Disclaimer:
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
In another life, I would be your girl.
We keep all our promises, be us against the world.
In another life, I would make you stay.
~Katy Perry
Nota: Bueno, hay una parte que me inspiré mucho oyendo una canción (All about us, de He is we ft. Owl City). Si quiere escucharla... me divertí mucho pensando que era esa canción. Es bastante obvio la escena en que la elegí, es E/B. Take my hand... I'll teach you to dance.
Capítulo 14: En otra vida, quizá.
Miró al espejo y trató de sonreír. La chica en el reflejo sólo pudo simular un remedo de su mejor sonrisa. Sus manos temblaban, apoyadas sobre el tocador. Apartó la vista de sí misma para mirar el brillante tocado de Rosalie. Sus ojos violáceos relucían de entusiasmo, el cual, parecía ser irrefrenable, brindándole una energía inaudita.
— ¿A qué le temes? —inquirió Alice, posando su mano sobre la de Bella. —Todo irá bien, lo prometo.
—No estoy asustada —respondió sin vacilar, enfocando su rostro a través del espejo, como si éste fuese a protegerla de la interrogante dibujada en el rostro de Alice. —No de lo que tú crees.
Alice sonrió.
—Es el gran día —le dedicó una mirada de soslayo a Rosalie y su sonrisa creció convirtiéndose en una orgullosa —todo será perfecto porque estamos aquí.
Bella asintió repetidas veces, tratando de relajar los músculos de su espalda, tensos por la anticipación. Se puso de pie lentamente, temiendo que si se apresuraba cometería algún error. Los pasos ligeros e inaudibles de Alice la guiaron hacia el pasillo. Sus propios pasos le parecían demasiado torpes cuando Alice caminaba delante; la tensión de su espina los volvía, además, monótonos. Sentía su corazón latiendo contra su pecho fuertemente, como si luchara por salir de su lugar. Su respiración se había acelerado ligeramente pero trataba de disimularlo. Sabía lo que tenía que hacer, lo había ensayado las suficientes veces como para hacerlo automáticamente.
Podía ver a través de los amplios ventanales de cristal la cantidad de gente que reposaba en el jardín, armando un ligero bullicio con sus voces mientras evaluaban su alrededor. Podía ver en sus rostros que buscaban cualquier mínimo error, pero Bella sabía que no lo encontrarían. No después de que Alice hubiera pasado meses organizando detalle a detalle.
Al final, todo había resultado tal y como hubiera esperado. El cielo de mayo era del tono más azul que nunca verías en Forks, siempre tan lluvioso y oscurecido por la masa de nubes grises envolviendo la ciudad en una esfera esponjosa. Se respiraba vida. A pesar de que la multitud resultaba desconocida para Bella casi en su totalidad, aún sentía ese calor hogareño que brindaba la casa. Y podía asegurar que todos los demás también lo hacían. Una calidez familiar, imposible de negar cuando te acogía entre sus lazos. Las guirnaldas de azahares blancos perfumaban cada sendero, en el fondo verdísimo que les brindaba el pasto. El pasillo, larguísimo, estaba cubierto por una mullida alfombra blanca, en la que se había esparcido pétalos de rosas rojas a lo largo de su contorno en una línea recta desigual. Los pilares que sostenían la cúpula bajo la cual el pastor estaba de pie, firme y sereno, estaban cubiertos por largas enredaderas de vistosos rosales. Cascadas de flores caían alrededor, llenando el altar con su bálsamo encantador.
Un par de violinistas y chelistas eran acompañados por un pianista, inundaban el ambiente de notas armoniosas que completaban el ambiente íntimo rayano en lo acogedor. Escuchaba a lo lejos, mezclándose con los sutiles agudos del violín, las risas temblorosas de Emmett.
—Todos están esperando a la novia —comentó una voz ligera.
—Gracias, Bree —respondió Alice. —¿Dónde está Jasper?
—Creí que estaba con ustedes —añadió la chica. —Quería hablar con Rosalie.
—Oh, demonios —gimió. —Iré a buscarlo. No podemos comenzar si él no está aquí.
Bella la miró marchar de vuelta escaleras arriba, dejándola ahí, consumiéndose por los nervios. Sentía la brisa acariciar sus hombros desnudos. Se apoyó contra el ventanal de cristal, tratando de regularizar su respiración. Su instinto la tentaba a girar la cabeza y mirar a quien contemplaba fijamente su espalda, penetrando su nuca hasta hacerla estremecer. Soltó un suspiro ahogado. La multitud arremolinada en las largas hileras de sillas blancas ni siquiera se inmutaron en su presencia. Aunque, claro, ella tampoco se haría notar.
Tenía los músculos de la espalda tensos como una cuerda; sus incisivos amenazaban con hacer sangrar su labio inferior. Se armó de valor y, dándose media vuelta, encaró a Bree.
—Nunca hice algo tan estúpido en mi vida como esto —dijo en un susurro, con voz trémula. —Ni siquiera cuando escapé de casa cuando tenía diez. Entonces todo era tan… distinto. Y me pregunto, ¿por qué demonios soy la única que se consume por dentro de nervios? —agregó, hablando rápida y atropelladamente—. Oh, claro, porque ellos no están malditamente aterrados de caer en el pasillo y hacer un desastre descomunal en la que podría ser la mejor boda que ha visto este puñetero pueblo olvidado de la mano de Dios y así arruinar el día más importante de la vida de Rosalie. Ella ha sido mi amiga desde que tengo memoria y si es importante para ella, también lo es para mí; y ¡diablos! No quiero que esto sea un desastre por mi culpa.
Tontamente, quizá, esperaba un discurso inspirador por parte de Bree que le ayudase a reunir el suficiente valor de caminar por el pasillo al lado de su compañero y acomodarse en su lugar antes de que Rosalie hiciera su espectacular entrada. Sin embargo, Bree sólo rió. La analizó desde la punta de los pies hasta el último de sus cabellos, con esos ojos tan dulces aunque duros de mantener la mirada debido a su infinita profundidad. Bella luchó contra un espasmo que se formó en su espina dorsal.
—Todo irá bien. Estás hermosa —murmuró Bree, sonriente. Su vestido corto, malva, la hacía parecer más alta y su cabello recogido le daba un aspecto más serio. Bella iba responderle amablemente cuando la mirada de Bree enfocó un punto detrás de ella; abrió sus ojos celestes tanto como pudo y, con un ligero sonrojo en sus mejillas, añadió con un hilo de voz: —Y también él.
—¿Dónde está Rosalie? —susurró Edward en su oído repentinamente. El estremecimiento que había retenido segundos atrás, finalmente encontró camino por su columna debido a su inesperada cercanía, pero fingió serle indiferente. —Emmett se está volviendo loco.
Escondió una sonrisa observando la forma en que Bree bajaba la mirada, como si con eso fuera a desaparecer de ahí. Sus mejillas rojizas llegaron a un tono escarlata, completamente abrumada por la presencia del tercero. Bella se alejó un par de centímetros de él veladamente, tratando de mirarlo de frente. Y cuando obtuvo una visión total de éste, no supo si arrepentirse o quedársele mirando para siempre.
Él lucía impecable. Sus ojos del color del jade irradiaban una calurosa felicidad que la hacía sentir acogida. Era como en antaño. La miraba con curiosidad y admiración mezcladas en un gesto que resultaba tan seductor a sus ojos que creyó que había vuelto a sus días del instituto.
Su traje era tradicional, de corte recto y tres botones. Su camisa blanca, de puño francés, se escondía bajo su chaleco gris, cuya textura era exactamente igual a la de su corbata de seda. Tenía un aspecto tan formal e imponente que resultaba irresistiblemente atractivo. Bella tuvo que obligarse a mirar en otra dirección, para evitar la embarazosa situación en la que se vería envuelta si él notaba que no le quitaba los ojos de encima.
—Alice está buscando a Jasper para que pueda empezar la ceremonia —dijo evitando cualquier contacto visual. Miró de soslayo las largas escaleras por donde debería volver Alice y la encontró al pie, caminando apresurada. —¿Es hora? —preguntó con timidez, a pesar de saber la respuesta.
—Lo es —admitió esbozando una sonrisa radiante. —Rosalie bajará en cualquier momento.
Bella intentó en vano tranquilizar a corazón, respirando profundamente, pero éste palpitaba desbocado como si quisiera apresurar sus latidos y llegar hasta el último tan pronto como le fuese posible. Sentía su rostro hervir anticipadamente. Tenía sus manos entrelazadas sobre su estómago, tratando de reflejar un porte seguro y elegante, pero lo único que había logrado había sido cuadrar sus hombros en una incómoda y rígida posición. Sus tacones de aguja se clavaban en la tierra mientras salía al jardín trasero cuidadosamente, dándole un soporte que sus piernas no hubiera logrado por sí mismas.
Miró a Edward, quien, a diferencia de ella, estaba de pie tan relajado y una expresión tan noble en su rostro que podías mirar a leguas la elegancia de su postura. Él sintió su mirada e instintivamente se la devolvió, esbozando para ella una sonrisa torcida que le quitaría el aliento si Bella tuviera diez años menos. Ella apenas pudo elevar las comisuras de sus labios en respuesta. Edward tomó una ligera bocanada de aire, mirando hacia el suelo, antes de encararla una vez más y ofrecerle su brazo. Ella vaciló un segundo casi imperceptible en rodearlo con el propio.
Caminó junto a él despacio, tratando de disimular que cuidaba cada paso que daba. Sabía que no importaba que tan fastuoso fuera su vestido, lo deslumbrante de su maquillaje, lo impresionante que estuviera su cabello; ni siquiera importaba lo despampanante que ella luciera, jamás tendría la gracia innata de Edward. Y, aún así, alzó la cabeza y miró hacia adelante. No se permitiría intimidarse por todo lo que él era; se sentiría alta y disfrutaría las miradas envidiosas sobre ella por quien le acompañaba. Ya no le importaba si él la eclipsaba sin ningún esfuerzo o intención. Quizá ya hubiera aprendido lo suficiente.
Se separó de su firme agarre para tomar su lugar en seguida de donde estaría Rosalie. Veía a Emmett casi temblar. Daba pequeños pasos hacia adelante y hacia atrás tratando de tranquilizarse. Su rostro se había ruborizado y tenía una sonrisa nerviosa debido a la anticipación.
De pronto, él miró en un punto fijo y todos sus movimientos se detuvieron. No estaba paralizado, parecía más bien hipnotizado. La marcha nupcial que ahora resonaba en sus oídos, coincidió con este repentino cambio. Entonces la vio. Caminaba por el pasillo, larguísimo y cubierto de pétalos de rosas. La gente la miraba con ojo crítico, evaluando su caminar, su porte, su vestido, sus zapatos, su sonrisa… Sentía sus miradas sobre ella, pero ella los ignoró. Siguió caminando hacia el altar. Rosalie estaba radiante, había un sentimiento de felicidad que la inundaba era casi abrumadora. Había temido muchísimo ese día, pero ahora estaba ahí y todo parecía estar en su lugar. Incluso ella.
Tomó su lugar con un suspiro soñador y volvió su mirada a Emmett. Él sonrió ligeramente, nervioso. Luego, ambos dirigieron la mirada al pastor que se disponía a iniciar con la ceremonia. Predicó fervorosamente un entrañable sermón, cuyas palabras habían llegado hasta el fondo del alma de cada uno de sus oyentes. La boda fue maravillosa, con votos sencillos pero sinceros. El vestido blanco que envolvía el cuerpo escultural de la novia le sentaba exquisito y, aún cuando ella lloraba en voz baja, lucía deslumbrante.
Su largo cabello había sido rizado cuidadosamente hasta lograr un peinado elegante, complicado y único. Maravilloso. Su rostro pálido estaba ruborizado ligeramente y algunas lágrimas calientes lo recorrían enfriándose en su camino hacia su cuello. Sus labios rojos dibujaban una sonrisa que mostraba apenas un mínimo de su alegría.
Cuando el pastor los declaró marido y mujer, Emmett giró su cuerpo hacia el de su esposa y tomó entre sus manos su rostro. Se acercó lentamente hasta que sus labios se rozaron en un toque tan íntimo que pareció borrar a todos quienes los rodeaban. Sólo eran él y ella, juntos, tratando de iniciar una nueva historia, aunque ya tuviera tanto que contar. Una nueva etapa en su vida, que estaban seguros, los mantendría unidos por el resto de la eternidad.
La multitud rompió en aplausos atronadores, el bullicio animado los devolvió a la realidad, aunque la conexión que habían establecido en ese beso sería permanente. Para siempre. Porque no había nadie más que pudiera ocupar el lugar del otro y dar el ancho.
Bella apenas logró envolver brevemente a Rosalie con sus brazos y dirigirle una sonrisa a Emmett cuando la aglomeración la hizo apartarse para dar sus propias felicitaciones. Dio pasos vacilantes, asegurándose de no caer. Cuando finalmente pudo salir de entre el gentío, dio un ligero tropezón, amortiguado por una mano que se apresuró a sujetar la de ella.
—Gracias —murmuró por lo bajo.
—Ten cuidado, cariño —contestó Esme. Las comisuras de sus labios se elevaron ligeramente, de la misma forma en que un par de arrugas se mostraron alrededor de sus ojos. Bella no pudo evitar recordar aquel día que la había conocido, hacía tanto tiempo.
—Salió bien, ¿no crees? —puntualizó Bella, mirando hacia atrás, donde estaba el altar aun atiborrado por los desconocidos invitados.
—Absolutamente maravilloso—concordó. —Alice hizo un excelente trabajo y sé que Emmett estuvo feliz de dejarla hacerlo. Estoy orgullosa de ambos… de los tres —despegó su vista de Bella para enfocarla en Emmett que abrazaba tan fuerte como podía a Edward, quien lucía ligeramente abochornado. —¿Sabes, Bella? Nunca creí que Emmett fuera el primero a pesar de ser el mayor. Tú sabes, es un gran paso.
—Bueno, Alice siempre ha sido…
—No me refería a Alice —interrumpió suavemente. —Edward siempre fue el más maduro de los tres; pero quizá también el que se ha equivocado más. Siempre creí que tú serías la primera en formar parte de mi familia, de nuestra familia, porque siempre has pertenecido aquí. Él me contó lo que pasó, y me dijo que tú se lo dirías a Renée Dijo que sentía haber sido tan cobarde de no habérmelo dicho antes, pero creo que puedo comprenderlo. Lo siento, Bella. De verdad lamento que hayas tenido que pasar por esto sola.
—Creo que ni Edward ni yo queríamos lastimarte contándote la verdad —se excusó, avergonzada. —Cada uno en su forma, pero sabíamos que iba a ser duro para ti y preferimos ahorrarte esto.
—Y se los agradezco —musitó, tan seria como nunca antes la había visto, insegura. —Aunque me parece que Alice lo tomó peor. Pero tengo el presentimiento de que lo más difícil para ella no fue aceptar su relación, sino el bebé. Bueno, era nuestra sangre. Estoy segura de que él… o ella…
—Él —la corrigió en un susurro entrecortado. —Iba a ser un varón —dijo con voz más firme.
—¿Cómo… cómo lo sabes? —vaciló, con genuina curiosidad. —Edward dijo que tú…
—Nadie me lo dijo —farfulló. —Sólo lo sabía. Lo sentía.
—Sí, creo que sé a lo que te refieres —asintió repetidas veces con la cabeza como si le costara asimilar sus palabras. —¿Eso significa que tú lo sentías…? No, olvídalo, cielo. No es el momento para hablar sobre ello —simuló un amago de sonrisa, como si con eso diera su conversación por terminada. Pasó sus dedos esbeltos por entre los mechones de cabello marrón, en una caricia tan superficial que apenas sintió sus dedos.
—¿Si lo sentía real? —preguntó, dubitativa. Mordió el interior de su mejilla en espera de alguna reacción de Esme, pero ella no dijo nada. Se dedicó a perforar su rostro con la mirada, tratando de adivinar lo que iba a decir. —No tienes idea de cuán real era para mí.
—Lo sé, créeme que lo sé. Tan real como lo mucho que te hiere, y hiere a Edward. Mira a tu alrededor —sugirió. —No te condenes a esta penitencia; no cuando no has sido tú quien ha pecado.
—Fue mi culpa—dijo parpadeando rápidamente para alejar la humedad de sus ojos. —Habíamos discutido tanto… Él trató tantas veces de hacerme ver que yo debía confiar en él. Pero mi humor cambiaba tanto que él ya no sabía cómo manejarlo. Es que lo extrañaba tanto, Esme, tenía tanto miedo. Y quizá no estuve satisfecha hasta que nos hice lo que tanto temí. Me prometió tantas veces que faltaba muy poco para que esa situación terminara, pero yo no podía. Dudé tantas veces, pero no de él, sino de mí. Yo lo orillé a creer todo lo que Heidi probó. Y cuando me di cuenta de que estábamos tirando todo por la borda, estaba postrada en una camilla de hospital llorando porque no podía asumir que había perdido a mi hijo. No así.
—Era natural que estuvieras insegura, tú…
—Dejemos esto, Esme —pidió. —Por favor. Me alegra que Edward te haya contado todo y que no nos juzgues. Pero es algo que siempre estará dentro de mí, y por mucho que trates no lograrás que me perdone. Tengo un par de años intentándolo y, confía en mí, es inútil.
—¿Y ya te preguntaste si Edward está dispuesto a perdonarte? Creo que cuando averigües la respuesta sabrás si puedes seguir adelante o no, hija.
Esme giro sobre sus talones y se alejó a paso lento, con su vestido de raso bailando al ritmo de sus acompasadas zancadas. Parecía un poco molesta, y quizá tuviera razón para estarlo. Bella tenía la capacidad de dañarse a sí misma sin necesidad de ayuda.
Esperó por lo que le parecieron horas para salir de su aturdimiento, pero cuando unos gruesos brazos rodearon su cintura se dio cuenta que apenas había pasado un minuto.
—Te están buscando —murmuró en su oído el dueño de los brazos. —Y necesitaba hablarte antes de que una muy disgustada novia me arranque la cabeza.
Ella lo encaró, aun con su cabeza metida en la conversación que había tenido con Esme. Lo saludó escuetamente, aunque tenía que admitir que no esperaba verlo ahí, aun cuando fuera algo completamente lógico.
—Es bueno verte, Jake —agregó, descubriendo que se había comportado más fría de lo que esperaba. —Me estaba cansando de tus promesas telefónicas de ir a verme a Seattle.
—Tú sabes, mucho trabajo —se encogió de hombros.
—Tú ni siquiera trabajas, pequeño mentiroso —lo acusó soltando lo que se parecía más a una risa histérica que a una carcajada espontánea.
—¿A quién llamas pequeño? —dijo, frunciendo el ceño. —Creo que no te has visto en un espejo últimamente. Y claro que sí trabajo; no es mi culpa que Quil y Embry se ofrezcan a hacer mis labores.
—Nunca cambiarás, Jacob Black —argumentó, negando con la cabeza. Se cruzó de brazos y fingió una expresión dura, que terminó en una risa real. —Verdaderamente tienes que empezar a cumplir tus promesas y visitarme algún día.
—¡Lo hice! —bufó. —Llamé a tu casa como un desquiciado y nunca atendiste y cuando llamé a tu oficina, me respondió una chica diciendo que no estabas disponible por el momento. Y cuando por fin me decidí a ir, me di cuenta que no sabía donde vivías y fui a tu oficina. Resultó que no habías ido a trabajar en toda la semana. Quise que me dieran la dirección de tu apartamento pero me dijeron que esa «información no estaba disponible para alguien como yo» ¿Alguien como yo, de verdad tengo ese aspecto de matón?
—No pareces muy enfadado por eso —cuestionó enarcando una ceja. Jacob dibujó una sonrisa traviesa en su rostro y añadió:
—Bueno, no conseguí tu dirección, pero obtuve el número de esta chica… tú amiga, según sus palabras —arrugó la frente, tratando de recordar. —Bueno, la verdad es que no le presté mucha atención a lo que decía porque ella en verdad era hermosa. Ya recordaré su nombre… Pero arreglamos una cita. Así que no fui en vano. —Él lucía completamente complacido por su relato cuando sus ojos mostraron el reconocimiento, iluminando su rostro. —Evans. Su nombre era Charlotte Evans.
Bella tuvo que contener una carcajada. Al parecer a Charlotte le agradaban las mismas personas que a ella. Charlie… Siempre tan realista y comprensiva. Le debía más de lo que podía reconocer, le había tomado semanas darse cuenta de que si ella había orillado a Edward a contarle lo que había pasado antes de que su padre muriera, nunca había sido por algún sentimiento de crueldad, sino porque sabía que ella necesitaba saberlo. Siempre le había sido fiel, a pesar de verse dividida repentinamente entre ella y Edward. Había encontrado la manera de apoyarlos a ambos, y tenía sus sospechas de que había sido ella quien lo había convencido de su total inocencia. Charlotte le había demostrado que era una amiga de verdad, aunque no podía enorgullecerse de que el gesto fuera recíproco. Anotó mentalmente hacer algo por ella tan pronto como fuera posible. Quizá pudiera empezar por cuidar a Peter por las tardes, aunque eso no fuera precisamente un sacrificio.
—Ella es una mujer increíble —afirmó. — Merece el riesgo, Jake. Suerte con eso.
—Suerte para ti también —dijo, con un tono que le dio a entender que él sabía más de lo que pretendía saber. —Siempre supe que había algo raro con tu historia. Tú sabes, conozco de cerca tu tórrida historia de amor.
—Rosalie —resopló en voz baja. —Suerte es algo que nunca he tenido, Jake.
—Creo que la necesitarás justo ahora —dijo tan bajo que sólo ella podría escucharla, con la vista fija en un punto detrás de ella. Le sorprendió que la rodeara con sus brazos. Se sintió incómoda con su cercanía, a pesar de que era y siempre sería su mejor amigo, sentía su abrazo era demasiado íntimo. Sus manos lo empujaron tan ligeramente que no estuvo segura de si lo sintió, pero no tenía caso desperdiciar esfuerzos, de todas formas el era mil veces más fuerte. —Oh, vamos —rió en su oído —deja que me rompa la nariz de nuevo, es divertido verlo furioso.
Ella iba a preguntarle a qué se refería cuando escuchó un ligero carraspeo justo a su lado. Alzó la cabeza desorientada, pero no le costó mucho comprenderlo.
—No es el momento, Jacob —discrepó, alejándose de él. —Te veré luego.
—Sólo recuerda lo que te dije en la playa —pidió mientras ella se alejaba. Ella frunció el entrecejo, la escena en su mente parecía demasiado lejana a estas alturas. —Quizá el espejo no te sea suficiente para verte a ti misma, pero los demás no necesitamos uno, y eso lo incluye a él.
Trató de encontrarles algún sentido a las palabras de Jacob, pero no parecían tener pies o cabeza. Caminó con cuidado sobre el pasto verdísimo, ligeramente rociado, cuyo aroma se mezclaba con el cúmulo de esencias liberadas por las flores que la rodeaba. Inevitablemente, sentía que la mirada de más de un entrometido intercalaba miradas entre ella y Alice, quien estaba al otro lado del jardín desbordando alegría. Le sorprendía que sus vestidos, iguales, no llamaran la atención del a forma en que ella hubiera esperado, con un odioso tono melocotón o tan corto que podrías confundirlo con un camisón. Por el contrario, era de un exquisito gris azulado, con escote de corazón que se ajustaba en su cintura y caía recto hasta rozar el suelo a pesar de los zapatos tan altos, frunciéndose diagonalmente en su cintura.
—¿Te diviertes? —inquirió con cierto sarcasmo en su voz. Ella quiso darle una mirada hastiada pero sólo logró enfocarlo confusamente, haciendo que él enarcara una de sus gruesas cejas en respuesta. —Baile. Discurso. Brindis. Juntos. Ahora.
—Suena como algo que Alice diría —murmuró con desgana. —No sabía que habías preparado un discurso, —mencionó casualmente —aunque no es que hayamos hablado mucho últimamente, ¿eh?
—Oh, no lo hice —sonrió torcidamente, como si recordara un chiste privado. —El discurso no lo daré yo. Lo darás tú.
Puso su mano en su espalda baja, haciendo que acelerara el paso, aferrando sus dedos a su cintura como si quisiera asegurarse de que no se alejara ni un centímetro. Ella apenas podía esconder lo helada que estaba. Los mechones que salían de su peinado rozaban sus hombros haciéndole cosquillas, sacándola de quicio a cada segundo. Sus ojos, ahora mucho más profundos debido al maquillaje oscuro, enmarcados por sus espesas pestañas, no podían concentrarse en un solo lugar. Y ella tontamente había creído que ya no tendría más oportunidades de humillarse a sí misma. Tomó el brazo de Edward, deteniéndolo en seco.
—¿Estás de broma? —indagó con la mirada desorbitada. —No estoy para estúpidas peroratas que nadie escuchará.
—Rosalie y Emmett lo harán, te lo aseguro.
—¿Por qué tengo que hacerlo yo? —soltó enfadada. —¿Por qué no Jasper? Él es bueno en esto, y Rosalie es su hermana. ¡Por qué no tú!
—Porque eres la más espontánea —se encogió de hombros —.Vamos, lo harás bien. Sólo tienes que decirles que estás feliz por ellos. No tienes que estar nerviosa.
—No estoy nerviosa —chilló bajito, apretando los dientes. Tuvo que contenerse de rechinarlos cuando escuchó a Edward reír.
—A veces eres tan transparente…
Entonces el recuerdo completo de aquel día en la playa vino en su mente, como si Edward hubiera encendido el interruptor súbitamente con sus palabras.
—Todavía cuentas los días —murmuró para sí misma. —Lo puedo ver. En realidad, creo que todos pueden. Te apuesto que incluso él lo ve.
—¿Me perdí de algo? —dudó. —Escucha, sé que tú y yo no estamos en las mejores circunstancias, pero creo que hemos estado peor. Sólo hay que hacerlo por ellos, ¿de acuerdo?
Bella asintió, ansiosa. Tomó un suspiro antes de dejarse guiar por él, integrándose a la multitud que se movía de un lado al otro sin parar. Llegados a un punto, sabía lo que le esperaba. Rosalie y Emmett parecían estar dentro de su propia burbuja, como si no hubiera por lo menos un centenar de personas a su alrededor, abriendo paso por ellos mientras bailaban. Suspiró superficialmente cuando fue consciente de la cercanía de Edward a la cual estaría expuesta. Trató de tragarse todos sus miedos y enfrentarlo. Estaban tan cerca que podía escuchar su respiración. Se dijo a sí misma que debía serenarse, pero lo que más le molestaba era que él pudiera ver mejor que ella misma sus sentimientos.
—Sólo será hasta el brindis y después podrás irte, lo prometo —dijo con solemnidad, mirando hacia abajo para que sus ojos encontraran los de ella. Posicionó ambas manos en su cintura con tanta ligereza que Bella apenas las sintió. —No tienes que estar conmigo hasta que termine.
—Ese siempre ha sido el problema entre tú y yo, Edward —murmuró pensativa, tratando de ser tan directa como era posible. —Nunca luchamos con la suficiente fuerza por lo que amamos; nos dejamos vencer antes siquiera de haber comenzado.
Edward se limitó a asentir. No era difícil seguir sus pasos ágiles y acompasados, guiaba sus pies fácilmente, haciéndola flotar. Bella mordía su labio inferior débilmente, apenas lo suficiente para que alguien más lo notase. Él sonrió, travieso. Dio un paso atrás y la hizo girar entrelazando su mano con la de ella, tomándola por sorpresa. La haló hacia él de nuevo cuidadosamente, volviendo a rodear su cintura. Ella aún lucía algo desorientada.
—Relájate —pidió en un susurró inteligible.
Edward rió. Hacía tiempo que no reía tan despreocupadamente. Él se deslizaba con facilidad, llevándola con él. Su vestido se mecía con ellos, abriéndose graciosamente cuando giraban repentinamente y caía rozando los dedos de los pies de Bella. No estaba segura cuánto tiempo habían bailado, pero no tardó mucho en acompañarlo en sus risas.
Casi había olvidado que los rodeaba toda una aglomeración; había dejado de lado sus diferencias con su pareja de baile, permitiendo que fueran las buenas memorias las que los unieran. Había encerrado en un lugar lejano de su mente cada lágrima para que su momentánea alegría no se viera empañada. Miró de soslayo que decenas de parejas se les habían unido y otras tantas había desaparecido, probablemente en busca de algún bocadillo. Pero lo que captó su atención haciendo que le dedicara una mirada y no solo su visión periférica, era Rosalie. Su vestido blanco recorría toda la pista de baile con un ritmo envidiable, pero su pareja ya no era Emmett, ahora era el señor Hale. Podía ver sus labios moverse ligeramente, como prueba de que mantenían una charla secreta que hacía a Rosalie sonreír. Su padre la miraba a través de sus anteojos, sosteniendo su cintura con tanto tiento que pareciera tener a una muñeca entre sus brazos.
—Charlie también hubiera bailado contigo —susurró Edward cerca de su oído obteniendo así toda su atención de nuevo. —No sé si todos puedan notar la forma en que los miras, —cortó un instante su contacto visual para mirar a Rosalie detrás de Bella para luego añadir: —pero yo sí. Veo la forma desearías que Charlie hubiera compartido algo como esto contigo. Y él hubiera deseado lo mismo. Te habría entregado en el altar y estaría orgulloso de ti.
—Pero él no está aquí —arguyó. —Aunque no lo creas, he crecido y madurado de alguna forma. Soñar no es suficiente para que tus deseos se materialicen frente a ti.
— Ese siempre ha sido el problema entre tú y yo. Nunca luchamos con la suficiente fuerza por lo que amamos; nos dejamos vencer antes siquiera de haber comenzado —repitió en un hilo de voz, evaluando su expresión. —Lamento muchas cosas que he hecho; no soy perfecto. Pero lo que más lamento es haberte hecho desdichada. No lo merecías. Siento haberte quitado esta posibilidad también —dijo mirando a Rosalie, que ya no bailaba, sino que caminaba al lado de Emmett alejándose de los demás.
—No sé si sea el momento adecuado para hablar sobre esto —musitó mirando a su alrededor.
—Nunca hacemos las cosas a su debido tiempo, ¿lo has notado? —observó sonriendo de medio lado. —No sé qué sea lo que nos espera; ni siquiera sé qué somos ahora. Pero me pregunto si nos vamos a dar por vencidos otra vez. No sé tú, pero yo ya estoy cansado de fingir.
—¿Fingir qué? —indagó a la defensiva.
—Que ya no queda nada —respondió apesadumbrado. Sus pies seguían moviéndose acompasados sin notar siquiera que había gente a su alrededor. —Estoy cansado de fingir que no veo como te debates internamente a cada pregunta, a cada comentario que hago. Estoy cansado de fingir que no me doy cuenta de lo que pasa por tu mente. Todo entre nosotros siempre fue tan… natural. Encajábamos en todos los sentidos sin necesidad de pretender nada y míranos ahora. No hay forma de que pueda remediar lo que te hice, pero quisiera que vieras que soy sincero cuando te pido perdón, aun con el conocimiento previo de que no es y nunca será suficiente.
—Perdonar nunca fue un problema —aseguró. —Es sólo que olvidar no resulta tan fácil.
Bella recordó lo que Esme le había dicho antes. Evaluó sus posibilidades y, aunque no lo dijera en voz alta, tenía razón. No podía perdonarlo verdaderamente, librarlo de culpas que no le pertenecían hasta que se perdonase a sí misma. Y nunca podría perdonarse haber enredado tanto las cosas, arrastrándolo a él a su miseria. Necesitaría un poco más de tiempo para asimilar todo lo que ocurría a su alrededor y aceptarlo por completo.
—Es mejor que pienses en algo que decir antes del brindis, porque me parece que está por empezar —aconsejó en su oreja, sacándola de su ensimismamiento.
—Perdóname por no haber confiado en ti —suplicó, pretendiendo no haberlo escuchado. —Por no haberme detenido un segundo a escucharte.
—No había nada que escuchar —la animó. —Te fuiste antes de que pudiéramos llegar a ese punto. Pasé meses preguntándome por qué te habías ido y jamás regresaste.
Quiso cortar esa conversación, pero Jasper lo hizo por ella. Asió el hombro de Edward, pidiéndole que lo acompañaran. Instintivamente, cuando él le ofreció su mano, Bella la aceptó, como si fuera a brindarle la seguridad que le hacía falta. Veía a Emmett sentado junto a su esposa en una mesa tan grande que era imposible no notarla sobre las otras. Tenía una copa en sus manos, aunque no le prestaba mucha atención puesto que ésta estaba enteramente en Rosalie.
—¡Vamos, vamos! —apremió Alice. — Es tu momento, Bella, aprovéchalo bien porque estoy segura de que no podrás cruzar más de tres palabras con los novios por el resto de la noche.
Ella se dio la vuelta y se dedicó a dar cuidadosas instrucciones a Rosalie y a Emmett, con Jasper a su costado, agarrando su mano con dulzura, tratando de que lo tomara con calma. Llamó la atención de los invitados, instándolos a que guardaran silencio para que fueran capaces de escuchar lo que Bella tenía para decir. Eran tantos que le costó bastante que todos la escucharan, cosa que Bella agradecía pues le daba tiempo para pensar en algo rápido. Cuando el bullicio fue menguando, visualizó mentalmente el punto justo donde se pararía. Frente a la mesa de los novios parecía un lugar ideal, céntrico y, después de todo, cualquier estupidez que dijera, sería dirigida a ellos y sólo a ellos.
—Lo harás bien —repitió Edward amablemente.
—Edward…—nombró. Miró de soslayo a Alice, quien volvería a su sitio en cualquier instante. Era su única oportunidad para hablar. —No regresé, cierto. No lo hice porque tú no fuiste por mí.
Antes de que él pudiera responder, giró en redondo ubicándose en el lugar que había predispuesto para hablar. Tomó una copa en sus manos, tratando de esconder la forma casi violenta en que éstas temblaban. No le dirigió ni una mirada a Edward, consciente de que no sabría controlarse bajo la intensidad de su expresión.
—Buenas tardes —dijo a la multitud. —Bueno yo… Hace menos de una hora me dijeron que tenía que pararme aquí, frente a ustedes, y decirles lo feliz que me siento por Emmett y Rosalie. Pero la verdad es que no puedo. No creo que alguna vez sea capaz de expresar lo contenta que estoy de que estemos aquí. Cuando conocí a esa niña con trenzas rubias nunca creí que llegaríamos a este punto tan pronto; y, por supuesto, tampoco creí que el novio sería ese niño que me doblaba el tamaño a los seis años, y aún es así. Y es que el tiempo a su lado ha sido lo mejor que he podido desear. Cada uno, independientemente, me ha enseñado tantas lecciones que no pude haber aprendido de una mejor forma. Aunque me parece difícil pensar en ustedes de forma independiente. No necesito decir la forma en que se complementan porque creo que todos lo sabemos y es la razón por la que estamos aquí.
»Sé que quizá no he sido la mejor dama de honor, Rose, pero no tienes la menor idea de cuánto agradezco todo el apoyo que me has dado, y no me refiero a las últimas semanas, sino a la vida entera que hemos compartido. Y, claro, que me hayas dado el honor de estar a tu lado en el altar. Emmett, oh, rayos, Emmett, eres todo y mucho más de lo que siempre esperé de ti. No creo que Alice me permita tanto tiempo aquí frente a todos ustedes para enlistar todo lo que has hecho por mí. Y a lo que me gustaría llegar con todo esto es… Demonios, chicos, felicidades.
»Felicidades porque sé que estar juntos ha sido la mejor decisión que han tomado nunca. Porque no estoy segura de si es sólo mi percepción de las cosas, pero es evidente su pertenencia. Felicidades porque es sólo un paso más en su vida juntos, porque a eso le llamo estar toda una vida juntos. Y me siento muy feliz de saber que les queda mucho por delante. Le dan un nuevo significado al matrimonio; no sólo es un papel que los declara marido y mujer y les da el derecho sobre la cuenta de banco del otro. Es unión. Es confianza, es todo lo que ustedes dan por el otro. No logro imaginarlos un solo minuto con alguien más. Y no puedo pensar en un solo obstáculo que no puedan sobrepasar. Así que les pido a todos que se pongan de pie y brindemos por la felicidad de este nuevo matrimonio.
Su copa se alzó, siendo seguida por cien copas más. Ella miró a su público, que la había escuchado sin una sola interrupción y añadió:
—Un amor como el suyo no es algo que se vea todos los días —congratuló con una sonrisa sincera, tan grande que casi no cabía en su rostro. —Por los novios —casi gritó.
—Por los novios —respondió la multitud en un coro desentonado y sin un ápice de sincronización.
—Gracias —vio a Rosalie articular en su dirección.
Se escurrió, aprovechando el momento de distracción. Necesitaba salir de ahí, pero sabía que no era de la fastuosa recepción de donde tenía que irse. Quería escapar de su vida entera, quería volver a empezar, quería volver a ser esa niña de Arizona que venía a Washington por primera vez. Quería que Charlie estuviera ahí. Quería desesperadamente romper a llorar ahí mismo, sin que nadie la observara y preguntara cual era el motivo de su llanto.
La casa parecía un lugar seguro. Siempre lo había parecido. Había crecido rodeada de esas paredes, después de todo. Siempre había sido parte de los Cullen. Ellos la amaban, ellos eran su familia. Había sido así tantos años. Tal vez Edward tenía razón, había que dejar de pretender que nada pasaba, que todo ese tiempo no lo había extrañado hasta el punto de perderse ella misma, que lo amaba de forma casi desquiciada.
Se perdió entre las paredes, caminando casi por instinto más que consciente de por donde iba. Sentía los escalones bajo sus pies y veía el pasillo esconderse bajo su vestido. Cuando volvió a tomar en cuenta donde estaba, había llegado al tercer piso, al umbral de la que había sido la habitación de Edward. No estaba segura de que tan inteligente era estar ahí, pero parecía ser el lugar correcto.
Todo estaba en su lugar. Justo como lo recordaba. Como la última vez que había estado ahí, junto a él. Como cuando todo no parecía estar al revés. Afuera, tenía que ser la radiante dama de honor, pero aquí podía darse el lujo de flaquear. No iría abajo hasta que estuviera completamente segura de que podía sonreír sin problemas. La alegría que le había traído el brindis se había disipado.
Después de que Edward le pidiera perdón en esa misma habitación, había huido tan pronto como le había sido posible; tan pronto como había podido deshacerse de sus labios dulces y suaves. Quizá hubiese sido tan solo un beso, pero era como un recordatorio de todo los que anteriormente habían compartido. La lista era interminable, aún cuando pensara exclusivamente en los que las paredes que la rodeaban en ese momento habían testimoniado. Recorrió vagamente la habitación, desde el edredón dorado hasta el sofá de cuero en la pared este, pasando por cada recuerdo que estaba impregnado en el mobiliario. Tenía tanto que pensar, que razonar, pero necesitaba tener la cabeza fría. Los minutos pasaban raudos y ella no podía hacer más que mirar. Observar lo que un día tuvo y no le pertenecía más.
—¿Dónde has estado? —preguntó la voz cantarina de Alice. —Estaba preocupada.
—He estado aquí —respondió con simplicidad.
—No me extraña —admitió. —¿Estás bien, Bella?
—No sé —dijo con sinceridad.
—Desapareciste después del brindis, Rosalie quería despedirse antes de que se fueran pero no logramos encontrarte.
—¿Tanto ha pasado?
—No tienes idea, las personas comienzan a irse.
—No hago mucha falta allá abajo, Al —dijo. —No quiero arruinar lo que has hecho tan bien.
—Claro que haces falta —musitó. —Eres parte de esto.
Alice le sonrió, o casi. La instó a que la siguiera por el pasillo, alejándose de la habitación para encontrar el camino hacia las escaleras. No dijo nada, quería ordenar sus pensamientos antes de ello y así evitar decir algo indebido. Bella, por su parte, había perdido la noción del tiempo y ahora el cielo que se asomaba por las ventanas se había tornado oscuro y estrellado.
—Ha pasado mucho desde la última vez que hablamos —comentó cuidadosamente. Alisó las inexistentes arrugas de su vestido, exactamente igual al de su amiga. —Me refiero a hablar de verdad.
—Sólo tienes que preguntar lo que quieras saber —la animó. —No creo que haya algo que no sepas ya.
—Bueno, yo no estoy tan segura —dijo por lo bajo.
Al pie de la escalera, estaba Renée, que parecía estar esperan su aparición. Su mirada consternada las sobresaltó ligeramente.
—Bella, Alice —llamó Renée desde el pasillo. —Eh… necesitamos que salgan un momento, por favor.
Su nerviosismo era casi tangible, lo que causó que Alice y Bella intercambiaran miradas extrañadas. Alice casi alcanzaba la altura de Bella debido a la altura de sus zapatos. Escucharon lejanamente un par de carcajadas que parecían conocidas, aunque distorsionadas. Risas secas y desentonadas que casi molestaban el oído. Alice tuvo que contener el aliento cuando supo de donde provenían las risotadas.
—¡Jasper! —gimió.
Agradeció internamente que la mayoría de los invitados se hubiesen marchado o lejos del árbol bajo el cual reposaban Jasper y Edward, riendo sin parar. Se habían deshecho los nudos de sus corbatas y sus camisas estaban fuera de sus pantalones, tenían los pantalones empolvados y el cabello completamente despeinado.
—Oh, Alice —dijo él, casi conmocionado. —Alice, Alice, Alice…. ¿A que es maravillosa la vida, mi amor? —hipaba, tratando de ponerse de pie, trastabillando y apoyándose de la cabeza despeinada de Edward para equilibrarse. —Te amo, ¿te lo he dicho últimamente?
—Sí, cariño, lo has hecho —respondió ella enfadada. —¿Qué significa esto?
Los tres miraron a Edward como si esperaran una respuesta pero él estaba tan ido como Jasper, al borde de entregarse al sueño. Había una sonrisa idiota en sus labios como si disfrutara lo que pasaba a su alrededor, y sus ojos estaban tan irritados que le daban un aspecto perturbado. Sobre el césped, estaban los restos de lo que alguna vez fueron un par de copas.
—Jasper dijo que necesitaba relajarme—dijo alegremente. No lucía para nada como hace un rato, el semblante tranquilo y confiado había desaparecido, en cambio, su rostro sonriente parecía perdido en sí mismo.
—Ay, Edward —suspiró Alice —. Levántate, hermano. Estás haciendo el ridículo.
—No quiero —resopló. Esquivó a Alice para mirar a Bella, que estaba de pie detrás de ella, muda. —¿A que es hermosa, Al? —miró hacia su regazo, para luego levantar la mirada una vez más. —No me equivoqué cuando me enamoré de ella, ¿o sí? —preguntó a su hermana confundido. Sobó su cabeza con la mano izquierda como si un dolor irrefrenable lo atacara de pronto. — ¿Alguna vez irá a perdonarme?
Jasper volvió a reír, apoyándose en el tronco para no caer abruptamente en la tierra. Se ganó la atención de sus acompañantes, pero no podía contener su ataque.
—¿No crees que ya se aburrió de tus disculpas? —escupió Jasper. —Vamos, hombre, haz algo de verdad.
—Ya no puedo hacer nada —gimió Edward. Había lágrimas acumulándose de sus ojos verdes. —Ya no quiero romperla más. Ojalá hubiéramos hecho las cosas diferente; ojalá lo hubiera hecho bien.
Su mirada se perdió y sus ojos verdes se desorbitaron, poniéndolos en blanco para luego fijarlos en un punto en específico. Un sollozo brotó de sus labios repentinamente, agitando su pecho. Jasper, quien había perdido el equilibrio, se dejó caer a su lado y rodeó sus hombros con los brazos. Soltaba risotadas de cuando en cuando, pero estas fueron aminorando su intensidad hasta que se convirtieron en huecos jadeos, eco de los de Edward. Bella se acercó lentamente hacia él como si temiera asustarlo, poniéndose en cuclillas para estar a su altura. Las lágrimas nunca llegaron a derramarse, pero sí acentuaba la tristeza de sus ojos, volviéndolo vulnerable.
—Quizá en otra vida lograríamos olvidarlo todo—susurró, aunque sabía que era en vano pues, probablemente, cuando volviera a estar sobrio no lo recordaría. —No sé si tú puedas perdonarme en ésta.
—Nunca hubo nada que perdonar —respondió aun recargado en Jasper. Sus párpados parecían ser extremadamente pesados como efecto del alcohol, cada vez que parpadeaba, sus ojos estaban abiertos menos tiempo. —Y si lo hubo, yo ya lo olvide.
—Hay que llevarlos adentro —suspiró mirando a Alice. —Están demasiado ebrios.
Miró a Jasper hipar de nuevo un sollozo, murmurando ininteligiblemente algo que parecía un improperio. Edward sobaba la cabeza de su compañero en un gesto consolador. Se debatieron por un par de segundos, pensando en cómo actuar. Ambos eran demasiado pesados para que ellas pudieran hacer algo más que arrastrarlos. Finalmente, decidieron buscar ayuda en Jacob y en Carlisle. QuizLucierá ellos pudieran hacer algo más.
—Bella —dijo Edward, impidiendo que se incorporase. —No necesito otra vida. No sin ti.
Hola, gente, buenas tardes.
Sé que soy perra por no actualizar en como dos meses y no responder reviews, pero si ustedes supieran lo complicada que es mi vida... En fin, muchas gracias por todos los reviews, son maravillosos. Quiero agradecer a las que se preocuparon por mí, es un lindo detalle. A los nuevos lectores, bienvenidos, nos faltan un capítulo y el epílogo. Me he sentido... no muy bien. Pero estoy mejor, espero la próxima semana estar actualizando de nuevo.
Por cierto, a todos esos e-mails maravillosos que recibí a mi correo personal dciendome que soy una perra malnacida y que no tengo imaginación. Gente, de verdad no me importa lo que piensen. Me interesan las críticas constructivas. A las chicas que han mandando cosas amables, por favor no se den por aludidas. Gracias por el apoyo a quien lo merece. A quien no, si la intención era hacerme llorar o traumarme o algo, no lo lograron. Estuve bloqueada todas estas semanas por estrés personal, creanme que no fue por sus agradables mails m0öxXos :)
Tengo algo de prisa pero me interesa subir esto antes de irme. No sé cuando pueda contestar reviews,, pero creanme que lo haré. Son un cielo, chicas. Gracias, Luciernagas, por tus pm's que me hacen sentir especial.
Para todas, como agradecimiento a que me hayan esperado y no me hayan juzgado, les dejo esto:
—¿Y qué harás? —dijo en un tono tan enojado que rayaba en lo desafiante. —¿Esperarás a que tu vida termine para darte cuenta que has sido una estúpida amargada infeliz? ¿Verás cómo quienes te aman miramos hacia adelante sentada en el pasado? Contéstame —exigió. —¿Esperarás a su lecho de muerte para decirle que lo amas? Si es así, entonces siéntate, Bella, que la espera será muy larga. Por mi parte lo harás en soledad, porque no voy a verte hundirte tan miserablemente.
Besos
LizBrandon.
29.01.12
Nota 2:
Sé que arriba dice lo contrario pero no sé si pueda actualizar este sábado poruqe tengo mucho que hacer además de que digamos que me tropecé con un libro en el camino... Como sea, si no actualizo esta semana, lo haré la siguiente SEGURÍSIMO. Aunque me rompa la cabeza, juro que lo haré. Ahora que si me quieren incentivar con unos reviews... qué mejor.
No es algo que me guste hacer porque me parece... de mal gusto en cierta forma, pero esta semana voy a estar manejando lo que es Review = Preview. Sólo por esta ocasión porque soy una mala autora y no merecen esto. No puedo publicarlo aquí porque tengo que pensar muy bien el capítulo y si me apresuro... bueno, quedara tan mal como este.
Gracias por su comprensión
Lizeth
