Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo únicamente traduzco.

Todo sobre, ¿quién?

Trabajo n.º 13:

¿Conoce realmente a la persona que tiene al lado? Bueno, ahora tiene la oportunidad de averiguarlo. Debe escribir una biografía sobre uno de sus colegas. No use a un familiar, un personaje histórico o un famoso. La persona que escoja debe ser alguien a quien conozca personalmente o a quien le gustaría conocer mejor. Use sus habilidades para entrevistar para recopilar información.

Sólo cabe recordar que la biografía tiene que ser impersonal y fáctica. No use esto como oportunidad para difamar a alguien que le caiga mal o para declarar su amor eterno por ese alguien especial.

Además de la biografía, me gustaría que escribiese una redacción corta sobre por qué escogió a esta persona y qué siente que ha aprendido de este trabajo.

Kagome golpeteó el bolígrafo con nerviosismo contra su bloc de notas mientras esperaba a que Kaede terminase sus obligaciones matutinas. Inuyasha se había ido con Miroku y Sango a reunir provisiones, así que ahora era el momento perfecto para atacar. Eh… para hacerle preguntas educadamente a Kaede.

Por supuesto, su primer instinto había sido hacer una biografía sobre Inuyasha, pero había descartado esa idea rápidamente. Sería demasiado difícil contar su historia y que no se le escapase que era un medio demonio que prácticamente se había criado a sí mismo. De verdad que no tenía deseo alguno de recibir otro sermón por parte de su profesor sobre tomarse en serio los trabajos. O peor, tener que hablar otra vez con el terapeuta.

Sango y Miroku también quedaban descartados. No creía que mucha gente fuera a creerse que existían los exterminadores de demonios. Entonces, tendría que explicar lo de los demonios. Y no quería hablar ni de broma sobre Miroku. ¿Cómo se explicaba que había un monje con sus… inclinaciones inmorales? Ah, sí, y lo del vórtice tampoco sería muy fácil de explicar.

Su siguiente opción era Kaede. Había llevado una vida interesante. Era respetada, útil e importante en su comunidad. Entonces, ¿por qué Kagome no había decidido hacer su reseña sobre la anciana miko?

—¿Tenías preguntas para mí, Kagome? —preguntó Kaede mientras entraba en la cabaña.

—Sí. ¿Podrías hablarme de Kikyo?

¿Por qué, oh, por qué había decidido hacer la biografía sobre KIKYO? ¿Qué le pasaba? ¿Qué podría haberla poseído para pasar tiempo voluntariamente hablando sobre la mujer que tenía el corazón de Inuyasha? A pesar de lo que mostraban sus notas, realmente no era una tonta. ¡En serio!

… ¿Lo era?

—¿Kikyo? ¿Qué te gustaría saber, niña? —Generalmente, era difícil sorprender a Kaede, pero la pregunta pareció hacerlo.

Kagome bajó la mirada a su libreta y garabateó en la esquina mientras le pedía un favor a Kaede. Nunca era fácil hablar de Kikyo y oír hablar de ella era incluso más difícil. Hasta el momento, esto no era tan fácil como se había esperado, y se había esperado que fuera una tortura.

—Mi nuevo trabajo es escribir una biografía sobre alguien que conozco, pero que no conozca muy bien.

—¿Y escogiste a mi hermana?

Kagome sonrió irónicamente.

—Bueno… realmente no era mi primera opción… pero lo pensé y creí que sería lo más seguro. Y lo más desafiante. —Jugueteó con la esquina del papel—. Y como que tengo que demostrarle a mi profesor que me estoy tomando en serio los trabajos.

La anciana miko asintió con serenidad.

—¿Qué te gustaría saber?

¿Qué le gustaría saber? Las fechas estaban descartadas. No es que pudiera decir que la persona de la que estaba hablando era de la Época Feudal, ¿no? Realmente no quería hablar sobre la relación de Kikyo con Inuyasha. Podría pasarse toda la vida sin escuchar ESA historia otra vez y moriría perfectamente feliz.

—¿Cómo era? Antes de Inuyasha. Antes de Naraku.

Kaede se sentó y pensó en la pregunta.

—Mi hermana era casi diez años mayor que yo. Yo todavía no era más que una niña cuando se hizo adulta. Nuestros padres estaban muy orgullosos de Kikyo. Estaba entrenando para convertirse en la protectora de la perla de Shikon desde muy temprana edad. Era seria y tranquila. Y compasiva. Era el ejemplo que yo tenía que seguir. —Miró a Kagome a los ojos—. No juzgues el carácter de Kikyo por la criatura de barro y huesos. Era humana. Y era buena. Pero se sentía sola. Ella no pidió convertirse en sacerdotisa, fue un deber que se le requirió. Y cumplió con ese deber sin quejarse.

Kagome tomó sus notas con dificultad. Aunque Kaede no hablaba rápido, era fácil quedarse absorta escuchando en lugar de anotando.

—Hubo momentos, no obstante —continuó Kaede—, en los que parecía como si Kikyo creyese que le habían robado su vida. Antes de que Naraku engañase a Inuyasha para que le hiciera daño. Si no hubiera sido por la joya y el deber de protegerla como la sacerdotisa, puede que hubiera podido vivir la vida de cualquier mujer normal. Nunca tuvo marido, ni siquiera amante. Un corto beso y un abrazo con un medio demonio difícilmente cuenta como amante, ¿no? Y nunca tuvo hijos. Y, mi niña, amaba mucho a los niños de la aldea.

Kaede suspiró y se puso de pie.

—Conoces el final de la historia. ¿Hay algo más que desees saber?

—No. Gracias, Kaede. Has sido de gran ayuda. —Recogió sus cosas y se detuvo en la puerta—. Crees… ¿crees que estaría bien que hablase con algunos de los ancianos de la aldea sobre ella?

Kaede sonrió, luego le dio los nombres de las personas con las que hablar y las direcciones de sus casas. Para la hora de comer, Kagome estaba plenamente deprimida. Todos habían amado y respetado a Kikyo. Honorable. Buena. Fuerte. Pura. Cariñosa. ¡La mujer era prácticamente una santa! Al menos, antes de que pasase todo lo de Naraku. Antes de que le disparase a Inuyasha.

—Eh, ¿qué te pasa, niña?

Kagome suspiró mientras removía los fideos en su tazón.

—Sólo… pensaba en mis deberes. —No le pasaron desapercibidas las maldiciones medio susurradas.

—¿Puedo tomarme tus fideos si no te los vas a comer? —preguntó Shippo.

—Se los va a comer, enano —gruñó Inuyasha—. ¡Aparta las manos de eso!

Kagome le tendió al zorrito el tazón de fideos y él se escabulló con su premio. No tenía mucha hambre tras pasarse la mañana entrevistando a gente sobre Kikyo. De hecho, se encontraba un poco mal del estómago. ¿Por qué tenía Kikyo que ser tan perfecta? Levantó las rodillas contra su pecho y las rodeó con los brazos, bajando la cabeza para descansarla. Vale, más para esconderla que para descansarla.

—Kagome… ¿qué pasa? —La voz de Inuyasha estaba áspera de preocupación—. Cuéntame.

Se había movido para bloquearle la visión del grupo. ¿Qué iba a decir? ¿Que estaba deprimida porque se daba cuenta de lo poco a la altura que estaba de Kikyo? En el pasado, simplemente había asumido que era el amor lo que nublaba el juicio de Inuyasha sobre lo perfecta que era la otra miko. Ahora sabía que no era del todo cierto. No todos podían estar equivocados.

Una sensación de cosquilleo bailoteó por su columna. Levantó la mirada y casi se rio. Qué oportunos.

—Recolectores de almas —susurró.

Inuyasha maldijo de nuevo. Pero entonces, hizo algo que le sorprendió.

Se quedó allí quieto.

Kagome carraspeó. Tal vez no la había oído, o no los había visto. Improbable, pero más probable que el que los estuviese ignorando sin más. Casi se dio una patada por lo que iba a hacer, pero se imaginó que había que hacerlo. Se lo recordó.

—Los cazadores de almas de Kikyo, Inuyasha.

Inuyasha se agachó delante de ella y la miró con furia. Bueno, tal vez no con furia exactamente. Pero tenía los ojos entrecerrados, perforándola y mirándola con ligera sospecha. Maldijo un poco más antes de exigir una explicación.

—¿Qué te pasa, Kagome?

—Nada. Tú vete con ella.

—¡Para de mentirme! —gritó indignado.

—¡VETE y punto! —¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Cuándo se había vuelto loca exactamente? Suspiró pesadamente—. Puede que tenga información sobre la perla. O sobre Naraku. —Como aun así no se movió, sacó la artillería pesada—. Puede que te necesite, Inuyasha.

Inuyasha la miró con furia (esta vez con furia de verdad) y se puso de pie.

—Esto no se ha terminado —dijo mientras se iba echando humo.

Kagome dejó salir otro suspiro y miró a su alrededor a sus amigos, que la estaban mirando todos como si le hubiera salido otra cabeza. O una cola. O como si hubiera enviado al amor de su vida a que se fuera con su exnovia. Tal vez su boletín de notas tenía razón. Tal vez era idiota.

—¿Estás bien, Kagome?

—Sí, Shippo. Sólo un poco cansada.

Cansada. Cansada y sintiéndose sólo un poquito insignificante. ¿Qué había hecho exactamente con su vida? ¿Qué clase de persona era? Era imposible que pudiera estar a la altura de la imagen de Kikyo. No era de extrañar que Inuyasha no estuviera locamente enamorado de ella. Era imposible que pudiera estar a la altura del recuerdo de la perfección.

—¿Qué trabajo tienes de deberes? —preguntó Sango mientras le dirigía a Kagome una mirada compasiva. Obviamente, hoy no estaba escondiendo muy bien sus emociones.

—Estoy escribiendo una biografía sobre alguien. —Kagome se mordió el labio. No vendría mal tener sus impresiones para su trabajo. Pero ninguno de ellos había conocido a Kikyo cuando había estado viva, en realidad. Aun así…—. La estoy haciendo sobre Kikyo.

Hubo silencio.

Un silencio muy largo.

—¿Escogiste escribir sobre Kikyo? —preguntó un desconcertado Miroku—. ¿A propósito?

Kagome se rio y estiró las piernas. Cogió su libreta, agarró un lápiz, luego se levantó para ir a sentarse al lado de sus amigos.

—Sí. Pensé que sería… un desafío. Se supone que la biografía debe ser fáctica e impersonal. Bueno, contadme lo que sabéis de Kikyo. Tú primero, Shippo.

—No me cae bien.

—Eso no es impersonal e imparcial, Shippo. Sólo hechos. —Pero no pudo evitar que le saliera una sonrisilla ante la expresión contrariada del zorrito y sus brazos cruzados. A veces parecía igualito a Inuyasha. Bueno, casi.

Shippo lo pensó.

—Es guapa. —Levantó la mirada hacia Kagome con grandes ojos verdes—. Pero no tan guapa como tú.

Kagome sonrió y le dio una palmadita en la cabeza.

—¿Y tú, Miroku? Háblame de Kikyo.

El rostro del monje estaba tranquilo y sereno, y su voz fue amable.

—Kikyo era una gran sacerdotisa. Ayuda a los que lo necesitan. Es ampliamente respetada. También es bastante poderosa y, sí, muy hermosa. Pero —dijo cuando Sango pareció que iba a explotar y a abrirle la cabeza con su arma—, su mayor fallo es que no tuvo suficiente fe en los demás.

—Naraku la engañó —dijo Kagome, preguntándose por qué la estaba defendiendo.

—Yo te diré lo que pienso de ella —gruñó Sango.

De algún modo, Kagome no creyó que las siguientes palabras que iban a salir de la boca de Sango fueran a ser muy halagüeñas. Una de las cosas que amaba de la exterminadora era su devoción hacia sus amigos.

—Recuerda, tiene que ser fáctico.

—Aquí tienes un hecho —dijo Sango con frialdad—. Intentó matarte. —Flexionó su puño.

Pero esa no era realmente Kikyo. No la Kikyo que estaba viva. No la que todavía tenía el corazón de Inuyasha. Kaede tenía razón. La mujer que deambulaba por allí podría tener la cara de Kikyo, pero no su corazón. No su esencia. Albergaba sólo una pequeña porción de quien era realmente. Pero esta vez Kagome no encontró el ánimo de defenderla. De hecho, se estaba sintiendo todavía más desanimada.

Kagome cerró la libreta y observó con gran tristeza cómo discutían. Dolía oír a Miroku defendiendo a Kikyo, aunque ella lo había estado haciendo hacía solamente un momento en su mente. No podían juzgarla por cómo era ahora, sino por cómo había sido cuando estaba viva, les decía él. Sango se negó a retroceder en su ataque y le recordó que los intentos de asesinato cancelaban cualesquiera buenas acciones pasadas. Shippo se quedó sentado al lado de Kagome, observándola con nerviosismo. Kirara trepó a su regazo y ronroneó para consolarla.

Las voces murieron cuando Inuyasha atravesó los árboles con una tormentosa expresión en su rostro. Por supuesto, los había oído discutiendo. Kagome se esperó que estuviera enfadado con Sango por difamar el buen nombre de Kikyo. Pero parecía igual de enojado tanto con el monje COMO con la exterminadora.

Sabiamente, todos se mantuvieron en silencio mientras Inuyasha intentaba mantener su temperamento bajo control. No dijeron nada cuando arrancó el papel de la mano de Kagome. Cuanto más lo miraba, más furioso parecía.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras arrugaba el papel en su agarre.

Kagome lo miró con el ceño fruncido.

—En serio, tienes que parar de destruir los trabajos que me mandan de deberes, Inuyasha.

—¿Qué es esto?

—Estoy escribiendo una biografía.

—¿Sobre Kikyo?

—Sí.

Le tiró de vuelta el destrozado papel.

—Léemela.

—Yo… En realidad, sólo tengo como un párrafo. Es decir, no me dijeron cómo de extensa tenía que ser, así que puede que sea lo suficientemente larga. He visto biografías cortas y biografías largas. Así que supongo que en realidad depende de mí lo extensa…

—Léela y punto.

Kagome alisó el papel, miró a su alrededor a sus amigos y luego empezó a leer taciturnamente lo que había escrito.

Kikyo era una miko, una sacerdotisa que había sido elegida como la protectora de un artefacto que se decía que era mágico. Entrenó desde temprana edad para convertirse en sacerdotisa y dedicó su vida a ayudar a los demás. Era hermosa, buena, honorable y altruista. Todos en su aldea la amaban y la respetaban. Era un modelo de virtud y el epítome de la perfección, pero fue brutalmente asesinada mientras protegía el artefacto. Todos lloraron su trágico fallecimiento. Nadie será capaz de reemplazarla nunca.

Él la fulminó con la mirada, luego fulminó con la mirada al grupo que estaba observando con tanta atención. Agarró el brazo de Kagome y tiró de ella para ponerla de pie. Entonces, antes de que nadie pudiera decir una palabra, se había marchado con ella. No se fueron lejos, sólo lo suficiente para que no los oyeran.

—¿Por qué?

Ella se encogió de hombros mientras se apartaba un par de pasos de él después de que la dejara de pie en el suelo. Realmente no tenía una respuesta para él, ya que ni ella misma había pensado realmente en la razón.

Inuyasha le arrebató el papel y lo apretó en su puño.

—¿De verdad crees esta… esta…? —Agitó el papel ante ella, incapaz de encontrar la palabra adecuada para lo que pensaba de su trabajo.

Kagome volvió a encogerse de hombros.

—He hablado con Kaede, Miroku, Sango, Shippo y con casi todos los de la aldea que son lo suficientemente mayores como para recordarla. E incluso algunos que no lo eran, pero que oyeron historias de lo maravillosa y perfecta que era. Así que sí, Inuyasha. Supongo que sí que lo creo.

Durante un rato, él simplemente la miró con furia y refunfuñó cosas por lo bajo que no pudo entender. Aunque estaba bastante segura de que había oído las palabras «estúpida» e «idiota». Suponía que no estaba alabando su destreza con la escritura.

—No me preguntaste a MÍ —declaró finalmente.

—Eh… bueno… no.

Inuyasha se cruzó de brazos y le dirigió una dura mirada.

—Pregúntame.

Ay, madre. Esta no era para naaaada la conversación que quería tener Kagome con Inuyasha. Nunca. Ya era bastante malo oír a todos los demás cantando las alabanzas de su rival, pero bien podría destrozarla el tener que oír eso por parte de Inuyasha. Había un límite para lo que podía soportar un corazón en un día sin hacerse pedazos.

—Pregúntame sobre Kikyo.

Kagome cerró los ojos mientras se recostaba contra el árbol. Puso las manos tras su espalda y enterró los dedos en la corteza.

—Háblame de Kikyo.

Inuyasha se acercó y le levantó suavemente la barbilla con un filoso dedo, haciendo que se diera cuenta de que había bajado la cabeza. Esperó a hablar hasta que ella lo estuvo mirando. Aunque todavía no había dicho una palabra, ya podía sentir que se le apretaba el corazón. ¿Por qué no podía respirar? ¿El desamor también afectaba a los pulmones?

—Kikyo era una mujer. Sólo una mujer normal, Kagome. No era perfecta. Tampoco era el modelo de la virtud. Por eso estaba interesado en ella. Hizo lo que tenía que hacer, pero no porque fuera lo correcto, sino porque era el trato injusto que la vida le había tendido. Odiaba el papel al que se había visto obligada y estaba buscando una salida. Pensaba que su salida podría ser yo. Me sentí atraído por ella porque pensé que ella podría ser mi salida del trato injusto que la vida me tendió a mí también.

Su voz era baja. Y dolió. No fue consciente de que una lágrima se había escapado hasta que él la atrapó en su mejilla. Era curioso que su cuerpo pareciera estar haciendo lo que le placía cuando ella estaba esforzándose por estar tranquila y controlada. Estúpido cuerpo.

—Era fuerte, pero no estaba templada con la gentileza que tú… con gentileza. Su aroma era agradable, pero no era tranquilizador y relajante. Me hizo sentir necesitado, pero no me hizo sentir querido o completo. Era alguien de quien quería estar cerca, pero no era alguien de quien necesitase estar cerca. Era la posibilidad de una nueva vida, pero ella no era mi vida. Nadie puede ser nunca Kikyo, pero nadie podría ser nunca tú tampoco, Kagome. —Se echó un poco hacia atrás hasta que ya no la estuvo tocando—. Así que no seas tan tonta.

El sonrojo de sus mejillas hizo le hizo sonreír a Kagome. Por supuesto, sus palabras también hicieron que se sonrojase. No se le daba bien ser tan sutil como pensaba que era. Tal vez a la biografía le vendría bien una pequeña reescritura, después de todo. Cogió el papel de donde había caído inadvertido.

—No tengo bolígrafo.

Inuyasha sacó su lápiz de entre su traje.

—Toma.

—Estás inusualmente preparado —comentó.

—Keh. Tú escribe.

Kagome se sentó en el suelo, hizo un par de tachones y dibujó una línea para insertar información nueva. Intentó concentrarse en sus deberes y no en el hanyou que ahora estaba agachado delante de ella y observándola muy atentamente. Sería lindo si no fuera tan irritante.

Oh, diablos, era demasiado lindo.

En una pequeña aldea, vivía una chica cuyo camino estaba decidido antes de que hubiera nacido siquiera. Kikyo era una miko, una sacerdotisa que había sido elegida como la protectora de un artefacto que se decía que era mágico. Entrenó desde temprana edad para convertirse en sacerdotisa y dedicó su vida a ayudar a los demás. Todos en su aldea la amaban y la respetaban. Era hermosa, buena, honorable y altruista. Pero incluso la persona más altruista tiene deseos egoístas. Kikyo no quería otra cosa que ser una mujer normal con una familia propia, pero dejó a un lado sus propios deseos para servir a los demás. Nunca pudo tener la vida que quería. Mientras protegía el artefacto, fue brutalmente asesinada. Todos lloraron su trágico fallecimiento. Nadie será capaz de reemplazarla nunca.

Inuyasha frunció el ceño ante el producto final.

—No me gusta esa última parte.

—Nadie puede reemplazarla, Inuyasha. —Le sonrió—. Al igual que nadie puede reemplazarme a mí.

Él correspondió a su sonrisa.

Se quedaron allí sentados unos minutos, simplemente sonriéndose. Entonces, se decidió que deberían volver. Inuyasha la ayudó a levantarse y luego caminó despacio, haciendo chocar la mano de ella con la suya. Hicieron falta algunos pasos para que Kagome lo captase y le diera la mano.


La persona sobre la que escogí hacer mi biografía no era amiga mía, ni siquiera alguien que me cayese demasiado bien. De hecho, era alguien a la que le tenía muchos celos y envidia. La gente no paraba de preguntarme por qué la escogía a ella para mi biografía y yo misma me pregunté el porqué. Creo que tal vez fue mi manera de intentar mirarla de forma impersonal, como decía el trabajo. Tal vez, si podía mirarla desde un punto de vista distinto, no siempre me sentiría como si me estuvieran comparando con ella y quedando por debajo de ella.

Ese era el plan, pero al principio me sentí como si siempre fuera a palidecer en comparación. Todos la amaban y parecía como si fuera perfecta. Yo nunca podría ser tan genial como lo fue ella. Uf, menudo golpe a mi autoestima.

Tal vez una parte de mí quería escribirla con la esperanza de que a alguien más también le cayese mal. Tal vez estaba intentando encontrar a alguien que me dijese que no era buena, maravillosa y perfecta. Pero cada persona con la que hablaba la alababa como si fuera una santa. De hecho, nadie tenía realmente nada malo que decir sobre ella en absoluto. Y, tristemente, esto hizo que escribir esas cosas buenas fuese todavía más difícil.

¿Quién iba a saber que escribir de forma impersonal podría ser tan difícil a nivel personal?

Hizo falta un buen amigo mío para recordarme que ella era humana, que no era perfecta. Nadie es perfecto. También tenía esperanzas y sueños, e ira y resentimiento, y miedos y tristeza. A pesar de todo lo que pudiera haber hecho en su vida y cómo se la recordaba tras morir, Kikyo seguía siendo sólo una mujer. Como yo.

Tras escribir esta reseña, me he dado cuenta lo afortunada que soy de poder vivir y amar como yo escoja, que no tengo que seguir ningún camino que no sea el mío.

Kagome miró su explicación y le divirtió ver que era mucho más larga que la biografía que había escrito. Metió el cuaderno en su mochila y luego se acomodó para dormir.

—Nadie podría reemplazarte nunca a ti tampoco, Inuyasha —susurró mientras cerraba los ojos, sin dejarse engañar por el hanyou que fingía estar durmiendo.

—Feh.


Nota de la autora: A veces es difícil escribir de forma objetiva sobre alguien o sobre algo si sientes algo fuerte por esa persona (o por algo, dependiendo de sobre qué estés escribiendo).