Capitulo 3: Cruce de sentimientos.

Se había vuelto importante con el correr del tiempo, se había vuelto su sostén y definitivamente se había vuelto hermoso; y ahora que la veía desnudo descubría que "Hermoso" le quedaba exiguo, el mote de "Idol" insulso, y el de "belleza" no le llegaba ni a los talones. Era un ángel, era único. Y lo tenía para él, gimiendo por y para él.

Sí, se sentía agraciado, más que eso privilegiado. Había miles de chicos y chicas en la escuela que morirían por tener al menos una foto del lástima que se había enamorado del chico que le prestaba menos atención de todos, más él lo tenía, en cuerpo y alma, bajo el acariciando su piel, besando sus labios y deleitándose con esa suave voz que emitía fuertes gemidos y sonoros jadeos por la excitación.

Fue la primera vez de ambos, y pese a la inexperiencia los dos llegaron a la conclusión de que había sido un éxito rotundo. Quizás fue apresurado, atolondrado pero en su justa medida lo que dos jóvenes de su edad necesitaban.

Kirino acercó su rostro, sonriente, al de Shinou quien le recibió con cariño sin dejar de acariciarle el cabello. Le encantaba, desde el color, a la textura y el aroma del mismo. Todo en el era indescriptiblemente perfecto. Ese era kirino su mejor amigo, su ser más cercano en todo el mundo.

—Takuto…te quiero —susurró Kirino en un leve sollozo con lágrimas a punto de empañar aquellos hermosos ojos cielos de los que era dueño.

Por ser un poco o tal vez demasiado inexperto quizás no supo entender el significado complejo de esa frase, él no sabía que después de intimar con un hombre, más tratándose de la primera vez, se depositaba demasiada confianza. Se crea un vínculo, o al menos se trata de crear para sentir que hay algo más que sólo piel. No, no se trata de amor, si no de seguridad y entrega. Kirino había puesto más que el cuerpo en esa primera vez, mientras que para el pianista había sido una experiencia nueva; la mejor sin lugar a dudas.

—Yo también, mi querido Ranmaru —Resoplo el mediocampista mientras una de sus manos secaba las lágrima nacientes del pelirosa a un sin lograr entender a qué se debía tanta emoción.

Desde hacía semanas Shindou se mostraba lejano. No distante con él o desamorado. Seguía siendo el mismo Shindou Takuto noble y atento con las personas que le importaban, todo un caballero de nobles modales, pero Ranmaru sentía que por más que trataba de aferrarlo no lograba alcanzarlo. Algo en el capitán, a lo que no sabía darle nombre, era inalcanzable. ¿Su corazón, quizás? No lo sabía, pero estaba seguro de que, definitivamente no lograba tenerlo por completo.

—Kirino —Pronuncio Takuto más al nombrarlo de ese modo se corrigió enseguida—, Ranmaru… —negó varias veces queriendo hablar, pero las palabras parecían no querer salir de su garganta y mucho menos cooperar para formar una frase al menos un poco más "decente" que solo monosílabas.

Tomó aire, intuía que si abría la boca podría llegar a lastimarlo y era lo último que quería, lo que menos pretendía.

—Yo… yo puedo amarte —Resoplo kirino de manera extraña aferrándose más al torso desnudo de Takuto, sin embargo el de ojos chocolate supo interpretarlo a la perfección. Lo aferró más a su cuerpo murmurando con tanta paciencia y seguridad que era papable para el de coletas.

—No lo hagas–le indico Shindou, el defensa tembló un poco dirigiendo su mirada al rostro del chico que lo veía con demasiado cariño. Tanto que sus palabras anteriores dolían.

— ¿Por qué no puedo?–le cuestiono el de ojos azules, extrañado, con voz baja y nerviosa al escuchar palabras de rechazo por parte su mejor amigo. El pianista suspiro, acariciando superficialmente el cabello suelto y esparcido del pelirosa.

—Es… complicado–indico el moreno como si fuera lo más difícil del mundo. Kirino tomó algo de distancia y lo observó con curiosidad. Había una razón más que lógica para rechazar el cariño de una persona…

— Si Hay… otra chica que o un chico yo lo siento…–se disculpo el pelirosa bajando la mirada.

—Eres el única —aseguró Shindou de forma tajante antes de que el chico se hiciera ideas equivocadas... —Es… complicado —reiteró—, yo soy complicado, pero eso ya lo sabes Ranmaru —se corrigió con media sonrisa melancólica volviendo a acariciar al chico mientras esta sonreía volviendo a acomodarse en su pecho. Shindou la besó, porque Kirino además de ser hermoso por fuera lo era por dentro, porque no había nadie en la tierra que tuviese tanta bondad. Y seguía pensando, ahora con más ahínco, que el pelirosa no merecía cargar sobre sus hombros tanto peso y tantos problemas después de todo su único error fue enamorarse de la persona equivocada.

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Parecía un pacto implícito eso de guardar silencio y apariencias frente a los demás, eran más que amigos, era como si los dos estuviesen a la espera de algo, como si los dos aguardasen juntos esa llegada que parecía ser inminente.

Se querían, horrores, y aprendieron a quererse mucho más, y el miedo a lastimar estaba ahí latente, existía y atormentaba. Shindou no lo podía controlar, y Tsurugi parecía ser "eso", el factor desencadenante.

¿Desencadenante de qué? De todos los demonios y fantasmas que acosaban y atormentaban a Takuto, porque por más que quisiese guardarlo en el ropero o en algún lugar fuera del alcance de cualquiera hasta del mismo, sabía que no era posible, sabía que, la mera presencia del delantero le ponía en alerta, le hacía darse cuenta de que su corazón tenía un ritmo porque podía oírlo latir con furia. Le ponía de mal humor, lo quería lejos pero a la vez cerca.

Todo era tan contradictorio.

Tsurugi había aprendido a leerlo entre líneas; sabía cuando el Pianista tenías las defensas bajas para contraatacar, y sabía cuando se ponía a la defensiva para guardar distancia. Que Shindou se mostrase más borde con él, más insolente – si es que podía serlo – más introvertido y alejado le daba la pauta para saber y afirmar que iba caminando por terreno firme.

Déjà vu, quizás de lo que iba a pasar: Shindou frenó los pasos y esperó a que Tsurugi lo alcanzase.

— ¿Cuánto más piensas seguirme?–cuestiono con los ojos cerrados el mayor. El mentado ahogó una sonrisa, sabía que el estratega percibía que le estaba siguiendo, y le gustaba hacerle percatarse que él notaba que Shindou sabía que lo estaba siguiendo.

—Pensaba seguirte hasta tu casa–le espeto con simpleza y con las manos en los bolsillos

—Ya sabes donde vivo– indico con rapidez el capitán sin prestarle demasiado atención, en si no tenia humor para lidiar con el

— ¿Es una invitación?–Cuestiono el pelimorado burlón, Takuto lo miró de un poco tratando de aparentar desagrado e ilusionado de que ese desprecio fuera lo suficientemente palpable para que el delantero no atinase a seguirlo o desistiera de su idea. Pero guardó silencio, y fue su error no haberle contestado ya que Tsurugi tomó eso como una clara invitación.

Pero a pesar de eso si el castaño quería o no quería carecía de importancia para el goleador, iría a su casa el día menos pensando. Y él día menos pensado fue uno de mucho calor, al menos para esa época del año. Fue el día que Shindou se dio cuenta de que no podía escapar a sus propios deseos, se descubrió débil y derrotado por ellos. Pero ¿que podía hacer? El siempre había sido ante los ojos del delantero una persona débil. Demasiado para su gusto pero él no tenía la culpa, era de Tsurugi por ser tan entrometido y avasallador. Se besaron, sí, pero Takuto le dejo claro que un beso no significaba nada, aun cuando sabía que iba a terminar quitándose la ropa tarde o temprano porque quería hacerlo desde hacía mucho tiempo.

Si Tsurugi tenía o no tenía experiencia carecía de importancia para el estratega, lo tumbaría boca arriba sobre la cama y le exploraría hasta el último rincón de piel, así quisiera el o no.

Exploró más allá que la piel, se metió en terrenos escabrosos y de los cuales no resultaba fácil salir, porque Kyousuke en toda su inexperiencia se las había ingeniado para doblegar esas endebles fuerzas, endebles porque el Capitán ya no tenía interés en negar lo evidente.

No tenía la culpa, era de Shindou por ser así, por ser quien era. Ambos descubrieron algo en común: que en un inicio les unía la curiosidad, el misterio, la necesidad de descubrir al otro y esas nuevas emociones que se despertaban por hacerlo. Nunca se habían llevado bien como dos simples chicos, como dos amigos varones pueden hacerlo. Siempre había tensión entre ellos, malos entendidos, roces. Y ahora esos roces eran deliciosos, porque habían crecido y se trataban de roces de otro tipo.

Pero dejando de lado las emociones, Shindou descubría la diferencia entre ser el activo y ser el Pasivo no era mejor ni peor, nunca lo compararía… era simplemente distinto. Era otro tipo de contacto: más rudo, pero a la vez más cercano. No era suave, pero tampoco frío. Sí fue brusco y rápido, más de lo que había sido con el pelirosa. ¿Ansiedad, más ganas, deseos? ¿Sería que Tsurugi sabía dónde tocar, cómo tocar, dónde morder, cómo morder? ¿Serían los besos? Puras patrañas, el delantero era torpe, pero lo hacía con ganas, claro Shindou no era más experto que él, pero le ponía casi o más esfuerzo que el pelimorado.

Y kyousuke así descubrió un Capitán distinto, un Shindou salvaje y sexual.

A veces las apariencias engañan, y mucho y eso lo había comprobado aquel día.

El clima se cortó cuando ambos alcanzaron el clímax, fue como un clic, como algo quebrándose en sus interiores. Un instante; se miraron comprendiendo lo que había pasado, como si hubieran vuelto de un viaje astral, o bien como si una fuerte borrachera hubiera desaparecido de golpe dejando expuesto el desastre ocasionado en un estado vertiginoso que escapa del dominio de uno.

—Como le digas a alguien, te mato Tsurugi– Espeto el mayor con la respiración entrecortada. El mentado enarcó las cejas. Bonita frase a decir después de la primera vez, porque sabía que había sido la primera vez de Shindou, este no se lo dejó de susurrar al oído mientras lo embestía:

"Despacio, eres el primero. Más lento, me duele. Así no, quiero sentirte poco a poco".

Esas palabras se le quedarían grabadas a fuego en la mente y en el cuerpo. Eso de ser el "primero" era tan poético e intimo que no podía evitar sonreír al evocar la voz del pianista repitiéndoselo al oído. Y las mordidas, las mordidas y las marcas de amantes rudos dejaban por sentado el apetito que tenían.

Sin dudas no había sido la mejor experiencia sexual en cuanto técnica, pero para ellos había sido excelso. Shindou comprobó con dolor que incluso no se había sentido así con Ranmaru, pero suponía que porque era su amigo, porque se conectaban de otra forma, porque el sexo del pelirosa era más sentido, más del alma, mientras que con Kyousuke había sido pura batalla de cuerpos y ardor.

—Tengo hambre —dijo como si nada el delantero observando como su compañero terminaba de colocarse los pantalones. El pianista tomó las prendas del delantero y dio la vuelta, plantando un gesto indiferente, aunque sabía que por dentro se moría de vergüenza.

—Vístete y vete a tu casa a comer–espeto Shindou, entre más rápido se fuera Tsurugi de su casa, aclararía con más velocidad las cosas en su cabeza.

—Qué bonito de su parte capitán —murmuró el menor un poco decepcionado, sólo un poco, pero sin darlo a notar porque no esperaba otra reacción por parte de Shindou, es más, sospecharía de algo grave en caso de estar ante otro tipo de arrebato. – ¿Tienes cosas que hacer?

—No es de tu incumbencia —terminó de explicar el pianista poniéndose la camisa y caminar posteriormente hasta el baño, le dolía el cuerpo, en especial su cadera.

Tsurugi se vistió en soledad, aguardó a que el estratega saliese del baño pero al escuchar la regadera prefirió dejarle una nota y marchar, el no era de muchas palabras pero al menos si podrá escribir en una nota.

Cuando Takuto escuchó la puerta cerrarse suspiró aliviado, permitiéndose relajar los músculos. Al fin se había ido. Había experimentado en ese día demasiada presión para su gusto.

Cuando esa noche Kirino vio las marcas en el cuerpo de Shindou no preguntó. De cierta forma sentía que ya lo sabía, no se sintió sorprendido.

Shindou creía que su anatomía hablaba por sí sola, todavía para ese entonces le seguía doliendo ciertas partes de su cuerpo, como las piernas, los glúteos y la parte más íntima, ni hablar de los brazos. Parecía ser que su anatomía quería recordarle, aun estando con Ranmaru, lo que había hecho con Kyousuke.

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Tsurugi se había acostumbrado a los silencios del Estratega, a las palabras entredichas, a la ausencia de caricias. Quizás porque sabía que algo detenía a Shindou; podía ser debido a mil temores: al que dirán, a los sentimientos y a la incertidumbre que siempre genera el futuro cuando uno se proyecta; a su propia moral o incluso a sus demonios.

Prefería no preguntar, había aprendido a callar, a respetar el espacio del capitán, y cuando le decía "te amo" y recibía a cambio una mirada, nada más que una mirada, lo sabía. Al principio el detalle le dolía y millones de preguntas lo acosaban, pero con el correr de los meses comprendió que en la vida de Shindou había algo o alguien que tenía más peso que todo lo que podía prometerle si se quedaba a su lado.

¿Lo quería para él? ¿Y sólo para él? si era un tipo egoísta, por eso era incapaz de interpretar el amor universal, sea lo que sea éste.

Pero sabía que si quería tenerlo a consigo debía dejarlo libre, debía dejarlo ser; y en esencia ese era el Shindou sereno, inaccesible e intratable que siempre le había agradado.

— ¿Vienes? —consultó con un murmullo Tsurugi, seguro de que todos sus demás compañeros estaban entretenidos y ajenos a la conversación.

El pianista suspiró observándolo con cierta circunspección. Se daba cuenta de que ya no toleraba más la situación.

— ¿Qué buscas ahora kyousuke?–le cuestiono Shindou mirándolo fijamente.

—Llevarte un rato a pasear, nunca fuimos solos a ningún lugar —Espeto algo serio el menor y antes de que Takuto se quejase o negase acotó—: no lo tomes como una cita. Una simple salida de amigos.

— ¿Qué buscas? —reiteró el pianista, pero era claro que el delantero no sabía o no pensaba decirlo en caso de saberlo. Shindou sentía que su paciencia había llegado hasta ahí, entendía que la cercanía con el menor le hacía desear más, como una droga. Con un poco no basta, nunca es suficiente, siempre se quiere más. Pero no podía darle al delantero eso que reclamaba de él, porque lamentablemente para Tsurugi compartía al castaño con el pelirosa, y lo seguiría haciendo mientras le durase.

No sabía si dividir su corazón o su amor en dos le hacía feliz, en realidad nunca se detuvo a filosofar sobre la felicidad, sencillamente se había dado así y no tenía intenciones de frenarlo, en apariencia ninguno de los tres, tal vez porque los tres iban en busca de lo mismo.

—Iremos a donde tú quieras ¿te parece? —propuso Kyousuke dándole espacio para que abandonase el pupitre.

—Bien —accedió al fin el centrocampista, como siempre terminaba accediendo con ellos dos. Nunca podía decirles que no—, yo te llamaré — dicho eso tomó su mochila y se marchó de la escuela.

Tsurugi lo imitó, tomó el suyo reparando en que Kirino lo observaba desde su pupitre. El pelirosa le regaló una escueta sonrisa y continuó dialogando con Kariya.

Esa tarde Shindou pensó con seriedad al respecto y llegó a la conclusión de que si realmente les importaba, si realmente su fin era no lastimarlos, si quería verlos felices como se lo merecían, debía hallar alguna forma de lograrlo sin lastimarlos y lastimarse en el proceso, porque comprendía que tarde o temprano, cuando los sentimientos fueran más sólidos, las tolerancias y entendimientos entre ellos serían menos. Estaba siendo egoísta por sus propios miedos.

No había desplantes, aún; no había planteos, aún. Esa misma noche llamó a Kirino, a Tsurugi lo llamaría sobre la hora ya que el delentero tenía la facilidad de darle vuelta los planes y todo su mundo con una sola decisión. Podía decirle que sí en ese instante y al otro día cambiarle todo el panorama con una arrebatadora decisión a último momento.

Continuara…