How to be brave? How can I love when I'm afraid to fall?
~Christina Perry
God only knows why it's taken me so long to let my doubts go,
I don't know why I'm scared, I've been here before,
Every feeling, every word...
~Adele
Capítulo 15: Mi hogar
Pasó una mano por su cabello castaño, acomodándolo detrás de sus orejas. Caía sobre sus hombros, libre y sinuoso recorriendo su espalda, tan largo como lo era cuando tenía diecinueve. Los suaves reflejos del sol que se colaban por entre las nubes espesas se asomaban por los grandes ventanales del aeropuerto, haciendo brillar ligeramente los pisos lustrosos. Caminaba lentamente, admirando el cielo grisáceo que se extendía por toda la ciudad. Sonrió ligeramente. Lucía tan Washington.
En Filadelfia todo parecía tan soleado, con una brisa cálida que movía sus vestidos diurnos en sus caminatas matutinas, y por las tardes el calor estival que traía con él esa fragancia tan dulce que parecía ser dicha líquida al inhalar… Todo hasta que resbaló caminando por la acera mojada. Estúpidos zapatos. Ahora, había renunciado a los tacones, usarlos sólo era pretender ser quien no era; quería dar una imagen seria e imponente, pero sólo se engañaba a sí misma. Esa no era ella. Había nacido torpe y moriría de la misma forma. Pero no se quejaba. Sus pies caían en el suelo rítmicamente, cuidadosamente, fijándose dónde pisaba para no volver lastimarse el tobillo.
A lo lejos, podía ver en el horizonte anaranjado anunciando que la noche se aproximaba a cada minuto. Vio a lo lejos las montañas, rojizas, alejadas de las nubes tormentosas, que parecían arder en llamas. Se veían de la misma forma en que se veían en Forks, desde su prado. Aquel pequeño edén que había encontrado cuando tenía doce, ese que, más que pertenecerle, ella pertenecía ahí. Ella y Edward. Un suspiro inesperado se deslizó entre sus labios.
Estaba cansada. Su vuelo había sido más que inestable; la turbulencia nunca tuvo fin, haciendo que las náuseas inundaran su estómago y su rostro se tornara más pálido de lo normal. Los vuelos nunca habían sido su parte favorita de los viajes, pero, llegado un punto, se había acostumbrado. Sin embargo, la necesidad de volver a casa era más fuerte que la urgencia por perder la consciencia en el mar denso de sopor sublevado que le ofrecía desvanecerse en su asiento.
Habían sido las tres semanas más largas de su vida. Nunca había estado en una convención con aquélla y era sin duda la clase de experiencias únicas e irrepetibles que deberían quedarse en su memoria con un buen sabor de boca. Y, ciertamente, la había disfrutado. Pero uno debe tener cierto tiempo determinado en la vida destinado a estar lejos de casa; ella ya lo había sobrepasado hacía mucho tiempo. Blasfemaría si dijese que había padecido cada segundo estando en Pensilvania. Pero sí se había preguntado más de una vez por qué Mathew Devitt, su jefe, la había elegido a ella para representar a la editorial de Seattle y no a cualquier otro, si ella no era la más inteligente, ni la más atractiva, y mucho menos la más extrovertida. Cuando le había preguntado por qué ella y no Charlotte, el señor Devitt sólo había sonreído, un tanto sonrojado, y admitió:
—Charlotte es maravillosa, sin duda —esclareció. —Pero tú eres observadora, reservada, no sé si te das cuenta de lo interesante que resultas. Siempre he sabido que tienes toda una historia que contar, y creí que te haría bien respirar un aire diferente.
Pero ese aire diferente, había resultado casi asfixiante. La gente a su alrededor caminaba alegre, jalando maletas con ellos, con niños agarrados de sus manos, totalmente indiferente a ella. Vio cómo eran recibidos por sus familiares, amigos o quizá parejas. Se vio a ella misma reflejada en esas personas, en sus acciones. Ella solía correr de la misma forma en que la pelirroja que se había sentado delante de ella ahora corría hacia un chico moreno cuando volvía de Nueva Jersey en Navidad, o cuando iba a Massachusetts en sus fines de semana libres.
Pero antes de que la estela de recuerdos invadiera su cabeza, escuchó unos pasitos fuertes y torpes acercársele y unos bracitos envolver su cintura. Miró hacia abajo, metiendo sus dedos en ese cabello oscuro que rozaba su vientre, al igual que su rostro redondo.
—Hola, Peter —susurró, devolviéndole el abrazo. Detrás de él, Charlotte caminaba tan rápido como le era posible, pero al parecer, no podía mantenerle el paso. —Charlie —casi gritó.
—Por fin llegaste —suspiró, uniéndose al abrazo de su hijo. Peter se separó de ella pero asió su mano con firmeza.
—Eres tan melodramática —acusó. Haló a Peter para que caminase a su lado mientras avanzaban por el aeropuerto. Charlotte sonreía como de costumbre. Tenía que aceptar que la había extrañado.—Gracias por venir.
—Un placer. Pero sé que Alice nunca te va a perdonar—enunció con cierta seguridad que asustó a Bella.
—Quería que fuera una sorpresa —comentó. —Tú sabes, llegar antes y eso.
—Sí, por supuesto —asintió, usando una sonrisa sarcástica. Tomó la mano de Peter para que Bella pudiera ir a buscar su equipaje pero, antes de que avanzara, añadió: —Tu intención nunca fue que Alice no le comentase a Edward que habías regresado una semana antes de lo programado.
—No, nunca fue la intención —farfulló con firmeza.
Buscó con tranquilidad su equipaje, meditando las palabras de Charlotte. ¿Tan transparente era? Si Charlotte había podido suponerlo, Alice lo sabría antes de que pudiera pronunciar una palabra. Y no es que no quisiera verlo, si era sincera consigo misma, moría por ver su rostro una vez más. Pero la forma en que su nueva relación se desarrollaba no era saludable para nadie; o al menos no para ella. Después de la boda lo había visto en un par de ocasiones pero el ambiente era tan tenso que ambos preferían evadirse.
Cuando pudo recuperar sus maletas, se unió a Charlotte para volver a casa. Por fin. Peter murmuraba todo lo que se había perdido estando en Filadelfia, desde los conocimientos recién adquiridos en el jardín de niños hasta las múltiples salidas de Charlotte. Bella asentía y reía, fingiendo prestarle atención.
—Peter, no la abrumes —le ordenó Charlotte, atando sus agujetas con cuidado, para luego ajustar su cinturón en el asiento trasero del auto. Después, ella tomó el lado del conductor a la par que Bella se sentaba en el asiento del pasajero.
—Está bien, hacía mucho que no lo veía. No me molestaría cuidar de Peter un día de éstos mientras sales.
—Él estaría fascinado —admitió. Miró por el espejo retrovisor del auto a Peter, que había encontrado muy entretenido tratar de leer un viejo folleto. —Mi papá lo consiente mucho, pero al parecer mamá no resulta muy divertida. ¿O no, cielo?
—Eh… —dudó Peter. —Amo a la abuela, pero tiene que darse cuenta de que ya no soy pequeño. ¡Tengo seis! La abuela quiere que tome siestas todo el tiempo. —Después volvió a su lectura, como si realmente comprendiera lo que leía.
—Tenemos una partida de Scrabble pendiente —comentó con una sonrisa bailando en su boca, volteando a mirarlo desde el asiento del pasajero. Al parecer, comenzaba a aburrirse pues sus párpados comenzaban a caer. Después se dirigió a Charlotte: —Ese niño tiene algo con las palabras. No puedo creer que me haya ganado. Ahí es cuando descubres que la licenciatura no te sirvió de nada, un niño de seis años sabe más palabras que tú.
—No es como si no supiera que lo dejaste ganar —acusó, aunque parecía complacida. —Por cierto, está muy interesado en el libro de cuentos del que le hablaste.
—Se lo llevaré en cuanto pueda —prometió.
—Sabes que no tienes que hacerlo —dijo con pena. —Haces demasiado por él; y por mí.
—No, hago lo que merecen. —Miró de nuevo a Peter, pero él ya estaba más dormido que despierto, en cuestión de minutos. —Es el niño más adorable de todos.
—Yo también creo que lo es —admitió. —Pero soy su madre, debo decir eso. Pero sé que tú lo ves de la misma forma.
—Pero sé que él no es mi hijo —susurró más para sí misma que para Charlotte.
—Oh, cariño, no me refería a eso —murmuró, mirando hacia adelante, pero con sus manos tensas alrededor del volante.
—Lo sé —afirmó. Puso sus manos sobre su vientre inconscientemente. —Peter es lo que yo hubiera querido de mi bebé. No puedo evitar verlo en la forma en que lo vería a él.
—Peter te adora —la animó.
—Pero yo no soy su madre y él no es mi bebé —suspiró.
Una repentina soledad la abrumó. Si bien se dirigía a su hogar, sabía que no había nada que le esperara, nadie estaba ahí. No había un Jasper, como el que le esperaba a Alice cuando volvía; no había un Peter que corriera a sus brazos en cuanto atravesaba el umbral. Y aún cuando volviera a casa, no estaría el hogar en donde había crecido. Estaría su madre, siempre dispuesta a acogerla, pero no estaría Charlie ni su niñera.
Mientras recorrían las calles, trató de despejar su mente. No le haría bien pensar en ello. Después de lo que le pareció una eternidad, Charlotte se detuvo frente a su edificio. Le agradeció de nuevo y, aunque insistió en que se quedara, ella dijo que debía llevar a Peter a casa.
Cuando hubo subido, sólo atinó a caer rendida sobre el sofá. No tenía idea de qué debería hacer, quizá deshacer sus maletas pero no tenía ánimos de hacer un desastre que tener que limpiar después. Había pasado la mitad del tiempo trabajando y la otra mitad durmiendo por los últimos meses. De vez en cuando salía con Charlotte a comer o con Alice y Rosalie a cenar. El tiempo se había ido muy rápido, más de lo que podía imaginar. Pero en tardes como aquellas, era cuando la realidad la golpeaba. No tenía nada, nadie por quien volver, nada por el cual luchar.
En un intento de distraerse, se dirigió al closet donde guardaba las cosas viejas. Por ahí debía de estar el libro de cuentos del que le había hablado a Peter. A ella le encantaba cuando era menor, seguro a él también le gustaría.
Las cajas estaban apiladas, llenas de polvo, arrumbadas en el fondo. Había tantas que no había por dónde empezar. Pero creía recordar que la caja que buscaba estaba sobre la repisa y no apilada en el suelo. Se puso de puntillas para alcanzar las cajas de cartón, pero todas eran muy parecidas. Cuando visualizó una más pequeña, en medio de todo el desastre, tuvo la certeza que ahí se encontraban sus libros viejos. La jaló con ahínco pero la caja que estaba sobre ésta cayó sobre su cabeza golpeándola en la frente y llenando el ambiente de polvo.
Su nariz se incomodó, haciéndola soltar un tremendo estornudo. Miró la caja culpable con odio, pero el letrero escrito en ella captó su atención: «Recuerdos de Bella» Era incluso más vieja que las demás y la caligrafía torpe de su madre hacía que viniera a su memoria la imagen de esa misma caja guardada en su armario en Forks. Arrancó con facilidad la cinta vieja, desgastada y amarillenta por el tiempo. Abrió las solapas con cuidado pero no pudo evitar que las partículas de polvo impregnadas en el cartón se distribuyeran en el aire.
Estaba llena hasta el tope.
Lo primero que pudo ver fueron sus antiguos diarios que documentaban cada momento de su vida de sus primeros años. Había ido perdiendo el hábito con los años, debido a que sus actividades y horarios habían cambiado drásticamente dejándola demasiado agotada por las noches como para escribir un diario. Todos tenían su nombre y el año. Había tantas memorias ahí escritas, pero prefirió dejarlas de lado. Escarbó en la caja, dándose cuenta de la cantidad de objetos, ahora inútiles, que guardaba. Pero a pesar de que parecieran sólo un montón de basura, para ella eran tesoros invaluables. Encontró aquella vieja tarjeta que le habían obsequiado cuando cumplió seis, al lado del viejo collar que solía usar junto con Alice. Tomó en sus dedos la cadena oxidada dejando que el dije pendiera irregularmente frente a su rostro. Había significado su amistad por tantos años…
Siguió buscando viejas novedades en la caja destartalada. Había sobres, viejas boletas de calificaciones, credenciales vencidas, boletos de toda clase, dibujos que había hecho cuando era niña… Había esparcido todo sobre el suelo del pasillo. De pronto pareció que había extendido su vida a su alrededor. O una parte de ella; pero aún así era una muy importante. Después de todo, quizá sí tendría que limpiar. En el fondo, se encontraba un antiguo álbum de fotografías. Su cubierta marrón no se había deteriorado ni un ápice a pesar del tiempo. Los detalles dorados en los márgenes aún brillaban a contra luz, su textura era ligeramente rugosa pero agradable al tacto y, sobre todo, la sonrisa indeleble pintada en el rostro de una Bella mucho más joven. Notaba que sus pómulos eran mucho más redondos y su mentón más marcado. Tenía un brillo en los ojos visible en la imagen que sólo podría deberse a una euforia incomparable. El amarillo de su toga y su birrete hacían ver su piel pálida, resaltando el rubor permanente de sus mejillas. Había pasado tanto tiempo desde ese día…
Tomó entre sus manos el álbum quitándole con los dedos cualquier rastro de polvo que hubiera en él. Caminó sin prestar atención al desastre que había dejado en el suelo, dirigiéndose al sofá. Casi nunca se sentaba en la sala de su apartamento. Incluso resultaba extraño hacerlo, como si se sentara sin ser invitada en una casa ajena, pero ignoró la sensación y tomó asiento con lentitud.
Se tomó unos minutos antes de abrirlo para observarlo. No había visto ese álbum en por lo menos seis años. Pasó la yema de sus dedos por la cubierta y el lomo, las orillas y el canto. Cuando lo abrió por primera vez, le sorprendió ver que un sobre amarillo salía de entre sus hojas cayendo en un golpe seco en el suelo. Lo tomó entre sus manos observándolo, buscando en su memoria su origen, pero no lo encontró. Trató de abrirlo, pero la goma era tan vieja y tan pegajosa que terminó rompiéndolo y su contenido se extendió en la alfombra, tapizándola de tarjetas y sobres. Tomó una tarjeta al azar e identificó la caligrafía al instante, era de Edward. Tenía fecha de julio del 2008. Rezaba, con esa letra pulcra y estilizada:
Ha pasado tanto tiempo desde que te vi por primera vez que quizá puedes pensar que ya no lo recuerdo, pero te equivocas. Tengo en mi mente cada momento que hemos estado juntos, sin importar cuan lejanos parezcan. Nos queda mucho por vivir y no pido más que estar cada segundo a tu lado. La mejor historia que será escrita será la nuestra. Te amo más de lo que nunca podrás saber.
Feliz aniversario.
Edward.
La dejó de lado. Le había quitado el aliento. La recordaba muy bien. Se la había obsequiado con un arreglo de fresias en el último aniversario, el séptimo. Casi habían celebrado el octavo. Casi. Ahora recordaba ese sobre. Hilary la había obligado a guardar en alguna parte todas las tarjetas de Edward, estaba cansada de que el apartamento estuviera tapizada por ellas. Decidió que sería más saludable para su cordura hojear el álbum.
Lo abrió al azar, a unas veinte hojas del principio. Ahí estaba ella, con unos siete años, en el jardín de los Cullen, al lado de Alice, seguida de una fotografía en la que Rosalie estaba sentada al lado de Emmett en casa de Bella. Pasó las hojas rápidamente, hasta que una imagen captó su atención: era ella, con doce años, al lado de Edward. Recordaba aquel día, había sido el día cuando encontraron el prado. Su prado. Sus rostros eran tan diferentes e iguales al mismo tiempo que la asustaba. Siguió pasando las hojas, descubriendo que había cientos de fotografías dedicadas a ella y a Edward. Juntos. En casa de Esme, en la de Renée, en el instituto, incluso había una en el prado. En cada una, había un signo de su crecimiento más marcado. Al principio sólo estaban cerca, pero conforme los años pasaban había pequeños gestos que los identificaba, indudablemente, como más que un par de amigos. Se tomaban de las manos, y él la abrazaba por la cintura, podía ver la confianza entre ellos, las miradas, las sonrisas idiotas. Era una niña entonces, una niña tonta, una niña muy enamorada.
Cuando se acercaba el final del álbum, pudo observar un importante cambio. Cuando miró el pie de las fotos se dio cuenta de por qué se veían más unidos que nunca. Era aquel verano en que él le había dicho que ella era lo mejor de su vida, que la quería más que a nadie más. Sabía que sólo estaba martirizándose a sí misma, pero no podía dejar de pasar las hojas. Cada fotografía era una daga en su pecho. Como si cada uno de sus recuerdos fueran sumergidos en ácido. A pesar de que había muchas fotografías en las que estaban rodeados de personas que eran parte de su vida, sus ojos sólo se centraban en ella y él, en sus dedos rozando su rostro, en sus brazos rodeando su cintura, en su sonrisa exclusiva para ella, en sus labios besando los suyos.
Cerró el álbum de golpe cuando creyó que era demasiado para su ya magullado corazón. Lo dejó sobre la mesa. Se puso en cuclillas para recoger las tarjetas que habían caído. Las amontonó acunando sus manos y volviéndolas a poner en el sobre. Se preguntó por qué no las botaba a la basura pero se dio cuenta de que no tenía la fuerza para eso. Con cuidado las acomodó dentro del sobre, soltando uno que otro suspiro. Asió la última y la curiosidad pudo más. Creía recordar esa, aunque le parecía que era de las más antiguas. Y, según la fecha, lo era: Trece de septiembre de 2001.
Sé que no es el mejor momento, pero no podía dejar pasar este día. Un día escuché que amar hacía la vida menos complicada y que sólo aprendería a amar el día que yo amase de verdad. Tú me haces ver la luz en estos días tan oscuros, tú haces que la vida parezca más sencilla. Si yo sé lo que es amar, es por ti. Y por eso decidí obsequiarte esto. Hace once años apareciste, y robaste algo de mí. Y aún lo tienes. Ésta sólo es una pequeña representación de que mi corazón es tuyo.
Feliz cumpleaños, amor mío.
Edward
La soltó como si le quemase, quedando justo al lado del álbum sobre la mesa de centro. Sus ojos se habían aguado. Lo extrañaba, no podía negarlo. Lo añoraba. Quiso quitar la idea de su mente, por lo que volvió su atención al álbum. Lo abrió sin fijarse en dónde, en la tercera o cuarta hoja. Pero fue entonces que perdió el piso por completo. Supo que aquella imagen que la había perseguido por tantos meses de un pequeño bebé de ojos verdes no la había creado ella misma. Era un recuerdo. Un recuerdo de la fotografía que estaba frente a ella.
La fotografía frente a él era la de un pequeño bebé de apenas unos seis meses, con una sonrisa sin dientes y sus ojos bien abiertos. Era completamente adorable. Era el bebé más hermoso que hubiera visto nunca. Era el bebé de sus sueños. Pero éste no era su hijo, en absoluto. Era Edward.
— ¿Así serías, mi precioso bebé? —preguntó al aire. Sus dedos recorrieron su vientre, levantando la camiseta mientras observaba al niño de la fotografía. —¿Así me sonreirías a mí? ¿Me amarías la mitad de lo que yo te amo a ti, mi cielo? No sabes cuánto desearía que estuvieras aquí…
Había pasado mucho tiempo. Demasiado, quizá. Tal vez debería considerar retomar sus terapias, o tomar Prozac de cuando en cuando. Pero sospechaba que era algo que siempre estaría con ella, ese dolor que la partía en pedazos. Su bebé sería parte de ella como el agua que besa la costa, que aunque es fácil de ignorar cuando la marea baja, arrasa furiosa con todo lo que se ha construido cuando por las noches la Luna sale y surte efecto.
Escuchó ruidos extraños, pero los ignoró. Podían asesinarla ahora mismo y dolería menos. No importaba la forma. Su garganta soltaba ligeros gemidos, casi inaudibles, sus ojos derramaban lágrimas interminables.
—¿Bella? —escuchó una voz muy conocida para ella. Se limpió las lágrimas rápidamente con las mangas de su blusa y la miró fingiendo que nada pasaba.
—¿Qué haces aquí, Alice? —preguntó soltando una risa que se quebró a la mitad. —No…no te escuché entrar.
Alice se acercó a ella, sentándose a su lado en la alfombra de la sala. La miraba dubitativa, calculando sus movimientos.
—Se supone que volverías la semana que viene —comentó.
—Hubo un par de problemas con los eventos y reprogramé mi vuelo, llegué hace unas horas —explicó, ignorando lo aguda que sonaba su voz debido al nudo en su garganta. Se sorprendió al ver a través de la ventana que ya no quedaba ni un resquicio de luz del sol.
—Yo sólo vine para asegurarme de que todo estuviera bien mientras no estabas—se excusó. —Toma —le extendió la copia de la llave de su apartamento que Bella le había dado antes de irse de viaje. —Supongo que ya no la necesito.
—No, quédatela —pidió. Sus manos temblaban y Alice no lo dejó pasar. —Me alegra verte.
Alice observó el álbum abierto sobre la mesa y, sobre él, la tarjeta blanca. Los miró sospechosamente, recordaba el álbum, por supuesto, ella había invertido muchas horas llenándolo con fotos. El rostro de Bella estaba enrojecido al igual que sus ojos y podía notar cómo le temblaban los labios.
—¿Puedo? —preguntó tomando entre sus manos la tarjeta. La vio por el rabillo del ojo, reconociendo la caligrafía de su hermano.
—Por supuesto —asintió Bella. Cuidadosamente despegó la vista de Bella para dirigirla a la tarjeta.
—Cumplías diecisiete —acotó apenas vio la fecha. —No recuerdo qué fue lo que te obsequió ese… La pulsera—comprendió de pronto.. —El diamante en forma de corazón.
—Es un cristal —la corrigió.
—Es un diamante —insistió. —Pero Edward nunca quiso que supieras que en realidad lo era, era de la abuela. Igual que el anillo. Él es tan cursi, ¿cierto?
—En algún momento voy a olvidar todo esto —dijo, tomando la pequeña carta. —Todo está bien.
—Esa se ha convertido en tu frase favorita. Nada está bien, sólo mírate —farfulló limpiando con sus dedos los restos de lágrimas. —Dime qué sucede. No es sólo por Edward, ¿a que no? — Miró el álbum, viéndose a sí misma en la que había sido su cuna y después a Edward. Pero no lo comprendió. Quiso pedirle una explicación a Bella, pero ella se había vuelto a ensimismar mirando al bebé. El entendimiento llegó a ella cuando miró sus manos sobre su estómago. —Oh, Bella.
—¿Así sería él, Alice? Respóndeme —exigió casi sin voz. —¿Estaría aquí con nosotras? ¿Sus ojos serían como los tuyos? ¿Su sonrisa sería como la de él? ¿Sería como él, Al, mi bebé sería como Edward?
Por primera vez, se derrumbó frente a alguien pensando en su hijo no nato. Y como siempre, desde hace veinte años, había sido Alice quién había sabido consolarla, guardando silencio mientras ella maldecía su suerte.
—¿Por qué él? Era sólo un bebé. Sé que me dirás que ni siquiera era eso, pero para mí lo era. Era mi bebé. Era nuestro. Era todo. Dime, Alice, ¿por qué no fui capaz de mantenerlo a salvo? Ni siquiera estando dentro de mí. ¿Cuál hubiera sido su primera palabra? ¿A qué edad comenzaría a caminar? Maldita sea, ¿sabes lo que yo hubiera dado por escucharlo una vez llamarme mamá? Daría la vida entera.
Acuclillada como estaba, pasó su brazo por los hombros de Bella y la hizo que recargara su cabeza contra su pecho. Deslizó sus dedos por sus cabellos marrones, dejando que la lágrimas de su amiga rodasen por su propio rostro hasta mojar la blusa verde olivo de Alice.
—Hay cosas que no podemos cambiar, pero no deberías dejarte vencer por ello —susurró bajito para que no notase que su voz estaba a punto de quebrarse.
—Todo habría sido tan diferente…
—Estamos donde estamos y no podemos retroceder el tiempo. Mejorará, lo prometo —dijo animosamente. —Edward dijo que podrías haber muerto. Pero no lo hiciste. ¿Cuántas veces el cielo te ha dado oportunidad de estar aquí? Eso significa algo, significa que no puedes llorar para siempre que tu bebé se haya ido.
—¿Lo amarías, Alice? —pronunció su nombre delicadamente, como si estuviera asustada de su respuesta.
—Lo amo, cariño —le aseguró. —Es mi sangre, ¿recuerdas?
—Y, ¿tú crees que Edward lo habría amado?
—No entiendo cómo puedes preguntar eso —la regañó con tiento. —Quizá fuiste la única que tuvo tiempo suficiente que soñar con él mientras aún había posibilidad, pero no significa que no sea duro para todos nosotros también. El día que te llevé a cenar a casa, mientras tú y Edward estaban en el otro piso, Emmett desapareció. Lo escuché bajar, pero nunca se reunió con nosotros en el comedor. Mi madre y yo lo encontramos en el jardín. Estaba llorando.
»—Hubiera sido parte de nuestra familia, Alice —me sonrió. —Está sufriendo, ¿sabes? Nuestro hermano.
»—Eso siempre lo supimos, Emmett —respondí, sentándome a su lado. Mi madre sólo nos miraba, como si se sintiera excluida de la escena.
»—Sí —admitió él. —Pero ahora no estoy seguro de qué es lo que le duele más: ella o el bebé.
»—Ambos —murmuró mamá.
»Siempre hemos sido una familia, Bella. Él —con su dedo índice hizo círculos sobre el abdomen de Bella—sólo era una extensión de nosotros mismos. Si tú caes, nosotros también. Pero podemos levantarnos.
Bella, que había descansado su cuerpo contra el de Alice, se desasió de su abrazo y se levantó de la alfombra para sentarse en el sofá. Cerró de golpe el álbum y lo alejó como si sólo verlo la lastimara.
—Las cosas son como son —dijo con dureza. —Lo que haya pasado, lo que pude haber sido, lo que no fue… Todo eso es pasado. No necesito esto. Quizá es hora de dejar de luchar por conservar recuerdos que sólo mantienen abierta la herida. Tú lo dijiste, podemos levantarnos. Puedo.
Alice frunció el ceño. Se puso de pie, observándola con interés.
—¿Y eso es todo? —inquirió.
—Esto es algo que hubiera preferido evitar. Sólo deberías olvidarlo —dijo con más rudeza de la necesaria. —Sólo hay que pretender que esto no pasó.
—¿Y qué hay con Edward? ¿También pretenderás que nada pasó?
—No hay nada, eso es lo que hay. Edward y yo fuimos amigos muchos años, podemos seguirlo siendo. Y si no…
—¿Y si no qué harás? —dijo en un tono tan enojado que rayaba en lo desafiante. —¿Esperarás a que tu vida termine para darte cuenta que has sido una estúpida amargada infeliz? ¿Verás cómo quienes te aman miramos hacia adelante sentada en el pasado? Contéstame —exigió. —¿Esperarás a su lecho de muerte para decirle que lo amas? Si es así, entonces siéntate, Bella, que la espera será muy larga. Por mi parte lo harás en soledad, porque no voy a verte hundirte tan miserablemente.
—No sé qué es lo que quieres que haga, pero esta vez se trata de lo que yo crea mejor para mí —dijo con calma, pero con esa acidez espontánea que habría herido a Alice si no hubiera estado enfadada.
— ¿Sabes? A veces eres estúpida. Tienes ideas bizarras y una capacidad impresionante para lastimarte a ti misma sin mover un solo dedo. Pero aún así, tienes algo, algo tan propio de ti, que hace que no pueda evitar quererte. Y es por eso que te pido, que dejes de ser tan orgullosa. Si decides hacerlo, llámame.
Alice tomó la tarjeta sobre la mesilla y la dejó caer sobre el regazo de Bella, que seguía tensa en el sofá. Estaba acostumbrada a tener ese tipo de escenas con Alice, pero nunca la había visto actuar con tanta seriedad. Se puso de pie, sintiéndose repentinamente incómoda, como si no estuviera bien que estuviese en su propio apartamento.
—¿De verdad vas a hacerte esto? —dijo retóricamente, bolsa en mano, preparada para irse. —La niña que yo conocí era más valiente. Sé que no has tenido una vida fácil, pero ninguno la hemos tenido. Demuéstrame que lo que has perdido no se ha llevado con él lo mejor de ti.
—Gracias por estar aquí, Alice —dijo, casi pusilánime. Y como cada parte de Alice, la sorprendió regalándole un abrazo, corto pero afectuoso. Cuando estaba a punto de salir, se detuvo en seco, y la miró por encima del hombro para murmurar:
—Ah, por si te interesa saberlo, el turno de Edward terminaba temprano, ahora debería estar en casa.
Bella iba a responder que el comentario estaba fuera de lugar, pero Alice sonrió y salió de la habitación y Bella escuchó la puerta cerrarse apenas unos segundos después. Estuvo congelada en su lugar por lo que le parecieron horas, que en realidad fueron interminables minutos, que la envolvían en los segundos incontables. Miró la carta entre sus manos. Tenía la pregunta de Alice grabada en la cabeza como si hubiera sido tallado en piedra. ¿Y qué hay con Edward?
Entonces, decidió que averiguaría qué pasaría con Edward.
La lluvia había comenzado súbitamente mientras caminaba. Hizo una nota mental de nunca más caminar largas distancias cuando el cielo era de un gris oscuro, tan cerrado que sólo traería una estrepitosa lluvia cuyas gotas heladas terminarían por dejar sus brazos adoloridos. El resguardo que le ofrecía el edificio era casi sublime, rodeándola de una sensación de calidez que las calles estaba casi olvidada. La lluvia, mezclada con el viento, le habían calado los huesos a pesar del suéter que llevaba. Había olvidado lo húmedo que era agosto.
El sonido del timbre le resultó desconocido. De hecho, todo el lugar le resultaba desconocido. Sabía donde vivía Edward y es que era imposible no saber dónde estaba el lugar, siento tan céntrico y relativamente cercano a su propio apartamento, pero nunca había estado ahí. El número en la puerta le sonreía, haciéndola sentir un déjà vu. La escena se le parecía mucho a aquel día que había estado en Massachusetts por última vez. Sólo esperaba que esta vez no apareciera alguien inesperado. Se preguntó por enésima vez por qué estaba ahí. Pero tenía que ser firme, estaba ahí por una razón y no se iría hasta cumplir su misión.
La puerta se abrió de pronto. Pudo ver la expresión de Edward pasar de la inminente somnolencia al fastidio innegable, hasta convertirse en una máscara de su más sincera sorpresa. Iba descalzo. Su cabello estaba despeinado, más de lo normal, como si hubiera pasado horas restregándose contra la almohada; tanto sus pantaloncillos como su camiseta negra estaban arrugados. Reconoció el escudo representativo de la universidad en ésta última. Su barba incipiente la hacía pensar que quizá no habría estado en casa por más de dos días, a menos de que hubiera perdido sus hábitos de aseo diarios. Aunque tenía que admitir que le daba un aspecto serio, maduro, incluso más seductor. ¿En qué momento Edward había dejado de ser el niño que conoció? El hombre frente a ella, no era el adolescente escuálido con el que se había perdido en el bosque cuando tenía doce; no era el joven que solía sujetar su mano cuando iban por los pasillos del instituto. Él no era la persona por quien había pasado tantas horas en vuelos de ida y vuelta luchando por un sentimiento quizá sin ningún futuro. Pero, en definitiva, era el hombre del que se había enamorado.
—¿Bella? —preguntó tontamente, con una confusión rayana en lo encantador.
—Siento haberte despertado —dijo ligeramente avergonzada, mas no lo suficiente para que sus mejillas se tintasen de rojo o para marcharse. Se recargó en la pared adyacente al umbral, apoyando su peso en el pie derecho mientras que el izquierdo se sostenía únicamente con la punta.
—No, no estaba dormido —le resto importancia. Pasó una mano por su cabello, como siempre que estaba nervioso. Observó en silencio el rostro inquisitivo de ella. Había enarcado una ceja y entornado sus ojos ligeramente, dejando salir una pequeña sonrisa dejándole saber que había descubierto su mentira.
—A menos de que estés con alguien allá adentro… —comenzó a decir, mirando atentamente su cabello. Cobrizo era la única palabra que encontraba para describirlo. Estaba tan largo que estaba segura que si Esme lo viera, lo llevaría ella misma a la peluquería.
—No —la interrumpió inesperadamente. —Quiero decir, ¿quién podría venir aquí a esta hora? —añadió con un tono despreocupado.
—¿Hace cuánto que no duermes, Edward? —inquirió resistiendo las ganas de pasar sus dedos por las amoratadas ojeras que rodeaban la parte inferior de sus ojos.
—Duermo bastante bien —se defendió. Siguió con su discurso, hablando rápida y atropelladamente. Tuvo que contenerse para no reír. Esa no era la forma en que él actuaba regularmente. Ella cruzó los brazos, sin creerle una palabra. Su nerviosismo era casi tangible, como si temiera decir algo que hiciese que ella diera la media vuelta y se marchase. De nuevo. —De hecho estaba durmiendo hace un rato y…
—Entonces sí estabas dormido —lo atrapó en sus palabras enredadas que ni siquiera él entendía.
—Bueno yo… Discúlpame, ¿quieres pasar? —se cortó a sí mismo, haciéndose a un lado para que entrara, pero ella negó suavemente con la cabeza.
—Gracias, pero no. He venido a traerte algo y no estoy segura de adónde nos llevará esto.
—Me gustaría saber dónde estamos —dijo, tratando de aminorar la tensión que se había formado. —Estás chorreando, por favor, pasa y te daré algo para que te cambies.
—No —dijo con suavidad. —Tu ropa siempre me quedó demasiado grande. ¿Lo recuerdas?
—Recuerdo más de lo que puedes imaginar.
—Entonces recuerdas esto —hurgó en su bolso de mano y no tardó mucho en encontrar el estuche de terciopelo. Lo tomó entre sus dos manos y se lo acercó, instándolo a que lo tomase.
—Estaba en la habitación de Alice el día de la cena de compromiso de mi hermano —recordó, tomándola entre sus dedos cuidadosamente, rozando los de ella en el proceso. —Lamento todo lo que te dije aquel día.
—Eso quedó en el olvido —dijo, afable. Lo miraba expectante, despertando la curiosidad de Edward. —Pero no me refería a ese día. Antes. Muchos años antes. ¿Puedes recordarlo?
Él se quedó pensativo. Intercaló miradas entre el estuche y ella, como si esperase que la respuesta brotase de la nada. Tuvo que usar toda su concentración para evocar memorias que había enterrado con tanto esfuerzo. Entonces, una imagen vino a su mente. Miró la muñeca derecha de su ex novia. Pálida como el resto de su cuerpo, estaba desnuda.
—La pulsera —dijo en un susurró. Levantó la tapa del estuche para encontrarse con aquella pulsera de plata y el diamante en forma de corazón enganchada a uno de sus eslabones. Bella asintió lentamente, con paciencia.
—Vine a devolvértela —murmuró en un hilo de voz, temerosa de su respuesta, pero con tanta dulzura como le fue posible.
Edward frunció el ceño. La cerró con más fuerza de la necesaria y se la tendió.
—No la quiero.
—Es tuya —insistió ella.
—No. Te pertenece a ti, y sólo a ti —dijo él con voz dura. —Tiene un significado, ¿sabes? No puedes pretender que se la dé a cualquiera y la use.
—Tampoco puedes pretender que yo la use —se defendió, aunque ella seguía usando ese tono casi comprensivo.
—No, Bella, no. —gruñó bajito. —¿No lo entiendes? —Él tomó una bocanada de aire y subió la tapa de nuevo. Tomó entre sus dedos la pulsera con delicadeza y cerró el estuche, poniéndolo sobre la mesa que estaba al lado de la entrada de su apartamento. Tomó la muñeca derecha de Bella y cerró el broche tras colocar la pulsera alrededor de ella. —Es tuya. Cuando te la obsequié te dije que tenía un significado. No era la estúpida pulsera lo que te estaba dando. Te estaba dando todo de mí, te estaba diciendo que iba a entregarte mi vida si era preciso. ¿Ves esto? —inquirió mientras alzaba el brazo de ella, dejando que el corazón brillase a contraluz, pendiendo de su mano. —Ahora es mi turno de preguntar si lo recuerdas. Para mí no era regalarte un cristal, era un símbolo de que tú tenías…
—Tu corazón, lo sé —suspiró.
—Nadie más puede tenerla porque eres la única por la que yo hubiera sentido eso; la única por quien lo siento. Entiendo si no la quieres, puedes botarla, venderla, regalarla, no me importa. Pero por favor, no me pidas que la tenga de vuelta.
—Sé lo que significa, y no sabes cuánto aprecio lo que hiciste y lo que haz hecho todo este tiempo por mí —farfulló, luchando por mantener su mirada. —Pero es por eso que te la devuelvo. No quiero que te sientas ligado el resto de tu vida a mí. Te devuelvo la pulsera, te devuelvo todo lo que me hayas dado, te lo devuelvo para que seas libre de hacer lo que mejor te convenga, con quien te plazca.
—¿Nunca lo vas a entender? Yo puedo comprender que me odies, que no quieras verme, que rechaces todo esto y lo que significó —dijo tomando su mano una vez más. —Pero entonces yo espero que tú comprendas que yo no quiero nada de esto, no quiero que me devuelvas nada, porque entonces estaría vacío. Habría perdido el valor que tuvo alguna vez, sería el recuerdo de cada error que cometí y no fui lo suficientemente bueno para remediar. No me importa si jamás no puedo estar con alguien más, por no es lo que yo quiero. Yo te quiero a ti.
—¿Quieres que lo conserve? —preguntó, con su voz quebrada.
—Tanto como vivas —respondió con sinceridad. —No lo quiero sin ti.
—Lo encontré con tu carta —confesó con un suspiro casi apesadumbrado. —En ella me acusabas de haberlo robado cuando cumplí seis años, el día que te conocí —narró acariciando con sus dedos el corazón. —No tenías derecho, ¿sabes? No cuando tú habías hecho lo mismo.
Levantó la mirada, con la esperanza de haberle dibujado una sonrisa en el rostro. Y así había sido, él había esbozado la sonrisa torcida que tanto amaba.
—Lo conservaré con una condición —susurró dando un paso hacia adelante, eliminando casi por completo el espacio que había entre ellos. Entrelazó sus dedos con los de él, mirando fijamente como ambas manos se unían con las de él. Elevó su mirada, consciente de que aquel movimiento la dejaría más cerca de él que nunca. Entonces, cuando pudo retener su mirada con la suya, murmuró: —Tú conserva el mío.
—Siempre —musitó en respuesta, sintiendo su aliento rozar la piel de ella.
Sólo les tomó un instante asentir. Mientras sonreía, se inclinó para, por fin, rozar sus labios con los de ella, con una promesa silenciosa. Porque después de muchos años de creerse lejos, Bella había vuelto a casa. Su hogar estaba junto a él. Y esta vez, sería para siempre.
Buenas tardes.
Necesito pedir disculpas de nuevo, pero no tienen idea de lo rápido que se me han ido estas semanas, que pronto se volvieron meses. Sólo puedo agradecer a quienes isguen conmigo y a las que no... graicas por ser pacientes aunque la paciencia no haya resultado suficiente. Demonios, tenía tanto que hacer. Y la verdad tengo la escena final del siguiente capítulo, (el epliogo) pero tengo que sentarme y esperar a que me sangre el cerebro de pensar.
Gracias por todos sus reviews que no he contestado y realmente no es porque no los ame, es porque no he tenido tiempo. Espero que les haya gustado, a mí la verdad comenzaba a cansarme abrir el archivo y ver lo mismo y lo mismo. No saben cuántas veces lo escribí.
Gracias a mi amada Jimmy, Nevermissme, porque ella es la que friega todo el día diciendome: Moony, escribe. Y digo, demonios, sin ella no tendría nada de esto. Tengo ideas en la cabeza, muchas historias, demasiados dramas, pero no he aterrizado ninguna. Pero después de todo, creo que a pesar de que me duele muchísimo terminar Forever And Always, aun quedará algo de LizBrandon, para cuando suba el epilogo.
Necesito un tiempo, por lo menos hasta el 30 de Abril. Pero juro por mi vida que hago todo lo que puedo. Estoy muy contenta porque mi cuento "El lugar al que perteneces" tiene el tercer lugar de mi colegio, tercero de 186. Eso me inspiró un poco, además de que conocí al "amor de mi vida" en el concurso de ortografía.
Se me ocurrió la brillante idea de meterme en cuanto concurso se me puso enfrente en la semana cultural, esa es una de las principales razones por las que no había escrito mucho. Pero salió bien; espero que esto también...
Tengo este adelanto para ustedes:
Edward abrió el cajón que Bella le había indicado y, efectivamente, dentro había una caja. Aunque no era la clase de caja que esperaba. Ésta era una mediana, de cristal. Tenía detalles ondulados por todas partes, lo que no le permitía ver lo que había dentro. Las delgadas patas con las que se apoyaba eran doradas al igual que la cerradura. La curiosidad lo llenó al observar el cerrojo, como si anunciara que dentro se escondía un secreto. Sin embargo, la llave estaba insertada en é, tentándolo.
«Sigue tus sueños» rezaba la tapa por dentro, grabado en una caligrafía elegante sobre el vidrio.
Edward sintió que su corazón se detenía cuando observó su contenido.
Ya saben, está sujeto a cambio. Me voy a volver a estar manejando de la misma forma que el capítulo anterior: Preview por Review. Necesito algo de tiempo para idear mi último capítulo, así que me parece lo mejor para ambas partes.
Un agradecimiento a quienes se preocuparon por mí debido al sismo en México, estoy perfectamente bien. Si alguna no recibe su adelanto, no es por mala intención, sólo panteenme el trasero para que se los envíe. Con confianza :)
Que tengan buena semana... o lo que queda.
Besos
Lizeth.
21.03.11
P.D.: Feliz estreno de los Juegos del Hambre 3 y del Trailer de Amanecer parte II :D
