Escaflowne no es de mi propiedad.
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Sexta Luna
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EL MUNDO A TRAVÉS DE TUS OJOS
(Oneshot)
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El joven príncipe había estado visitando Irini, un viejo poblado a una luna de distancia de la capital real de su reino, Fanelia. Durante ocho lunas y nueve soles, jugó con los niños bestia bajo las densas y oscuras hojas de los árboles. Aprendió cómo los agricultores hacen que los piscus sean tan grandes, jugosos y amargos. También vio el largo bigote de Yurizen, el samurái de su padre, moverse disgustado como una cola esponjada sobre sus huesudas mejillas mientras discutía con los ancianos de dos familias en disputa sobre la herencia de unas tierras de cultivo—el motivo de su presencia allí. La gente era amable, el aire cálido, la comida deliciosa y las flores abundantes.
Pero no había flores como las que él quería.
Los nuevos suministros ya estaban cargados en los carros: una cantidad decente de las delicias que habían disfrutado durante su visita, almacenadas en cajas de madera, barriles gruesos y sacos de yute. Los guardias bostezaban sobre sus caballos, listos para emprender el viaje de regreso, en cuanto el sol tiñera de azul el cielo.
Antes de saltar al asiento delantero de la carroza real —un lugar no destinado a la realeza, pero nadie negó al príncipe la oportunidad de tomarlo—, el muchacho pidió a Yurizen que tomara una ruta diferente de regreso a la capital, guardándose para sí la esperanza de encontrar las escurridizas flores que no estaban ni en el camino real ni en las tiendas del pequeño pueblo.
—Como desee, príncipe Folken —dijo el samurái, prosternándose ante el chico, quien sonrió complacido y miró al camino con ojos brillantes.
El cochero se acercó. Su túnica rojiza y oscura estaba salpicada de migajas de pan, que se esparcieron al inclinar su alborotada melena negra en reverencia hacia su príncipe. Murmuró un saludo apresurado y subió al carruaje, inclinándolo hacia la izquierda con su amigable peso. Divertido, Folken corrió hacia el lado derecho y se subió al peldaño, agarrándose fuerte hasta que el carruaje encontró una especie de equilibrio.
Esta era la décima primavera del príncipe Folken y la primera que pasaba tanto tiempo lejos de casa y de sus padres. El Rey Goau, su padre, quería que aplicara su educación acompañando a los samuráis y a sí mismo en el ejercicio del reinado, y eso significaba viajar de vez en cuando para resolver los problemas del Reino. Cuando el Rey informó a Folken del asunto en Irini, el príncipe se entusiasmó en silencio, pero pronto se inquietó al enterarse de que su padre, que se encontraba delicado de salud, no haría el viaje. Folken acompañaría en su lugar al general samurái Yurizen, un hombre delgado, de cabello largo y oscuro, tan colosal como su padre, pero con una mirada cariñosa y clara que lo hacían parecer menos imponente.
La reina Varie, madre del príncipe y con un embarazo muy avanzado, le había deseado un buen viaje y que aprendiera todo lo que pudiera. Lo abrazó con fuerza antes de que abordara el carruaje real, mientras su padre asintía en despedida. En cuanto los guardias gritaron a los caballos que se pusieran en marcha, Folken abrió las pálidas cortinas de la ventana trasera. Mientras el carruaje se alejaba, había visto cómo su familia, de pie frente a las puertas del castillo, se iba haciendo más pequeña y más pequeña hasta que las gigantescas puertas de la capital y los molinos de dragones que custodiaban las murallas que la rodeaban se convirtieron en diminutos puntos en los cálidos campos turquesas a lo lejos.
Ahora regresaba a casa. El zumbido constante de los abanicos de dragón —atados como estandartes al yugo de los caballos, los carros y el carruaje— quedaba ahogado por la animada charla entre los guardias y el samurái. Hablaban del tiempo —cada vez más caluroso—, de las imponentes montañas, de los nuevos reclutas, de la vida cotidiana, y especulaban sobre el nuevo bebé de la reina que nacería en un collor más, quizá al final de Luna Blanca. Los gidales se apostaban por una nueva princesa.
Pero Folken no prestó atención a su dinero y palabras. Sentado en el carruaje junto al conductor, el joven príncipe contemplaba el paisaje renacido tras el deshielo de un invierno tormentoso. Sus ojos rojos y brillantes se clavaban en los cúmulos de flores con intensidad, como si las contemplara bajo un cristal. No le satisfacía ninguna. Ninguna era la que él quería, y las que podía tomar en su lugar eran a veces demasiado pequeñas, otras de un tono indistinguible, otras de forma extraña, otras demasiado viejas. Con un suspiro, el chico se secó el sudor de la frente y se apartó un mechón de cabello que le había caído sobre el rostro. Los destellos plateados de su cabello reflejaban el cruel y radiante sol, protegiendo su cuello pálido de la luz.
A primera vista, el atuendo de Folken no era el de un príncipe, sino el de un campesino. La confección fina de su túnica, las botas de cuero grueso sobre sus pantalones claros y el orgullo de su porte revelaban su educación meticulosa y regia. A menudo se confundía al príncipe con alguien mayor. Para su edad, ya era alto. Las pequeñas estrías claras en su piel y el constante dolor en sus huesos eran indicaciones obvias de que alcanzaría la misma altura que el Rey en poco tiempo.
—¿Está buscando algo, Su Alteza? —preguntó el grueso cochero que tenía a su lado. Un curioso aroma a pan recién horneado emanaba de su cuerpo.
—Sí, Breno —respondió el chico—. Quiero regalarle algunas flores a mi madre y a mi hermano.
—¡Flores! —exclamó el hombretón en un tono agudo que hizo que todo el mundo volviera su atención hacia el carruaje real. El esparce-pan se puso rosado y añadió con voz apresurada—: Perdóneme, Alteza, por supuesto... ¡Por supuesto, nuestra Reina estará encantada! Si Su Alteza me señala las que desea, con mucho gusto iré a buscarlas.
—Gracias, pero no es necesario. Yo mismo lo haré.
Y cuando Folken vio un lecho perfecto de lo que en su corazón sabía que eran flores talas descansando pacíficamente en un prado en pendiente, lejos del camino, toda la compañía se detuvo a su palabra. Yurizen, preocupado por el príncipe adentrándose en el campo silvestre, aunque fuera solo a dos o tres costas de distancia, sugirió al rey que fuera con al menos un guardia. El príncipe se negó, su juicio demasiado joven para ver los peligros entre el cielo abrasador, los árboles risueños y la tierna hierba. Pero era lo bastante mayor como para reconsiderarlo y aceptar la oferta que Breno propuso antes. Varios pares de ojos se abrieron de par en par cuando escucharon su elección, incluidos los del cochero. Para Folken estaba claro: Breno había ofrecido antes de la orden, y el príncipe quería que se sintiera útil.
El rumor de sus pasos a través de la hierba hizo sonreír a Folken. Se esforzó por contener su emoción y evitar correr hacia las flores, deteniéndose varias veces para esperar a Breno. El hombretón iba muy despacio. Cuando finalmente llegaron al lecho de flores, empezó la verdadera prueba.
Concentrado en el prado frente a él, con gotas de sudor fluyendo del cuello hacia su camisa, Folken cruzó los brazos y miró fijamente. Las flores estaban allí, bailando al ritmo del viento. Lo único que quedaba por hacer era acercarse y recogerlas. Sólo quería de color violeta. Un perfecto ramo violáceo.
—Mi príncipe —dijo Breno con voz aguda y manos inquietas—, se ve tan hermoso. Por favor, dígame, ¿cuáles quiere?
—Verás, Breno, quiero recogerlas yo mismo. Espero no ofenderte.
—Por supuesto, Alteza, por supuesto, ¿cómo podría ofenderme? Estaré aquí a su lado.
Folken se sumergió en las oleadas de fragantes y suaves pétalos en forma de gota. Pasó las manos sobre ellos, tratando de percibir alguna pista de su naturaleza esquiva. Los de color claro podían ser "blancos", o "amarillos", o "rosas", y solo los dioses sabían cuántos "colores" tenían las distintas tonalidades. El mundo visto por los demás era lo más misterioso para Folken, y a menudo se encontraba reflexionando sobre ello. ¿Habría alguna forma en la que pudiera ver las cosas que no podía percibir de forma natural? ¿Podría hacer que otros no vieran algo, como aparentemente él no lo hacía? ¿Solamente los dioses podían ver lo invisible?
Apretando los puños y frunciendo los finos labios en tribulación, echó un vistazo a Breno. El cochero estaba más cerca de él de lo que había pensado, rascándose los gruesos y peludos brazos, con sus manos gordas y sucias, sus pequeños ojos vagaban erráticos por todo el lugar.
No, Folken no pediría ayuda. Era un regalo que quería hacerle él mismo a su madre, y no dejaría que nadie más lo hiciera en su lugar. Silenciando las dudas en su mente, cerró los ojos e hizo una rápida plegaria a la Diosa de las Flores. Un deseo muy simple e imposible.
«Por favor», pensó. «Guíame hacia tus flores violetas.»
El sol calentaba la piel expuesta de sus brazos, y los sonidos de la charla de los soldados reverberaban desde la distancia. Una ráfaga de viento llevó un aroma aterciopelado a su nariz como una respuesta mística. Con renovado ahínco, Folken se puso manos a la obra.
Eligió las flores que consideró correctas entre la gran variedad de tonos del mismo color rojizo.
No hacía tanto tiempo que la reina Varie le había confesado a su hijo descolorido cuál era su flor favorita. Habían estado en la sala de juegos, ella arreglaba un ramo de flores, preparándolo para depositarlo en un jarrón y colocarlo sobre la mesa principal. Le gustaba entretenerse en tareas mundanas, y Folken se entretenía mirándola mientras jugaba con sus juguetes, que pronto quedarían atrás, ya que había jurado a su padre que los daría todos al bebé en cuanto naciera, como su primer regalo de hermano mayor.
Aquel día, él tenía una figura de dragón y una pequeña espada de madera. La reina había reprendido a Folken varias veces por lanzar el juguete junto con su paciencia, y para detenerlo había recurrido a pedirle que le ayudara. A regañadientes, el chico se había sentado al lado de su madre y había tomado las flores que le entregaba por los tallos, haciéndolas rodar entre sus dedos, transformándolas en un borrón sin forma. La Reina explicó entonces un montón de cosas sobre las flores, y él intentó prestar atención a todo, pero terminó viendo como movía los labios. Fue entonces cuando ella le dijo.
—Cariño, mira, esta es una talas —Varie entregó la delicada flor a Folken y él la tomó con dedos torpes—. Antes de casarme con tu padre y venir a Fanelia, nuestra familia vivía cerca de un campo de flores. De entre todas ellas, las talas siempre han sido mis favoritas.
Entrecerrando los ojos, Folken miró la flor. Tenía una forma extraña en comparación con todas las demás: largas anteras que sobresalían de un pequeño círculo en el centro y anchos pétalos con forma de gotas de agua que se extendían desde este. La devolvió junto con una pregunta ya olvidada y una respuesta difusa.
—Las violetas son las que más me gustan —dijo ella después de anudar con un lazo el ramo recién arreglado y colocarlo en el jarrón de cerámica.
Con un agujero en el pecho, el chico comprendió que nunca podría ver del todo qué era lo que a su madre le gustaba tanto de aquel color violeta. El mundo de Folken era una gama de rojos, verdes, grises y turquesas, según los demás. Las plantas le resultaban difíciles de memorizar y reconocer durante sus lecciones, pero lo intentaría.
El príncipe escuchó un fuerte estornudo justo cuando estaba a punto de tomar la última víctima de su cacería. Mirando hacia atrás, Breno tenía con los ojos inyectados en sangre y una nariz roja y terca que se limpiaba con el antebrazo, dejando un rastro de cabellos húmedos.
—Perdóneme, Su Alteza —dijo el hombre lloroso—. Las flores tienen este efecto en mí. Que no le importune.
Después de un estornudo que movió la hierba a su alrededor y seguramente enfureció a algunos insectos, Folken sonrió, avergonzado, y dijo:
—Gracias, Breno, por ofrecer tu ayuda, incluso con tu condición. Te ayudaré con eso como agradecimiento. Toma, ¿podrías soportar un poco más y…? —el chico vaciló—. Y llevar esto al carruaje.
—Sí, sí, mi príncipe, puedo hacerlo.
Las manos delgadas de Folken entregaron el ramo grueso de flores silvestres a las manos regordetas de su cochero moquiento, que resoplaba ruidoso. Aprovechando la oportunidad, corrió hacia el bosque cercano.
—E-espere, ¡príncipe Folken!
El borrón carmesí y plano que rodeaba al chico se transformó en troncos altos y oscuros al adentrarse en el laberíntico bosque. Folken no estaba tan lejos del camino principal ni de Breno. Si el robusto hombre pudiera andar más deprisa, no le daría tiempo para encontrar las hojas que necesitaba para mejorar su alergia. El príncipe buscó entre la hierba al pie de los árboles, a veces tomando plantas al azar que terminaba arrojando para elegir otras y arrancar sus hojas.
Las plantas eran difíciles. Los bosques eran difíciles. Todo parecía igual. ¿La planta estaba hacia arriba o hacia abajo? ¿Era esa una hoja, un tallo o una baya?
Al fin, Folken encontró la que buscaba. Un amargor fantasma recorrió su garganta al verla. Ya la había probado antes, durante el último verano. Yurizen la había usado en él cuando su piel se irritó después de jugar en los jardines, y el general aprovechó la oportunidad para enseñarle otros métodos sencillos para curar alergias e intoxicaciones leves. La planta glaar tenía hojas grandes y puntiagudas con puntos oscuros que parecían pequeñas sombras, y solían crecer al pie de los árboles, ya que les gustaba la reclusión de la oscuridad.
Con una sonrisa y el corazón acelerado, el príncipe se agachó, cogió un puñado de hojas y se disponía a volver corriendo junto a su estornudante sirviente, cuando escuchó un fuerte ruido que venía desde arriba, en el árbol bajo el cual se encontraba. Su corazón se heló y los pies le pesaron como piedras cuando levantó la vista y vio su propio reflejo embobado en los ojos ovales, brillantes y vibrantes en el centro de un rostro liso y casi humano.
Era un ave inmensa que reflejaba colores que nunca antes había visto.
Posada en el tronco del árbol, las alas de la criatura estaban desplegadas, sus largas plumas brillaban con una oleada de luz y milagros: rojos intensos a los que no estaba acostumbrado, tonos degradados que era incapaz de nombrar. Folken no podía evitar mirar su ilusión cambiante, respirando en intervalos cortos y agudos mientras sus ojos se volvían secos y cansados por no atreverse a parpadear.
La criatura era hermosa. Y lo estaba mirando directamente, atrayéndolo con esos ojos extraños y coloridos —finalmente entendió a qué se refería la palabra. El príncipe se limpió la boca húmeda y gritó cuando las plumas iridiscentes acariciaron su rostro con un susurro.
Un grito inhumano.
Un cuerpo inhumano.
Y entonces, era él quien estaba sobre el árbol, rodeado de un mundo extraño y abrumador, ahogado en diferencias: los árboles de diversos colores, hojas con tonalidades distintivas, el césped compuesto de luces esparcidas, el cielo más claro y brillante, las bayas y frutas colgando y expuestas y fáciles de ver. El chico de cabello claro, ojos carmesí, piel extraña y hojas de un verde intenso en su mano enguantada sonrió satisfecho, mirándole. Levantó una mano para señalar un grupo de talas a una costa de distancia, junto al lecho de flores, justo al comienzo del pequeño bosque.
Folken se quedó boquiabierto, hipnotizado por la vista de aquello. Las flores se mecían en el césped, como una porción terrenal de su cielo habitual. Un color tan tierno. Tan dulce. Tan rico.
Su corazón se infló.
¿Por qué estaba viendo todas esas cosas?
Un rayo rosa se clavó en la rama bajo sus pies, seguido de una fuerte explosión. El humo gris llenó su visión, borrando aquella milagrosa variedad de colores, convirtiendo el mundo en un manchón negro.
—¡Por Escaflowne! ¡Príncipe Folken!
Alguien gritó su nombre.
El olor a pólvora llenó sus fosas nasales y tosió.
—¡Príncipe Folken!
El príncipe se tocó la cara, contento de sentir su propia piel con sus propios dedos, y abrió los ojos. El mundo había vuelto a ser lo que era: las copas de los árboles del mismo tono, el cielo de su familiar color profundo, los troncos igual de oscuros. El alivio invadió su pecho en oleadas y parpadeó para ocultar las lágrimas en sus ojos.
—Alteza, ¿se encuentra bien? —Yurizen sostuvo al joven príncipe en sus brazos—. ¡¿En qué estaba pensando?!
—¿Qué... dónde está Breno? ¿Está bien? —preguntó Folken al notar la ausencia del hombre.
—Lo está. Por favor, beba un poco de agua —Yurizen inclinó una cantimplora de cuero sobre los labios resecos del joven.
Después de beber unos sorbos, los ojos granates de Folken recuperaron su enfoque. El general lo notó y lo ayudó a sentarse, pero el príncipe se alejó y se puso de pie. Aun con miembros temblorosos, Folken sacudió la tierra de su ropa y siguió al general mientras salían del bosque.
—Su Alteza —dijo Yurizen—. Lo que hizo fue totalmente imprudente. No era necesario que entrara al bosque; cualquier cosa que deseara, podríamos haber ido y hacerlo en su lugar.
El príncipe permaneció en silencio, su atención centrada en las flores a la distancia.
—Mi señor —continuó el general, con las cejas fruncidas—, estaba desarmado y sin abanicos de dragón. Debería ser más cuidadoso. Cuando volvamos al castillo, comenzaremos un nuevo entrenamiento para evitar estas situaciones. Fue mi falta de visión la que condujo a este incidente.
—No castigues a Breno. Él solo hizo lo que le dije que hiciera.
—De acuerdo, príncipe Folken.
—Yurizen, ¿qué sucedió?
—¿Alteza? Ah, ya entiendo. Breno nos alertó y nos hizo señas para que acudiéramos. Lo vi en el suelo, cerca de la primera línea de árboles, con un ruk gigante acechando. Lo ahuyenté con una flecha explosiva.
—¿Un ruk? —preguntó Folken, con los ojos abiertos de par en par, impresionado, su voz llena de incredulidad. Él conocía a los ruks. Aves grandes y torpes, de la mitad de su tamaño y el doble de su peso, con cabezas cuadradas y una cresta ridícula. Lo que vio no era uno de ellos.
—Sí, Alteza. Supongo que se desmayó por el calor. Estuvo bajo el sol sin ninguna sombra. ¿El ave lo asustó?
—Eso no era un ruk, Yurizen, era... —Folken se detuvo, sus labios temblaban por la falta de palabras y sus ojos se llenaron de pánico por la falta de pensamientos coherentes—. No sé qué era eso... —confesó.
—Lo siento, mi señor. Era una ruk hembra, son un poco más grandes que los machos, completamente marrones, con puntos blancos en las alas.
—No lo era, tenía… tenía una… —Folken se detuvo y dejó caer los hombros—. Ya. Entiendo. Gracias por venir en mi ayuda.
Decidió no decir nada más. No estaba seguro de lo que había experimentado, pero sabía que Yurizen no le creería; para él, era un simple ruk, pero para Folken, era la respuesta a sus plegarias, su deseo hecho realidad. El príncipe se desvió ligeramente del camino de regreso. El alto hombre lo siguió en silencio, manteniendo cierta distancia entre ellos como presión a volver pronto. Folken se detuvo justo frente a las flores a las que la diosa —en su cuerpo, en su imagen— había señalado. Tenían pétalos delicados y un dulce aroma. Con cuidado, eligió algunas.
—Qué hermoso tono de violeta —dijo el general, y Folken sabía que era su forma de suavizar el discurso anterior—. ¿Puedo saber para quien son?
El chico dudó. En su mente, imaginó la expresión sorprendida y deleitada de su madre al recibir el regalo, su regalo, de él y la diosa, y la mirada orgullosa de su padre al saber que por primera vez, y última, su hijo había logrado recolectar todas las flores del mismo color.
—Son un presente para mi madre y el bebé —declaró Folken.
Cuando se disponía a recoger la última flor, se percató de que era de mayor tamaño, mejor formada y ligeramente distinta a las demás. Poseía un brillo especial, como las enigmáticas plumas del no-ruk que había visto. Tomó también esta flor y regresó junto al general.
—Estoy seguro de que les encantarán —aseguró Yurizen mientras se acercaban al grupo de viajeros.
En absoluto silencio, los guardias vieron con alivio al príncipe y con sorpresa a su botín. Breno estaba sentado en el asiento del conductor del carruaje real, con el rostro hinchado y húmedo. El muchacho le entregó las hojas de glaar y el hombretón las masticó al mismo ritmo que el caballo que pastaba debajo. Las otras flores estaban ordenadamente dispuestas en el acolchado asiento del interior del carruaje, y Folken las comparó con las nuevas que aún sostenía. Todas parecían idénticas, pero él sabía, él notaba, los pétalos fragantes, las tiernas anteras, la brillante luz que irradiaban…
Antes de entrar, el príncipe agradeció a Breno por toda su ayuda. Y al grito de Yurizen, el grupo continuó su camino de regreso a la capital real.
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NA: Folken es mis personajes favoritos, así emo y todo. Quería dedicarle un momento a su infancia, antes de que la abandonase, y su cercanía con Varie. Además de mostrar esas semillas de su curiosidad científica (no hay que olvidar que Folken es quien inventó las capas de invisibilidad).
El tipo de daltonismo que elegí para Folken es Tritanopia, que es la ausencia de azul y amarillo, la condición más rara en daltonismo. La mayoría de las personas tienen ausencia de verde-rojo/rojo-verde.
En lo personal, me llama mucho la atención la forma en la que percibimos el mundo, como todo es diferente aunque veamos o demos por hecho que el mundo "es igual". Incluso entre personas que no tienen ningún déficit visual, nadie percibe los colores de la misma forma. Mi rojo nunca será tu rojo.
Y, además de eso que es obvio, es hasta cierto punto divertido ver que todo se reduce a interpretaciones del cerebro. Isaac Newton hizo muchas investigaciones sobre la luz y la óptica, y elaboró una teoría sobre el color (y además una portada para un disco de Pink Floyd, pesado el tipo). Pero les dejaré el malévolo dato de que los colores no existen. Son ondas de luz que interpretamos de cierta manera... e incluso, hay frecuencias de luz intermedias que somos incapaces de interpretar, pero el cerebro se las ingenia y llena los huecos. Así es como podemos ver el magenta y el cyan. ¿Cómo debería ser el color que vemos en su lugar? Ni idea.
Nuestra sociedad está construida con base en la mayoría, completa, "sana", y suele dejar de lado a aquellos con percepciones distintas. Es erróneo pensar que las personas con daltonismo deberían verlo todo como lo vemos nosotros. Es imposible. Lo importante es considerar las diferencias y construir las cosas de forma que todos podamos tener la misma experiencia, aunque la veamos distinto.
El texto en inglés fue corregido por CovertEyes, y de hecho esta vez primero lo escribí en inglés y traduje al español. Muchas gracias por su ayuda! Ella también escribe por acá, y lo hace genial.
Zw
