Hola a todos! ¡FELICES FIESTAS! Aunque probablemente estoy un poco tarde con la felicitación, aquí estoy con un nuevo capítulo. Tenía pensado ponerlo antes pero el estrés de los últimos cursos era demasiado, entre eso y uno de mis amigos que es el prototipo perfecto de uke, la vida se volvió muy distrayente -_-U. Aun así, tienen derecho de molestarse, uno o dos capítulos al año no está bien, con suerte podré mejorar esa racha de ahora en adelante que ya llevo una carrera menos. Por cierto, la canción que use fue Stop crying your heart out de Oasis.
Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn no me pertenece.
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Stop crying your heart out
Casi no sentían sus pies moverse, tampoco eran conscientes de la velocidad a la que corrían. Solo podían sentir como cada segundo avanzaba a un tortuoso paso y por más que avanzaran no parecían llegar a su objetivo. Desde que salieron del auto que los llevó desde el aeropuerto al lugar donde se había producido un sospechoso accidente menos de diez minutos antes, no se habían detenido en ningún momento. La desesperación por llegar junto a esas personas tan importantes y que ahora los necesitaban los ahogaba y solo podían pensar en correr.
Yamamoto estaba por obvias razones más acostumbrado al esfuerzo físico, por lo que no pasó mucho para que se le adelantara a Tsuna y al resto del equipo de rescate en llegar al lugar en el que ya se estaban juntando algunos curiosos mientras que algunas patrullas y paramédicos podían escucharse a la distancia, apresurándose en llegar para atender a los heridos y averiguar qué había pasado.
Al menos habían llegado antes que la policía.
Pero el lugar estaba hecho un desastre y pronto se dieron cuenta que entre todo el tumulto, no tenían realmente donde empezar a buscar al bombardero. La gente pedía auxilio desde los vagones del tren o corrían hacia la estación, pero ninguno de ellos era al que buscaban y eso sólo ahondaba el sentimiento de desesperación. De pronto, un maullido insistente se escuchó y lo reconocieron al instante. Uri, solo podía ser Uri. Antes de que se dieran cuenta ya estaban corriendo en dirección hacia el sonido, el cual venía de uno de los costados de la vía férrea. Al acercarse se sorprendieron de ver que la figura inmóvil del ahora pelinegro italiano no estaba sola.
- Hibari…- murmuró el beisbolista antes de fijarse en Gokudera y en la gran cantidad de sangre que lo rodeaba- Él…él está…
No podía completar siquiera ese pensamiento. Hibari le estaba dando la espalda, inclinado al lado del bombardero así que no podía ver su expresión. Uri se encontraba a su lado moviendo sus pequeñas patitas sobre el brazo de su amo sin obtener respuesta alguna.
No es cierto, no puede ser cierto.
- Esta vivo, pero por poco- respondió el antiguo prefecto aun sin dar la vuelta-No puedo moverlo, si trajiste ayuda médica llámala.
En ese momento el espadachín recordó que Tsuna estaba con ellos y volteo para verlo ya hablando por el intercomunicador indicando su posición, lo que trajo cierto alivio a su corazón. Un alivio que no duró mucho.
- Giacomo no está, se lo llevaron.
Todo ruido se cortó de pronto para los recién llegados Vongola. El mundo se detuvo ante la realización de la peor pesadilla que hubieran podido tener, un solo pensamiento cruzando sus mentes.
Tarde.
Llegamos tarde.
Fallamos.
No pudieron ahondar más en su dolor cuando llegó el equipo médico y se encargó del ojiverde, pero la preocupada mirada en sus ojos les dijo que lo peor no había terminado. Solo acercándose un poco más pudieron notar el pedazo de metal atravesando por completo el costado del italiano y toda la sangre que ya había perdido por esa razón y, por las manchas rojizas que podían ver, que Hibari había tratado de detener con sus propias manos. El traslado en la ambulancia se sintió como un sueño y de pronto se encontraron en las afueras de la sala de operaciones, esperando.
Resiste, por favor resiste.
Era el pensamiento común que todos tenían. Tsuna en algún momento que ahora parecía borroso ya había organizado toda una búsqueda para dar con el paradero de su ahijado. Una pista, un rumor, lo que sea que le ayudara a ver a Gokudera a los ojos cuando despertara sin agachar la mirada con la vergüenza de haber fallado en protegerlos.
Pero sin poder evitarlo, jamás había estado tan asustado.
En algún momento, el pequeño se había dormido en sus brazos.
No se sentía orgulloso de lo que había hecho, arrancar un niño de los brazos de su moribundo padre para llevarlo consigo a un lugar que por experiencia propia sabía que no era mejor que el infierno era una de las cosas que lo atormentaría por el resto de sus días. Sin embargo, podía de alguna manera sentirse orgulloso de no haber sido él quien diera el golpe final. Si, lo pensó en un momento, pero apenas vio la mirada de ese joven antes de perder la conciencia supo que no iba a ser capaz, así que disparó justo al costado de su cabeza fallando por solo un centímetro de su objetivo original. De esa manera, le hizo creer a todos los demás que lo había matado y sabía que con el corto tiempo que tenían no se detendrían a revisar.
Su palabra bastaba por ahora.
Dio un nuevo vistazo al infante en sus brazos y sin poder evitarlo, sintió un deje de lástima y culpa al ver lágrimas aun cayendo por esas rosadas mejillas. No había parado de llorar desde que lo alejara de su padre y si se había dormido era solo por el cansancio que su pequeño cuerpo no había sido capaz de seguir soportando. Al menos se había dado cuenta que el pequeño era fuerte, lo que era una ventaja en su nuevo hogar, pero definitivamente iban a tener que trabajar con su actitud si todos los golpes y mordidas que le había dejado en el brazo significaban algo.
Pero no importaba, le prometió a su padre que lo cuidaría y le hablaría de él y aunque significara romper las reglas de la abadía pensaba hacerlo.
El dolor era insoportable.
Sentía una especie de niebla rondar su mente, impidiéndole de recordar algo que sabía era importante. Era como no estar en completo control de su cuerpo y aun a través de sus confusos pensamientos pudo deducir que debía ser el efecto de alguna anestesia.
Anestesia…
El sonidillo molesto que recordaba que indicaba sus latidos taladraba sus oídos y aumentaba su dolor de cabeza. Definitivamente estaba en un hospital.
Pero… ¿por qué?
Imágenes confusas se arremolinaron frente a sus ojos, pero sólo una captó su atención.
El rostro de su hijo.
Giacomo.
- ¡Giacomo!
No fue consciente de que había gritado, ni del dolor que se esparció por todo su cuerpo al sentarse de una sola vez, ni tampoco de lo torpe de sus movimientos producto de la anestesia. Lo único que quería era ver a su hijo, necesitaba tenerlo entre sus brazos y saber que todo no había sido nada más que una horrible pesadilla. Escucho voces y recién notó a todas las enfermeras a su alrededor tratando de calmarlo, diciéndole que resistiera, todo era borroso por las lágrimas que se acumulaban en sus ojos pero eso no importaba.
Ellas no entendían, nadie entendía.
¡Necesitaba encontrar a Giacomo!
- ¡Ya basta!- rugió una voz melancólicamente conocida.
Un vistazo en esa dirección le mostró tres figuras. Juudaime y Takeshi mirándolo con dolor y culpa detrás de la imponente figura que había calmado el alboroto. Hibari.
- ¡Mi bebé! ¿Dónde está mi bebé? ¡Necesito verlo! ¡Quiero ver a Giacomo!- no podía controlarse, ni siquiera cuando el ex-prefecto comenzó a acercársele sin que pudiera ver sus ojos cubiertos por la sombra de su cabello- ¡Hibari! Por favor…por favor, por favor, ¿dónde está Giacomo?
No supo en que momento el pelinegro se sentó en la cama y lo tenía fuertemente sujeto de los brazos, impidiéndole moverse y hacerse más daño.
- ¡Suficiente! Necesito que me escuches y me escuches bien. Sabes perfectamente lo que pasó aún mejor que nosotros. Giacomo se fue, ¡se lo llevaron!
Todo se detuvo en ese instante para el ojiverde, efectivamente paralizándolo en su sitio sin siquiera parpadear.
- ¡Hibari! ¿Qué demonios piensas que…?- intentó interrumpir Yamamoto.
- Cállense y dejen que yo me encargue- fue la cortante respuesta antes de volver su vista al italiano- Giacomo no está y no hay nada que puedas hacer en este momento para cambiarlo y traerlo de regreso, necesitas entender y aceptar eso, pero no puedes empeorar la situación poniéndote en riesgo, ¡casi te matan! Y por ahora lo único que te mantiene a salvo es que crean que lo lograron.
Sólo en ese momento Gokudera pudo pensar lo suficientemente coherente para procesar la información y fijarse en los tranquilos ojos de Hibari. Demasiado tranquilos…y no le gustó nada.
- ¡¿Cómo puedes estar tan calmado?!- explotó de nuevo- ¡¿Es que acaso no te importa?! ¡Él también es tu hijo!-
No se dio cuenta del peso de lo que acababa de decir hasta que notó como las dos únicas personas que ahora lo acompañaban habían dejado de respirar. Su secreto mejor guardado había salido a la luz.
- Lo sé…- fue la extrañamente suave respuesta, y solo en ese momento pudo ver la verdadera angustia en los ojos azules- Siempre lo he sabido- pero pronto esa mirada se llenó de algo muy diferente- Y es por eso que voy a traerlo de vuelta contigo.
- ¿Qué…?
- Mírame a los ojos Hayato- dijo a la vez que lo tomaba fuertemente del rostro y hacía que lo mirara- Necesito que resistas, ¿sí? No estés asustado y no te preocupes, voy a traer a Giacomo de regreso, haré lo que sea necesario pero voy a encontrarlo y él va a estar de nuevo en tus brazos. Si tengo que meterme a esa maldita organización hasta lo más profundo lo haré, pero nuestro hijo va a estar de nuevo con nosotros.
- ¿Lo prometes?- su voz estaba quebrada, pero en ese momento Hibari era su única fuente de luz- ¿De verdad vas a traerlo? ¿Voy a verlo de nuevo?
- Te lo juro, así que deja de llorar- una pequeña sonrisa se asomó en los labios del ojiazul-Tomaré lo que necesito y partiré de inmediato, pero antes…
El beso que le dio al italiano fue algo completamente inesperado. Fue bastante intenso, cada lágrima contenida, sentimiento de angustia y promesa de esperanza fueron reflejados en una simple acción, a pesar de que esta no durara mucho. Al separarse se miraron unos instantes a los ojos, ignorando el dolor reflejado en unos ojos miel a un costado.
- Cuídate mientras no estoy herbívoro.
Con esas palabras se apartó de su lado y se dirigió a la salida, no sin antes detenerse junto al beisbolista.
- Te lo encargo.
No necesitó decir más, el leve asentimiento del otro fue respuesta suficiente para que siguiera su camino.
Despertó sobresaltado.
Miró frenéticamente a su alrededor solo para darse cuenta que no era una pesadilla y no podría irse corriendo a buscar refugio en los brazos de su to-chan. Se encontraba recostado en una cama extraña, en una habitación desconocida y solo podía sentir como las lágrimas se acumulaban en sus verdes ojos y la angustia lo comía por dentro.
- Ya despertaste
Casi gritó cuando escucho la voz del recién llegado que no había notado, pero se aguantó lo mejor que pudo. Iba a ser valiente como su to-chan. Volteó a mirar al desconocido con todo el coraje que podía a pesar de que algunas lágrimas escapaban de sus ojos y su labio inferior temblaba.
- ¿Dónde estoy?- preguntó al encapuchado con la voz temblorosa.
- En tu nuevo hogar- le respondió mientras se acercaba hasta estar frente a él y al ver los intentos del pequeño por escabullirse de su presencia decidió quitarse la capucha- Tranquilo, no tengas miedo, mi nombre es Aziel.
El pequeño solo vio fijamente los ojos grises del joven, aun sin saber si podía confiar en él.
- Giacomo…- susurró su nombre- ¿Mi to-chan?
- Lo siento, él no está aquí- al ver los ojos del niño llenarse de lágrimas de nuevo se conmovió- ¿Tienes miedo?
- ¡Giacomo no tiene miedo! ¡Quiero a mi to-chan!
- Lo siento- se disculpó de nuevo- Pero no podrás ver a tu to-chan al menos por un largo tiempo. Estamos en un lugar muy lejano y mi jefe planea mantenerte aquí donde no creo que alguien pueda encontrarte, pero descuida, me encargaron cuidar de ti y eso pienso hacer- terminó con la mejor sonrisa que pudo darle.
Con eso no pudo contenerse más. Dejó que las lágrimas cayeran libremente y no intentó reprimir sus sollozos. Su to-chan no estaba, no iba a encontrarlo, ¿acaso iba a volver a verlo? Sólo quería regresar a casa. Trató inútilmente de cubrir sus ojos con sus manos para que no lo vieran llorar, pero se detuvo cuando el extraño llamado Aziel lo abrazó.
- Tranquilo, deja de llorar, todo va a estar bien- intentó calmarlo- No te preocupes, las estrellas no se ocultan para siempre.
A pesar de que no entendía lo que intentaba decirle, sus palabras lo tranquilizaron un poco y pudo dejar de llorar.
- Debes levantarte, voy a dejarte ropa, cámbiate y te espero afuera.
Con esas palabras puso un pequeño traje más simple que el suyo junto al niño y salió de la habitación.
Una vez que Giacomo saliera, su nueva vida habría comenzado.
Tres destinos estaban por cambiar por completo. Dejando atrás todo lo que habían conocido, deberían seguir adelante cargando el dolor de la pérdida de lo que hasta ese momento era lo más importante en sus vidas, en un futuro duro e incierto.
Sólo volverían a verse cuando sus estrellas dejaran de ocultarse.
¡Ah! No puedo creer que lo hice, realmente separé a Giaco-chan de Haya-chan TT_TT
En fin, Hibari y Gokudera están un poco OC, pero traté de imaginarme como reaccionarían en ese tipo de situación, tomando en cuenta que ya han crecido y todo por lo que han pasado. Definitivamente creo que Haya-chan entendería que no hay más que pueda hacer estando convaleciente y le dejaría la posta a Hibari. Por otro lado, no crean que Aziel es un insensible por hablarle así a Giacomo, tengan en cuenta que creció en un lugar donde uno solo obedece y no debe sentir, así que no tiene mucha empatía que digamos.
Ciao!
