por las palabras de Edward.

»Fue unas semanas antes de… de que todo ocurriera. Nuestra amistad era más fuerte que nunca después de años transcurridos desde nuestro primer encuentro. Ustedes habían peleado, más que nunca antes. Edward pasó días enteros sin decir una palabra. Por esos días yo me había dado cuenta de que no importaba cuantos novios pudiera tener, ninguno daría el ancho. Tenían unos zapatos muy grandes que llenar. Por lo mismo ambos habíamos estado pensativos y sin mucho que decir.

»—Ya encontrarás a alguien —me dijo una noche. —Alguien que comprenda lo valiosa que eres y la maravillosa mujer que hay dentro de ti —sonrió tratando de alentarme. —¿Sabes? —agregó después de uno minutos. —Si no estuviera tan enamorado de Bella, creo que tú serías la indicada para mí.

»Él nunca supo que sus palabras habían hecho mella en mí. Pasé días y días con aquellas palabras en mi cabeza. Quizá tuviera una oportunidad. Yo podía hacer muchas cosas que tú no. Tú eras simple y sin gracia, tú eres todo lo que yo no soy y viceversa. Pero entonces no veía que era por lo mismo que Edward nunca me amaría como a ti.

»No lo había vuelto a ver después de esa noche, hasta unas semanas más tarde. Me había invitado a cenar a un bonito restaurante, elegante y sofisticado, como Edward. Cuando me había dicho que había algo muy importante que decirme no dudé ni un segundo en ponerme mi mejor vestido y acceder a la cita.

»Era un lugar agradable, con comida excelente, buena música y todo eso. Él había estado ligeramente nervioso durante toda la noche. No le tomé importancia hasta que él tomó de su saco una caja de terciopelo. Esa —señaló las manos de Bella, que aún acunaban cuidadosamente la caja que Edward le había tendido —caja de terciopelo.

»Fui tan estúpida para creer que me pediría matrimonio. Por supuesto, no lo hizo. Me había llevado ahí para que le aconsejara la mejor forma de pedírtelo. Sus ojos brillaban de euforia; al parecer su pelea se había disipado y ahora no era más que un mal recuerdo.

»—En un par de semanas ella vendrá a vivir aquí —había dicho con la alegría rebosando sus ojos. —Por fin. Por supuesto ella vivirá conmigo, en mi apartamento. Esos son nuestros planes y parecen estar bien para ella. Pero no es lo que yo quiero. La amo como no puedes imaginarte, Heidi. Ella lo es todo. Y no quiero que sea así, Bella merece algo más. Quiero que nos comprometamos antes de que venga a Boston. Quiero que todos sepan que ella es mía; que ella sepa que no hay nadie más a quien yo puedo querer. Pero necesito un par de consejos acerca de cómo pedírselo —finalizó, soltando una risita nerviosa.

»Yo no me esperaba eso, absolutamente. Pero éramos amigos y en aquel momento mi papel era apoyar sus decisiones, aun cuando éstas no me incluyeran. Era tarde cuando salimos del restaurante. A pesar de que era primavera, la brisa refrescaba mis hombros haciéndome estremecer. Entonces Edward me ofreció su saco. Supongo que ese fue único error, lo que desencadenó todo esto.

»Cuando llegué a casa, me tiré a llorar como nunca antes. Él, mi mejor amigo, el hombre del que me había enamorado, se comprometería con otra. No comprendía qué era lo que tenías que yo no. Lo analicé muchas veces pero nunca lo entendí. Mi vanidad era gigantesca, sin mencionar mi ego. Lo que sentía por Edward era lo más puro que había sentido nunca; quizá el único sentimiento honesto y desinteresado que he sentido.

»Fue hasta que estaba por quedarme dormida que me di cuenta de que aún estaba usando su saco. Por eso fui a su apartamento la noche siguiente, el día que te vi cara a cara por primera vez. Discúlpame si soy sincera pero eras más insignificante de lo que creía. En el momento en que salí del elevador me di cuenta de que el estuche de terciopelo estaba en el bolsillo. No lo pensé dos veces para enfundar mi dedo con él. Soñar que era verdad fue hipnotizador, me creí mi papel y supongo que fue eso lo que te convenció. Las palabras de Edward aún revoloteaban en mi cabeza: sólo necesitaba una pequeña oportunidad con él para demostrarle que podía amarme. Los había visto discutir antes. Dejaban de hablar por unos días y, después, uno de los dos llamaba pidiendo perdón.

»Sólo sería cuestión de días. Era todo o nada. Cuando caminaste por el pasillo en dirección al ascensor me di cuenta que habías dejado caer la llave que Edward te había dado. La tomé y entré al apartamento y dejé el saco en el perchero de la entrada, devolviendo el anillo a su lugar. Había un remordimiento en mi conciencia por lo que salí tan rápido como pude y te seguí. Por supuesto, yo no esperaba ver que fueras arrollada por un estúpido conductor ebrio. Captó mi atención la forma protectora con la que envolvías tu vientre. Estaba asustada, ofuscada. Había sangre y tu cuerpo estaba lleno de magulladuras.

»Llamé a Edward desesperadamente. Deberías haberlo visto; deberías haber presenciado la forma en que sollozaba suplicando porque estuvieras bien. Me rompía el corazón a cada segundo.

»—Bella, amor, todo estará bien —prometía con la voz quebrada. —Yo estoy aquí y todo irá bien. No tengas miedo, por favor, yo estaré contigo.

»Puedo asegurarles a ambos que lo único que no me esperaba era que estuvieras embarazada. Me dolió en cierta forma que lo estuvieras. Era sólo un elemento más que los unía. Pero les juro que hice todo lo que pude. Me devané los sesos para salvarlos pero no lo logré. Sabía lo que venía después, así que hice de tripas corazón para decirle a Edward lo que pasaba. Pero me di cuenta de que si le decía la verdad, entonces tú le dirías que te había mentido. Y eso significaría el fin de nuestra amistad y de mis posibilidades. Había tanta necesidad aquella noche y tan poco personal que nadie se daría cuenta. Así que hice lo único que se me ocurrió: aproveché el hecho de que hubiera tenido que suministrarle vía intravenosa más de una sustancia. Y después mande una muestra de sangre al laboratorio. Era eso lo que te mostré, Edward. Es por eso que confundiste los resultados con uso de Prozac. Te conté toda esa historia sólo para obtener mi pequeña posibilidad.

»Te dije que a Edward no le interesabas, Bella. Pero no era así. Edward había hablado tanto de ti que sabía exactamente la forma en que tú creerías mis palabras. Él, por su parte, como buen médico era un hombre de ciencia; sabía que a él no le quedaría la más mínima duda si lo probaba. Y aún así, todavía había la sombra de la duda en sus ojos.

»No permití que vieras a Edward en ningún momento. Dormías horas y horas y era entonces que Edward estaba contigo, pero tú no estabas consciente. Él lloraba por ti mientras tú dormías, creyendo una mentira. Él te amaba tanto que te habría perdonado aún cuando fuera cierto si yo no hubiera intervenido. Envenené su concepto de ti con pruebas que yo misma había inventado; hice de tu vida miserable para que nunca volvieras a creer en él. Creo que la única vez que lo viste fue cuando te di de alta y él estaba en recepción, cubriendo con todos los gastos. Te dedicó una mirada indiferente y tú la correspondiste.

»No necesité más para que creyeran que todo era verdad, ustedes mismos se lo hicieron creer el uno al otro.

»Por supuesto, yo tampoco me esperaba que ustedes se lo tomaran tan en serio. Creí que era cuestión de tiempo así que hice cuanto pude por tener mi oportunidad. Pero Edward estaba demasiado ocupado sufriendo por ti. Lo levanté después de haberlo dejado caer tan profundo. Pero supe que era momento de actuar cuando él decidió hacer su internado en Washington. Lo seguí a través del país con la excusa de levantarle el ánimo. Fue entonces que conocí a los Cullen. Ellos me acogieron como nadie nunca lo había hecho. Me aferré a Edward tanto como pude porque era lo más cercano que tenía a una familia y yo lo había echado a perder.

»Creí que ya te había olvidado y que no tenía tiempo que perder. Entonces, le confesé mis sentimientos, esperando que me confesara que él sentía lo mismo o alguna cursilería de esas. Pero, una vez más, me sorprendió. Él no dijo nada, sólo dijo que si quería mantener nuestra amistad tratara de mantener mis sentimientos a raya porque él no podía corresponderlos. No cuando tú seguías en cada uno de sus pensamientos. Me alejó de él, como si la sola insinuación manchara tu recuerdo. Porque solo eran eso, recuerdos.

»Me sentí humillada, casi estúpida. Había jugado con fuego y me había quemado. Así que empaqué mi maleta y tomé un avión al otro lado del mundo. Le dije a Edward como excusa que había un programa en la Universidad de Francia que era casi un sueño y no dudé en irme lo antes posible. Estuve lejos por mucho tiempo, sola, compadeciéndome a mí misma. Traté de dejarlo atrás pero estaba adherido a mi mente como si hubiera sido grabado permanentemente. Y fue hace unos pocos meses que me di cuenta de lo tonta que había sido; ustedes nunca me dañaron intencionalmente, no merecían que yo les hubiera mentido. No sólo mentí, los persuadí de que hicieran lo que yo quería.

»Estaba en Verona recorriendo sus antiquísimas calles, sintiéndome más sola que nunca rodeada de tantas parejas evidentemente enamoradas. Y pensé en ustedes. A aquellas alturas ustedes ya deberían haberse reconciliado; me pregunté si se habían casado. Incluso creí que habrían tenido un bebé. Por eso volví. Quizá en un acto de masoquismo, pero volví para verlos de lejos, verlos ser felices. Necesitaba asegurarme de que su amor siguiera siendo irrevocable. Cuando vi a Alice en la calle creí que me delataría; y creo que lo hizo, pero al menos no de forma trascendente. Los busqué, averigüé todo de ustedes y supe que no sólo no estaban juntos, sino que no tenían ninguna clase de relación.

»Tuve la noche de hace unos días la esperanza de que aún hubiera una posibilidad para mí, pero se fue tan pronto como llegó. A pesar de todo, no había entendido que no eras para mí —su voz se cortó mientras su mirada enfocaba el rostro inexpresivo de Edward. —Ni siquiera duró un segundo esa estúpida ilusión… Casi me voy de espaldas cuando en tu departamento había una mujer y un niño. Me pregunté si era tu esposa y tu hijo, pero el niño era demasiado grande para ello. Cuando ella se despidió tan pronto como me vio, supe que tú no sentías nada por ella. La mirabas como solías mirarme a mí. Ella, Charlotte, hizo por ti lo que yo no fui capaz. Ella te apoyó sin ningún interés más allá de tu amistad. Yo sé que no viviré lo suficiente para obtener su perdón, y la eternidad que me espera estará llena de culpas porque no puedo ni siquiera perdonarme a mí misma. Pero aún así me atrevo a implorarles que acepten mis disculpas.

—Confié en ti, deposité en ti toda mi vida, la vida de ella —gruñó Edward señalando a Bella. —Te di el poder de decidir sobre mi mundo entero y tú sólo pensaste en ti. No pensaste en lo que me hacías, en lo que le hacías a Bella. ¿Tienes la menor idea de lo que causaste? —dijo con voz afilada y acusatoria. Había lágrimas de rabia en sus ojos; sus manos temblaban casi incontrolablemente. —Vete—exigió. —Vete y asegúrate de no cruzarte nunca más en mi vida o lo lamentarás. ¡Vete!

Heidi asintió, abatida. Se escondió detrás de su cabello, que de pronto parecía menos brillante. Bella la observaba sollozando silenciosamente, conteniendo los gemidos que luchaban por brotar desde lo más profundo de su pecho. Sus manos habían soltado el estuche de terciopelo y se abrazaba a sí misma, acariciando su vientre, como si aún quedara algún vestigio de vida dentro de él.

Heidi se levantó lentamente, sintiéndose débil. Murmuró una despedida por lo bajo y salió de la habitación con pasos vencidos y cansados, con el dolor del arrepentimiento palpitando en su pecho.

—¿Es todo lo que harás al respecto? —dijo Bella con un hilo de voz, frustrada y herida. —Después de todo lo que nos hizo, ¿es todo lo que harás?

—No sé qué clase de venganza es la que pretendas —respondió permaneciendo impertérrito. —A menos de que quieras proceder legalmente, no veo qué más puedo hacer. Y creo que sólo nos desgastaríamos en largos procesos inútiles, teniendo que reencontrarnos en incómodos e innecesarios momentos que parecerán interminables. Y aunque no me enorgullezco de decirlo, sé que sufrirá más de este modo; pero ya no tengo más compasión que malgastar.

—¿Qué es lo que quieres decir?

Lo esperaba todo menos que él diera un paso adelante y limpiara sus gruesas lágrimas con sus dedos pulgares. De pronto, había dejado de lado ese semblante inescrutable, reflejando una frialdad atemorizante y sus ojos se habían vuelto blandos, como si el verde de éstos se derritiera.

—No volvió por nosotros —le aseguró. —Creo que sé lo suficiente de ella para saber que no fue por eso que regresó a Estados Unidos. Volvió porque añoraba su hogar, porque sentía una repentina nostalgia de su país; volvió porque se negaba a morir sola en un país desconocido. Es algo irónico, ¿sabes? —murmuró con pesar en la voz —. Nos quitó todo cuanto teníamos, te arrebató a nuestro bebé. Y ahora ella no será capaz de tener uno ella misma. Volvió porque le diagnosticaron cáncer cervical. Se niega a sufrir el tratamiento; es algo estúpido a mi punto de vista, pero quiere disfrutar lo que le queda de vida. Nos robó todo, pero ella tampoco tiene nada.

—Eso no me reconforta ni me devuelve nada —acotó Bella a susurros. —Nada lo hará. Puedo llegar a comprenderla, no creo haber hecho lo mismo en su lugar, pero sé lo que es estar desesperadamente enamorada. Y quizá sea una excusa muy pobre para todo lo que nos hizo, pero no encuentro ninguna para lo que tú me hiciste a mí.

—No has sido la única afectada, Bells —musitó, mostrando por primera vez la herida tan profunda que había sido cavada en él.

—Me juzgaste, me inculpaste y sentenciaste a una pena que nunca merecí —farfulló contemplándolo con serenidad. —Me abandonaste cuando más te necesité, me dejaste sola. Quizá haya sido ella quien mintió, pero fuiste tú quien me hirió con crueldad. Sé que yo hice lo mismo, y pido perdón por ello. Pero te pido que, por favor, no me pidas perdón tú a mí. No lo necesitas. El problema no es perdonar, Edward, porque con tu propio sufrimiento ya te lo has ganado; el problema es que yo pueda olvidar.

—Entonces, ¿qué propones? —pidió. —Mi error fue creer en lo que creía ver; nuestro error fue no confiar lo suficiente. Quizá pecamos de olvidar que la distancia no era un impedimento, sólo un obstáculo a cruzar. Siempre creí que lo lograríamos, y henos aquí.

—Y ahora, ¿qué? —susurró en un suspiro entrecortado. —Seguiremos adelante como si nada hubiera pasado; nos veremos de cuando en cuando, dirigiéndonos escuetos saludos como hasta hoy. ¿Eso es lo que quieres?

—Me gustaría saber qué es lo que piensas tú —respondió él cautelosamente.

—Pienso que, quizá, hubiera sido mejor quedarnos como estábamos —declaró. Cerró sus ojos, como si con eso fuera a desaparecer y librarse de semejante situación.

—Creí haberte llegado a conocer más que nadie —puntualizó, mirándola a los ojos, mas ella no le devolvió la mirada. —Después, pensé que en realidad nunca tuvimos nada; y tal vez sea verdad, por una parte, porque no confié en ti lo suficiente. Pero en este momento no sé qué debería pensar. Pero sé que no hubiera podido seguir viviendo con esa falsa idea de ti.

—Sería menos doloroso. —Tomó una bocanada de aire para poder proseguir —: Sería más fácil.

—Sería más fácil haber creído en lo que somos juntos y no en lo que podía alejarnos. Pero nos rendimos y lo dejamos pasar, como si no fuera importante.

— ¿Y lo es? —inquirió Bella. Subió la mirada, aventurándose a contemplarle. — ¿Aún lo es?

—Puede que las personas cambien con el tiempo pero hay cosas, recuerdos, que permanecen intactos; hay sentimientos que puedes sentir con la misma intensidad el resto de tu vida, aún cuando tu memoria no es capaz de evocar los detalles.

— ¿Y qué propones? —exigió, incrédula. —Ahora seremos tan felices —agregó con ironía. —Ignoraremos todo lo ocurrido y seguiremos adelante, juntos, como lo planeamos hace tanto tiempo; jugaremos a ser los niños tontos que fuimos. Es una idea muy buena.

Se quedó en silencio, con las palabras flotando en el aire, rozando sus labios, queriendo no haber sido dichas o, tal vez, instar a algunas otras a salir. La brisa se colaba por las ventanas abiertas, haciendo bailar las cortinas de seda. Su peinado pulcro se había deshecho y ahora un par de mechones caían sobre su cara, dándole un aspecto un tanto perturbado.

—No estoy dispuesta a equivocarme dos veces—dijo ella directamente. —No somos lo que solíamos ser y nunca volveremos a serlo, por más que lo deseemos.

— ¿Lo deseas? —indagó, escrutando su expresión.

—Eso no es trascendente —evadió la pregunta con inteligencia, dispuesta a seguir externando su opinión.

—Para mí lo es —la interrumpió con un súbito destello de furia en sus ojos. —Tienes meses escondiéndote detrás de una máscara de indiferencia que, cree, que yo no reconozco. Pero te tengo una noticia, lo hago. Estoy cansado de que estés a la defensiva. Nos equivocamos y, si en verdad no quieres cometer el mismo error, entonces confía.

—¿Confiar en qué, —se exaltó —en lo que fuimos o en lo bien que nos llevamos últimamente?

—En lo que podemos llegar a ser, Bella.

—Fuimos alguien juntos pero no creo que podamos llegar a ser la mitad de ello —afirmó, deshaciéndose de sus manos que aun sujetaban sus mejillas. —Necesitamos un poco de confianza y ni siquiera entonces la tuvimos.

—¿Cómo pudiste creer algo así? —reprochó, una tanto decepcionado y estresado por el tiempo perdido.

—Tengo la misma pregunta para ti —contestó con fluidez. —Como sea, eso es pasado aunque me alegra que lo hayamos resuelto.

—¿De verdad quieres que sea pasado? —la cuestionó con incredulidad. —¿No crees que haya algo más allá de un par de disculpas?

—Lo que vivimos fue maravilloso —admitió, fijando su vista en la pared pulcra. Se perdió en sus recuerdos, una vez más. Se alegró de saber que éstos ya no le causaban un dolor taladrante que la desarmaba. Sin embargo seguía siendo penoso que hubiera terminado tan abruptamente. Volvió al presente agitando su cabeza imperceptiblemente y agregó: —Mientras duró.

—¿Y eso es todo? —farfulló conmocionado. —Ahora seguiremos siendo amigos por el resto de nuestras vidas, recordando que lo que sucedió fue solo un acontecimiento más sin ninguna relevancia. ¿Eso es lo que quieres?

Ella suspiró con cierto deje de dramatismo, dejándose caer en el sofá. No era lo que realmente quería pero no tenía otra opción. ¿Qué otra elección podría tener?

—Yo ya no pertenezco a tu mundo—susurró. Levantó su cabeza, escrutándolo. Su rostro se había crispado en una mezcla de dolor y decepción; sintió la urgencia de alisar con sus dedos su ceño fruncido, indicando su confusión. Cerró los ojos apenas un segundo, privándola de la nube de sentimientos reflejados en ellos, soltando un suspiro.

—Bella, —articuló, tomando su brazo para que lo mirara de frente —tú siempre fuiste mi mundo.


Buenas noches,

Sé que debí haber actualizado hace una semana y que no he respondido reviews :( Y no es un excusa, chicas, pero no tengo tiempo ni de respirar. Y a esas personas que les gusta acosar e insultar mediante mensajes privados, les tengo una información, mis no muy estimados amigos: tengo vida. Y si esas personas que les gusta mandarme diez inbox diarios insultandome porque soy una perra que no actualiza, cariños, les recomiendo que abran un Facebook o algo, yo no voy a soportar esa clase de tratos hacia mí. Y no, si dejo de actualizar no es para hacerme la interesante es porque no he tenido tiempo, porque estoy cerrando semestre y la próxima semana es mi última semana de clases de verdad. Así que agradecería a esas personas que les gusta hAÄbLaRr a5sI1 bIe3Nn mÖxXo y agredirme les informo, que antes exigirme que deje de ser una inútil, aprendan a escribir en español. Mi reina, de verdad, traté de darme por ofendida pero simplemente no pude entender lo que me quisiste decir, excepto las palabras altisonantes que escribiste en mayúsculas.

Bueno, a las demás, una disculpa por esto, ustedes saben que agradezco sus reviews e inboxes y que respondo de uno por uno. Ustedes saben quien debe darse por aludida y quien no. Debo de decir que Heart on winter esta excluida de esto, ella me mandó un inbox pero ella fue completamente amable.

En temas más bonitos, espero que no se hayan decepcionado, son catorce hojas de mi corazón, espero que les haya gustado. Gracias una vez más por todo lo que hacen por mí, son muy muy dulces.

Feliz cumpleaños a mi BFFT Kitzia y, por supuesto, a mí. Decidí subir hoy porque ayer (o sea hace como diez minutos) fue el estreno de Amanecer y hoy es mi cumpleaños. Era como un regalo para mí misma.

¿Me dejarían reviews? A las que ya vieron Amanecr díganme qué les pareció. Yo simplemente la AMÉ. Es la mejor de todas, me fascinó. La vi la madrugada del jueves y ha sido lo mejor que he hecho en mucho tiempo. Simplemente sin palabras.

Que tengan bonita semana

LizBrandon.

P.D.: se aceptan regalos de cumpleaños :D jajaja JK, nos leemos hermosas lectoras!


19.11.11