¡Hola a todos/as!

¡Cuánto tiempo, ¿verdad?! Ya no podía esperar a publicar este capítulo, y eso que ya llevo más de tres meses sin actualizar, pero es que después de releer toda esta historia y ver que lo que había hecho antes era bastante mejorable, decidí que este fuera un gran capítulo en cuanto a expresión respecta, ya que digo y mantengo que por historia y relevancia en la trama, mi capítulo favorito es y será el octavo.

Y bueno, para compensaros por la tardanza y también para que no tengáis que volver al capítulo uno para recordar de qué iba todo esto, os pongo un pequeño esquema de acontecimientos aunque os advierto que será breve, así que si queréis recordar eventos con más detalle, id al capítulo en cuestión.

CAPÍTULO 1: Robin se da cuenta de lo que Zoro siente por Nami, pero no se da cuenta de los sentimientos que alberga por el espadachín.

CAPÍTULO 2: Zoro intenta confesar sus sentimientos a la navegante, pero Robin interrumpe el momento al anunciar que la nave se aproxima a una isla.

CAPÍTULO 3: Llegan a la isla y Robin y Nami están de compras cuando a lo lejos, la morena ve que Zoro se acerca a ellas. En ese momento, decide forzar un encuentro entre sus compañeros para que el espadachín pueda confesar lo que siente. Cuando al final se encuentran todos, ella decide desaparecer y dejarlos solos.

CAPÍTULO 4: Zoro y Nami comienzan a caminar para ver si logran encontrar a Robin. Sin embargo, el chico acaba en medio de un gran prado con su compañera a la que besa en los labios a modo de confesión. Ella no se lo toma muy y después de abofetearlo, se va. Robin, que escondida en la copa de un árbol lo ve todo, sale de su escondite y se acerca al espadachín para animarlo y curarle una herida que se ha le abierto en la mejilla. Cuando están a punto de volver al Merry, un hombre que empuña una escopeta los amenaza con el arma.

CAPÍTULO 5: Robin se pone muy nerviosa, pero intenta hacer entrar en razón al hombre armado. No obstante, este dispara a la mujer pero no llega a alcanzar su objetivo porque Zoro interviene sosteniendo a su compañera entre sus brazos muy cerca del suelo. A continuación, el espadachín inicia su ofensiva movido por la sed de venganza y acaba recibiendo un disparo en el hombro derecho.

CAPÍTULO 6: Ambos piratas huyen del hombre armado y logran despistarlo. Entonces, Robin intenta curar al espadachín, pero en vez de regresar inmediatamente a la nave, se quedan sentados bajo un árbol mientras Robin tararea una dulce canción. Cuando anochece vuelven al barco pero no cuentan la verdad a sus compañeros sobre todo lo sucedido, sino que ocultan que han estado toda la tarde juntos.

CAPÍTULO 7: Robin quiere que Zoro confíe en ella y le cuente qué le pasa con Nami, pero él lo único que hace es retraerse y mostrarse más silencioso. La arqueóloga se debate entre dejarlo que se recupere a su manera o ayudarlo y al final decide que el espadachín le importa demasiado como para dejarlo a su suerte, sobre todo, al averiguar que en SkyPiea sucedió algo con el espadachín que no logra recordar.

CAPÍTULO 8: La noche que le toca vigilancia en el puesto a Zoro, Robin sube para hablar con él con un poco más de intimidad y aunque al principio no lo parece, el chico logra abrir su corazón ante su compañera, que poco a poco se ve más cautivada por el joven. Ambos ven que sienten algo por el otro cuando sus labios casi se funden en un beso.

CAPÍTULO 9: Robin se despierta confusa en su cama porque la noche anterior se había dormido en el puesto de vigilancia. Cuando va a guardar su manta ve que esa no es la suya. A la hora de comer, se encuentra con Zoro, que también se ha levantado más tarde de la cuenta, pero intenta no demostrar ningún sentimiento y se vuelve a poner la máscara de serenidad y silencio que lleva siempre, pero Zoro sabe que esa no es la verdadera Robin de la que él se había enamorado unas pocas horas atrás.

CAPÍTULO 10: Ahora es Zoro el que sube al puesto a visitar a su compañera y aunque con palabras no pueden confesar lo que sienten, sus actos sí consiguen demostrarlo.

Y hasta aquí el resumen. Que disfrutéis el capítulo.


Uno de los mayores placeres de viajar en barco es poder sentir la suave brisa marina acariciar tu piel día y noche, impregnarte de su olor y esencia, disfrutar del tranquilo y relajante sonido de las olas que de manera regular mecen la nave como si fuera la cuna de un delicado y frágil bebé. Pero sin duda alguna, no hay nada comparable a disfrutar de todo esto en compañía de alguien especial, a despertarte, abrir los ojos y ver a esa persona allí, sentada casi a tu lado, mirándote de reojo con una dulce y disimulada sonrisa en los labios, con la cabellera elevada por el aliento del océano, con su aura de perfección y tranquilidad que te envuelve como si estuvieras en presencia de una deidad y no de un simple mortal. Te hace, de algún modo, sentirte especial, como si fueras la persona más afortunada del mundo solo por el simple hecho de estar allí adorándola en silencio.

Todo eso era lo único que ocupaba los pensamientos de cierto espadachín peliverde al despertar de su habitual siesta y encontrar, bajo la luz de un atardecer notablemente cálido, la mirada directa de la arqueóloga posada sobre su cabeza y una sonrisa, una blanca hilera dientes que se mostró ante él con dulzura y se escondió de la misma veloz manera en que había aparecido. Sentado aún, se estiró para desentumecer sus músculos y con ambas manos se frotó cabeza para despejarse, para quitarse los últimos restos de un sueño reconfortante, tranquilo y feliz. A continuación, miró a su alrededor y vio que la luz ya se estaba apagando, todo se estaba volviendo un poco más oscuro pero ella seguía allí leyendo, a su lado, tal vez vigilando su sueño, protegiéndolo de la soledad de la cubierta o simplemente acompañándolo en silencio. Notó su cuerpo sudado y pesado, todavía inmerso en el sopor. Se levantó casi de un salto y la mirada de su compañera lo hizo con él. Desde un ángulo más elevado la vio mejor, allí, recostada en su habitual tumbona, con su libro entre las manos, un mechón de pelo sujeto tras su oreja derecha, su morena y suave piel brillando bajo la luz naranja de la tarde, sus expectantes ojos azul zafiro mirándolo fijamente.

—Me voy a la ducha —dijo él con la voz todavía pesada.

La gran sonrisa que le mostró a Robin antes de marcharse la dejó allí clavada unos instantes. Mientras veía cómo su compañero se marchaba hacia los camarotes, ella no podía hacer otra cosa que intentar controlar el ritmo de los latidos de su corazón. Lo había visto sonreír antes en el tiempo que ella llevaba en la tripulación, por supuesto, pero nunca así, nunca con una sonrisa tan luminosa, tan grande, tan perfecta, nunca antes el espadachín le había sonreído a ella y solo a ella con aquella sonrisa que la hacía sentir incómoda y confusa al mismo tiempo. No sabía cómo pero aquello la había vuelto a descolocar, primero aquellos brazos protectores rodeando su cuerpo, el beso fallido en el puesto de vigilancia, luego sus manos entrelazadas con las del espadachín y ahora esto, su muralla que tan bien la había protegido durante tantos años estaba empezando a caer a una velocidad impresionante.

A pesar de todo, sus labios también se curvaron en una sonrisa, leve pero que expresaba todo lo que había estado sintiendo las últimas semanas: miedo, soledad y desconcierto, así como también todas las preguntas sin respuesta que seguían acosándola desde el alba al crepúsculo y viceversa. No había casi nada que ya no pudieran decirse después de su última noche en la vigilancia o al menos esa era la impresión que tenía ella tras intentar asimilar su última conversación en el puesto sin olvidar, por supuesto, el momento en que el dolor en el corazón de su compañero parecía ser casi insoportable, un dolor del que ella se consideraba responsable —¡si no hubiese querido saber más de lo que habría debido!—, responsable por querer conocer a la persona que había estado invadiendo sus silencios, sus momentos de aparente serenidad y calma. Solo había querido poder ver el corazón y el pasado de la persona que se había atrevido a invadir sus sueños, y lo único que había podido conseguir había sido ver sus lágrimas, cómo él desnudaba su alma ante ella y ella, incapaz de escapar de sus miedos, le confesaba algo que no se correspondía con lo que le gritaba su corazón. Ya no había casi nada que no pudieran decirse después de entrelazar sus manos, después de expresar con una única mirada todo lo que no conseguían con palabras. Ya no había nada que no pudieran decirse salvo que se necesitaban el uno al otro como la lluvia necesita del Arco Iris para sentirse completa o como el mar necesita de la Luna para equilibrar su fuerza, su vida. No parecía que fuesen a necesitar más murallas entre ellos y sin embargo los dos tenían el mismo miedo a la verdad oculta tras los silencios del otro. No necesitaban esconder más su corazón pero ninguno se atrevía a abrirlo de par en par ante la persona que amaba. Podían ser muy valientes, fieros, podían ser llamados demonios, seres sanguinarios sin piedad ni sentimientos, pero por el momento, lo único que era cierto es que sus temores estaban ganando la partida.

A Robin le dolía todo aquello, sobre todo cuando sabía que había sido ella misma la que había encadenado sus sentimientos al reconocer que su relación no era más que de buenos amigos, cuando en realidad lo que ella había querido desde un buen principio era otra cosa que ya no era capaz de esconder por más tiempo aunque el miedo a volver a ser vulnerable la frenase siempre que estaba delante de él. Y entonces una parte de su ser dijo basta. Así que aprovechando que aún quedaba bastante tiempo hasta la hora de la cena, cerró el libro suavemente y tras depositarlo sobre una mesa que estaba a su lado, se levantó y se acomodó el pelo y vestido. No había nadie más en la cubierta ni camarotes: todos estaban en la cocina jugando a un juego de mesa que Usopp había comprado en la última isla que habían visitado; por tanto, no hubo testigo alguno que la viese entrar al camarote masculino como un felino que se esconde antes de abalanzarse sobre su presa.

Delante de la puerta cerrada, una parte de su ser le decía que se fuera de allí, que todo aquello iba a ser el mayor error de su vida; no obstante, este pensamiento no era rival contra el fuego que ahora la quemaba por dentro y amenazaba con dejarla hecha cenizas allí mismo. Inspiró para intentar poner orden en su interior, bueno, solo para intentarlo, y con dedos seguros pero apresurados desabrochó la hebilla de sus zapatos de tacón negros, los sujetó con la mano izquierda mientras con la derecha hacía girar el pomo de la puerta con cuidado. Atravesó el umbral sin pensárselo ni reconsiderar lo que estaba a punto de hacer y cuando sus pies iban a volver sobre sus pasos a la cubierta, lo vio allí de espaldas delante del armario buscando algo. Y en su fuero interno ya no hubo más discusión posible. No cabía ninguna otra alternativa que no fuera la de quedarse allí con él, por eso decidió adentrarse más en el oscuro camarote donde la luz naranja del atardecer ya no ofrecía más que unos tímidos rayos de luz que tan apenas permitían vislumbrar lo que había al otro lado de la habitación. Robin bajó la mirada al sentir que había pisado algo mullido y bajo sus pies encontró una toalla verde cuyo dueño ya sabía quién era a pesar de no haberla visto antes. No dijo nada ni emitió sonido alguno hasta que lo rodeó con sus largos brazos por la espalda. Se arrodilló para poder acercar más su cuerpo al del muchacho, ahora de cuclillas, y apoyó la barbilla sobre el hombro izquierdo de su compañero. El calor le llegaba incluso a través de la ropa, una de sus manos buscaba acariciar las manos del espadachín mientras la otra se paseaba dibujando el contorno del musculoso pecho del peliverde. El olor a acero y sal marina le inundó la nariz y nubló sus sentidos, el fuego se hizo más intenso y cuando en su interior la muralla comenzó a crujir, supo que ya no había vuelta atrás.

—¿Buscas algo, espadachín? —le susurró ella al oído sensualmente.

—¡Robin! ¿Qué...? ¿Qué haces aquí? —respondió el espadachín con la cara como un tomate mientras se giraba e intentaba zafarse de los brazos de su compañera.

—Nada malo, solo ayudarte a encontrar lo que estás buscando... —dijo ella mientras se ponía de pie con el mismo tono de voz que había empleado antes.

Estas palabras salieron de los labios de la mujer a la vez que esta depositaba sus brazos sobre los hombros de su compañero rodeándole el cuello con este gesto. A pesar del miedo a que los descubriesen, un deseo irracional, una abrasadora sed de su compañera recorrió las venas del joven que al sentir su cuerpo en llamas, puso sus manos sobre las caderas de la mujer y se acercó un poco más para beber del exótico aroma a libros, frutas, flores, a cerezo.

Sus labios a solo milímetros de los de su compañero, sus ojos radiantes por el deseo, sus manos ardiendo en el cuerpo del otro, su respiración cada vez más rápida hasta que la distancia entre los dos se acortó, sus pulmones repletos de aire cesaron de hiperventilar y ambos se fundieron en un beso que habían estado deseando prácticamente desde la primera vez que se habían visto no cuando ella pasó a formar parte de la tripulación de Sombrero de Paja, sino un par de años atrás en un ya lejano bar donde una chispa había encendido sus corazones, que no habían vuelto a prenderse hasta ese mismo momento en que estaban volviendo a descubrir el cuerpo del otro como el niño que comienza andar sin ayuda de nadie.

La suave caricia sobre su rostro y una mano firme sobre su hombro le hicieron entender con quién estaba. El leve susurro que articulaba su nombre como solo la suave brisa marina sabía hacer la devolvió a sus sentidos.

—Robin. Robin.

Sintiéndose aludida, abrió los ojos y se encontró dos esmeraldas que la contemplaban consternadas.

—Zoro —respondió ella confundida por la mirada de su compañero.

—¡Robin! ¿Estás bien?

Sus fuertes, suaves y robustas manos acunaban su rostro con delicadeza mientras la brisa que se paseaba de acá a allá los envolvía con su velo transparente. El mar estaba manso y la cubierta vacía, solo ellos dos allí fuera, ella recostada en su tumbona con el libro medio abierto en su regazo y el cuerpo cubierto en una fina y molesta capa de sudor que se iba espesando a medida que aumentaba su calor corporal motivado por el contacto de aquella piel contra la suya. Él, inclinado sobre ella con el pelo todavía húmedo por el baño y la piel emanando un olor fresco y agradable, como el de césped recién cortado una tarde de verano.

Un dedo firme y decidido apartó un mechón de carbón que cubría aquellos lindos zafiros que parecían más confundidos de lo que nunca habían estado. La misma mano que había retirado aquella barrera se detuvo ahora delicadamente sobre la frente de la mujer.

—Robin estás ardiendo. Chopper debería echarte un vistazo.

—Nnnn... No. Estoy bien, de veras. No tienes por qué preocuparte —respondió la morena ruborizándose más ante el contacto de su compañero.

—Pues en ese caso ve y dúchate con agua fría. Pareces a punto de entrar en erupción.

Bajo el chorro de agua helada, la arqueóloga no podía detener las preguntas que atropelladamente se estaban formando en su cabeza. Nada había sucedido entre ellos, nada, lo que significaba que su mente le estaba jugando malas pasadas y no sabía qué debía hacer, aquel "sueño", fantasía o lo que fuese después de todo era una autoconfesión de lo que deseaba realmente en el fondo de su ser: estar con Zoro, hacerlo suyo, hacerse suya y no separarse de él jamás. Y por otra parte, el recuerdo de lo sucedido entre ellos un par de años atrás no mejoraba mucho más las cosas; ella había decidido olvidar pero ya no podía, era la prueba irrefutable que le convencía de que todo aquello era lo que siempre ambos habían querido. Nada podría hacerle cambiar de idea, ahora solo necesitaba encontrar el momento oportuno para demostrárselo a él.

—¡Robin! ¡La cena ya está lista! ¡Date prisa si no quieres que Luffy se coma tu plato! —gritó su compañera pelirroja al otro lado de la puerta.

Y tenía razón, porque de no haber sido por el gran esfuerzo de Sanji en mantener al escurridizo joven de goma lejos de los platos del sector femenino de la tripulación, Robin se habría quedado sin cena esa noche.

—Es asombroso, ¿verdad, Chopper? —inquirió la arqueóloga.

—¿Qué? ¿Qué es tan asombroso?

—Cómo la Luna es capaz de apagar a las estrellas cuando está llena y sin embargo debilitarse poco a poco hasta morir una noche y que todas aquellas que parecían anhelar vanganza, vuelvan tristes en su busca. Sabe que cuando más espléndida es, más cercano está su fin. Pero ella sigue volviendo a nosotros, como el Ave Fénix.

—Es verdad... Ella ya sabe que va a morir y aun así nos sonríe —un leve sollozo comenzaba a apagar la voz del pequeño doctor-, es tan triste.

—Vamos, doctor, no llores. Volverá el mes que viene. Vaya, mira qué tarde es, me voy a dormir ya.

—Sí, yo también y gracias por ayudarme a clasificar estos frascos.

—Un placer —respondió la arqueóloga desde la puerta de la consulta médica donde había estado ayudando al doctor después de la cena.

Todos se habían acostado ya excepto Luffy, que hacía guardia, aunque para sorpresa de la morena, su compañera de camarote todavía no estaba en la cama pero tampoco la había visto por la cubierta o la cocina y además todas las luces de la nave estaban apagadas. ¿También estará allí? Eso explicaría muchas cosas.

No podía dormir, estaba extremadamente inquieta y el contacto de las frías sábanas con su piel no ayudaba mucho a mitigar aquella estresante sensación de saber que no podría conciliar el sueño.

Una infusión caliente me sentará bien, pensó mientras se metía en las mangas de una gruesa sudadera oscura.

Debía de estar soñando o es que Nami había estado todo el tiempo allí, pero la luz de la cocina estaba ahora encendida cuando media hora antes había estado apagada.

—Uy, tampoco está aquí, ¿dónde lo habrán metido? —murmuraba una voz acuclillada ante los armarios de la cocina.

—¿Buscas algo, espadachín? —preguntó ella algo sorprendida de encontrarlo allí, en una situación perecida a la de..., pero no, ahora no iba a dejar que el deseo sobrepasara a la razón.

—¡Uy! Hola, Robin. Pues sí, busco el tarro del azúcar, no sé...

—Encima de la mesa —interrumpió ella tomando el objeto en cuestión y lanzándole una gran y blanca sonrisa a su compañero.

—No lo había visto, gracias.

Y asió el tarro a la vez que la mano con que su compañera lo sostenía, pero esta vez ninguno de los dos mostró interés por cortar cualquier tipo de contacto entre ellos, más bien al contrario. Y una sonrisa al fin respondió a la otra.


Y hasta aquí por esta vez. Espero que hayáis disfrutado leyéndolo tanto como yo escribiéndolo durante estos meses (sí, me ha llevado meses).

Gracias por todo pero sobre todo por el apoyo incondicional que estoy recibiendo por vuestra parte y aunque me temo que hasta dentro de unos meses no podré actualizar, seguiré escribiendo el próximo capítulo.

Un saludo.

Érika Peterson.

15/04/2013