Hola! Hace mucho que deje abandonado este fic, sin embargo fueron muchas situaciones y pérdidas las que pasaron, pero no quiero dejarlo inconcluso, espero y disfruten de este capitulo y de igual manera una sincera disculpa a mis antiguos lectores, jamás fue mi deseo dejar de escribir.

Sin más, los dejo con el capitulo.

7. Remolinos.

No importaba que época fuera, uno de los mejores puntos para ver la puesta de sol era el monte Kage, los rayos anaranjados escapaban apresuradamente del ocaso, las nubes se manchaban de tonos rojizos y morados, mientras lentas, caminan dejando a su paso sombras que bailan en el suelo naranja. La brisa era suave, no sería una noche despejada pero si una noche con luna llena. Siempre le gustaba ver el reflejo de la luz a través de ella por las calles desiertas de Konoha, pareciendo pequeños charcos que se intercalaban con las farolas del alumbrado. Sus investigaciones nocturnas siempre podían contar con un lado romántico y misterioso. Una sonrisa apareció en su rostro. – Si ella supiera leer mis pensamientos estoy seguro que me golpearía.- Se encontraba recargado en el barandal. No tenía muchas esperanzas de que ella viniera, en realidad, estaba completamente seguro que no llegaría. El alcohol de la noche solo hizo que soltará la lengua, sin embargo, tenía la firme creencia que esos sentimientos sólo estaban reservados para Dan, no para alguien como él. Estaba loco siquiera pensar que tendría oportunidad de competir contra eso, siempre por alguna razón había demostrado la peor parte de él. Vendiéndose como un pervertido que escribe novelas eróticas para ganarse la vida. Eso jamás podría competir contra la persona que una vez fue Dan. No ponía en tela de duda el porqué lo eligió a él.

El cielo empezaba a pintarse completamente de morado y azul, era cuestión de minutos para que la noche reinará, la temperatura comenzaba a descender y, a lo lejos se podía ver las pequeñas figuras de los aldeanos buscando refugio en los locales. Los edificios empezaban a encender las luces indicando posiblemente que una familia se reunía a cenar, a contarse y ponerse al día, niños hablando alegremente con sus padres. Si bien, su vida familiar antes de ser un shinobi nunca fue mala, aunque casi todos los días lo reprendían por su comportamiento, amor nunca le faltó. Tal vez por eso había bondad y justicia dentro de él, porque sabía lo preciado que eran sus recuerdos, sabía lo indispensable tener esas vivencias, sabía qué era lo que se tenía que proteger. Un soñador, eso es lo que era, un soñador que algún día cambiaría el mundo. Soltó una suave carcajada ante tales pensamientos.

Hecho un ultimo vistazo, no había nadie más en ese sitio mas que él, la noche había caído completamente, suspiró pesadamente, y con una mano nerviosa se rasco la cabeza. – Fui muy ingenuo. – Comenzó a caminar hacia las escaleras. – Me pregunto si Gamaken estará sólo, si me encontrara a Bunta esto no terminará bien. – Una risa melancólica se desprendió de él. Tal vez sería mejor así. De todos modos no podía asegurar tener la vida comprada y dejarle otro dolor así, no podría. Nunca le pareció tan vergonzoso bajar esas escaleras, pero que más podía hacer. Caminaba sumergido en sus pensamientos cuando recibió un fuerte golpe en el pecho.

-¿Qué demonios.. – La cabeza de Shizune había impactado directo a su pecho. – Te vas a matar si sigues corriendo con esos tacones. – La sujeto por ambos brazos y trato de estabilizarla, sin embargo, se quedo sorprendido, su cara se encontraba completamente roja, llena de lágrimas. – Dime que paso. – Atinó a sentarla en un escalón mientras el se ponía de cunclillas a su altura y le miraba.

-Ayúdeme , por favor. – Dijo entre hipos. – No encuentro a Tsunade-sama por ningún lado. – La sangre se le helo al escuchar a la pelinegra. – Le he pedido a Inoichi-san que me ayudará a localizarla, pero no siente su chakra dentro de la aldea. Hoy estaba demasiado abstraída y, cuando finalizó la ultima reunión del día, sólo me dijo que necesitaba despejarse. – El nerviosismo de Shizune hacía que su angustia creciera. – Pero, algo anda mal en ella, ¡Por favor! – Chilló desconsolada. – Ayúdeme, por favor.

-Tranquilízate. – Dijo tanto para ella como para él. – Estas hablando que tu señora es una Sannin y es la Quinta Hokage, alguien tendría que pensarlo 2 veces para acercarse a ella. – Como pudo la llevo a la entrada del edificio del Hokage. – Daré un vistazo rápido, y la traeré de vuelta. – Shizune asintió entre hipos. – Si algo malo está sucediendo te lo hare saber con un sapo, por lo mientras no hay que causar tanto alboroto. – Se separo de ella y desapareció en un parpadeo para después estar saltando entre techos.

No podía ir lejos, ella no era irresponsable, pero no concebía que el simple encuentro con ella le hubiera causado tantas tormentas en su ser. Debía haber algo más profundo para ausentarse de esa forma. Corría y brincaba lo más rápido que podía. Si Inoichi no había localizado su chakra sólo había dos opciones, una más creíble que la otra, o en efecto había dejado la aldea, o estaba en aquel sitio, después de todo ha vivido media vida ocultándose de medio mundo, engañar a un ninja sensorial es lo más fácil del mundo para ella. Corrió para salir a un costado de la aldea, un poco lejos del puesto de vigilancia, empezando la arboleda se observaba un pequeño páramo dentro de toda aquella espesura de bosque. Disminuyó su marcha y al observar el claro se concentraba un cúmulo de rocas de distintos tamaños. Caminó alrededor y allí, oculta en la piedra más grande se encontraba mirando a la nada. Su melena dorada brillaba aún bajo la luna y su piel expuesta desprendía un tenue destello. Suspiró un momento y después emprendió su marcha. No quería incomodarla si por él se encontraba en aquel estado, pero al menos quería darle calma a Shizune.

-Al menos si vas a salir, no angusties a tu subordinada. – Dijo haciendo que diera un respingo. – Debiste ver la cara de angust… - La frase se quedo en el aire. Su rostro de porcelana se encontraba completamente rojo e hinchado, las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos avellana que tanto le embelesaban, contuvo todas sus ganas de estrecharla entre sus brazos, de hundir su nariz en su cabellera dorada y estúpidamente protegerla. No quería volver a repetir ese suceso, no quería hacerse ilusiones. Tensó su cuerpo y en un susurro dijo. – No puedo entender que es lo que te ocurre, pero si buscaste la soledad para ello es mejor que me marche, me aseguraré de tranquilizar a Shizune. – Con toda la fuerza de voluntad que le quedaba le dio la espalda y empezó a caminar pesadamente por donde vino. Era un castigo para él pero se obligo a dar cada paso, aunque le doliera y golpeara el corazón. Estaba tan concentrado en obligarse a seguir, que el peso sobre su espalda casi lo tira. Los brazos delgados de la mujer le envolvían la espalda y su calor lo quemaba, se quedo un instante quieto y después giró. Estaba allí parada sosteniendo con una mano una parte de su chaleco tal si fuera una niña, con la cabeza baja sollozando, la acercó un poco y ella hundió su cara en ese tan familiar pecho. No quería articular palabra, romper el momento, pero se obligo a susurrar.

-Si estás llorando por mi culpa, perdóname. – Ella soltó un sollozo más fuerte. – Perdóname si te puse en una situación difícil, no tienes que sentirte presionada, no quiero una respuesta, sólo quiero que tu te encuentres en paz. – No supo en que momento las lágrimas comenzaron a resbalar de sus mejillas. – Perdóname por haberte puesto en una situación así. No tienes porqué rendirle explicaciones a un viejo estúpido como yo

-No eres estúpido. – Se escucho una voz ahogada. – Es solo que tengo miedo. – El llanto volvió. – Tengo miedo a perderte. – El corazón le latió con fuerza al escuchar estas palabras. – Si te pierdo, si te llegará a perder. – Un gemido de angustia salió de sus labios, no pudo obligarse a continuar hablando. Los gemidos y gritos brotaban y se apagaban contra su pecho. No tuvo el valor de reunirse con él al atardecer porque su miedo era más grande que sus sentimientos, no podía darse el lujo de perderlo, y si había una pequeña y estúpida probabilidad de salvarlo de su mala suerte, no dudaría, aunque fuera romperle el corazón, pero no dudaría. Sin embargo, su confesión tan bondadosa y pura, respetarla, amarla durante tanto tiempo, no podía simplemente ignorar la pureza de sus sentimientos. No podía darle una respuesta, no podía incluso rechazarlo. Su corazón era un remolino de emociones y fue en ese momento que odio ser una kunoichi, tener que vivir como soldado de guerra. Por primera vez deseo ser una mujer normal, llevar una vida tranquila, que los demás se preocuparan. Poderle ofrecer a aquel hombre su corazón.

-Tsunade. – Susurro, mientras la estrechaba mas fuerte entre sus brazos. – No puedo asegurarte que viviré. – Ella intento zafarse de su agarre al escucharlo, sin embargo el la contuvo. – Decírtelo es una mentira, estamos en medio de guerras y me atrevo a decir que los tiempos se han de intensificar, como adultos que somos, debemos hacer todo lo que está en nuestras manos para que las futuras generaciones tengan cimientos y un futuro. Hemos avanzado mucho, pero aún falta más. Eso fue lo que decidimos. – suspiró. – Eso fue lo que decidí cuando quise ser un shinobi. No puedo acobardarme. – Tsunade lloró aún más. – Perdóname si te causo este dolor, pero jamás te mentiría. – aflojó el agarre, y busco su rostro con su mano, levantándolo para ver sus ojos. Sus bellos ojos avellana que tanto le gustaba mirar, extrañamente desprendían una calidez que le hacia erizar la piel. – Te quiero como un idiota te puede llegar a querer, y me basta con decirlo, no tienes porque verte obligada a corresponderme. – Hipnotizado por la belleza de su rostro, busco sus labios, y con una suave presión, sintió por primera vez la suavidad de ellos, su sabor, tal vez el beso más tierno que en su vida podría dar, disfrutó cada momento de ese instante fugaz.

Separó su rostro brevemente y la observo, sus ojos vidriosos, sus mejillas encendidas y sus labios con un tono rosado, hinchados levemente. – Te quiero, eso nunca cambiará.

No supieron exactamente cuanto tiempo había pasado pero seguían abrazados el uno al otro, como si se necesitaran para respirar, para vivir, pero el frio empezó por calarle, y ella con sus brazos desnudos, con cuidado deshizo el abrazo y le puso su chaleco, ocultando sus brazos del frio. Aunque se trataba de la quinta, en ese instante se veía tan pequeña, delicada, frágil a cualquier contacto. Paso un brazo por su espalda y quiso emprender la marcha hacia la aldea, pero su voz le interrumpió.

-Te quiero, Jiraiya. – Dijo en un susurro, haciendo que sus ojos se abrieran de par en par como si de platos se trataran. – Te quiero, por favor, no mueras. – El llanto amenazaba nuevamente con salir, sin embargo fue sorprendida por un beso, torpe y apresurado, pues la emoción que le generó aquellas palabras fue suficiente para hacer explotar la bomba que había dentro de su corazón. Lo quería, no había vuelta atrás, realmente lo quería, sin alcohol, sin juegos, le quería, no estaba seguro si se trataba de la misma intensidad, pero le quería. Se separo torpemente de ella debido a la diferencia de estaturas. – No soportaría perderte. – Se animó a decir. – No quiero condenarte… - En un gesto involuntario aparto la mirada evitando que viera la tristeza que empezaba a emanar de él. – No podría…

- Estaré para ti. – la interrumpió. – Estaré para ti, vivo o muerto, siempre estaré para ti. – Levantó la mirada y vio su rostro iluminado por una cándida sonrisa y emoción contenida en sus ojos negros. – No te prometo que no moriré . – Esa palabra le pincho el corazón. – Pero mientras viva, te querré.

-Quédate… hoy quédate conmigo, por favor. – Suplicó avergonzada. – Por favor, no te marches y quédate conmigo. – murmuro, hundiendo su cara nuevamente en su pecho.

-Me quedaré contigo, las veces que quieras, siempre, me quedare contigo.- Sintió el movimiento de su cabeza a manera de afirmación. – Agárrate fuerte. – La mujer se apretó mas a su cuerpo hacia él mientras la envolvía con ambos brazos.

La brisa aumento y un remolino violento de hojas se formo alrededor de ellos, para después desaparecer entre las hojas, con dirección a la mansión de la Quinta.