¡Hola a todo el mundo!

Comienzo disculpándome por haber tardado tanto pero parece que todo se vuelve en mi contra para que retrase las actualizaciones… Bueno, más vale tarde que nunca.

El día 23 de julio hizo un añito desde que empecé a publicar esta historia y al echar la vista atrás, me doy cuenta de cuánto he crecido desde que esto se puso en marcha. Ha sido un año genial y lleno de disculpas por no actualizar, pero aun así no me habéis abandonado, me habéis leído sin descanso y habéis dejado Reviews de todo tipo: cortos, largos, llenos de emoticones, de ASFDGHATS, de felicitaciones… que me han llegado al corazón porque los escribíais con sinceridad. También he tenido seguidores y favoritos y gente que pasa por aquí, se encuentra el fic, comienza a leerlo y se queda hasta el final aunque no comente y no aparezca de una manera tan "visible" para mí. Por eso, gracias a las siguientes personas que habéis hecho esto posible ;)

¡Gracias a los queridos 20 seguidores de esta historia! (Catakira, Guerrera Incapaz, Laugerid, LaylaIntegra, Loveless girl-01, Martazb, Megurine Isabel03, Myri Weasley28, NikoRobbin, Rcoband, Shyno238, Yuuko MandaviYohoho, Zero03, ZoroRoronoaForever, Zu Robin Kato, drinoa, hushgueass, pinguina10love, saranghee y stelLucy18).

Gracias a esas 14 personas que pusieron a Historia de un amor imposible entre una de sus historias favoritas (Catakira, Guerrera Incapaz, Laugerid, Loveless girl-01, Monkey D. Carmen, Rcoband, Yuuko MandaviYohoho, ZoroRoronoaForever, Zu Robin Kato, belxx1021, drinoa, hushgueass, kiaraykobu y pinguina10love).

Gracias por los 45 reviews. :D

Pero sobre todo, gracias a las 5739 visitas que por el momento tiene este fic.

Y bueno, después de todos los agradecimientos, os dejo un pequeño resumen y vamos ya con el capítulo. El quince ya…

Después de confesar sus sentimientos a Nami, Zoro comienza a tener una relación más íntima con Robin porque esta le ayuda a superar el rechazo de la navegante. Aunque delante del resto de sus compañeros parece que son indiferentes el uno del otro, por detrás, ambos están estrechando sus vínculos y se dan cuenta de que lo que sienten no es solo una amistad. Cuando unas semanas después el espadachín le dice a Robin que la quiere, Nami los descubre a punto de besarse e intenta chantajear al peliverde, pero justo entonces llegan a una isla y Luffy, Zoro y las dos mujeres de la tripulación van a explorarla mientras los otros tres permanecen en el barco. Después de un buen rato caminando, llegan a un motel de mala muerte y las habitaciones se distribuyen del siguiente modo: Luffy y Nami en una, y Zoro y Robin en otra. Los dos últimos pasan una noche mágica juntos, sin embargo, cuando luego van a una discoteca, unos hombres misteriosos secuestran a la arqueóloga.


Oscuridad. Dureza. Frío. Fuego. Dolor.

Mis ojos se acaban de abrir, lo sé, pero ¿por qué no entra ningún rayo de luz en mis retinas? ¿Por qué no cesa esta oscuridad que me envuelve y me ahoga con sus manos? ¡Si tan solo pudiera moverme! Estoy encadenada de pies y manos sobre una dura y fría cama de metal. Mis manos, en la cabecera, permanecen inmóviles, débiles y ni siquiera puedo hacer aparecer mis manos-fleur para que me ayuden. Estas esposas de kairoseki que rodean mis muñecas y tobillos me están matando, absorben mi fuerza cada segundo que pasa y no sé cuánto llevo aquí. Tampoco sé dónde estoy, quién me ha traído ni cómo aunque el porqué es bastante fácil de averiguar: soy Nico Robin. Desde que tenía ocho años el mundo ha querido ver mi cabeza clavada en una estaca para disfrute público, me han abandonado, engañado, traicionado y destrozado de mil maneras que ahora no quiero recordar; mi vida nunca fue fácil pero sobreviví como pude y ahora pertenezco a la tripulación del Sombrero de paja. Luffy, me salvaste, me acogiste en tu tripulación y me diste esperanza, lo que más necesitaba; a tu lado, sé que lograré cumplir mi sueño y el del resto de mi pueblo. Luffy, tú me has enseñado a luchar por tus sueños y por la gente que quieres, yo os quiero a vosotros y haré lo que sea por protegeros.

Tiro de las cadenas que me retienen aquí, pero no ceden, lo único que hacen es ruido y me desespero más. Comienzo a contorsionar mi cuerpo y sacudirlo sobre la plancha de frío metal del mismo modo que haría un animal enjaulado. De hecho, ahora mismo soy solo eso: un animal encadenado. Abro la boca e intento emitir un grito pero no logro articular ningún sonido que salga de mi garganta ahora seca y ardiendo de dolor.

No puedo ver, no puedo gritar ni moverme, siento que mis pulmones quieren estallar. Me cuesta respirar pero no puedo hacer nada salvo agudizar mi oído para intentar averiguar dónde estoy.

Silencio.

Ahora que he dejado de agitarme, oigo algo parecido a un zumbido alrededor de mí. Es como si hubiera máquinas por todas partes. Sin embargo, no oigo a nadie más, ni su respiración ni sus movimientos, nada. Estoy encerrada yo sola a la espera de que alguien me diga dónde estoy. Tal vez venga el hombre que me apresó en la discoteca. La discoteca... ¡Zoro! ¡Maldita sea! ¿Qué habrá sido de él? Recuerdo que le golpearon, pensé que lo habrían matado aunque bien mirado, nadie puede deshacerse de él tan fácilmente. No sé si fue una alucinación, pero cuando me iban arrastrando por la calle, le oí gritar en la lejanía. ¿Qué gritó? No lo recuerdo, estaba casi inconsciente.

«¡Robin!».

Es cierto, gritó mi nombre y luego uno de los dos que me arrastraban murmuró algo entre dientes, pero no logré captarlo. Ojalá haya podido huir y no sea tan insensato de venir a por mí porque si es la Marina quien está detrás de todo esto, seguro que hay algún pez gordo encargado de venir a por mí. No podrían hacerle frente, sobre todo si tienen kairoseki y gente bien entrenada bajo sus órdenes. Esto me lo he buscado yo sola, espero que no arriesguen sus vidas para salvarme.

Un ruido metálico me saca de mis pensamientos. Los engranajes comienzan a girar y encajar unos con otros. Un pomo gira suavemente en algún lugar en el fondo oeste de la habitación en la que me tienen encerrada. Unos pasos sigilosos y seguros se adentran en la sala y permanecen conmigo incluso después de que la puerta se cierre tras deslizarse suavemente por sus bisagras. Oigo su respiración tranquila cada vez más cerca de mí y mis nervios se tensan. También se me ha erizado el vello del cuerpo y un sudor frío comienza a cubrir mi piel con una fina y pegajosa capa que no me ayuda en absoluto a controlar la respiración que se ha acelerado y ha hecho que se me dispare también el pulso. No lo aguanto más, quiero ver quién me retiene aquí y aún más importante: si soy su único objetivo.

Le oigo hojear unos papeles y de repente todas mis alarmas se activan cuando siento una de sus manos posarse en mi cara. Aprieto la mandíbula mientras él acaricia una parte de mi rostro, intento resistirme y él responde hundiendo con fuerza sus dedos en mis mejillas. Duele. Me tiene inmovilizada pero todavía no sé quién es porque la venda continúa estando sobre mis ojos. Siento su aliento en mi oído derecho y sus manos sujetarme con fuerza para que no me mueva.

—No estás en posición ni condiciones de hacerte la valiente con nosotros. Así que más vale que cooperes, cariño.

Su voz es sedosa y amenazante a la vez, me recuerda al rugido de un gran felino cuando intenta atacar a su presa. Tiene razón, ahora mismo no estoy en una posición privilegiada, poco falta para que tiren de la correa y a mí con ella. Emito un gruñido a modo de protesta pero nada más.

—Muy bien, así me gusta, quietecita.

Sigo atenta porque continúa en la habitación, conmigo. Puesto que el único sentido que me sirve de algo ahora es el oído, presto atención para intentar averiguar qué está haciendo. Empiezo a captar ruidos metálicos y también de vidrio y líquidos enfrascados.

—Dime dónde está el barco de Sombrero de paja.

Vuelvo a gruñir. No les pienso traicionar de este modo tan vil porque si logran encontrar a Merry, encontrarán también a todos los tripulantes.

—Dime dónde está la nave —insiste él—, no volveré a repetírtelo.

Aprieto la mandíbula y me muerdo el labio inferior. No diré nada.

—Muy bien, si no hablas por las buenas, lo harás por las malas.

Siento que presiona mi antebrazo derecho con una de sus manos. Sus dedos toman un trozo de mi carne y lo sujetan para que la aguja se clave en mi piel. Quiero gritar pero mi voz sigue sin dar signos de vida, así que son mis ojos los que toman el relevo para canalizar el dolor que siento. El camino lo empieza una lágrima solitaria y a partir de ahí se suceden ríos que no interrumpirán su viaje. Siento que el émbolo comienza a descender porque el líquido que inyecta se mezcla con mi fluido intravenoso en una punzada fría, dolorosa, infinita. Deshace su agarre y aunque la aguja hace tiempo que se ha separado de mi piel, sigo sintiendo su marca en mi cuerpo, que se agita involuntariamente cuando cientos de punciones le atacan desde diferentes lugares. Los grilletes se cierran con mucha más fuerza alrededor de mis muñecas y tobillos. Cierro los ojos involuntariamente para intentar despertar de todo esto, pero no lo consigo, esto es sin duda la dura y cruel realidad. Mi cuerpo entero sigue sacudiéndose sobre la superficie de metal y se convulsiona sin descanso.

—Perfecto, veo que ya empieza a hacer efecto el suero. Bien, lo preguntaré de nuevo, ¿dónde están Sombrero de paja y su nave?

No respondo ni responderé nunca. Ante mi silencio, este hombre de voz felina pone una de sus manos en mi muslo izquierdo y comienza a ejercer presión con los dedos. Son como cuchillos, si siguen hundiéndose en mi carne, terminarán por perforarla, literalmente. A pesar del dolor, me resisto como puedo y encojo mis piernas para intentar golpearle pero las cadenas son muy cortas y fallo estrepitosamente. Acabo de poner otro clavo en la tapa de mi ataúd.

—Te lo advertí, pequeña, no juegues con nosotros.

Su voz es todavía más amenazante y por primera vez en mucho tiempo mi corazón alberga un sentimiento que ahora mismo debería estarme vetado: miedo. Un miedo irracional se apodera de todo mi ser sin que ni siquiera pueda hacer nada por evitarlo. Temo morir aquí y no ser capaz de cumplir la misión que tenía mi pueblo de descubrir la verdad sobre nuestro mundo y sus cien años de historia oculta. Solo me preocupa eso en este instante, ¿verdad? No, la realidad es otra bien distinta. Después de décadas luchando por mi propia seguridad y bienestar, por primera vez, he encontrado algo que también debo proteger a cualquier precio: la vida de mis compañeros. Les debo tanto a estos piratas que lograron pintar de nuevo una sonrisa sincera en mis labios, que una gran parte de mí está anteponiendo sus vidas a todas las que se quedaron en Ohara. Es injusto, tal vez lo sea, pero sé que una parte de mi pueblo me perdonaría por albergar estos sentimientos tan egoístas.

—Muy bien, ahora me lo dirás de una vez por todas, ¿dónde está Luffy, Sombrero de paja?

¡No! Pueden encerrarme, sobornarme y torturarme, pero esta vez no entregué a mis compañeros. No a ellos.

Los grilletes parecen pesar una tonelada, tiran de mí y de mi cuerpo violentamente, ahora ya no me puedo mover de ninguna manera. Sin embargo, mis labios continúan sellados, no conseguirán nada de mí si ello implica tener que traicionar a las únicas personas que me importan en este mundo. Ante mi constante silencio, su mano vuelve a posarse en mi rostro y con sus dedos sujeta cada mejilla. Es un dolor insoportable, siento como si fuera a cortar mi carne solo con la fuerza de sus manos y mis lágrimas, inevitablemente, siguen su curso.

—¿Crees que tu silencio podrá protegerles? Estás muy equivocada, tu silencio solo les acorta la vida un poco más rápido. Así que si no quieres que su tiempo se agote al completo esta noche, más te vale hablar.

En su frase no hay ningún resquicio en que tenga cabida la mentira o la duda. Es totalmente sincero conmigo, si no coopero, seré yo quién cave sus tumbas. En la Marina ya deben de saber que no voy a dejar que eso suceda bajo ningún concepto y por eso juegan de este modo tan rastrero con mi mente y mi corazón.

—¡Habla de una vez por todas, maldito demonio! —me ordena soltando mi rostro en el acto.

De repente, da un golpe con el puño en mi camilla, muy cerca de mi cabeza. Mis pulmones comienzan a hiperventilar sin control y mi cuerpo entero se tensa tras el golpe. Tengo miedo, miedo de estar aquí encerrada sin poder moverme, sin poder gritar, sin poder pedir ayuda, sin esperanza alguna.

—¡Si no hablas por voluntad propia, yo te daré un buen motivo para hacerlo! —asegura tirándome del pelo.

Le oigo tomar un frasco de una mesa un poco alejada. Tal vez pretende inyectarme otro producto químico. Se aproxima a mí con pasos ruidosos y enfurecidos, nada que ver con el hombre felino de voz letal que había hecho su aparición unos minutos atrás. Una de sus manos me propina dos golpes: uno, en la cara; el otro, en el estómago. El dolor de sus puñetazos me deja inmóvil. Ya no puedo resistirme y alcanza mi brazo. No obstante, la aguja no llega a tocar mi piel porque alguien más entra en la habitación. Sigo sin ver pero siento cómo sus pasos le traen hacia nosotros de una manera tranquila, firme y con la seguridad de ser el superior, quien dicta las órdenes en todo esto. Ante su presencia, las palabras de mi anterior carcelero se tornan susurros casi inaudibles. El nuevo visitante debe de haber dictado una orden mediante algún gesto porque ahora mi cama se inclina hacia adelante, pero sin dejar que los grilletes se suelten o aflojen. No ha emitido ningún sonido en el tiempo que lleva en la habitación, la única voz que oigo es la del primer hombre.

—Y ahora veremos si el suero es tan eficaz como prometían.

Su voz ha vuelto a transformarse de nuevo para adoptar otra vez el rol de hombre impasible, temible y letal. Una mano retira la venda de mis ojos y cuando los abro, lo único que hay ante mí es una oscuridad impenetrable. Sin embargo, pronto se enciende una luz blanca que obliga a mis párpados a cerrarse para proteger a mis retinas del rayo de luz que las invade. Cuando logro adaptar mi visión al entorno, me percato de dónde estoy confinada.

Paredes blancas insonorizadas, sin ventanas, techo también albino y bajo que consigue acentuar la sensación de agobio que me inundó cuando desperté aquí conforman los límites de esta sala sellada por una gran puerta de metal. Mesas metálicas están dispuestas por la habitación de manera aleatoria y sostienen bandejas con todo tipo de líquidos enfrascados, jeringas y pequeños utensilios diseñados para el arte de la tortura. Frente a mí un gran cristal refleja mi imagen pero no la de nadie más, puede parecer que estoy sola pero no es cierto, lo más probable es que los hombres que aquí me tienen se hayan ocultado en algún lugar de la habitación, alejados de mi campo visual. Estoy observando mi cuerpo herido y mis ojos rojos cuando de la nada, tras el cristal, se enciende también otra luz igual que la que me ilumina a mí. Y entonces, veo su figura.

Allí está mirándome en una posición pareja a la mía, con el rostro contraído tanto por dolor físico como emocional. Sus ojos me confiesan que ha visto cómo me intentaban hacer hablar y su cuerpo magullado me cuenta que le han hecho lo mismo y me pide ayuda a gritos. Mi voz no puede esconderse por más tiempo.

—¡No! —grito desgarradoramente desde el lugar más hondo de mi corazón ante la imagen que captan mis pupilas— ¡Tú, no!

Mis ojos ya han llorado mucho esta noche, pero son las lágrimas que caen ahora las que abrasan mi piel y me destrozan el alma por no haber podido salvarte, por haber permitido que mi oscuridad te arrastrara aquí conmigo.


Y ya está, espero que os haya gustado. Como veis, este capítulo ha sido diferente, supongo que os habrá sorprendido un poco el cambio de narrador, ¿no? Si es así, me alegro, je je. Espero vuestros comentarios.

Por cierto, ¿os gustaría que escribiera un crossover de One Piece y Smallville? Es que últimamente estoy viendo Smallville (la echo de menos *snif*) y he pensado que sería buena idea juntar las dos series.

Un saludo y hasta la próxima.

Érika Peterson.

09/08/2013