¡Hola a todos! Al menos a los que aun estén interesados ^_^U, no los culparía si no lo están -_-U. Sé que me demoré bastante y no hay excusa que valga, pero realmente me trabé y no sabía como continuar. Sumado a eso, estoy en mi último año de carrera por lo que a mis profesores se les ha dado por matarme del estrés. Ahora no los voy a demorar más, aquí está la esperada continuación.

Disclaimer: Katekyo Hitmn Reborn no me pertenece.


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The rest of my life

La gente se atropellaba torpemente al intentar hacerse paso por las concurridas calles de una populosa ciudad italiana. No cabía duda que era la hora a la que normalmente todos salían de trabajar, el gentío era tal que apenas si podían ver a dónde se dirigían o cambiar de dirección sin ser arrastrados por el mar de personas. Era aún peor cuando la gente llegaba a reconocerlos y se quedaba mirándolos o se les acercaban para conseguir un autógrafo. En serio, ¿de quién fue la maravillosa idea de dar una vuelta por la ciudad a esa hora? Las probabilidades de no ser reconocidos como el equipo oficial de baseball de Japón en plena temporada eran casi nulas. Si no fuera porque sólo tenían hasta el día siguiente y sus compañeros habían insistido en al menos conocer algo más de la ciudad que el hotel y el estadio, realmente se hubiera rehusado a acompañarlos. Había que ver lo insistentes que podían llegar a ser.

Ni siquiera pudo seguir tranquilo con sus pensamientos cuando un grupo de jóvenes se les acercaron para otra rápida sesión de autógrafos, sólo puso la sonrisa que tanto había perfeccionado con los años y trató con la mayor gentileza que pudo a los aficionados. Siempre había que ser agradecido con los admiradores, especialmente si desde tan jóvenes se tomaban la molestia de ver sus partidos, sin duda quién más le llamó la atención era el menor de todos, que probablemente no pasaba de los diez años pero se sabía de memoria las estadísticas de cada uno de ellos. Vaya que era listo.

Estaba tan entretenido con el pequeño que no vio al muchacho de pelo negro que se acercaba en dirección contraria, cargando un niño de no más de dos años.

- To-san, tengo hambre.

- Lo sé, nos demoramos más de lo previsto, ¿quieres que busquemos un sitio dónde comer?

- ¡Si!

El pequeñín saltó de la emoción en brazos de su padre, casi golpeando a un grupo de jóvenes que estaban reunidos en torno a algo que no podían distinguir bien. Uno de ellos se disculpó antes de volver a su centro de atención.

- Entonces señor Yamamoto, ¿realmente se van mañana?

El deportista le respondió sin voltear a verlo del todo antes de que su admirador favorito volviera a llamar su atención, distrayéndose completamente no pudo notar cómo el joven con el niño en brazos se detuvo súbitamente antes de reanudar su marcha a un ritmo más rápido.

- To-san, ¿pasa algo?- preguntó el pequeño confundido.

- No, apurémonos y regresemos a casa ¿sí?- respondió tratando de mantener la calma.

La voz, hubiera reconocido esa voz en cualquier parte y más aun respondiendo a un apellido que definitivamente no era italiano, lo único en lo que pudo pensar era en perderse lo más que podía entre la multitud. Pero no era el único con una buena memoria auditiva. Aún entre todo el barullo de gente, la excitada voz del chiquillo que no dejaba de hablarle y los metros que ahora los separaban, la voz del pelinegro logró llegar hasta el japonés quien inmediatamente la reconoció, volteando tan rápido la cabeza que su cuello emitió un crujido que sobresalto a los que lo rodeaban.

- ¿Takeshi?- llamó uno de sus compañeros de equipo, pero fue ignorado completamente.

Su mirada se paseaba desesperada entre la multitud intentando ubicar ese destello plateado que le permitiría saber que lo que acababa de oír no era sólo su imaginación pero no había nada, nada… hasta que su mirada cayó en un pequeño niño que era llevado en brazos. No se detuvo a pensarlo, empezó a correr todo lo que podía a través del mar de gente para intentar alcanzar al niño y a la persona que lo llevaba consigo. No estaba seguro de cómo pero aunque no podía verlos bien, sabía que eran las personas que buscaba.

Lo que ignoraba era que sus intentos habían sido descubiertos por quien pensaba alcanzar y ahora dicha persona estaba haciendo su mayor esfuerzo para perderse de su vista.

Corrió lo más rápido que pudo hasta llegar a la intersección de la calle, mirando para todos lados pero sin poder ubicar de nuevo al pequeño. No sabía a dónde más ir. A partir de ahí podían haber ido en cualquier dirección y el no conocía lo suficiente de la ciudad como para emprender una búsqueda fructífera.

Maldición, no puedo haberlos perdido, no de nuevo.

En una pequeña cafetería ubicada sólo a la vuelta de la esquina, un joven pelinegro se escondía detrás de una columna, casi aguantando la respiración a la vez que cubría suavemente con su mano libre la boca del niño que aún cargaba, intentando decirle que guardara silencio.

- ¡Hayato!- gritó mirando en todas direcciones, pasándose una mano por el cabello en una clara muestra de desesperación.

Su grito fue escuchado por el nombrado, quien se quedó quieto a pesar de sentir un escalofrío recorrer todo su cuerpo. Su corazón palpitaba fuertemente y por un momento sintió la necesidad de responder el llamado, el deseo de salir y reunirse con él otra vez, había pasado tanto tiempo. Un vistazo a su niño le hizo pensar las cosas de nuevo. No, ya no podía pensar sólo en él, ahora Giacomo era más importante. Cuando se fue había estado decidido a hacerse cargo de su hijo él solo, pero no había sido nada fácil a pesar de que su hermana y juudaime iban a ayudarlo de vez en cuando; el criar a un hijo por su cuenta y a tan temprana edad había sido todo un reto. Se dio cuenta de que realmente necesitaba el apoyo de alguien y la aparición de Takeshi casi le hace considerar todo de nuevo.

Pero las cosas ya no eran como antes, la seguridad de su hijo y la suya propia dependía de que mantuvieran en secreto su paradero, además no estaba dispuesto a verse en medio de tan complicado conflicto amoroso de nuevo, prefería demorar ese asunto lo más que pudiera. Por otro lado, durante todo ese tiempo había podido reflexionar y se dio cuenta que la mejor manera de tener a salvo a Giacomo era mantenerlo alejado de la mafia. No podría hacerlo por siempre y tarde o temprano debería empezar a entrenarlo para que encajara en ese mundo, después de todo era hijo de dos personas directamente involucradas y su abuelo era el jefe de una familia mafiosa, sin contar que su padrino era el líder de la mafia más poderosa del mundo, pero quería asegurarse de que al menos sus primeros años los pasara con toda la tranquilidad que le fuera posible en su ya de por sí complicada situación.

- ¡Hey Takeshi!- gritaron sus compañeros mientras le daban alcance- ¿Qué es lo que pasó?

- Es que…- dio un último vistazo a los alrededores- No, no es nada, sólo me pareció ver a alguien conocido.

Probablemente eran solo trucos crueles de su mente y era comprensible, lo extrañaba tanto. Prefería pensar eso a considerar la posibilidad de que una vez más se le hubieran escapado de entre los dedos. Se dio la vuelta y siguió con su camino sin voltear atrás, si seguía así se iba a volver loco.

Mientras tanto, el joven padre dejó escapar todo el aire que había retenido en cuanto vio que el beisbolista se retiraba con sus amigos, limitándose a observar la espalda del hombre que tanto había significado antes en su vida mientras se iba.

- ¿To-san?- preguntó algo intranquilo el menor.

- Todo está bien, no te preocupes, ¿Qué tal si comemos algo aquí?- lo tranquilizó al tiempo que observaba el lugar en el que se habían estado escondiendo.

- ¡Si! ¡Comida!- respondió alegre Giacomo, sonriendo lleno de ánimo.

Y esa sonrisa era todo lo que necesito su padre para que el mundo volviera a estar en su lugar.


Odiaba el papeleo.

En contra de su naturaleza pacífica, debía admitir que definitivamente prefería estar luchando que organizando los montones de papeles y trámites que Reborn le hacía tomar a su cargo, como parte de su preparación de futuro capo de la mafia. Eso era cosa de Gokudera.

Oh si, los pocos días que pasaba con él se había dado cuenta que el italiano avanzaba más en papeleo en un día que él en una semana. Y es que el peliplata tenía un don natural para tener todo organizado perfectamente a su muy original modo y una excelente memoria que no le permitía olvidar nada, ni siquiera los interminables documentos que leía cada vez que Tsuna lo visitaba, es decir, cada ciertos meses.

Porque Gokudera, a pesar de todo, no había dejado su cargo de mano derecha.

Tsuna y él habían logrado desarrollar un sistema de comunicación que les permitía mantenerse en contacto de manera segura, aun así, sólo lo usaban en emergencias. El capo no quería poner la vida de su amigo y la del pequeño Giacomo en peligro por nada del mundo, por lo que se conformaba con las ocasionales visitas que podía hacerle, y tomaba todas las medidas del caso cuando eso llegaba a pasar.

Un suspiro escapó del castaño mientras se aflojaba la corbata y se recostaba en su silla, luego de un arduo día de trabajo. Realmente extrañaba mucho tener a su ojiverde amigo a su alrededor. Y sabía que no era el único.

Había visto el cambio que tanto Hibari como Yamamoto habían tenido. No había sido muy notorio pero definitivamente no eran los mismos. Gokudera se había llevado una parte muy importante de su corazón cuando se fue, y aunque en cierta manera eso los había ayudado a sentar cabeza, era evidente que la pérdida de la familia que casi habían tenido les dolía mucho.

Y lo peor de todo, era que aún no había signos de que eso fuera a terminar. Los Riscatto no habían dado señales de seguir persiguiendo a Gokudera, pero tampoco de haber olvidado el asunto. Era francamente desesperante no saber que terreno estaban pisando. Lo único que les quedaba por el momento era mantener la situación como estaba hasta que pudieran confirmar que el italiano y su ahijado ya no eran un objetivo. Sólo así existía la esperanza de que las cosas pudieran cambiar y quizás, mejorar, terminando lo que estaba inconcluso.

Si, sólo quedaba esperar y no perder la esperanza en el proceso.


Ya estaba harto.

Los días se le hacían demasiado largos y su paciencia estaba llegando a su límite. Si bien en un primer momento había estado de acuerdo en que esa era la mejor solución, no había podido evitar seguir buscando a su herbívoro por su cuenta y con frustrantes resultados. Realmente se había esmerado en desaparecer.

Pero no, no iba a dejarlo así. Nadie tomaba decisiones en su lugar, ni siquiera Gokudera Hayato e iba a encontrarlos a él y a su hijo, así fuera lo último que haga.

No podía confiar en que Riscatto se hubiera rendido y no iba a estar tranquilo si no estaba a su lado para protegerlos, aun sabiendo lo fuerte que era el bombardero las cosas se complicaban con un niño en medio de todo eso y no quería ni imaginarse lo que podría llegar a pasar si el pequeño terminaba en medio de una pelea.

Por otro lado, no estaba dispuesto a dejar ir al ojiverde sin que le diera otra oportunidad. Lo extrañaba, demonios. Si bien había sido su culpa arruinar algo maravilloso que apenas comenzaba a nacer, había aprendido su lección y quería luchar por las cosas que eran importantes para él. No iba a rendirse tan pronto de nuevo, nunca más.

E iba a morder hasta la muerte a quien se interpusiera en su camino.


En el frío salón no se escuchaba ningún otro ruido más que la respiración de sus ocupantes, todos y cada uno esperando la orden de su líder para hablar y soltar la información que tanto les había costado conseguir.

- ¿Y bien?- habló la rasposa voz.

- Se encuentra en Italia- respondió de inmediato uno de los subordinados.

- ¿Nada más?

- Es todo lo que hemos podido averiguar hasta ahora, las pistas son difusas y…

- ¡Me importa un demonio eso! ¿Acaso dos años no han sido suficientes?- la voz se encontraba completamente encolerizada- Quiero la ubicación exacta de ese fenómeno o sus cabezas rodarán junto con la suya, a algunos de ustedes ya les he dado demasiadas oportunidades- dirigió su mirada a dos figuras que se encontraban al fondo.

- Lo sentimos mu…

- ¡Ya cállense! No quiero oír una palabra más. Largo.

Todos comenzaron a desocupar la habitación a prisa, saliendo al último las dos figuras a las que se había dirigido antes, no sin dirigirle una última mirada a su líder el cual se encontraba sujetando con fuerza su antebrazo derecho, donde todos sabían que debajo de la túnica se encontraba la cicatriz de una mordedura felina.

Nunca iba a perdonar al causante de eso.

- Pensé que iba a ser peor- susurró con un suspiro una voz joven, apenas cerraron las grandes puertas.

- Si te escuchan, te matan- le respondió su acompañante al tiempo que lo analizaba por debajo de la capucha- Estás reteniendo información, ¿cierto?- susurró con cuidado de que nadie más lo escuchara.

- ¿Qué? ¿Yo? ¿Por qué iba a hacer eso?- respondió de inmediato el otro, usando el mismo tono.

- Te conozco, a mí no trates de engañarme- le regañó aún sin levantar la voz- No me importan tus motivos pero piensa en lo que haces porque estás solo en eso. Ya recibí un disparo en el hombro por todo este asunto, no voy a recibir uno en la frente, ni siquiera por ti.

Con eso dicho, el más alto de los dos empezó a alejarse en la dirección por donde el resto se había ido antes.

- Entiendo, hermano mayor…- susurró el más joven antes de irse en dirección contraria.

La función comenzaba de nuevo.


¿Qué les parece? Decidí continuar la historia aquí y ya tengo pensada la trama, así que no debería demorarme tanto esta vez, al menos eso espero. Me han pasado muchas cosas en este tiempo, pero creo que por ahora estoy bien.

Este capítulo que es un nuevo comienzo, va dedicado a una querida amiga que ya no se encuentra conmigo pero no me cansaré de agradecer el haberla conocido. Será hasta que nos volvamos a encontrar en ese hermoso lugar en el que estoy segura que estás ahora y podamos reír juntas de nuevo. Te voy a extrañar mucho, todas te vamos a extrañar.

Ciao!