Sin preámbulos. Lo que habéis estado esperando es el capítulo no un monólogo sobre mi vida. Así que…

CAPÍTULO 9 Allá vamos!


Qué dulce calor aquel que estaba lamiendo su piel sin herirla, sin molestar a sus ojos ahora cerrados. Solo se limitaba a besarla suavemente desde la frente al cuello como si fuera un amante, un joven apuesto y valiente que la pudiese alejar de toda la oscuridad y el sufrimiento que llevaba a sus espaldas, el príncipe azul con el que habría soñado quince años atrás si hubiese sido una adolescente como las demás.

Sin querer moverse de allí por el momento, respiró hondo del olor a acero que la rodeaba, lo saboreó lentamente con una sonrisa que apareció inconscientemente en sus labios, disfrutando de aquella esencia como si fuese el caramelo más dulce nunca creado, el caramelo más perfecto con el que jamás pudiera haber soñado, uno hecho solo para ella, uno que podía darle todo aquello que realmente siempre había necesitado y de lo que siempre había carecido. De entre aquel olor, una imagen, una sola, no la de ningún kiosco o tienda de golosinas, no, sino otra mucho más determinada, nítida y sobre todo, confusa llenó su mente. Una señal se disparó en lo más hondo de su subconsciente.

-¡Dios!¡Me he quedado dor…!

Dando un salto se puso de pie sobre su cama de sábanas blancas destapándose en el acto y permaneciendo con su pijama compuesto por unos pantalones largos de color gris oscuro y una camiseta de manga corta azul turquesa con las mangas color azul marino y tan ancha que podría incluso haberle venido bien a Chopper en su forma humana.

Confusa se mantuvo en una posición tensa sobre el colchón hasta que de repente, en una milésima de segundo, todos sus músculos se relajaron completamente al mismo tiempo y así, cayó quedándose en una posición similar a la que Zoro adoptaba cuando estaba en la cubierta, con las piernas cruzadas y los brazos apoyados ligeramente sobre sus rodillas. La típica postura del indio sentado, vamos.

Un largo suspiro se escapó por entre sus labios, comenzó a pasar sus manos por su pelo mientras lo echaba hacia atrás y cerraba los ojos al mismo tiempo. Pensó que respirar hondo la relajaría y en efecto, así fue, no sabía por qué pero aquel olor que la rodeaba e inundaba su pecho estaba teniendo ese efecto sobre ella. Quién le iba a decir que el olor a acero pudiese relajar a alguien, aunque tal vez no fuese por el olor en sí, sino por a quién le recordaba, pero eso era algo que Nico Robin no podía admitir cuando el simple hecho de hacerlo podía poner en peligro esa defensa que la había protegido tan bien durante aquellos años. No podía permitirse el lujo de exponer su verdad más íntima y correr el riesgo de quedar destrozada por un abandono, un rechazo o Dios sabe qué. Ya había sufrido demasiado a pesar de su juventud y otra herida como esa podía causarle un daño irreparable.

-¿Cómo he llegado aquí? -se preguntó en un susurro al volver a abrir los ojos.

Sin ganas de levantarse aún, volvió a acostarse boca arriba. Al tiempo que acariciaba las suaves sábanas que la rodeaban, cientos de preguntas comenzaron a aparecer en su mente como setas en un bosque en otoño. Su cabeza era ahora una olla con agua hirviendo dentro y no era momento para saber qué hora era aunque Nami ya se había levantado y el sol estaba bastante alto. ¿Se le habría pasado la hora del desayuno? Tampoco es que tuviese mucha hambre pero si el desayuno aún no estaba listo se levantaría a comer algo y pasaría las horas antes de la comida leyendo o ayudando por el barco a lavar, a ordenar la biblioteca, a entretener a Luffy y Chopper o a cocinar –cosa improbable mientras Sanji fuese el cocinero: nunca permitiría que "sus" chicas se agotaran haciendo tareas que podía hacer él o mandar que hiciera el alga marina.

Estaba Robin pensando en esto cuando una cabellera pelirroja irrumpió en la habitación a gran velocidad a la vez que se oía un grito desde fuera diciendo:

-¡Nami (-swan), deja que te abra la puerta!

Cerrando la puerta tras de sí golpeando al cocinero literalmente en la narices con ella, Nami se acercó en silencio a su cama y dejó su ropa sobre ella cuando vio que su compañera ya estaba despierta.

-Al fin te has despertado. Ya estaba yo temiendo que lo de Zoro se contagiase.

-¿Por qué dices eso?- inquirió la morena estirando sus extremidades como un gato.

-Mira tu reloj –dijo la navegante señalando al pequeño reloj de pulsera que yacía en la mesilla de la historiadora.

-¡¿Qué?!

La navegante no pudo evitar reír ante la expresión atónita que Robin puso al ver la hora que era. Era una expresión que podría calificarse hasta de cómica, sobre todo por lo serio del carácter de la morena.

-¡No puede ser!

-Pues sí lo es, se te ha pasado el desayuno y la comida. Son más de las dos y media de la tarde, bonita.

-¿Y por qué no me has despertado?

-Pues no sé… Tal vez porque era la primera vez que te veía durmiendo tan plácidamente.

A esto Robin hizo un sonido que expresaba la duda que había creado esta última frase en ella.

- ¿No lo sabes? Normalmente duermes boca arriba, como en tensión, tan apenas te mueves y parece como si fueras a saltar de un momento a otro. Sin embargo, hoy te has movido mucho, aunque la mayoría del tiempo estabas boca abajo abrazándote a tu manta y respirando tranquila y profundamente, como si en vez de abrazar un trozo de tela, estuvieses en brazos de alguien. Podría decirse que dormías a pierna suelta, como si algo bueno te hubiese pasado, y bueno…, me ha dado penita despertarte. Además, hoy el día entero va a ser de navegación en alta mar, calculo que hasta dentro de unos días no llegaremos a ninguna isla. Así que tranquila, duerme todo lo que quieras, yo, de momento, me voy a ver qué hace Luffy para evitar que se coma todas nuestras reservas de la despensa. Hasta luego.

Y así, la pelirroja desapareció tan rápidamente como había entrado. Sin aún poderlo creer, la morena se quedó sentada al borde de su cama, con una mano a cada lado, como apoyándose para no caer del susto y entonces con su mano derecha acarició algo suave, de tacto aterciopelado, sobre su cama. Miró hacia allí y vio algo arrugado bajo sus largos dedos, de un estirón lo extrajo desde debajo del resto de sábanas y vio que se trataba de una manta que sostuvo con sus dos manos frente a ella, la observó de arriba abajo. Era su manta, ¿no? A franjas negras sobre fondo gris formando una especie de entramado a cuadros. ¿Por qué no parecía la misma? Había algo extraño en ella. No sabía qué, pero era diferente de alguna manera. Fue en aquel momento, cuando fue a plegarla para guardarla cuando tocó junto a uno de los bordes de la manta un pequeño bordado. Giró la manta y lo vio: el pequeño dibujillo de un animal. Al principio no logró descifrar su especie, pero entonces se alejó un poco y la silueta apareció ante sus ojos.

- Conque abrazándome a mi manta -susurró con una sonrisa Robin acariciando el bordado con delicadeza.

A continuación plegó la manta y la depositó en un lugar escondido en su armario no sin antes acercársela a la cara y respirar hondo con una sonrisa en la cara. Luego hizo su cama y se fue a la ducha con la intriga de por qué ella tenía esa manta.

Media hora más tarde ya estaba sentada en la cocina al lado de Nami, que tomaba un café, mientras Sanji revoloteaba a su alrededor sirviéndole un plato delicioso que contenía no comida, sino una obra de arte y comestible además, vamos el súmmum de los placeres y es que Sanji era el único que podía hacerte comer arte cada día tal y como si estuvieses en el paraíso. Los mejores manjares sin duda alguna eran los que salían de su cocina.

-Gracias, cocinero. Debe de estar delicioso, como siempre- agradeció la arqueóloga.

Iba a posar su tenedor sobre aquella delicia cuando entró Zoro acabando de ponerse una camiseta de color azul marino adornada con un círculo blanco en el centro y que contenía, a su vez, una estrella roja de cinco puntas con una especie de cicatriz cruzándola; sus pantalones eran negros, igual que sus botas y le daban un aspecto más espigado y delicado, como si se tratase de un modelo y no de un pirata perseguido por la ley. Tras esto, se pasó una mano por el pelo húmedo, indicador de que acababa de pasar por la ducha, y posó su mirada en los allí presentes que, a su vez, también estaban atentos a cada uno de sus movimientos. Al encontrarse con los ojos de Robin, una pequeña y rápida sonrisa se le escapó a sus labios. Por un momento, la arqueóloga dudó sobre si su compañero le había sonreído o si simplemente lo había imaginado, no podría asegurarlo.

-Buenos días. ¿Qué hay para comer?- preguntó el peliverde frotándose el estómago.

-Pues como te has levantado después de la hora de comer vas a tener que comerte las sobras. Las tienes en la nevera- respondió Sanji con un tono un tanto despectivo.

"Debe de tener demasiada hambre", pensó la morena, "ni ha parecido importarle que a mí me haya hecho la comida y a él no".

Dejó el plato recién sacado del frigorífico en la mesa y tomando un vaso y los cubiertos, Zoro se sentó frente a Robin deseándole buen provecho.

Tan apenas hablaron en toda la comida aunque la verdad es que con Sanji y Nami por allí no es que pudieran decirse mucho. No parecía el mejor momento para hablar sobre lo ocurrido la noche anterior, si es que podía considerarse que había sucedido algo. La verdad es que todo seguía igual a simple vista, el silencio entre el espadachín y la arqueóloga seguía siendo el mismo, que ni se mirasen no podía considerarse noticia de última hora, aunque, sin quererlo, un par de veces la mirada del joven peliverde fue a parar a los ojos de la compañera que tenía enfrente y este acababa bajando los ojos de inmediato en dirección a su plato en cuanto se dibujaba una tenue y dulce sonrisa en los labios de Robin.

A ojos de un extraño parecería que estuviesen en un silencio cómodo, pero la verdad era otra y es que Zoro aunque quería hablar con su compañera no sabía cómo empezar, ni siquiera sabía cómo había conseguido hablar de sus sentimientos con la morena la noche anterior y entonces recordó. La verdadera Robin, la que vio la noche anterior en el puesto de vigilancia, ya no era la misma que ahora estaba sentada frente a él. No sabía cómo había sucedido pero Robin no era igual, su mirada volvía a ser completamente misteriosa, otra vez había resurgido la muralla, justo cuando creía que podría ver la verdad en ella, todo se había esfumado, no era sino otra desconocida. Igual que antes. Él quería volver a verla, sentir cómo aquellos ojos azules buceaban en su alma y su mirada lo transportaba a recuerdos lejanos marcados a fuego en su corazón.

«No, no es ella» pensó tristemente el joven tras volver a cruzar su mirada con la de la morena.

En un silencio casi surrealista acabaron de comer los dos piratas y de igual manera cada uno salió de la cocina tomando su propio camino, sin cruzar una palabra, un gesto o una mirada, como si fueran completos desconocidos.

« ¿Dónde estás Robin?» se preguntó el espadachín a la vez que se giraba para ver cómo su compañera proseguía su camino hacia su camarote.


Bien, pues ya está, la verdad es que para haber tardado tanto no es que esté para tirar cohetes pero es que la faena se me amontona y este capítulo se me atragantaba, si no he cambiado su argumento unas tres veces, creo que no lo he hecho ninguna.

Uf, me ha costado. Lo siento, intentaré tardar menos la próxima vez aunque no prometo nada.

REVIEWS:

Ronoa Robin: Hola ^^ Gracias por comentar. Me alegra tener otra lectora a la que le haya gustado el "no Zorobin" del principio :D Como ya he dicho, intentaré actualizar más seguido, pero no sé si podré. Aun así gracias por vuestro apoyo. Sois geniales!

Saludos.

Érika Peterson.

03/11/2012