¡Saludines! (nunca pensé que diría eso… ¬¬).
Gracias por todos los Reviews que he comenzado a recibir ^^, el capítulo 3 lo ha reventado :D, de momento ya los he respondido con un mensaje cada uno y ahora, ante vuestros interrogantes sobre por qué narices estoy escribiendo un ZoNa y puse que es una historia ZoRo, os dejo este nuevo capítulo con el que espero que disfrutéis tanto como yo lo he hecho escribiéndolo.
¡Ahí va! ¡Capítulo 4!
Tras un rato andando ambos en silencio tan apenas sin mirarse, bueno, eso en el caso de Nami porque el espadachín no hacía más que mirar de reojo a la mujer que caminaba a su lado, guiados por Zoro con el peligro que ello conlleva, llegaron a un punto en campo abierto y alejado de la ciudad, tal y como era de esperar del sentido de la no-orientación del peliverde tal y como lo llamaba la pelirroja. Sin embargo, sorprendentemente, esta vez el espadachín no había acabado en ningún antro lleno de peleas y alcohol como era habitual, sino que era un lugar bonito después de todo mirase como se mirase y desde el ángulo en que se mirase, el cielo azul con unas pequeñas nubes hacía que el sol veraniego de que disfrutaba aquella isla tan llena de vida bañara sus cuerpos jóvenes, fuertes, bien esculpidos; el suelo estaba lleno de hierba como si de una alfombra se tratase, flores de todos los colores y olores la decoraban así como diversos árboles dispersos que arrojaban algo de sombra a quienes de hallaran bajo sus copas, lo más extraño de todo aquello era que a pesar de ser un lugar tan único, pues parecía estar sacado directamente de alguna pintura, no había nadie, ni turista ni habitante que lo estuviera disfrutando, solo se encontraban allí los dos miembros más antiguos de la tripulación de los Sombrero de Paja.
Al fin la suerte había sonreído al espadachín y había podido encontrar un lugar más que en condiciones para declarar sus sentimientos, y todo, aunque no quisiera reconocerlo había sido gracias a la arqueóloga, que le había proporcionado la mejor oportunidad y lugar para llevar a cabo su fin. Por otra parte, Nami ya se había resignado a no encontrar a Robin hasta que volvieran al barco cuando, por desgracia, las tiendas ya estarían cerradas. Así que ambos comenzaron a caminar por allí y acabaron de pie bajo uno de los árboles más grandes de aquella pradera.
-¿Qué querías decirme antes en el barco, Zoro?- dijo Nami con la única intención de sacar algún tema de conversación aunque realmente no tenía ninguna curiosidad en saberlo.
-Esto... yo...- dijo él sonrojándose.
Tenía la oportunidad perfecta, el entorno perfecto, no había nadie más allí que la mujer de la que estaba enamorado pero había un pequeño problema: no tenía en su cabeza las palabras adecuadas para aquel momento, nunca se había declarado, no sabía qué debía hacer y tampoco quería actuar como el cocinero cejas rizadas.
Entonces, ante la falta de palabras, hizo lo que mejor se le daba, pasó a la acción. Se acercó un poco, eso sí, tímidamente, posicionó su mano izquierda sobre la cintura de la mujer mientras la derecha acunaba aquella cara de piel blanca como la porcelana, sus labios se acercaron un poco más dejando escapar un aliento cálido, una respiración un poco acelerada y con la suavidad con la que se acaricia la seda, con la que una suave brisa hace ondear el vestido de una mujer, con la misma suavidad y delicadeza de quien está tallando la joya más bella del mundo, la besó con el beso más dulce y bello que se podía imaginar en los siete mares y que nunca se podría imaginar que diera un pirata conocido ya por todo el mundo como un auténtico demonio sin ética ni sentimientos. No obstante, Nami no opinaba lo mismo del acto del espadachín, se apartó soltándose de las manos del chico y furiosa lo abofeteó diciendo:
-¡¿Pero tú quién te crees para ir besando a la gente por ahí?! ¡¿Estás tonto o qué te pasa?!
A continuación, se alejó a grandes y firmes pasos sin siquiera mirar atrás donde, en cambio, él se quedó plantado sin saber qué hacer, sus ojos empezaban a humedecerse cuando sintió que de repente, de su mejilla izquierda comenzó a salir sangre, con su mano tocó un poco y miró a sus dedos llenos del líquido oxidado que a tantos enemigos había arrebatado, se había abierto la herida que a Chopper le había costado tanto de cerrar aquella misma mañana.
En ese momento, cuando se iba a girar para golpear con furia el árbol que tenía a su lado, una silueta femenina salió de su escondite detrás de un árbol un poco más alejado y se acercó a Zoro con paso firme, largo, felino, de modelo. Era, sin duda, Robin, sin sonrisa en su rostro, viendo como el espadachín se hundía en la tristeza porque, aunque no estuviera ni llorando ni nada por el estilo, ella ya sabía qué significaba cada mirada del peliverde. Ella lo había visto todo y había decidido escondida en la copa de un árbol que era su turno para rescatarle de nuevo.
-No ha funcionado lo de la navegante, ¿eh, espadachín?- dijo ella con voz reconfortante.
-Eso no es asunto tuyo, mujer- dijo él furioso.
Sin embargo, ella no se lo tomó en cuenta, ya esperaba una respuesta así, después de todo, él había dejado muy claro que no confiaba en absoluto en ella y que no iba a cambiar su opinión al respecto. Aún así, se acercó más a él arriesgándose a que él desenvainara y la atacase, sacó un pañuelo de su mochila, que al abrirla desprendió el mismo olor que la propia historiadora, olía a flores, que si cerrabas los ojos hacían que pareciera que estabas en un campo de cerezos en flor. Luego, con meticulosidad de médico le limpió la herida tal y como había observado al médico de abordo hacerlo y a falta de gasas o algo mejor, la tapó con una tirita evitando así que pudiera acabar infectándose. Todo esto lo hizo sin utilizar el "dos fleurs" como habría hecho con otra persona en la misma situación intentando mantener las distancias. Esta vez, sin embargo, se había acercado a él, tanto que casi podía sentir cómo la respiración del peliverde golpeaba su piel, esta vez hizo uso de sus verdaderas manos, esas con las que tantos fonegrifos había examinado, esas que tan sensibles, suaves, bellas, cálidas, eficaces e irremplazables eran. Esas manos ahora estaban curando ahora a alguien que había prometido matarla en cualquier momento ante cualquier sospecha de traición.
Pero la mayor sorpresa de todas, y casi con diferencia, fue que Zoro no se apartara de la mujer con olor a flor de cerezo pese a su mirada airada y la aversión que le provocaba la sola presencia de Robin cerca de él desde que esta entró a formar parte de la tripulación de Luffy, Sombrero de Paja. A pesar de todos estos sentimientos, permaneció inmóvil ante el suave y cálido tacto de la arqueóloga, el cual le provocó un estremecimiento que bajó desde su coronilla hasta sus pies erizando todo el vello que encontraba a su paso, ese escalofrío que no llegó a comprender fue el que le hizo entornar los ojos, aspirar todo el aroma de la mujer que ahora estaba a tan apenas unos centímetros frente a él y suspirar.
-¿Volvemos al barco?- dijo él más decidido y mirándola a los ojos.
Ella, visiblemente más aliviada, asintió sin decir palabra y comenzó a caminar al lado del peliverde en silencio hasta que una voz tras ellos les gritó con ira.
-¡¿Qué hacéis aquí malditos bastardos?!¡Os he dicho mil veces que no entréis a mis tierras!
Al girarse, sendos piratas a la vez, vieron a un hombre que a unos diez metros los apuntaba con una escopeta dispuesta a ser disparada en cualquier momento.
Y aquí acaba este capítulo, que ,como veis, no deja las cosas de cualquier manera, así que de momento ya tienen alguien con quien luchar. Veremos a ver qué pasa.
Nos vemos prontito con muchas más sorpresas que os tengo reservadas.
Érika Peterson.
