37. Y por fin
Antes de llegar a The Hermitage, William había alcanzado a Odd y a Ulrich. Y, a su vez, estos habían visto delante de ellos caminar a Patrick y Jeremy. Los cinco habían recibido el mismo mensaje misterioso de Samantha. Ninguno entendía para qué les necesitaba. De modo que llegaron al edificio, con un aspecto mucho mejor que el que presentaba antaño. La fachada había sido limpiada y repintada, luciendo un tono blanco impoluto. La verja exterior estaba cerrada, pero sin llave, y pudieron abrir del picaporte.
Como es normal, el timbre también había sido arreglado, de modo que al ver la puerta cerrada, llamaron. No pasaron muchos segundos hasta que su amiga les abrió, con una sonrisa radiante.
—¡Qué puntuales! —exclamó.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Odd, con la confusión escrita en su cara.
—Espera. Vamos dentro mejor, adelante.
Se apartó de la puerta, dejándoles entrar, y estos le siguieron. Miraron alrededor. La casa estaba quedando preciosa, sin duda alguna. Llegaron al otro extremo, lo que Jeremy reconoció como habitación de invitados. Esta solamente había recibido una capa de escayola y pintura nueva en tonos pálidos. En un rincón reposaban aún las sillas y la mesa que habitan utilizado en sus antiguas escapadas a aquella casa… y los sacos de dormir estaban todos abiertos y extendidos por el suelo, como una espesa moqueta.
—Si Aelita te ha dejado la casa, creo que podemos ir al salón tranquilamente —dijo el rubio. Casi por inercia fueron formando un corro—. Estaremos más cómodos que aquí.
—No, querido Jeremy. Para lo que necesito hoy aquí, esta habitación nos viene mejor —respondió ella.
—¿Qué ocurre, Sam? —intervino Ulrich. Había algo en todo aquello que le despertaba la alarma interna. Pero no era capaz de definir el qué.
—Llevo unos días… muy estresada. Dentro de unas semanas tenemos los exámenes finales, y tampoco vamos a poder vernos para cosas que no sean estudiar. De modo que pensé en que estaría bien tener una tarde más… entretenida.
Los cinco se miraron, sin entender. Solo Patrick alcanzó a adivinar mentalmente lo que la chica quería decir. Pero era tan surrealista que intentó desechar la idea de su mente, hasta que su amiga lo verbalizó.
—Quiero tener sexo con todos vosotros —les dijo, ampliando la sonrisa que la acompañaba desde el principio.
—¿¡Qué!? —respondieron los cinco.
—¿Sexo con… todos? ¿A la vez? —preguntó William.
—Sí. ¿Qué tiene de malo? —Sam no perdió la compostura. Se esperaba una reacción similar por parte de todos. Solo le quedaba la parte de convencerles, y contaba con que no le sería muy difícil. Fue Odd el primero en mostrar sus reservas.
—A ver… "malo"... Somos cinco.
—Y conmigo, seis. Una orgía, como en navidad, pero con menos gente.
—Pero tú eres la única chica —intervino Patrick.
—Lo sé. Por eso solo os he pedido venir a vosotros. Os quiero una tarde solo para mi. A las chicas las adoro y me encanta hacerlo con ellas. Pero hoy mi fantasía es con vosotros.
—Esto es un poco violento —comentó Jeremy—. Yo no quiero que te sientas…
—¿En el cielo?
—Utilizada —escupió la palabra.
—Tíos, no os ralléis. Yumi, Aelita y Emily ya saben lo que habéis venido a hacer, porque lo comenté primero con ellas por si teníais alguna plan, o por si esto les parecía mal. Pero accedieron. Así que los únicos que tenéis que decidir sois vosotros. ¿Es que os parece mal?
—Un momento... —interrumpió William—. ¿Y Carlos? ¿No le has avisado?
—Claro que sí —mintió Sam con naturalidad—, pero me ha dicho que está en el cine.
Por supuesto, no había escrito al chico. Aunque este sí había intentado escribirla aquella tarde. Pero Sam estaba dolida con él desde que le había visto besándose con Brynja. Y toda la Academia aseguraba (aunque a saber cómo se habían enterado) que se habían acostado, lo cual la había enfurecido por completo. Así que ahora era su momento. Iba a disfrutar de un maratón de sexo sin él. Con sus mejores amigos, en los que podía confiar plenamente, ignorando el mensaje de Carlos.
—Sigo pensando que esto es un poco raro... —dijo Ulrich. Sam se puso entre él y Jeremy, y tomándole de las manos, se las juntó.
—No espero que os centréis en exclusiva en mi. Si os apetece también hacerlo entre vosotros me parece bien. Esto es parte del Acuerdo, ¿verdad? Que lo pasemos bien todos con todos. Y eso es todo lo que me apetece hoy. Somos mayores todos. Y si a alguien no le apetece, puede irse. De verdad. Esto es solo un plan entre amigos.
Los chicos se miraron entre sí. Aquello les seguía pareciendo... quizá la expresión que más se aproximaba al pensamiento que tenían todos eran "extremo". Pero la chica parecía muy segura de lo que decía, y sus palabras eran convincentes. Odd buscó la mirada de William. Este se encogió de hombros. Al fin y al cabo, seguían perteneciendo al Acuerdo, no querían renunciar a ello.
—Pues si a ella le parece bien, yo me apunto —dijo el rubio, y para demostrar su intención, se quitó la camiseta. La chica dió un gritito de alegría y un par de palmaditas.
—¡Guapo! —le dijo, y le imitó, dejando al descubierto su sujetador de encaje (escogido adrede para la ocasión)—. ¿Y los demás?
Por respuesta, sintió que Ulrich la tomaba por la cintura, le acercaba a ella, y le daba un suave beso en los labios. Eso la animó. Por el rabillo del ojo vio que los demás empezaban a quitarse la ropa también. Maravilloso.
Carlos miraba su teléfono, extrañado, mientras caminaba por el Kadic sin un rumbo fijo. No daba con nadie, como si se los hubiera tragado la Tierra. Especialmente Sam... llevaba días que quería hablar con ella, pero con las clases y lo de Sissi no había tenido un momento. Pero no estaba en su cuarto (o no había querido hablar con él), y tampoco le respondía a sus mensajes. E intentando quedar con los demás también se había encontrado con puertas cerradas.
Tan ensimismado iba que casi se chocó contra dos chicas al torcer una esquina.
—¡Perdón! —exclamó.
—¡Carlos!
Tras el susto inicial, las reconoció. Eran Aelita y Emily, dando un paseo.
—Menos mal —suspiró al verlas—. Pensé que os habían abducido unos aliens o algo.
—¿De qué hablas? —preguntó Emily, extrañada.
—Del grupo. Están todos desaparecidos.
—¿Desaparecidos? —preguntó Aelita—. Pero ¿qué haces tú aquí?
—Buscaros... pero no encontraba a nadie del grupo. ¿Sabéis donde están?
—Pues... donde deberías estar tú —continuó la pelirrosa—. ¿No os había escrito Sam?
—¿Sam?
Emily creyó entender lo que estaba ocurriendo.
—Carlos, Sam os iba a enviar mensajes a todos citándoos en The Hermitage. Para tener sexo. Y Jeremy y Patrick lo han recibido.
El chico tardó menos de diez segundos en procesar la información. Y salió corriendo en dirección a The Hermitage, más rápido de lo que jamás había corrido.
—¿Qué me he perdido? —dijo Aelita.
—Creo que lo sé. Vamos.
La situación en The Hermitage se caldeaba a fuego lento. Camisetas y sudaderas estaban echadas a un rincón. Samantha envolvía con los brazos al cuello de Patrick, mientras sus lenguas se reconocían mutuamente. La chica notaba a su espalda a Jeremy, quien acariciaba su cintura mientras sentía que le crecía el bulto de sus pantalones contra su culo, aún cubierto por las bragas de encaje negras. Por su parte, William desabrochaba el pantalón de Patrick, disfrutando del tacto de su piel mientras se lo iba bajando, con Ulrich metiendo la mano por debajo de su bóxer. Odd por su parte gateó detrás de Jeremy y le bajó la tela del bóxer, masajeando sus nalgas.
—Mmmm... y eso que no os veía convencidos —rió la chica cuando los labios de Patrick alcanzaron su cuello. Las manos de Jeremy alcanzaron su sujetador—. ¿Por qué no me lo desabrochas? —le pidió. Y se sintió más liberada cuando lo tuvo quitado—. Qué manos más calentitas —suspiró cuando el chico le masajeó los pechos.
Se dio la vuelta para besarle y dejó que Patrick acariciase su cuerpo. En ese momento tiró de la goma de su bóxer. Era el momento de ir un paso más allá. Se mordió el labio. Tenía muchas ganas.
Pero todos se quedaron paralizados por un momento. ¿Habían escuchado la puerta? No, eso no era posible. Sam intentó volver a la acción. Acarició la cara de Jeremy, con la intención de volver a besarle. Y entonces, unos pasos resonaron y terminaron en la puerta.
—¡Carlos! —exclamaron todos.
El chico llegaba con la respiración agitada por la carrera que se había pegado. Y ahora miraba ojiplático la escena.
—¡Carlos! —dijo Sam, nerviosa—. ¡Has podido venir al final! ¡Más diversión!
—Sam... ¿qué está... pasando? —resolló.
—Pues... que estábamos a punto de empezar. Pero te esperamos —añadió, con una sonrisa. No contaba con su aparición espontánea, pero al final, uno más para la fiesta. Aunque fuera... él.
—Sí... ya me ha contado Emily lo que pensabas hacer... —a pesar de la situación, Carlos se reprendió internamente por no hacer un poco más de deporte. Le había estallado el flato en la carrera y aún le dolía—. ¿Qué te he hecho? —preguntó.
—¿Eh? Nada. Si ya sabes a lo que hemos venido... ¿a qué esperas? —dijo Sam, intentando aparentar inocencia.
—Solo quiero saber por qué no me has avisado de... esto.
—Claro que te he avisado. Pero no te llegaba el mensaje. Pensé que te habías quedado sin batería...
—Pero, ¿no habías dicho que se había ido al cine? —preguntó Odd.
Sam palideció. No contaba en absoluto con la aparición de Carlos. Todo aquello le había pillado por sorpresa. Y ahora, de pronto, todos la miraban. Pero no con el deseo que se había formado hacía unos minutos, sino con la sombra de la duda. Intentó salir del paso.
—Bueno. Sea como sea, ¡cuántos más mejor! Si quieres unirte, claro —le ofreció.
—No... no me habías invitado a venir, así que supongo que no me querías aquí. Pero me gustaría al menos saber por qué.
Sam apartó la mirada. Y en ese momento, Patrick recordó lo que había pasado en el cumpleaños de Sissi, pero que el plan para atrapar a Hervé lo había apartado de su cabeza.
—Espera, ¿no te contó que le gustas? —preguntó al recién llegado.
Todos los demás se quedaron helados. Miraron a Sam, pero ella volvió la cabeza. Maldito... Intentó decir algo más, pero en ese momento abrió los ojos mucho, sin entender. Los chicos volvían a ponerse los pantalones.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó, confusa.
—Creo que aquí tenéis mucho de qué hablar —dijo Ulrich. Lanzó a Odd su camiseta y luego se puso la suya.
—¡De eso nada! —protestó Sam, pero los chicos continuaron vistiéndose.
—Bueno. De todas formas, está claro que lo de hoy no era buena idea —añadió William—. Creo que tus razones para hacer esto... bueno, están bastante claras.
—¡Que yo lo que quiero es follar! —gritó ella.
—Pero por despecho —intervino Jeremy—. Y eso nos corta bastante el rollo.
—Cuídala —dijo Patrick al pasar al lado de Carlos. Había sido el primero en terminar de vestirse y se fue de allí, seguido por los demás. Odd salía a la pata coja, intentando meter el pie en la zapatilla, pero queriendo salir de allí cuanto antes.
Los cinco salieron de The Hermitage, donde para su sorpresa acababan de llegar Emily y Aelita. Sin darse cuenta de que, en ese momento, todos eran observados por Hiroki, Tamiya y Milly, que se habían ocultado entre los árboles cuando vieron que Carlos llegaba a todo correr al edificio. No entendían nada. ¿Qué ocurría en esa casa? ¿Por qué salían todos cuando entraba el español? Pero no podían escuchar la conversación a distancia, y vieron como el grupo se iba diluyendo, cara uno saliendo en una dirección.
Sam, que seguía tapada únicamente por las bragas, se había quedado mirando a Carlos, muy enfadada. No le gustaba cómo se había torcido la tarde. Y todo por el bocachanclas de Patrick... y la chivata de Emily, que le había contado dónde les podía encontrar.
—Sam, yo...
Pero no pudo acabar la frase. La chica le sujetó por el cuello del jersey y le hizo entrar en la habitación. Antes de darse cuenta, se lo había quitado y empezaba a desabrocharle los pantalones.
—¡¿Qué haces?!
—Yo he venido aquí a echar un polvo, y te juro que lo voy a echar —gruñó ella. El chico se ponía las manos delante, impidiendo su acceso—. Así que ya estás cumpliendo como un hombre.
—¡Oye! ¡Eso que ha dicho Patrick...!
—¡Tú elegiste tirarte a la amiga de Sissi, pues muy bien por ti! —estalló Sam—. Yo como si me quiero tirar a toda la selección de fútbol francesa. Pero como no les tengo a mano, iba a hacerlo con nuestros amigos, porque...
—¡Tú también me gustas! —interrumpió él.
Una vez había salido de The Hermitage, y la gente se fue separando, Ulrich volvía rumbo a Kadic con Odd y William, mientras llamaba a Yumi.
—¡Ulrich! —exclamó ella al descolgar el teléfono—. No esperaba que me llamases. ¿No os había citado Sam?
—Sí, de ahí vengo.
—¿Tan rápido habéis terminado? ¿O es que... no te apetecía? —preguntó, preocupada. Cuando Sam le había contado el plan, había pensado que era buena idea, pero a lo mejor Ulrich no pensaba igual.
—No es eso. Ha habido un cambio de planes, luego te cuento —dijo el alemán—. El caso es que tengo la tarde libre, y estoy por aquí con Odd y William. ¿Te apetece que vayamos al cine?
—Pues... quizá un poco más tarde. Justo me estaba escribiendo Camile. Quería hablar con nosotros. Estaba a punto de decirle que estabas ocupado hoy, pero si te parece bien...
—De acuerdo. ¿Quedamos en la cafetería de siempre?
—Me parece bien. Te veo allí.
Y colgaron.
—Pues os dejo, chicos. He quedado con Yumi. ¿Os hace luego un cine?
—Vale. ¿Nos avisas? —preguntó Odd.
—Yo os llamo.
Ulrich desvió su camino cuando alcanzaron la Academia, el camino más corto hacia la cafetería. El chico sabía que lo mejor cuando estuvieran libres era llamarles. Cuando Odd y William se quedaban a solas, perdían la percepción del tiempo e ignoraban los mensajes. Hacían bien, de todas formas. Que disfrutasen.
Cuando llegó a la cafetería, Yumi estaba ya allí. Se dieron un beso fugaz y luego entraron al local. Camile tardó cinco minutos más en aparecer.
—Perdonad —dijo mientras se sentaba a la mesa—. No había quien aparcara. De milagro se acaba de ir uno aquí enfrente.
—No te preocupes —dijo Yumi. En ese momento llegaron las bebidas. Camile se sorprendió al ver su café favorito delante de ella—. Ha sido Ulrich quien ha recordado cómo te gusta el café.
—Gracias —susurró ella, avergonzada, y le dio un trago a su vaso. Estaba perfecto—. No se qué haría sin vosotros... Y hay algo que os tengo que contar.
—Tu dirás. ¿Es algo malo? —preguntó Ulrich.
—No. Es decir, creo que no... Pero incluye algo que quizá no os guste —dijo, tragando saliva— Hace unos días, Nigel vino a hablar conmigo. Me pidió perdón, otra vez, por el día aquel cuando me montó el pollo porque me había citado con vuestro amigo William. Y me pidió que le diera otra oportunidad.
Yumi abrió mucho los ojos. Apenas hablaba con el chico desde aquel día.
—Y decidí probar a tener una cita con él. Estuvimos cenando fuera anoche, y la verdad, es que... muy bien. Me gustaría poder darle otra oportunidad.
—Bueno. Han pasado muchos meses desde aquello... y ahora William está feliz con Odd —comentó Ulrich.
—Pero eso no es suficiente —dijo Camile—. De hecho... —miró su reloj—, ahora mismo debería estar en Kadic, disculpándose con William.
—¿Por qué? —preguntó Yumi.
—Porque es amigo vuestro, y eso es importante para mi. Lo que hizo no está bien. Y si le voy a dar la oportunidad, tiene que ser así.
—Es un gesto por tu parte —dijo Ulrich. «Solo espero que William no intente pelearse con él», pensó.
—¿Y qué vais a hacer con respecto al... club? —preguntó Yumi.
—Bueno, por eso quería hablar con vosotros. Oficialmente vamos a ser pareja tradicional cerrada. Pero seguiremos yendo al club si nos apetece, los dos juntos. Y no haremos nada sin conocimiento del otro. Así que, con respecto a vosotros, si en el club os queréis acercar a mi y no a él... dice que lo entiende y que lo acepta.
—Pero... ¿él quiere hacerlo?
—Me dijo, palabra por palabra, "Me encantaría hacerlo con Yumi mientras Ulrich y tú os lo montáis".
—Guau...
—Aunque acepta que eso difícilmente ocurrirá. Salvo que vosotros estéis de acuerdo. Yo en ese sentido me siento un poco mal por él, pero acepta que sigue habiendo un montón de chicas atractivas en el club y que no se sentirá solo. Pero...
—¿Pero? —insistió Yumi.
—Bueno. Quiero que podamos salir con vosotros, en plan parejas, por ahí. Y si algún día pensáis que se lo merece... o más bien, os apetece, podéis proponernos acabar la velada... de un modo más íntimo —dijo, un tanto azorada—. De esto él no sabe nada porque no le quiero crear falsas expectativas. Yo tampoco espero que ocurra. Aunque, bueno, ya sabéis que me encantaría.
Los tres se pusieron colorados con sus palabras. Yumi se quedó pensativa. Ulrich y ella ya habían comentado la posibilidad de abrirse un poco más con Camile. Había recuperado su confianza con ella, pues no había vuelto a romper los límites con ellos, de forma que no le era incómodo aceptar encuentros con ella. Al fin y al cabo, también lo había disfrutado con su amiga, y no sentía la necesidad de meter a otro chico para llegar a una suerte de equilibrio. Pero Nigel podía ser otro cantar con respecto a Ulrich.
De modo que se sorprendió bastante con la iniciativa de su novio:
—¿Por qué no nos terminamos las bebidas y vamos a Kadic? Yumi y yo íbamos a ir al cine con Odd y William, pero si todo está bien con Nigel, podéis veniros también.
—¿De verdad? —preguntó Camile, con un deje de ilusión en la voz.
—Claro. Estamos diciendo que todos seamos amigos. Vamos a demostrarlo.
—Gracias, Ulrich —respondió Camile, y tomándole de la mano, le dio unos besos en el dorso—. Yo invito a esto, vuelvo en seguida.
Se levantó para pagar, y Yumi aprovechó para hablar con Ulrich.
—¿Estás completamente seguro?
—Es solo un cine. ¿O es que te parece mal?
—Al contrario. La verdad es que me he aburrido un poco estos meses sin poder al menos hablar con él en clase. Y lo que dice Camile...
—¿Tú quieres acostarte con él?
—Joder. ¿Así a bocajarro? —dijo Yumi—. ¿Con sinceridad? No lo sé. Y lo digo en serio porque jamás me lo planteé. ¿A ti te parecería bien? Bajo las condiciones que hemos comentado.
—Tampoco lo sé —reconoció Ulrich—. Bueno. Admito que tengo que luchar un poco contra mis viejos prejuicios. Pero no quiero ir pensando nada negativo de él. Veamos si se gana nuestra confianza... y si con esa confianza nos animamos o no.
Lo amaba. Por Dios que lo amaba. Le dedicó una amplia sonrisa y este se la devolvió. Camile regresó a la mesa, después de pagar. Ulrich y Yumi se pusieron en pie, y los tres salieron de allí para montar en el coche de Camile.
Odd y William se habían dirigido al edificio de los estudiantes. No iban muy rápido. No porque les faltaran ganas, sino porque se iban besando cada pocos pasos. Las normas de Kadic no impedían los besos, pero sí las manos fuera de lugar, tanto por dentro como por fuera de la ropa (y especialmente lo que vulgarmente se llamaba "refrote"), y al rubio le gustaba jugar de ese modo con William, pues sabía que "picarle" aumentaba sus ganas.
—¿Qué me vas a hacer cuando estemos arriba? —le preguntó al oído cuando entraron al edificio.
—Lo que más te gusta...
—¿Hamburguesa con patatas?
Se echaron a reír.
Y en ese momento sonó el teléfono de William, para sorpresa de ambos. Demasiado pronto para que Ulrich les llamase, ¿no? Salvo un cambio de planes. El escocés se sacó el móvil del bolsillo y vio un número que no conocía. Descolgó, extrañado, mientras Odd le iba dando besos por la mejilla.
—¿Diga?
—¿William?
—Sí, soy yo... ¿Quién es?
—Soy Nigel... —respondió una voz dudosa—. No se si te acuerdas de mi...
—¿El que montó el espectáculo el día que quedé con Camile? —el tono meloso de William con Odd se había esfumado y ahora estaba molesto. Odd dejó de interrumpirle, quedando solo abrazado a su cintura.
—Sí, ese —reconoció la voz, tragando saliva—. ¿Estás por el Kadic? Estoy en la verja ahora mismo.
—... Voy.
Y colgó.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Odd, que había escuchado lo que decía Nigel.
—Como quieras... no se qué pretende este gilipollas ahora —respondió William. Sintió la mano de Odd abrazarse a la suya, y la aceptó mientras se ponía en marcha a la puerta, a paso ligero.
El rubio se preocupó. Recordó cómo había estado William después de aquella cita, y aunque habían pasado meses, entendía que siguiera su enfado. No tardaron mucho en alcanzar la entrada, donde estaba Nigel, que caminaba por la acerca mientras aguardaba. Cuando le vieron, el rubio pretendió soltar la mano de William, pero este le sujetó con más firmeza.
—Nigel —dijo a modo de saludo. Este se detuvo, y les miró frente a frente. El escocés le examinó. Ante la más mínima expresión negativa por ir de la mano con un hombre, ese imbécil probaría el sabor de sus puños.
—Hola —saludó este, un tanto nervioso. Alargó la mano a modo de saludo, pero al darse cuenta de que no había reciprocidad, se la guardó en el bolsillo de forma mal disimulada.
—¿Qué querías? —preguntó el escocés a bocajarro. Sintió que el pulgar de Odd le acariciaba el dorso de la mano. Intentó relajarse un poco.
—Quería hablar. Es decir, disculparme. Por mi actitud aquel día. Quiero que sepas que es cierto que no os seguí... Pero no debí interrumpir de aquella manera. Me faltaron las formas... y el respeto. Ella tenía derecho a quedar con quien fuera.
—Pero han pasado meses desde aquello. ¿Por qué has venido hoy?
—William... —susurró Odd.
—No, no, si tiene razón —admitió Nigel—. Ha pasado mucho tiempo. Y esto no habla muy bien de mi, pero... Camile me dijo que debía hacer esto para darme una oportunidad.
William resopló. Menuda disculpa.
—Pero fui un gilipollas aquel día. Yumi era una buena amiga y me había hablado bien de vosotros... y la cagué. Me gustaría no sólo poder empezar algo con Camile, sino retomar mi amistad con Yumi, y si sois amigos suyos, quiero que también podamos serlo. O lo más parecido posible. No me gusta lo que hice, y te pido perdón por eso.
Sus palabras habían removido algo en William. Algo bastante reciente. Él mismo había cometido una estupidez que le había costado no solo el destierro del grupo, sino que había estado a punto de perder a Odd. Lo más importante que había para él en ese momento y que no había sabido valorarlo hasta que casi fue demasiado tarde. Sintió que su novio le apretaba fugazmente la mano un par de veces.
—De acuerdo —aceptó—. Todos nos equivocamos. Acepto tus disculpas —añadió, adelantando la mano y relajando un poco el cuerpo.
Nigel se acercó a estrechársela, con una sonrisa tímida.
—Bueno, y aprovecho para daros la enhorabuena. Espero que os vaya bien, de verdad.
—Lo mismo decimos sobre Camile y tú —dijo Odd, sabedor de que William en ese momento no añadiría nada—. La verdad, a mi también me gustaría que ampliásemos el círculo de amigos.
—¿Quieres pasar a tomar algo? —preguntó William.
—La verdad, estoy esperando a que venga Camile. Iba a comentar unas cosas con Yumi y Ulrich y luego iba a venir por aquí.
—Pues con Ulrich y Yumi íbamos a quedar para un cine... si os apetece venir...
—¿De verdad?
—Me parece bien —intervino William—. Así podemos aprovechar a conocernos un poco más.
—Así que se os ha estropeado la tarde... —comentó Emily, con una media sonrisa. Se había sentado con Patrick en un local que no conocían mientras tomaban un refresco.
—Si te parecía mal le podías haber dicho a Sam que no... —respondió Patrick, un tanto azorado.
—Me parecía mal por la misma razón por la que os habéis ido. El despecho. Aunque ella aseguraba que no, yo sabía que ahí pasaba algo.
—¿Entonces no pondrías pegas a algo así si se diera la ocasión? —se sorprendió Patrick.
—No lo sé... Alguna vez he pensado en algo así —reconoció la chica, un tanto azorada—. Aunque con tu conocimiento, y tu consentimiento, y estando tú.
Patrick se sonrojó un poco. Siempre había considerado a Emily una persona más tradicional con respecto al sexo. Y no le parecía mal. Él mismo había tenido fantasías de diversa índole, pero sabía que no las necesitaba cumplir. Aunque tener a Emily abierta de mente quizá le permitía realizarlas. Pero sabía que tenía que ser un win-win. Ambos debían salir ganando, no resignarse ambos a los deseos del otro.
—En fin... se acercan los exámenes finales... y pronto será verano —suspiró Emily, intentando reencauzar la conversación. En aquel momento lo que menos le importaba era el sexo.
—Y vacaciones. ¿Podremos vernos algunos días?
—Justo el otro día llamé a mi padres para preguntarles. Ahora soy mayor de edad, pero sigo dependiendo de ellos, y si me voy a cualquier sitio, tienen que saberlo.
—¿Y qué te dijeron?
—Se van a la costa el mes de julio. Y quieren que esté la primera semana allí con ellos —le contó—. Y las otras tres semanas... que eres bienvenido. O que me puedo ir contigo, si quiero. Solo me han pedido una semana para ellos. Ya sabes, que su niña crece...
—Jo... Y yo pensando que no te vería...
—Les caíste de maravilla. Ni siquiera tuve que preguntarles si podías venir, me lo dijeron todo ellos. Te los has ganado fácil —dijo con una sonrisa cálida.
—Me alegro —respondió él un tanto azorado—. Bueno, la verdad es que mis padres también te quieren conocer. Aunque sería para la última semana de julio, que se van a la montaña...
—Eso nos deja dos semanas en la playa —sonrió Emily—. Si quieres venir, claro.
—¡Claro que quiero! Pero dos semanas... quizá es mucho abusar. Y yo también querría que nos fuéramos a algún sitio... los dos solos.
—Mis padres te lo ofrecen —le recordó ella—. Y ya que dices lo de los dos solos, hay algo que me gustaría proponerte.
Se sacó el móvil e hizo una búsqueda rápida. Sonrió, y se lo mostró a Patrick. Era una oferta de un piso en alquiler.
—Como el año que viene vamos a ir a la universidad, pensé que estaría mejor tener un pisito propio que aprovechar la residencia... Y me gustaría que vinieras a vivir conmigo. Es decir, juntos...
Estaba nerviosa. Patrick estaba sorprendido. Miraba alternativamente al teléfono y a su novia, que había bajado la vista. Echó un vistazo rápido al piso. No estaba mal, desde luego. Aunque no esperaba una propuesta como aquella tan repentinamente.
—Llevamos juntos cuatro meses... —le recordó él.
—Lo sé... Es poco tiempo. Entiendo si no te apetece —se apresuró en decir ella—. Pensaba que si no, alguno de nuestros amigos podría querer compartir piso, pero primero te lo quería proponer a ti porque...
Sintió las manos de Patrick cubriendo las suyas.
—Solo he dicho que llevamos juntos cuatro meses —empezó Patrick con calma—. Aunque tú me llevas gustando desde mucho más tiempo. Y me encanta estar contigo. Pero convivir es muy complicado. ¿Has pensado en cómo nos organizaremos?
—No... no, era solo una idea que me gustaba, pero...
—Entonces —interrumpió— sí que quiero ir a vivir contigo.
Emily quedó muda por unos momentos. ¿Qué había dicho? ¿Estaba sonriendo?
—¿De... de verdad?
Patrick asintió varias veces.
—Cuando he visto que ya habías mirado piso, me ha dado un poco de miedo —reconoció—. Si vamos a ir a vivir juntos, quiero que tomemos las decisiones juntos. Incluso el piso. Que este no está mal, pero... igual podemos mirar otra cosa. En fin, que me lío. Que quiero vivir contigo pero como iguales. Sin tirar el uno del otro, como dos iguales. Como hasta ahora. No quiero que eso cambie.
—Es difícil que la convivencia no cambie las cosas —le recordó ella, con un temblor en la voz.
—Bueno. Pero sabiendo eso, podemos hacer por impedirlo. O intentar cambiar para bien.
—Te quiero...
—Y yo a ti también —sonrió.
Aelita y Jeremy, por su parte, se habían alejado del grupo cuando ella recibió una llamada de Anthea, y habían dado un largo paseo hasta llegar a su casa. Iban de la mano. El cumpleaños de Sissi les había ayudado a recuperar un poco la cercanía, el volver a estar juntos con más frecuencia. El chico se había comprometido con ella y estaba cumpliendo de maravilla.
Cuando llegaron fueron recibidos por la mujer, quien les invitó a entrar.
—Venid por aquí —les indicó entre susurros. Para sorpresa de los dos, el señor Delmas estaba tumbado en el sofá de Anthea, completamente dormido. Pero sus ojos...
—¿Ha estado llorando? —preguntó Aelita mientras llegaban a la cocina.
—Una barbaridad... —suspiró Anthea— Se siente impotente por no haber podido hacer nada por Sissi... Incluso la ha llamado llorando suplicándole perdón... He conseguido que se quedase ahí dormido un rato...
—Pobre... —suspiró Jeremy—. Yo ya había intentado ayudar a Sissi... y si enterarme de eso fue duro, ni me imagino lo que debe estar pasando él.
—Aunque como mujer adulta debería reprobar lo que habéis hecho por vuestra cuenta... tengo que decir que Sissi es muy afortunada de teneros. He intentado decírselo, pero bueno. Hoy tenía que desahogarse.
Mientras hablaba, empezó a preparar café. Jeremy y Aelita se apresuraron, el primero en sacar la botella de la leche de la nevera, y Aelita de llevar el azucarero y las tazas a la mesa. Por fin estuvieron todos sentados.
—Bueno. Veo que estáis bien —comentó Anthea. Jeremy tuvo que apartar la mirada—. Tranquilo. Que Aelita esté bien es lo importante para mi. Y todas las parejas pasan por momentos malos.
—Mamá, no hay que seguir hablando de ese tema... —intervino Aelita.
—Lo sé. De lo que tenemos que hablar en serio es de tu viaje.
—¿Mi viaje?
—La beca para el trimestre que viene.
Aelita suspiró. Pero fue Jeremy quien intervino.
—Aelita y yo ya acordamos que podemos estar un tiempo separados sin que ocurra nada malo entre...
—No se trata solo de que pase algo malo, Jeremy —intervino Anthea, con calma—. Se trata de que mi hija no puede dejar de vivir.
—Mamá, yo...
—No, Aelita. Escúchame tú. ¿Por qué no quieres irte como estaba planeado? Si es porque no te apetece, de acuerdo. No te insistiré más. Pero si lo haces por mi... no puedo permitirlo. Tienes que irte.
—¡Lo dices como si fuera algo malo querer pasar tiempo contigo! —protestó la pelirrosa.
—No he dicho eso —continuó la mayor, con dulzura—. Lo que es malo es perderte cosas por pensar que estás tirando el tiempo conmigo. Yo no me voy a ir, hija. Aquella etapa terminó por fin. Soy libre. Y no quiero que mi regreso sea un cautiverio para ti.
—Pero...
—Si quieres que nos veamos durante tu ausencia, puedo montarme en un avión y plantarme allí en un momento para un fin de semana —le recordó Anthea. No estaba dispuesta a que su hija se quedase en tierra por su culpa—. Además solo eran unas semanas. Para Navidad estaríais de vuelta, y el resto del curso lo pasaríais aquí.
Aelita miró a Jeremy, solicitando su ayuda. Se tomó unos segundos antes de responder.
—Quizá mi respuesta no es la más justa... porque yo quiero que vengas conmigo —empezó—. Pero creo que tu madre tiene razón. Será poco tiempo. Y cuando volvamos tendréis mucho tiempo para estar juntas. No es que te estés alejando ni te estás olvidando de ella. Solo estás siguiendo tu camino en la vida.
La pelirrosa dejó que se le escaparan dos lágrimas antes de reponerse.
—Quiero que me prometas que vas a venir a verme —dijo, mirando a su madre—. Y a ti... más te vale que el colisionador de hadrones merezca la pena.
—Y si no, me ocuparé en persona de remodelarlo entero —bromeó.
Aelita se echó a reír. Aunque aún no estaba convencida del todo, sabía en el fondo que su madre tenía razón. No se iba a ir, no iba a volver a perderla. Eran una familia, y aunque estuvieran lejos un tiempo, volverían a verse pronto.
—Te odio... —gimoteó Sam—. No puedes decirme que te gusto después de tirarte a Brynja...
Cuando Carlos había dicho «me gustas», ella le arrojó lo primero que tuvo a mano. Que era su propia ropa. Luego se dio la vuelta, sentándose en el suelo, con la respiración agitada. El chico, sin valorar volver a ponerse el jersey, se acercó a ella, y se sentó también, a una distancia prudencial. Pero se había ido acercando mientras ella no daba señales de rechazo, hasta que al final su torso descubierto entró en contacto con la espalda desnuda de Sam.
—No me he tirado a Brynja —susurró el chico, apoyando la cabeza en la de su amiga.
—Mentiroso... os vi dándoos el lote en el cumpleaños de Sissi... y ella salió de tu dormitorio al día siguiente.
—No deberías creerte todo lo que te dicen...
—¡Yo lo vi! —escupió ella, enfadada.
—Sam, no puedo negar que me besé con ella. Pero te aseguro que no nos acostamos.
—No te creo... ¿qué hacía saliendo de tu habitación?
—A ver... Esa tarde yo salí de la fiesta un rato. Y Brynja me siguió. Me dijo que bueno, que se iba ya el lunes, y que el domingo no podríamos vernos mucho, que me acordase de escribirla... y al final me besó —escuchó a Sam resoplar—. Estuvimos un rato así y decidimos subir a mi habitación.
—Te la querías tirar —gruñó ella.
—Joder, se me habían disparado las hormonas —dijo él, con fastidio—. El caso es que en mi cuarto continuamos los besos. Se me tumbó encima... y empezamos a quitarnos la ropa —reconoció.
—Tengo unas ganas de pegarte ahora mismo...
—No pasamos de ahí —interrumpió Carlos. Sam volvió la cabeza para mirarle—. Ni siquiera nos desnudamos. Nos quedamos en ropa interior pero no hicimos fuimos más allá.
—¿Por qué no?
—No me vas a creer si te lo digo.
—Pruébame —le desafió.
—Yo no podía seguir porque ella no eras tú.
Sam se abalanzó a por él, tirándole al suelo y sujetándole (apretándole) los hombros contra el suelo.
—No te atrevas...
—¿A qué? Ella no eras tú. Y tú eres quien me gusta. Brynja es un amor de chica y muy atractiva, pero eso no puede cambiar lo que siento por ti. Y si me di el lote con ella era porque me sentía solo y era agradable, pero no la podía utilizar para el sexo. Era demasiado.
—Idiota... —susurró ella—. No puedo creerme esa mentira... Brynja salía de tu habitación sonriendo, no puede hacer eso si la rechazaste... Ninguna tía haría eso...
—Es que ella tampoco quería acostarse conmigo —soltó el chico—. Cuando se lo dije, me dio las gracias. Porque Brynja es aún virgen y...
—¡Mentira! ¡Brynja y Odd se desvirgaron mutuamente! ¡Eso lo sabe todo el mundo! —estalló Sam.
—Eso fue una mentira que los dos acordaron. Pensaron que si la gente pensaba que habían tenido sexo, serían más populares. Pero Brynja me aseguró que Odd no había llegado a tocarle ni una teta. Y que aunque se sentía cómoda conmigo, seguía sin sentirse preparada. Así que me propuso repetir la mentira, y que todo Kadic se lo creyera, porque si las cosas salían mal... ella se iba y yo podía quedar como un perdedor.
Sam intentaba procesar todo aquello. Pero incluso si todo eso era verdad, no quitaba todo lo que había ocurrido.
—¿Y entonces? ¿Os fuisteis a dormir sin más?
—Nos vimos una película. Y luego se quedó a dormir, conmigo en mi cama, pero no hicimos nada. Ella salió al día siguiente de mi cuarto como si hubieramos pasado la noche como conejos, y me dio un beso antes de irse. Nada más.
—Y a ti te daba igual que la gente pensara que te la habías zumbado...
—¿Lo que pensara la gente? Sí. ¿Lo que pensaras tú? Claro queno... Si lo que ha dicho Patrick es cierto y te gusto... y lo hubiera sabido... no habría tenido ni una cita con ella.
—No sé, Carlos... no se cómo puedo creerte...
La chica se bajó por fin de él y se tumbó a su lado. Necesitaba pensar en lo que le había contado. Si fuera verdad todo eso... sería feliz. Pero quizá simplemente Carlos tenía mucha labia y la estaba engañando. Aunque le conocía, o eso pensaba. No se inventaría todo eso. Especialmente algo como lo de que la otra era virgen, ¿no?
De pronto se dio cuenta de que los ojos de su amigo miraban a los suyos. Carlos estiró la mano, buscando acariciarle la mejilla, y ella se dejó.
—Quería contártelo todo —dijo con voz ronca—. Pero hubo que preparar lo de Sissi, y bueno... Había pensado aprovechar cuando todo pasara... No pensé que intentaras... esto...
—¿Me lo echas en cara? —bufó Sam. Aún no estaba segura del chico.
—No... Sam, tú has sido mi mejor amiga desde que estoy en el Acuerdo. Y si quieres hacerlo... llamo yo ahora mismo a los demás para que vengan y yo me voy si eso querías. Pero me gustas de verdad. Y quiero estar bien contigo, aunque solo sea como amigo tuyo o...
No pudo acabar la frase. Sam se adelantó un poco y le plantó un beso en los labios. Poco a poco se aproximaron, sus manos se abrazaron atrayéndose mutuamente.
—Tú también me gustas —dijo, liberando por fin el pensamiento—. Y vamos a estar juntos, ¿vale? —preguntó, y Carlos asintió, sonriendo—. Solo necesito... que no comentemos lo de hoy, por favor... No se en qué pensaba...
—Por mi ya está olvidado —aseguró Carlos.
—Bueno... no se si esto es una idea buena o no, pero... estamos solos... Aelita me ha dejado la casa... y tendríamos que formalizar nuestra relación, ¿no? —propuso Sam.
—¿Y en qué... pensabas? —preguntó el otro, pero ella empezaba a ponerse sobre él.
—No sé... vamos improvisando —dijo antes de plantarle otro beso.
