¡Hola otra vez!

Lo primero que me gustaría hacer esta vez es disculparme por haber tardado más de lo habitual en actualizar, pero es que he andado un poquitín liada y me ha sido imposible conectarme antes. Bueno, aún así, lo he conseguido y aquí os dejo un nuevo capítulo.

Gracias a quienes me leéis, seguís y dejáis algún Review de vez en cuando, ver que esto os importa me anima a seguir dando lo mejor de mí.

Y ahí empieza el capítulo 6.


Riendo como iban, casi parecía que hubieran olvidado que un hombre armado con una escopeta les iba siguiendo con el único fin de alcanzarles y acabar allí con sus vidas si lo creía oportuno. Bueno, de hecho, sí se habían comenzado a olvidar cuando el arma se volvió a disparar sobre sus cabezas, a lo que ambos se alarmaron y volvieron a la realidad que estaban viviendo en aquel momento.

Las risas cesaron y sin girarse si quiera a mirar a su adversario, una mirada seria, de determinación, se cruzó entre los ojos de ambos piratas.

-Tu turno, espadachín.

Con un asentimiento, el joven del pelo verde se adelantó un poco, aún con las manos de Robin sobre su hombro derecho, y comenzó marcar el camino a seguir. ¿Para qué? Para perderse, es evidente, porque como ya ambos sabían, aunque el espadachín nunca lo fuera a reconocer, si era él el que marcaba la ruta a seguir, sería más fácil que se alejaran de todo camino conocido por el ser humano y así podrían despistar a su perseguidor de una vez por todas. Al fin la arqueóloga había encontrado una utilidad al sentido de la desorientación del peliverde, que era como le gustaba llamarlo a ella, pues cada uno en la tripulación ya había bautizado esta facultad del espadachín de manera diferente.

No obstante, él aún tenía verdaderas ganas de cargarse a aquel hombre que los perseguía con una escopeta, ya no por haberle disparado en el hombro sino por decidir enfrentarse primero a su compañera viendo que era más vulnerable y estaba desarmada en un momento inicial a pesar de ser una mujer valiente y decidida en la batalla. Su código de honor no le permitía asimilar y mucho menos dejar impune aquella acción por parte del hombre de la escopeta, algo dentro de su pecho le decía que debía poner justicia porque Robin ni siquiera había atacado. Por todo ello, quería girarse y descuartizar a aquel desgraciado allí mismo, es más, sabía de sobra que con menos de un minuto tendría suficiente para llevar a cabo este fin. Nada se lo impedía, bueno, excepto el hecho de que lo acababan de despistar.

Siguieron corriendo un poco más y cuando ya estuvo totalmente segura, la arqueóloga se detuvo y obligó al espadachín a que hiciese lo mismo, sin decir una palabra, hizo desaparecer las manos del hombro del joven, que se quedó petrificado cuando ella le rasgó la camiseta donde había tenido antes sus manos y con unas vendas que llevaba en la mochila, le tapó la herida de manera provisional.

-Hay que volver enseguida al barco, esta herida no pinta bien- le advirtió ella aun sabiendo que no la escucharía.

-Espera un poco- respondió él casi sin voz.

Jadeando aún, el joven se sentó bajo la copa de un árbol y con un gesto invitó a la mujer a su lado, quien, a regañadientes, viendo la gran y sangrante herida de su compañero, lo acompañó. Ambos apoyaron sus espaldas contra el tronco de aquel árbol y alzaron la vista a un cielo rojizo, poco a poco más azul oscuro, en que las estrellas comenzaban a brillar como faros señalando islas lejanas. Una suave brisa que traía el olor fresco del mar sopló haciendo ondear el cabello de la mujer hacia su derecha, donde estaba Zoro de quien la arqueóloga no quitaba el ojo de encima, cosa que hizo que el olor a cerezo le envolviera mágicamente por tercera vez aquella tarde.

Ninguno de los dos habló o hizo algún gesto durante el tiempo que se quedaron allí sentados hasta que anocheció completamente y las luces de la ciudad emergieron de la nada, tan solo se oía el suave tarareo de una canción proveniente de los labios de la historiadora, una canción que los abrazó a los dos, tan juntos y separados al mismo tiempo, bajo la copa de aquel árbol.

Fue entonces, cuando ya estuvo todo oscuro, cuando Robin se levantó decidida y con un leve gesto de cabeza señaló al espadachín que era hora de volver. Él se incorporó asumiendo que sería ella quien ahora los guiase aunque tampoco dijo nada por asegurarse, sino que más bien, prefirió que ella comenzase a andar.

Luego ella le dedicó una última sonrisa, se giró y comenzó a caminar rumbo a la ciudad. De espaldas al espadachín, la voz de la morena se oyó una vez más.

-Ya deben haber vuelto todos. ¿Estarán preocupados? Espero que la navegante no se haya encontrado con el señor de la escopeta.

Zoro, que había echado a andar tras ella, no dijo nada y cabizbajo y con rostro sombrío caminó junto a Robin en silencio pensando en Nami y en cómo le había destrozado el corazón en dos, pero, evidentemente, esto no era una confesión que pudiera hacerle a nadie. Nunca se le había dado demasiado bien eso de hablar de sus sentimientos en eso creía parecerse a la mujer que ahora le guiaba y de quien realmente no sabía demasiado. Tal vez por esta carencia en su forma de ser, discutía tanto con Sanji quien no tenía problema alguno en demostrarle su devoción a la pelirroja. De algún modo lo envidiaba y le odiaba al mismo tiempo, todo por el simple hecho de poder desenvolverse así con las mujeres.

Zoro quedó pronto sumido en sus pensamientos, al igual que Robin. Así, no cruzaron la más mínima palabra en todo el trayecto, solo el tarareo de la mujer los acompañó hasta que divisaron la nave, justo entonces, cuando ya desde lejos se comenzó a oír el jaleo de la tripulación a la que pertenecían, la historiadora cesó en su tarareo dejando pasar a un envolvente silencio que los acompañó hasta llegar al barco, donde ya los estaban esperando todos un poco preocupados.

-¿Dónde estabais?- preguntó Sanji saliendo de la cocina al verlos llegar más angustiado por el paradero de ella que del peliverde.

-En un bar- contestó inmediatamente y visiblemente sombrío el espadachín.

-A ti no te he preguntado, marimo, pero por tu bien, espero que no estuvieses en el mismo lugar que mi querida Robin-chwan.

-Pues la verdad es que…- iba a intervenir Robin cuando salió Chopper alarmado desde los camarotes.

-¡Zoro!¡¿Qué te ha pasado en el hombro?!¡Estás sangrando!¡Rápido un médico, un médico!- gritaba el pequeño corriendo en círculos.

-Pero si tú eres el médico- dijo Nami saliendo también de la cocina a la vez que Luffy lo hacía con un trozo de carne en la boca.

Después de unos gritos por aquí y por allá, y la resignación de Zoro porque tendría que ir a la consulta de Chopper a que le curase, todo volvió a tranquilizarse. El doctor preguntó innumerables veces al espadachín sobre el vendaje con el que había llegado al barco y sobre cómo narices había acabado con un disparo de escopeta en el hombro, pero él todas las veces hizo lo posible por evadir las preguntas. Esto Robin lo vio y se dio cuenta de que tal vez su compañero no querría hablar sobre lo sucedido durante la tarde. Por eso, cuando Nami le preguntó a la arqueóloga como es que había vuelto a la vez que Zoro, ella intentó enmascarar la verdad.

-Es que cuando he salido de una librería, lo he visto pululando sin rumbo por la calle y suponiendo que se habría perdido, me he decidido a acompañarlo hasta aquí, de todos modos, yo no iba a tardar mucho en volver- dijo Robin con su habitual cara de póker de modo que aquello podría pasar por una verdad creíble.

La navegante pareció creerlo y no preguntó más al respecto. De todas maneras, ver que la brújula magnética ya estaba cargada le hizo olvidarse de todos esos detallitos que podrían haberle hecho deducir sucesos innecesarios y reveladores.

-Bueno, ya podemos zarpar, la brújula marca hacia el siguiente destino- sentenció Nami poco antes de que Sanji los llamara para la cena.

Durante la cena, Robin, disimuladamente, intentó hacer que Zoro y Nami no se sentaran juntos, más que nada, porque sabía cómo el dolor que el espadachín sentía en su corazón por el rechazo de aquella tarde lo estaba consumiendo por dentro y más aún, al ver que Nami parecía ya haber olvidado, o simplemente es que disimulaba muy bien sus sentimientos sobre aquel beso que marcaría tanto para Zoro como para Robin un antes y un después en sus vidas. Además, aunque Robin no sabía por qué, algo dentro de su corazón hacía que no quisiese ver sufrir más al espadachín peliverde de aquella manera. No sabía cómo ni cuándo, pero conseguiría que Zoro resurgiese como un ave Fénix a pesar de que ahora estaba sentado a su lado cabizbajo y triste mientras los demás reían y cantaban armando jaleo tal y como era normal en aquella peculiar tripulación.


Y aquí acaba el capítulo 6 de esta historia. Aunque me da la impresión de que he bajado un poquito el nivel en este capítulo, espero que os haya gustado aunque de momento no haya mucha interacción ZoRo.

Bien, y ahora voy a por los Reviews de quienes comentan sin cuenta en la página.

Guest: Bueno, ya sé quién eres, pero te voy a responder aquí si no te importa. Me alegra que te haya gustado y que disfrutes con la interacción que les estoy poniendo a este par. La verdad es que escribir sobre Zoro y que no se haga ni un rasguño se me hacía un poco raro, es como si le faltase algo, ¿no? Y bueno, con las heridas sangrantes de nuestro espadachín siempre hay un elenco de reacciones por parte de los demás. Gracias por el Review.

Y hasta aquí este capítulo. Nos leemos prontito.

Érika Peterson.