¡Hola! He vuelto y traigo un capítulo nuevo conmigo. No hay mucho que aclarar esta vez, así que paso directamente a daros las gracias por vuestro apoyo ya sea siguiendo la historia, favoriteándola (sí, me acabo de inventar un verbo XD) o dejando Reviews. Aprecio de corazón todo eso que hacéis por mí.
Y aquí os dejo este capítulo. ¡Adelante con el capítulo 5!
Un hombre robusto, de la altura del miembro más reciente de los Sombrero de Paja pero con la musculatura del más antiguo, los apuntaba con aquella arma que parecía haber sido disparada más de una vez ya no solo sobre animales u objetos sino también sobre personas.
Esa sensación de jugártelo todo a una mirada, una palabra, un movimiento, la habían experimentado ya muchas veces en sus vidas y por suerte o por desgracia desde temprana edad, sobre todo en el caso de la mujer, que desde que había perdido su infancia a manos de la marina veinte años atrás, medía cualquier movimiento que pudiera ponerla en peligro. En el caso del espadachín, sin embargo, el hecho de haber decidido consagrar su vida a las katana conllevaba lidiar con ese sentimiento límite día sí y día también sin que nada de ello fuera a hacerle cambiar de opinión y es que el peliverde podía ser extremadamente testarudo en algunas ocasiones, eso ya lo sabían todos.
Ambos piratas estaban en tensión, Robin estaba envarada con la espalda totalmente recta, igual que los brazos y cabeza aunque sus puños totalmente cerrados y su mandíbula apretada denotaban una actitud muy diferente a la de su compañero que había encorvado un poco su torso y parecía un tigre preparado para saltar sobre su presa, tenía una mano a unos tres centímetros de una espada y la otra ya agarraba la empuñadura de otra de sus espadas mientras sus pupila comenzaban a contraerse ante la presencia del peligro inmediato. Y es que, mientras Zoro ya se había habituado a esas situaciones y desenvainaría en caso de ser necesario, Robin, a pesar de su oscuro pasado, no podía lidiar con la sensación de tener a la muerte abrazada a ella soplando en su nuca su gélido aliento, simplemente no sabía qué hacer, lo había intentado todo otras veces, huir, atacar, defenderse, todo, pero su cerebro siempre la hacía quedarse petrificada unos segundos antes de enviar la orden más segura y apta para la situación. El problema de todo esto es que esos instantes podían ser cruciales y costarle la vida si no tenía cuidado.
Así, Zoro, presintiendo que algo iba mal, antes de desenvainar miró de reojo a la arqueóloga, apenas a medio metro de él, cada vez más tensa, más asustada, angustiada ante aquella escopeta que le estaba apuntando directamente, y ya iba a mostrar sus aceros cuando el hombre habló.
-¡Marchaos de aquí si no queréis que os vuele la cabeza!
-Lo sentimos mucho, no sabíamos que el paso nos estaba prohibido.
El espadachín se sorprendió ante aquellas palabras de la arqueóloga, ya no por lo que hubiera dicho, sino porque su actitud había cambiado totalmente en unos segundos. La Robin a la que el peliverde estaba mirando no era la misma a la de antes, no era la vulnerable Robin, ahora se mostraba totalmente confiada, tranquila, como siempre la había visto. Debía reconocer que se desenvolvía perfectamente a la hora de hablar con los demás sobre todo si tenía que convencerles de algo y ahora parecía ser una de aquellas ocasiones. Lo que el espadachín realmente no conocía es que todo aquello no era más que otra máscara de las que Robin usaba para que el muro que separaba a los demás de sus sentimientos no se viniese abajo y en consecuencia, su corazón quedara destrozado otra vez. Lo que Zoro no podía ver era que bajo aquella aparente confianza y seguridad, lo que había era una mujer asustada a la que su cerebro le había ordenado actuar de una manera concreta para poder evadir un peligro, un peligro que esta vez estaba muy pero que muy cerca.
-No me vengas ahora con cuentos, mujer, hay carteles por toda la finca- dijo casi gritando el hombre- ¿Sabes? No cuentas más que mentiras y una de las cosas que más odio es a las mujeres manipuladoras y mentirosas como tú, por eso, por haberme mentido, lo vas a pagar caro.
En un segundo, sucedieron tres cosas casi al mismo tiempo. En primer lugar, se oyó un disparo de la escopeta a la vez que las katana de Zoro desenvainaban con furia y sed de sangre resplandecientes bajo el sol de la tarde. A continuación, Robin sintió cambiar su centro de gravedad desde la posición vertical a la posición horizontal que había adquirido sobre la hierba donde un brazo firme y musculoso era su punto de apoyo en la parte superior de su espalda manteniendo su cabeza lejos del suelo mientras un cuerpo robusto la cubría con delicadeza pero firme a la vez evitando exponerla al peligro, entonces, respiró hondo y sintió sus pulmones llenarse de acero y mar.
Esa sensación. Esa misma sensación, ese brazo rodeándola, ese olor inundándole la nariz, el calor de ese cuerpo guerrero y la seguridad que le producía. Ese momento. Ese momento ya lo había vivido en algún lugar antes. Sí, hacía unas pocas semanas, a 10.000 metros de altura unos brazos sujetaron su cuerpo herido, sin voluntad tras una descarga eléctrica que podría haberla matado. No recordaba nada más que la palabrería de aquel que se hacía llamar dios y su gesto con la mano. ¿Luego? Oscuridad, pero aquellos brazos los había sentido antes, de eso estaba segura al cien por cien. La única diferencia era que ahora era perfectamente consciente de lo que acababa de pasar. Sí, el espadachín que había prometido matarla la había apartado de la trayectoria de una bala que habría provocado daños irreversibles de haber acertado en el blanco. Ahora ese espadachín la estaba sosteniendo sobre su brazo derecho mientras la miraba directamente a los ojos.
-¿Estás bien?- susurró él frío pero preocupado por dentro.
A esto la arqueóloga solo pudo musitar algo parecido a un sí, todo aquello le nublaba los sentidos. De repente, perdió todo contacto visual y físico con el joven, que la dejó sentada en el suelo con más delicadeza de la que cabía esperar.
-¡Es una mujer!- gritó furioso, cerca de convertirse casi en un auténtico demonio.
-Eso ya lo veo- prosiguió el otro apuntando ahora al peliverde.
Robin observaba la escena entre asustada y sorprendida. Desde su posición vio cómo Zoro corría a toda velocidad hacia su agresor al grito de "¡Estoy harto! ¡Eso ha sido demasiado!" mientras el hombre que sostenía el arma de fuego realizaba un disparo que acertó de lleno en el hombro derecho del espadachín.
Los ojos de la arqueóloga se abrieron aterrorizados al ver brotar la sangre de su compañero y escurrírsele por el brazo y la espada hasta caer al suelo tintando la hierba de color rojo.
-¡Zoro!- exclamó la mujer haciendo uso de sus poderes para arrebatarle la escopeta a su atacante mientras corría a socorrer a su compañero herido.
El joven, aprovechando que la morena había sujetado a su enemigo, antes de que esta llegara a donde él estaba, le atestó un puñetazo en la mandíbula con su mano izquierda a quien le había disparado provocando que cayera al suelo no inconsciente pero sí visiblemente herido.
-¡Volvamos al barco! ¡Rápido!- gritó Robin cerca de la histeria.
Ambos echaron a correr a pesar de que el hombre se había levantado y los perseguía a grandes zancadas. Mientras tanto, un par de manos brotaron del hombro del espadachín para taponarle la herida cuyo flujo de sangre era cada vez mayor. Aunque la sorpresa fue de Zoro, que no esperándoselo, lanzó una mirada de reojo a su compañera.
-Eso evitará que te desangres por el camino- aclaró ella al segundo sin volverse para mirarlo.
-Gracias por esto y por lo de antes con Nami, si no hubieras estado ahí en el momento exacto…
-Esas cursiladas resérvalas para cuando consigamos salir de este embrollo- respondió ella girándose con rostro serio, casi enfadado- si la palmas aquí, no habrá nada que agradecer.
Ya tenía claro que la arqueóloga era una persona audaz y con la cabeza en su sitio, pero nunca se había imaginado que escucharía algo así de los labios de esa mujer. Esto, a pesar de la situación en que estaban y su estado, no le hizo enfadarse sino que le provocó una irreprimible sonrisa que acabó en carcajada, de esas contagiosas, que pasó a los labios de Robin quien no podía casi ni recordar cuánto tiempo hacía que no se sentía tan cómoda con alguien para poder reír así, de una manera tan abierta y libre. Ese sentimiento tan dulce se traspasó de los ojos de la mujer al corazón del espadachín, donde de momento tenía una herida tan grande como en el hombro, lo que sucedía es que de la existencia de la primera solo tenía constancia la morena mujer de ojos azules que ahora corría a su lado y que sin saberlo aún, sería su punto de apoyo y de partida para salir adelante, aunque claro, de eso aún no era consciente el espadachín de pelo verde.
Y con unas risas acaba este capítulo. Espero que os haya gustado y hayáis disfrutado leyéndolo, porque yo sí me lo he pasado bien escribiéndolo.
Informo por último que los Reviews de quienes no tienen cuenta en la página los responderé al final del capítulo, los otros los contesto con un mensaje personal, así que allá voy.
Guest: ^^ Gracias por el Review. Me alegro de que te esté gustando y sí, claramente quería que al principio fuese un ZoNa, pero solo al principio porque como habrás podido observar poco a poco la relación entre Zoro y Robin está más presente. Es que no me gustan esas historias tan predefinidas que te dan una pareja y ya nada cambia, no me apetecía empezar directamente con un ZoRobin, la verdad, simplemente eso. Nos vemos.
Lo siento por quienes no querían heridas de bala en esta historia pero es que Zoro sin una herida sangrando deja de ser Zoro XD.
Gracias por leerme y nos vemos en el próximo capítulo.
Érika Peterson.
