¡Aviso!: Hay lemon, aunque no todo el capítulo es lemon, así que si os lo queréis saltar, leed a partir del párrafo que comienza así: « Al poco rato ya estaban los dos en el pasillo, …»

Y sin más dilación. ¡Capítulo 14!


Al fin las manos de Robin habían alcanzado las del espadachín y lo atraían hacia ella, pero ya no me refiero a las manos que desaparecían entre lluvias de pétalos de flor de cerezo por toda la habitación, no; sino a las carne y hueso, a las manos de la arqueóloga más buscada por el gobierno, a las manos de Nico Robin. Una mujer única y peculiar, con un pasado oscuro pero con un futuro que prometía deslumbrar a los más luminosos amaneceres veraniegos que despiertan hasta a las almas más decaídas. Sus ojos brillaban con una luz especial y él no pudo resistir caminar hacia ellos.

—Vuelve a salir la luna —comentó Zoro con una amplia sonrisa un poco juguetona pero feliz.

—Nunca se fue de tu lado.

Sus ojos no podían separarse y aunque todos sus sentidos parecían haberse agudizado, ninguno de los dos prestaba atención al hecho de que estaban en un motel de mala muerte, de que todavía no se habían disculpado por la discusión en el barco ni de que aquella podría ser la primera noche que pasaran juntos.

Ya no podía esperar más, quería darle ya el beso que Nami había interrumpido y por eso, dejó de estar sentada sobre la cama para estar de rodillas sobre ella, colocada de manera estratégica en que al erguirse sobre el colchón alcanzase aquellos labios y a la vez él pudiese hincar una rodilla entre el hueco que habían dejado sus piernas.

Balanceó su cuerpo de lado a lado hasta que encontró una posición más o menos estable sobre el colchón, así que cuando lo tuvo enfrente, llevó las manos del espadachín hasta su cintura, todavía oculta por la gruesa sudadera, sus manos pasaron alrededor del cuello de su compañero y sus largos y delicados dedos se hundieron con deseo en aquella cabellera verde.

No fue necesario que él se encorvase para encontrarse cara a cara con su compañera. Esta ya se había erguido y estaba prácticamente recta, cada vez más cerca del espadachín, con los labios un poco más húmedos, entreabiertos, tentadores. Aquellos labios que dejaban escapar aquel aliento cálido de cerezo en flor que le volvía loco y desbocaba su joven e inexperto corazón. Sus ojos azul zafiro, enmarcados por unas largas pestañas, lo miraban felinamente iluminados de una manera que jamás había visto; en ellos había una mezcla de muchos sentimientos: unos ardientes, otros dulces como el rocío, pero todos puros.

Allí estaban los dos, uno frente al otro, con sus corazones a punto de explotar, su respiración cada vez más pesada y separados por una distancia que no se acortaba nunca. No podría soportar mucho más estar envuelto por el olor a flores pero no poder besarlas, ni ella estar respirando su olor a mar y a acero y no zambullirse en él. Nunca habían estado tan cerca uno del otro, por eso alguien tenía que dar el paso cuanto antes. Y, en efecto, fue Zoro quien se acercó primero.

No sabía si aquello estaba bien o mal, si su tripulación aceptaría la situación o no, pero eso no es algo que le importara especialmente porque su alma ya estaba nadando en la de la arqueóloga desde hacía tiempo. Aprovechó que sus manos ya estaban sobre la cintura de su compañera, una mujer tan firme y fuerte, no sabía tampoco si la merecía, pero estaba hecha a su medida; y solo tuvo que cerrar más los brazos alrededor de esta para poder hundir su rostro en el hombro de la morena. Sí, así es, el espadachín no se había a aproximado para besarla, sino para sostenerla entre sus musculosos brazos, algo que decepcionó un poco a una pequeña parte de Robin.

—No puedo hacer esto —susurraba él con los labios pegados al cuello de su compañera y cerrando los ojos con fuerza—. No, no puedo hacer esto, Robin.

Rodeada por los firmes brazos del espadachín, sentía que algo estaba empezando a ir mal. Durante su vida, no se había encontrado con ningún hombre que la rechazase, todos se sentían atraídos por la fogosidad y sensualidad de la morena en cuanto posaban sus ojos en ella, cosa que en más de una ocasión le había servido para enmascarar y preparar las huidas de las tripulaciones a las que había pertenecido. Por eso, ahora no entendía muy bien qué estaba pasando ni por qué Zoro se negaba a besarla, no sabía manejar aquella situación nueva para ella.

—No puedo hacer esto, Robin, sin antes pedirte perdón. No quería herirte.

Así acabó la frase del peliverde. Y fue entonces cuando Robin se dio cuenta de que su corazón también era joven e inexperto. A ningún hombre que se hubiera encontrado en su vida como fugitiva le había importado pisotearla tanto física como psicológicamente. Veían en ella un cuerpo bonito y deseable pero en ningún momento nadie se había preguntado por el alma de aquella mujer que se aferraba a su pasado para no morir viviendo el presente. Era un demonio y como tal debía pagar su existencia con dolor y lágrimas.

¿Era igual esta vez? Algo le decía que no y por eso mismo no podía comportarse igual. Así, en vez de actuar con su cerebro, Nico Robin comenzó a actuar con su corazón.

Sabía cómo practicar el sexo de mil maneras distintas que había ido aprendiendo con los años, cosa que no le enorgullecía del todo, pero no sabía amar. Nadie la había acariciado con delicadeza ni había hecho que su corazón diese un vuelco con un simple abrazo, tampoco le habían preguntado cómo se sentía ni se habían preocupado por sus sentimientos. Nadie le había dado tal sensación de seguridad como lo hacía aquel demonio que le estaba entregando su alma. Nadie en el mundo se había dignado a amarla. Todo aquello era nuevo para ella, tal vez como también lo era para él.

No sabía si aquello estaba bien o mal, si su tripulación aceptaría la situación o no, pero poco le importaba porque algo le gritaba en su interior que aquel hombre que la estaba rodeando con sus brazos estaba hecho a su medida. No sabía amar, pero junto a él sabía que aprendería a hacerlo, no tenía ninguna duda.

Su mano izquierda, que se había quedado sobre el hombro de él cuando este la había abrazado, ahora acariciaba suavemente el rostro de su compañero pero no para intentar seducirlo, sino para hacerle saber que estaba bien, que lo entendía y estaría allí por él.

A los pocos segundos, Zoro se dejó caer hacia el lado opuesto donde estaba Robin y se sentó junto a ella. A su vez, la morena volvió a la posición que había adoptado antes y así es cómo acabaron los dos sentados igual sobre la única cama de su habitación, ella con sus manos dentro de las del espadachín; él, en silencio, acariciando y sosteniendo firmemente las de ella.

—Perdóname por haberte gritado antes en el barco. No debí haberlo hecho —confesó mirando a su compañera a los ojos.

—No, perdóname tú, la culpa fue mía por intentar que fueras alguien que no eres.

Él la miró algo confuso pues no sabía si aquello era una disculpa o una acusación.

—Si estoy aquí contigo ahora es por ser quien fuiste en Alabasta, quien se sacrificó por mí en la isla del cielo y quien recibió un disparo de escopeta por intentar protegerme. Si cambiase todo eso, no serías tú, ni con quien quiero pasar esta noche en un motel de mala muerte y cualquier otra noche de mi vida.

—Pues con quien yo quiero pasar la noche —replicó él sonriendo dulcemente— es con la mejor mujer que me he encontrado en mi vida. No sé si la conoces pero deberías verla cuando saca su instinto maternal, se pone terriblemente guapa y entonces la miro y solo me dan ganas de abrazarla y de besarla y de...

—Shhhh —interrumpió ella colocando su dedo índice sobre los labios de su compañero—, no me digas esas cosas que me pondré celosa.

Y tras mostrarle una gran sonrisa de dientes blancos, se inclinó hacia adelante a la vez que tiraba de él tomándolo de la camiseta. A pesar de lo inesperado de la acción, Zoro posó su mano derecha sobre la parte más estrecha de la espalda de la arqueóloga mientras con la izquierda le acunaba el rostro antes de cubrir los escasos centímetros de distancia que existían entre sus labios.

Fue un contacto breve pero intenso, como una explosión. No era el primer beso para ambos, pero sí el mejor, aunque Zoro no es que hubiera dejado el listón muy alto con el beso con Nami. Cuando se separaron, su respiración era agitada y sus miradas se cruzaban con deseo y amor a partes iguales.

Apoyó las manos sobre su pecho y le empujó suavemente hasta que se recostó sobre la cama y ella se pudo acomodar sobre él, con su melena de carbón cayendo sobre su rostro como una cascada y sus labios sedientos cubriéndolo de besos.

Él no supo enseguida cómo reaccionar pero sus manos pronto comenzaron a descubrir el cuerpo de su compañera. Primero subieron titubeantes desde la cintura pero se detuvieron antes de llegar a los senos de Robin, solo cuando esta asintió moviendo la cabeza mientra lo besaba, él prosiguió en su ascenso. Posó sus manos sobre ellos y casi se quedó petrificado por aquel tacto mullido y agradable bajo sus dedos, que comenzaron a moverse rítmicamente haciendo que con estas caricias los pezones de su compañera reaccionaran. Pero no solo ellos reaccionaron, la arqueóloga también. Sus manos disfrutaban del tacto suave del pelo y el rostro del peliverde, pero querían algo más. Como si tuvieran vida propia, sus manos fueron bajando ondulantemente por el musculoso pecho de su compañero y cuando llegaron al borde inferior de la camiseta se colaron y comenzaron a acariciarle el abdomen suavemente. En ese momento, sintió que a él también le estaba gustando y sonrió entre dos besos.

—Para tu información, eso es mi rodilla —se apresuró a decir él mientras tomaba la melena de ella y con una mano la echaba hacia atrás para poder mirarla a los ojos.

Ella arqueó una ceja y le sonrió antes de volver a sus labios.

Él seguía disfrutando de su busto cuando decidió que aquella sudadera era demasiado gruesa. Sus dedos pronto encontraron el límite y se adentraron furtivamente. Encontró que había además otra capa de ropa, debía de tratarse de una camiseta o similar, pero ello no impidió que él llegara al vientre desnudo de la morena y con movimientos delicados pero rápidos subió ambas prendas y cuando ella se incorporó para quitárselas, él hizo lo propio con la suya.

Y apareció ante sus ojos la gran cicatriz que le cruzaba el torso. Siempre se había preguntado cómo se la había hecho pero nunca había llegado a hacerlo en voz alta. Él la vio y no le negó la respuesta.

—Mihawk, el shichibukai.

—Pobrecito —se lamentó ella—, ¿te duele?

Le daba lo mismo porque antes de que él abriese de nuevo la boca, ella ya estaba recorriendo la herida con sus labios mientras él por su parte, libraba una ardua batalla contra el enganche del sujetador al que estaba empezando a odiar a pesar de ser muy bonito, de encaje rojo y negro, pero al final venció y Robin lanzó la prenda con un gesto al otro lado de la habitación.

—Pensé que no lo conseguirías nunca —se rió ella con una sonrisa traviesa.

Zoro entonces colocó sus manos sobre los muslos de la morena y rodaron por la cama hasta que él se quedó sobre ella. Aun así, se puso de manera que no le hiciera daño y con las manos sujetándola de las caderas, le dio una de aquellas grandes sonrisas que enamoran a cualquiera y con un «Ahora me toca a mí» empezó a besarla suavemente por el cuello y hasta llegó a morder el lóbulo de una de sus orejas, a lo que ella comenzó a emitir dulces gemidos. A él le excitaban de una manera que nunca hubiera imaginado y sus labios siguieron bajando. Exploraron cada seno de la mujer con tranquilidad y dulzura mientras susurraban halagos que subían de intensidad los gemidos de su compañera cuya temperatura corporal también comenzaba a aumentar.

No podía mantener los ojos abiertos porque no era capaz de resistir aquella ola de placer que comenzaba a recorrer su cuerpo y se detenía en un lugar muy concreto, un lugar que las manos del espadachín estaban descuidando. Así que ella pronto alcanzó el pantalón de él, ella de entrada ya no llevaba, y tocó suavemente hasta que empezó a notar lo que había estado buscando.

—Zoro —articuló mientras ponía una mano de él donde ella necesitaba.

No obstante, sus labios siguieron bajando por su vientre y se detuvieron en el ombligo mientras una de sus manos acariciaba uno de los muslos morenos de la arqueóloga y la otra permanecía inerte en el lugar donde se originaban todas las sensaciones de Robin.

Como vio que él no sabía qué hacer, rodó de nuevo hasta estar sobre él y se sentó encima de sus abdominales, se inclinó hasta su oído y le susurró.

—Acaríciame.

—Pero, ¿no vamos a...?

—Todavía no estás preparado para eso.

Ella se echó un poco más hacia atrás y mientras él seguía besándola por todo el cuerpo, le ilustró sin palabras sobre qué tenía que hacer aunque el bulto en su pantalón no iba mal encaminado, pero como ella le había dicho, no estaba preparado.

Mientras él le acariciaba la espalda y le besaba el cuello, ella desabrochó el botón, bajó la cremallera, y los pantalones también desaparecieron. Ahora llevaban los dos el mismo número de prendas.

Sus dedos comenzaron a moverse más rápido a medida que lo hacían sus caderas, parecía que al final sí había entendido qué debía hacer ahí. Y ella le recompensó de igual manera. Hacía mucho tiempo que no se sentía así, por lo que tuvo que clavarle los dientes al hombro de Zoro para no despertar a todo el motel. Él no tuvo tiempo de quejarse porque también estaba muy atareado intentado contener lo que quería salir por su garganta.

Casi sin darse cuenta ya había acabado todo y estaba Robin recostada sobre el pecho del espadachín mirándolo satisfecha y con una dulce sonrisa en los labios al tiempo que este la abrazaba suavemente.

Ambos jadeaban pero sus ojos no podían separarse. Sus sentimientos eran demasiado nítidos e intensos como para intentar esconderlos. Así lo demostraban sus acciones y el mordisco que tenía el peliverde en el hombro. Ella no pudo resistirse y se incorporó un poco para darle un tierno beso en los labios, un beso que él le devolvió con parejos sentimientos.

Si el mundo los hubiese visto allí en ese momento, nunca más les habrían llamado demonios, sino ángeles, pues aquellos sentimientos y el amor que irradiaban aquellos dos piratas solo podían provenir del paraíso.

Habían comenzado a controlar su respiración y ahora estaba la arqueóloga con la cabeza sobre el corazón del espadachín y le acariciaba con la mano izquierda el otro pectoral, tenía los ojos bien abiertos y estaban atrapados por los del joven, que con la mano izquierda acariciaba mechón a mechón la melena de su amada mientras con la mano derecha le acariciaba el brazo izquierdo y el rostro.

—¿Te he dicho ya que te quiero?

—Si mal no recuerdo es la tercera vez que me lo dices esta noche —respondió ella con una luminosa sonrisa.

—Veo que llevas la cuenta —dijo él riendo.

—Bueno, no es algo que me digan todos los días.

—Pues deberían.

Y ambos rieron suavemente ante el comentario. Estaban cansados, sudados y hospedados en un motel cutre pero eran felices.

—Hueles a cerezo —comentó oliendo el pelo de Robin—, me encanta. Me trae muchos recuerdos.

—Espero que sean buenos —replicó ella arqueando las cejas.

—Sí, la escuela donde entrenaba de pequeño estaba rodeada de cerezos. Cuando llegaba la primavera celebrábamos una competición al aire libre.

La mirada esmeralda del espadachín se tornó nostálgica pero la sonrisa no se fue de sus labios.

—Seguro que siempre ganabas a todos.

—Pues la verdad es que no, yo siempre quedaba segundo.

—¿Segundo? —comentó incrédula.

—Sí, Kuina, la hija del sensei siempre nos vencía a todos. Iba a ser la mejor espadachín del mundo.

—¿Iba?

Zoro no dijo nada, no podía decirlo en voz alta porque todavía le dolía la muerte de Kuina. No podía dejar de pensar que había sido su culpa.

—Lo siento —se apresuró a decir la arqueóloga—, no lo sabía.

—No te disculpes, no tenías manera de saberlo. Bueno, yo le he tomado el relevo y sé que me ayudará esté donde esté.

Ambos se quedaron en silencio abrazados, con la respiración acompasada, en calma.

—Tengo sed —dijo el peliverde de repente—, ¿salimos a tomar algo?

—Claro.

Acto seguido, Robin le plantó un beso en los labios a su amante y se incorporó un poco para hacer aparecer a sus manos por toda la habitación. Estas comenzaron a reunir y plegar toda la ropa que habían ido dejando por el suelo y la depositaron en dos montones sobre la cama.

—¡Qué chica tan eficiente!

Con una gran sonrisa le correspondió el beso y se levantó para comenzar a vestirse. Entonces se acordó del mordisco y se acercó a Robin en busca de venganza. Puesto que ella era más alta que él, no tuvo que inclinarse cuando acercó los labios al cuello de la morena para morderla traviesamente.

—¡Auch!

—Te lo debía.

Al poco rato ya estaban los dos en el pasillo, totalmente vestidos y tomados de la mano. Mientras caminaban hacia recepción, pasaron por delante de la habitación de Luffy y Nami y durante un segundo se quedaron los dos plantados frente a la puerta.

—¿Qué estarán haciendo? —dijo Zoro curioso.

—Pues no sé, igual están jugando al parchís —respondió ella con voz inocente.

—Vale, ha sido una pregunta tonta, déjalo estar.

Sin cruzar más palabras se volvieron a tomar de la mano y salieron a la todavía fría noche. La mujer de la recepción los miraba como si el verlos juntos no fuese la sorpresa del siglo. Lo veía día sí y día también: parejas que alquilaban habitaciones en mitad de la noche, salían a beber y volvían ebrios a sus habitaciones para no reaparecer hasta la tarde siguiente en que volvía a repetirse la rutina.

En la puerta del edificio se encontraba el joven guardia que habían visto al entrar, quien les volvió a desear las buenas noches con una sonrisa que exhalaba vaho y que ambos piratas correspondieron. El muchacho les indicó cómo llegar al bar más cercano, tal y como le había pedido la arqueóloga.

Así que tras caminar durante unos minutos por calles repletas de jóvenes bebidos que no hacían más que armar escándalo, la pareja llegó al local en cuestión. Las puertas eran de vidrio ahumado pero aunque no dejaban ver nítidamente el interior, sí dejaban salir la luz del local donde la música ensordecedora retumbaba en las paredes y hacía temblar prácticamente el edificio en su totalidad. No les apetecía mucho ponerse a baliar pero entraron igualmente.

El interior estaba oscuro, solo unos focos colgados del techo iluminaban a la multitud que bailaba fervientemente al son de la música que salía por los enormes altavoces instalados en las paredes. La barra era el único lugar bien iluminado, donde los camareros trabajaban sin descanso sirviendo bebidas de todo tipo.

—¿Vamos a la barra? —le gritó Robin a Zoro al oído.

Él aceptó la propuesta con un gesto y a los pocos minutos ya tenían sus cócteles frente a ellos. A continuación, tomados de la mano se adentraron en la pista de baile y se fundieron con la multitud mientras movían sus cuerpos muy pegados entre sí. Muchos hombres fueron los que se alejaron asustados de la pareja cuando el espadachín les miraba con ojos asesinos por intentar acercarse demasiado a la morena.

—Eres un cielo —le dijo ella al oído.

Él simplemente respondió dándole un beso en los labios. Cuando la bebida se acabó, el peliverde volvió a la barra a por más para él y para su compañera, quien se quedó en la pista esperándolo.

De repente, de entre toda la gente que la rodeaba, unas manos se cerraron en torno a sus muñecas y la inmovilizaron. Intentó hacer brotar sus manos para liberarse pero no lo consiguió.

—¿Kairoseki? —preguntó ella sin llegar a ver el rostro de la persona que tenía detrás.

—En efecto Nico Robin —le dijo una voz grave al oído— y si te resistes o intentas cualquier cosa extraña, habrá alguien que lo pagará caro.

Le tomó el rostro con las manos y la obligó a mirar hacia donde estaba el espadachín, de espaldas, pagando al camarero.

—Y no queremos eso, ¿verdad?

—A él no, por favor.

—En ese caso, no grites, no te gires y ven con nosotros.

Aquel hombre la sujetó de un brazo y la obligó a salir del bar a empujones. Ella oyó su nombre gritado por el espadachín y aunque no quiso, no pudo evitar girarse. Cuando lo hizo vio cómo alguien salido de la multitud se acercaba a él y le golpeaba en la cabeza con una barra de metal.

—¡Zoro! —gritó ella con lágrimas en los ojos al ver que él no se levantaba.

Intentó zafarse del agarre pero no pudo, la gente comenzó a correr asustada a su alrededor intentando salir de allí, pero el hombre no la soltó en ningún momento. En el instante en que volvió a gritar el nombre del espadachín, una aguja se clavó en su cuello. Sus piernas dejaron de responder, sus músculos se paralizaron y sus ojos se cerraron mientras la sacaban a rastras del local.

Se levantó como pudo entre la gente que corría como loca, escrutó entre la multitud y la vio, intentó correr hacia ella pero era demasiado tarde. Aquellas dos siluetas oscuras estaban a punto de salir con la arqueóloga en brazos. Corrió hacia ella abriéndose camino a codazos y en un último esfuerzo gritó su nombre, un nombre que se ahogó en la oscuridad de la noche.

Sin embargo, lo oyó. No podía moverse, no podía gritar ni siquiera podía abrir los ojos pero antes de desaparecer en la oscuridad que la envolvía, lo oyó, oyó a un Ave Fénix gritar su nombre en la lejanía justo antes de que la noche helada ahogara el alma de la arqueóloga más buscada del mundo, un alma que ya no tenía salvación, el alma de Nico Robin.


Y se acabó. Hasta aquí por hoy. Esta vez no he hecho resumen porque actualicé hace muy poco y no creía que fuese necesario.

En cuanto al lemon, he de admitir que es mi primer lemon. No quería que fuera grosero, sino dulce porque creo que ellos dos hacen una pareja demasiado bonita como para describir sus interacciones de manera vulgar. Así que espero que os haya gustado a pesar de que me he vuelto tan malévola como siempre al final, jejejeje.

Por cierto, he estado haciendo un recuento de lo que me queda por contar en este fic y me he dado cuenta de que estamos por la mitad, así que probablemente queden todavía unos 10 o 14 capítulos más o menos, de unas 2500 palabras aproximadamente. Yo aviso por si alguien esperaba que acabase pronto, pues no, esto es como One Piece y todavía le queda para rato.

Gracias a todos por comentar, seguirme, leerme y responder al fic y a la encuesta. ¡Gracias Alex por responder, ya me he apuntado tu opción, jeje!

¡Que sepáis que os quiero a todos! ;)

Intentaré actualizar pronto. Nos leemos.

Érika Peterson.

06/07/2013