¡Sigo viva! ^_^U. Ok, lo siento, de verdad. Esta vez me demoré demasiado y supere mis propios límites. Tienen la razón si deciden enojarse o reclamar por ello. No voy a dar excusas, sólo se sepan que realmente lamento haberlos hecho esperar tanto y trataré de que no vuelva a pasar.

Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn! no me pertenece.


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We are bound to be afraid

Dos semanas después…

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El infierno.

No había otra forma de describir su vida a lo largo de esas dos semanas. Despertar, existir y dormir de nuevo a base de pastillas. Existir, porque a eso no se le podía llamar vivir. Sólo existía, esperando, siempre esperando, cualquier noticia, rumor o palabra suelta.

Sabía que había muchas cosas que no le decían, muchas pistas que pretendían ocultarle por miedo a que se ilusionase y que al final sólo llevaran a callejones sin salida. Lo sabía, era por eso que fingía no escuchar mientras que en realidad agudizaba al máximo su capacidad auditiva esperando captar algo, una palabra, un sonido.

Cualquier cosa.

No era como si pudiera salir a algún lugar después de todo. Y eso era lo único que lo mantenía con vida.

Eso y pensar en Giacomo, su pequeño hijo.

No había minuto o segundo que no pensara en él, en que estaba haciendo, en cómo se encontraba, ¿acaso lo estaban lastimando? ¿Tendría miedo? Era tan pequeño y por más que hubiera heredado el carácter y la independencia de su padre, aún necesitaba de cuidados. De sus cuidados. Pero en estos momentos él ni siquiera podía cuidarse a sí mismo y lo sabía, sabía que eran los demás los que estaban constantemente al pendiente de que no se dejara morir en vida, de que al menos comiera algo o descansara un poco.

Especialmente Yamamoto.

El espadachín se había convertido en su principal soporte para resistir todo ese calvario, siempre manteniéndose a su lado y tratando en vano de sacarlo del estado semi-catatónico en que se encontraba. Pero no, su voluntad no era suficiente, él necesitaba algo más y nadie más que Hibari podía dárselo: su hijo.

Porque estaba convencido de que Hibari cumpliría su promesa y lo traería de vuelta a sus brazos. Giacomo también era su hijo después de todo y Hibari lo había sabido desde un principio, por más que él nunca quiso hablar del tema eso no había sido suficiente para hacer desistir al carnívoro. Y sabía que tampoco desistiría esta vez.

Mientras tanto sólo le quedaba eso, esperar.

Realmente odiaba sentirse tan débil e inútil cuando sabía que debía resistir por Giacomo, pero no podía evitarlo. Él estaba aquí, siendo cuidado por todos, mientras su pequeño estaba solo rodeado de enemigos que consideraban su mera existencia un error. Si tan solo supiera cuándo podría volver a verlo…

Miró hacia el techo de su habitación una vez más. No tenía ventanas por seguridad, pero realmente le gustaría siquiera poder mirar el cielo e imaginar que Giacomo también lo estaba viendo, aunque fuera solo para sentirse un poco más cerca de él.

Aunque no puedas verme o escucharme, sigo pensando en ti. Por favor, no te olvides de mí.

Podía sentir las lágrimas acumulándose en sus ojos, tan cansados de tanto llorar.

Sigo contigo, sigo a tu lado. Tienes que seguir adelante mientras estemos separados y ser fuerte como siempre lo has sido, ¿sí? Confía en tu corazón, por más que tengas miedo, tanto miedo como yo de que nunca volvamos a vernos, confía en que si pasará. No me rendiré hasta que pase, así sean unos días o unos meses, vamos a salir de todo este desastre y nunca más dejaré que te apartes de mi lado.

Sé fuerte, por favor.


Odiaba este lugar.

Desde el principio le habían dejado muy en claro que aunque era solo un niño tenía que hacerse cargo de él mismo sin ayuda de nadie y aunque antes hubiera pensado que era perfectamente capaz de hacerlo, ahora entendía que no era tan fácil como parecía. La habitación que le habían dado parecía una mazmorra de los cuentos que su to-chan solía contarle, era fría y oscura, sin ningún tipo de decoración. Tenía que levantarse temprano y alistarse para iniciar con las labores del día, las cuáles aunque no eran muchas ni muy difíciles si eran agotadoras para un niño que recién iba a cumplir los tres años, luego venían las clases obligatorias a las que tenía que ir con otros niños mayores que él que también estaban en ese lugar.

Y eso era lo que odiaba más.

Aún más que el hecho de que no se estaba permitido jugar o tener un descanso, o el hecho de que después de clases tenía más labores. Ni siquiera la horrible comida era tan detestable como las cosas que pretendían que él aprendiera. Su to-chan siempre le había dicho lo listo que era para su edad y su padrino Tsuna muchas veces le comentó que eso lo heredó de su to-chan, así que aunque era pequeño no le era difícil darse cuenta de que las cosas que decían los maestros estaban mal y completamente equivocadas. Para ellos todo parecía ser un acto de maldad y un pecado, incluso su propia existencia.

No lo entendía y no quería entenderlo.

Quería regresar a casa con su to-chan, quería volver a su guardería con su amable maestra que si le enseñaba cosas divertidas y con los otros niños que si querían jugar con él y no lo miraban como si estuviera sucio todo el tiempo, incluso después de bañarse. Quería ver a Uri, a su padrino Tsuna y sus vecinas que a veces le regalaban dulces. Ya no quería seguir en ese horrible lugar.

Sin poder contenerse más, se agachó y lloró en silencio tras la puerta de su habitación.

Tenía miedo de nunca poder regresar.

El suave sonido de alguien tocando la puerta lo sobresalto, pero luego recordó que solo había una persona que realmente se molestaba en tocar. Se levantó con cuidado y trató de borrar los rastros de lágrimas mientras abría la puerta.

- Pasa Aziel.

-…- los amables ojos grises lo observaron en silencio un instante- No fuiste a la capilla, ¿estás bien?- le preguntó a la vez que se arrodillaba a su lado.

- Yo…- trató de hacerse el fuerte pero no pudo, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

- Está bien, entiendo- le dijo al tiempo que lo abrazaba y lo dejaba llorar.

Ese tipo de conductas eran una debilidad y se supone que no debía permitirlas, pero había desarrollado cierto cariño hacia Giacomo y no podía evitar ser algo suave con él. Era muy pequeño para estar pasando por todo ese calvario, realmente no era justo haberlo alejado de su padre de esa manera.

- No tengas miedo, le prometía a tu padre que cuidaría de ti y tengo toda la intención de cumplirlo, así que se fuerte y resiste un poco más ¿sí?- le susurró a la vez que acariciaba su espalda.

- ¿To-chan?- se calmó un poco con la mención de su padre- ¿Hablaste con to-chan?- un leve brillo de esperanza llenó sus ojos.

- Dos veces, pero fueron cortas y antes de traerte aquí- vio el brillo desaparecer de esos ojos verdes- Él realmente te quiere, así que no importa cuánto tiempo pase, no vayas a olvidarte de él, ¿de acuerdo?

- ¡Nunca! ¡Giacomo nunca olvidará a to-chan!

Aziel solo pudo sonreír levemente ante la energía del niño y su determinación por aferrarse a su pasado, algo que normalmente no estaba permitido en un lugar como ese. Y era exactamente eso lo que quería proteger, la voluntad y gran fuerza interna que estaban embotellados en un pequeño cuerpo como ese, seguramente herencia de sus padres.

A quienes con suerte, quizás algún día volvería a ver.


La antigua música sacra llenaba la oscura oficina iluminada tan solo por algunos candelabros que colgaban del techo y la luz que podía colarse por entre las cerradas cortinas. El estilo de todo el lugar era antiguo y con una notoria reticencia a cambiar el más mínimo detalle por algo más acorde a la época actual, exactamente como le gustaba a su dueño, el anciano sentado tras el escritorio.

Tenía que admitir que esta vez se encontraba de buen humor, algo no muy común, pero el suficiente como para disfrutar una copa de vino e ignorar que el pequeño engendro del mal había faltado a la capilla otra vez.

En fin, ya tendría tiempo de sobra para ponerlo en su lugar y asegurarse que no se desviara de la senda como sus abominables padres. Todo el tiempo del mundo.

Una sonrisa surco su arrugado rostro.

Había ganado. Le había tomado años, recursos y esfuerzo, además de lidiar con todas las familias que se unieron sin explicación lógica para proteger a la aberración pero finalmente había logrado acabar con ese sujeto y traer al mocoso consigo. Había cumplido el sagrado deber para el que fue elegido y no podía estar más satisfecho con su trabajo bien realizado.

Aun así, las cosas no estaban del todo solucionadas. El pequeño engendro sin duda había conservado algo de su abominable padre, pues siempre se encontraba desafiándolos sin llegar nunca al punto de romper las reglas para que pudiera darle su justo y merecido castigo. El mal definitivamente corría por sus venas.

Pero que no se confiara, estaba decidido a corregirlo y no siempre iba a buscar una razón para hacerlo. Después de todo, el pequeño estaba en sus manos y él era la máxima autoridad, nadie se iba a atrever a desafiarlo hiciera lo que hiciera al mocoso, ni siquiera ese estúpido de Aziel.

Le iba a enseñar su lugar a como diera forma.


Otro bloque de papeles chocó contra la pared.

Por más que había pasado horas leyendo entre líneas, ninguno de esos documentos tenía lo que necesitaba y las pocas pistas que había podido conseguir eran insuficientes para su objetivo. Esos malditos se escondían demasiado bien y dejaban pocos o ningún rastro de su presencia en los lugares donde tenían la mala suerte de aparecer.

Lo que lo orillaba a considerar cada vez más su plan de respaldo.

No es que le preocuparan los riesgos, estaba de sobra preparado para ellos. Era el tiempo que podían llevarle y toda la preparación que tendría que hacer cuando no tenía exactamente todo el tiempo del mundo. La situación era desesperante y a cada segundo que pasaba sentía que las cosas podían empeorar para Giacomo.

Eso sin tener en cuenta a Hayato.

El estado del italiano no era precisamente el mejor por lo que había escuchado de Kusakabe, y no creía que las cosas cambiaran pronto. No al menos que Giacomo mágicamente apareciera entre ellos. El pequeño era el único que podía traer de nuevo la luz al mundo de su padre y estaba dispuesto a todo para conseguir que así fuera, solo esperaba que el ojiverde resistiera lo suficiente hasta que pudiera reunirlos de nuevo.

Que ambos resistan lo suficiente.

- ¿Kyo-san?- escuchó desde el marco de la puerta.

- Más vale que sea importante- gruñó en respuesta.

- Acaba de llegarnos nueva información.

No tardó en cruzar la distancia que lo separaba de Kusakabe y tomar la carpeta que tenía entre sus manos. Reconoció el sello que tenía en frente de inmediato: era la familia del padre de Hayato. Lo que en realidad no le sorprendía, era su nieto del que estaban hablando después de todo y él le había mandado un mensaje pidiéndole que le mandara toda la información posible acerca de los Riscatto.

Una pequeña hoja con un simple mensaje llamó su atención apenas abrió el archivo.

"No necesitas decirme que es lo que vas a hacer, confío en que será lo correcto. Puedes contar conmigo"

Una sonrisa sincera, o lo más parecido que tenía a una, cruzó su rostro en ese momento. Aunque no estuviera dispuesto a admitirlo en voz alta sabía que mientras más ayuda pudiera obtener en esto, mejor. Inmediatamente se puso a revisar los papeles y toda la información enviada, y no pudo evitar sentir como una gran parte del peso se quitaba de sus hombros. Lo tenía, quizás no lo que estaba buscando en un principio, pero lo suficiente para comenzar con un plan.

Ahora sí, nada podía detenerlo.


Acomodó la comida una vez más en la bandeja, asegurándose que todo estuviera en el orden apropiado antes de empezar su camino de la cocina a la habitación del peliplata.

No pudo contener el suspiro que salió de sus labios al prever la enorme lucha que le esperaba solo para lograr que el italiano comiera al menos la cuarta parte de todo lo que llevaba, pero ya se estaba acostumbrando. Había sido así desde que Hayato regresó a la base después de todo.

Una parte de él lo entendía perfectamente. A pesar de que ahora sabía que Giacomo no era su hijo, cada vez que se sentaba a comer y su rostro se le cruzaba por la mente, todo el apetito que podía tener se le iba en un instante. Después de todo, ¿cómo podía comer tranquilo cuando no sabía si el pequeño podía tener el mismo privilegio?, ¿qué le decía que esos idiotas no lo estaban matando de hambre?, ¿la comida que le daban sabría al menos bien?

Y si él tenía todo eso en la cabeza, no podía ni imaginar cómo serían las cosas para Hayato.

Pero aun así, no iba a dejar que se matara de hambre. Giacomo iba a regresar y cuando lo hiciera iba a necesitar a su padre para recuperarse de todo lo que había pasado, así que el ojiverde tenía que estar fuerte y sano cuando ese momento llegara y él se iba a encargar de eso, así tuviera que alimentarlo casi a la fuerza como iba haciendo esos días.

Al fin que eso era lo único que podía hacer en esos momentos.

Todo lo demás dependía de Hibari y por más que él se muriera de ganas de salir a buscar a Giacomo también, sabía que no era realmente necesario. Hibari haría lo que fuera por traerlo de regreso y si él se metía, podía inclusive convertirse en un estorbo y jamás se perdonaría ser el culpable de retrasar el regreso de Giacomo, ni siquiera por un segundo.

Así que seguiría haciendo lo que el ex-prefecto le pidió y cuidaría de Hayato por los dos. No dejaría que el peliplata se dejara caer o siguiera actuando como un zombie, por más que le costara, estaba decidido a sacarlo de ese estado.

- Hayato, voy a pasar- susurró lo suficientemente alto como para que le escuchara al llegar frente a la puerta.

Como siempre, solo recibió el silencio.

- El almuerzo de hoy es algo ligero, imagine que así podrías comer un poco más de lo que has estado comiendo estos días- dijo con una leve sonrisa en sus labios- Será mejor que empieces a comer antes de que se enfríe.

Puso la bandeja en la mesa y tomó el plato de sopa consigo para llevarlo hasta donde el italiano se encontraba sentado en la cama, mirando a la nada con ojos sin vida. No le sorprendió, ya estaba acostumbrado, así que solo se limitó a llenar la cuchara de sopa y acercarla a la boca de peliplata.

- Sabes que no me voy a mover hasta que comas algo, ¿cierto?- le dijo seriamente- Al igual que sabes que no importa que quieto te quedes o cuántas veces arrojes la cuchara y el plato, voy a volver a traer otra ración. Ya pasamos por esto demasiadas veces.

Nada pasó por unos segundos y justo cuando estaba pensando que tendrían que hacerlo de la manera difícil otra vez, Hayato abrió lentamente la boca, aun sin voltear el rostro o dirigirle en lo más mínimo la mirada. No pudo evitar que su humor mejorara descomunalmente.

Quizás hoy era uno de los días buenos.


En fin, este capítulo no avanza mucho la historia pero era necesario para determinar la situación de los personajes, sobretodo porque para el próximo capítulo va a haber un salto en el tiempo. Si, merecen spoiler, tómenlo como una compensación por la demora.

Ciao!