Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
All I have, all I need
he's the air I would kill to breathe.
~Sara Bareilles
Epílogo: El Porvenir
El teléfono timbró, sobresaltándola. En la quietud de su apartamento, ese que se había convertido en su refugio por casi un año, se sentía su tensión. Apenas podía despegar la vista del reloj, como si aquella acción no hiciera más que retrasarla más.
─Llegaré tarde, llegaré tarde…─susurraba ensimismada, tan alterada que no resultaba inteligible ni para ella misma.
Cojeaba tan rápido como le era posible hasta la cocina para coger el teléfono, tratando de abrochar la cintilla de sus tacones mientras avanzaba. Se dio por vencida al darse cuenta que no lo lograría antes de llegar a su destino. Si era un estúpido agente bancario tratando de ofrecerle una tarjeta de crédito, juraba que los demandaría.
─¿Hola? ─dijo al levantar el auricular. Luchó con el broche de su collar que se negaba a cerrarse cuando su interlocutor contestó:
─¿Bella? Hola, cariño ─dijo la voz entusiasta a través del teléfono que reconoció como la de su madre. No pudo evitar rodar los ojos con impaciencia.
─Hola, mamá. Tú siempre tan oportuna en tus llamadas ─dijo con ironía en la voz, descansando las palmas sobre la encimera de madera. Sin embargo, Renée no pareció entenderlo. Su voz distraída tenía una nota eufórica mezclada con el falso enfado.
─¿Cuándo pensabas decírmelo?
─Mamá, de verdad, no estoy para acertijos. ¿De qué hablas?
─Edward y tú… ─murmuró, dejando al aire su comentario, sabiendo que Bella entendería. Después soltó una risilla ligera.
─Lo que pasa con Edward es... impredecible ─dijo con nerviosismo.
─Pero estás con él. Volviste con él.
«O él volvió conmigo» quiso decirle, pero no quería entrar en detalles. Por lo menos no en ese momento.
─Yo… no sé qué pueda pasar con nosotros, pero estamos bien. Supongo que sí, estamos juntos.
─¿Y tú estás feliz con eso?
─Mamá, es tardísimo. Debo estar en media hora en el Embassy para la fiesta de la editorial.
─¿Es hoy? ─inquirió Renée distraídamente. ─Ningún aniversario es más importante que tu madre, Isabella. Contéstame.
─Bueno…. Sí, estoy feliz con ello, ¿de acuerdo? ─suspiró, con cierta incomodidad. Nunca le habían gustado esa clase de charlas con su madre. Ella era tan introvertida mientras que su madre era todo lo contrario. ─Él y yo… ─dudó ─vamos a intentarlo. De verdad que sí. Y no puedo negar que ahora todo parece ser… mejor. No sé si pueda decirlo tal y como es. Me siento bien con él. Como si no hubiera pasado el tiempo.
─¡Oh, cariño! ─chilló su madre. ─Sabía que las cosas se arreglarían. Siempre han sido tan unidos. Y ahora dime, ¿ya te ha dado el anillo?
─¿Qué? ¿Cuál anillo? ─indagó ella, aunque el entendimiento le llegó un segundo tarde, haciendo que su rostro se calentara, tiñendo sus mejillas de un carmín único.
─Esme y yo queremos tener una fecha para la boda para poder planearla sin presiones ─declaró Renée, tan despreocupada como si hablase del clima.
─No me voy a casar, mamá ─exclamó, perdiendo la paciencia. Escuchó el suspiro decepcionado de su madre en la bocina, y se adelantó antes de que le recitara su discurso de lo importante que era verla vestida de blanco. ─Por lo menos no ahora. Quiero decir, han pasado sólo unos meses...
─¡Meses y no encontraste ni un minuto para decírmelo! Tú siempre tan tozuda ─suspiró. ─Sólo una pregunta más ─dijo Renée después de unos segundos de silencio. ─Antes lo tenía muy claro. Pero quiero saber la respuesta ahora, justo en este momento. ¿Lo amas, hija?
─Absolutamente ─murmuró rápidamente.
─¡Entonces por qué esperar! ─gimió. ─He visto un par de vestidos, Bella, que te quedarían maravillosos ─decía Renée entusiasmada. Entonces, el sonido del timbre se esparció por toda la sala, llegando a la cocina, haciendo que Bella respirase aliviada. Miró de reojo su reloj de cucú y leyó que eran exactamente las siete treinta.
─Tan puntual ─suspiró dibujando una pequeña sonrisa. ─Escucha debo colgar ahora, prometo llamarte mañana. ¡Prometo ir a Forks el siguiente fin de semana!
─¿Edward está ahí? ¿Qué haces ahí parada, niña? ¡Cuelga y ve por él! ─dijo ella, ligeramente exasperada. Bella rió ante sus inminentes cambios de humor.
─Te quiero, mami ─dijo a modo de despedida.
─También yo, hija.
Ella apenas tuvo tiempo de escucharla cuando ya había cortado la llamada. Bella suspiró. A veces creía que el papel de hija le correspondía a su madre y a ella el de madre. Terminó de acomodar su pie en el zapato, mientras avanzaba hacia la puerta. La pequeña área del tacón pegaba contra el entarimado en un golpeteo constante y hasta cierto punto molesto. Tuvo que inclinarse ligeramente para tomar el pomo. Debía recordarse que sus zapatos le daban trece centímetros extras a su estatura.
Y aún así, cuando finalmente estuvo frente a él, que había descansado su peso sobre su hombro, apoyado en el umbral, tuvo que mirar hacia arriba para enlazar su mirada con la de él.
─Buenas noches ─murmuró, sonriéndole despreocupado.
─Buenas noches ─respondió ella. Se hizo a un lado para que pasara, pero no se esperaba que él se inclinase para encontrar sus labios con los de ella.
No era un beso excepcionalmente pasional, pero tampoco era un saludo casual. Era apenas un roce, pero era suficiente para que su hálito mentolado la envolviera. Tenía unos labios cálidos y suaves, se ajustaban a los suyos, carnosos y femeninos.
─Luces…maravillosa ─felicitó él, separando sus labios, aunque sólo para poder mirarla a los ojos
─El crédito es de Alice. Ella eligió todo ─dijo encogiéndose de hombros. Caminó dentro del piso, haciendo que los zapatos resonaran en el silencio una vez más. ─Yo quería un vestido más… discreto pero conoces a tu hermana ─suspiró, mirando hacia abajo, inspeccionándose a sí misma.
Él entró en el piso también, y se sentó en la sala, aun si que ella lo invitase. Últimamente pasaba más tiempo ahí que en su propio apartamento. La miró de arriba abajo, con ojo crítico. Estaba realmente bellísima. El vestido vino se ajustaba a su cuerpo, con un escote sencillo que la hacía ver elegante. Tenía corte de sirena, resaltando su cintura mientras que el dobladillo le rozaba los dedos de los pies. Y, en realidad, no importaría si ella luciera espantosa o si el vestido fuese el más feo de la ciudad, para él siempre sería su hermosa y asombrosa Bella.
─Estás preciosa ─le dijo con dulzura, mientras ella buscaba impacientemente algo en su bolsa. Ella alzó su mirada para que entendiera su agradecimiento mediante su sonrisa acompañada de sus mejillas sonrosadas.
─¿Has visto la invitación? ─preguntó, esperando que en verdad tuviera una respuesta. ¡Como si no tuviera ahí dentro menos de cinco minutos! ─Demonios, se hará tarde.
─No, pero te ayudaré ─dijo con sencillez. Se puso de pie y se dirigió a la cocina. Lo más probable era que estuviera en el lugar más inusitado que pudiera pensar. Se preguntó si ella se enfadaría si buscaba dentro del horno microondas. La escuchaba bufar por lo bajo con frustración. ─Eres la editora en jefe, no necesitas una invitación ─murmuró, con la intención de que ella se relajara, pero sólo logró que gruñera por lo bajo.
─Yo pensé lo mismo. ¡Charlotte y sus ideas! ─exclamó. ─Juro jamás ofrecerme a ayudarla a hacer estas cosas.
Estuvo revisando las encimeras y echó vistazo al comedor, pero no la encontró. Escuchaba los pasos apresurados de Bella recorriendo la sala. Negó con la cabeza. Ella debería saber que correr no era una de sus habilidades más desarrolladas. Y menos si estaba más de un decímetro del suelo. Mientras él miraba en el baño de visitas, escuchó un jadeó que lo alertó. Pasados apenas un par de segundos escuchó el típico sonido del cristal romperse. Se dirigió tan rápido como pudo hacia donde había escuchado el golpe para encontrar a Bella sentada en el suelo de la sala, rodeada de cristales que resultaron ser lo que quedaba de su mesita de centro.
─La encontré ─medio sonrió. Alzó su mano, mostrándole el sobre que llevaba su nombre que, presumía, era la invitación.
Se aproximó a ella tendiéndole la mano para ayudarle a levantarse, tratando por todos los medios no reírse. No sería cortés. Bella asió su mano pero, cuando ella intentó apoyarse sobre sus pies, soltó un gemido. Apenas había logrado alzarse unos centímetros y volvió a caer sobre los cristales afilados, haciendo que chocaran unos con otros. Edward se puso en cuclillas a su lado, la envolvió con sus brazos y la sostuvo en vilo antes de depositarla en el sofá. Se sentó a su lado, mirándola con preocupación.
─Estoy bien ─se adelantó.
─No es lo que parece ─dijo con paciencia. ─¿Cómo fue que rompiste la mesa?
─No lo sé, sólo… supongo que me tropecé con mis propios pies ─admitió avergonzada. ─No es que pueda verlos con claridad con este vestido.
Ella tenía las piernas extendidas a través del sofá. El primer pensamiento que tuvo Edward es que quizá se hubiese lastimado el tobillo pero cuando lo miró, parecía estar intacto. Pasó sus dedos por encima de su pie, pero ella no emitió ninguna queja.
─Parece estar todo bien ─murmuró. Sus dedos palparon su otro pie, buscando algún punto lastimado, pero no encontró nada. Levantó su vestido ligeramente, únicamente lo que consideró educado, continuando con su examen. Pero entonces sintió algo húmedo correr entre sus dedos. Puso su mano frente a su cara para comprobar que era sangre.
─Será una pequeña cortada ─le restó importancia haciendo ademán de levantarse.
─No ─dijo Edward, haciendo que se recostara de nuevo. ─Déjame ver.
Levantó su vestido con cuidado hasta las rodillas, comprobando que no era una simple cortada. Su pierna izquierda tenía un corte un tanto profundo que atravesaba la mitad de su pantorrilla. La sangre manaba lenta y perezosamente, después de haber cubierto la mayor parte de su pierna de un rojo intenso. Observó que, en el momento que ella miró su pierna, sus ojos se agrandaron desorbitados y ahuecó su mano para cubrir su nariz.
─Sabes que esto necesitara suturarse, ¿cierto? ─ musitó intercalando miradas entre Bella y su pierna.
─Por supuesto que no ─contradijo. ─No es para tanto. Sólo iré por un poco de alcohol y podremos irnos. Es tarde, Edward.
─De ninguna forma vas a salir así. Iré por mi maletín.
─No vas a meter ninguna aguja en mi cuerpo ─afirmó con seguridad. ─Edward, por favor, no ─pidió con tanta dignidad como le quedaba cuando vio que él se levantaba con toda la intención de proceder. ─Y es ahí cuando lamentas que tu novio sea médico.
La risa de Edward se extendió por la habitación. Bella suspiró con la mirada fija en su vestido. fuera de su lugar. Escuchó los pasos de Edward desvanecerse por el pasillo después de haber atravesado la puerta. Podía imaginarlo tomar el ascensor para luego, en la calle, dirigirse hasta su Volvo. Pasaron largos minutos mientras ella esperaba. El reloj de cucú marcaba las ocho menos cuarto.
En medio del silencio escuchó algo vibrar seguido de una melodía, esta típica de los teléfonos al timbrar, aunque más agradable al oído. Fue hasta entonces que fue consciente de que Edward había dejado su móvil en el brazo del sofá. Se preguntó si debía contestarlo, pero le pareció inapropiado. Después de unos momentos, el teléfono dejo de moverse y su luz se apagó, como si nada hubiese pasado.
─Esto está mal ─lloriqueó. El segundero avanzaba rápidamente y su pierna ardía cada vez más. No había sido consciente del dolor hasta que una imagen tan grotesca como su pierna ensangrentada apareció ante sus ojos.
─Estará muy bien cuando acabe contigo ─escuchó a Edward decir, que volvía en aquel momento. ─¿Estarías más cómoda en otra parte?
─Estaría cómoda en el auto, de camino a la recepción ─sonrió irónicamente. Suspiró con pesadez, él no era culpable de que ella fuese tan estúpida. ─Lo siento. Quizá en mi habitación.
Por alguna razón, no se esperaba que volviera a alzarla en sus brazos y caminara por el pasillo. Sentía que flotaba entre sus brazos. Él estaba siendo más condescendiente de lo que debería. Y ella… ella se estaba comportando como una niña pequeña.
La llevó hasta su habitación y la dejó sobre la cama con suavidad. La colcha se hundió bajo su peso y después bajo el de él. Había encendido la luz aún con ella en brazos con una facilidad inaudita, como si ella no pesara cincuenta kilogramos. Lo miró fijamente mientras él se quitaba el saco negro y lo dejaba sobre la cama para luego abrir su cabás. Cubrió sus manos con un par de guantes de látex y limpió su pierna con paciencia, como si el reloj digital de la mesita de noche no avanzara alarmantemente. Tuvo que morderse los labios para no gemir cuando el algodón mojado en alcohol tocó su piel.
─Te pondré anestesia local y sólo serán un par de puntos, no es muy larga ─la tranquilizó. ─Te prometo que no te va a doler.
Tenía que admitir que verlo tan concentrado en lo que hacía era un distractor único. Ahora agradecía el momento en que él había elegido esa carrera, aunque lo había separado de ella tanto tiempo, verlo trabajar podría recompensar todo eso. Sin embargo, dejó de ser una distracción cuando sintió la aguja atravesar su piel. Quiso chillar pero no quiso parecer ridícula. Mientras él inyectaba la anestesia el dolor se volvía más agudo y poco a poco sintió su pantorrilla dormirse, cayendo pesada e inerte.
─Tienes suerte ─comentó. ─No hay esquirlas en la herida así que terminaré pronto.
Ella suspiró, asintiendo.
─¿Sabes lo molesta que estará Charlotte si no estoy a tiempo?
─Charlie entenderá ─dijo. Había transformado su tono serio a ese autoritario que casi nunca utilizaba con ella.
─Sí, claro. Y la próxima vez que la llames Charlie quien estará muy molesta seré yo ─advirtió mientras él daba los puntos cuidadosamente.
La risa de Edward vibró a través de su garganta para luego resonar hasta sus oídos, suave y armoniosa.
─No deberías preocuparte ─dijo con calma. ─Nunca logré salir realmente con ella. No sin pensar en ti.
─Pues a mí me parece que ibas muy en serio con ella. Hasta le dabas fresias ─comentó con tanta naturalidad como le fue posible, ignorando que su interlocutor metía y sacaba una aguja en su piel.
─Eso sólo fue una vez. Y fue para disculparme, no tenía idea de cómo hacerlo ─dijo tomando una bocanada de aire. ─La verdad es que nunca había tenido que disculparme con nadie más que contigo. Y contigo era tan… fácil.
─¿Estás diciendo que soy una mujer fácil? ─fingió estar ofendida. Vio la diversión en los ojos de Edward, pero él no le devolvió la mirada.
─Absolutamente no ─respondió. ─Pero siendo sinceros, cariño, no es muy difícil seducirte.
Esta vez fue turno de Bella de soltar una carcajada incontenible. Y es que él hablaba con tanta sinceridad que resultaba imposible ofenderse. Además, aunque quisiese negarlo, era la verdad.
─Estoy segura de que no sería demasiada complicación para ti seducirla a ella ─argumentó.
─Tú vives creyendo que puedo seducir y deslumbrar a cuanta chica se me atraviese. Te aseguro, amor mío, que la realidad es muy distinta.
─Organizaré una entrevista. Podemos empezar en mi trabajo. No hay una sola que no cuchichee a mis espaldas acerca de ti ─aseguró, un tanto molesta.
─Eso es porque ellas piensan que le robaste a tu amiga a su cita ─puntualizó. ─Pero tú y yo sabemos que no es así.
─Aún no me dices por qué no simplemente sedujiste a Charlotte en vez de enviarle flores.
─Bella, ¿has pensado alguna vez que no lo hice porque no quería? Le envié fresias porque es lo único que sé hacer. Yo quería fingir que ella eras tú. Es por eso que no funcionamos juntos; es una excelente amiga, pero sólo eso.
Ella se quedó en silencio. Nunca se había puesto a pensar en ello. Y él tenía un punto. Ambos había estado juntos desde que iban al instituto, nunca tuvieron una relación alguien más. Y, si se hubiera presentado la ocasión, ella probablemente hubiera actuado como si estuviera con Edward. Volvió la mirada a su pierna, que ya no estaba ensangrentada y se veía mucho mejor.
─Listo ─dijo él con satisfacción después de largos minutos de meticulosa curación. ─La anestesia se pasara en unos minutos y podremos irnos. Aunque no creo que puedas bailar mucho esta noche, cariño.
─¿Dolerá? Cuando pase la anestesia, quiero decir…
─Te molestará un poco, pero nada que no puedas ignorar con un buen conversador a tu lado ─aseguró, regalándole un guiño. ─Eres la mejor paciente que he tenido en mucho tiempo, no te quejaste ni una vez.
─Trataré de ver eso como un cumplido, tomando en cuenta que tus pacientes son niños que lloran con la sola idea de pisar tu consultorio ─bromeó, tratando de hacerlo enfadar. Sin embargo, él rió y se acercó a ella para besar su frente.
─Voy a darte esta pomada ─dijo él mostrándole una caja de cartón alargada que contenía la medicina. ─Es para que no se infecte. Mañana te revisaré de todas formas ─le sonrió serenamente, infundiéndole confianza.
─Gracias ─dijo tan bajo que no estuvo segura de que la hubiera escuchado.
Contrajo y estiró su pierna repetidas veces con la intención de determinar si el efecto de la anestesia había pasado por completo. Sentía la pierna más pesada de lo normal pero poco a poco recuperaba la sensibilidad. Él limpió el pequeño desastre que había armado, juntando en sus manos lo que debería botar en la basura para después guardar en su maletín sus pertenencias.
Ella lo observaba en silencio. Mientras tanto, trataba de acomodar su vestido en la posición que debería estar. Era una suerte que Alice hubiera insistido en que llevara un vestido largo. Debía recordarse darle una nota de agradecimiento. Entonces, cuando Edward estaba a punto de terminar ─y entonces podrían irse finalmente─ escuchó de nuevo esa vibración constante seguida de los timbres melodiosos del móvil de Edward.
─Hace un rato timbró también, cuando estabas abajo ─comentó amablemente.
─¿Podrías antender? ─pidió. ─Necesito terminar con esto.
─Oh, sí. Por supuesto ─contestó tratando de no vacilar. Se levantó con cuidado de la cama, confiada de que, aunque dejase de timbrar, llamarían de nuevo.
─Eh… Bella, ¿dónde debería guardar esto? ─inquirió antes de que ella pudiera salir de la habitación. Vio que entre sus dedos bailaba la caja que contenía la pomada que debía untar en caso de infección.
Bella se detuvo en el umbral un segundo y, ladeando la cabeza, respondió:
—En el cajón del tocador. En el último a la derecha hay una caja, dentro hay otras pomadas—dijo apoyándose sobre la pierna buena. —Volveré en un segundo.
Edward abrió el cajón que Bella le había indicado y, efectivamente, dentro había una caja. Aunque no era la clase de caja que esperaba. Ésta era una mediana, de cristal. Tenía detalles ondulados por todas partes, lo que no le permitía ver lo que había dentro. Las delgadas patas con las que se apoyaba eran doradas al igual que la cerradura. La curiosidad lo llenó al observar el cerrojo, como si anunciara que dentro se escondía un secreto. Sin embargo, la llave estaba insertada en él, tentándolo.
«Sigue tus sueños» rezaba la tapa por dentro, grabado en una caligrafía elegante sobre el vidrio. La tomó con cuidadosos movimientos para sentarse sobre la cama y ponerla sobre sus piernas. Nunca había visto eso antes, estaba seguro. No sabía si era correcto abrirla, después de todo, era algo personal y quizá no le gustaría que alguien husmeara en sus cosas. Pero un pequeño vistazo no le haría mal a nadie.
Edward sintió que su corazón se detenía cuando observó su contenido. Había un sobre con el membrete de un hospital y, dentro, estaban los resultados de una prueba de embarazo y una ecografía. Antes de que pudiese detenerlas, sus lágrimas se deslizaron por sus mejillas al darse cuenta de que la pequeña mancha en el papel oscuro era su hijo. En la esquina inferior Bella había garabateado con caligrafía torpe: «mi pequeño Edward».
Los dejó a un lado y observó los otros objetos. Había unos pequeñísimos zapatos de estambre y un suéter azul. Eran tan pequeños que apenas un muñeco entraría en ellos. Su pecho se encogió. Bella los había comprado para su hijo. Los observó por largos minutos en los que permaneció en un completo silencio. Escuchaba la voz de Bella en la sala murmurar con tono afable. Pero no lograba entender lo que decía; aunque tampoco le interesaba. Sus ojos no podían apartarse de las palabras que Bella había escrito en el borde de la impresión.
—Dije derecha, Edward—murmuró Bella desde la puerta de la habitación, tal y como se había detenido antes de salir. Él la miró con ojos acuosos, sosteniendo los que hubieran sido los pequeños zapatos de su hijo. —Abriste el de la izquierda.
—No fue mi intención —susurró, temeroso de que su voz se cortara.
Ella sonrió con tristeza. Había instalado una expresión nostálgica en su rostro. Edward se preguntó si alguna vez había visto ese sentimiento de anhelo en el rostro de Bella. Recorrió sus memorias, desde que era un niño hasta la persona de casi veintisiete años que era hoy, y sólo pudo encontrar una en la que hubiera visto tanta melancolía en sus finas facciones, esas que conocía de memoria. Sin embargo, aunque lo buscó por larguísimos instantes, no encontró ni un ápice de congoja. Ella se había dado la oportunidad de perdonarlo y perdonarse a sí misma y quizá, sólo quizá, había llegado al punto en que sólo podía imaginar los resultados de un pasado desafortunado como un sueño lejano que podría alcanzar de una forma diferente, una menos esperada.
Caminó hasta donde él estaba sentado para posarse a su lado, con sus hombros rozándose. Apoyó su cabeza en él, en un gesto cariñoso. Edward sostuvo la caja de cristal con sol una mano y con la otra rodeó la cintura de Bella, acariciando con sus dedos la mano de ella.
—El día que fui al hospital por los resultados esta tan abrumada. Y aunque estaba asustada, lo único que podía ver en mi mente era mi bebé—relató con cierta alegría. —Y cuando por fin me di cuenta de lo que pasaba yo… Nunca me había sentido así. Estaba tan entusiasmada. Mientras caminaba de regreso a casa, vi esto en un aparador —murmuró sosteniendo el suéter. —Creí que lo necesitaría para venir a Washington. ¿No lo crees?
—No sabes cómo lamento lo que sucedió —dijo taciturno.
—También yo —musito con abatimiento en sus ojos. A él no le pasó desapercibido que ella había llevado sus manos a su vientre. —Pero no lo podemos cambiar. No sabes cuántas veces intenté imaginar cómo… cómo sería mi vida con él. Y si tú querrías que fuera nuestra vida.
Edward puso la caja de cristal a un lado y la rodeó con sus brazos, estrechándola entre ellos. Hacía tiempo que no estaba tan cerca de ella, no en el sentido emocional. Ella no solía compartir sus sentimientos frecuentemente, por lo que, el hecho de que compartiera con él aquello significaba mucho. Hundió su nariz en sus cabellos, siempre tan suaves y con ese aroma a fresas que la caracterizaba. Ella había encontrado sus brazos tan cómodos que le hubiera gustado no tener que moverse.
—Llamaban del hospital —informó con voz solemne. —Querían decirte que esta noche van a transferir a Boston a tu… paciente. No quiso decirme su nombre.
Edward tragó con pesadez, inseguro por primera vez.
—Heidi —pronunció casi con lástima. —No iba a decírtelo, no necesitabas saberlo. Pero tampoco quiero mentirte. Fue a verme hace una semana. Tenía cosas en la cabeza, y ella era la última persona que quería ver. Pero ahí estaba, pálida y desgarbada; tenía unas ojeras casi intimidantes. Quería mi ayuda. No tenía a nadie más a quien recurrir. Estaba enfadado de sólo escuchar su nombre. Me negué a hablar con ella. Pero, entonces, cuando giré sobre mis talones, ella se desmayó. Debido a su… estado de salud, la llevaron a la Unidad de Cuidados Intensivos. Después que despertó no volvió a mencionar que quería hablar conmigo. Y yo tampoco fui a su habitación. Sé que pagará una fortuna para que la lleven a Boston, pero eso lo sabe todo el hospital. Ella nació ahí, es natural que quiera volver. Su oncólogo es mi amigo. Ha tratado de comentarme sobre el caso de Heidi en varias ocasiones pero no se lo he permitido; no es algo que me interese saber. Supongo que lo hace porque sabe que ella fue mi compañera en la universidad. Quien llamó, debe haber sido porque él se lo pidió.
—¿Tan mal está? —preguntó con timidez.
—No tiene muchas esperanzas —dijo en tono neutro. Bella intentó buscar algún indicio de tristeza en él, pero no había ninguno. Sin embargo, tampoco mostraba alegría. —Es inminente. Sólo es cuestión de tiempo. Tampoco pregunté cuánto.
—Lo siento —farfulló en un hilo de voz. —Sé que Heidi fue importante para ti.
—No quiero hablar de eso —aseveró Edward, con sus labios rozando la frente de Bella. —Es muy tarde, ¿cierto? —preguntó, sintiendo como el menudo cuerpo de Bella temblaba en una risilla como respuesta.
—Ya no importa. Nadie se dará cuenta si llegamos un poco después —contestó honestamente. Entonces, él notó que ella sostenía en sus manos fuertemente el pequeño suéter de estambre. Rodeó sus manos con sus dedos, tratando de que éstas se relajasen.
—Sé que jamás podrá usarlo —le susurró, acercando su frente a la de ella. Sus ojos chocolate volaron hasta encontrar los de él, que mostraban una tierna seriedad. —Sé que jamás podremos recuperar lo que perdimos. Pero sé que si estoy contigo, nada puede ser tan malo —declaró tan cerca de sus labios que casi los tocaba cuando hablaba. —Y, ¿quién sabe? Quizá sus hermanos puedan usarlo. —Sus dedos le quitaron la prenda de las manos mientras hablaba. Sus ojos se habían entrecerrado debido a su sonrisa, esa que podría iluminar la ciudad entera.
—¿Hermanos? —inquirió alzando la voz un par de octavas. La había tomado por sorpresa, pero sin duda una que le daba una perspectiva nueva, brillante. Desasió los largos dedos de Edward para subir sus manos y acunar el rostro de éste. Su piel parecía vibrar bajo sus manos, que acariciaban con tiento sus mejillas. — ¿Tendrá hermanos? —preguntó con minuciosa precaución, aunque con una diversión indeleble en su tono de voz.
—Oh, sí —afirmó, muy pagado de sí mismo. —Tendrá muchos hermanos.
— ¿Es una promesa? —quiso saber. Su mano izquierda había abandonado su cara para entrelazarse entre los hilos de cabello cobrizo en su nuca.
—Es una promesa. Para siempre —respondió por fin, para aplastar sus labios con los propios y desear nunca separarse.
'Cause I was ther when you said
Forever and Always.
~Taylor Swift.
Fin
Buenas tardes, mis estimadas lectoras.
Hoy, 15 de abril del 2012 (cumpleaños de Emma Watson) a las 13:24 horas doy oficialmente por terminado Forever and Always con 107, 602 palabras aproximadamente, 341 reviews —hasta ahora— y un poco más de 80 alertas. Empecé con esta idea incluso antes de terminar con Todo comenzó en una fiesta de cumpleaños, la cual, si no me equivocó, terminé el 1ero de noviembre del 2010 y el epílogo el 23 de julio del 2011. Todos esos meses estuve trabajando en esto. El primer borrador lo hice en enero. Y de ahí, escribí algunas de las partes más importantes de esta historia. Una semana después de haber subido el epílogo de TCEUFDC, el 30 de julio del 2011 subí el primer capítulo de F&A. Por lo que puedo decir que concluímos después de 37 semanas.
No sé si saben lo que significa para mí su apoyo y sus ánimos, sus críticas y comentarios. Esta es una de mis historias favoritas y terminarla es para mí una gran satisfacción. Y no puedo hacer más que agradecerles por todo. A todas, sin importar la clase de crítica que me hayan brindado, gracias. ANevermissme por cada llamada por teléfono, por cada conversación de messenger, por cada vez que tomamos un café, pluma en mano y me brindaste tu apoyo, gracias mi hermosa Jimmy, mi merodeador favorito.
Realmente no quiero terminar esta nota porque será la última. Hay muchas que me han seguido desde TCEUFDC y poner el punto final aquí significa el fin de algo importante para mí. Pero cada final significa un nuevo comienzo. Dios, soy tan ridícula. Juro que lloraré. Si han llegado hasta aquí sin que sus ojos se hayan desangrado, no sé si puedan apreciar la dimensión de mi S.
Por otro lado, en los infomerciales (?) quiero recomendar a Ali Shadow (junto) de quien soy lectora desde hace bastante tiempo y me honró siendo ella la mía. Tiene unas historias muy buenas. Personalmente me gusta bastante se busca compañero de piso. Les sugiero que pasen por su perfil.
En otras noticias... Bueno, estoy algo triste porque esto ha llegado a su término. Pero tengo una nueva historia que subiré pronto. Su título es Chain of Fools. Aquí esta el summary (el cual me acabo de inventar así que si está horrible es por eso..):
Un ultimátum. Matrimonio y un hijo. Era lo último que Edward esperaba, a sus veintiocho años. Lo último que deseaba. Pero entonces, ella entró inesperadamente a su oficina, tan simple y sin gracia alguna. Su mente fraguó un plan bastante sencillo: enamorarla, casarse con ella y, cuando ella le diera un hijo, se desharía de ella de algún modo y se quedaría con la criatura. Pero quizá ella guardaría más secretos de los que él podría imaginar, inmiscuyéndolo en el problema más grande de su vida: enamorarse.
Sé que suena bastante... común. Pero la idea se basa en los secretos que ellos guardan, los cuales si se los digo, perdería el sentido. He estado trabajando esta idea así como un original, pero espero que pueda subirla muy pronto. Es clasificación T, y aun no decido el género. Probablemente lo deje en Romance únicamente.
Bueno, mis amadas lectoras, ha sido un placer compartir esto con ustedes.
Es tiempo de despedirse...
Que tenga una excelente semana.
Quisiera decir por última vez: ¿Reviews?
Besos
LizBrandon.
15.04.12
