Hay momentos que deberian ser eternos

Es viernes y estoy contenta porque, como dijo Edward, todo ha ido bien.

El martes, cuando salió de la quimio, vino directamente al restaurante junto a Alec, y verlo tan normal, tan sonriente, me tranquilizó mucho.

Tanto el miércoles como el jueves Edward vino a buscarme al restaurante por las noches y regresamos a casa paseando con Olimpia.

Cada día se me hace más cuesta arriba dejarlo solo en casa para ir al restaurante a trabajar. Edward está de baja por lo que no tiene que ir a trabajar. Aprovecha para organizar su mudanza, y yo deseo que el servicio de las cenas se acabe para verlo y estar con él.

Consulto el reloj que tengo en la pared. Las diez y veinte de la noche.

Vamos..., vamos..., que pase el tiempo rápido.

En un momento dado, la puerta de la cocina se abre y entra Nina.

Como siempre, su gesto es positivo, y oigo que dice dirigiéndose a mí:

—Tienes cara de asco.

Eso me hace reír y, mirando el pescado que estoy cocinando, respondo:

—El olor de los salmonetes no es, precisamente, lo que más me gusta del mundo.

Ambas reímos, y en ese momento noto que el teléfono que guardo en el bolsillo de mi chaquetilla vibra. Tengo las manos manchadas de grasa, por lo que le pido:

—Sácame el móvil para ver quién es.

Nina lo hace. Lo saca de mi bolsillo y, al ver que es Edward, con un gesto le indico que le dé al botoncito. Una vez que lo hace, me lo pone en la oreja y saludo:

—Hola, cariño.

Durante unos segundos no oigo nada, y pregunto extrañada:

—¡¿Edward?!

—Cielo —lo oigo decir—, esta noche no puedo ir a buscarte.

Me alarmo de inmediato.

—¿Qué te pasa?

Oigo la respiración de Edward, que musita:

—No me encuentro muy bien. Pero no te preocupes.

Asiento. Se me llenan los ojos de lágrimas. Está solo con Olimpia en casa.

—Ahora mismo voy para allá —digo.

—Cielo, estás en pleno servicio y...

—Voy para casa —lo corto.

Sin dudarlo, me lavo las manos y comienzo a quitarme la chaquetilla mientras les explico a mis ayudantes lo que estaba haciendo y lo que queda por hacer. Nina, que todavía sujeta mi móvil, cuando dejo de dar órdenes pregunta mientras me sigue a mi despacho:

—¿Qué pasa?

Rápidamente le arrebato el teléfono de las manos y, cogiendo el bolso, voy a hablar pero veo que no me sale la voz. Estoy bloqueada. Nina me sienta en la silla asustada. Yo intento levantarme, pero esta dice con seriedad:

—Hasta que te tranquilices, no te mueves de aquí.

Asiento, sé que tiene razón. Sé que se preocupa por mí, y, tras cerrar los ojos, logro respirar. Cuando noto que vuelvo a ser la dueña de mi cuerpo, los abro de nuevo y digo:

—Edward está mal. Tengo que ir a casa.

Nina asiente mirando el reloj, sabe que es el peor momento para que ambas desaparezcamos.

—Te prometo que si te necesito te llamo —afirmo—. Pero ahora tengo que irme.

Mi amiga asiente. Sale conmigo a la calle y, levantando la mano, para un taxi, que yo acepto gustosa.

—Te mando un mensaje y te digo cómo está —le aseguro después de darle un beso.

Una vez que el taxi arranca oigo el latido de mi corazón. Sé que mis nervios no le vienen bien al Caramelito, por lo que poso las manos en la tripa y susurro:

—Todo va a ir bien..., todo va a ir bien.

Poco después el taxista me deja en la puerta de mi casa y, tras pagarle, me bajo y corro al portal. Abro, llamo el ascensor y, cuando por fin salgo de él, con manos temblorosas saco las llaves de mi bolso y abro la puerta de mi casa. De nuestra casa.

Todo está en silencio, no hay música, tampoco se oye la televisión. Rápidamente Olimpia viene a recibirme. Con mimo, me agacho, le hago un par de carantoñas y entonces oigo un ruido que proviene del baño. Cierro la puerta, suelto el bolso y corro hacia allí.

Al entrar me encuentro a Edward sentado en el suelo. Está pálido, sudoroso. Y, mirándome, murmura:

—Cariño, no te preocupes. Esto es lo normal.

Tengo dos opciones: llorar o ayudar. Y, optando por la segunda, me acerco a él y musito:

—Dime qué puedo hacer.

Según digo eso, vuelve a vomitar y yo me ocupo de él con amor.

Me necesita.

Ya empezamos con el tratamiento, pero ya saben hay que mantener mucha positividad.


Hasta el próximo capítulo