¡Buenas! ¿Cómo os va? Espero que bien porque a mí me va "fifty, fifty". Por una parte, estoy de maravilla porque he encontrado otra pareja que shippear y que me va de maravilla para juntar con el ZoRo y es que en cuestión de semanas me he vuelto fanática del Jisbon, sí, de The Mentalist. Así que si a alguien también le gusta, que me lo diga si quiere, me hará muy feliz porque estoy preparando un Crossover One Piece (ZoRo) x The Mentalist (Jisbon) y estaría muy bien saber qué os parece.
Por otra parte, estoy un poco decaída porque este capítulo no me gusta cómo ha quedado. Tuve la típica fase de "no sé cómo empezar" y hasta hace un par de semanas no comencé a escribir el capítulo, por eso he tardado tanto en actualizar y me ha quedado más corto y repetitivo que los otros. Intentaré superarlo para el próximo...
Bueno, esta vez no me apetece mucho poner resúmenes, así que os dejo los últimos párrafos del capítulo anterior para que podáis seguir el hilo de la historia. Pero antes quiero agradecer todo el apoyo que recibo con cada actualización, me anima a seguir escribiendo y a superar cómo sea las fases en que las musas se van de vacaciones. Y sin más dilación, os dejo con el capítulo. ¡Que lo disfrutéis!
Estoy observando mi cuerpo herido y mis ojos rojos cuando de la nada, tras el cristal, se enciende también otra luz igual que la que me ilumina a mí. Y entonces, veo su figura.
Allí está mirándome en una posición pareja a la mía, con el rostro contraído tanto por dolor físico como emocional. Sus ojos me confiesan que ha visto cómo me intentaban hacer hablar y su cuerpo magullado me cuenta que le han hecho lo mismo y me pide ayuda a gritos. Mi voz no puede esconderse por más tiempo.
—¡No! —grito desgarradoramente desde el lugar más hondo de mi corazón ante la imagen que captan mis pupilas— ¡Tú, no!
Mis ojos ya han llorado mucho esta noche, pero son las lágrimas que caen ahora las que abrasan mi piel y me destrozan el alma por no haber podido salvarte, por haber permitido que mi oscuridad te arrastrara aquí conmigo.
Estás frente a mí, te miro, me miras, y en tus ojos veo que todavía te queda algo de esperanza. Te duele lo que te han hecho, te duele lo que me han hecho y aun así, tu mirada me dice que sigues confiando en mí, que no me vas a dejar aquí sola, que sabes que yo, por mi parte, tampoco te dejaré nunca. ¿Qué se supone que debería hacer ahora? Me queman los pulmones, las lágrimas que caen por mis mejillas siguen su curso como ríos de lava durante una erupción volcánica, me muevo pero no puedo salir de aquí, grito pero no puedes oírme. La desesperación de verte ahí frente a mí se apodera de mi ser cuando veo cómo agitas tu cuerpo para poder liberarte de las cadenas que te sujetan y un hombre vestido de negro sale de entre las sombras y te propina un codazo en el estómago. Tu rostro se contrae por el dolor del golpe y tu cuerpo se encorva sobre la plancha de metal que te sujeta. En el momento en que te incorporas de nuevo, veo que por una esquina de tus labios fluye un hilo de sangre que llega a tu barbilla siguiendo el contorno de tu mandíbula y acaba cayendo a gotas que tiñen el suelo de tu celda con pedacitos de mi alma. Pero ahí estás tú, valiente frente a mí, tomas otra bocanada de aire antes de mirarme fijamente a los ojos. Tus pupilas se contraen, no puedes contener mucho más tu furia, tiras otra vez de los grilletes y en el acto golpeas sin querer a tu carcelero. Mis músculos se tensan, mis ojos se abren de par en par y mis nervios se paralizan en el acto. No me puedo mover después de ver cómo te golpea una y otra vez por todo el cuerpo a modo de castigo.
—¡No! ¡Parad ya! —grito como si pudiera hacer algo por evitarlo.
Esa brecha que nace en algún lugar de tu cabeza y conduce un riachuelo de sangre a través de tu rostro es mi culpa. Esa marca violácea que tiñe la piel de tu mejilla también es mi culpa. Tu cuerpo atado y agredido, mi culpa. El hecho de que estés aquí frente a mí, mi entera culpa.
Vuelvo a mirar esos ojos que mil veces contemplé. Esos que he visto expresar infinitas emociones, esos que me devuelven una mirada teñida de un pánico irracional y natural en estos casos: el miedo a la muerte. Te miro y siento que te voy a perder para siempre. Me miras y sé que puedes sentir lo mismo que siento yo. Me pides consuelo y yo solo te puedo devolver tus mismos temores, me pides ayuda y yo solo puedo mirar desde aquí, me pides valentía y yo solo puedo tirar de estas cadenas irrompibles, me pides que te salve y eso solo implica tener que decirte adiós.
No puedo dejar que estés aquí ni un minuto más. Tienes que salir ya de este lugar e irte con los demás lejos, muy lejos. Si alguna vez os preguntan por mí, decid que nunca me conocisteis ni me disteis cobijo, negad que algún día yo fuera feliz con vosotros. Por favor, dejadme aquí e id en busca de vuestros sueños, esos que yo velaré desde las sombras. Pero sobre todo, no digas nunca que una vez me quisiste.
Sin embargo, no debes preocuparte porque aunque acabe mis días escondida en algún remoto agujero de una isla desconocida, siempre te querré con toda mi alma y lo sabes. Es algo de lo que no tardaste mucho en darte cuenta a pesar de que una parte de ti no te dejaba confiar en mí. Desde el primer momento en que nos miramos, supimos que éramos personas opuestas pero eso no nos impidió querernos, porque el amor es simple y complejo al mismo tiempo; porque el verdadero amor no entiende de orígenes, estatus social ni riquezas. El amor sincero solo entiende de entregarte a la otra persona incondicionalmente, tal y como voy a hacer ahora para salvar ese corazón tuyo que llora en la celda mientras se fragmenta poco a poco en silencio.
Cuando el sol me despierta y te veo dormir tan plácidamente con tu cuerpo enroscado entre las sábanas, no puedo evitar pintar una sonrisa en mis labios. Tal vez sea porque soy mayor que tú o porque cuando duermes, dejas tu armadura a un lado y eres simplemente tú, pero me dan ganas de sostenerte entre mis brazos y protegerte contra viento y marea. Si cuando te miro al despertar me dicen que me enfrente yo sola al mundo para mantenerte a salvo, lo haré sin pensarlo dos veces. Y entonces, abres lentamente los ojos y todavía medio durmiendo murmuras un "Buenos días" y te estiras como un gato. Me río suavemente y arqueas una ceja sin comprender nada. Si no te hubiera visto "en acción", nunca habría creído que la persona que cada mañana al despertar posa esos ojazos caoba en mí fuera una gata ladrona. Todos ven en ti una muchacha gruñona y siempre malhumorada a la que solamente le importa el dinero, si no, que se lo pregunten al pobre espadachín, que lo tienes martirizado. Sin embargo, por más que lo intento, yo solo descubro a una chica valiente, firme, cariñosa y fascinante; una chica que ha aprendido a vivir a base de sufrimiento; una chica que, por temor a que jueguen con su corazón, lo guarda bajo llave en la jaula de los leones. Yo veo en ti igual que tú ves en mí cada vez que nuestras miradas se cruzan. Solo somos dos niñas inocentes que tuvieron que crecer demasiado rápido para que el mundo de lobos en que vivimos no se las comiera.
Tengo que sacar fuerzas de dónde sea, pero tengo que salvar a mi hermana pequeña y tengo que hacerlo ya. Nami, tengo que sacarte de aquí aunque tenga que pagarlo con mi vida. Sé que merece la pena pagar ese precio por ti. Lo haría ahora y lo volvería a hacer sin dudarlo ni una sola vez.
Sin importar que me hayan golpeado, me hayan atado a una cama metálica o me hayan inyectado un suero que se ha apoderado ya de todo mi cuerpo, trago saliva, me muerdo el labio inferior y cerrando mis manos en puños, tiro con todas mis fuerzas de las cadenas. Una vez, otra, otra más. Ahora sí, tengo que tirar más fuerte por ti, por todos vosotros, por lo que significáis para mí.
—¡Soltadme! ¡Quitadme las cadenas!—grito tras mi enésimo intento fallido por deshacer el agarre de estas esposas.
Te duele verme así, ¿verdad? Estás intentando evitar por todos los medios que esa lágrima que se aloja en el rabillo de tu ojo caiga y eso acabe por romperme. No te preocupes, yo ya estoy destrozada, mi corazón se hizo añicos en el momento en que se encendió la luz en tu lado del espejo y te vi allí frente a mí, desconsolada. Eso me mató por dentro y ellos lo saben. Ese era su plan desde el principio. No pretendían atacarme a mí directamente sino a mi punto débil, a lo que más quiero: mis compañeros.
—Dinos dónde está Luffy Sombrero de paja si quieres que tu amiguita vuelva a ver el sol.
—Si coopero, ¿la dejaréis marchar? ¿A ella y el resto de la tripulación?
Nunca antes me había sido tan complicado decir nada, pero ahora acababa de ser un logro haberlo hecho sin que me temblara la voz. Y es que no puedo articular palabra alguna mientras soy testigo de cómo tu carcelero te sujeta la cabeza tirándote del pelo mientras una aguja se acerca peligrosamente a tu yugular. La miras de reojo a la vez que tu mandíbula se tensa.
—¡Soltadla! ¡Os diré lo que queráis sobre las armas ancestrales! ¡Hasta podéis ejecutarme! ¡Pero soltadla! ¡Ya!
No he podido evitar actuar por reflejo. No soy quién para dar órdenes, y menos aquí, donde seguro que mi osadía me costará cara. Sin embargo, ya te he dicho que haré lo que sea por sacarte de aquí y mantengo lo que acabo de proponer a nuestros secuestradores, no me arrepiento ni de una sola palabra, ni de un solo signo de puntuación. Ellos te han traído aquí para que yo no tenga más remedio que hablar, pero ahora les he dado algo que hará que sus opciones se reduzcan a las que yo quiera. Mi oferta es difícil de rechazar, muy insensatos tienen que ser para no replanteársela siquiera. Hoy en día, el mundo se está alzando contra la Marina, los rebeldes ya no son cuatro malnacidos con espaditas y sueños imposibles; se están organizando, se están enfrentando al opresor y este, si no encuentra algo con que liquidar al enemigo, pronto perderá todos los privilegios y posición que le hacen ser temido y respetado. Sé que el Gobierno Mundial no va a dejar pasar la oportunidad que le acabo de brindar, yo tengo algo que necesitan y ellos, algo que no merecen poseer: vuestra libertad.
Así me lo demuestra tu guardia, que tras posar la mirada un momento en esta celda, retira de inmediato la aguja de tu cuello. Seguro que uno de los hombres que están aquí conmigo es el superior, el responsable de todo lo que pase aquí, y si no me equivoco, debe de ser el segundo hombre que entró y al que todavía no he oído hablar. Seguro que le ha mandado una orden. De repente, mientras pienso esto, unos pasos se mueven tras de mí.
—Te crees muy lista, ¿verdad, bonita?
Reconozco la voz, es la del primer hombre, así que aprovecho para girarme y poder verle el rostro. Sin embargo, sigue estando fuera de mi campo de visión.
—¿Y todavía te crees en posición de hacer tratos con nosotros? Ya te hemos dicho lo que queremos, así que no intentes engañarnos con tus jueguecitos, esto no es un patio de recreo. Habla.
Su respuesta me demuestra que su objetivo está muy bien definido. No lograré alejarles de él por ningún medio. No tengo más remedio que empezar a hablar si te quiero ver con vida.
—Recuerdo que el lugar donde anclamos la nave después de semanas de navegación era un sitio oscuro, rodeado de árboles y vegetación diversa, era un lugar bastante virgen, no vi ninguna señal del paso del hombre por allí al pisar tierra firme. Nunca imaginé cuando desembarcamos que encontraría mi primer Phoneglyph. Es un lugar que no creo que pueda olvidar en mi vida.
—¡Maldita mujer!—gruñó tras de mí.
Oí sus pasos exasperados dirigirse hacia mí, pero de repente, cuando creía que podría volver el rostro y verle por vez primera, algo o alguien le obliga a detener sus pasos y pierdo esta oportunidad de oro. Sin embargo, tú sí pareces haberlos visto, puedo adivinarlo por el sentimiento que ensombrece ahora tu mirada. Has dejado de oponer resistencia a las cadenas y a la aguja, tus músculos se han quedado paralizados, es como si hubieras visto pasar un muerto por delante de ti y que está justo detrás de mí, donde no puedo verlo.
A la vez que unos pies han empezado a moverse a mi espalda, tu mandíbula se ha tensado y tus ojos han mudado su expresión sombría por otra llena de asombro e ira a partes iguales. No sé por qué, pero has entrado en estado de shock, es como si toda la esperanza que me has transmitido antes nunca hubiera estado allí. Ya no eres tú, la valentía se ha marchado tu cuerpo, la confianza se ha ido de tus ojos, tu alma ha abandonado tu corazón.
No sé qué debes de estar viendo pero comienzas a gritarme algo y pareces realmente asustada, aunque sabes que no te puedo oír, solo observar cómo te vuelves a resistir a las cadenas y tu carcelero intenta contener infructuosamente tu impulso a base de lo que mejor sabe hacer: golpearte. Tal vez crea que así te detendrá, lo que no sabe es que ya no eres tú, en cuestión de milésimas de segundo, te has convertido en un ser sin vida, en alguien a quien ya no le importa morir. No obstante eso es algo que no puedo permitir, quiero que ames la vida y temas la muerte, esa es la Nami a la que conozco, y no se puede decir que la mujer que está recibiendo golpes a diestro y siniestro sin importarle lo que le pase sea la navegante de Sombrero de paja. No sé qué has visto, pero me importa bien poco porque lo que voy a hacer ahora es asegurarme de que salgas de aquí cuanto antes. Solo tengo que hacer que dejen de buscar a Luffy y se centren en mi vida.
Conteniendo más lágrimas, intento girarme y descubrir qué estás viendo, pero ya no hace falta porque es él quien se acerca a mí. Y entonces, le miro, mis ojos se encuentran con los suyos, que se clavan en mí como dos estacas. Rodea la cama de metal y se queda plantado sin separar su mirada de la mía, deja que una hilera de dientes blancos adorne su rostro y habla al fin.
—Buenas noches, Robin.
Érika Peterson
15/09/13
