Hay momentos que deberian ser eternos

Pasan los días y Edward comienza a reponerse. Ya no vomita, no se siente tan mal, y aunque no come bien porque dice que todo le sabe fatal, su mejoría permite que normalicemos nuestras vidas.

Vuelve a sonreír, a bromear, a salir a correr con Olimpia y a recogerme por las noches en el restaurante. Se encuentra tan bien que un día que veo que se queda mirando el anuncio de una película que se estrena esa noche, sin dudarlo, llamo a Nina para decirle que no voy a ir a trabajar y me voy con él a cenar y luego al cine.

¡Planes sorpresa! Eso le gusta, tanto como a mí.

Su familia y la mía llaman a diario para ver cómo se encuentra y, cuando él se ve mejor, decidimos visitarlos. Ni que decir tiene que tanto Esme como mis padres se alegran de vernos, aunque sus miradas me hacen entender lo desmejorado que lo ven.

Viendo que está bien, además de los paseos que damos con Olimpia, comenzamos a quedar con Alec, con sus amigos del barrio, con Lorena y Adriana, con Jasper y Alice. Soy consciente de que tiene que salir de casa, relacionarse, pensar en otra cosa que no sea su enfermedad, y la mejor manera que encuentro es esta, quedando con los amigos.

James empieza a salir algunos días de la clínica donde está ingresado. Mi padre va a buscarlo y pasa los fines de semana en casita con ellos. Eso hace feliz a mi madre, y reconozco que ver que empieza a ser él mismo nos emociona a todos, aunque sabemos que esto es algo que dará sus frutos con el tiempo y que será un problema que arrastrará toda la vida.

Mi embarazo va bien. A pesar del nerviosismo por todo lo que está pasando, va viento en popa. Los vómitos ya son cosa del pasado, y para esta tarde tengo programada una ecografía.

Emocionada, me dispongo a acudir a la consulta de Consuelo.

Esta vez me acompaña Edward en vez de Nina, y contesta a todas las preguntas que la doctora le hace sobre él y que yo no sabía. A Consuelo le hace gracia que también sea médico.

La ginecóloga apunta todo lo necesario en mi ficha y, cuando me tumbo para hacerme la ecografía, Edward se pone a mi lado y me da la mano.

Desde donde estoy tumbada observo cómo Edward mira el monitor.

Él y la doctora tienen la misma expresión: están muy concentrados.

En un momento dado, Consuelo y él se miran y ella pregunta:

—¿Ves lo mismo que yo?

Edward sonríe y yo digo preocupada:

—¿Qué pasa?

Consuelo me mira.

—¿Quieres saber el sexo de tu bebé? —pregunta sonriendo.

Rápidamente asiento, claro que quiero. Y ella, dirigiéndose a Edward, dice:

—Vamos, papá, díselo tú.

Veo que está emocionado.

—El Caramelito... ¡es un niño! —anuncia entonces con una sonrisa.

Según lo oigo, me llevo las manos a la boca. ¡Un niño! ¡Voy a tener un niño como yo predije! Y estoy riendo cuando Edward me besa y se mofa:

—Al final me habré casado con una bruja de verdad.

Emocionados y felices, nos volvemos a besar. ¡Un niño!

Más tarde, cuando salimos de la consulta, y tras llamar a su madre para decírselo, Edward propone ir a casa de mis padres.

Estamos cerca y así les podremos dar la noticia del sexo de bebé y enseñarles el vídeo que nos ha dado Consuelo de la ecografía.

Cogidos de la mano, caminamos por la calle y al llegar al portal de mis padres nos encontramos con Pascual. El hombre, como siempre, es un encanto y le agrada mucho conocer a mi marido.

Riendo, subimos en el ascensor y, al llamar a la puerta, mi padre abre y anuncio mirándolo:

—¡Es un niño!

Él me abraza. Después abraza a Edward . Está tan feliz como nosotros y, mientras ellos dos hablan, me adelanto para darle la noticia a mi madre. Sin embargo, al entrar en el comedor freno en seco. Mi hermana está aquí.

Edward entra en el salón junto a mi padre, y mi madre, que ya se ha levantado para saludarme, va a besarme cuando mi padre exclama orgulloso:

—¡Renne, es un chico! ¡Vamos a tener un pequeño!

Mi madre me abraza feliz. Luego abraza a Edward. Se preocupa por su estado de salud y, tras saber que está mejor, lo vuelve a abrazar.

En ese preciso instante oímos un portazo y, al mirar, veo que mi hermana se ha marchado. Todos nos quedamos en silencio y luego mi madre musita:

—Vaya por Dios.

Edward me mira, yo suspiro, y mi padre dice:

—Jessica, en su línea... Una maleducada. Qué menos que darte la enhorabuena por la boda y el niño y preguntarle a Edward cómo se encuentra.

Suelto el bolso sobre una silla e indico:

—Papá, da igual.

—No, hija, ¡no da igual!

Eso me hace sonreír. Mi hermana ya no me quita el sueño. Y entonces mi madre, sorprendiéndome, dice:

—¡Ella se lo pierde! ¿Qué queréis beber?

—¿Tienes zumo? —pregunto.

Ella asiente y luego afirma mirando a Edward, que se acomoda junto a mi padre:

—De piña, como le gusta a tu marido.

Eso me hace sonreír. Que mi madre sea detallista con Edward es para mí lo mejor de lo mejor, y cuando voy a hablar ella añade bajando la voz:

—Se está quedando muy delgado.

Miro a Edward. Mi madre tiene razón. Pero, sin querer preocuparla, pues bastante lo estoy yo ya, aseguro:

—Tranquila, que todo va bien. Y nos encantarán dos zumitos de piña.

Una vez que ella se va a la cocina, me siento, y mi padre, aún molesto con Jessica, sisea:

—Lo de esta muchacha no tiene nombre.

Lo sé, no tiene nombre ni apellidos, pero explico:

—Papá, fui yo la que dijo que no quería saber más de ella, por eso no la invité a mi boda y...

—Pero para que tomaras esa decisión te buscó mucho las cosquillas. Que te conozco, hija, y si alguien en esta familia es un pedacillo de pan, esa eres tú. Y también conozco a Jessica.

Según oigo eso, me río, y Edward, para quitarle dramatismo al momento, indica:

—Bueno..., bueno..., que esta es muy bruja.

Mi padre ríe. Yo también. Y, cuando mi madre vuelve con los zumos, los cuatro nos sentamos y disfrutamos viendo el vídeo de nuestro niño, y yo observo orgullosa la cara de felicidad de mi amor.