Hay momentos que deberian ser eternos

El fin de semana Edward lo pasa regular. El lunes y el martes sigue igual.

El martes llamo por teléfono a Inma, la mamá de Roberto. Nos hemos hecho muy amigas y hablamos de infinidad de cosas, entre ellas lo que le ocurre a Edward, que al parecer ya es la noticia que corre por el hospital. Inma me escucha y me da ánimos. Hay que ver la positividad que tiene esta mujer.

El miércoles llamo a Jasper y a Alice. Ellos rápidamente vienen a casa y me dicen que no me preocupe. Lo que le ocurre es por la quimioterapia.

Pero ¿cómo no voy a preocuparme?

¿Cómo verlo así sin sentirme fatal?

Mientras Jasper está con Ed en la habitación, Alice se sienta conmigo en la terraza. Durante unos segundos permanecemos en silencio, hasta que finalmente preguntó:

—¿Qué puedo hacer? Me siento fatal no haciendo nada.

Ella sonríe y me mira. Luego toma mis manos y susurra:

—Lo que puedes hacer ya lo estás haciendo.

Pero no, eso no me vale, y entonces oigo que añade:

—El cáncer es una carrera de fondo.

Asiento.

Edward y yo hemos hablado de ello.

—¿Y la quimio siempre será así? —pregunto.

Alice niega con la cabeza.

—Habrá sesiones que no le sienten bien como esta y otras en las que su malestar no será tan general. Pero eso es algo que nunca sabemos antes de realizarlas, por lo que no puedo decirte si serán todas así o no.

Suspiro desesperada y musito:

—Tiene la siguiente sesión dentro de pocas semanas y...

—Tranquila. Estará bien para entonces y, si no lo está, se reprogramará. —Intenta animarme, lo veo en su mirada. Y al observar mi expresión indica—: Imagino que Edward ya te habrá explicado cómo va esto, ¿verdad?

Asiento, pero murmuro:

—No puedo verlo así, Alice. Me muero de angustia al ver que ni habla, ni come, ni sonríe. Y siento que hago algo mal.

—Todo lo que estás haciendo está bien. —Ella sonríe—. Mi consejo como doctora y amiga ante un caso como el de Edward es que respetes sus silencios y no lo agobies. Y si discutís no te lo tomes como algo personal. Habrá días en que Edward esté tan enojado por lo mal que se siente que no pensará antes de hablar.

—Vale —susurro en un hilo de voz.

—Escucha, Bella. Otro consejo que te doy es que intentes continuar con tu día a día y, sobre todo, que te cuides tú y, por tanto, también al bebé. Conozco a Edward y eso es lo que más necesita, ¿vale?

Suspiro y asiento. Lo que plantea desde luego no es un camino de rosas...

Entonces Jasper llega hasta nosotras y, mirándome, dice:

—Dentro de unos días Edward se encontrará mejor, ya lo verás. Y ahora, por favor, tienes que cuidarte tú, ¿entendido?

Asiento. Les agradezco que se preocupen por mi embarazo tanto como que hayan acudido a mi llamada y, cuando se van, cojo a Olimpia y, después de comprobar que Edward está dormido, le pongo la correa y nos vamos juntas a dar un paseo.

Cuando regreso a casa, todo continúa en silencio y, tras ver que Olimpia tiene agua en su tazon, abro de nuevo la puerta de la habitación para mirar a Edward. Sigue dormido y decido no molestarlo.

El descanso le vendrá bien.

Por la noche, después de cenar, salgo a mirar las estrellas a la terraza. Me pongo un auricular para oír música. El otro no. Quiero estar atenta por si Edward necesita algo. Estoy acompañada por Olimpia.

Menuda compañía más estupenda me da la perrilla. A su manera, sé que extraña a Edward tanto como yo, pero en cambio creo que lo lleva mejor que yo.

Miro las estrellas mientras escucho Another You de Brian McKnight, un cantante que a Ed le gusta mucho. Estoy muy triste.

Tengo ganas de llorar. La canción potencia más aún mis ansias de berrear como una loca, pero no..., no lo voy a hacer. He de ser fuerte. Le prometí a Edward que lo sería y no quiero decepcionarlo.

Pero, joder, ¿por qué el amor de mi vida tiene que pasar por esto?

¿Por qué existe esa maldita enfermedad llamada cáncer?

Estoy pensando en ello abstraída mientras suena la canción cuando oigo:

—Preciosa noche.

Vuelvo la cabeza y me encuentro con Edward. Es la primera vez que lo veo levantado desde hace cinco días. Sonriendo, me quito el auricular y, recordando las cosas que me ha dicho Alice, respondo:

—¿Te apetece mirar las estrellas conmigo?

Veo que asiente complacido. Se sienta en la silla de mimbre que hay junto a la mía y, durante unos segundos, los dos miramos las estrellas en silencio, hasta que noto cómo su mano busca la mía y, cuando la coge, lo miro y él susurra con una sonrisa:

—Llevo días sin decirte cuánto te quiero y eso es imperdonable.

Según oigo eso y veo su sonrisa, mil emociones se arremolinan en mis ojos y, venga..., ¡a llorar!

Sin poder evitarlo, las lágrimas resbalan por mis mejillas. Me las seco. Él necesita positividad y yo aquí, llorando desconsoladamente.

Edward tira de mí. Me hace saber que quiere que me siente sobre sus piernas. Lo hago. Él me recuesta sobre su cuerpo, me abraza y susurra:

—Ven aquí, brujilla llorona.

Y, aunque lloro, soy feliz. Feliz de sentir que lo peor de la sesión de quimio ya comienza a remitir.


Es difícil mantener la positividad en esos días, lo importante es saber que pronto llegarán días mejores.