¡HOLA!

Ya sé que ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que actualicé, pero todo tiene una explicación, y es que estaba esperando a actualizar con este capítulo el día de mi cumpleaños, que es hoy, 21 de septiembre. ¿Qué que por qué tenía que esperar a que fuera este capítulo en este día tan señalado? Pues porque este es el primero de los 4 capítulos cardíacos que tengo preparados, es más, este mi capítulo favorito, el que más me gusta de toda la historia y me hacía ilusión "autorregalarme" algo así. Por eso, os agradecería que por favor me comentaseis sobre todo en este capítulo qué os ha parecido y si debería mejorar algo.

Espero que lo disfrutéis y aquí os lo dejo. ¡Saludos muy fuertes!


Entre confesiones que hacían agrietarse su muralla un poquito más, sentimientos incomprensibles, dudas, suspiros, miradas a escondidas y recuerdos que hacían a su corazón latir con una fuerza nunca antes sentida, Nico Robin sobrevivió aquel confuso martes en la tripulación de Sombrero de Paja luchando contra aquellas dudas que se le agolpaban en la cabeza y creaban la sospecha de que un nuevo sentimiento ardiente estaba naciendo en su pecho.

Así, aquella noche, no por casualidad, Robin salió a cubierta. Esa noche le tocaba hacer la vigilancia al espadachín, y sin que Nami la oyera, ella había cogido una manta y un libro y había salido a la noche, tan gélida, tan silenciosa, tan tranquila como siempre lo eran las noches de vigilancia. No obstante, en su cabeza, dos diferentes pensamientos contrastaban con la tranquilidad del ambiente pues ambos intentaban guiar sus acciones y pugnaban por llegar al corazón de la arqueóloga antes que el otro. Por un lado, la Robin que había sufrido, la fría, la calculadora, la desconfiada, la que estaba en la puerta de la muralla haciendo guardia desde hacía décadas le gritaba que no subiera allí arriba, que no se uniese al peliverde aquella noche, que era una pérdida de tiempo, que aquel joven espadachín lo único que tenía en mente que estuviera relacionado con ella era echarla de la tripulación. No podía permitirse el lujo de confiar en él como de igual manera tampoco había podido confiar en nadie desde hacía tiempo.

Por otro lado, la Robin que aún creía en los seres humanos, en los sentimientos puros, en las personas buenas y honestas, la Robin que se negaba a entregarse a la oscuridad y la maldad, la que estaba dentro de la torre de la muralla luchaba por poder asomarse un poco queriendo ver el exterior, queriendo poder tener la sensación de que le importaba a alguien, viendo que aquella muralla no era sino un impedimento si quería acercarse más a sus compañeros, al joven de pelo verde a quien no podía haber camelado con sucias estratagemas, chantajes o sonrisas y sobre todo a la felicidad. Aquella joven e inocente Robin encerrada en su interior estaba luchando contra los grilletes que su pasado le había puesto en pies y manos. Sin embargo, esa misma noche, los grilletes habían comenzado a chirriar desde el mismo momento en que ella había puesto un pie fuera del camarote.

Zoro la vio desde el puesto, allí, dudando, pero no se inmutó, no la llamó, no le hizo ningún gesto, no parecía importarle si la arqueóloga subía o se quedaba allí de pie toda la noche. Por eso, se volvió a recostar sobre el palo mayor para seguir mirando al horizonte con la mirada perdida y su mente intentando olvidar que la morena estaba allí abajo esperando que él hiciese algo, algo que él no estaba dispuesto a llevar a cabo: abrir su corazón y mostrar su dolor a alguien que tal vez podría ayudarle.

El silencio solo perturbado por el sonido del mar inundaba la noche cuando al poco rato, Robin subió con sigilo a lo alto del palo mayor, donde estaba el puesto de vigilancia, donde Zoro seguía recostado, indiferente a todo.

-Hola- dijo ella con una sonrisa mientras se sentaba al lado derecho del espadachín.

-Hey- respondió él con indiferencia, no le apetecía hablar mucho en ese momento.

La arqueóloga solo quería mirarle a los ojos, bucear en ellos, saber cómo estaba, saber si al menos podría quedarse allí un rato más. Sin embargo, de momento eso sería técnicamente imposible, el espadachín no hacía más que mirar al horizonte, ni tan solo se había girado a mirarla cuando ella lo había saludado al subir. Se había cerrado en banda y aquella noche sería muy difícil que compartiesen un par de frases, se habían chocado dos fuertes murallas, dos murallas construidas a base de dolor, sufrimiento y lágrimas, dos murallas defendidas por su silencio, el rasgo común de aquellos dos curiosos piratas, un rasgo que hacía aún más complicadas las cosas entre ellos.

Por un momento, la arqueóloga consideró la opción de volver al camarote y seguir con su relación como hasta ahora, muralla frente a muralla, silencio luchando contra silencio. No obstante, los grilletes de la Robin que estaba en su interior comenzaban a chirriar, hacían un ruido ensordecedor, no podía soportarlo y tampoco podía soportar el estar allí mirándolo en un silencio incómodo tanto para ella como para él. Si ella había subido allí aquella noche era para ayudar al Ave Fénix a renacer no a morir para siempre ahogado en su angustia.

Hubo unos minutos de silencio mientras duró esta batalla interna y, al fin, Robin, que aún no había abierto el libro, que aún no se había tapado con la manta, que aún no había apartado la mirada de Zoro, que aún no se había dado por vencida, habló:

-¿Cómo te va?- estas palabras pese a lo simple de su articulación necesitaron de un gran esfuerzo por parte la mujer para que salieran de su boca.

-Pfff..., pues bien- dijo él aún sin girarse hacia ella-, y tú, ¿por qué has subido aquí?

-No podía dormir...- respondió ella- Pero puedo quedarme, ¿no?

-Sí, claro que puedes. Aún me queda café tibio en el termo si quieres un poco.

-Claro, ¿por qué no?- dijo ella sonriendo con una sonrisa que él no llegó a ver.

El silencio volvió al puesto de vigilancia mientras el espadachín ponía otra taza de café y aunque nunca había tenido compañía, siempre tenía otra taza donde ponerse algo de licor y que sorprendentemente hoy aún estaba vacía y limpia e iba a ir destinada para el café de Robin.

Al girarse el espadachín con la taza entre las manos, Robin sintió cómo los grilletes chirriaban, chirriaban y chirriaban, no dejaban de hacer ruido y cuanto más miraba en los ojos de Zoro, más ruido hacían. No podía soportarlo más y de repente, sintió cómo la puerta de su muralla comenzaba a entreabrirse sin que la Robin que tenía la llave pudiese hacer nada por evitarlo. Él, que sostenía aún la taza entre sus manos, coló entonces su mirada por entre ese hueco que se había abierto en la muralla de su compañera y se encontró de lleno, inevitablemente, mirándolo desde la torre de la muralla, con los azules ojos de la arqueóloga, los ojos más bellos que podía haber visto nunca, unos ojos que parecían saberlo todo, que parecían bucear dentro del alma de quien los mirase, unos ojos que hoy no tenían una muralla frente a ellos, unos ojos que le dieron al Ave Fénix un aliento de vida.

Por primera vez Zoro había visto a Robin, sí, por primera vez sin máscaras ni murallas, sin disfraces ni artimañas, sin mentiras encubiertas ni verdades silenciadas, solo Robin. Tan tranquila, tan silenciosa, tan inocente, tan sincera, tan inteligente, tan bella, tan única, tan perfecta como era detrás de todo el sufrimiento que llevaba sobre su espalda, el dolor que la hacía parecer despiadada y fría a ojos de los demás. Sin embargo, Zoro ya no podía verla más así, ahora al escudriñar por detrás de la muralla de ella, la había visto en todo su esplendor mostrándole quién era ella realmente y qué había estado esperando él por tanto tiempo, lo que hizo que algo en su pecho se agitase con fuerza sin previo aviso. Podría jurar que su muralla se había tambaleado, la muralla que volvió a levantar cuando la arqueóloga entró en la tripulación estaba comenzando a flaquear y no sabía si realmente quería evitarlo.

Robin miró, miró dentro del alma del joven peliverde y vio cómo la muralla del espadachín estaba desapareciendo, cómo aquella mirada, aquella intensa mirada los estaba acercando un poco más y no solo metafóricamente, en realidad sí se estaban acercando, hasta podían casi sentir la respiración del otro. Sus labios solo estaban separados por unos escasos e infinitos centímetros que parecían reducirse poco a poco mientras Zoro acudía a la morena como un imán respirando del aroma a flores de ella y ella, a su vez, del olor a acero de él. Entonces, en medio de aquella mirada, en medio de aquella tensión que podría haberse cortado hasta con un cuchillo sin afilar, en medio de todo aquello sus manos se tocaron suavemente, se tocaron cuando Robin fue a tomar la taza entre sus manos y se encontró con los dedos del joven que acarició suavemente con las yemas de sus largos y finos dedos. En ese mismo instante, en ese contacto, la mirada se cortó, la tensión de cortó, su tacto se cortó, todo se cortó cuando las manos de Zoro se retiraron en un movimiento rápido que casi hace que caiga la taza sobre ellos.

-Toma, tu café- dijo él apartando la mirada.

Entre todo aquello todo cambió, el espadachín experimentó un fuerte escalofrío que le recorrió todo el cuerpo al ser consciente de lo que acababa de pasar, un Ave Fénix halló un poco de calor con el que poder unir sus cenizas, Robin se sorprendió a sí misma actuando de aquella manera, sobre todo cuando sintió aquellos grilletes que por tanto tiempo la habían aprisionado caer oxidados al suelo de la torre donde estaba encerrada.

-Has dicho que estaba tibio…- señaló ella con cara de circunstancias solo con la finalidad de poder acostumbrarse a lo que le acababa de pasar por dentro- ¡Cómo quema esto!

El espadachín no supo entonces cómo responder a la perspicaz arqueóloga y no pudo sino sonrojarse. Al ver eso, la mujer no pudo contener la risa.

-Pareces un tomate, jajajaja, tranquilo que no quema tanto, jajaja, era broma.

-No te rías de mí- se quejó él escondiendo su mirada.

Aquella risa tan musical, tan melodiosa, tan bella, tan sincera, tan angelical nunca se la había visto con nadie más, ni con el resto de la tripulación, solo con él. Y algo en su interior se sintió bien por ello, feliz por ser él quien la hiciese reír así, por ser el único que la pudiera escuchar, sonaba tan bien que no quería que cesara nunca, era como el sonido de campanas de un domingo de primavera, aquello era casi sin duda lo único que necesitaría para sanar sus heridas aunque no fuese a reconocerlo nunca.

El espadachín no siguió hablando por no interrumpir aquel sonido tan hermoso y cuando Robin dejó de reír, nació otro largo silencio que esta vez fue él quien rompió.

-¿Por qué?- preguntó Zoro de repente mirando las estrellas.

«Ahora lo sé…».

-¿Por qué, qué?- dijo ella algo confusa.

-¿Por qué me rechazó Nami?- susurró él sin atreverse a mirar a los ojos de la arqueóloga.

Robin rió suavemente comprendiéndolo todo y alegrándose por el paso que acababa de dar el espadachín y que fuese ella en quien hubiese decidido confiar. Así que apretando la taza caliente entre sus manos dijo:

-No lo sé..., tal vez no esté preparada para iniciar una relación...

-Pero, ¿tengo algo malo?- preguntó angustiado el espadachín.

Ella, bajando la cabeza mientras miraba el interior de su taza, susurró sin atreverse ahora a mirarlo fijamente:

-No, ni mucho menos, tú...- dijo con un nudo en la garganta y sintiendo que una grieta comenzaba a resquebrajar toda la torre- tú… eres... eres… todo lo que una mujer podría desear..., Zoro.

Sin saber por qué, Zoro se estremeció de nuevo al oír lo que había dicho Robin. Especialmente al final, cuando lo había llamado por su nombre con un tono de voz diferente, más suave, más íntimo, más especial, un tono de voz como… enamorado.

«Ahora lo sé, ahora sé que es ella la única que puede juntar las piezas de mi corazón. Debí haberme dado cuenta antes. Soy idiota».

-Gracias, Robin- dijo él en un suave susurro casi en el oído de la arqueóloga acercándose a ella, hasta el punto de que sus brazos se tocaban en un tacto suave, cálido y cómodo para ambos.

Al levantar la mirada, la mujer se encontró otra vez con los ojos del joven y sonriéndole como solo le había sonreído a él, se acurrucó un poco más pareciendo un gatito con frío al lado del espadachín.

-¿Tienes frío?- susurró él suavemente.

-Un poco, pero ya estoy tapada…

Sin dejar que ella dijese nada más, él se acercó aún más y sintiéndola cada vez más cerca, pasó su manta por encima de los dos tapándolos a ambos como si fueran una sola persona. Cuando él se volvió a apoyar sobre el palo mayor, Robin, que estaba tocando su hombro derecho, recordó la herida y se apartó inmediatamente. Al percibir esto, Zoro la miró pensando que lo abofetearía como había hecho Nami unos días atrás, pero en vez de eso vio que la mujer estaba mirando su hombro algo angustiada.

-Acércate que la herida del hombro ya está curada.

-¿Seguro?

Y asintiendo, fue él quien se volvió a acercar a ella.

-¡Ah! Por cierto, gracias por lo del otro día, ahora ya no estamos en peligro, ¿no?- dijo él de visible mejor humor.

-De nada,- respondió ella riendo al recordar la cara que puso él cuando le dijo que se reservase las cursiladas- pero no tienes que darme las gracias, fuiste tú quien me salvó la vida allí, yo no hice nada.

-No estés tan segura de ello, hiciste más de lo que después de todo merecía recibir de ti.

Tras esto, solo se pudo oír el tarareo de la arqueóloga que acompañaba la noche con la canción que ya había estado tarareando la última vez que estuvo a solas con el espadachín, esto él lo notó, pero no se atrevió a indagar y una vez ella se detuvo, el silencio ya no se volvió a interrumpir en toda la noche porque al cabo de un rato, Robin se quedó dormida sobre el hombro derecho del espadachín, y teniéndola tan cerca, no pudo evitar pasar un rato mirándola preguntándose por qué su corazón la había elegido a ella estando tan reciente el rechazo de Nami y por qué en aquella situación en lo único que podía pensar era en acariciar aquella piel de aspecto tan suave, en sumergirse en aquellos ojos infinitos, en besar aquellos labios de los que había estado tan cerca, Zoro no sabía por qué, pero en ese momento solo quería hundirse en aquella mujer que le había hecho revivir. Entonces, de su haramaki sacó una fotografía que conservaba desde que era niño y mirándola con nostalgia y curiosidad volvió a girarse hacia Robin.

-¿Quién eres Nico Robin?- susurró en lo alto del puesto de vigilancia con la arqueóloga dormida sobre su hombro.

Así que al poco rato, para evitar que se enfriara, Zoro la cargó a la espalda con el mayor cuidado y delicadeza procurando que no se despertase, y con libro y manta incluidos la dejó en su cama sin hacer el más mínimo ruido y tan suavemente como quien devuelve al nido un polluelo caído.

Antes de dejarla allí y volver a su puesto, se contuvo en un último impulso por darle un beso a la mujer que había estado buscando por tanto tiempo mientras se sentía absorbido por la oscuridad envolvente del camarote femenino.


Y aquí acaba. Esta vez no pongo demasiado al final para que os quedéis sobre todo con el buen sabor de boca si es que los ASDFHJJAASFGQWWETHGBCSD y los KYAAAAAAAAAAA no os han hecho desmayaros antes de acabar el capítulo, jajajajajajaja.

REVIEWS:

Elie: Me alegra que te guste ^^ aunque siento no haber actualizado antes, ya he puesto antes el motivo, a partir de ahora si puedo actualizaré más seguido. Y también lo siento por no poner la conversación con Nami, pero supongo que ya la pondré por ahí con flashbacks, jejeje. Gracias por tu apoyo. Nos vemos.

21/09/2012

Érika Peterson.