Hola a todos/as, sé que me habéis estado esperando. Yo la verdad es que ya tenía ganas de actualizar y al fin he conseguido encontrar el tiempo necesario para hacerlo.

Si estáis leyendo este capítulo es porque no os habéis rendido conmigo y eso me hace muy feliz y aunque sea solo por dos personas seguiré actualizando. Gracias Laugerid y ZoroRoronoaForever, Rcoband y todos aquellos que lo hicisteis antes por comentar en este fic, seguirlo y añadirlo a vuestra lista de favoritos porque me ayudasteis a seguir cuando ya casi no tenía esperanza de seguir con esto. Espero que os guste este capítulo y nos vemos en el próximo.

En resumen, todo empezó como un ZoNa cuando Zoro intentó declararle su amor a Nami, pero la cosa no funcionó porque ella lo rechazó. Entonces, Robin, que sabía qué había pasado y por qué el espadachín llevaba unos días sin soltar palabra, intentó ayudarle y sin querer se dio cuenta de que se había acabado enamorando de él. Sin embargo, la sorpresa fue aún mayor cuando una noche, después de darse cuenta de qué sentía su corazón realmente, Zoro le confiesa a la arqueóloga que la ama y cuando están a punto de besarse, ¡pam! Aparece Nami que los sorprende y les arruina el momento. Entonces, mientras la pelirroja intenta chantajear a su compañero, Luffy avisa que se aproximan a una isla pero justo antes de bajar Zoro y Robin tienen una fuerte discusión sobre si deberían sacrificarse por sus compañeros o no.

Y ya en situación, podemos empezar con el capítulo 13.


—Jo, ya llevamos caminando más de media hora y aquí no hay nadie.

—Pero, ¿qué esperabas, cabeza melón? ¿Una fiesta como en Whisky Peak?

—En eso Zoro tiene razón, Luffy. Antes de desembarcar ya se veía que esto muy animado... pues como que no está.

—Muchas gracias, Nami. Y ahora dime, ¿cuánto te debo por darme la razón? —cuestionó Zoro con un ceja arqueada.

—Deberías preocuparte de otras cosas más importantes que de esa, ¿no crees? —replicó la pelirroja con tono de reprimenda mientras con un leve gesto de cabeza señalaba a la arqueóloga, que caminaba en silencio un poco más adelantada.

Un gruñido fue la única respuesta que obtuvo por parte de aquel cabezota espadachín.

—Zoro —le susurró Nami severamente—, sabes que esta discusión le gusta a ella tanto como a ti. Anda, ve y arregla las cosas como el caballero que te considera.

—Pero, Nami...

—Calla y ve o te arrepentirás. Uno de los dos tiene que dar el primer paso. Yo distraré al cabeza melón para que no se meta por medio.

Tenía razón, tal vez nunca lo reconocería en voz alta, pero Nami se estaba portando como una buena amiga aunque solo hubiera dicho aquello que él sentía desde que había puesto un pie en aquella isla: tenía que hablar con Robin cuanto antes y aclarar todo aquello.

Tomó aire y tras una sutil señal de su compañera pelirroja, aceleró un poco más el paso y se puso a la altura de la arqueóloga.

El primer minuto lo caminaron en silencio porque no había manera de abordar todo aquello con las palabras exactas. Toda la elocuencia que había demostrado en el Merry se había esfumado y tan solo volvía a ser el Zoro de siempre, el espadachín gruñón que no sabía hablar con mujeres, pero que, sin querer, había conseguido que la mujer que más había llegado a odiar le robase el corazón sin que él se dispusiera a evitarlo.

La brisa helada de la noche los atravesaba y se clavaba en su piel en forma de mil agujas punzantes. El contacto con aquel aire dolía aun llevando puestos los abrigos. Sin embargo, cualquiera que los hubiera visto desde otro lugar no podría creer que esta descripción fuese cierta, pues mientras por un lado, Luffy y Nami charlaban alegremente; bueno, Nami, no, Nami no hacía más que reñir a Luffy por poner en duda el sentido de la orientación de la pelirroja y no parar de preguntar cuándo iban a llegar y si faltaba mucho; sin embargo, eso no impedía que la navegante mantuviera ojo avizor en la pareja que caminaba delante con la única finalidad de mediar en una posible discusión si se llegaba a dar el caso. Por otra parte, los otros dos, Zoro y Robin, parecían completos desconocidos e incluso archienemigos, es más, cualquiera lo hubiera jurado al ver sus rostros altivos, orgullosos, que mostraban la expresión de alguien que sabe, o cree, que lleva razón y se niega a escuchar cualquier opinión contraria.

Zoro casi había corrido para alcanzarla pero ahora no estaba tan seguro de que hablar con ella fuera tan buena idea, sobre todo, teniendo en cuenta que ni siquiera tenía muy claro con qué tono dirigirle la palabra, si con tono dulce y tierno..., no, no era el mejor momento para eso, no; indiferente..., tampoco podía hablarle así, si no parecería que todo le daba igual; soberbio..., eso solo empeoraría las cosas. ¡Vaya una difícil elección!

Ella, en cambio, caminaba a su lado en silencio, con la cabeza alta, el rostro serio y la mirada perdida en mil pensamientos diferentes que al final acababan resumiéndose en uno solo. Su aroma los envolvía de nuevo, pero esta vez no eran un ente sino dos individuos taciturnos que caminaban por separado sumidos en un silencio incómodo para ambos pero que ninguno sabía cómo resquebrajar. No había canción, tampoco miradas. Aquellos dos piratas no compartían nada salvo las ganas de acabar con todo aquello y pasear tomados de la mano, o al menos de una manera menos incómoda, sin importar que todo el mundo fuese testigo de sus sentimientos. No obstante, el orgullo les cegaba el corazón y nublaba sus acciones tintadas con la indiferencia que había marcado su relación durante el tiempo que se conocían. Pero sin previo aviso, algo cambió.

—Robin, ¿te ocurre algo? Te has erguido más de lo normal, tus músculos también se han tensado.

—No... no te preocupes, espadachín. No es nada, solo me había parecido notar algo... —se justificó la morena a la vez que sus ojos se entrecerraban escrutando en la oscuridad que reinaba entre los edificios que les rodeaban.

—¿Alguien nos sigue?

El peliverde se puso en guardia y agudizó todos sus sentidos para prepararse para lo peor. No obstante, estos no le dieron ninguna señal de alarma, como esperaba que sucediera.

—No lo sé, tal vez sean imaginaciones mías, no sé que me pasa últimamente.

Fue una sorpresa para el joven ver cómo su compañera bajaba la guardia ante él y cubría la mitad de su rostro con una mano, que luego dejaba navegar por su fina cabellera hasta dejarla de nuevo colgando en su costado. El suspiro que dejó escapar inconscientemente cuando sus ojos zafiro se cerraron con malestar y angustia era prueba irrefutable de que a la arqueóloga le sucedía algo más que la simple preocupación por una discusión.

—Toma mi abrigo, pareces tener frío.

—Pero, ¿y tú?

—Sobreviviré, ya me dejaron una vez enterrado en la nieve sin más abrigo que mis pantalones.

Robin rió tímidamente ante la imagen todavía con ojos cansados y enfermos, pero inmediatamente mudó su actitud a la de la Robin educada y hierática a la que nunca la perturbaba nada.

—Perdón.

—No te disculpes, tú no me dejaste allí tirado. Venga, toma, al menos póntelo, aunque sea porque te lo pido yo.

—¿Cambia mucho las cosas que me lo pidas tú y no otra persona?

—No lo sé, eso debes decidirlo tú -comenzó él con tono duro—aunque solo te diré que yo haría cualquier cosa que tú me pidieses, por imposible que fuera. Mantengo lo que te dije en el Merry, Robin, porque lo que siento por ti no ha cambiado en absoluto, sigues siendo lo que más quiero en este mundo.

—Tú...

Una sorprendida Robin miraba al espadachín con ojos llorosos si bien a él le seguía pareciendo la mujer más hermosa del mundo entero. Él sabía de sobra que la arqueóloga era la única mujer del planeta que podía hacer que su corazón se estremeciera con unas pocas lágrimas, solo bastaba eso para que él corriese a salvarla del fin del mundo si hacía falta. Nada importaba si se trataba de Nico Robin. Por eso debía disculparse por haberle gritado en el barco, pues si dejaba que todo aquello se marchitara así de fácilmente, no estaría siendo honesto con su corazón tal y como le había enseñado su maestro cuando todavía era un niño que corría de acá para allá jugando con espadas de bambú.

—¿Lo dices en serio? —logró acabar de articular la arqueóloga.

—¿Te he mentido yo alguna vez?

—Bueno, ahora que lo dices... ¿Recuerdas aquella vez en un bar que me dijiste que sabías cómo llegar al puerto y casi acabamos en la isla vecina? ¿Y cuando...?

—Oi, oi, que yo recuerde, aquella vez sí llegamos al puerto y además era de noche y yo...

—Claro, claro, lo comprendo. Eras un crío de diecisiete años que nunca había salido de su casa y nada más pone un pie en una isla desconocida, se encuentra a una mujer misteriosa y atractiva en un bar que le pide que la guíe hasta el puerto a cambio de una copa y ¿qué iba a hacer el pobre chaval? ¿Negarse? -narró ella con una mezcla de tono irónico y risueño.

—Oi, Robin. Así como lo pintas parece que estés hablando de un borracho o del cocinero pervertido más que de mí. Además, sabes que no pasó del todo así —apuntó un poco ofendido el peliverde.

—Bueno, bueno, lo que tú digas, pero no me dirás ahora que no te sentiste un poquitín atraído por mí, aunque fuera solo un poquito —dijo ella con una amplia sonrisa mientras mostraba sus dedos índice y pulgar acercándose entre sí.

Un suspiro resignado salió de la garganta del espadachín al recordar aquel incidente de un par de años atrás y todo lo que había pasado aquella noche.

—¿Eso es un sí?

—Supongo —gruñó él.

—Bueno, si quieres que sea sincera contigo, a mí ya me pareciste diferente a los demás antes de conocerte personalmente.

—Pero ¿"diferente" en el buen sentido de la palabra? —inquirió él arqueando las cejas.

—¿Tú qué crees?

Tras ver la amplia sonrisa de su compañera cuando él frunció el ceño a modo de respuesta, el espadachín supo que ahora era el momento oportuno para abordar el tema que le ocupaba la mente. Ya habían conseguido romper el hielo y ahora ya solo era cuestión de hablarse con normalidad o por lo menos como se habían estado hablando en privado estos últimos días.

—Robin, yo quiero...

De repente, Luffy pasó entre ellos dos como una exhalación al grito de "¡Ya hemos llegado! ¡Allí hay luz! ¡Corred!".

—¡Luffy! ¡Ven aquí!

—¿Vamos? —le preguntó Robin al peliverde cuando Nami pasó corriendo detrás de su capitán.

—Sí, claro —farfulló él entre dientes.

En menos de veinte minutos ya estaban los cuatro piratas en la recepción de un pequeño y modesto motelito que parecía abrir veinticuatro horas siete días a la semana. Por fuera todo el edificio parecía que iba a venirse abajo en cualquier momento, tal vez por eso Nami se había decantado por ese en vez de por cualquiera de los que había por la zona mucho mejor iluminados, mucho mejor pintados y casi sin dudarlo mucho más acogedores. Pero ella se había puesto muy seria al respecto y no estaba dispuesta a pagar una fortuna por dormir dos o tres noches en aquella isla y aunque Luffy se puso de morros, le dio igual, se quedarían allí y ya estaba todo dicho.

Cuando entraron al motelito, se encontraron en un recibidor todo recubierto de madera barnizada, un poco gastada por el uso, pero que todavía podría sobrevivir unos cuantos años más antes de que llegase a realizarse una reforma del edificio. Parecía un negocio familiar pues la recepcionista y el mozo encargado de la seguridad guardaban cierto parecido entre sí. Tal vez fueran madre e hijo. El chaval les dio la bienvenida con una gran y radiante sonrisa blanca, todo aquello parecía asfixiarle pero algo en su mirada confesaba a gritos que aunque quisiera no podría dejar el negocio al menos en futuro cercano. Era alto, casi tanto como Robin, con los ojos marrones, piel morena y un poco delgado para su altura y edad. Su pelo azul oscuro se le venía en mechones sobre los ojos y lo apartaba constantemente con la mano. Debería de tener unos diecisiete años, "Como cuando conocí al espadachín", calculó mentalmente Robin.

En cambio, la supuesta madre mostraba un carácter totalmente opuesto al del hijo y miraba a los forasteros con desconfianza y sin mediar palabra. Cuando lo hizo, su voz fue dura y nada cortés. Un "¿Dos habitaciones dobles?" casi escupido a la cara de los piratas fue casi lo único que les dijo aquella mujer que, sentada en una antigua silla de oficina giratoria, mascaba chicle moviendo su boca de lado a lado. Sus labios eran carnosos y estaban pintados de color carmín, su pelo era largo, de color castaño y, aunque lo llevaba recogido con rulos rosas y una red blanquecina, parecía amenazar con soltarse de un momento a otro. El resto del maquillaje había perdido su función y se mostraba corrido por todo el rostro dándole un aspecto todavía más mediocre a aquella mujer rechoncha que parecía odiar tanto aquel lugar como su hijo.

—No, seremos siete personas, pero hoy dénos solamente dos. Así que si, por favor, pudiese facilitarnos una tercera habitación mañana cuando llegue el resto del grupo, estaríamos encantados —solicitó Nami antes de ponerse de los nervios.

—Aquí tienen: dos habitaciones dobles y la llave de la triple se la reservo aquí para mañana. Por noche serán 20 beris las habitaciones dobles y 35 la triple, por reservar una llave son 10 beris por adelantado. El desayuno no está incluido pero si lo desean, son cinco beris más por cabeza y se sirve entre las seis y media y las diez. Por cierto, deben pagar en metálico ahora —la mujer recalcó el "ahora" con un tono de voz diferente, cosa que a la pelirroja no le hizo mucha gracia.

—Shishishi, desayuno. Nami, pide desayuno, pídelo, venga.

La susodicha le dio un pellizco en el brazo a su capitán, que calló al instante y no volvió a abrir la boca hasta que no hubieron llegado a la habitación.

—Una última pregunta, ¿cuánto tardan aquí las brújulas magnéticas en cargarse? —preguntó la pelirroja temiendo que pasar allí demasiado tiempo sí podría subirles un pico.

—Si han acabado de llegar tardará dos o tres días —interrumpió el joven guardia acomodándose la chaqueta americana.

—Muchas gracias —dijo Nami antes de girarse a la recepcionista—. En ese caso, nos quedaremos dos días: hoy y mañana.

El suelo enmoquetado amortiguaba las pisadas pero no evitaba que el suelo de madera que había debajo chirriase cuando ponían los pies encima y la navegante ya se estaba poniendo muy nerviosa, sobre todo por el precio de las habitaciones.

—Ni que las habitaciones fuesen de oro... —se quejaba ella a sus compañeros mientras caminaban por los pasillos mal iluminados en busca de sus habitaciones.

—Pues no, no lo son —respondió Robin cuando abrieron la puerta de la primera habitación que tenían asignada.

El suelo seguía estando cubierto de la misma moqueta usada y descolorida del pasillo, mientras que las paredes estaban cubiertas la mitad inferior de la madera barnizada del vestíbulo y el resto, pintado de un color rosa pálido pero ya sucio por el tiempo. Al menos las sábanas parecían limpias aunque allí no oliese precisamente a flores y la única ventana que había era pequeña, asomaba a otro edificio y casi no se podía abrir. La bombilla solitaria que colgaba del techo daba una luz tintineante y las lamparillas de la mesilla no parecía que quisiesen encenderse. Todo allí daba ganas de acurrucarse en un rincón y dejarse morir.

—¿Dónde nos has metido? —masculló Zoro por detrás.

—No lo sé... —dijo la pelirroja a punto de romper a llorar.

—¡Qué chulo! ¡Yo me quedo aquí! —exclamó Luffy corriendo para lanzarse en plancha sobre la cama.

Los tres compañeros miraron a su capitán desde la puerta como si ya se esperasen su reacción.

—Quédate tú aquí con él, a ver si te pega su optimismo —sonrió Robin a Nami.

—Vale, tomad la llave de la otra habitación doble. Nos vemos por la mañana. Que descanséis —se despidió la navegante con una sonrisa entristecida pero muy consciente de lo que estaba haciendo.

La habitación que les había tocado a Zoro y Robin no era mucho mejor, de hecho, lo único en lo que difería era en el color amarillo pálido de la pared, por lo demás, era gemela a la que habían dejado con Nami y Luffy.

—Mmmmm, cama de matrimonio —dijo sugerente Robin al peliverde.

—¿Qué insinúas, Robin? —preguntó él a sabiendas de que ella solo estaba jugando con él.

—¿Yo? Nada —se excusó ella poniendo cara de niña buena—, pero quieras o no, vamos a tener que dormir juntos esta noche.

—Yo me puedo quedar en el sofá de allí —anotó él señalando un sofá que había en una esquina de la habitación.

—Anda, no seas tonto y ven a dormir conmigo.

Y antes de que acabase de salir la última palabra de los labios de Robin, las dulces y delicadas manos de la arqueóloga que brotaron por la habitación tomaron al espadachín del brazo y lo atrajeron suavemente a la cama de sábanas blancas donde ella ya estaba sentada con las piernas cruzadas sin más abrigo que su sudadera oscura.


Y hasta aquí de momento. Solo os quiero pedir un poco más de paciencia conmigo, pero prometo que actualizaré. Aunque ahora me gustaría hacer una pequeña encuesta: ¿Qué os apetece que publique primero?

a) El próximo capítulo de este fic.

b) Un one-shot ZoRo en Thriller Bark.

c) Un two-shot (también de OP) con el que te quedas diciendo "¡Qué mono!"

d) Un nuevo fic multi-song que sería la continuación de otro fic que leí hace tiempo (también ZoRo, por supuesto).

e) ¡Nada más, por favor! ¡Toma el próximo vuelo y vete a una isla desierta!

Bueno, bueno, pues espero vuestras respuestas ;) Un saludo a todos/as y gracias por leer hasta aquí, es todo un logro, os lo aseguro, jejeje.

Érika Peterson

24/06/13