¡Hola a todos! ^_^ Me sorprendí a mí misma con la rapidez con la que actualice O_O, jamás me había pasado antes pero espero que no sea la última vez. Debo decir que la inspiración simplemente fluyó en este capítulo, ya comencé a torturar a Haya-kun T_T, pero de nuevo, ¡nada es lo que parece! XD. Pude haberlo hecho más largo pero preferí dejarlo donde lo dejé, me pareció que era un buen cierre o_o.

Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn no me pertenece.


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In a moment it takes to make plans or mistakes

Se le quedó mirando por un momento intentando descifrar que era lo que estaba fuera de lugar con él. Sus ojos se veían algo perdidos y se apoyaba demasiado en la puerta, casi parecía enfermo y afiebrado así que se acercó un poco, sólo lo suficiente para apreciarlo mejor y fue ahí cuando lo notó. Ese olor a alcohol era inconfundible.

- ¿Estuviste bebiendo?- le preguntó levemente sorprendido pero sin dejar que se notara.

- Yo... ¿vas a entrar o no?- preguntó con rudeza el albino como una forma de desviar el tema, mientras se daba la vuelta y regresaba al sillón.

- Como quieras- fue todo lo que dijo el pelinegro antes de seguirlo al interior del apartamento.

Se sentó junto a él y pudo apreciar todas las botellas y latas, algunas vacías y otras a la mitad, que estaban esparcidas entre la mesita del centro y la alfombra del piso. Jamás había pensado que ese herbívoro rebelde solucionara sus problemas así, quizás explotando las cosas o peleando con el primero que se le cruzara, pero no así. Definitivamente algo había pasado y tenía que saber que era.

- ¿Dónde está ese noviecito tuyo?- algo le decía que el problema era ese y él no conocía la sutileza.

- ¡No menciones a ese imbécil!- gruñó el peliplata, dándole la razón a Hibari- ¡Él tiene la culpa de que este así!

- ¿Te obligo a tomar?

- No, pero...

- Entonces no creo que tenga la culpa.

- ¡Tú no sabes nada!- gritó mientras se terminaba una lata de cerveza de un solo sorbo- ¡Vas a acompañarme en esto o no!

El prefecto suspiró y se levantó para buscar un vaso en la cocina, no era su costumbre beber pero tampoco podía dejarlo solo en eso. Cuando volvió a su sitio lo único que decidió tomar fue la botella de sake que aún parecía llena. Definitivamente iba a morder hasta la muerte a ese estúpido beisbolista por haber dejado al italiano en esas condiciones, porque si de algo estaba seguro, era que ese tonto había vuelto a cometer una tontería. Ambos se quedaron en silencio mientras el pelinegro observaba cuidadosamente cuanto alcohol más era capaz de ingerir su acompañante, no estaba dispuesto a dejar que le diera un coma etílico.

- Ya es suficiente- le dijo cuando notó que estaba teniendo problemas para articular bien las palabras.

- ¡No...me...tess...or..órdemes!- dijo lo más intimidante que pudo.

- Sea lo que sea que haya pasado, no lo solucionarás emborrachándote.

- ¡Esse idiota...me dejó de...nevo!... ¡Y todo por ese esstú...pido juego!

Y sin poder evitarlo, finalmente unas lágrimas escaparon de sus ojos. Se sentía realmente mal por todo lo que estaba pasando y por el patético modo en que había terminado viéndose frente a Hibari. Lo único que quería era esconderse del mundo un momento pero ese bastardo a su lado no lo había dejado. Había tenido la oportunidad de cambiar por completo su situación y la había dejado pasar por aferrarse a alguien que al final, no había cambiado en nada. Sentía que había perdido, que de alguna forma había fallado. Todo su maravilloso plan parecía que sólo había sido un error, incluso el que en ese momento se encontrara de esa forma. Una cálida mano limpiándole las lágrimas lo sacó de sus pensamientos.

- Estoy aquí, yo no te voy a dejar solo, así que deja de llorar- usó la voz más suave que pudo.

- Hib...Hibari

De un momento a otro lo había abrazado con fuerza, hundiendo su rostro en el pecho contrario mientras se permitía desahogar todo lo que tenía acumulado en su interior: angustia, tristeza, ira, decepción. Necesitaba a alguien a su lado y de nuevo, era ese sádico y perfeccionista prefecto el único que se encontraba allí, a pesar de que él mismo lo había alejado de su vida.

- Lo siento...yo debí...

- No lo digas ahora, no tiene caso arrepentirse de cosas que ya pasaron.

-...Gracias...

Se quedaron así un momento, sólo escuchando como el reloj marcaba las seis cuando Gokudera se calmó y se levantó un poco, solo lo suficiente para poder mirar el rostro del japonés. Ambos pares de ojos se encontraron y no pudieron apartarse después, azul contra verde. Lentamente el pelinegro empezó a acercarse, casi esperando un rechazo pero se sorprendió cuando fue el mismo italiano quien cortó la distancia entre ambos con un beso mientras las últimas lágrimas caían de sus ojos. Se separaron después de unos segundos sólo para volverse a besar con más fuerza y fue Gokudera quien rodeó con sus brazos el cuello de Hibari para acercarlo más a él. El pelinegro respondió tomándolo por la cintura y recostándolo en el sillón.

- ¿Estás seguro?- preguntó sin querer despegarse del todo del ojiverde.

- No preguntes nada...no ahora- parecía que el efecto del alcohol se estaba yendo.

Continuaron así por unos minutos, quizás cinco o diez, hasta que la posición se les hizo incómoda y entre besos se dirigieron a la habitación. El italiano lo guió hasta su cama y ambos se recostaron allí, aún sin querer separarse. En su cabeza todo daba vueltas y no sabía si era por todo lo que había bebido o por todas las sensaciones que se arremolinaban en su pecho, lo único que tenía claro era que eso era lo que quería en ese momento, lo que realmente necesitaba. Sentía como el pelinegro lo acariciaba con cuidado, como queriendo memorizar cada parte de su cuerpo mientras le quitaba lentamente la ropa, él no se quedó atrás y empezó a desnudarlo también. Los labios de Hibari recorrían su cuello y pecho con ternura mezclada con pasión, haciéndole difícil el pensar. Sentía pasar electricidad por todos los rincones donde esos dedos tocaban.

- Ah...espera...- gimió cuando el japonés llegó al borde de sus pantalones.

- No te arrepientas ahora...- le susurró este en el oído y volvió a perderse en sus pensamientos.

Se siente tan bien, es como si siempre lo hubiera estado esperando.

Sabía que la atracción que sentía por Hibari era fuerte pero nunca se imaginó que llegaría a este punto. Todo de él lo llamaba, lo seducía, se le hacía difícil incluso respirar y ya había perdido la noción y conciencia de él mismo y del tiempo. No le importaba nada más que seguir sintiendo lo que sentía.

Si, esto es lo que quiero.

Caricias, besos y calor. Las sensaciones eran demasiado fuertes. Sentía el cuerpo contrario tan cerca al suyo, se sentía vibrar ante las atenciones que él le daba, siempre con cuidado, con cariño y pasión, con amor.

- Yamamoto...

El susurro salió antes de que lo pudiera controlar, guiado por la costumbre y ni siquiera se percató de ello hasta que escuchó su propia voz, con un nombre que no debía mencionar, resonar entre las paredes de la habitación y regresando a las dos personas que se encontraban allí a la realidad. Todo movimiento se detuvo y Hibari se separó inmediatamente para mirarlo a los ojos.

- ¿Qué dijiste?- su voz se escuchaba amenazante.

Recién en ese momento la lucidez regresó a la mente del peliplateado permitiéndole ver todo lo que estaba pasando desde otra perspectiva. La culpa cayó con fuerza sobre sí y no pudo hacer nada más que cubrirse la cara con las manos en un vano intento de ocultarse a sí mismo los hechos. Se había dejado llevar, la pasión lo había consumido y había estado a punto de ceder y hacer algo que podría haber cambiado su vida para siempre, alterar o destruir todo lo que con tanto esfuerzo había mantenido hasta entonces.

¿Qué demonios estuve a punto de hacer? ¡Esto no es posible!

No podía entenderse a sí mismo, había estado decidido a cambiar todo por un poco de felicidad, aún sabiendo que eso no estaba bien, que no podía basar algo así en sólo mentiras. No importaba cuán enojado pudiera estar, jamás podría hacerle eso a Yamamoto, no de esa forma. Si realmente se decidía por alguien más, se lo diría de frente y no actuaría a sus espaldas.

Actué como todo un cobarde.

Se recriminaba a sí mismo mientras aclaraba su mente y trataba de pensar con la cabeza fría, aunque era algo difícil teniendo en cuenta que la persona sobre él no se había movido ni un centímetro, ni para alejarse ni para acercarse.

- ¿Aún sigues pensando en él?

Esa voz atrajo de nuevo la atención del italiano hacía su acompañante y lo que vio no le agradó en absoluto. Los ojos azules se veían más fríos que nunca, contenían tanta ira que el menor no pudo evitar asustarse. Los puños de Hibari estaban fuertemente apretados a cada lado de su cabeza y parecía que en cualquier segundo podría explotar, algo no muy común en él.

- Yo...no puedo hacerle algo así...- intentó decir pero fue interrumpido.

- ¡Fuiste tú el que empezó esto! ¿O es que sólo estabas jugando conmigo?

- Yo no...

No pudo continuar porque un par de furiosos labios se estrellaron contra los suyos, besándolo y mordiéndolo a la vez. Toda la ternura de hace un rato había desaparecido dejando sólo pasión mezclada con ira mal contenida provenientes del japonés. Los besos bajaron de nuevo por su cuerpo, marcando todo a su paso con una furia que cada vez lo asustaba más.

- ¡E-espera! ¡Me estás lastimando!- intentó hacerlo entrar en razón.

- ¡Ya no me importa! ¿Te has puesto a pensar alguna vez en cuánto me lastimas tú? ¡Estoy cansado de ser sólo un consuelo que está ahí cuando tú quieres! ¡Estoy cansado de esto!

Con rabia le quitó el cinturón que sujetaba su pantalón y lo lanzó hacía un rincón de la habitación, donde chocó contra un espejo rompiéndolo en pedazos. El ruido sólo alteró más al italiano que intentaba controlar al prefecto mientras lo miraba con terror.

- Hibari...por favor...detente

- No.

Fue lo último que dijo antes de que la pesadilla empezara. Las caricias se volvieron bruscas, dejando marcas y moretones por donde pasaban mientras los besos se volvieron mordidas. Gokudera intentó detenerlo pero el pelinegro era más fuerte que él y sólo le basto una mano suya para contener ambas manos del albino. No le fue difícil quitarle el resto de su ropa, ignorando el llanto y las súplicas de este en el proceso. En un momento logró levantarse e intentó alejarse de su agresor pero este lo contuvo acorralándolo contra el estante lleno de libros de su habitación, haciendo caer varios de estos por el golpe sólo para volver a arrastrarlo a la cama.

- ¡Por favor! ¡Ya basta!- intentó suplicar de nuevo, ese no era el Hibari que conocía.

- Pudo haber sido de otra forma pero tú provocaste esto.

Algo dentro de él se rompió con esa respuesta. Sabía que en parte tenía razón, él único que había complicado las cosas era él, pudo haberse decidido desde el principio pero prefirió aferrarse a lo que le parecía más seguro y sólo se había acercado al prefecto cuando se sentía solo o necesitaba a alguien a su lado. No había sido justo con él y casi sentía que lo había utilizado, era normal que el pelinegro explotara y sacara ese lado sádico y sediento de sangre que utilizaba en las batallas.

He sido un completo egoísta...yo lo puse así.

Las lágrimas caían por su rostro ante la forma de actuar de la persona que tantas veces había tratado de acercarse a él por las buenas. En el fondo, sabía que este era el verdadero rostro de Hibari y eso lo asustaba aún más. Nunca lo había visto tan furioso, ni siquiera contra Mukuro. Era casi irónico como la situación había cambiado tanto en tan solo unos minutos y lo peor era que una parte que no conocía de él mismo aún disfrutaba de la cercanía del mayor. Por más daño que este le estuviera haciendo el sentimiento que sentía por él seguía intacto.

- ¡Ahh!- salió de sus pensamientos por la brusca intrusión del miembro del japonés en su interior.

Este se quedó quieto un momento, parecía que esperaba a que se acostumbrara, casi como si se estuviera arrepintiendo de toda la violencia que había descargado en el menor. Sin embargo, el italiano no pudo apreciar su rostro por la oscuridad que cubría la habitación y cuando intentó acercar una mano a la mejilla contraria, el pelinegro empezó a embestirlo toscamente, reteniéndolo contra el colchón.

Los minutos parecieron horas mientras todo el acto se consumaba, Hibari sólo se quedó quieto después de haberse corrido en su interior y salió lentamente para sentarse en una esquina alejada de la cama, tomó la almohada que había terminado en el suelo y la rasguñó con rabia antes de arrojarla a un rincón. Lo único que se escuchaba de fondo eran los lamentos casi apagados del italiano. Ninguno de los dos se movió por otro rato hasta que finalmente el japonés se levantó para vestirse sin voltear a verlo. Una vez que estuvo listo le dio una última mirada a la desordenada habitación y salió sin decir nada al frió de la madrugada, dejando a Gokudera, completamente roto y devastado, en la soledad de su apartamento.


La ira seguía corriendo por sus venas pero esta vez no estaba enojado con Gokudera, ni siquiera con ese beisbolista idiota, no, esta vez la ira era contra sí mismo. Jamás se había sentido tan avergonzado o arrepentido de algo.

- ¡Demonios!- dejó escapar mientras golpeaba la pared de una de las calles por las que estaba pasando- ¿Cómo pude haber hecho algo así?

Se había dejado llevar por sus impulsos, algo no muy común en él y el resultado había sido inevitablemente lastimar a la persona que más le importaba en el mundo. Sabía que eso podía pasar en algún momento y por eso dudo tanto en acercarse al principio, no quería que su sadismo nato lo afectara pero al final, igual lo había hecho. Se maldijo mil veces más en lo que le demoró su camino a casa, sin poderse quitar de la mente el rostro lloroso y suplicante de Gokudera.

No creía poder verlo a la cara de nuevo, no al menos en un muy buen tiempo y si él decidía que lo quería lejos de su vida, ya no podría oponerse. Había sido vencido por sí mismo.


Los rayos de luna aún entraban por la ventana del departamento del albino mientras este se hallaba sentado en el espacio que quedaba entre la pared de la esquina y la revuelta cama. Los sentimientos que tenía dentro de sí lo confundían, por una parte estaba molesto y dolido con Hibari por haberle hecho eso, por haberlo lastimado de esa forma tan cruel y no estaba seguro si alguna vez podría perdonarlo; pero por otra parte, si lo hubiera dejado hablar podría haberle aclarado las cosas y decirle que si quería estar con él, sólo que no en ese momento. Ahora ya no estaba seguro de lo que quería o debía hacer.

¿Perdonar a Hibari e irse con él dejando a Yamamoto?

¿Darle una nueva oportunidad al espadachín y olvidarse de una vez del prefecto?

¿Lo perdonaría Yamamoto si le decía lo que había pasado?

...¿Todo eso había sido de verdad su culpa?

No podía responder todas esas preguntas, su mente estaba terriblemente confundida y lo único de lo que estaba seguro era que quería permanecer allí, escondido en su habitación hasta que supiera como enfrentar al mundo de nuevo, desahogando sus sentimientos y sus lágrimas en la soledad.

¿Qué debo hacer ahora?

Nunca nadie había visto a Gokudera Hayato en un estado más lamentable.

Lo que los años que pasó completamente solo intentando sobrevivir por su cuenta en el bajo mundo, lo que los abusos, rechazos y palizas no habían logrado con él, una persona lo consiguió en una sola noche, en solo unas horas.

Lo habían quebrado por completo.


Bueno, supongo que ya notaron que es en esta parte de la historia donde se ubica lo que sucede en el prólogo ^_^U.

Mmm...¡lo siento! T_T Fui cruel con Haya-kun, lo sé, pero era necesario y sólo para que sepan, recién se viene la peor parte ó_ò, sospecho que van a querer matarme, en especial Dera TT_TT.

Como sea, debo ir a deprimirme en alguna parte por esto y por todas las cosas que están pasando en mi vida y que no son muy buenas -_-U.

Ciao!