Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
DÍAS DE INFANCIA
Capítulo 4 Nuestra pérdida
La noche estaba despejada a pesar de la cercanía del invierno. Una fresca brisa circulaba por el balcón en el que la joven Yûko permanecía sentada. Observaba sus amadas estrellas, cubierta con una gruesa manta que la envolvía a ella y a sus dos pequeños hijos. Sostenía a Shun con su brazo izquierdo, mientras Ikki permanecía sentado sobre su pierna derecha escuchando atentamente lo que su madre le hablaba.
—Las estrellas siempre aparecen cuando todo está oscuro, son como la luz de la esperanza —reflexionaba—. Cuando naciste, Ikki, la constelación del Fénix dirigía su luz con intensidad sobre la Tierra… esa es tu estrella guardiana, hijito.
—¿El Fénix?
—Sí. En la mitología era un ave inmortal, que renacía de sus cenizas. Así serás tú, invencible, querido hijo.
—¿Y Shun?
—Tu hermano nació cuando brillaba la constelación de Andrómeda. Será alguien muy amable, dispuesto a ceder en todo por los demás —habló casi susurrando, sin dejar de mirar la cara sonriente de su bebé que jugaba con sus deditos.
—¿Andrómeda?
—Exacto, Ikki. Ella fue una mujer hermosa que debió sacrificarse para salvar a su pueblo. La vida le exigirá a tu hermanito sacrificarse constantemente. Por eso, debes cuidarlo y protegerlo, como el hermano mayor que eres —dijo, dedicándole una dulce sonrisa.
—Tengo lista la cena —escucharon la voz de Izumi desde el interior del departamento—. Pero, no se levanten aún… —dijo. La joven se acercó con una cámara fotográfica en la mano, disparando el flash muchas veces—. Para la posteridad —señaló, guiñando un ojo.
—¡Tengo hambre! —gritó Ikki, saltando del regazo de su mamá.
—Cuidado, hijito —habló Yûko. Intentó ponerse de pie junto a su bebé, pero su cuerpo ya no le respondía como antes. Por eso Izumi se acercó para ayudarla.
—A ver, ¿cómo está este bebé? —preguntó aproximándose a Shun—. ¿Dejas que la tía Izumi te cargue?
El pequeño le sonrió extendiéndole las manitos, pues ya se había acostumbrado a su presencia. Cuando estuvo en los brazos de la amiga de su mamá, ésta pudo al fin ponerse de pie con dificultad sosteniéndose en la silla. Caminaron con lentitud hacia la cocina, viendo a Ikki saltar inquieto mientras jugaba con un avión de juguete. Al llegar a su destino, vieron la mesa lista para comer, junto a un delicioso aroma que salía del horno.
—Izumi-sama, ¿estás haciendo pan dulce?
—Sí. Tú mami me está enseñando a prepararlos para seguir vendiendo sus panes hasta que se mejore.
—Ves, mami. Izumi-sama también cree que te pondrás bien.
—¿Por qué dices eso Ikki? ¿Acaso tú mamá te ha dicho algo? —le preguntó dirigiendo su mirada disgustada hacia su amiga.
—Me dice que quizás nunca se mejore y que debo cuidar a mi hermanito en su lugar.
—Es verdad, hijito. Estoy muy enferma y debes saber qué hacer en el momento que ya no esté con ustedes —le habló con suavidad al pequeño.
—Ya verás que estarás mejor —insistió—. Ahora, a comer.
La joven sentó al bebé en su sillita; subió a Ikki hasta la suya y ayudó a su amiga a tomar asiento. Repartió el arroz, las verduras y la carne, sentándose en su lugar para dar a Shun su papilla. Antes si, tomó de nuevo la cámara y sacó más fotos del momento familiar.
—Sigues con esa idea, Izumi…
—Claro. Lo mejor para una familia es tener recuerdos gratos y si sigues insistiendo en que no mejorarás, estas fotografías les ayudarán mucho a tus hijitos. Mañana mismo iré a revelarlas para que veas lo hermosas que son.
—¡Sácame una a mí, Izumi-sama!
—Abu, abubu… —intentaba participar el más pequeño alzando sus bracitos.
El olor de los panes horneándose endulzaba aún más ese momento. Izumi había tomado la costumbre de fotografiar a Yûko junto a sus hijos en actividades cotidianas, además de ayudarle con los quehaceres diarios. Desde la conversación en que le había revelado que solo le quedaban dos meses había contratado a una persona especialmente para que le atendiera la panadería mientras ella daba todo el apoyo necesario a su amiga, sobre todo con sus hijitos. Y de eso, ya estaban al límite de la fecha.
Después que la amable amiga se retiró junto con los panes que pondría a la venta a primera hora de la mañana, la familia se dispuso a dormir. Armó el futón sobre el tatami con la ayuda de Ikki, mientras el bebé estaba muy entretenido sentado en el suelo, rodeado de cojines y juguetes. Cuando estuvo todo listo, acercó a su hijo mayor para ponerle su pijama.
—¿En qué piensas, mami?
—En que los amo demasiado —respondió, acariciándole la cabeza.
—Siempre estarás con nosotros, ¿verdad?
—Eso es un poco complicado. Quizás llegue el día en que ya no volverán a verme, pero debes saber que siempre me llevarán con ustedes, en sus recuerdos. Además, solo te bastará mirar el cielo nocturno y sus infinitas estrellas para recordarme.
El pequeño Ikki no soportó escuchar a su mamá decir que llegaría el día en que ella ya no estaría, por lo que se largó a llorar con amargura. Sorprendida por su reacción, Yûko lo sostuvo con fuerza, acunándolo entre sus brazos, intentando darle consuelo.
—Mamá… yo cuidaré a mi hermanito —dijo al fin, secándose las lágrimas.
Al escucharlo, la joven no pudo soportar el dolor de ver a su pequeño madurar a la fuerza por haberse visto enfrentado a tan dura realidad a su corta edad y lloró junto a Ikki, abrazándolo con toda la fuerza que su débil cuerpo le permitía. De pronto, los balbuceos del bebé que se encontraba sentado un poco más allá los sacó de su tristeza.
—M-ma… m-ma …
—¡Dijo mamá! ¡Shun dijo mamá! —gritó el mayor, corriendo por la habitación con su pijama a medio poner y el rastro de sus lágrimas aún en sus mejillas—. A ver Shun, dilo de nuevo. Ma-má —le dijo, haciendo muecas y secándose el rostro.
—M-ma… m-ma —balbuceó el pequeño, sonriendo.
—¡Qué alegría! Mi bebé ya sabe llamarme —dijo, acercándose a él y envolviéndolo con cariño entre sus brazos. Ahí, sintiendo el calor de su bebé y su suave piel, viendo sus hermosos ojos turquesas mirarla con devoción, volvió inevitablemente a sucumbir al llanto amargado. Ya no podía soportar la angustia de imaginar cuándo sería el último día al lado de sus hijos y no tener claro qué sucedería con ellos después de su partida. Izumi había prometido hacerse cargo, pero temía que algo malo fuese a suceder, su corazón no le permitía estar tranquila.
Pasado el momento triste, terminó de arropar a sus hijos, acostándose en medio. Ahí, en la oscuridad del dormitorio que solo era iluminado por la luz que entraba a través de la ventana, la joven madre comenzó a cantarles con cariño para que pudieran dormirse. Les acariciaba la cabecita a ambos, intentando alejar de ella los malos presentimientos que tenía…
Nuevamente se vio en aquel hermoso jardín y un escalofrío le recorrió la espalda, pues ya imaginaba quien se presentaría ante ella. No tuvo que esperar mucho para distinguir aquella figura acercarse a paso lento, caminando por sobre el verde césped. Su túnica negra, igual que su cabello, contrastaban fuertemente con su blanca piel y transparente mirada. No parecía ser alguien malo o cruel, pero desde que había aparecido en sus sueños, su corazón estaba más preocupado y no lograba librarse de la angustia que le transmitía estar ahí.
—Usted de nuevo. ¿Qué es lo quiere de mí?
—A tu hijo —dijo sin ningún remordimiento.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Quién es usted?!
—¿Aún no sabes dónde estás? —preguntó, señalando el lugar con su mano extendida—. Estamos en los Elíseos, el lugar de descanso para las…
—Almas buenas… —habló, terminando la frase en un susurro.
—Exacto. Entonces, yo soy…
—Hades, el Señor del Inframundo.
—Correcto.
—Ya sé que voy a morir. Entonces, ¿qué sentido tiene comunicarse conmigo?
—Acabo de decirte que a quien quiero es a tu hijo.
—¿Ikki? ¿Por qué? —cuestionó con lágrimas en sus ojos.
—No, a él no.
—¡¿Shun?! Es solo un bebé. ¿Qué podría obtener de él?
—Su cuerpo. Él está destinado a ser mi receptáculo por poseer el alma más pura de esta era.
—Mi hijo… solo es un bebé… ¿qué pasará con él? —preguntó entre sollozos.
—Lo lamento, pero él nació para ser mi cuerpo. Sin embargo, no deberías preocuparte, porque vendrá aquí junto contigo… mañana…
Las palpitaciones de su corazón estaban al máximo, dificultándole respirar. Exhalaba e inhalaba con rapidez, ahogándose en cada bocanada de aire que daba, producto de la angustia y de su mal estado de salud. "Dijo que mañana… mañana", pensaba con desesperación. "Mi bebé, no puede pasarle nada malo a mi bebé. No lo permitiré" Al fin pudo controlar un poco su ansiedad, poniéndose de pie y saliendo del futón con el mayor cuidado posible para no despertar a sus hijos.
Caminó inquieta por la pieza, intentando pensar en algo que le permitiera salvar a sus hijos… salvarlos de Hades, el Señor del Inframundo. ¿Era eso posible? Sacudió su cabeza, negando, para auto convencerse de que sí lo era. Y haría lo que fuera por apartarlos de él, aunque eso significara apartarlos de ella antes de tiempo.
Entonces, decidida tomó un bolso pequeño, en el que guardo unas prendas de vestir para ambos pequeños, unos pocos pañales y una mantita. Luego, fue a la cocina y preparó una mamadera, guardándola junto a unos panes dulces.
—No sé qué es lo que pretendo. ¿Qué pueden hacer dos bebés en la calle? Porque Ikki aún es un bebé. Todavía no cumple los tres años. ¿Qué hará con su hermanito a cuestas? Creo que me estoy volviendo loca. ¿Y si solo fue un sueño? No. Tengo pruebas de que todo lo que me dijo es verdad. ¿Cómo lo hago? ¿Qué hago? —sollozó, sosteniéndose la cabeza—. Mañana ya será demasiado tarde.
—Mami, ¿qué pasa? —preguntó Ikki adormilado, arrastrando a su peluche de una mano y sobándose un ojito con el otro.
—Ikki… Nada pequeño —contestó, extendiéndole los brazos para que se acercara.
—Entonces, ¿por qué no estás en la cama?
—Ay, pequeñito. ¿Cómo puedo decírtelo?
—¿Va a pasar algo malo, mami?
—Eso parece —reveló resignada. La mirada de su hijo era profunda, como si lograra entender qué le pasaba.
—Dime, mami, por favor.
—Es posible que mañana ya no esté con ustedes —dijo con dolor, viendo cómo los ojitos del pequeño se humedecían poco a poco—. Debes cuidar a tu hermanito por mí, Ikki. Prométeme eso, por favor.
—Mami…
—Prométemelo, Ikki. Si algo me pasa mañana, arrancarás con Shun de aquí y buscarás ayuda en otro lugar.
—Pero, Izumi-sama puede ayudarnos.
—A ella ya la conocen, debes huir lejos o algo malo le pasará a tu hermanito.
—Mami, no entiendo.
—Perdóname, hijito. Algún día nos volveremos a ver y todo esto solo será un mal recuerdo. No olvides que te amo y a tu hermano también. Mira las estrellas y piensa en mí —dijo. En ese momento, comenzó a sentir falta de aire, le costaba respirar como si sus vías respiratorias se hubiesen cerrado repentinamente—. Huye, Ikki. Ve a buscar a Shun y corre sin mirar atrás.
—Mami… no puedo hacerlo —contestó llorando.
—Si puedes... Puedes porque me amas… y también amas a tu hermanito… Hazlo por nosotros tres… —hablaba entrecortado por la falta de aire.
—Mami, ¿te vas a morir?
—Eso creo… Por eso debes salir de aquí… porque cuando yo ya no esté… vendrán para llevarse a tu hermano… no debes permitir que eso suceda.
Esas palabras fueron como un rayo que atravesó la cabecita del pequeño Ikki. Algo malo, muy malo estaba pasando. Su mami iba a morir y tenía que llevarse a Shun para salvarlo. Y una determinación nació en su corazón, dándole la valentía para hacer lo que su mami le estaba pidiendo. Se acercó, dándole un abrazo y un cálido beso en la mejilla.
—Perdón mami por dejarte sola…
—No te preocupes… Ikki… Te amo… no lo olvides nunca… ama a tu hermano… por mí.
La falta de aire era cada vez más intensa, las lágrimas rodaron por sus mejillas, sabiendo que estaba a punto de morir y que no podría saber qué pasaría con sus hijos. La angustia se apoderó aún más de ella al ver caminar a Ikki hacia el dormitorio en busca de Shun. ¿Qué haría solo? ¿Cómo podría huir con el bebé? Rogaba en silencio al cielo que cuidara a sus hijos y que pudieran arrancar de aquel que quería hacerle daño a su bebé. Vio a su hijo mayor volver con el pequeño en brazos, envuelto en su mantita blanca. A penas se lo podía, pero sabía que sacaría fuerzas para correr lo más lejos posible.
—Llévate ese bolso… te servirá de algo…
—Te amo, mami. No te olvidaré.
Volvió a acercarse a ella, para que pudiera despedirse de Shun, él que había despertado. Acarició su rostro, sus cabellos y sus manos, como intentando recordar sus rasgos para siempre.
—M-ma… m-ma —volvió a balbucear.
—Te amo... Shun… Cuídense mucho…
Los vio salir y se quedó con el dolor en el corazón de nunca más tenerlos a su lado. Su respiración era cada vez más forzada y lenta, provocando que su vista se nublara hasta que ya no pudo ver más… solo una última lágrima rodó por su mejilla liberando en ella toda su tristeza…
….
Caminaban juntos, buscando un sitio que les habían recomendado. Conversaban de vez en cuando, mientras eran seguidos por las miradas de las jóvenes y no tan jóvenes que pasaban por el lugar.
—¿Por qué tenemos que venir hasta aquí solo porque Saori nos dijo?
—Por favor Ikki. No empieces de nuevo. Ya debemos estar cerca.
—¡¿Solo porque se le ocurrió comer pastel?!
—¿No puedes ser amable, acaso? Además, fuiste tú quien quiso acompañarme. A ti nadie te pidió nada.
—¡Agh! Está bien. Tienes razón —bufó fastidiado.
Se cruzó de brazos y continuó caminando con molestia hasta que sintió un aroma llegar hasta sus narices, un aroma dulce y familiar. Abrió los ojos con fuerza, y volteó en todas direcciones para ubicar de donde venía aquel delicioso olor. Apresuró el paso sorprendiendo a su hermano, al que no le quedó más que seguirlo mientras lo llamaba. Llegó hasta una panadería que hizo aflorar recuerdos olvidados en su memoria. El rostro de su madre se dibujó como con pincel en su mente, devolviéndole sus rasgos y su cariño. Sus ojos se humedecieron de inmediato, llamando poderosamente la atención de Shun que no entendía nada de lo que le estaba pasando.
—Ikki, ¿qué pasa? —preguntó, tomándolo del hombro, sacando de ese trance a su hermano mayor.
—¿Ah? Esta panadería… yo la conozco.
—¿En serio? Es justo la que Saori recomendó para comprar el pastel.
—¡¿Qué?!
—Sí. Mira la dirección —dijo alzando el papel—. Y ¿se puede saber por qué la conoces? —preguntó curioso.
—Porque mamá nos traía aquí cuando niños…
Esa revelación fue un golpe en el corazón de Shun. No tenía ningún recuerdo de su madre e Ikki tampoco, pues era muy poco lo que le había hablado de ella. Pero ahora estaban de pie frente a un lugar que ella frecuentaba. Era como intentar viajar en el tiempo y poder salvar algún recuerdo de ella, algo que pudieran recuperar para siempre.
—¿Estás seguro? —cuestionó inseguro.
—El aroma, ese aroma a pan dulce, eran los panes que mamá hacía.
—Pero, nunca hablaste de algo así.
—Es que no lo recordaba, hasta ahora.
Abrió la puerta, haciendo sonar el cascabel que anunciaba nuevos clientes, entrando lentamente. Miró a todos lados, buscando algo más que le comprobara que era cierto lo que había recordado. Y, como salida de un sueño, en la puerta se asomó una mujer cuyo rostro se le hizo conocido de inmediato.
—Izumi-sama… —murmuró.
—¿Me conoces?
—Ikki… soy Ikki.
La mujer no podía creer lo que sus oídos escucharon. ¿Cómo era posible que ese joven fuera Ikki, el pequeño inquieto del que no supo nada después del fallecimiento de su madre? Caminó hacia él, con las manos sobre su boca, manifestando su emoción, a la vez que era observada por Shun, que tampoco salía de impresión por lo que sucedía.
—Sí… eres Ikki —dijo acercando su mano a su rostro y acariciándolo como cuando era niño. No pudo evitar abrazarlo mientras lloraba producto de las emociones que se mezclaban en su pecho. Todos esos años se había quedado con la angustia de no saber qué había pasado aquella trágica noche en el departamento de amiga. La habían encontrado sin vida, recostada en el suelo de la sala, y de los niños no había quedado un solo rastro. Pero ahora, tenía a Ikki frente a ella y en perfectas condiciones. Estaba a punto de preguntarle por su hermano, cuando alzó la vista y vio a un joven de pie cerca de la puerta. Tuvo que sacar fuerzas de su interior porque la impresión casi la hizo desmayar. Los ojos de ese joven eran iguales a los de su madre y para ella era indiscutible de quien se trataba.
—Shun…
—Pero, ¿cómo sabe mi nombre?
—Te cuidé cuando eras solo un bebé, jamás podría olvidarte. Además, eres muy parecido a Yûko.
—Siempre se lo he dicho —afirmó el hermano mayor.
—Tenemos mucho de qué hablar. Por favor, ¿podrían quedarse a tomar el té conmigo? Les prepararé los deliciosos panes dulces que su mamá hacía.
—Es que vinimos por un encargo y nos están esperando —se disculpó Shun.
—Saori puede esperar. Esto es más importante.
—Está bien. La llamaré para avisarle que tardaremos en llegar—. Shun sacó su teléfono y pudo ver que tenía un mensaje. Deslizó la opción y leyó con sorpresa: "Espero que disfruten un hermoso momento. Tienen todo el tiempo del mundo. Saori"—. Pero, ¿cómo?
—¿Qué pasó? ¿Ya llamaste?
—No fue necesario. Saori dice que tenemos todo el tiempo del mundo.
—No te creo. Entonces ella…
—Así parece —dijo Shun sonriendo.
—¡Oh! Antes de cerrar, es necesario que les entregue algo que mantuve aquí con la esperanza de algún día volver a verlos.
Vieron a la mujer perderse por el pasillo, mientras ambos hermanos se miraban en silencio con una sonrisa en sus rostros. Para Shun era una sorpresa ver una actitud tan diferente en Ikki al estar en ese lugar e imaginó que debió ser un niño alegre y juguetón, muy diferente a como lo recordaba, producto de la dura infancia que habían vivido. De pronto, Izumi se acercó a ellos con algo en sus manos, que les extendió con cariño.
—Esto es un recuerdo de su madre.
—Gracias —respondió Ikki, quien recibió el objeto. Al tenerlo en sus manos se dio cuenta de lo que era y los latidos de su corazón se volvieron erráticos producto de la emoción. Shun se acercó y también se emocionó de solo imaginar su contenido—. Las fotografías —susurró, evocando sus recuerdos.
—Las mandé a revelar después de la muerte de su madre y siempre esperé porque este día llegara. Estoy segura que les encantará verlas.
Los vio asentir al mismo tiempo, como si sus pensamientos estuvieran coordinados debido a la impresión. Le temblaban las manos al intentar dar la vuelta a la tapa del albúm de fotos y descubrir la primera imagen. Y como si el tiempo retrocediera, volvieron a él los aromas, los sonidos, las caricias y las palabras que lo acompañaron en su niñez y las imágenes se hicieron reales a sus ojos, los que no pudieron contener las lágrimas de tristeza mezclada con felicidad.
Por su parte, Shun sintió una emoción especial al conocer el rostro de su madre y verla sonriendo con él en sus brazos, mientras Ikki jugaba feliz como cualquier niño.
Felicidad, eso sentían en ese momento. Felicidad por recuperar lo que fueron sus días de infancia….
FIN
Notas:
Bueno, este ha sido el capítulo final que sinceramente espero que hayan disfrutado.
Tal como había dicho, escribí esta historia porque tiene un significado muy especial para mí. Está inspirada en los últimos días de mi mejor amiga, a la que le dedico este fic. Hace cuatro años, ella falleció producto del cáncer, dejando a su pequeña hija y a su esposo sin su compañía. Fue un duro golpe debido a que era muy joven, llena de vida, amable y generosa. Hasta el día de hoy su recuerdo me acompaña y cada mes de junio la tristeza se apodera de mí, ya que era mucho más que una amiga… era mi hermana…
Muchas gracias a quienes han leído este fic. También a quienes se tomaron el tiempo de dejar su opinión, ya que siempre es muy animador conocer sus impresiones de mis escritos. Me inspiran para continuar con las historias, al ver que puedo llegar a otros con ellas y emocionarlos o sorprenderlos. Siempre me estoy esforzando en mejorar, por y para ustedes… mis queridos lectores.
Saludos, Selitte :)
PD: En el capítulo anterior usé sin darme cuenta una palabra local, pido disculpas por ello. Siempre investigo antes de usar una palabra, pero esa se me pasó sin querer. Así que aquí está la aclaración.
Regalón: niño mimado o consentido.
Espero que me disculpen ^.^
Ah! La portada la hice especialmente para este fic. Si quieren pueden revisarla en mi perfil de Deviantart... :D
