Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.

DÍAS DE INFANCIA

Capítulo 3 Mi hermanito

Caminaba por la habitación en puntillas para no hacer ruido. Quería alcanzar un auto de juguete que estaba sobre la repisa, pero cuando fue a pedírselo a su mami, ella estaba dormida sobre el futón junto a su hermanito. Desde que Shun había nacido, su mamá se veía más cansada que de costumbre y solía quedarse dormida después de amamantar al bebé. Por eso, él no quería despertarla para que le pasara el juguete, ya que había asumido orgulloso su rol como hermano mayor, más aún cuando ella le había dicho que su papá nunca volvería. Esas palabras lo hacían sentirse responsable, lo que fue demostrando en su conducta, que cada vez era más sobreprotectora, tanto con su mamá como con su hermanito. Llegó hasta la silla y estaba listo para correrla con sumo cuidado, cuando empezó a escuchar el balbuceo del bebé. Miró detrás de la silla y pudo verlo con sus enormes ojos abiertos, jugando con sus manitos, mientras intentaba emitir algún sonido.

—¡Ay, Shun! No podías dormir un rato más… Mamá está tan cansada… —susurró.

—Abu, abubu… —le contestó el bebé.

—¡Shhh! —dijo Ikki con su dedo índice sobre su boca para que hiciera silencio.

—Abubu…

—Está bien. Pero, quédate calladito, por favor. Ya voy para allá.

El niño mayor interpretó las palabras del bebé como si le estuviera llamando para jugar. Volvió sobre los pasos que con tanto cuidado había dado para no despertar a su mamá y se arrodilló al lado de Shun. Lo tomó con el máximo cuidado que un niño de un poco más de dos años puede tener y se lo llevó hasta la sala, donde lo dejó sobre su silla mecedora. Ahí, empezó su mejor repertorio para distraer a su hermanito.

—¡Mira, Shun! —decía haciendo muecas.

El pequeño lo miraba con cara poco convencida, pero después de un rato le encontró la gracia al juego y comenzó a soltar pequeñas risitas.

—Eso. Así está bien.

Continuó mostrándole algunos sonajeros o peluches con sonidos, disfrutando las alegres risas del bebé, mezcladas con algunos balbuceos, que lo dejaban orgulloso.

—Estás grande, Shun. Ya quieres hablar.

Su hermanito recién tenía cuatro meses, pero para Ikki era un bebé grande e inteligente. Jugar con él se había transformado en su mayor responsabilidad y distracción. Pero, a pesar de todo su esfuerzo, como cualquier pequeño, comenzó a aburrirse haciendo gestos con su boquita, demostrando que pronto se pondría a llorar.

—No, Shun, por favor… no llores, hermanito —le suplicó.

Sin embargo, el bebé ya no aguantó más y se largó a llorar sin consuelo. Apremiado, Ikki se puso de pie y comenzó a dar vueltas por la sala, haciéndolo callar de vez en cuando por si le resultaba. Ya estaba a punto de colapsar de los nervios, cuando su mamá se asomó en la puerta de la habitación.

—¡Ikki! ¿Por qué está Shun en la sala y no conmigo en el cuarto? —preguntó Yûko.

—Perdón mami… es que… Shun despertó… y tú… y tú…

—Ya, Ikki —dijo—. No te preocupes. Gracias por cuidar de tu hermanito —lo consoló acariciando su cabeza.

La joven se acercó a su bebé que lloraba desconsolado hasta que sintió las manos de su mamá rodearlo para al fin levantarlo de la silla mecedora. En cuanto vio la sonrisa de ella, Shun se quedó callado y se llevó un dedito a la boca para succionarlo a modo de chupete.

—Eres muy regalón, pequeñito. Tu hermano estaba cuidando muy bien de ti. No deberías llorar —le decía al bebé, mientras miraba a Ikki de reojo, el que se sintió más aliviado ante las palabras de "regaño" de su mamá hacia Shun—. ¡Oh! Miren la hora que es. Ya llegará Izumi para quedarse con ustedes.

—¿Irás al doctor mami?

—Sí. Ya te lo había dicho. ¿Te portarás bien?

—Por supuesto.

—¿Y cuidarás de tu hermanito?

—Sí —contestó orgulloso.

La joven madre había comenzado a sentirse mal y su médico le había mandado a hacer un escáner para comprobar el estado de su enfermedad. Esperaba y rogaba que su malestar solo fuera ocasionado por el nacimiento de su hijo y que pronto recuperara su vitalidad. Eso era imprescindible para atender al bebé y a Ikki, que lo veía cada vez más independiente, lo que le dolía en lo más profundo de su corazón, ya que notaba como su hijo se había puesto más serio después de la llegada de su hermanito, como si fuese su responsabilidad cuidarlos. "Mi pequeño Ikki ya no es tan pequeño", pensaba muchas veces.

Escucharon los golpes en la puerta, a lo que el niño de cabellos azules corrió para recibir a quien lo cuidaría junto a su hermanito.

—¡Izumi-sama!

—¡Ikki! ¿Estás contento porque vengo a cuidarte?

—¡Sí! ¿Jugaremos con mis bloques o haremos galletas?

—Estás muy entusiasmado hoy. Tenemos que ver qué nos dejará hacer el pequeño Shun.

—Mi hermanito se quedará tranquilo. Vamos a jugar, por favor —dijo, tomándola de la mano y llevándola hasta la sala, donde Yûko la esperaba con el bebé en brazos.

—¡Ah! Déjame ver a ese hermoso bebé.

—Espero que se porte bien. Últimamente está muy consentido.

—Conmigo se portará bien —habló—. ¿Cierto Shun que te portarás muy bien?—le preguntó, a lo que el pequeño le contestó con una sonrisa, pues ya la conocía—. ¿Ves? Puedes ir tranquila.

—Está bien.

Izumi se despidió en la puerta, cerrándola para comenzar su cuidado de aquellos dos infantes que tanto quería. Ikki se había robado su corazón con su entusiasmo y Shun era un tierno bebé que cualquiera querría atender.

Mientras tanto, la joven madre caminaba asustada del resultado que el médico le entregaría, pues tenía el extraño presentimiento de que todo empeoraría a partir de ese momento. Lo sospechaba pues de nuevo había soñado con él…

El lugar era el mismo de la última vez… aquel hermoso jardín donde muchas personas felices caminaban o simplemente reposaban. Pero, a pesar de la hermosura de ese lugar, ella no estaba feliz como el resto, no, no podía estarlo pues le faltaba lo más importante… sus hijos. Comenzó a caminar lento y fue acelerando el paso poco a poco hasta que este se convirtió en una carrera donde el aliento empezó a faltarle. Agotada de buscar por todos lados sin encontrarlos, con la garganta gastada de tanto gritar los nombres de sus pequeños, se detuvo al borde de aquel tranquilo río para beber de sus aguas debido a su sed.

Todavía no es tiempo de que bebas esas aguas, Yûko, aunque pronto lo harás —escuchó la misma voz grave a su espalda.

Usted… ¿Quién es usted?

Pronto lo sabrás. Lo importante ahora es que sepas que ya cumplí con mi palabra de cuidarte hasta que el bebé naciera.

¿Y eso qué significa?

Significa que ya es hora.

¿Es hora para qué…? —dudó en preguntar porque algo le decía que la respuesta no le gustaría.

La hora de partir de tu mundo y venir aquí…

¡Nooo! —despertó gritando en esa ocasión. Su vista desenfocada aún por estar recién despertando buscó con desesperación a sus hijos, los que dormían plácidamente al lado de ella, tranquilos y ajenos a su consternación. Sudaba frío y sus manos temblaban, reconociendo que algo muy extraño había sucedido para que su enfermedad se detuviera sin ninguna razón aparente, salvo aquel sueño que había tenido anteriormente. ¿Tendría algo que ver ese hombre? Solo eran sueños… ¿debía preocuparse realmente? Sintió náuseas y debió levantarse rápido para llegar al baño donde devolvió lo poco que había comido.

Ahora ya no habría vuelta atrás, el examen le entregaría todas las respuestas. Angustiada al máximo, esperó sentada en aquella consulta de su doctor que la llamaran para darle las noticias…

En el departamento, Izumi había logrado que Shun se durmiera bebiendo su biberón y estaba jugando con Ikki a construir una ciudad con los bloques. Hacía mucho ruido, feliz de tener con quien jugar, ya que su mami estaba muy desgastada y poco tiempo le quedaba entre atender al bebé, preparar los panes, hacer las cosas en la casa y descansar, así es que él había decidido no molestarla y aprovechar de jugar en esas ocasiones. Sin embargo, fue tanto el ruido que hizo que despertó a su hermanito, el que largó el llanto asustado.

—¡Shun! —gritó el niño. La joven dueña de la panadería se quedó mirando sus acciones. Pudo verlo acercarse con el mayor cuidado posible para un pequeño de su edad, y tomarle las manitos, hablándole con ternura—. Aquí estoy hermanito, no estés asustado.

Notó como el pequeño lloró un poco más, pero al ir reconociendo la voz de Ikki finalmente se quedó callado mirándolo con curiosidad. Ahí fue cuando el mayor comenzó de nuevo su rutina de gestos graciosos hasta que logró sacarle su primera sonrisa. Izumi observaba maravillada la hermosa conexión que se había formado entre esos pequeñitos, quienes sin tener presente a su madre en ese instante, lograban contenerse mutuamente. Estaba feliz, a punto de soltar una lágrima de alegría, cuando escuchó el teléfono de la casa sonar, apartándola de esa hermosa escena.

—¿Diga? —preguntó, pero solo escuchó sollozos del otro lado. —¿Yûko? ¿Eres tú? —volvió a consultar asustada.

—Sí… —contestó finalmente en un susurro.

—¿Qué pasó? ¿Por qué lloras? ¿Necesitas que vayamos por ti?

—No. Solo… yo… —no podía hablar debido al profundo llanto.

—Dime dónde estás y te iremos a buscar.

—¡No! —gritó—. No quiero que me vean así, menos Ikki.

—Disculpa que te pregunte, amiga, pero ¿los resultados fueron positivos?

—Sí —dijo y después se volvió a sumir en su dolor, liberándolo en miles de lágrimas que llenaban sus mejillas. Dentro de la cabina telefónica se abrazaba a sí misma como buscando consuelo de alguien que debió estar ahí pero no estaba. Soltó el teléfono sin colgarlo, por lo que su amiga escuchaba su dolor desbordarse en sus imparables sollozos. "Mis bebés… mis bebés", era todo lo que repetía vez tras vez.

Ajenos a esa realidad, los dos hermanitos seguían "conversando" y riéndose juntos. La joven que los cuidaba quedó con el alma en un hilo después de la llamada de su amiga y ahora se encontraba en la encrucijada de decidir qué hacer. ¿Tenía que quedarse esperando a que ella llegara? ¿Debía buscar ayuda? ¿Podría salir con los niños? Estaba dando vueltas sin control, sobándose las manos, las que le sudaban, cuando una voz la sacó de sus aterradores pensamientos.

—Izumi-sama… tengo hambre —dijo Ikki, agarrándose de su ropa, pasando una de sus manitos por su ojito y dando un enorme bostezo, demostrando que además tenía sueño.

—Tienes razón. No has comido nada por estar jugando. Ven —le habló lo más tranquila que pudo.

Se llevó a los niños a la cocina y le sirvió a Ikki su leche junto a las galletas que habían horneado. A penas alcanzó a comerlas, pues ya se le cerraban los ojitos de sueño. Antes de que se durmiera, lo condujo a la habitación donde lo arropó sobre el futón. Cargando a Shun en brazos, volvió a la sala inquieta por saber de su amiga. No tenía como comunicarse con ella y mucho menos saber dónde podría estar.

—¡Ay, bebé! Espero que tu mami llegue pronto —le decía a pequeño.

Comenzó a mecerlo con suavidad, mientras él se chupaba un dedito y poco a poco se fue quedando dormido. Caminó lento y pesado hacia el dormitorio, dejándolo acostado junto al mayor, muy bien cubiertos. Se quedó de rodillas, mirándolos con ternura, intentando imaginar qué sería de ellos sin su madre. Una idea cruzó su mente… hacerse cargo de ellos, para que no se quedaran solos y terminaran en un orfanato. Hablaría de ello con Yûko cuando fuera oportuno.

Meditando en esa opción fue cuando escuchó que la puerta se abría con lentitud. Se levantó con rapidez y casi tropezando llegó a la sala, donde su amiga estaba de rodillas en el suelo, con los ojos rojos e hinchados y soltando suspiros de dolor cada ciertos segundos. Se acercó con sigilo, agachándose a su costado y abrazándola con suavidad, intentando transmitirle su apoyo. No le preguntó nada, no quería presionarla y mucho menos que volviera a llorar con tanta amargura como antes. Le dolía el corazón verla así, tan destruida… pero sabía que no era para menos, al contrario, su dolor no podía medirse mi manifestarse como realmente lo estaba sintiendo.

—Voy a morir, Izumi… —dijo finalmente.

—Calma. Buscaremos otras opiniones. Ya viste lo que pasó la última vez.

—No. Ahora es definitivo… —habló apenas.

—Debes ser optimista. Tienes dos grandes razones para serlo.

—Que daría yo porque todo esto fuera una mentira… —se expresó al mismo momento que las lágrimas volvían a sus ojos.

—Yo estoy contigo. Te ayudaré en lo que sea necesario.

—Gracias… solo serán dos meses…

—¿Cómo eso?

—El tiempo que me queda… solo son dos meses…

Continuará…


Notas:

Nuevo capítulo, espero que lo hayan disfrutado. Si todo sale como lo tengo planeado, quedaría solo uno más… creo que será el más triste u.u

Muchas gracias por leer y comentar, toda palabra de ustedes es muy animadora e inspiradora.

Saludos, Selitte :)