¡Aquí está! Por fin, por fin lo terminé. Lamento mucho la demora pero a veces necesito que me jalen las orejas para ponerme a conciencia a terminar las cosas que hago. No los pienso demorar más pero sólo les recomiendo escuchar la canción "Run" de Snow Patrol que le dio título e inspiración a este capítulo y si la escuchan les dará el ambiente indicado.
Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn no me pertenece.
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Run
La mañana se asomaba en el horizonte, despertando a los dos habitantes de una pequeña pero confortable casa. El mayor se dispuso a empezar el día preparando el desayuno y el pequeño almuerzo que su hijo de casi tres años llevaría a la guardería donde se quedaba mientras él trabajaba. No era que en realidad necesitara de mucho dinero, su padre se encargaba de dejarle una cantidad más que suficiente para vivir cada cierto tiempo, pero no le gustaba ser tan dependiente. Por otro lado, sería demasiado sospechoso que para los demás simplemente viviera de la nada.
Cuando hubo terminado de alistarlo todo se dispuso a la titánica tarea de despertar al pequeño Giacomo. No era que tuviera el sueño muy pesado, sino el genio que tenía cada vez que despertaba.
- Tenías que sacar esos genes, ¿verdad?- murmuró para sí mismo ante el quinto gruñido que le lanzaba el menor mientras se enterraba aún más entre las sábanas- A este paso ambos llegaremos tarde…de nuevo.
Si algo tenía que agradecer era la paciencia y comprensión que su jefe, el señor Melloni, tenía cada vez que llegaba tarde por culpa de su hijo; aunque sabía que eso era porque el pobre caballero estaría ahogado en sus cuentas si él no fuera a ayudarlo a administrar el no tan pequeño hotel que dirigía.
A pesar de todo, parecía ser un buen día.
Los pasos apresurados resonaban por el corredor hacia una oficina ubicada al fondo. El mensajero de tan buenas noticias por poco no alcanzó a tocar la puerta y pedir el adecuado permiso antes de entrar.
- ¿Qué es lo que quieres?
- Le tengo buenas noticias, mi señor.
- ¿Y bien?
- Encontramos a nuestro objetivo.
El silencio que cayó después de esas palabras fue tan pesado que por un momento se sentía como si el tiempo se hubiera detenido. Por suerte, sólo fueron unos segundos antes que la macabra voz que dirigía todo desde las sombras resonara de nuevo.
- ¿Qué estás esperando para eliminarlo?
- S…si, enseguida- y con la misma rapidez con la que el encapuchado llegó, se fue.
La espera se había terminado.
El sonido de la puerta chocando contra la pared lo sacó de golpe de la concentración que tenía en el documento en sus manos. Apenas tuvo tiempo de identificar al intruso como uno de los nuevos reclutas antes de que sus palabras lo pusieran en alerta.
- ¡Juudaime, tenemos un problema!
- Tranquilízate Ryuu, ¿qué pasó?- dijo tratando de sonar calmado.
- Se han visualizado a Riscatto entrando al círculo de seguridad.
La sangre se le heló completamente. Sabía que su subordinado no tenía idea de lo que se protegía dentro de ese círculo imaginario, que no era nada más que una superficie con un radio de 100 kilómetros que cubría la zona en la que vivía Gokudera y que incluía su trabajo y la guardería de su ahijado, pero había sido bastante claro en cuanto a su protección como para que entendiera su importancia.
- ¡Prepara un equipo de ataque y deja en espera a uno de refuerzo! ¡Ninguna restricción! ¡Partimos de inmediato!
No espero a escuchar una respuesta, el muchacho había probado ser eficiente hasta el momento, y salió de inmediato a conseguir lo que necesitaba para la batalla que siempre estuvo temiendo y que por fin había llegado. Con suerte su avión privado los llevaría a tiempo y podrían llegar antes que ellos.
Sólo le quedaba informar a otras dos personas más y a la posible víctima en el camino.
Tal como lo sospechaba, le había tomado casi dos horas tener listo a Giacomo y ahora por fin se dirigían a sus respectivos destinos, cada uno con un retraso evidente. Suspiro mientras acomodaba al niño en sus brazos y lo dejaba jugar con su negro cabello a la vez que comentaba cosas sin sentido. Al final había decidido dejárselo crecer un poco, aunque en un corte distinto al que usaba antes, no quería arriesgarse.
Si bien le encantaba que la ciudad donde vivía era tan tranquila que uno podía caminar sin apuros, sabía que ya no podían tomarse más tiempo o se meterían en problemas, así que apresuró el paso hasta detenerse en un semáforo antes de cruzar la calle. Un sonido leve quitó su atención de los coches que seguían pasando.
Un timbre en el localizador que Juudaime le había dado. Un timbre que sólo tenía un motivo para sonar.
Un timbre que NO debería sonar.
- ¡Diablos!- se recuperó del shock casi de inmediato y emprendió la carrera de regreso a casa.
Tenía que llegar a recoger el maletín que tenía preparado para esta situación, aunque había esperado jamás tener que usarlo. Su inesperada carrera asustó a su hijo, que empezó a gimotear aferrándose a él con fuerza, sin entender lo que pasaba.
- ¿T-to-chan?
- Lo siento, lo siento, todo va a estar bien, todo tiene que estar bien- susurró, tratando de tranquilizarlos a ambos.
Cuando finalmente llegó a su casa, se apresuró en entrar y dejar a Giacomo sentado en su silla favorita mientras tomaba todo lo que necesitaba para hacerlos desaparecer de nuevo. Cuando tenía todo listo fue cuando se dio cuenta que su pequeño estaba llorando. El apuro de su padre lo había asustado más de lo que su pequeña cabecita podía entender y sus verdes ojos estaban inundados en lágrimas de desconsuelo.
- Perdóname Giaco, lo siento, pero de verdad tenemos problemas- sus súplicas no fueron escuchadas y su bebé continuó llorando- Está bien, está bien- susurró cargándolo en sus brazos y meciéndolo un poco, si seguía llorando sólo iba a llamar la atención y realmente no quería eso- Voy a cantarte una última vez y después realmente tenemos que irnos, ¿de acuerdo?
Dejo que su voz saliera tranquilizando a su hijo, las notas musicales calmándolo al instante y lentamente se quedó dormido en sus brazos. Mientras lo miraba dormir lo aferró un poco más hacia él. Giacomo era lo único que había hecho bien dentro de todo el enredo que su imprudencia había creado, el único inocente, y daría su vida con tal de protegerlo.
No perdió más tiempo en tomar sus cosas y salir de la que hasta ese momento había sido su casa.
El mensaje que Kusakabe le había pasado era lo que había temido durante los casi tres años que habían pasado desde la última vez que vio a su herbívoro y a su hijo. No se molestó en dar explicaciones a nadie, atropelló a todos los que se interponían en su camino a la salida y tomó su moto para partir al aeropuerto.
Sabía que Kusakabe no necesitaba más explicaciones que el seco "A Italia" que le había lanzado cuando terminó de leer la nota y que para cuando llegara al aeropuerto, ya habría un avión privado listo para partir. Él se encargaría de dar las indicaciones a lo largo del camino.
- Maldito Tsunayoshi Sawada- murmuró entre dientes.
¿Qué no se suponía que él se iba a encargar de cuidar y mantener a su familia a salvo? ¡Nunca debió permitir que los separaran de su lado! No había nadie mejor que él para protegerlos. Aceleró la moto sin importarle a quien podía atropellar en el camino, no había tiempo de ir más lento, si no lograba llegar a ellos…
Confiaba en que su herbívoro rebelde podía mantenerles la lucha, pero ¿por cuánto tiempo?
No podía ser cierto, ¿verdad? El mensaje que recién había recibido de Tsuna no podía estar bien.
Tardó unos segundo en asimilar la idea antes de salir corriendo sin molestarse en responderle a sus compañeros de equipo que lo llamaban preocupados. Su única prioridad era ver a Gokudera y a Giacomo a salvo, nada más importaba. Y lo peor, si la ubicación que Tsuna le había mandado era correcta, entonces esa vez que creyó verlos…
¡Maldición! ¿Cómo había podido ser tan estúpido de dejar que se le escaparan de entre los dedos otra vez? Si los hubiera alcanzado entonces nada de esto estaría pasando. Él estaría allí, con ellos, protegiéndolos de todo lo que fuera necesario.
Pero ya no había marcha atrás y ahora solo quedaba apresurarse, no tenía tiempo que perder.
El tren se movía lentamente, meciendo con su ritmo aún más al pequeño que seguía dormido en brazos de su padre. El ahora pelinegro había logrado alcanzar uno de los trenes que lo llevaba directamente a una de las ciudades que quedaba cerca de la frontera con Francia. Sería un viaje largo, pero si el plan marchaba como debía podrían salir del país sin problemas, ya luego podría contactar al décimo y a su padre para avisarles que todo había salido bien.
Tenía que salir bien.
Le echó un vistazo a su retoño, durmiendo pacíficamente sin saber el grave peligro que en esos momentos podía cernirse sobre sus cabezas. Sabía que no podía dejar de estar alerta pero cada vez que lo miraba se daba más fuerzas, tenían que salir de allí, no importaba a dónde siempre y cuando fuera un lugar seguro, un lugar donde Riscatto no los encontrara.
Podemos hacerlo, si estamos juntos todo va a estar bien.
Un destello.
Fue toda la alerta que necesitaba.
Antes de que la explosión hiciera descarrillar el tren él ya había saltado de su asiento con su hijo y lo que pudo agarrar en las manos. Se agachó para protegerlo con su cuerpo y en cuanto el tren dejó de moverse emprendió la carrera a través de una de las salidas de emergencia, mucho antes de que alguno de los otros pasajeros pudiera siquiera darse cuenta de que es lo que estaba pasando. No tenía otra opción, tenía que correr y alejarse lo más posible de ese lugar. Era la segunda vez que intentaban atraparlo de la misma forma y sabía que esta vez no se iban a conformar con revisar si había muerto en el accidente provocado.
El fuerte sonido y los rápidos movimientos habían despertado asustado a Giacomo, que miraba con sus aterrorizados ojos verdes todo lo que pasaba a su alrededor. Parecía que quería llorar pero por más que le encantaría calmarlo, el sonido de las personas gritando y del tren colapsando sobre sí mismo no dejaba que su voz llegara al pequeño, así que sólo pudo abrázalo más contra sí mismo para demostrarle que seguía a su lado. Por suerte no habían llegado muy lejos de la estación, si sólo pudieran llegar allí…
Una explosión aún más fuerte sonó, dejándolo sordo por unos instantes y fue cuando se dio cuenta que lo que fuera que había explotado había estado justo detrás suyo. Lo habían visto. No dudó más en sacar su Sistema C.A.I. y protegerse con los escudos a tiempo de una explosión que había ocurrido justo sobre sus cabezas antes de emprender a toda marcha una carrera contra el tiempo.
Esta vez corría por sus vidas.
Estaba tan concentrado en correr que ni siquiera podía gastar el aliento en tranquilizar a su hijo, aunque por el susto, Giacomo no había emitido ni un solo sonido. Sólo se limitaba a ver con sus ojos llorosos todo lo que pasaba a su alrededor, aferrándose fuertemente a su padre. Ya casi llegaban, casi…
Hasta que el suelo debajo de ellos se levantó y los arrojó en medio de los escombros que habían quedado amontonados a un costado, con tal fuerza que si el italiano no hubiera sostenido al menor este se le hubiera escapado de las manos; pero con tal mala suerte que Gokudera no pudo evitar ser atravesado en un costado por un pedazo de riel. Sintió el impacto y por un momento lo único que lo mantuvo alejado de la inconciencia fue escuchar el llanto de su hijo y el latir de su propio corazón que resonaba dentro de su cabeza, se aferró más a su retoño, girándolo para verlo a los ojos, tan verdes como los suyos.
No podía moverse, aun cuando no llegaba a sentir el dolor producto del shock, sabía que si el pedazo de metal lo había atravesado de lado a lado, entonces el moverse para tratar de sacárselo sólo iba a provocarle una hemorragia incontrolable, eso sin tomar en cuenta todos los órganos que ya debían estar dañados y la hemorragia interna que en unos minutos comenzaría a quitarle fuerzas.
No quería rendirse, no así.
Preparó algunas dinamitas, las que podía maniobrar sin tener que moverse mucho, y las arrojó en la dirección de la cual lo habían estado atacando. Pudo sentir algunos gemidos y no pudo evitar sonreír, a pesar de que sintió claramente como un pequeño río de sangre comenzaba a salir de su boca. Si iba a perder no iba a ser sin contraatacar y llevarse con él a algunos de esos miserables. Dirigió su vista de nuevo a su hijo, no quería dejar de verlo, el tan sólo pensar que en unos minutos podría morir y no volver a ver nunca esos hermosos ojos o a cantarle hasta hacerlo dormir, lo llenaba de una angustia que no podía soportar.
- ¡To-chan! ¡To-chan! ¿Qué pasa?
¿Qué va a pasar con él ahora? ¿Los Riscatto se lo llevarán? ¿Qué harán con él?
Su visión comenzaba a ponerse borrosa, no sabía si por la rápida pérdida de sangre o por las lágrimas que sin darse cuenta ya no podía contener, así que hizo lo único que podía hacer en esos momentos…lo abrazó con todas sus fuerzas.
No quiero, no quiero que termine así, quiero tenerlo conmigo, no quiero dejarlo con ellos. Por favor, no puedo morir ahora.
La orgullosa tormenta que atacaba sin rendirse, había sido reducida completamente y obligada a aceptar su derrota sin poder siquiera contraatacar como era debido y a pesar de lo mucho que quería confortar al aún lloroso infante entre sus brazos, no podía evitar sentir que eso era una despedida. Unos pasos acercándose le indicaron que su tiempo parecía haber terminado, la figura encapuchada que no podía distinguir bien se agachó a su lado y con cuidado empezó a alejar al niño de su lado.
- ¡To-chan!
- ¡No!- gritó con las pocas fuerzas que le quedaban, haciendo llorar aún más al pequeño y revolverse con fuerza para no dejar que lo tocaran- Por favor, por favor no…- terminó susurrando a la vez que escupía un poco de sangre.
- Tranquilo… te prometo que va a estar bien, lo voy a cuidar- le respondió la persona también susurrando.
Esa voz, conozco esa voz…
Y como si se activara una película, supo que era él quien se había llevado a su bebé esa vez en el hospital cuando Giacomo apenas había nacido.
- Tú…
- No digas nada- le advirtió la voz mirando a su alrededor por si alguien lo había escuchado, sólo en ese momento un destello de luz le permitió ver el rostro de un joven debajo de esa capucha, no era mucho mayor que él y tenía unos conciliadores ojos grises- Lo siento, de verdad no quiero hacer esto, pero si no lo hago me matarán y se lo llevarán de todos modos, pero voy a hablarle de ti ¿sí? No voy a dejar que te olvide.
Alejó al niño de sus manos sin que pudiera poner mucha más resistencia. Ya no tenía fuerzas. Sintió unas lágrimas correr por sus mejillas mientras veías como el extraño se incorporaba con su aterrorizado hijo en brazos…antes de sacar una pistola y apuntarle.
- Lo siento, de verdad.
Cerró los ojos, de todos modos ya no podía ver casi nada, y se concentró en el llanto de su hijo.
Está bien, al menos si muero, aunque no puedas verme o escucharme voy a estar siempre a tu lado. Ya no llores más.
- ¡To-chan!
Un disparo cortó el silencio.
Y se terminó...
TT_TT ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Ya pueden matarme! ¡Yo también me odio en este momento! Pero era necesario ¡De veras!
Bien, nos vemos en el siguiente capítulo.
Ciao!
